Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 13

Chapter 134,023 wordsPublic domain

--Hay--proseguía el fiscal imperturbable--una tanda de memos en polvo que se alborotan cuando oyen decir esto; pero ello es ya tan sabido, que de puro sabido se calla. El gallego tiene alguna penetración, corriente, sobre todo cuando se trata de discurrir maneras de jeringar al prójimo; y, sin embargo, ni sabe cultivar la industria, ni salir de aquella escasez en que vive. Le ve V. resignado con su mendrugo de pan de maíz, hecho un pelele, sin ropa, sin comer carne, sin beber vino una vez en el año... Le ve V. que con su fama de avispado, á veces parece más alma de cántaro que los mismos aragoneses. Es tacaño y ahorrará un _ochavitu_ aunque se lo saque del pellejo con una raspa; pero no tenga V. miedo que discurra para agenciarse ese ochavo, ni que se anime á trabajar de veras por el aliciente de un duro. Nada: con tal que no le perturben en su rutina y en su haraganería... Así ve V. que ahora tienen esa red de ferrocarriles, ¿y para qué les sirve? No moverán el dedo para atraer á los veraneantes. ¡Aquel agrado, aquella limpieza de la gente donostiarra!

--A este Don Nicanor hay que matarle ó dejarle--objetaba furioso Nuño Rasura.--Como no atiende á razones... ¿Dónde está esa red ferrocarrilera de que habla? ¡Bonita red! Llena de agujeros. ¿Quiere que todo se haga en un día? Milagros sólo Dios. Todo se andará, con paciencia y tiempo. Mire ya mi Don Nicanor la importancia que va adquiriendo la bellísima Vigo. Aquel clima tan fresco, aquellas costas y aquellas rías son la admiración de la prensa. ¡Y aquellas mujeres... mejorando siempre lo que tenemos delante, pero mi buena amiga también es de allá! ¿Y aquel pescado tan especial? ¿Qué me dice V. de él?... Amiga queridísima doña Aurora, yo no he vuelto á comer sardina ni lenguados desde que me vine. Antes de la caída de O’Donnell, recuerdo que estábamos tomando baños en Marín, y nos trajeron á la puerta un rodaballo...

Aquí volvía el ochentón á hilar el copo de los recuerdos, y Rogelio, con el codo en el sofá y en la palma la mejilla, escuchaba embelesado. Parecíale que estaban contando alguna tradición de familia. El aposento y la tertulia adquirían aspecto de cariñosa intimidad: la atmósfera moral y material era templada: el mundo era mullido y acolchado como el almohadón donde reclinaba su cuerpo. Cada tertuliano era para él, si no un padre, por lo menos un tío carnal. En derredor suyo reinaba la más dulce seguridad; y así como en ciertas moradas lujosas se traslucen el ahogo y la escasez, en aquel comedor modestísimo se transparentaba el bienestar casero, la más dorada mediocridad que pudo soñar ningún poeta ni apetecer ningún filósofo. La armonía y la moderación son siempre hermosas, y Rogelio, sin definir esta belleza que le rodeaba, la sentía y se envolvía en ella como el pájaro en el plumón de su nido. Y mientras en la chimenea chisporroteaba la leña ardiendo, y de la cocina venía amortiguado el repique del almirez, y discutían los viejos y la madre activaba las agujas de su media, el muchacho, sumido en vaga contemplación, fantaseaba cómo sería aquel país bonito, aquella Galicia verde, llena de agua, de flores y de muchachas mimosas.

IV

La calle enterita, tiendas, puestos ambulantes, criadas y vecindad, conocía á Rogelio: como suele decirse, todo el mundo le debía un cuarto. Eranle familiares los establecimientos, ó, mejor dicho, humildes tenduchos de loza, ultramarinos, novedades, cordelería y periódicos, que se incrustan entre las viejas é imponentes casas solariegas de la calle Ancha, animada por la concurrencia de los estudiantes y por el ascenso y descenso de los tranvías.

