Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 16

Chapter 163,981 wordsPublic domain

Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño Rasura y Laín Calvo. El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su madre y del ex-presidente de sala: con todo, á veces le entraban impulsos de creer que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida. Por una ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella disposición suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo poco que había vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la boca»--deducía.--«Soy un chiquillo, y no me da la gana de seguir siéndolo.»

XI

Cruzaba Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de su señorito llamándola.

--¡Esclavita!

--Voy.

--Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver un pavoroso conflicto.

La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en mangas de camisa, con el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo que si encerrase en ella algún tesoro.

--Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de saltarse de mi cuello este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra vez á su base sin atravesar mi garganta con el frío acero?

Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo, sacó alfiletero, carrete, dedal: este último era perforado por arriba y abajo, como los de las aldeanas. Se lo calzó rápidamente, y con igual presteza enhebró la aguja, dió el nudo, y cogió entre el pulgar y el índice la rodajilla de nácar. Arrancó el hilo que colgaba señalando el lugar del desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja... Aquí dieron principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la aguja airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil festivos remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la carótida..., que me atraviesan la yugular..., que me practican la arriesgada operación de la traqueotomía sin tener garrotillo!» y la muchacha, risueña, pero sin perder el aplomo, sólo decía:--«Aparte un poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto acabo...» Por fin, con ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero de vueltas con el hilo, formando el pié; remató...

--¡Hurra! Victoria. Abróchamelo.

Los deditos menudos, picados de la aguja, recorrieron la garganta del estudiante, el cual despidió nuevos chillidos.

--¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan!

Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como el que ruega para obtener una cosa muy importante y ardua:

--Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal.

La muchacha tomó la chalina de seda, y al rodearla al cuello del señorito, se tropezaron las miradas de los dos. Mientras duraban las otras operaciones no había sucedido semejante cosa, porque Rogelio volvía la cabeza todo cuanto se lo permitían los accesos de risa que le entraban: ahora sí tenía que suceder, pues Esclavitud levantaba el rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca que le mareaban, las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya del pelo, derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura mies, y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del estudiante, causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen destapado una botella de oxígeno.

Fué asunto de un instante, pero instante en que por la intensidad de la sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su ligereza de mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y la golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán á la copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada por la clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo al corazón de golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un velo rojo, el que nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo, cubrió también los ojos del estudiante, mientras le asaltaba la tentación brutal y furiosa de cerrar los brazos, comerse á besos la linda cabeza y deshacer á achuchones el cuerpo... La misma violencia del deseo paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el arreglo de la corbata, cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión culpable, la muchacha se desviaba ya, colocándose á distancia conveniente para juzgar del efecto del lazo.

Fué como si se interrumpiese la comunicación del alambre con la pila. Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror considerando lo que había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las manos. «¡Qué atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!»

La noción moral, que á otros se les inculca como necesidad racional y deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala recibido Rogelio por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y mimosa de hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría yo, rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí si cayeses en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de ello, lo primero que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían producir en el corazón de su madre; y ésta fué también su primer idea, al disiparse el vértigo que le obscureciera la razón mientras tuvo tan cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud hubo salido del aposento, el mismo recelo fué base de una honradísima resolución, la de evitar nuevas ocasiones y peligros más inminentes todavía. Tales propósitos son difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa. A cada momento Rogelio sentía renacer su antojo primerizo, y como bocanadas de aire caliente, subírsele al cerebro los mismos vapores. En la mesa; al encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le traía á su cuarto luz, recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los ojos, detallando la perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y honesto corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella le parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color de requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando vueltas en la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y razonables todos los despropósitos, y hasta--¡extraña forma del capricho apasionado!--creía tener una obligación, una especie de deber estricto de realizar lo que por el día consideraba un atentado y un acto de locura. «Después sí,--pensaba,--que nadie podrá llamarme chiquillo; y yo mismo me convenceré plenamente de que no lo soy.» Esta disparatada idea se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el chocolate según vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su bata de tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con fuerza apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos antes, se le presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una pesadumbre á mamá, allá por fuera de casa, ya sería terrible, ya se me ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es cosa inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo estaba leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo pescaría, lo pescaría; ¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con esas tracitas de bonachona. El dedo en la boca no se lo mete nadie. Me conoce tan bien, que aún no he acabado yo de decir las cosas y ya las ha guipado ella. Como que no le importa ni se ocupa de nada sino de mí. Dios quiera que no tenga escama ya...»

Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con atención el rostro de doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á Esclavitud le delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto, afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga cuando le servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de quicio, llegando á causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era el suyo deseo exaltado de la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse ni abrirse camino hasta su objeto. Después de dos ó tres días de huir de la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir á sorprenderla en el cuchitril donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y una vez allí, no se le ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su violento capricho contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado el brazo derecho en arco rígido, hincaba con esfuerzo la plancha en las pecheras ó los puños de las camisas. Cuando el ímpetu de abrazarla le acudía muy fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en su despachito. Allí estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos libros de texto, impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura de la aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á Rogelio los tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para repasar una conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía á la cabeza, y una especie de disolución moral se verificaba en su espíritu, en el cual cierta voz rebelde murmuraba vagamente herejías así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas, reniega de esa ciencia oficial, manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida son otra cosa. Eso con que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la cáscara de un limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de restos momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te quieren meter en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto te encuentres en la edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y el honrado _Fantoche_. Quieren que seas de palo como él. No, eres de carne y hueso; eres hombre; la vida te llama, y la vida á tu edad, á falta de un estudio que desarrolle la armonía de tus facultades, es... Esclavitud».

A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas en lenguaje claro y vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose nerviosamente de la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número del _Madrid Cómico_, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer con una lectura hambrienta sus febriles ansias.

No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía á esta generación reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á desmayarse con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas. Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en las horas malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual de cuantas puede ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué me sucedería si fumase? Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los bofes... de fijo que sí. Luego, mamá conocería por el olor... No, peor es el remedio que la enfermedad.»

Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía algo de calaverada varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo en resultados y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido antes, cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro es que yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito Díaz, una preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre me están diciendo que á qué aguardo para echarme la mía correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas chifladuras y estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la tomaremos. El tener novia no es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se va por eso á disgustar. Un clavo saca otro clavo. Será la gran distracción...»

Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería la provisión del empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las señoritas conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se burlarían de él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de cariño... Recordó que por una callejuela que desembocaba en la Ancha de San Bernardo, vivían frente á su casa tres ó cuatro chicas, descendencia de un empleado en el Ministerio de Ultramar. No eran malejas, en especial la menor, una rubita pálida que, cara, pelo y ojos, todo lo tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole cierto parecido con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo pago puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola. «La rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme del comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del almuerzo, apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á cuchillo, y miró hacia los balcones del tercer piso de enfrente. Allí estaba la rubia, vistiendo una mañanita de percal de lunares, toda sucia y ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de ropa íntima, en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una cómoda se veían frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un jilguero, trapos, una bota inservible.--Al fijarse en aquel interior nada holandés, el plan de tomar novia que viviese allí se le frustró á Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos por otra parte. Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...»

XII

La mañana de un domingo despertó á su hijo la señora de Pardiñas con la intimación siguiente: «Hoy haremos visitas. No hay más remedio: estamos en descubierto con todo el mundo. Es un escándalo. Ya he pedido el landó al taller de Agustín: dice que á las dos en punto lo tendremos á la puerta. ¡Ah!... ¿No sabes? Voy á ir, que si me miro al espejo, no me conozco. La modista me trajo ayer el vestido de terciopelo negro arreglado con pasamanería de azabache y puntillas; el sombrero igual está listo. Con que tocan á sacar el fondo del baúl. Te pasarás por la peluquería antes de almorzar: tienes el pelito muy largo».

Rogelio gruñó bastante, alegó dos ó tres ocupaciones indispensables aquel día, pero todo en broma, porque bien veía á la señora de Pardiñas resuelta á no acostarse sin haber ofrecido un gran holocausto en el altar de la sociedad. A los dos menos cuarto, Rogelio estaba acabando de abrocharse la primer fila de botones de su levita inglesa, delante del armario de espejo. Por fortuna era domingo, y, en tal día, frente á la Universidad es donde se puede estar seguro de no encontrar un estudiante para un remedio; que si no, menuda sofoquina le esperaba cuando los compañeros le viesen con aquel empaque, vestido de _caballero_, con guantes y chisterómetro. Acostumbrado á la pañosa y al hongo, le parecía en los primeros momentos, que ir de levita era así cómo salir de máscara. Allí estaba la chistera, reluciente, flamante, sobre la mesa del despacho, y los guantes también, y el junquillo, y el tarjetero de piel de Rusia, y el pañuelo con rica inicial bordada. De todos estos objetos se hizo cargo; ladeó el sombrero al colocarlo sobre la bien aliñada cabeza, y empezaba á calzarse los guantes, con el mal humor inherente á esta operación siempre enfadosa, cuando su madre entró.

