Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)
Part 10
En efecto, el corredor aéreo de enfrente ofrecía curiosa escena coreográfica. Un piano mecánico soltaba, con la regularidad que hace tan odiosos á estos instrumentos, el duro chorro de sus martilleadoras tocatas: _Cádiz_ hacía el gasto: paso doble de _Cádiz_, tango de _Cádiz_, coro de majas de _Cádiz_... y hasta una veintena de cigarreras, de chiquillas, de fregonas muy repeinadas y con ropa de domingo, saltaba y brincaba al compás de la música, haciendo á cada zapateta temblar el merendero... Asís veía pasar y repasar las caras sofocadas, las toquillas azul y rosa; y aquel brincoteo, aquel tripudio suspendido en el aire, sin hombres, sin fiesta que lo justificara, parecía efecto teatral, coro de zarzuela bufa. Asís se imaginó que las muchachas cobraban de los fondistas algún sueldo por animar el cuadro.
--¡Calla!--secreteó minutos después el grupo dedicado á vigilar la cazuela del guisote.--¡Pus si también han abierto la puerta! Chicas... quien que se entere too el mundo.
--Estas tunantas ponen carteles.
El mozo subía y bajaba, atareado.
--Mia lo que los llevan. Tortilla... Jamón... Están abriendo latas de perdices... ¡Aire!
--No se las cambio por mi rico carnero. A gloria huele.
--¡Chist!--mandó el mozo imponiéndose á aquellas cotorras.--Cuidadito... Si oyen... Son gente... ¡uf!
Al expresar la calidad de los huéspedes, el mozo hizo una mueca indescriptible, mezcla de truhanería y respeto profundo á la propina que ya olfateaba. La vieja cigarrera, de repente, adoptó cierta diplomática gravedad.
--Y pué que sean gente tan honrá como Dios Padre. No sé pa qué ha de condenar una su arma echando malos pensamientos. Serán argunos novios recién casaos, ú dos hermanos, ú tío y sobrina. Vayasté á saber. Oigasté, mozo...
Se apartó y secreteó con el mozo un ratito. De esta conferencia salió un proyecto habilísimo, madurado en breves minutos en el ardiente y optimista magín de la señá Donata, que así se llamaba la pitillera, si no mienten las crónicas. Arriba, dama y galán empezaban á despachar los apetitosos entremeses, las incitantes aceitunas y las sardinillas con su ajustada túnica de plata. Aunque Pacheco había pedido vinos de lo mejor, la dama rehusaba hasta probar el _Tío Pepe_ y el amontillado, porque con sólo ver las botellas, le parecía ya hallarse en la cámara de un trasatlántico, en los angustiosos minutos que preceden al mareo total. Como la señora exigía que puertas y ventanas permaneciesen abiertas, el almuerzo no revelaba más que la cordialidad propia de una luna de miel ya próxima á su cuarto menguante. Pacheco había perdido por completo su labia meridional, y manifestaba un abatimiento que, al quedar mediada la botella de _Tío Pepe_, se convirtió en la tristeza humorística tan frecuente en él.
--¿Te aburres?--preguntaba la dama á cada vuelta del mozo.
--Ajogo las peniyas, gitana,--respondía el meridional apurando otro vaso de jerez, más auténtico que la famosa manzanilla del Santo.
Acababa el mozo de dejar sobre la mesa las perdices en escabeche, cuando en el marco de la puerta asomó una carita infantil, colorada, regordeta, boquiabierta, guarnecida de un matorral de rizos negrísimos. ¡Qué monada de chiquilla! Y estaba allí hecha un pasmarote, si entro si no entro. Asís la hizo seña con la mano; el pájaro se coló en el nido sin esperar á que se lo dijesen dos veces. Y las preguntas y los halagos de cajón:--Eres muy guapa... ¿Cómo te llamas? ¿Vas á la escuela?... Toma pasas... Cómete esta aceitunita por mí... Prueba el jerez... ¡Huy qué gesto más salado le pone al vino!... Arriba con él... ¡Borrachilla! ¿Dónde está tu mamá? ¿En qué trabaja tu padre?
