Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 14

Chapter 144,056 wordsPublic domain

Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su visita, Rita Pardo suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente, pintada en sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada serie de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente comentario.

--¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud Lamas, Esclavitud Lamas! ¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo ha ido á batir con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia?

--No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa la cabeza. Viste de luto riguroso, muy aseada. La traza excelente.

--¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor! ¡Mire V., mire V.! Sí, es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla tan pacato y tan suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á sacristía y á incienso. ¡Una santita mocarda!

Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con este prefacio: resolvió, no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la verdad, siquiera el descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica.

--¿Conque V. la conoce mucho?

--¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la conozco! Ese cura Lamas Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le presentase para Vimieiro, cuando servía el otro curato en la montaña. Siempre le teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer regalos: que manteca, que quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad capones... Papá le apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con la cobranza de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también favores... favores gordos, doña Aurora.

--Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la muchacha. Si no tiene ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa... para mí será una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me ha entrado.

Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que estiraba los encajes de su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso. Enarcó las cejas é hizo un mohín de difícil interpretación.

--¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy elástico, como V. comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para otros. En eso, hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la chica...

--¡No, poco á poco!--exclamó alarmada ya la señora.--Para mí los buenos antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más acá ni más allá. Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido; y ya con la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria, sin que V. me explique...

Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró como quien se ve en aprieto.

--Aurora... hay cosas de esas que... que por muy públicas que sean, no puede uno tomar sobre su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en autos, eh? pues sería muy feo que yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y puede V. tomarla, que á mí se me figura que resultará una excelente doncella.

--V. se guasea, Rita,--dijo la señora dando vado á su impaciencia creciente.--Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de él una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No, hija; en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V. el enigma, y entonces...

Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita una actitud que hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se hizo atrás y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del pudor lastimado.

Cuando después de agotar los razonamientos, doña Aurora obtuvo por seca respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la señora hubo de levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le producían aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V. perdonará que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la sala la niña mayor,--la zangolotina de doce años,--saltando de júbilo y exclamando:

--Mamá, mamá, tío Gabriel.

Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina inspiración, se afirmó en el suelo calculando:

--Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita, maulona, farsanta.

VII

Entró el comandante, vestido de paisano, metiendo bulla con la sobrinita, que era su ojo derecho, y trayéndola cogida de la cintura, como si fuesen á bailar un vals. En cambio, en el saludo que hizo á su hermana pudo notar doña Aurora esa sequedad muy parecida al desvío, que á veces consigue disimularse respecto de los indiferentes, pero nunca en familia. Después de las fórmulas y cumplimientos de rigor, la señora de Pardiñas, que no desmentía su raza en punto á diplomacia y tenacidad, insinuó como aquel que no quiere la cosa:

--Vaya, les dejo á Vds. Al fin no consigo saber lo que deseaba, y para eso... Su hermana de V. es reservadísima, señor de Pardo.

--A fe que no lo creí,--contestó redonda y duramente el artillero.

--Pues mire V., cada uno habla de la feria según le va en ella. Conmigo ha mostrado una prudencia... atroz.--Y, sin atender al gesto y la mirada de Rita, continuó impávida:--Un cuarto de hora hace que le pido informes de una chica paisana nuestra, Esclavitud Lamas, la sobrina del abad de Vimieiro...

Pardo prestó oído, como el que escucha algo que le despierta memorias confusas.

--Aguarde V., aguarde V... Vimieiro... Lamas... Lamas Tarrío... Ese cura era íntimo de papá. Rita sabrá cuanto á él se refiere; lo sabrá al dedillo. ¿Qué reparo has tenido en decirle á doña Aurora?...

Un caricaturista que quisiese representar la dignidad burguesa en su más enfática expresión, debiera copiar el rostro y la flexión de cejas de Rita, que señalando á su hija mayor, casi sentada en las rodillas del comandante, exclamó con acento profundo:

--¡¡La niña!!

--¡¡Y qué, la niña!!--respondió Don Gabriel remedando el tono dramático de su hermana.--¿Tenemos alguna de esas cosas terribles que no puede oir la inocencia; que ha parido la gata, pongo por caso?

--Gabriel, eres tremendo, hijo,--gimió Rita, alzando al cielo sus bellos ojos meridionales.--Una matándose por hacer de tus sobrinas lo que deben ser en sociedad, y tú empeñado... Manías de las personas; con eso no se puede.

--Ea, señores,--insistió la pesada de doña Aurora,--yo estoy á mi pleito. Rita, no diga V.; lo que es por la niña no dejó V. de darme esos informes. La niña no estaba delante; y sobre todo, con enviarla á otra habitación...

--Que es lo que voy á hacer ahora mismo. Eugenia, vete, hija, á estudiar el método de Concone.

