Part 9
--¡Cuánto he llorado!... Carmen, la pobrecita, me consolaba: es muy generosa, muy noble... una amiga excelente a quien debemos querer mucho...
Mientras hablaba, oprimía inconscientemente entre sus manos las manos vigorosas del actor. Roberto, suavemente, atrajo sobre su hombro la cabeza de la muy Deseada y empezó a besar su frente y aquellos labios que le decían tantas ternezas y aquellos párpados que tanto habían llorado por él...
--Juntos los dos--repetía--, otra vez...
En su anhelo de decirlo todo, Mercedes charló muchas tonterías; refirió prolijamente cómo su madre había salido, fiada en la autenticidad del anónimo, y cómo ella se vistió en un santiamén.
--Al entrar aquí--agregó riendo--recordé que no traía dinero... ¡Hijo, qué apuros!...
Después, con súbito arrebato, exclamó:
--¡Ya sabes que a las seis menos cuarto, o antes, he de estar en casa!... Avísame tú cuando deba marcharme, porque yo estoy loca...
Roberto no respondió. Continuaba acariciando las suaves manecitas de la Deseada, besando sus párpados, aspirando su aliento, adormeciéndose con el vaho amoroso de sus vestidos, esclavizado por el misterioso hechizo de aquella carne joven no poseída aún. En los vasos, él café humeaba enfriándose.
--¿Me quieres?
--Con toda mi alma...
--¡Ah, Roberto... Roberto mío... no me dejes nunca!...
En el reloj de la Universidad dieron las cinco; cinco campanadas tristes, quejumbrosas, que repercutieron tímidamente en los ángulos del saloncillo obscuro, advirtiéndoles a los amantes que el momento siniestro de la separación llegaría muy pronto. Entonces el actor pareció sacudir su dulce modorra.
--Aprovechemos los momentos--dijo--hablando seriamente.
Rápidamente, con el acierto, claridad y concisión del que ha estudiado bien lo que va a decir, expuso la historia de sus amores y la desesperada situación en que ambos estaban colocados. Ella enumeró los disgustos que erizaban de espinas sus días, las sospechas y temores que desde hacía tiempo atrás venían alarmando la curiosidad de sus padres y la grave discusión que tuvo con don Pedro.
--¡Nos separarán!--añadió--; nos separarán... ¡y no ha de tardar mucho!
--Lo sé... lo sé...
--Y eres tú--agregó--la responsable de cuanto sucede.
--¿Yo?...
--Tú misma. Recuerda nuestra última conversación, mis súplicas... tus negativas... ¡Oh, te juro que aquella tarde sufrí mucho y que me separé de ti resuelto a no volver!...
Ella se estrechó contra él tiritando de emoción y de frío, feliz de hallarse a su lado. Roberto continuó:
--Estas entrevistas, que por lo mismo que sólo se consiguen venciendo gravísimos obstáculos no pueden tener fácil repetición, son horribles, porque exasperan nuestros legítimos deseos de comunicarnos a todas horas... Piensa que el tiempo corre velozmente, que muy pronto llegará el instante cruel de la separación... ¿Qué será, entonces, de nosotros? ¿A qué nuevos ardides apelaremos para vernos?
--Sí... ¡tienes razón!...
Sus ojos se llenaron de llanto. Roberto prosiguió acariciándola mientras hablaba.
--Si hablases con mi padre... diciéndole la verdad... toda la verdad--exclamó ella.
--¡Oh!... tu padre es muy orgulloso; además estará justamente irritado conmigo por la solapada conducta que seguí en este asunto, y su contestación sería negativa.
--¡Es cierto!...
A ella también le repugnaba aquel procedimiento que tenía algo de confesión y de súplica; por otra parte, su genio revolucionario experimentaba ante toda legalidad ese malestar que sufren los espíritus desequilibrados en los caminos anchos y perfectamente rectos.
--Quiéreme mucho, deposita en mí tu confianza, abandónate a mis consejos...--murmuró el actor.
Se lo decía muy quedamente, al oído, como para no asustarla, y rozando su piel sonrosada con sus labios ardientes. Mercedes temblaba, midiendo el perverso alcance de aquellas marrullerías insidiosas.
--Como ya te dije la tarde memorable de nuestra riña--añadió Alcalá--, necesito recibir de tu amor una prueba muy grande.
--Muy grande... ¡Oh! si no fuese más que muy grande, te la daría... Pero exiges de mí un imposible.