Pero con quien la emprendía Rogelio más á menudo, era con los cocheros simones, de los cuales existe un puesto en la plazuela de Santo Domingo. Rara vez salía de casa doña Aurora que el reuma ó el frío ó el calor no la determinasen á enviar por uno de aquellos vehículos tan destartalados y feos, pero tan cómodos y accesibles; ella les llamaba enfáticamente «sus trenes», y aseguraba riendo que siempre tenía el coche enganchado y á la puerta, con un cochero tan puntual, que no se hacía esperar una vez sola. Rogelio, á fuer de hijo único y rico, se permitía otros lujos, y su madre le pagaba la pensión de dos caballitos moscas y el alquiler de un milor flamante en casa del alquilador Agustín Cuero, para que los días festivos bajase al Retiro ó adonde le diese la gana (no consintiéndole caballo de silla por temor á un lance peligroso). Pero á la señora primero la matarían que usar de aquel tronco juguete: que la dejasen con sus pacíficos simones; á no ser algún día, por decoro y para hacer visitas, maldito lo que le importaba la farsa de que el coche estuviese más barnizado y el cochero llevase guantes y unas zaleas de carnero por los hombros. Con el uso frecuente y las razonables propinas, todo el personal cocheril de la plaza estaba á devoción de doña Aurora, y muy prendado de la buena sombra del señorito. Este no les dejaba vivir, máxime á sus paisanos, los gallegos, con quienes la tenía siempre armada. Decíales mil disparates acerca de su tierra; les tarareaba la muiñeira; les hablaba con la _u_, á guisa de sirviente de comedia de Ayala; y si por milagro llegaban á amoscarse, les decía:

--Auriga veloz, yo también soy galleguiño, maruso, de pralá.

A lo cual solían ellos responder:

--¡Qué señorito tan _pavero_!

Cuando venía á comprometer á alguno porque lo necesitaba su madre, desde una legua que le viesen ya estaban riéndose y bajando la alquila. Y él solía entrar en escena dirigiéndoles retahilas semejantes:

--Automedonte alígero, vapulea á tu fogoso corcel para que se beba la distancia hasta mi encantado palacio. Ya el generoso bridón tasca impaciente el dorado freno. ¿No ves cual le rocía de cándida espuma? Buloniu, ¿en qué estabas pensando que no me veías de venir?

--Señorito... estaba á leer _La Correspondencia_.

--_¡La Correspondencia!_ ¿Qué profieren tus sacrílegos labios? _¡La Correspondencia!_ ¡Rabo de Satanás! ¡Una hoja revolucionaria, anárquica y nihilista! Arroja pronto ese veneno, antes de apropincuarte á la mansión honrada de los pacíficos ciudadanos. ¡Acude, corre, vuela, simón! ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Anda, burrachu, demagogo!

Cuanto mayores extravagancias ensartase, más se reían los cocheros.

Una mañana salió Rogelio, ya embozado en su capita hasta los ojos, pues las postrimerías de Octubre tenían la atmósfera en punto de sorbete, aunque el alegre sol madrileño brillase en todo su esplendor. Tratábase como siempre de buscar un cochecillo para doña Aurora. Al llegar á la esquina de la plazuela, divisó á uno de sus trenes predilectos: una berlina algo menos indecente, con forro de sagrén avellana no tan mugriento y sobado como el de la mayor parte de estos vehículos. El cochero, rubio, gordo, coloradote, atendía por Martín y era gallego. Rogelio venía llamándole con señas y gritos:

--¡Martín, el de la capa! ¡Ah de la imperial carroza!

Hablaba el simón con una mujer cuyo rostro no podía ver el estudiante; pero á la voz de éste se volvió, y Rogelio hubo de notar que era moza, no mal parecida, de aspecto humilde y vestida de luto.

--¡Señorito, qué cuaselidá!--exclamó Martín al conocer á Rogelio.--Esta joven (el cochero pronunciaba _joven_ con _g_) viene en busca de la casa del señorito, y me preguntaba el camino ahora. Es paisana nuestra. Trae una carta...

--¿Quiere V. dejarme ver el sobre?--indicó el estudiante, que al dirigirse á la muchacha varió enteramente de modales y de tono.

La muchacha alargó el billete, que lo era, y bien chico.