De respuesta, ni sombra. El pajarito abría dos ojos como dos espuertas, bajaba la cabeza adelantando la frente como hacen los niños cuando tienen cortedad y al par se encuentran mimados, picaba golosinas y daba con el talón del pié izquierdo en el empeine del derecho. A los tres minutos de haberse colado el primer gorrión migajero en el palomar, apareció otro. El primero representaba cinco años; el segundo, más formal pero no menos asustadizo, tendría ya ocho lo menos.
--¡Hola! Ahí viene la hermanita...--dijo Asís.--Y se parecen como dos gotas... La pequeña es más saladilla... pero vaya con los ojos de la mayor... Señorita, pase V. Esta nos enterará de cómo se llama su padre, porque á la chiquita le comieron la lengua los ratones.
Permanecía la mayor incrustada en la puerta, seria y recelosa, como aquel que antes de lanzarse á alguna empresa erizada de dificultades, vacila y teme. Sus ojazos, que eran realmente árabes por el tamaño, el fuego y la precoz gravedad, iban de Asís á Diego y á su hermanita: la chiquilla meditaba, se recogía, buscaba una fórmula, y no daba con ella, porque había en su corazón cierta salvaje repugnancia á pedir favores, y en su carácter una indómita fiereza muy en armonía con sus pupilas africanas. Y como se prolongase la vacilación, acudióle un refuerzo, en figura de la señá Donata, que con la solicitud y el enojo peor fingidos del mundo, se entró muy resuelta en el gabinete refunfuñando:
--¡Eh! niñas, corderas, largo, que estáis dando la gran jaqueca á estos señores... A ver si vus salís afuera, ú sino...
--No molestan...--declaró Asís.--Son más formalcitas... A esa no hay quien la haga pasar, y la chiquitilla ni abre la boca.
--Pa comer ya la abren las tunantas...
Pacheco se levantó cortésmente y ofreció silla á la vieja. El gaditano, que entre gente de su misma esfera social pecaba de reservado y aun de altanero, se volvía sumamente campechano al acercarse al pueblo.
--Tome V. asiento... Se va V. á bebé una copita de jerés á la salú de toos.
¡Oídos que tal oyeron! ¡Señá Donata, fuera temor, al ataque, ya que te presentan la brecha franca y expedito el rumbo! Y tan expedito, que Pacheco, desde que la vieja sentó allí el pié, pareció sacudir sus penosas cavilaciones y recobrar su cháchara, diciendo los mayores desatinos del mundo. Como que se puso muy formal á solicitar á la honrada matrona, proponiéndola un paseíto á solas por los tejares. Oía la muy lagarta de la vieja, y celebraba con carcajadas pueriles, luciendo una dentadura sana y sin mella; pero al replicar, iba encajando mañosamente aquella misión diplomática que bullía en su mente fecunda desde media hora antes. Tratábase de que ella, ¿se hacen ustés cargo? trabajaba en la Frábica de Madrí... y tenía cuatro nietecicas, de una hija que se murió de la tifusidea, y el padre de gomitar sangre, así, á golpás..., en dos meses se lo llevó la tierra, ¡señores! que si se cuenta, mentira parece. Las dos nietecicas mayores, colocaas ya en los talleres; pero si la suerte la deparase una presona de suposición pa meter un empeño..., porque en este pícaro mundo, ya es sabío, too va por las amistaes y las enfluencias de unos y otros...--Llegada á este punto, la voz de la señá Donata adquiría inflexiones patéticas.--«¡Ay Virgen de la Paloma! No premita el Señor que ustés sepan lo que es comer y vestir y calzar cinco enfelices mujeres con tristes ocho ú nueve riales ganaos á trompicones... Si la señorita, que tenía cara de ser tan complaciente y tan cabal, conociese por casualidad al Menistro... ó al Menistraor de la Frábica..., ó al Contaor..., ó algún presonaje de estos que too lo regüerven..., pa que la chiquilla mayor, Lolilla, entrase de aprendiza también... ¡Sería una caridá de las grandes, de las mayores! Dos letricas, un cacho de papel...»