--¡Imposible!... Una palabra odiosa que los verdaderos amantes han borrado con sus locuras del santo diccionario de las pasiones...
Mercedes le miraba absorta con los ojos muy abiertos, atraída por ese abismo en cuyo fondo los gnomos de la tentación cantan con voces irresistibles de sirena. De pronto se rehizo.
--¡Nunca, eso... no sucederá jamás!... Todo me lo prohibe: mi deber, mi decoro, mi apellido... ¡ah, no puedo mancillar tan infamemente el apellido de mi padre!...
Roberto Alcalá repuso con su voz suave, aquella voz fascinadora que tan hábilmente sabía modular en los grandes momentos dramáticos.
--¿No es cierto que me quieres?...
--¡Sí; te quiero más que a nadie!...
--Ése es tu error... Te quieres a ti misma más que a mí, pues me sacrificas cruelmente a tu deseo y a tu deber... Dos conceptos que tiranizan tu espíritu, que son tus verdaderos amantes, los verdaderos señores de tu albedrío... Ellos gobiernan tu alma y tu cuerpo; a mí sólo me otorgas lo que ellos permiten que me des... Y es necesario que entre nosotros ocurra algo irremediable... que nos una para siempre a despecho de los hombres y de la ley.
--No quiero... no quiero oír... ¡Me vuelves loca!
Hablaron mucho, dirimiendo la eterna cuestión hacia donde convergen las ilusiones y los deseos de todos los amantes: Roberto razonaba pausadamente, luciendo la serena confianza de los fuertes; Mercedes respondía con monosílabos, pensando que su vencimiento era algo inevitable, que tarde o temprano había de llegar.
--¿Por qué los hombres--murmuró--sólo pueden querer así?...
--Porque el amor que no desea es pasión incompleta y deforme: es amistad, es simpatía... ¡todo!... menos verdadero amor. ¡Desconfía de los cariños que el crimen asusta!
De repente se levantó; en el reloj de la Universidad acababan de sonar las cinco y media.
--¡Qué horror!--exclamó--; me voy.
--No, no te vayas aún... espera...
--Imposible, necesito llegar a mi casa antes que mi madre.
El actor se había puesto en pie, abriendo los brazos, y la joven se precipitó en ellos.
--Adiós, Roberto, adiós... no me olvides...
Él la besaba enternecido; ella, vencida por su pasión y la triste solemnidad de aquella despedida, le besaba también.
--Adiós--dijo--, escríbeme, consuélame asegurándome que esta entrevista no será la última.
--¿Y te marchas así, sin prometerme lo que tanto deseo?...
Ella procuró desasirse; él la retenía por un brazo: así, forcejeando, llegaron a la puerta. Allí volvió a estrecharla contra su pecho apasionado, besándola en la nuca, detrás de las orejas, sobre los párpados... Mercedes desfallecía.
--¡Oh, déjame!
--¿Consientes?
--No puede ser.
--¿Nunca?...
--¡No!... ¡Jamás!...
--¿Por qué?...
--Porque... ¡Quién sabe! No hay ocasión.
Lo dijo irreflexivamente, por no disgustarle con una negativa rotunda.
--No importa--repuso el actor--; yo la buscaré. Ahora habla... Mercedes, ¿es cierto lo que dices?... ¿No me engañas?
Sus ojos relampagueaban de felicidad, y el deseo, ese deseo todopoderoso que amasó con carne humana las entrañas del globo, agitaba sus labios convulsivamente. La muy Deseada, temblando de miedo, huyó del salón, y Roberto, que la tenía sujeta por un brazo, la siguió casi a rastra. En la calle se despidieron.
--Vete tranquila--dijo Alcalá--; pronto nos veremos; yo inventaré un medio... no sé cuál... ¡uno!... Adiós.
--Adiós, sí... no me olvides.
Permanecieron algunos instantes perplejos, mirándose a los ojos, oprimiéndose mutuamente las manos, hasta lastimarse. Luego se separaron, de golpe, para abreviar la duración de aquel martirio.
--Acuérdate de mí, de lo que me has prometido...--murmuró Roberto.
--Sí, sí... adiós...
Y se fué satisfecha de dejarle contento, pero segura de que la terrible ocasión en que el actor pudiese reclamarla el cumplimiento de lo prometido, no llegaría nunca.
