Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

Part 11

Chapter 113,725 wordsPublic domain

Encontrábase ya en el vagón, con la Diabla enfrente, la maletita y el lío de mantas en la rejilla, el velo de gasa inglesa bien ceñido sobre la toca de paja, calzados los guantes de camino, abrochado hasta el cuello el guardapolvo. El tren adelantaba, unas veces bufando y pitando, otras con perezoso cuneo, al través de las eternas estepas amarillas, caldeadas por un sol del trópico. ¡Oh Castilla la fea, la árida, la polvorosa, la de monótonos aspectos, la de escuetas lontananzas! ¡Oh sombría mole, región desconsolada del Escorial, qué felicidad perderte de vista! ¡Oh calor, calor del infierno, cuando acabarás! Asís sentía que el sol, al través de las cortinas corridas que teñían con viso azul el departamento, se le empapaba en los sesos como el agua en una esponja, y que en sus venas la sangre se volvía alquitrán, y la punta de cada filete nervioso una aguja candente, y que los ojos se le salían de las órbitas, igual que á los gatos cuando los escaldan... El polvillo de carbón, unido al de los páramos castellanos, entraba en remolinos ó en ráfagas violentas, cegando, desvaneciendo, asfixiando. No valía manejar desesperadamente el abanico: como toda la atmósfera era polvo, polvo levantaba al agitar el aire, y polvo absorbían los sedientos pulmones.--¡Agua! ¡Agua! ¡Agua por Dios! Angela, va una botella llena ahí en el cesto...--Revolvía la Diabla el fondo de la canastilla..., nada: sin duda el agua se había olvidado. ¡Ah! una botella... El vaso plano... Asís bebía. ¡No es agua, no es agua! Es manzanilla, jerez, brasa líquida, esas ponzoñas que roban el juicio á las gentes... Venga un río, un río de mi tierra, para agotarlo de un sorbo... Mientras la señora gemía, el inmenso foco del sol ardía más implacable, como si estuviesen echándole carbón, convertidos en fogoneros, los arcángeles y los serafines. Y así atravesaban la pedregosa tierra de Avila, con sus escuadrones de enormes cantos, y las llanuras de Palencia, y los severos desiertos de León, y la vieja comarca de la Maragatería. ¡Que me abraso!... ¡Que me abraso!... ¡Que me muero!... ¡Socorro!...

¡Aah! ¿Qué ocurre? Salimos del país llano... ¡Montes queridos! Cada túnel es una inmersión en la noche, un baño en un pozo; al volver á la claridad, montañas y más montañas, revestidas de frondosos castañares, y por cuyas laderas... ¡oh deleite! se despeñan saltando manantiales, cascaditas, riachuelos, mientras allá abajo, caudaloso y profundo, corre el Sil... Las mismas rocas sudan humedad; de la bóveda de los túneles rezuman gotas gordas; el suelo se encharca. Al principio, Asís revive como el pez restituido á su elemento: su corazón se dilata, calmase el hervor de su sangre, se aplaca la horrible sed. Pero los riachuelos van engrosando; los túneles menudean, lóbregos, pantanosos; al término se divisa un cielo color de panza de burro, muy bajo, en el cual se acumulan nubes preñadas de agua, que al fin, abriendo su seno, dejan caer, primero en delgados hilos, luego en cerrada cortina, la lluvia, la eterna lluvia del Noroeste, plomo derretido y glacial, que solloza escurriendo por los vidrios. Y aquella lluvia, Asís la siente sobre el corazón, que se lo infiltra, que se lo reblandece, que se lo ensopa, hasta no poder admitir más líquido, hasta que, anegado de tristeza, el corazón empieza también á chorrear agua, primero gota á gota, luego á borbotones, con fúnebre ruido de botella que se vacía...

* * * * *

Pan, pan. Dos golpes en la puerta de la alcoba...--¡Jesús!... ¿Quién? ¿Pero dormía ó soñaba ó qué es esto?--Y la señora palpaba la almohada.--Húmeda, sí... Los ojos... También los ojos... ¡Lágrimas! ¿Quién está?... ¿Quién?