Pacheco respondía á la arenga con mucha guasa, sacando la cartera, apuntando las señas de al pitillera detenidamente, y asegurándola que hablaría al Presidente del Consejo, á la infanta Isabel (íntima amiga suya), al Obispo, al Nuncio... Enredados se hallaban en esta broma, cuando tras la abuela pedigüeña y las nietecillas mudas, se metieron en el gabinete las dos chicas mayores.
--Miren mis otras huerfanicas enfelices,--indicó la señá Donata.
Imposible imaginarse cosa más distinta de la clásica orfandad enlutada y extenuada que representan pintores y dibujantes al cultivar el sentimentalismo artístico. Dos mozallonas frescas, sudorosas porque acababan de bailar, echando alegría y salud á chorros, y saliéndoles la juventud en rosas á los carrillos y á los labios; para más, alborotadas y retozonas dándose codazos y pellizcándose para hacerse reir mutuamente. Viendo á semejantes ninfas, Pacheco abandonó á la señá Donata, y con el mayor rendimiento se consagró á ellas, encandilado y camelador como hijo legitimo de Andalucía. Todas las penas _ajogadas_ por el _Tío Pepe_ se fueron á paseo, y el gaditano, entornando los ojos, derramando sales por la boca y ceceando como nunca, aseguró á aquellas principesas del Virginia que desde el punto y hora en que habían entrado, no tenía él sosiego ni más gusto que comérselas con los ojos.
--¿Vienen ustés de bailar?--les preguntó risueño.
--Pus ya se ve,--contestaron ellas con chulesco desgarro.
--¿Sin hombres? ¿Sin pareja?
--Ni mardita la falta.
--Pan con pan... Eso es más soso que una calabasa, prendas. Si me hubiesen ustés llamao...
--¿Que iba usté á venir? Somos poca cosa pa usté.
--¿Poca cosa? Son ustés... dos peasitos del tersiopelo de que está forraa la bóveda seleste. ¡Ea! ¿echamos ó no ese baile? Ahora me empeñé yo... ¡A bailar!
Salió como una exhalación; dió la vuelta al pasillo aéreo; cruzó el puente que á los dos merenderos unía, y en breve, al compás del horrible piano mecánico, Pacheco bailaba ágilmente con las cigarreras.
XX
Entre las condiciones de carácter de la marquesa viuda de Andrade, y de los gallegos en general, se cuenta cierto don de encerrar bajo llave toda impresión fuerte. Esto se llama _guardarse_ las cosas, y si tiene la ventaja de evitar choques, tiene la desventaja de que esas impresiones archivadas y ocultas se pudren dentro. Cuando el andaluz regresó después de haber pegado cuatro saltos, enjugándose la frente con su pañuelo y abanicándose con el hongo, halló á la señora aparentemente tranquila y afable, ocupada en obsequiar con queso, bizcochos y pasas á las dos gorrioncillas, y muy atenta á la charla de la vejezuela, que refería por tercera vez las _golpás_ de sangre causa de la defunción de su yerno. Pero el camarero, que era más fino que el oro y más largo que la cuaresma, se dió cuenta con rápida intuición de que _aquello_ no iba por el camino natural de almuerzos semejantes, y adoptando el aire imponente de un bedel que despeja una cátedra, intimó á toda la bandada la orden de expulsión.
--¡Ea! bastante han molestado Vds. á los señores. Me parece regular que se larguen.
--Oigasté... ¡El tío este! Si yo he entrao aquí, fué porque los señores me lo premitieron, ¿estamos? Yo soy así, muy franca de mi natural..., y me arrimo aonde veo naturalidá, y señoritos llanos y buenos mozos, sin despreciar á nadie.
--¡Ole las mujeres principales!--contestó con la mayor formalidad Pacheco, pagando el requiebro de la señá Donata. La cual no soltó el sitio hasta que Don Diego y la señora prometieron unánimes acordarse de su empeño y procurar que Lolilla entrase en los talleres. Las gorrionas se dejaron besar y se llevaron las manos atestadas de postres, pero ni con tenazas se les pudo sacar palabra alguna. No piaron hasta que fueron á posarse en el salón de baile.
