Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 15

Chapter 153,972 wordsPublic domain

Los primeros días estuvo como gallina en corral ajeno. Realmente, fuese debido á sus antecedentes históricos ó á la extraña enfermedad nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica aparecía desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa valentía que hace insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque por las esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de su continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó treinta.

Es de advertir que esta especie de murria y desaliento no le impedía cumplir estrictamente su obligación. Al contrario, Esclavitud realizaba el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano, casi con estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va perdiéndose, del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que una solución de cacao salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía tan á fondo Esclavitud, que doña Aurora juraba no haber probado en su vida chocolate por el estilo. En barrer tampoco se quedaba atrás. Con el pañuelo atado á la curra y las sayas recogidas, pero sin gran alboroto ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso, por decirlo así, nadie sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los lugares por donde había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con exceso, ni aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente so pretexto de limpiar, era un mérito más á los ojos de doña Aurora, enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la fámula nueva descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada á trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en silla baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto de ropa, y eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas, sus indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á las amigas:

--Hoy no recelo yo echar á diario la ropa buena. Con esta Esclavitud, ni una puntilla descosida, ni un bordado roto. Es una delicia verla con la aguja en la mano.

Pero al mismo tiempo, el carácter expansivo de doña Aurora no podía sufrir aquella reservada melancolía de la muchacha. Mientras más contenta estaba de su servicio, más desearía verla andar con ese aire ligero que revela alegre conformidad con la suerte que nos toca y la ocupación que desempeñamos. ¡Tantas consideraciones con la dichosa chica, y ella siempre enfurruñada y cavilosa! La señora de Pardiñas tenía en su bondad un elemento de egoismo, retoño natural de aquella bondad propia: al hacer un beneficio, deseaba cobrarse en el espectáculo de la felicidad ajena; y este gusto la dominaba tanto, que para vivir tranquila y satisfecha, necesitaba persuadirse de que lo estaban todos á su alrededor. En su determinación de admitir á Esclavitud, habían influido dos móviles: primero, llevar la contraria á aquella antipática de Rita Pardo: segundo, contentar á una chica de tan agradable aspecto como Esclavitud, desempeñando en cierto modo papel de Providencia y reconciliándola con el destino, para ella funesto é implacable desde la hora de nacer. Y este segundo generoso propósito se le malograba, porque la chica no quería levantar cabeza ni abrir el alma á la buena suerte.

Un día hasta notó doña Aurora que su doncella apenas probaba alimento, obstinándose al mismo tiempo en continuar el trabajo y en responder que «no tenía nada». La señora poseía un carácter franco, impetuoso y directo, de los que no abundan en el país galaico: daba salida inmediata á sus impresiones, y si no pudiese hacerlo, creería tener una pera de ahogo encajada en el gaznate. Sin detenerse más, acorraló á la muchacha junto á una ventana, sitio claro donde la sombra del pañuelo de seda negra no podía encubrir el estado de los ojos y el movimiento de la fisonomía.

--Hija, ¿qué te pasa?--la preguntó maternalmente á boca de jarro.--¿Tienes algún disgusto? ¿Estás enferma? ¿No te sienta la comida? ¿Te falta alguna cosa?

La muchacha se encendió, cosa que le sucedía en toda clase de emociones, y respondió bajito:

--No, señora, ¿qué me ha de faltar? Dios se lo pague.

--Pero vamos á ver, ¿es que tampoco aquí estás contenta? ¿Te tratamos mal? ¿La compañera no se porta como debe? ¿Necesitas más ropa de abrigo?

Como la muchacha guardase silencio, diciendo que _no_ con la cabeza, dulce y obstinadamente, insistió la señora:

--Harás muy mal, te lo aviso, si te quedas con el embuchado dentro. Peor para ti si eres mema. Pudiendo estar á gusto no entiendo á qué vienen estos silencios y estas tonterías. A mí me agrada ver alrededor caras de Pascua. El gesto compungido, y más cuando no hay motivo ninguno, se me sienta en la boca del estómago.

Esto lo articuló ya con enfado, viendo el tenaz mutismo de Esclavitud. Al mismo tiempo discurría para sí: «La muchacha tiene las buenas cualidades de nuestro país, pero no le faltan los defectos. Es humilde, modosa y callada, pero también es algo zorrita, y no hay modo de saber lo que piensa ni lo que le pasa. Las chulapas de por aquí son unas caridelanteras y unas raídas, pero al menos son toros claros: al pan, pan, y al vino, vino; esto sí, esto no. Para un genio como el mío...»