--Yo, amiga Asís... Gabriel Pardo... ¿He venido á molestar? Por Dios, siga V. con sus preparativos... Me he encontrado á la chica; me dijo que mañana sin falta salía V. para nuestra tierra... Cuánto sentiré incomodarla... Me retiro, me retiro.

--Por Dios... De ningún modo... Tome V. asiento... Salgo en seguida... Estaba lavándome las manos.

Y en efecto, se oía ruido de chapuzón, de lavaroteo. Pero nos consta que lo que lavaba la señora eran los párpados. Luego se dió polvos, se compuso el pelo, se arregló los encajes de la gola. Apareció muy presentable. Pardo había tomado un periódico, creo que _La Epoca_, y leía distraído, sin entender: «La dispersión veraniega ha comenzado. Parten hoy para Biarritz en el expreso, el duque de Albares, las lindas señoritas de Amézaga...»

Apenas habrían tenido tiempo los dos paisanos para trocar unas cuantas frases de excusa, cuando se oyó sonar la campanilla y en el corredor retumbaron pasos fuertes, varoniles. De sofocada, la señora se volvió pálida: una sonrisa involuntaria y una luz vivísima cruzaron por sus labios y sus ojos. Pacheco entró, y al verle el comandante Pardo, reprimió el impulso de pegarse un cachete en el hueso frontal.

--¡Ya pareció aquello! ¡Se despejó la incógnita! ¡Y decir que no hará dos semanas que se conocieron en casa de Sahagún! ¡Mujeres!!!

El gaditano,--lo mismo que si se propusiese evidenciar lo que Pardo adivinaba,--apenas se hubo sentado, sacó del bolsillo un tarjetero de piel inglesa, con monograma de plata, y se lo entregó á Asís, murmurando cortésmente:

--Marquesa... las señas que V. me pidió que le trajese. Las señas de la pitillera... ¿no recuerda V.? Puede V. copiarlas, ó quedarse con el tarjetero, si gusta... Viéndolo, se acuerda V. más del empeñillo.

¡Ay! Asís trasudaba. Era para volarse. ¡Vaya un pretexto que daba á su visita nocturna el bueno del gaditano! Si lo quería más claro Don Gabriel...

Miró al comandante, que se hacía el sueco, tratando de no ver el tarjetero dichoso. No hay posición más desairada que la de tercero en concordia, y Don Gabriel, notando la ojeada expresiva que trocaron Pacheco y Asís, creía estar sentado sobre brasas, tanto le apretaban las ganas de quitarse de en medio. Pero convenía hacerlo con habilidad y educación. Un cuarto de hora tardó en preparar la retirada honrosa, echándole el muerto al Círculo Militar, donde aquella noche había una conferencia muy notable. Los círculos, ateneos y clubs, serán siempre instituciones benéficas, por lo que se prestan á encubrir toda escapatoria masculina,--así la del que va en busca de la propia felicidad, como la del que evita el espectáculo de la ajena,--verbigracia Pardo.

Retrasó el paso al llegar á la esquina de la calle y se puso á reflexionar acerca del impensado descubrimiento. Raro es que el amigo de una dama, en caso semejante, no desapruebe la elección.--¡Cómo escogen las mujeres! En dándoles el puntapié el demonio... Indulgencia, Gabriel; no hay mujeres, hay humanidad, y la humanidad es _así_... Esta desazón, además, se parece un poquito á la envidia y al des... No, hijo, eso sí que no: despechado no estás: lo que pasa es que ves claro, mientras tu pobre amiga se ha quedado ciega... ¡Cómo se transformó su fisonomía al entrar el individuo! La verdad: no la creí capaz de echarse un amante... y menos ese. O mucho me equivoco ó le ha caído que hacer á la infeliz. Ese andaluz es uno de los tipos que mejor patentizan la decadencia de la raza española. ¡Qué provincias las del Mediodía, señor Dios de los ejércitos! ¡Qué hombre el tal Pachequito! Perezoso, ignorante, sensual, sin energía ni vigor, juguete de las pasiones, incapaz de trabajar y de servir á su patria, mujeriego, pendenciero, escéptico á fuerza de indolencia y egoismo, inútil para fundar una familia, célula ociosa en el organismo social... ¡Hay tantos así! Y sin embargo, á veces medran, con una apariencia de talento y la viveza propia del meridional; no tienen fondo, no tienen seriedad, no tienen palabra, no tienen fe, son malos padres, esposos traidores, ciudadanos zánganos, y los ve V. encumbrarse y hacer carrera... Así anda ello. Y á las mujeres... qué diablo, estos hombres les caen en gracia... ¡Eh! dejémonos de clichés... Asís, que es de otra raza muy distinta, necesita formalidad y constancia; la compadezco... Bueno es que no se casará; no, casarse no lo creo posible. De esa madera no se hacen maridos. Como aventura, tendrá sus encantos... ¡Qué casualidad! Y dirán que no hay coincidencias... ¡Tarjetero, tarjetero!...