--¡Jesús, máter admirábilis! Vienes hecha un brazo de mar. ¡Ole por las buenas mozas, las mujeres principales y el trapío!

Lo que venía doña Aurora era muy atarugada con las galas que sólo en ocasiones solemnísimas se determinaba á lucir. Que no la quitasen á ella de su mantito arrebujado, de su traje de merino y de su gran abrigo de pieles. Tanto embeleco era para condenarse. El peso del sombrero, con sus lazos empingorotados, la obligaba á bajar la cabeza; los aceros de la falda la ataban los muslos; en fin, ello no había más camino que someterse á semejantes impertinencias, por lo menos dos veces al año. Llevaba tarjetero, como su hijo, y además una lista de las casas donde se creía obligada á ir. También lucía, asomando por el manguito de marta, un hermoso pañuelo de encaje, perfumado con no sé qué extracto fino, y en las orejas dos buenos solitarios; el lujo modesto de una señora que no pretende sino guardar el decoro de su clase. Y, sin embargo, tal es el poder de la composición y del adorno en la mujer, que doña Aurora, con sus cincuenta y pico, parecía haberse dejado diez en la puerta del cuarto tocador, ostentando en la tez una animación agradable, y en el andar cierta majestad insólita.

Esclavitud venía detrás, trayendo un abrigo, que por si acaso enfriaba la tarde iría en el coche; y mostrando esa admiración solícita de los criados adictos en los días de gala con uniforme para sus amos, se puso á arreglarla el _polisón_ y las aldetas del corpiño, y á sacudir imperceptibles motas de polvo en la parte inferior del volante. De pronto alzó los ojos, y exclamó cándidamente mirando á Rogelio:

--Virgen de las Ermitas... ¡El señorito qué majo!

--¿Verdad que está hecho un figurín? Rogeliño, vuélvete, vuélvete..., así. La levita te la han sacado pintada.

--¡Mamá!...--protestó Rogelio. Pero fué preciso dejarse mirar y remirar por Esclavitud, y aun consentir una mano de cepilladura en el cuello de la levita. Las pupilas de la muchacha le decían con inocente lenguaje que estaba _bien_. Le arregló los puños, y cuando bajaba la escalera todavía le gritó:

--¡Qué lástima! Lleva en la pierna derecha un poco de pelusa de la alfombra.

La primer visita fué á casa de Don Gaspar Febrero, porque la hija del respetable decano, casada con un comandante de Estado Mayor, se marcharía pronto á Filipinas, en compañía de su marido, destinado á Manila. Se habló de la navegación, del clima, de los baguíos, de la carestía de la vida allá, y del señor mayor que se quedaba solo aquí. Por fortuna, nunca había estado más tieso, más animoso, ni más rufo: aun ahora mismo acababa de salir á pié, agarradito á su muleta, ávido de tomar sol. Con estas buenas nuevas se despidieron de la morada de Nuño Rasura y pasaron á hacer otras visitas casi todas análogas, algunas de tarjetazo, las más agradables para Rogelio, que al acercarse á cada portal repetía entre dientes la consabida jaculatoria:

--Animas benditas, ¡que no estén en casa las visitas!

Pero ¡ay! Pegó el gran respingo al anunciarle su madre que ahora irían «un minuto» á casa de las señoritas de Romera, Pascuala y Mercedes.

--Madre mía, si es posible, pase de mí ese cáliz. Pero, ¡carapuche! como dice el sordo de conveniencia, ¿no ves que necesitaré pellizcarme así, para no dormirme?

--¿Tan curro como estás y no quieres lucirte con las buenas mozas? Anda, anda, da la orden: calle del Barquillo...