El camarero también salió anunciando que «dentro de un ratito» traería café y licores. Al marcharse encajó bien la puerta, é inmediatamente los ojos de Pacheco buscaron los de su amiga. La vió de pié, mirando á las paredes. ¿Qué quería la niña? ¿Eh?
--Un espejo.
--¿Pa qué? Aquí no hay. Los que vienen aquí no se miran á si mismos. ¿Espejo? Mírate en mí. ¿Pero cómo? ¿Vas á ponerte el sombrero, chiquilla? ¿Qué te pasa?
--Es por ganar tiempo... Al fin, en tomando el café hemos de irnos...
El meridional se acercó á Asís, y la contempló cara á cara, largo rato... La señora esquivaba el examen, poniendo, por decirlo así, sordina á sus ojos y un velo impalpable de serenidad á sus facciones. La tomó Pacheco la cintura, y sentándose en el sofá la atrajo hacia sí. Hablaba y reía y la acariciaba tiernamente.
--¡Ay, ay, ay!... ¿Esas tenemos? Mi niña está celosa. ¡Celosita, celosita! ¡Celosita de mí la reina del mundo!
Asís se enderezó en el sofá, rechazando á Pacheco.
--Tienes la necedad de que todo lo conviertes en substancia. La vanidad te parte, hijo mío. Yo no estoy celosa, y si me apuras, te diré...
--¿Qué? ¿Que me dirás?--prorrumpió Pacheco algo inmutado y descolorido.
--Que... es algo imposible eso de estar celoso, cuando...
--¡Ah!--interrumpió el meridional, más que pálido, lívido, con voz que salía á _golpás_, según diría la señá Donata.--No necesitas ponerlo más claro... Enterado, mujer, enterado: si yo adivino antes que hables. Pa miserables tres horas ó cuatro que nos faltan de estar juntos, y probablemente serán las últimas que nos hemos de ver en este mundo perro, ya pudiste callarte y procurar engañarme como hasta aquí... Poco favor te haces, si viniste aquí no queriéndome algo. Tú te habrás creído que yo me tragaba... ¡Y me llamas necio! Yo seré un vago, un hombre que no sirve para ná, un tronera, un perdido, lo que gustes; ¡pero necio! Necio yo... ¡y en cuestiones de faldas! ¡Mire V. que es grande! Pero, ¿qué importa? Llámame lo que quieras... y óyeme sólo esto, que te voy á decir una verdá que ni tú la sabes, niña. No me has querío hasta hoy, corriente... Hoy, mas que digas por tema lo que te dé la gana, me quieres, me requieres, estás enamoraa de mí... Poquito á poco te ha ido entrando... y así que yo te falte, se te va á acabar el mundo. Esta es la fija... Ya lo verás, ya lo verás. Y por amor propio y por soberbia sales con la pata e gallo... ¡Te desdeñas de tener celos de mí! Bien hecho... Así como así no hay de qué. Boba serías si tuvieses celos. Algún ratito ha de pasar antes de que yo me pierda por otras mujeres... ¡Maldita sea hasta la hora en que te vi!... Dispensa, ¡dispensa! No quiero ofenderte, ¿sabes? ahora ni nunca. No sé lo que me digo... Pero digo verdad.
Soltaba esta andanada paseando por el pequeño recinto, como las fieras en sus jaulas de hierro; unas veces sepultaba las manos en los bolsillos del pantalón, y otras las desenfundaba para accionar con violencia. Su rostro, descompuesto por la cólera, perdiendo su expresión indolente, mejoraba infinito: se acentuaban sus enjutas facciones, temblaba el bigote dorado, resplandecían los blancos dientes, y los azules ojos se obscurecían como el agua del Mediterráneo cuando amaga tempestad. El piso retemblaba bajo sus pasos; diríase que el aéreo nido iba á saltar hecho trizas. Aquella tormenta de verano, aquella cólera meridional, no cabía en el cuartuco.
