Incesto: novela original

Part 8

Chapter 83,845 wordsPublic domain

--¡Usted pretende que yo sea dócil y humilde, y que reniegue de mi imaginación y asesine mis deseos y haga caso omiso de mi voluntad!... ¡Y a eso llama usted ser buena!... ¡A no tener entendimiento, ni corazón, ni fantasía, ni conciencia del propio mérito; a ser una bestezuela, una pobre máquina que come y duerme y sufre sin quejarse!... ¿Cree usted que mis aspiraciones se reducen a repasar la ropa y amamantar los hijos del hombre que la casualidad me dé por esposo?... ¿Para eso me engendró usted, para sufrir las impertinencias de un individuo que, por el mero hecho de haberme dado su nombre, ya puede atormentarme legalmente?... ¡Ay, padre, padre!... ¿Es posible que quiera usted emplear conmigo la moral que, según usted mismo, labra la infelicidad de tantas mujeres? ¡No, eso sería absurdo y monstruoso!...

Y añadió, lanzando un grito vehemente de pasión, cruzando las manos sobre el pecho en ademán de irresistible súplica, deshecha en lágrimas:

--¡ Yo quiero gozar de la vida, padre mío, antes de que las ilusiones mueran en mí! ¡Necesito ser feliz!... Usted, que llegó a viejo, sabe, por propio y amargo convencimento, que la juventud no vuelve...

¡Quiero ser feliz!... Aquél era el grito inspirador de _Eva_ y de _Cabeza de Mujer_, el grito traductor de esa fiebre de goces que arrastra hacia el pecado a tantos millones de mujeres. Don Pedro escuchaba admirado, vencido por los irrefutables argumentos que Mercedes aducía en defensa de las doctrinas que él propaló en sus libros, y holgándose secretamente de recibir el incienso de tan gallarda peroración.

Gómez-Urquijo miraba a su hija sin pestañear, presa de estupefacción supina y cual si nunca hubiese reparado bien en ella. Mercedes tenía el carácter y hasta los mismos rasgos fisonómicos de sus hermanas _Eva_ y _Matilde_. Era la mujer que él soñó, con su cabellera negra y crespa, sus ojos profundos, su nariz aguileña de alas inquietas, sus labios finos y su semblante místico, enjuto y pálido; y luego el cuerpo, nervioso, flexible, de talle largo y de caderas poderosas... La mujer, ardiente, veleidosa, simoníaca, que cree y duda y sueña con viajes y amoríos fantásticos; la mujer que va de aquí para allá, según las oscilaciones del capricho, corriendo siempre hacia lo ignorado, como insaciable mariposa enamorada del misterio, y que cruza por el mundo riendo y cantando, borracha de alegría, prodigando sus encantos, cual una bacante que, por equivocación del Destino, hubiese nacido en occidente, muchos siglos después de extinguirse los últimos cánticos entonados en loor de las retozonas deidades del gentilismo...

Mercedes continuó hablando, defendiéndose gallardamente con los argumentos que aprendió en los libros de su padre, sofocando a Gómez-Urquijo quien, convertido en crítico de sí mismo, la acometía tibiamente. Mercedes era irresistible; don Pedro se batía en retirada, desconcertado, huyendo ante aquella hija, engendro demoledor de su carne y de su fantasía.

--¡Oh padre mío!--exclamaba la joven--; ¿es creíble que usted, autor de tantas mujeres iguales a mí, no me comprenda?... Usted ha dicho que la vida es una novela que se escribe... ¡No sea usted cruel! Deje usted que la novela de mi vida la escriba yo a mi gusto...

Hablando, hablando, arrebatada por el fuego de su inspiración, Mercedes abrió su alma. Ella amaba todo: las escenas campestres, con sus amaneceres primaverales, recortando sobre un cielo de púrpura las copas de esmeralda de los árboles cubiertos de rocío; sus praderas salpicadas de flores odorantes; sus misteriosas espesuras habitadas por ruiseñores que trinan saludando la aparición del lucero vespertino: y sus arroyuelos corriendo por entre una doble hilera de espadañas y juncos; reflejando sobre su temblequeante superficie la luz de los astros y acariciando las orillas con un suave glu-glu somnífero: y amaba también la existencia febril de esas ciudades populosas que exigen del individuo derroches continuos de energías y en donde se envejece muy de prisa; Madrid, París, Londres... con sus bailes, sus teatros, sus hipódromos y sus casinos devoradores de fortunas; esos pueblos modernos, grandes por sus industrias, su cultura y sus vicios, en los cuales las cortesanas van por las tardes en coche a buscar a los agiotistas gananciosos que salen de la Bolsa; que tienen capitalistas que ponen una fortuna en la cola de un caballo, y príncipes que se suicidan por bailarinas, y hetarias que han devorado millones; pueblos gigantescos que, vistos desde lejos, aparecen a los ojos de la imaginación como algo fantasmagórico, incongruente, disparatado, como una pesadilla...