Así meditaba el comandante. ¿Era injusto ó sagaz? ¿Obedecía á su costumbre de analizarlo todo, ó á una puntita de berrinche? Se caló los lentes y se retorció la barba, ¿A dónde iría?

--Al Círculo Militar, ya que me sirvió de pretexto para escurrir el bulto. ¡Poco gusto que les habrá dado cuando yo tomé la puerta!...

Tras esta ingrata reflexión apretó á andar. La obscuridad de la noche le exaltaba, y ese enlazado grupo, que ve con la fantasía todo el que sale huyendo de hacer mala obra á dos enamorados, se empeñaba en flotar, vaporoso é irónico, ante Don Gabriel. Fortuna que este género de visiones no suele resistir á los efectos anodinos de una conferencia sobre «Ventajas é inconvenientes del escalafón en los cuerpos facultativos.»

XXII

EPÍLOGO

No entremos en el saloncito de Asís mientras dure el tiroteo de explicaciones (¡cosa más empalagosa!) sino cuando la pareja liba la primera miel de las paces (empalagosísima también, pero paciencia). Ni Pacheco pregunta ya nada acerca de Don Gabriel Pardo y su amistad, ni Asís se acuerda del baile en el merendero. El gaditano habla al oído de la señora.

--¿Pero tú te creíste que yo no sabía que mañana te vas? A Diego Pacheco no se la ha pegado ninguna hembra... ¡Niña boba! Esta mañana ya habías dispuesto la marcha, claro que sí, y si te viniste á almorsá conmigo, fué que te dí un poquillo de lástima... Decías tú allá en tus adentros: sólo faltan horas; vamos á complacer á éste, que tiempo habrá de que estalle la bomba y dejarlo plantao... ¡Y ahora también piensas en cosas así, muy tristes; en que ya no nos vemos, en que se acaba el cariñito y las fatigas y el verme y el hablarme!... ¡Ay, chiquilla! Me quieres tú mucho más de lo que te figuras. No te has tomado el trabajo de echar la sonda ahí en ese pechito... ¡Tonta! ¡Cómo te acordarás de estos ratos, allá en tu país, entre aquella gente sosaina! Aquí se queda un hombre que te quería también un poquitillo... ¡Pobrecita, la nena!

No estaban los amantes abrazados, ni siquiera muy juntos, pues Pacheco ocupaba el sillón, y el diván Asís. Sólo sus manos, encendidas por la misma fiebre, se buscaban, y habiéndose encontrado, se entrelazaban y fundían. Callaron entonces y fué el instante más hermoso. Por el mudo diálogo de los ojos y por el contacto eléctrico de las palmas, se enviaban el espíritu en arrobo inefable. Con la nueva y victoriosa dulzura de semejante comunicación, Asís sentía que se mezclaba un asombro muy grande. Miraba á Pacheco y creía no haberle visto nunca: descubría en su apostura, en su cara, en sus ojos, algo sublime, que realmente no existía, pero era positivo entonces para la señora, pues así sucede en toda revelación, para que resplandezca su orígen superior á la materia inerte y al ciego acaso... y á Asís se le revelaba entonces el amor. Poco á poco, sin conciencia de sus actos, acercaba la mano de Diego á su pecho, ansiosa de apretarla contra el corazón y de calmar así el ahogo suave que le oprimía... Sus pupilas se humedecieron, su respiración se apresuró, y corrió por sus vértebras misterioso escalofrío, corriente de aire agitado por las alas del Ideal.