--¡Calle! Es para mamá. Véngase V. conmigo; yo le enseñaré la casa. Tú, simón, sigue nuestra resplandeciente estela con tu carroza imperial, tirada por ese lánguido cisne.

--Dios se lo pague, señorito--dijo la muchacha con voz bien timbrada y dulce, y acento cantarín, como suelen tenerlo las gallegas ribereñas.--No necesita molestarse. Ya veo desde aquí el portal de la casa, que el cochero me lo señaló.

--Si yo también llevo ese camino. Ningún trabajo me cuesta.

Sin otra discusión, la muchacha rompió á andar, y Rogelio, por instinto, se colocó á su izquierda, como haría con una dama. A los diez pasos le pesaba ya de su galantería. En primer lugar, menuda chacota le arrimarían sus compañeros si acertaban á encontrarle acompañando tan cortés á una individua de pañuelo á la cabeza y saya lisa de merino. En segundo, Rogelio atravesaba esa edad en que un chico criado algo falderamente, en la casta atmósfera maternal, no puede evitar una impresión de cortedad penosa cuando trata con mujeres desconocidas aún. Cierto que las de condición inferior no le atarugaban tanto: las señoritas eran su muerte: siempre creía que se burlaban de él, que cuanto le decían era pura matraca, que no hacían sino tomarle el pelo, gozarse en su confusión y comentarla luego á solas, con maliciosa y despiadada ironía; pero ahora, al lado de la muchacha vestida de luto, experimentaba la misma turbación, porque, á pesar de su pobre traje, no tenía pinta de lo que se entiende por mujer ordinaria. «¿La diré algo? ¿Se reirá de mí? Más se reirá si me quedo mudo. No, la palabra hay que dirigírsela». Entonces se le ocurrió preguntar con suma formalidad:

--¿Quién le envía á mamá esa carta? ¿Lo sabe V.?

--Sé; sí, señor. ¿No he de saber? Las señoritas del general Romera. ¿No las conoce?

--¡Vaya si las conozco! El general Romera fué amigo de papá. Hace tiempo que no las vemos.

--Estuvo malita doña Pascuala, la mayor. Tuvo una cosa que le dicen _enginas inflamadas_. ¡Ay! Muy mala estuvo.

--Y ahora, ¿sigue mejor?--interrogó Rogelio por seguir hablando, aunque las anginas de doña Pascuala no le quitaban el sueño.

--Ya sanó de todo. Pues si no sanase, tampoco me marchaba yo de _junta_ ella.

--¿Estaba V.... allí?--(Rogelio no se atrevió á decir _sirviendo_.)

--Sí, señor, desde que vine de _allá_.

--¿Conque galleguita?

--No tengo por qué negarlo.

--Ni yo tampoco, caramba.

--No, señor, por cierto. Es una tierra muy buena, mejor que la de Madrí y la de todo el mundo.

Rogelio sonrió, agradado del patriotismo de la muchacha, y comenzando á sentirse bien con ella, porque le parecía incapaz de burlarse de nadie. Estaban próximos á la casa: Martín, que se había adelantado, paraba su jamelgo, operación más fácil que la de obligarle á salir al trote, y, desde el portal, doña Aurora hacía señas á su hijo.

V

--Mamá, aquí te traen una amorosa epístola.

--¿Esta chica?

--Sí, señora... De las señoritas de Romera.

--A ver, venga. Puede que sea cosa de despachar acto continuo.

Pero apenas hubo roto el sobre, la señora se echó á reir.

--¡Qué chiflada estoy! Sin mis gafas... Rapaz, lee tú.

Desplegó Rogelio la misiva, y ahuecando la voz, comenzó así:

--«Alta y poderosa y sobajada señora; si la vuestra fermosura...»

--Mira, niño, lee formal, que aquí corre un frío de los diablos y con el reuma mis caderas no están para músicas.

En tono natural leyó Rogelio:

«Nuestra más distinguida amiga: La dadora, Esclavitud Lamas, manifestará á V. el favor que pide. Nosotras sólo podemos atestiguar que todo el tiempo que estuvo en esta casa, observó ejemplar conducta, sin faltar nunca á su obligación; tanto, que su marcha nos deja muy disgustadas, por no tener queja ninguna de ella, al contrario.