En estos pensamientos estaba, cuando sonó la campanilla, y se oyó en el recibimiento la voz de Rogelio que volvía de clase. Instantáneamente las mejillas de Esclavitud se encendieron todavía más é hizo un movimiento instintivo, como intentando huir y esconderse.--«¡Ta, ta!»--discurrió la señora, iluminada por un rayo de sagacidad repentina.--«Ya había yo notado que el rapaz tenía con esta chica no sé qué. La habla tan secamente, cosa rara en él... ¡Vamos! la pobre está así amohinada, porque conoce que no le ha caído en gracia al chiquillo. Es preciso que yo arregle este cotarro; se ve que Esclavitud peca de susceptible, y cuando imagina que la miran mal...»--Insistió entonces en alta voz.--«Hija, pues mira que si estás á disgusto...»

--Yo no estoy á disgusto, no, señora--contestó Esclavitud con respeto y no sin firmeza.--Como los demás no estén á disgusto conmigo... Yo estoy perfectamente, lástima fuera. Pero otros...

--¿De dónde sacas eso?--replicó la señora mirándola fijamente.--¿Te he regañado desde que entraste?

--No, señora. V. es muy buena. Si yo no me quejo de nadie--repuso la chica.--Sólo tengo recelo, así, vamos... de no dar gusto. No dando gusto más quiero no estar. Para no dar gusto aún vale más meterse... en el infierno que sea, señora.

--Calla, calla, boba--gruñó su ama.--Ya se ve que das gusto. A tu repaso. Como me vuelvas á salir con pasmarotadas..., verás.

En cuanto pudo hacerlo todo lo sigilosamente que el caso requería, doña Aurora llamó á capítulo á su hijo.--«Te aseguro que el intringulis de esas murrias de Esclavitud es la cara que tú le pones... A Fausta le hablas de distinto modo... no lo notas tú mismo...; pero con Fausta armas siempre gresca y broma, y la otra, como te ve serio, claro, imagina que estás torcido con ella, y que no te da gusto, como ella dice... Te aseguro que la infeliz anda decaidísima, y que es capaz de enfermarse muy de veras. Son una tecla estas muchachas nerviosas. Y aparte de eso, como median los antecedentes de su... del cura, ¿eh? cada vez está la chica más sensible... Palabra, que me da lástima. Yo que tú le hablaría... así... con más afecto.»

El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con el rostro vuelto hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención. Cuando tuvo que responder lo metió á barullo.--«Nada, que de esta noche no pasa...: compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á traer más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa acuática y vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos paces la ilustre fregona y yo.»

En el fondo del corazón, Rogelio se sentía extraordinariamente envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando tan á lo vivo la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía por chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un hombre, y hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu: tan á pecho las tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su salud. En este pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo, durante el almuerzo, á pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió de actitud respecto á la doncella. Sin saber por qué, le causaba empacho realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué observar á hurtadillas á Esclavitud, la cual--sin duda por efecto de la excitación de su fantasía--le pareció muy demacrada, muy descolorida y más lánguida que un sauce. Al convencerse de esto, su noble alma juvenil se inundó de piedad; pero su orgullo, juvenil también, se estremeció dulcemente. «Pues por mí está de ese modo. Casi parece que me tiene miedo, según la precaución respetuosa con que me sirve...»

Acababa de retirarse á su aposento el estudiante para lavarse las manos, cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de «pasen» entró Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena de camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar los brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y armonioso. Iba á dejar sobre la cama las camisas y retirarse silenciosamente, á tiempo que Rogelio, llegándose á ella y amenazándola con la mano, exclamó:

--Vamos á ver como están de planchaditos esos puños. ¡Si les encuentro un solo candil!

Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había sobresaltado, figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero al levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató tan visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las excelentes entrañas del estudiante se conmovieron otra vez gratamente, y para disimular aquella emoción recargó la broma.

--¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis camisas parezcan la cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias _Fantoche del Derecho_? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora.

En el rostro de Esclavitud, cada vez más regocijado, brillaba, al levantar el paño, cierta cariñosa malicia.

--A ver, señorito, á ver qué chata tiene que ponerles á estas pecheras. Ni el Rey las gasta más ricas.

--El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos. ¡Enséñeme ese prodigio!

En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan bruñidas y tersas, que fuera gollería pedir más.

--Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero guay si acierta V. á descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber!

--No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas. Lo mismo que palomas.

--Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme al estudio de ese idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan fuerte que les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice _paloma_ en gallego?

--¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se dice _pomba_ y también se dice _suriña_.

--¡Ay! ¡Eso de _suriña_, qué bonito es! Desde mañana lección de idiomas clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle Suriña, profesora á domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un anuncio en _El Imparcial_. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que estorban. Guárdelas V. en el armario. ¡Eso!

--¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el armario!--exclamó la muchacha apenas lo abrió.

--Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios forma parte de la lección de idiomas.

X

Ello sería... ó no sería; pero no se puede negar que, después de firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de Esclavitud empezó á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus mejillas florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué más expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera de desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su silueta tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la casa, ahora su ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y regocijaban toda.

Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este cambio. «¡Alabado sea Dios! Así me gustan á mí las caras, así. No puedo tragar á la gente que anda tristota y rostrituerta sin por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz? Pues era por causa tuya, ni más ni menos. Ahora que la tratas campechanamente, mira cómo es otra.»

Y tanto como era otra. Hasta su físico había sufrido halagüeña metamorfosis. En señal de contento ó por otra causa que ignoramos, habíase quitado el pañuelo negro de la cabeza, dejándolo caer negligentemente sobre el cuello, cuya blancura extraordinaria realzaba el contraste con la negra seda. Su cutis era ahora el cutis de las gallegas jóvenes, una tez fresca que parece conservar el brillo de la humedad del suelo nativo, y afrenta, con las nacaradas tintas de las mejillas, la enfermiza palidez de las hijas de Madrid. Sus interesantes ojos verdes, con reflejos amarillentos, acentuaban el carácter primaveral y tierno de la hermosura de Esclavitud, asemejando su faz á un valle regado por dos cristalinos arroyos. Pero el adorno que verdaderamente agraciaba á la muchacha era su cabellera rubia, de un rubio algo tostado, con reflejos de oro que rielaban en lo más saliente de las simétricas ondulaciones ó conchas que fluían á uno y otro lado de la raya, como orla magnífica de la estrecha frente y la delicada sien. La rica mata colgaba partida en dos trenzas, ó se retorcía en rodete copioso; y si por la mañana aparecía lisa y hasta charolada por la mucha agua, único afeite de tocador que usaba Esclavitud, al ir corriendo el día y el trajín doméstico, se rebelaba, y fosca y suave á la vez, formaba al rostro un nimbo, parecido al de las santas de los retablos viejos. Y es que el tipo de Esclavitud, con aquel peinado sencillo y aldeano, recordaba las creaciones de la iconografía mística, ya en las tablas flamencas, ya en las primitivas pinturas italianas, á lo cual contribuía su aire modesto, sus ojos bajos, aquel olor á incienso y á sacristía que notaba Rita Pardo en ella. Cuando miraba de frente, sonriendo, se notaba la fisonomía de la campesina bajo el anguloso diseño de la virgen.

Todas estas perfecciones y gracias, con otras más cuyo inventario suprimo, las avizoró al través de sus espejuelos, y las reconoció y comentó y puso en las nubes el discreto ochentón á quien Rogelio llamaba _Nuño Rasura_, y nosotros con más respeto nombramos Don Gaspar. Ni aguardó para entonar el panegírico á que se verificase la transformación de la muchacha, sino que desde el primer día que ésta le abrió la puerta, empezó el gallardo viejo á babarse y amartelarse, dando jaqueca á los contertulios con sus elogios inmoderados, sus involuntarios madrigales, sus niñerías, y, para decirlo en frase del Fiscal, «sus golpes de archimemo».

--Vea V., vea V.--repetía el señor de Febrero levantando la hermosa testa orleánica, atusándose delicadamente los rizos de la peluca ó sobando el cojín de terciopelo de su muleta,--qué buen tino ha demostrado mi excelente amiguita doña Aurora, al elegir esta sirviente única dentro de su clase. En primer lugar, tan útil, tan precavida, tan laboriosa como parece. En segundo, con ese aire de honestidad y de recato. ¡Ah! Para mí, mérito grandísimo, ahora que se han perdido los buenos modales, y en la sociedad pululan las sargentonas y los marimachos. Allá en otros tiempos ¿se acuerda el amigo Candás? eran todas así: nada de estos descaros de hoy día.

--Sí, sí; por fuera mucho compás...--respondía el empecatado Don Nicanor, requiriendo la trompetilla.--Unas santinas de alfeñique. Y por dentro..., vamos, que ya se desquitaban. ¡Carapuche si se desquitaban! Como ya se me cayeron los segundos dientes..., no me fío de carinas de Virgen.

--¡Ay, que el amigo Candás se nos va por los cerros de la malicia! Eso sera allá en Asturias, en su tierra de V. Por la nuestra, no: ¿verdad, doña Aurora? Y confesémoslo, señores: en la mujer, así como el descoco y la tunantería repelen, este modo tan decente de presentarse, este aire tan modesto, abren más el apetito.