--No estés tan tristón--tartamudeó con blandura mimosa.

--Sí que estoy triste, prenda. Y es por ti. Estoy de remate. Estoy hasta enfermo. No sé por dónde ando. Parece que me han dao cañaso. Es un mal que se me entra por el alma arriba. Si sigo así, guardaré cama. Después que te vayas la guardaré... Es cosa rara, chiquilla. ¡Válgame Dios, á lo que llega un hombre!

--Te pones tan lejos... Aquí, cerquita--murmuró la señora con el tono con que se habla á los niños.

--No..., déjame aquí... Estoy bien. Mira tú que cosas más raras hace la guilladura cuando entra de verdad. Ni ganas tengo de acercarme; la manita me basta...

--¿No te gusto?

--No como me gustarían otras. ¡Ah! Ya sabes si tengo ilusión por ti... Y así y todo..., ahora prefiero callar y no acercarme, gloria... ¡Ay!... ¿Pero qué es eso? ¿Llora mi niña?

Puede que llorase, en efecto. No debía de ser el reflejo de la lámpara lo que tanto relucía en su mejilla izquierda... Pacheco exhaló un suspiro y se puso en pié, desenclavijando su mano de la de Asís.

--Me voy--pronunció con voz alteradísima ronca, resuelta.

De un brinco se levantó Asís, echándole los brazos al cuello y sujetándole.

--No, Diego, que no... ¡Vaya una ocurrencia! ¡Irte ya! ¡Pues si apenas llegaste! ¿Cómo irte? ¿Tienes que hacer? No, irte no quiero.

--Niña... El mal camino andarlo pronto. No tengo ánimos para más. Estoy que con una seda me ahogan. ¿A qué aprovechar unos minutos? Es la despedida. Yéndome ahora me ahorro alguna pena. Adiós, querida... Cree que más vale así.

--No, no, no te vas... Por lo mismo que ya es la última noche... Diego, por Dios, mi vida... Tú quieres sacarme de quicio. No puede ser.

Pacheco sujetó los brazos de la señora, y mirándola de hito en hito exclamó con firmeza:

--Piénsalo bien. Si me quedo ahora no me voy en toda la noche. Reflexiona. No digas después que te pongo en berlina. Te conviene soltarme. Tú decidirás.

Asís dudó un minuto. Allá dentro percibía, á manera de inundación que todo lo arrolla, un torrente de pasión desatado. Principios salvadores, eternos, mal llamados por el comandante _clichés_; que regís las horas normales, ¿por qué no resistís mejor el embate de este formidable torrente? Asís articuló, oyendo su propia voz resonar como la de una persona extraña:

--Quédate.

El plan era absurdo, y sin embargo los medios de realizarlo se presentaban entonces asequibles, rodados. La Diabla, fuera de casa, por casualidad feliz; la cocinera lo mismo; cuestión de engañar á Imperfecto, que era la quinta esencia de la bobería, y á la portera, que siempre estaba dormitando á tales horas. Para conseguir el apetecido resultado, combinóse un atrevido plan de entradas y salidas, de pases y repases, que hizo reir á los dos delincuentes... Y á las doce de la noche las puertas de la casa se hallaban cerradas, y dentro de ella el contraventor de las pragmáticas sociales y de las leyes divinas.

Si la cosa no hubiese pasado de aquí, creo sinceramente, lector amigo, que no merecía la pena, no ya de narrarla, sino hasta de mencionarla en estos libros de memorias y exámenes de conciencia de la humanidad, que se llaman novelas. Porque aun siendo el caso tan desatinado y enorme; aun constituyendo una atrevida infracción de todo lo que no debe, ni puede infringirse, bien cabe suponer que en las fiebres pasionales tiene algo de necesario y fatídico, cual en las otras fiebres, la calentura. Pero lo que me parece verdaderamente digno de tomarse en cuenta, como dato singular y curioso; lo que quizás convendría analizar sutilmente--si no es preferible dejarlo sugerido á la imaginación del lector para que lo deduzca y reconstruya á su modo--es la causa, la génesis y el rápido desarrollo de aquella _idea_ inesperadísima, que desenlazó precipitada y honrosamente la historia empezada por tan liviano y censurable modo en la romería del Santo...