Poco después de volver Mercedes a su casa, llegó doña Balbina; parecía muy fatigada y muy triste, y aquella noche la joven oyó que su madre se levantaba varias veces, con propósitos, sin duda, de sorprenderla hablando con Roberto por la mirilla de la escalera. Era, pues, indudable que Balbina Nobos, a pesar del chasco sufrido en la iglesia de Antón Martín, continuaba creyendo en la verdad del anónimo.
Paulatinamente el recuerdo de aquel incidente fue borrándose; doña Balbina se convencía de que la autora de la terrible carta acusatoria se equivocó o mintió al escribirla, y la dulce tranquilidad de los caracteres pacíficos reapareció en sus ojos. Los días se deslizaban sin emociones: días monótonos, tediosos, desdibujados, que huían sin dejar recuerdos. Mercedes iba por las mañanas al Conservatorio, algunas tardes recibía la visita de Nicasia y de Carmen Vallejo, y las cartas que, por mediación de sus primas, la enviaba Roberto; y aunque su existencia no había variado, parecía más alegre que antes, más resignada con su suerte, cual si presintiese la curación inminente de todos sus pesares.
Roberto, entre tanto, la escribía asiduamente, procurando que en Mercedes la ausencia no resfriase el fuego del amor. Algunas de sus cartas eran muy concisas, como para obligarla a desear en aquel estudiado laconismo la llegada de otras mayores y más dulces; a veces pulsaba la cuerda apasionada de los juramentos, bordando un porvenir de placeres sin guarismo: él se retiraría del teatro para estar más libre y andarían siempre juntos viviendo, a despecho del matrimonio, la existencia incongruente y desigual de los amancebados; otras pulsaba el plectro voluptuoso de los recuerdos, hablándola de su pasado, de sus ya lejanas alegrías, de sus riñas olvidadas con besos, de sus paseos nocturnos a través de Madrid; el bullicioso Madrid de las siete de la tarde, con sus esquinas invadidas por obrerillas y estudiantes enamorados que se saludan... Y siempre concluía recomendando que no le olvidase y tuviera la seguridad de que habían de unirse muy pronto.
Una tarde llegó Carmen Vallejo a casa de Mercedes más temprano que de costumbre; llevaba el semblante risueño y en los ojos la expresión zaragatera y feliz de quien es portador de buenas noticias. Balbina Nobos salió a recibirla, y Carmen la saludó y besuqueó con inusitado apasionamiento.
--Doña Balbina--dijo la joven--, vengo en representación de mi madre y de Nicasia, a solicitar de usted un favor.
--¿De mí?--repuso la anciana; y su rostro revelaba la admiración del que jamás se creyó investido de potestad alguna.
--Sí, señora, de usted...
--Usted dirá.
--Que deje usted ir a Mercedes al teatro mañana, domingo, por la tarde.
Doña Balbina palideció, luego sus mejillas se colorearon fuertemente, acusando esa terrible lucha interior que experimentan los débiles constreñidos a responder negativamente a lo que de ellos se solicita.
--Eso es imposible--repuso bajando los ojos--, usted lo sabe: ni Pedro ni yo queremos que Mercedes vaya sola a ninguna parte...
Carmen Vallejo la interrumpió:
--¡Pero si no saldría sola... vendría usted con ella!...
--¡Oh, eso ya es diferente!
--Vamos mi madre, Nicasia, usted, Mercedes y yo...
--Siendo así, no hay inconveniente... Mercedes decidirá.
La joven, que vislumbró en todo aquello la mano de Roberto, aceptó la idea con entusiasmo.
--¿A qué teatro iremos?--preguntó.
--A la Zarzuela. Representan _Marina_. Las entradas las ha regalada Mariano Cortés. ¿Le conoces?...
--No.
--Un muchacho periodista, amigo nuestro. Nos dió cinco billetes, sobraban dos y nos acordamos de ustedes...
Hablaba de prisa, con la volubilidad de quien se halla bajo el influjo de una gran emoción.
--¿No te sientas?--preguntó Mercedes.
--No, vuelvo a casa, tengo mucho que estudiar y que coser... ya ves lo que traigo; el vestidillo de todos los días... Vaya, abur.
Balbina Nobos, muy ufana del satisfactorio desenlace de aquel incidente, sonreía esforzándose en borrar el disgusto que su anterior negativa hubiese causado a la joven.
--Usted dispensará--decía--; pero como Pedro es así... tiene un carácter... Yo deploro...