Aquí la señora de Pardiñas estuvo á punto de soltar el trapo á reir, porque Rogelio, desde su rincón, oyendo hablar de apetito, hizo una morisqueta y un guiño de pilluelo para subrayar aquellas lozanías del decano.

A los pocos días, la benévola admiración del señor de Febrero se convirtió en desatada curiosidad, comezón invencible de saber todo lo concerniente á «nuestra paisanita».

--¿De dónde la ha sacado V., vamos á ver?--preguntaba á la señora de Pardiñas, más con el centellear de los entornados y expresivos ojos tras los vidrios de los espejuelos, que con la voz.

--Me la recomendaron las de Romera, á quien V. debe de conocer.

--¡Aaaaah! ¡Mucho, mucho! ¡Romera, Romera! Sí, Romera.--Y ajustó los vidrios sobre la correctísima nariz.--Pero las amiguitas Romera--prosiguió con la insistencia del juez que abre una información y la machaquería del viejo que quiere enterarse--¿la han traído de Galicia? Porque, si no me engaño, no estuvieron allá nunca. ¿La familia de esta chica es gallega?

--Gallega, sí, señor--afirmó evasivamente doña Aurora.

--Será una familia decentita, ¿eh?--prosiguió el impertérrito _Nuño Rasura_.--Porque á eso me huele..., y yo tengo de aquí--añadió señalando á aquella escultural facción de su cara.--Ella, hablar, habla bien: sólo algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia decente?

--Decente, sí tal--tuvo que responder la señora, de dientes afuera.

--¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos?

--No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se atascó unas miajas) de un cura de aldea.

--¡Toma, toma, toma!...--articuló el decano enfáticamente.--¡Ya decía yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! _Boccato di cardinale_: son unas muchachas muy religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda prueba. ¡Toma, toma!

La señora intentó echar la conversación por otro lado; pero nada es comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un viejo. Don Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder reprimirse, indicó:

--¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede decirse, no le he visto bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco obscura. Y tengo curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una señorita de Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos la Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso de agua... ó cosa así... con disimulo.

El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué interceptado al vuelo por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos aspavientos y renunciando momentáneamente al ejercicio de la sordera:

--¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa ninfa, no, que será V. responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la edad de Don Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire que hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los calaveras? Es un pecado, home.

Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto cualquiera, nadie podía contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha, que no sabiendo de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente más linda, con aquel encanto especial suyo, que procedía de un aire casto y humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza rayando en apasionada obstinación. El señor de Febrero se la comía con los ojos. ¡Viejecito más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín Calvo secreteó á la señora de Pardiñas:

--Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á mí...--y se tocaba la nuez--aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas se arrebatan cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo..., cuidado!

--No sé de dónde saca V. eso, señor de Candás--protestó la señora con enojo, herida en su gran simpatía por la muchacha.

--Estas así, que parece que no rompen un plato, son de la misma rabadilla de Lucifer--alegó el maligno asturiano.--Venden modestia, y dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la inventó. No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay Jesús! No me pidas el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas... ¿cómo ha de ser? tendremos paciencia.»

--Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se pueden calificar de viperinas--protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la muleta en el suelo.--Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda cautela es poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se toma en boca, señores.

--Ya, ya--replicó el Fiscal, agarrándose á la sordera.--Ya entiendo que á V. también le dan en qué pensar estos tipos así. No en balde hemos vivido añitos, y se nos ha caído la segunda dentición y los pelos de la cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué vino á dar aquí esta princesa errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó? Huéleme á historia.

--No señor--declaró la señora de Pardiñas.--No se eche V. á pensar mal, que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse á servir...

--¿Desde cuándo?

--Pues hará medio año... poco más ó menos.

--¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum!

--¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don Nicanor. Le entró á la infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele atacarnos á los gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra..., y, al menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen queja de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds.

--¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y dengues, ¡carapuche! Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V. que llevar tila para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al diaño. En estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la nacionalidad de los amos con quien servía, home.

--Está V. equivocado--contestó airadamente el señor de Febrero.--Esta enfermedad, que se conoce por _morriña_ ó mal del país, es terrible en mis paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la hoya. No se ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no lo sabe, apréndalo. A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura. ¿Ignora V. lo que ocurrió con el quinto, enfermo en el Hospital de la Habana? Pues estaba el pobre hombre á punto de liárselas, y ¿con qué dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con tocarle la muiñeira en la gaita de su país. Así, así; con la muiñeira.

--Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se lo imploro. Estaría ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le curaría yo con solfa de varas de avellano.

--Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo que los demás hemos visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora, si la paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así...

--¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la bella Elena que V. ha descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que no, doña Aurora; mire que es cosa grave.

--Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me tiene. Estoy muy bien servida con Esclavitud para deshacerme de ella.