Influencia de la vida del campo en la familia (Rosario de Acuña)

Chapter 2

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Vano fuera el decir que debieran arrasarse las ciudades para que, regenerado el individuo con la vida agrícola, se preparase la regeneración social, que tan necesaria se está haciendo en la familia humana: sobre ser imposible, hoy por hoy, la supresión de los grandes centros, como los ánimos no están dispuestos a tan radicales modificaciones, quien dijese tal cosa pasaría por loco, y a la verdad, ni aun con visos de injusticia quiero que así se me nombre; pero si bien es imposible en la actualidad tan enérgica transformación, se debe inclinar a los habitantes de las ciudades hacia la vida campestre, donde por lo menos deberían pasar dos meses al año, siendo las casas de campo una especie de lazaretos del

alma, donde se purificase el espíritu de ruindades, pequeñeces y miserias de la vida mercantil, industrial, bursátil u oficinesca, y donde la familia, con la mujer a la cabeza, comparase las alegrías vertiginosas de las calles, plazas, salones y coliseos con las tranquilas felicidades de la vendimia, de la sementera, de la recolección o del pastoreo.

Nada de pueblos, nada de aldea; la casa de campo, sola, aislada; en torno a las tierras de laboreo, los olivares y las viñas; en el interior el huerto, los corrales, el tinado; mucha luz, mucho sol por todas partes; palomar cuyas huéspedas [sic] alegren la vista y contribuyan a una alimentación sana y sustanciosa; el corral bien poblado de aves; luego en el interior, nada de adornos, nada de cortinajes ni de muebles que afeminen la vida o la inclinen a la molicie; mucha limpieza, una bien provista despensa y una cocina hábilmente dispuesta para el huésped que pida hospitalidad o para la celebración de las grandes fiestas de la familia.

Un trato constante con los inferiores y, a ser posible, una enseñanza dominical dada por la dueña de la casa a todos los hijos de los dependientes o jornaleros de la misma, una tolerancia justa y prudente con la servidumbre, procurando que toda ella vea en los dueños el ejemplo vivo del trabajo, de la honradez y de la sinceridad; un aislamiento completo de vecinos, que suelen ser elementos de discordia con sus cuentos y chismes; una biblioteca completa de libros útiles, científica y, literariamente hablando, sin faltar en ella las publicaciones periodísticas de más nombre, que sirvan como un recuerdo constante de lo mucho que se gana con no vivir en las capitales o pueblos; una economía minuciosa en todos los gastos, así en los de la familia como en los de la labranza…

Mucho, muchísimo más había que decir sobre el particular, pero temo hacer enojoso mi trabajo.

¿Qué hace falta para realizar todo lo expuesto? A otros les toca decirlo; por mí solamente diré que si la seguridad de nuestros campos fuese un hecho, que las contribuciones sobre propiedades rurales se rebajasen, que si se protegiera a las empresas de canalización y se extendiera una red de cómodas carreteras, pocos, muy pocos habitantes de las ciudades dejarían de tener fincas campestres, y empezando primero por una pequeña casa de recreo y

terminando después por una modesta labor, rara sería la familia que no poseyera una rincón de tierra donde recuperar las fuerzas perdidas en la lucha de intereses e ideas, y donde retirarse allá en los últimos límites de la vejez a donde únicamente el hombre puede hallar la paz del alma y la salud del cuerpo.

¿He cumplido mi cometido?... No lo sé; entusiasta, religiosísima admiradora de la creación, amante de este cielo que siempre está atrayendo la mirada del hombre llena de afectuoso cariño hacia todos los seres que pueblan nuestro mundo, los cuales contribuyen con su vida, sus productos y sus trabajos a alimentarnos o vestirnos, creo profundamente que los hombres no adolecerían de tantos defectos y marcharían mas aprisa hacia su perfeccionamiento completo si no se separasen tan rotundamente de la naturaleza, si no se empeñasen en vivir tan en absoluto alejados de ella… De ella, a la cual he amado desde la niñez, en medio de la que vivo y viviré siempre que me sea posible y cuya contemplación me hace exclamar postrándome de hinojos: «¡Oh, Ser Supremo, cuyo nombre no debe pronunciarlo ningún mortal sin que todas las fibras de su alma vibren al impulso de un profundísimo amor! ¡Ser que te revelas constantemente ante los ojos de los hombres en todo aquello que miran y ante cuya grandeza se anonada el pensamiento y tiembla la conciencia! ¡Ser indefinible e indefinido, a pesar de los esfuerzos de todas las humanidades! ¡Salve a Tu Majestad que me rodea en medio de las praderas, sobre las montañas, a orillas de los mares, oyendo el cántico de la Naturaleza, que es tu santuario, y entre la que te puede encontrar únicamente el sabio, el poeta, o el creyente…!

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