--Calle usted, doña Balbina, lo que usted dice está muy en razón. Todas las madres, en el lugar de usted, harían otro tanto...
Mercedes y su madre acompañaron a Carmen hasta el recibimiento.
--La función--dijo la joven--empieza a las cuatro y media: nosotras vendremos por ustedes a las cuatro.
--¿Aquí?--preguntó Mercedes.
--Aquí o en otro sitio.
--Mi hija dice bien--repuso la anciana--; preferible sería que nos citásemos en la calle... Pedro, ¿comprende usted?... es así, tan caprichoso... Lo más insignificante le incomoda...
Y añadió:
--Si supiese que habíamos ido al teatro solas y a entrada general... ¡nos mataba!
--Entonces--dijo Carmen--nos reuniremos a las cuatro en punto, en el Pasaje del Comercio, que es lugar poco transitado.
--Bien.
--Y si algo imprevisto las impidiese a ustedes salir, tengan la precaución de avisarnos.
Ya de acuerdo, se separaron. Cuando Mercedes y su madre volvieron al gabinete, doña Balbina exclamó:
--Creo haber hecho bien admitiendo la invitación de Carmen; realmente, no había motivo para rechazarla... Sin embargo, temo decírselo a tu padre; como ha sucedido lo que ya sabemos... ¿qué opinas tú?
--Que no debe usted decirle nada--repuso Mercedes resueltamente--; papá es muy raro; según el estado de sus nervios, el proyecto puede gustarle o enfurecerle, y encuentro humillante y ridículo renunciar a una tarde agradable por obedecer un capricho estúpido. ¿Es censurable lo que vamos a hacer?... No: pues obremos con arreglo a lo que, según nuestro criterio, es legal y discreto.
--Bueno, bueno--contestó la anciana pensativa--, no diremos nada...
Sin embargo, su carácter refractario al disimulo, débil y acostumbrado a obedecer durante treinta años de matrimonio, no podía aceptar la responsabilidad de ninguna determinación: lo desconocido la infundía horror: temía que hubiese fuego en el teatro, o que un coche la atropellara al salir del espectáculo, o que ocurriese cualquier otro desdichado accidente por el cual don Pedro averiguase que ella se propasó a hacer algo sin pedirle antes opinión y consejo. Esto le parecía imperdonable y, conforme el tiempo pasaba, más crueles eran las mordeduras de su conciencia y más apremiante su necesidad de confesarle a Gómez-Urquijo cuanto tenía pensado y dispuesto. Durante la cena doña Balbina, aunque con gran trabajo pudo reprimirse: Mercedes la observaba con inquietud y ella evitaba sus miradas, comprendiendo que su delito era tanto mayor cuanto más tardase en descubrirlo. Después de comer, Mercedes se retiró a su habitación y Gómez-Urquijo y doña Balbina al despacho. Don Pedro leyó algunos periódicos y luego se puso a escribir; la anciana le atisbaba desde un rincón, no sabiendo cómo componérselas para echar fuera de una vez lo que tan indigestado traía. De pronto se atrevió:
--Tengo sueño--dijo--; voy a dormir... Hasta mañana...
--Adiós--repuso don Pedro sin levantar los ojos.
Al llegar a la puerta, Balbina Nobos se detuvo y volvió sobre sus pasos, exclamando con aire ingenuo:
--¡Ah, ya olvidaba lo que más presente tenía!... ¿Sabes, Pedro, que mañana por la tarde Merceditas y yo iremos a la Zarzuela?... Nos han invitado.
Gómez-Urquijo irguió su poderosa cabeza y miró a la anciana con ojos penetrantes. El recuerdo de Roberto Alcalá había pasado como un relámpago por su frente.
--¿Quién?--dijo.
Balbina Nobos comprendió que si no disfrazaba la verdad don Pedro no la concedería el permiso deseado, y replicó suavemente:
--Me ha invitado doña Inés, la madre de Carmen Vallejo. Hoy, cuando salí a comprar unas trencillas que necesitaba, la encontré. Estuvimos charlando tonterías, me dió muchos recuerdos para ti y me dijo que la habían regalado cinco billetes para la Zarzuela... que si quería ir. Creo que representan _Marina_. Su invitación fue tan espontánea que la acepté.
--¿Quiénes van?
--Ella y sus dos hijas, Mercedes y yo.