La chiquilla salió á contrapelo, no sin obsequiar á su tío con dos ó tres carantoñas de despedida; pero ninguna escala ni ningún estudio reveló que se hubiese encerrado en el potro musical donde diariamente se descoyuntan las manos nuestras señoritas, dignas de mejor suerte.

--Verá V.,--recalcó doña Aurora,--ahora que podemos hablar libremente. Se trataba de que esa chica, Esclavitud Lamas, quiere entrar en mi casa á servir; y á mi sus tracitas me gustan mucho. Pero no sé sus antecedentes, ni el motivo por qué se vino de su tierra. Me huele á alguna historia rara todo ello. Su hermana de V. sabe la historia, y ni por Dios ni por los santos me la quiere contar. Ahí tiene V. nuestra batalla. Ya nos estábamos formalizando cuando V. llegó.

--La historia...,--dijo Gabriel limpiando nerviosamente sus lentes de oro y calándoselos con ahinco.--Aguarde V., señora, que si mi memoria de gallo no me juega alguna trastada... ¿Tú, Rita, ese cura Lamas Tarrío no es el que recogió una niña pobre? Dime la verdad, que si no, escribo hoy mismo á Galicia preguntando.

--¡Jesús, hijo, pero qué cosas tienes! Eres incapaz, y cada día que pasa... ¿No iba yo á decirte la verdad? Sí, ese Lamas fué, y ya que se te antoja abrir su sepultura y sacarle á la vergüenza pública, sácale tú, que yo no quiero semejante cargo de conciencia.

--Más cargo de conciencia es,--replicó Gabriel con vehemencia,--que la chica pierda su colocación por delitos ajenos. Doña Aurora, ahora le puedo yo contar á V. la historia enterita: por un cabo ha salido toda la madeja; en esto de historias sucede lo que con las tonadas antiguas, que si recuerda uno el primer compás, ya puede cantarlas enteras sin equivocarse. ¡Y le aseguro á V. que es una novela... vamos, una novela!

--Allá tú,--articuló Rita venenosamente emprendiéndola con los encajes otra vez.--Yo, ciertas cosas... Lavo mis manos.

Disimuló doña Aurora el gozo del triunfo; pero hembra al fin, miró á Rita de soslayo y pensó:

--Fastídiate, pinturera...

--Verá V.,--empezó el comandante.--Ese cura Lamas fué un infeliz, ignorantón como lo era entonces todo el clero rural, que hoy se ha civilizado mucho, y bastante zoquete; pero cumplía sus deberes parroquiales, y si tenía deslices los encubría bien: no puedes ser casto, sé cauto, como dicen ellos. Por cuanto una noche llega á la rectoral una chiquilla, de diez años poco más ó menos, que había quedado huérfana y vagaba pidiendo limosna: en una casa le daban un mendrugo de pan de maíz, en otra un poco de hoja del mismo maíz para tumbarse y dormir; aquí un pañuelo roto, allí unos zuecos viejos... Así vivía la desdichada. El cura se compadeció, y le dijo: «Pues quédate aquí; aprenderás las labores caseras..., tendrás vestido, cama y caldo caliente.» Dicho y hecho; la chiquilla se quedó...

--¿Y era Esclavitud?

--No, señora; no, señora... Aguarde V. Salió la chica habilidosa y despabilada: echó, como dicen allá, la morriña fuera..., y hasta se puso lozana y guapetona. Y,--aquí la voz del comandante adquirió tonos irónicos,--al desabrochar la flor de la nubilidad...

--¡Ay, Gabriel!...--respingó Rita.--Ciertas cosas se pueden contar de otro modo. No se necesita entrar en detalles que...

--¡Bah!--dijo doña Aurora.--Todos somos casados, y yo vieja. Ya estamos al cabo y curados de espantos, amiga. Siga V. ¿Qué vino después?

--Después vino Esclavitud.

Aunque la señora afirmaba _estar al cabo_, la noticia, dicha así de pronto, casi la hizo saltar en la silla.

--¡Aah!--pronunció, quedándose muy meditabunda.--Por eso la pobre... Bueno: ¿y después?

--¿Después?--recalcó fogosamente Rita, incapaz de contenerse, metiendo al fin cucharada.--Después mi papá se vió negro para amansar al Cardenal Arzobispo, el señor Cuesta, que estaba hecho un león. Como era tan virtuoso, aquel señor apretaba las clavijas y no permitía desmanes. Pues si no es lo que papá machacó en Su Eminencia, y hoy una súplica y mañana otra, sin licencias se queda Lamas Tarrío, y se pudre en la cárcel eclesiástica. Porque una cosa es que á un sacerdote se le escurra el pié y cometa gatuperios allá donde nadie lo sabe, y otra que esté escandalizando á los feligreses, y que críe la chiquilla en su casa á ciencia y paciencia de todo el mundo, y la traiga en brazos, y...