¿A cuál de los dos amantes, ó mejor dicho, aunque la distinción parezca especiosa, de los dos enamorados, se le ocurrió primero la _idea_? ¿Fué á él, como único paliativo, heroico, pero infalible, de su extraña guilladura? ¿Fué á ella, como medio de conciliar el honor con la pasión, el instinto de rectitud y el respeto al deber que siempre guardara, con la flaqueza de su voluntad, ya rendida? ¿Fué que esa _idea_, profundamente lógica (y en el caso presente tal vez expiatoria), se presenta á la vuelta del amor, tan fatalmente como sigue á la aurora el mediodía, al crepúsculo la noche y á la vida la muerte?

Que cada cual lo arregle á su gusto y rastree y discurra qué caminos siguieron aquellos espíritus para no reparar en inconvenientes, no recelar de lo futuro, cerrar los ojos á problemas del porvenir y mandar á paseo las sabias advertencias de la razón, que tiembla de espanto ante lo irreparable, lo indisoluble, lo que lleva escrito el letrero medroso:--Para siempre--y avisa que de malos principios rara vez se sacan buenos fines.--Y reconstruya también á su modo los diálogos en que la _idea_ se abrió paso, tímida primero, luego clara, imperiosa y terminante, después triunfadora, agasajada por el amor que, coronado de rosas, empuñando á guisa de cetro la más aguda y emponzoñada de sus flechas, velaba á la puerta del aposento, cerrando el paso á profanos disectores.

Por eso, y porque no gusto de hacer mala obra, líbreme Dios de entrar hasta que el sol alumbra con dorada claridad el saloncito, colándose por la ventana que Asís, despeinada, alegre, más fresca que el amanecer, abre de par en par, sin recelo ó más bien con orgullo. ¡Ah! Ahora ya se puede subir. Pacheco está allí también, y los dos se asoman, juntos, casi enlazados, como si quisiesen quitar todo sabor clandestino á la entrevista, dar á su amor un baño de claridad solar, y á la vecindad entera parte de boda... Diríase que los futuros esposos deseaban cantar un himno á su numen tutelar, el sol, y ofrecerle la primer plegaria matutina.

--Está el gran día, chichi...--exclamaba Pacheco.--Vas á tener un viaje...

--¿Y para el tuyo? ¿Hará buen tiempo?

--Lo mismo que ahora. Verás.

--¿Despacharás en ocho ó diez días la ida á Cádiz?

--No que no. Y la aprobación del papá y too. Muerto está él porque me case y siente la cabeza. Le diré que después de la boda me presento diputao por Vigo con la ayuda del papá suegro. Verás tú. Para despabilar un asunto me pinto solo... cuando el asunto me importa, ¿sabes?

--¿Escribirás las veces que prometiste?

--Boba.

--Simplón, monigote, feo.

--Reina de España.

--En Vigo..., ya sabes... formalidad.

--Hasta que el cura...--(Pacheco hizo con la mano derecha un ademán litúrgico muy significativo.)--Entretanto... me dedicaré á tu chiquilla. ¿Eh? A los dos días... te la he conquistao. Puede que te deje plantaíta á ti pa casarme con ella.

Siguieron algunas bromas y ternezas más, que ni hacen al caso, ni deben figurar aquí en modo alguno. De repente, Diego tomó la mano derecha de la señora, preguntando:

--¿Te acuerdas tú de una buenaventura que te echaron en la feria?

E imitando el acento y modales de la gitana, añadió:

--Una cosa diquelo yo en esta manica, que ha e suseder mu pronto y nadie saspera que susea... Un viaje me vasté á jaser, y no ae ser para má, que ae ser pa satisfasión e toos... Una presonilla está chalaíta por usté...

El gaditano, siempre presumido, agregó:

--Y usté por ella.