--No me gusta esa familia.
--A mí tampoco... Mas como sólo se trata de ir al teatro... ¿Qué te parece?...
--Bueno--repuso don Pedro--, que vayas...--Y siguió escribiendo, arrastrado por el vértigo de su concepción, facilitando con sus distracciones de artista los designios fatales del Destino.
Al día siguiente, domingo, a las cuatro de la tarde, Mercedes y su madre llegaron al Pasaje del Comercio casi al mismo tiempo que doña Inés y sus hijas.
--Por mi gusto--dijo Nicasia--ya estaríamos zancajeando por las calles desde hace una hora, pero, imposible... Mi madre, a pesar de sus años, tarda en emperejilarse más que una coqueta.
Doña Inés sonreía: era una mujer de mediana estatura, muy gruesa, con ojos azules que debieron de ser hermosos y que ogaño miraban trabajosamente bajo sus párpados caídos, y un semblante fofo, marchitado por el hastío. Después, las cinco mujeres echaron a andar, bajando la cuesta de la calle Montera: las dos ancianas iban detrás; delante caminaban las hermanas Vallejo, llevando en medio a Mercedes.
--¿Qué te parece esto?--preguntó Carmen en voz muy baja.
--Hasta ahora--repuso Mercedes--me parece bien, pero no lo comprendo.
--Más te gustará cuando lo entiendas.
--¿Y Roberto?
--Esperándonos.
--¿Dónde?
--En la Zarzuela. Él, que según la inventiva que va despuntando parece un escritor de novelones por entregas, es único autor de este enredijo, del cual Nicasia y yo somos simples ejecutoras...
Nicasia reía a carcajadas; su hermana la ordenó severamente que bajase la voz.
--No seas estúpida--dijo--, la menor indiscreción puede echar por tierra todas nuestras cábalas.
Y añadió dirigiéndose a Mercedes:
--Mi primo, que no ese Mariano Cortés de que antes hablé, es quien me ha dado los billetes para la función de esta tarde. De las cinco entradas, ¡fíjate bien!... tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea. No se lo he dicho a doña Balbina por no alarmarla... El plan de mi primo se reduce a que nuestras madres y una de nosotras ocupen los asientos de anfiteatro principal, y tú y yo, verbigracia, los de platea. De este modo, durante los entreactos, las cinco estaremos reunidas, pero en cuanto empiece la representación, como ellas no pueden vernos, yo me quedo en mi localidad y tú y Roberto os vais a charlar por donde bien os parezca; siempre que vuelvas a mi lado antes de que baje el telón, para que el enredo no se descubra...
Mercedes se había quedado un poco triste.
--Todo eso es muy bonito--dijo--, pero el desenlace no es seguro; porque si mi madre no quiere separarse de mí...
--Nada es inevitable, pero abrigo esperanzas muy verosímiles de no equivocarme. Tu madre y la mía se entienden perfectamente y charlan, sin aburrirse, de sus achaques y de «sus tiempos...» Además, yo demostraré deseos de estar contigo, si advierto en ella alguna repugnancia insistiré, suplicaré, y ya sabes que doña Balbina no sabe negar ningún favor. Tengo también la evidencia de que mi madre, inocentemente, nos ayudará; y, últimamente, si la tuya se obstina en perseguirte durante el primer acto, puede cambiar de opinión al segundo o al tercero... Cuatro mujeres pidiendo lo mismo, molestan mucho.
Cuando llegaron a la Zarzuela, ya las puertas del coliseo estaban abiertas y por ellas iba entrando ese público numeroso, abigarrado y vocinglero que acude a los teatros los domingos por la tarde. Las tres jóvenes se detuvieron esperando a que sus madres se acercasen.
--¿Quién tiene los billetes?--preguntó doña Inés.
--Yo--repuso Carmen--: síganme ustedes...
Entraron abriéndose paso a través de la multitud. Al llegar al vestíbulo, Carmen se detuvo.
--Advierto a ustedes--dijo--que nuestros asientos no están juntos: tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea.
Balbina Nobos no comprendía bien, presa del aturdimiento que acomete a los espíritus tímidos cuando penetran en un sitio público. Carmen tuvo que repetir el nombre y distribución de los asientos.
--¿Entonces, cómo vamos a repartirnos?--preguntó su madre.
--Muy fácilmente: usted, doña Balbina y Nicasia, por ejemplo, ocupan las localidades de principal, y Mercedes y yo las de platea...