Reservaba la casa de las solteronas una sorpresa al estudiante, en figura de la despabilada chiquilla que salió á recibir á los visitadores, y les convidó á pasar á la sala, anunciando que las tías «vendrían inmediatamente». Para decirlo hizo mil monerías con la cara y los ojos, que los tenía negros, chiquitos, vivarachos, muy parleros. Vestía la sobrinita de las de Romera un traje bastante rabicorto, indicio de que aún no había ascendido á la dignidad de la mantilla, y un mandil de peto, bordado de colorines alrededor: un lazo de cinta azul ataba la coleta de su trenza corta; y sus zapatitos usados, desflorados por la punta, indicaban la viveza de movimientos del pié menudo y arqueado que prendían. A poco rato salió Pascuala, la mayor de las solteronas, toda mocosa y acatarrada, declarando que su hermana no podía moverse del gabinete, por estar pasando un resfriado mayor aún, que requería evitar cambios de temperatura. «Mire V.: poner á mi hermana entre puertas, es como darle una puñalá». Luego presentó á su sobrina igual que hubiese presentado á un perrillo revoltoso, que alterase la soñolienta quietud de aquella morada. «Aquí tiene V. á mi ahijada Inocencia, la niña segunda de mi hermano Sebastián, el que vive en Loja... Nos la ha dejado el pobre aquí porque necesita arreglarse la boca; le ha nacío un diente montado sobre otro, y habrá que arrancárselo... Es muy ardilla; no puede estarse fija en un sitio; no hay calzado que le baste; por eso la ven Vds. tan mal de botitas...» Hechas estas aclaraciones, vino á cuento hablar de Esclavitud, y en atención á que no se podía tratar el asunto delante de «una criatura» y á que Mercedes deseaba disfrutar de la presencia de doña Aurora, las dos damas pasaron al gabinete, dejando solos á Rogelio é Inocencia. «Enséñale los álbumes y las vistas de Granada, niña», fué la orden que recibió la chiquilla al salir su tía de la sala.

Inocencia obedeció,--no sin hacer varias morisquetas á pretexto de llegarse á la mesa,--exclamando atropelladamente y con mucho ceceo:

--Venga V., venga V. á ver las estampas que dice tía Pascua. ¡Son más preciosas!

Aunque lo de ponerse á mirar estampitas le sabía mal al «caballero» de levita y chistera, por vergüenza de protestar se resignó, y ocupó una silla al lado de la chicuela, que, al abrir el álbum, le lanzó una ojeada inequívoca, incendiaria, con todo el descaro de los catorce años mal cumplidos. Ya al quedarse solo con la niña, le había ocurrido al estudiante que no pudiera deparársele ocasión más rodada y cómoda de echarse novia que la presente. Mortificábale un poco en su amor propio el que fuese tan chiquilla, porque una señorita de diez y ocho á veinte honraba más, y aquello olía á noviazgo de juego; pero al verla de cerca, con todos los indicios de la precocidad meridional, con su cuerpecito ya enteramente formado y su labio superior grueso y un poco remangado por el diente defectuoso, parecióle una mujer en miniatura, y dijo para sí:

--Me declaro.

Declaróse en efecto, sin más preámbulos ni ceremonias, con frases muy retumbantes aprendidas en zarzuelas y comedias, en periódicos y bromas de estudiantes. La chiquilla, sin mostrar la menor sorpresa, fingía seriedad, enrollando un pico del lazo de su trenza, traída adelante con afectación de lucir el pelo, haciendo á la vez mil mohines y dengues de coqueta de oficio. Como el estudiante alzase un poco la voz, la niña murmuró:

--¡Chisss... Que están ahí, en el gabinete!

Rogelio bajó el diapasón y apretó la súplica, aunque empezaban á cosquillearle unos fuertes impulsos de reir á carcajadas: y después de tres ó cuatro gestos negativos, la niña, sin más ni más, de golpe, dijo que _sí_.

--¿Me da V. una prueba de amor?--imploró Rogelio: y sin aguardar respuesta, se inclinó y la besó en el carrillo, figurándose que besaba el de una pintada muñeca, terso, rosado, insensible. Ninguna emoción, ni de placer ni de bochorno, reveló Inocencia al recibir el beso: antes cogiendo al estudiante por la solapa, indicó con mucha fe:

--Me parece que debemos tutearnos. Los novios de mis amigas se tutean con ellas.

--Bien, pues te tutearé... Ya te estoy tuteando.

Ella recalcó con el mismo empeño y apresuramiento:

--También debemos escribirnos todos los días: todos, sin faltar uno. El novio de mi hermana Lucía le escribe unas cartas así..., una por la mañana, otra por la tarde, que aún es más.

--Corriente. Nos escribiremos. Me entenderé con la criada para que traiga y lleve la correspondencia.

--Y me darás un retrato tuyo. ¿No tienes fotografías? A mí no han querido papás dejármela sacar, hasta que me arranquen el diente; pero puedo darte pelo para un medallón. ¿Me lo corto ya?--añadió jugueteando con las puntitas rizadas de la coleta.

--No... Cuando yo te dé el retrato.

La chiquilla se levantó rápidamente, y andando de puntillas, fué á la puerta del gabinete donde charlaban las señoras mayores. Regresó, con las mismas precauciones, gozosa.

--Creí que venía madrina. Pero no. Están de mucho palique.