Al encajar la puerta el mozo, los amantes se habían olvidado de que el nido tenía otro boquete, la ventana, abierta por Asís y dejada en la misma situación durante todo el almuerzo. Y la ventana justamente miraba al salón de baile, ocupado por parte de la bandada de gorrionas, entretenidísimas á la sazón en atisbar la riña amorosa, mientras abajo Lolilla se consagraba al carnero y al arroz.
--Anda..., ella está de morros con él... Está amoscá.
--Porque bailó con nusotras... Me lo malicié, hijas.
--¡Jesús! Pus no se ha resquemao poco... ¡Qué gesto!
--¡Ay! ¡Miales! El la está haciendo cucamonas pa que se le pase... ¡Ole!... Hombre, no nos ponga usté el gorro... Siquiera pa repichonear podían tener la ventana cerrá.
--¿Quién os manda mirar?
--Pa eso tiene una los ojos... ¡Calle!... Pues ella, en sus trece... Que nones... Las orejas le calienta ahora.
--¡Virgen! ¿Qué cosas le habrá icho, pa que él se enfade así? Mueve los brazos que paecen aspas de molino... ¿A que le pega?
--¿Que la e pegar, mujer, que la e pegar? Eso á las probres. A estas pindongas de señoronas, los hombres les rinden el pabellón. Y eso que cualisquiera de nosotros les pue vender honradez y dicencia. Digo, me paece...
--No, pus enfadao ya está.
--¿Va que acaba pidiendo perdón como los chiquillos? ¿No lo ije? Miale... más manso que un cordero... Ella na, espetá, secatona... vuelta á la manía de ponerse el abrigo... Se quie largar... ¡Madre e Dios, lo que saben estas tunantas! Me lo maneja como á un fantoche... ¡Qué compungió que está!... ¿A que se pone de rodillas, pa que le echen la solución? ¡Ay, qué mujer, paece la leona del Retiro! Empeñá en que me voy... Y se sale con la suya... Mia... ¡Se largan!
La turba se precipitó por la escalera del merendero. Verdad: Asís se largaba, se largaba. Salía tranquilamente, sin prisa ni enojo; hasta sonrió á Lolilla, que armada del soplador de mimbres avivaba el fuego. Con voz serena explicó al mozo, atónito de semejante deserción, que se les hacía tarde, que no podían aguardar ni un minuto más; que avisase al cochero, el cual probablemente estaría con el simón por allí, en alguna sombra. Mientras Pacheco, demudado, con pulso trémulo, buscaba en el portamonedas un billete, Asís trazaba en el piso rayas con la sombrilla, hasta dibujar una celosía complicada y menuda. Al terminarla extendió la mano; cogió una ramita florida de la acacia que sombreaba el merendero y se la sujetó en el pecho con el imperdible. Acercóse obsequiosa la señá Donata, ofreciendo á sus huérfanas, sus nietecicas, «pa juntar un ramo de cacias y de mapolas, si á la señorita le gustan...» Dió Asís las gracias rehusando, porque se marchaba acto continuo, y acercándose disimuladamente á la vieja le deslizó algo en la mano, recia y curtida cual la piel del arenque. Acercóse el simón; sin duda el cochero se había atizado un par de tragos, porque su nariz echaba lumbre, reluciendo al sol como la película roja que viste á los pimientos riojanos. La señora tomó por la escalerilla que bajaba desde el puente; Pacheco la siguió...
--En el coche harán las paces--piaron las gorrionas mayores.--¿A que sí?
--La fija. En entrando...
Grande fué el asombro de aquellas aves, más parleras que canoras, viendo que, tras un corto debate al pié de la portezuela, la señora tendió la mano á Pacheco, éste llevó la suya al sombrero saludando, y el simón arrancó á paso de tortuga, bamboleándose sobre la polvorosa carretera.
--Pus ella vence... Me lo deja plantadito.
--¿A que él se nos vuelve aquí?--indicó la gorriona primogénita, alisando con la palma las grandes peteneras de su peinado, untadas de bandolina.