--Mi padre,--advirtió Gabriel interrumpiendo á su hermana,--con una mano machacaba en el Arzobispo, y con la otra martillaba en el culpable. A fuerza de exhortaciones pudo conseguir que la sirena saliese de la rectoral; pero Lamas seguía viéndola. Al fin papá se cuadró, le echó al cura unas pláticas que me río yo de las del capuchino más barbado, y pudo conseguir que enviase á la madre á Montevideo, á condición de que le dejasen la chiquilla.

--Sí,--volvió á entrometerse Rita,--bonito remedio fué: peor que la enfermedad. El hombre quedó más rabioso y más relajado de lo que estaba. Se pasaba las noches en vela llorando y gritando; le dieron unos arrebatos de sangre,--en casa por cierto,--que fué preciso aplicarle un golpe de más de cuarenta sanguijuelas; y la sangre salía negra como la pez. Creímos que se volvía loco: andaba por los corredores arrancándose los pelos, llamando á la individua, y diciéndole cosas babosas...

Cuando esto soltaba Rita, su hermano observó que las cortinas del gabinete contiguo se agitaban como movidas por un céfiro de curiosidad retozona, y casi se dibujaba en ellas el relieve de un hociquito atento.

--Mira,--advirtió,--ahora eres tú la que te metes en honduras. Todo eso no viene al caso. Despachemos pronto la historia, y deja que yo la acabe. El pobre Lamas se puso tan mal, que le dió lástima al mismo Arzobispo, el cual le llamó para animarle é infundirle deseos de penitencia. Y, en efecto, con el curso del tiempo, fué sosegándose, y hasta se portó bastante bien en lo sucesivo. Unicamente se le podía tachar de que criaba á la niña con mimos extremados; pero como el sentimiento de la paternidad, aun cuando atropelle toda ley divina y humana, tiene mucho de sagrado, la gente transigió. El presentaba á la chica diciendo que era sobrina suya. Como los hijos sacrílegos no heredan, el cura ahorró dinero, onza tras onza, para entregárselo en mano propia á Esclavitud; pero la chica, que ha salido muy remirada y muy devota y muy desinteresada además, al morir Lamas entregó todo ese dinero, en oro como lo había recibido, para misas y sufragios por el alma del pecador. Este solo rasgo le pinta á V. el carácter de la muchacha: pocas harían otro tanto, aunque hubiesen nacido en mejores pañales y más... ortodoxamente.

--Mi hermano, como tiene así la imaginación, pinta muy románticas las cosas.

--Señora de Pardiñas, palabra de caballero que ni quito ni pongo. Esa chica, según entiendo, sería capaz de irse á cualquier parte en peregrinación, descalza, para sacar del purgatorio el alma del cura de Vimieiro.

--Falta le haría,--advirtió Rita,--y también para la de su madre, que allá en América parece que se dió á la vita bona.

--¡Válgame el cielo, y qué inquisidores os volvéis los que nunca habéis carecido de consideración ni de pan!--exclamó Pardo, ya indignado seriamente.--Yo no peco de filántropo; pero ciertas cosas no me las explico en gente que alardea de cristiana, y va á misa, y reza. Buenos rezos son esos, buenos. ¿Así entiendes tú la caridad? Pues hija, afirmo que esa Esclavitud vale más que...

Se contuvo por fortuna, y añadió:

--Que otras personas. ¿Qué culpa tiene ella de las faltas de sus padres, diga V.? Y las está expiando como si las hubiese cometido. Hasta se expatrió, según veo, y juraría que es por vergüenza, por no estar donde la gente _sepa_ y _recuerde_ y _diga_...

--También juraría lo mismo--asintió con calor doña Aurora.--Ahora entiendo por qué se sofoca tanto cuando le hacen ciertas preguntas. Yo opino como V., Pardo, como V., que es buena; que tiene sentimientos nobles... y que esos rasgos la honran mucho.

--Sí, guíese V. por mi hermano. Admítala en su casa,--exclamó Rita con una carcajada impertinente, que salía de lo más dañado de sus hígados.--Tocante á dar consejos, Gabriel es una especialidad. Le tiemblo cuando pega la hebra con mi esposo. Si Eugenio se guiase por él, estaríamos pidiendo limosna. Cargue V. con esa chica, ya verá cómo sale con las manos en la cabeza. Entonces dirá V.: «Bien me lo avisó Rita Pardo.»

La señora pensaba para su rotonda de pieles:

--Aunque sólo fuera para hacerte tragar quina; falsa, maulona... Ya te he calado, ya.