FIN

* * * * *

MORRIÑA

_A Carmen Almario y Ossorio de Espinosa_

_en prenda de antigua amistad_

La Autora.

MORRIÑA

I

Si el entresuelo que habitan en Madrid doña Aurora Nogueira de Pardiñas y su hijo único Rogelio no es ni de los menos obscuros ni de los más espaciosos, tiene en desquite la ventaja inestimable de encontrarse sito en la calle Ancha de San Bernardo, tan frontero á la Universidad Central, que, hablando en plata, aquello es vivir en la Universidad misma. Encajada la señora dentro de su butaca de gutapercha, en el rincón de la ventana, mientras _crece_ y _mengua_ su labor de calceta sin mirarla una sola vez, sigue los pasos al adorado chiquillo, y en cierto modo, salvando la distancia de la calle y calando el espesor de las paredes, le acompaña hasta el aula misma. Le ve entrar; al salir observa si se detiene en algún grupo, y con quién charla, y cómo se ríe; conoce á todos los camaradas, á los amigotes, á los antipáticos, á los estudiosos, á los holgazanes, á los asiduos, á los que hacen rabona casi siempre. También está familiarizada con las caras de los profesores, y estudia su continente y su modo de responder al saludo de los discípulos, sacando de los signos exteriores importantes consecuencias psicológicas, relacionadas con el problema de los exámenes.--«¡Ay! Allí viene ya el viejiño Contreras, el de Procedimientos. ¡Qué afable!... ¡Qué cara de santo! Anda despacito el pobre... bien se nota que padece reuma articular, como yo. ¡Malpecado! Me es simpático por eso. No, y sobre todo, porque sé que es blando y que le ha de dar á Rogelio un aprobado como una casa. Ahora sale Ruiz del Monte, tan almidonado y tan engreído. Parece todo él hecho de una pieza. ¡Pobres de nos! Con éste no valen empeños, ni influencias, ni... Arre que le han de saber los chicos la asignatura tan bien como él. Pues para eso, que les deje á ellos la cátedra... y la paga. ¡Ay! Ahí tenemos al señor de Lastra. Jorobadito es un poco. ¡Qué gracia, las caricaturas que los muchachos le sacan en clase! Y se pasa de campechano. Ahí está pegándole palmadas en el hombro á Benito Díaz, el amigacho de Rogelio. Me parece uno de esos señores que dejan rodar el mundo. Bendito él sea. No sé qué se saca de disgustar á las familias y crucificar á los pobres rapaces.»

Suspendiendo el soliloquio, la señora se hincaba en el moño entrecano la aguja de calceta, rascándose los cascos ligeramente. De pronto la piel floja y rancia de sus mejillas se teñía de rosa vivo, como si una brisa de juventud le orease las facciones.

--¡Ay! Rogelio.

Salía el estudiante, envuelto en su capa de embozos de felpa carmesí, con el hongo un tantico ladeado y la mirada fija, desde el primer momento, en la ventana aquella. Por lo común sonreía; pero á veces, poniéndose muy formal, llevaba tres dedos al hongo, y estirando el brazo con movimiento de marioneta, remedaba el saludo de los gomosos en el Retiro. Contestaba la madre amenazándole con la mano abierta y descuajándose de risa, cual si fuese nueva una gracia consuetudinaria ya. Después, el muchacho platicaba tres ó cuatro minutos con algunos condiscípulos; de refilón se metía con el fosforero, la billetera, el naranjero de la esquina y los dependientes de la tienda más próxima, acabando por echar un requiebro á las criadas que charloteaban á la puerta; y al fin subía á su domicilio, esperándole en el recibimiento doña Aurora. Las primeras frases solían ser por este estilo:

--_Mater amabilis_... brinda el corporal sustento al fruto de tu vientre. Traigo un hambre que no la merezco. ¡Aaam! Si no llega pronto el bisteque, se producirán repugnantes escenas de canibalismo.

--Sí--decía risueña la señora;--ya vendrá todo á parar en que te comerás dos aceitunas y una hebra de carne. Anda, pistraco, señorito de la media almendra.