El público que seguía entrando, las empujaba de un lado a otro, magullándolas, impidiéndolas hablar.
--¡Cuánto siento que estemos separadas!--dijo doña Balbina.
--Es cierto; pero en los entreactos nos reuniremos... Yo había advertido este inconveniente, pero como los billetes son de favor, no quise decirle nada al pobre muchacho que me los dió.
Y añadió, haciendo con la cabeza un ademán expresivo:
--Conque, ¿vamos?...
Todas la siguieron, sumergiéndose entre aquella multitud que subía por las escaleras, oscilando, retorciéndose sobre sí misma en los peldaños, como una enorme serpiente de carne humana, todos los espectadores avanzaban empujándose, agarrándose unos a otros, sosteniéndose mutuamente, hombro con hombro, pecho con espaldas, en virtud de un equilibrio inexplicable. Los peldaños retemblaban bajo el peso de tantos pies, el humo lanzado por los fumadores infestaba el ambiente, el calor asfixiaba, excitando, y los hombres aprovechaban aquellas apreturas para pellizcar a las mujeres: algunas se defendían gritando; otras se abandonaban, arqueando las caderas, ofreciéndose espontáneamente al voluptuoso martirio... Y era imponente el sentimiento magnético animador de tantos cuerpos que se buscaban sin conocerse, estrujándose, lastimándose, y que luego seguían direcciones diversas sin conservar de aquellas fugitivas uniones ningún recuerdo. Mercedes acercó sus labios al oído de Carmen Vallejo.
--¿Y Roberto?--preguntó.
--No sé, por ahí andará.
--Por más que miro, no le veo...
Cuando llegaron al anfiteatro principal, Carmen entregó a su madre los tres billetes de sus asientos.
--Ahora--dijo--, Mercedes y yo vamos a platea.
Doña Balbina quiso detenerlas.
--Esperen ustedes, aún es temprano.
--No lo crea usted, han tocado el primer aviso.
Habían entrado en el anfiteatro y la joven se acercó a la delantera.
--¿Ve usted?--añadió--, los músicos ya ocupan sus sitios; esto empezará en seguida. Ea, adiós...
Un acomodador se acercó exclamando:
--¡Tengan ustedes la bondad de dejar libre el paso!
Balbina Nobos comprendió que era preciso ceder: el director de orquesta acababa de sentarse en su silla.
--Bueno--repuso--, que vuelvan ustedes en seguida...
--Sí, sí... hasta luego.
--¡Cuidado con salir del teatro!...
--Quede usted tranquila...
Carmen echó a correr, arrastrando a Mercedes que no había osado desplegar los labios temiendo decir alguna candidez que descompusiese la maquiavélica urdimbre de todo aquel plan. Cuando las dos jóvenes llegaban al pasillo de butacas, encontraron a Roberto. Estaba muy pálido, con los ojos inquietos y azorados del luchador que va venciendo, pero que aun duda de la victoria.
--¡Todo ha salido a pedir de boca!--dijo Carmen; y agregó, señalando a Mercedes con un gesto--: ahí la tienes...
--Gracias--contestó Alcalá--, hasta después; volveremos a buscarte en seguida, antes de que caiga el telón.
Y salió precipitadamente, llevándose a Mercedes asida de un brazo, temeroso de volver a perderla. Atravesaron el vestíbulo y empezaron a subir las escaleras.
--¿Dónde vamos?--preguntó ella.
--Ahora lo verás.
Mercedes, instintivamente, sintió una violenta conmoción de terror. Llegaron al anfiteatro segundo.
--Al fin--murmuró el actor--, y por primera vez, vamos a estar solos, completamente solos tú y yo.
La arrastraba a lo largo de un pasillo obscuro, con un brazo vigoroso, amenazador, como el brazo irresistible de la fatalidad.
--¡Oh!... pero, ¿dónde me llevas?--exclamó Mercedes angustiada--; estoy ignorante de todo, Carmen nada me ha dicho.
--¡Naturalmente!... Porque Carmen no sabe que yo he comprado un palco para ti.
En el fondo del carrejo, un pasadizo sobre cuyo piso de tabla las pisadas retumbaban medrosamente, había un acomodador apoyado contra la pared, leyendo un periódico a la luz de una lamparilla eléctrica. Roberto Alcalá llegóse a él, presentando un billete.
--Palco proscenio, número...