Mercedes soñaba con estas múltiples y abigarradas fases de la vida, y las quería de un modo intuitivo, infinitamente más tentador y peligroso que el conocimiento personal y directo de la misma realidad.

--Todo eso--replicó don Pedro con voz grave--es literatura... literatura malsana. Yo quiero que seas buena.

--Yo también.

--Honrada.

--¿Y qué?

--Fiel, limpia, hacendosa y sin tacha, como tu madre lo ha sido.

--¡Como mi madre!...

Su acento fue insultante; Gómez-Urquijo la miró de un modo terrible.

--Nadie mejor que usted sabe--añadió la joven--que mi pobre madre es una mujer vulgar. ¡Yo no soy así... no puedo serlo!... ¡Llevo sangre de usted!...

Hubo una pausa.

--No importa--repuso don Pedro vencido--; procura imitarla; la virtud nunca es vulgar. De lo contrario seré capaz de recurrir, para castigarte, a los procedimientos más duros: a la reclusión, al destierro...

--¿Y mi felicidad?

--¡Loca!... Búscala en un pacífico término medio. Las mujeres de mis libros sólo hubieran podido ser fieles y dichosas casándose con hombres como yo, superiores... ¡Y es muy difícil hallar hombres así!...

--Necesito ser feliz--repitió la joven obstinadamente--, lo necesito antes de llegar a vieja... ¡No lo olvide usted!

Gómez-Urquijo se cruzó de brazos, mudo, no sabiendo qué argüir contra aquella sed implacable de placeres. Cuando don Pedro salió del dormitorio, Mercedes quedaba muy orgullosa, convencida de haber derrotado a su padre completamente.

Después de aquella conversación, Mercedes no volvió a salir sola: su madre la acompañaba al Conservatorio, luego iba a buscarla y era tanta su asiduidad y vigilancia, que hasta las ocasiones de expansionarse con sus amigas la robaba. Al principio la joven intentó sublevarse y romper tan odiosa tutela, pero sus esfuerzos fueron vanos, porque doña Balbina tenía el apoyo de Gómez-Urquijo y aquella protección la autorizaba y fortalecía.

--No soy yo quien hace esto--exclamaba cuando su tierno corazón maternal no podía resistir las súplicas insinuantes de Mercedes--; es tu padre... tu padre ordena y dispone; mi misión queda reducida a obedecerle ciegamente... Háblale tú; yo no me atrevo...

Después, compadecida de tanto rigor, agregaba:

--Los viejos están aquejados de manías y tu padre tiene las suyas. Esto pasará: ten paciencia... Por ahora hemos de conformarnos. Si supiese que te dejaba sola un momento, era capaz de matarme. ¡Ah, qué furioso se puso cuando te sorprendió yendo a casa de Carmen!... ¡Lo que me dijo!... Nunca le he visto así. Creí que me pegaba...

Mercedes acabó por resignarse con su suerte; pasaba los días mano sobre mano, sin ganas de reír ni de llorar, sumida en una embrutecedora melancolía. Cuando iba al Conservatorio, apoyada en el brazo de su madre, caminaba lentamente, con los ojos fijos en el suelo, segura de que sus movimientos de convaleciente, tardos, perezosos y débiles, no habían de llamar la atención de los hombres, y que holgaba que ella mirase a ninguno. En pocas semanas perdió la afición hacia todo lo que reclamase algún esfuerzo; no cosía, ni bordaba; las faenas domésticas la inspiraban horror, los libros la aburrían y los nocturnos de Chopín yacían olvidados, empolvándose sobre el atril del piano abierto. Siempre tenía frío, ganas de sentarse donde hubiese poca luz, para arrebujarse en su mantón y dormir. Diríase que en ella había muerto toda esperanza de redención; era un pajarillo enfermo, una pobre vencida que se entregaba... Balbina Nobos llamó la atención de don Pedro acerca de esto, el anciano no hizo caso.

--Eso--dijo--es una crisis aguda de sentimentalismo y de mala crianza, que desaparecerá con las primeras auras primaverales. Sigue mis consejos: a las muchachas conviene tratarlas, según las circunstancias, con cierto rigor...

Terminaba el mes de noviembre y llegó el invierno, con sus temporales de granizo y nieve y sus horribles tardes cargadas de bruma. Algunas veces, después de clase, Carmen y Nicasia Vallejo, burlando con anuencia de doña Balbina las órdenes de Gómez-Urquijo, que había prohibido terminantemente aquellos visiteos, iban a casa de Mercedes y éstos eran los únicos momentos en que la joven charlaba y reía. Carmen y su hermana solían llegar por la tarde, cuando más probabilidades tenían de no encontrarse con don Pedro; Mercedes, que ya las esperaba, salía a recibirlas y las tres entraban en el gabinete corriendo, empujándose, muy ufanas de atropellar los deseos del jefe de la casa; después se ponían a charlar junto a la chimenea, refiriendo en voz baja chistosos secretillos que luego reían a carcajadas, pellizcándose, dándose azotes, jugueteando como pajarillos que se espulgan bajo un rayo de sol.