«Quedan de V. afectísimas sus antiguas amigas,

«PASCUALA Y MERCEDES ROMERA.»

--¿No dice más, hijo?

--Trae una posdata tonta. No la leo, ea.

--¿Una posdata tonta?

--Sí; que por qué no me dejo ver, que ya estaré hecho un buen mozo... Las bobadas de cajón.

--Te lo estoy diciendo siempre, rapaz,--exclamó la madre con viveza.--Nunca subes diez minutos á casa de esas pobres señoras que te quieren tantísimo. Como que te han conocido así, hecho un muñeco. Pensarán que es culpa mía. Pues bastantes veces te hablo de ellas. ¡Pascuala y Mercedes! Si tú no vas iré yo.

--¡Pero, _mater terribilis_, si en cuanto piso aquella antesala me entra un sueño... y no hago sino bostezar!

--Pues son unas santas.

--¡Amén; yo no les quito su santidad; sólo digo que son tan pesaditas, tan patosas! Hablan á dúo como los alemanes de _La Diva_, «Rogelito, ¿qué tal la mamá? ¿Y los estudios?»--Al decir, así imitaba la voz cascada y el acento malagueño de las solteronas.

--Valiente pinturero estás tú,--murmuró la señora reprimiendo la risa.--No sé por qué te han de dar sueño Pascuala y Mercedes.

--Insondables enigmas del corazón humano. Arcanos profundos. En aquella _dimora casta è pura_ flota en la atmósfera un beleño letal.

--¡Farsante!

Mientras duraba esta escaramuza entre la madre y el hijo, la muchacha esperaba inmóvil, sin levantar los ojos del suelo. Doña Aurora se hizo cargo y se encaró con ella.

--Hija, dispense V. Aquí dice que V. me explicará el objeto de su venida. ¿Quiere subir?

--No, señora... Por mí no se moleste. Aquí mismo...

--A ver, no tenga V. reparo. ¿Alguna recomendación?

--Recomendación, no, señora. Es que yo quiero entrar á servir en casa de V.... ó de otra familia gallega,--añadió después de una pausa.

Doña Aurora miró fijamente á la postulante, y creyó advertir que se ruborizaba un poco.

--¿Usted... no estaba contenta con las señoritas de Romera, según eso?

--Sí, señora; por contenta sí... y me parece que ellas también conmigo; ya lo ve por la carta que me dieron. Por lo que es de las señoritas, estaría yo en la santa gloria, que son muy buenísimas, no despreciando: Dios las florezca. Sólo que á las veces... hay personas buenas y no se hace uno con ellas. Esas señoritas son de allá de Málaga, en tierra de Andalucía, y tienen unas costumbres y unas comidas que yo no las entiendo. Hasta el habla suya es atravesada para mí. Cuando me mandan hacer una cosa y no comprendo, me quedo como si me leyesen la sentencia de muerte. Y luego, señora, la verdad por delante: el no estar entre gente de su tierra, ni oir mentarla nunca, le pone á uno el corazón muy negro. Por la metá de soldada y con doble de trabajo, quiero servir á una persona del país.

Lo dijo con tal persuasión, que se aumentó la benevolencia de doña Aurora, prendada ya del porte decente y honesto de la muchacha, tan distinto del desgarro que gastan las _Menegildas_ madrileñas. Sólo que no veía claro aún en la historia: allí debía de haber algún intríngulis. Delante de la puerta, el simón chupaba su papelito, mientras el jamelgo bajaba la cabeza y estiraba los belfos, soñando con pienso abundante y prados deleitosos.

--Hija--advirtió la señora--yo voy á sentarme en el coche. Como no tengo sus años, me pesa el cuerpo y las piernas me bailan. De no subir, el coche sea conmigo.

La galleguita la ayudó á colocarse, y desde dentro, doña Aurora preguntó:

--Diga... Y estando V. tan pegada á la tierra, ¿cómo se vino de allá?