Al salir Gabriel, esperábale en la antesala su sobrina mayor. La cogió por el talle, y subiéndola á la altura de su boca, entre risas de la chiquilla, le deslizó al oído:

--Las niñas buenas, para que tití Gabriel las quiera mucho, no atisban, no husmean, no se esconden detrás del portier... Obedecen á su mamá, porque es su mamá, y no les ha de mandar cosa mala... ¡Cuidadito con morder, lagartija! Las niñas buenas... son buenas. ¡Ay! ¡Mi corbataaá!

--¿Tití Gabriel, me llevas contigo?--arrullaba la zangolotina.--Contigo sí, contigo no..., contigo sí me iría yo. ¡Llévame, anda!

--A Leganés te llevaré... ¡Juicio! ¡Estudie V. la lección de francés! ¡Péinese V. ese felpudo! ¡Dé V. una vueltecita por la cocina, á ver qué hace la pobre chica esa! ¡A papá le gusta el rosbif muy poco hecho! ¡Cuide V. el rosbif de papá!

Al cruzar la puerta, el comandante le echó á la niña un beso volado, y ella pagó en seguida el envío.

VIII

Doña Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama, porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también en madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del chocolate.

El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de clase, y en el bisteque engullido al salir de ella!

A la hora del chocolate era cuando se comentaban todos los sucesos de la víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín Calvo, los chistes estudiantiles, el último crimen, el fuego de anoche, junto con los menudísimos acontecimientos de aquel hogar realmente tranquilo (como lo son tantos en la corte, á despecho de la superstición provinciana que considera á Madrid un torbellino ó vértigo perenne). Lo primerito que hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que vino á pretender la gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado interés:

--¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida doncella... de labor?

Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña; sin embargo doña Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir puntualmente lo averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último. Se trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción necesaria... Era preciso irse con tiento.

--Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte que he despachado á la Pepa.

--¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me entere yo?

--Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le planté la cuenta en la mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que había novio por medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de Madrid tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no lo puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos. Hecha un conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se fué.

--_Mater_, basta ya de prolegónemos--exclamó el chico ensopando en la leche la lengüeta de un bizcocho.--Todo esto viene á parar en que tomas á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno tiene sus debilidaes.

--No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio ande corriente. Esa muchacha merece interés. Cuando yo lo digo...

¡Ay! propósitos de reserva, programas de discreción, temedle como al fuego á estas reticencias involuntarias, que abren de par en par la puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar: pero ¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir Rogelio. Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su triunfo, decir cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita Pardo. Tan dulce desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer, cuyo origen no se define, pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo, en referir esos dramas hondos de la vida humana, que de rechazo nos tocan á todos, que tienen el don de interesarnos porque despiertan nuestros sentimientos de compasión y justicia, y al par nos ponen frente á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino sólo á considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en la almohada y los ojos muy abiertos, atendía afanosamente á la narración novelesca de su madre.

--Ya ves--advirtió ésta al concluir su historia--que á la pobre hay que tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no ha podido portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de maldición, que anda cargada con los pecados de sus padres, y se abochorna de que allá la vean y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder con mucho tino en como se le habla. Del padre no se puede ni indicar tanto así... Pues de la madre, aun menos... porque la muy picarona vive aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola...

--Vamos...--respondió Rogelio recobrando su buen humor--resulta que á la niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez se trata de papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te parece bien?

--¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese bizcochito más. Lo que quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas personas así, que sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se sobresaltan por cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este Madrid y en el servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen avío, créeme que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha!

--¿Te parece que compre un ramito de flores para ofrecérselo galantemente cuando penetre en nuestra mansión?--preguntó el estudiante. Su madre le descargó un bofetoncito muy tierno, agregando:

--Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras cosillas, porque aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una leonera, y esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las manos. Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura nieve. Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la hay tan barata! Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita: me parece que no tiene abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará de ropa blanca. Siento haberle dado á la Pepa, no hará quince días, tres camisas preciosas.

--¡Bah! Con encargarle á París un _trusó_ como el de la señora de Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores y cuatro mil pares de medias de seda... ¿Bastará?

Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las doce con sus adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias y sacó una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro pareciese más cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho no pudo menos de reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía un ramillete de á dos cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta, acechaba el efecto.

--¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos _buqué_, caray, carapuche! como dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros. ¿Voy por alguna begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil. Escribiremos la crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de la varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...»

Esclavitud fué recibida tan pronto como se presentó, á eso de la una: pero quiso ir á despedirse de las señoritas de Romera. No se instaló en su nueva casa hasta por la tarde, trayendo consigo un mozo de cordel, portador de uno de esos baúles gallegos forrados de piel de buey, que tienen cantoneras de hojadelata. Pesaba tan poco, que al llegar al pié de la escalera la muchacha se lo cargó á hombros y lo subió ella misma. En aquel baúl casi vacío traía todo lo que le tocara por herencia del abad de Vimieiro.

IX