No volvió el muy... Ni siquiera torció la cabeza para hacerlas un saludo ó enviarlas una sonrisa de despedida. ¡Fantasioso! Estuvo pendiente del simón mientras éste no traspuso los hornos de ladrillo; luego, cabizbajo, echó á andar á pié.
XXI
La buena fe, que debe servir de norma á los historiadores, así de hechos memorables como de sucesos ínfimos, obliga á declarar que la marquesa viuda de Andrade se dedicó asiduamente--desde las dos de la tarde, hora en que llegó á su casa, hasta cerca de las nueve de la noche--á la faena del arreglo definitivo de su equipaje, resolviendo la marcha para el siguiente día, sin prórroga. El trajín fué gordo, y aumentó sus fatigas el desasosiego moral de la señora. Anduvo hecha un zarandillo; removió hasta el último trasto de la casa; mareó á la Diabla; aturrulló á los demás criados; y al agitarse así la impulsaban sus nervios, tirantes como cuerdas de guitarra, al par que sentía una especie de punzada continua en el corazón, un calor extraño en el epigastrio, un saborete amargo en la boca. Después de haber comido--por fórmula y sin ganas--pidióle Angela licencia, ya que era el último día, para decir adiós á su hermana. La negó en un arranque de cólera; la otorgó dos minutos después. Y así que la chica batió la puerta, la señora, rendida de cuerpo, más encapotada que nunca de espíritu, se retiró á su dormitorio... Tenía que poner el S. D. á un sinnúmero de tarjetas; pero ¡estaba tan molida! ¡de humor tan perro! Además, la punzadita aquella del corazón se iba convirtiendo en dolor fijo, intolerable... ¿Se aplacaría un poco recostándose en la cama? A ver...
Cerró los ojos, mascando unas hieles que tenía entre la lengua y el paladar. ¿A qué venían las hieles dichosas? Ella había obrado bien, mostrándose digna y entera. En realidad, ningún desenlace mejor para la historia. De un modo ó de otro ello iba á acabarse; era inevitable, inminente; mejor que se acabase así... Porque si aquella última entrevista fuese muy tierna, qué tristeza y qué... Nada; mejor así, mejor cien veces. Ella había tenido razón sobrada: una cosa son los celos, otra el amor propio y el decoro de que nunca está bien prescindir. Y á quién se le ocurre, allí, en su propia cara, ponerse á bailar con... Veía el salón de baile aéreo, el brincoteo de las gorrionas, los incidentes del almuerzo... y las hieles se volvían más amarguitas aún. Cierto que ella fué quien abrió puertas y ventanas; de todos modos, el proceder de Pacheco... Sí... buen tipo estaba Pacheco. En viendo una escoba con faldas... ¡Ay infeliz de la mujer que se fiase de sus exageraciones y sus locuras! ¡Requebrar á las cigarreras así, delante de...! ¡Y qué fatuo! ¡Pues no había querido convencerla de que estaba enamorada de él! ¿Enamorada? No, no señor, gracias á Dios... Conservaría, sí, un recuerdo... un recuerdo de esos que... Allí tenía, en el medallón de oro, junto al pelo de Maruja, una florecita de la acacia blanca... ¡Qué tontera! Lo probable es que á Pacheco no volviese á verle nunca más... Y esta punzada del corazón, ¿qué será? Será enfermedad, ó... Parece que lo aprieta un aro de hierro... ¡Jesús, qué cavilaciones más insensatas!
Bregando con la imaginación y la memoria, se quedó traspuesta. No era dormir profundo, sino una especie de somnambulismo, en que las percepciones de la vida exterior se amalgamaban con el delirio de la fantasía. No era la pesadilla que causa la ocupación de estómago, en que tan pronto caemos de altísima torre como volamos por dilatadas zonas celestes, ni menos el ensueño provocado por la acción del calor del lecho sobre los lóbulos cerebrales, donde, sin permiso de la honrada voluntad, se representan imágenes repulsivas... Lo que veía Asís, adormecida ó mal despierta, puede explicarse en la forma siguiente, aunque en realidad fuese harto más vago y borroso.