¡Ah! de esta vez no cabía duda: fué rubor, y rubor encendidísimo, el que tiñó los pómulos de la sirviente. Y al contestar--se necesitaba ser sordo, y sordo verdadero, para no percibirlo--tartamudeaba, sobre todo en las primeras frases.

--A las veces... tiene uno... que hacer aquello que menos le está pidiendo el corazón, señora... Somos hijos de la suerte. A mí me criara mi tío, el cura de Vimieiro. Dispuso el Señor de llevárselo; quedé sin arrimo. Para comer pan hay que trabajar. Era reina en mi casa; ahora sirvo. Alabado sea Dios, y nunca nos falten las manos y la salud.

--¿Cómo no entró V. á servir allá?--insistió la señora, que sobre una pista era más fina que el mejor sabueso. Y que la pista existía, no pudo dudarlo al ver que ya no era rubor, sino llamaradas de fuego, lo que pasó por el rostro de Esclavitud.

--No... no se me proporcionó--respondió con acento ahogado.--Luego, como allí todos me conocían, me daba vergüenza.

Doña Aurora Pardiñas recapacitó cosa de dos minutos, y endulzando el tono para suavizar lo áspero de la idea.

--Vamos á ver... Quien la recomienda á V. son las señoritas de Romera, que... que la conocen sólo del tiempo que estuvo en su casa. ¿No es eso? Pues sería conveniente... V. se hará cargo de ello... que tuviese aquí otras personas de allá, del país, para responder.

La muchacha titubeó un instante, y resolviéndose al fin, contestó:

--Me conocen el señorito Gabriel Pardo de la Lage y también la hermana.

--¿Rita Pardo? ¿La casada con el ingeniero? Pues si la trato mucho. ¿Y dice V. que la conoce?

No contestó la chica sino alzando la mano y el hombro como para expresar: «¡Bah! Desde que nací.»

--Bien...--murmuró la señora.--Francamente, hija, siento que deje V. á las de Romera. Mejor casa y mejores señoritas...

--No niego eso--replicó Esclavitud con mayor energía si cabe;--solamente que ya le he contado la verdad, señora, como si estuviese hablando con mi difunta madre ó con el confesor. Pegó conmigo la morriña, y si no salgo creo que se me revuelve la cabeza ó me voy derecha á la sepultura. Yo no comía. Yo me metía á cavilar por los rincones. Yo me fuí quedando morena, morena, y tan flaca, que la ropa se me cae. Yo de noche tenía unos aflictos como si me atasen una soga al pescuezo tirando mucho. Con esto y con todo me daba empacho descubrirme á mis señoritas. Lo conocieron ellas, y fueron las primeras en aconsejarme que, de no volverme á la tierra, que me metiese en alguna casa de gente de allá. «Hija, estás tan desmejorá que pareces otra». Mismo así me dijeron.

Al hacer esta narración, la barbilla de Esclavitud temblaba como la de los niños cuando reprimen la emoción que precede al llanto. Los ojos no se veían, porque los bajaba, según costumbre.

--Serénese--ordenó afectuosamente la señora. Iba entrándole una simpatía irresistible por aquella muchacha, de porte tan modesto y de corazón al parecer tan sensible. ¡Qué poco se parecía á las descocadas de Madrid, á las charranas de los barrios, chulapas sin pudor que no pueden estar en una casa decente! Justamente no hacía hora y media que la Pepa, la doncella, por un quítame allá ese polvo, se había desvergonzado poniéndose como una verdulera. Esta galleguita podría haber tenido... qué sé yo... cualquier desliz... porque lo de la escapatoria de su tierra no resultaba claro; pero el tipo era tan... vamos, tan de mujer de bien... Sabe Dios lo que le habría sucedido á la pobrecilla.

--Mire--declaró adelantando la cabeza por la portezuela--lo que es ahora mismo no le puedo contestar fijamente si la tomo ó no. Dése V. una vuelta mañana á estas mismas horas, y llame en el entresuelo. Me alegraría de que... pero hay que pensarlo. Si yo no pudiese, haré por descubrir alguna casa gallega... Dígame V. las condiciones, por si otra persona quisiese saber...

Esclavitud arrollaba entre las yemas del pulgar y el índice un pico del pañuelo de seda negra.

--Dios se lo pague. Por la soldada tanto me da un duro más como un duro menos. Al trabajo no le pongo mala cara. De cocinera no voy porque no sé estos guisos finos que se estilan ahora; sé las comidas de la tierra, así, sencillas. En lo demás me parece que daré gusto, lo mismo en limpiar, que en el repaso, que en la plancha. Lo que le pido es que en la casa que me busque, no haya... vamos... hombres que...

--¡Ya, ya!...--atajó doña Aurora. Y añadió bromeando:--Pero y entonces ¿cómo pretende V. mi casa? ¿No ha visto V. que en ella hay un hombre?

Señaló á Rogelio, que repuesto de su cortedad con la presencia de su madre, consideraba á la chica, reclinado en la portezuela del simón. Esclavitud siguió la dirección de la mano de la señora; por primera vez sus ojos, verdes, cambiantes, de mirada cándida, se fijaron en el estudiante: luego pronunció risueña:

--¿Este señorito es su hijo? Por muchos años... Dios se lo conserve. Este no es de los hombres que yo decía. Por ahora es un rapaz.

Demudóse Rogelio como si le hubiesen dirigido el más atroz insulto. Para disimular quiso reir, y la risa se le atascó en la garganta. Preciso es consignarlo: hasta sintió como el ardor de una lágrima en los ojos. Fué uno de esos instantes de rabia insensata y profunda, que alguna vez ha de sufrir el varón cuya infancia se prolonga más de lo justo; instantes en los cuales se apetece, como el mayor bien, poseer el amargo tesoro de la experiencia: dolores, desengaños, tribulaciones, luchas, enfermedades, canas, arrugas en el rostro, fracasos, traiciones de la amistad y del amor... todo, todo á trueque de oir la palabra reveladora, de gustar el fruto del bien y del mal, la eterna manzana dorada por un lado y sangrienta por otro. Todo por llenar el destino humano; todo por recorrer el ciclo de la vida.

VI

Cuando arrancó á andar el simón, la señora gritó á su hijo, que iba en el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio obedeció, pero así que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora del ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo:

--No subo. Para esos informes que vas á tomar no me necesitas.

--¿Y á dónde te vas ahora?

--Por ahí,--respondió no sin alguna sequedad el estudiante, echando á andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de despedida del hombre que se emancipa, algo semejante al nervioso aleteo del pájaro cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y embozándose más ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La madre le siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias.

--Algún día ha de ser...,--pensaba.--Está en una edad en que no se puede tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la pega el pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con algún amigo que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese fuerte, robusto, hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda y cada barbota negra que parece un tojal... El es así, tan finito, tan poquita cosa... Sácamele adelante, Virgen de los Remedios.

Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la señora, soltando el pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla para llamar en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita Pardo. Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y gritando:

--¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas.

--Que pase á la sala... voy inmediatamente...--respondió desde alguna oficina interior, cocina ó despensa, una voz de mujer. Doña Aurora, sin esperar el permiso, se dirigía ya al salón, modelo cumplido de la cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un solo mueble sólido ni artístico. Había dos ó tres sillas de felpa de colores variados, una _étagère_ con estatuitas de fundición, cacharros vulgares, y algún objeto de plata, sin ningún mérito, que sólo por ser de plata estaba allí; una alfombra de moqueta mal barrida; dos retratos al óleo del señor y de la señora, en óvalo, con traje dominguero, y otras ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba y aseaba poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa criaturas menores.

Al cabo de diez minutos, apareció la señora del ingeniero, Rita Pardo. Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa, de raso azul pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia del trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la maternidad ni la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura; pero la coqueta á quien conocimos poniendo el plano inclinado á su primo el marqués de Ulloa, se había transformado en matrona circunspecta y barnizada de una espesa capa de decoro, bajo la cual sólo el ojo lince del observador podía descubrir á la mujer verdadera, invariable, porque las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se renuevan. Saludó cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto bueno, Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son terribles: las pierde uno en atender á chinchorrerías y á recaditos... Cuánto va á sentir Eugenio...»