Aprovechando los momentos en que doña Balbina las dejaba solas, Mercedes y sus amigas hablaban de Roberto.

--¿Le has visto?

--Sí.

--¿Cuándo?

--Hoy por la tarde, yendo al Conservatorio.

--¿Qué dice?

--Que te quiere mucho; las dificultades acicatean su cariño y anda loco por tus pedazos.

--¿Cómo está?

--Muy bien; tan simpático y pisaverde como siempre.

Y Carmen añadía, sacando del bolsillo una carta:

--Toma: esto me dió para ti...

Mercedes guardaba el papelito prestamente y entregaba otro a su amiga, y de este modo, gracias a la filantrópica tercería de la futura actriz, los dos amantes continuaban comunicándose asiduamente.

Aquellas cartas ejercían sobre Mercedes influjo extraordinario: si eran tristes, su abatimiento aumentaba y la acometían deseos perentorios de morir; si alegres, su corazón se entreabría a la esperanza de que sus males obtendrían rápido y felicísimo remedio; pero sufría mucho si las cartas eran ardientes y en ellas Roberto evocaba los dulces recuerdos de su noviazgo: los apretones de manos, los juramentos, las íntimas emociones que él sentía cuando ella le miraba abrasándole en el incendio de sus ojos, los besos enterrados furtivamente bajo los ricillos locos de su nuca perfumada... y reforzaba cada una de estas evocaciones con un «¿te acuerdas?»... hechicero, desesperante.

En aquellas últimas semanas había aumentado la exaltación del actor. «Necesito verte a todo trance--decía--; no puedo vivir sin ti...»

Mercedes contestaba procurando calmarle, aconsejándole que tuviese juicio y esperanza en que pronto habían de llegar para ellos tiempos mejores. Estas razones, no obstante, eran insuficientes: Roberto se impacientaba, no quería esperar más.

«Si no sales a verme--decía--, iré a tu casa; las iras de tu padre no me importan. Ten presente mi deseo y obra en consecuencia; ya sabes que no me arredran los obstáculos y que por llegar a ti soy capaz de cometer el disparate más peligroso.»

Mercedes, no sabiendo cómo eludir aquel tan grave compromiso, consultó a Carmen Vallejo.

--Yo no puedo salir--dijo--, y, por otra parte, no quiero que venga; el carácter de mi padre es muy violento, y de la conversación que Roberto tuviese con él no había de resultar nada bueno. Por tanto, lo mejor es inventar un pretexto que obligue a mi madre a salir, y la tenga fuera de casa dos o tres horas.... Durante ese tiempo Roberto y yo podíamos vernos...

--¿Dónde?

--¡Oh, en cualquier sitio!...

--Lo difícil--murmuró Carmen pensativa--es sacar a doña Balbina de aquí.

Las dos jóvenes permanecieron silenciosas, meditando. Mercedes exclamó:

--Me ocurre un idea, una invención novelesca que seguramente reportará excelentes resultados.

Y agregó, tras un momento de vacilación, durante el cual procuró definir y coordinar bien sus pensamientos:

--Esta misma noche puedes escribir un anónimo dirigido a doña Balbina Nobos, diciéndola que cierta persona que la conoce muy bien y vela por su tranquilidad y mi porvenir, la espera mañana, a las cuatro de la tarde, en un lugar muy distante... la iglesia de Antón Martín, por ejemplo... para confiarla revelaciones de gran interés. De este modo, si mi madre cae en el garlito, mientras va y espera a la autora del anónimo y vuelve, pasarán más de dos horas...

--Lo malo sería que se lo dijese a tu padre.

--No, no hay cuidado; el caso es demasiado grave para que haga nada sin antes hablar conmigo: la conozco muy bien.

--¿Y si no traga el anzuelo?--interrumpió Carmen--; las viejas son muy ladinas.

--Todo es posible, pero no lo creo. Eso depende también del interés que tú sepas prestarle al anónimo. Escribe cuanto quieras y desliza entre líneas algo muy sugestivo, muy alarmante: di que Roberto viene a cantarme de noche mil acarameladas lindezas por la mirilla de la puerta; o que una tarde nos vieron en cierto lugar sospechoso y que hay una vieja que nos protege... Cuenta, en fin, lo que gustes, con tal que sea muy verosímil. Ese pretexto es el mejor que podemos inventar, pues a mi madre, tratándose de mí, los dedos la parecen huéspedes y anda siempre con la barba sobre el hombro, creyendo que cualquier día, como en las narraciones árabes acontece, voy a desaparecer por el cañón de la chimenea en brazos de un caballero volador.

Carmen Vallejo pasó por todo.

--Bien--dijo--, lo haré según deseas, aunque no con la premura que supones. Antes he de ver a mi primo y explicarle nuestro plan, para que él, a su vez, me determine el día, hora y sitio en que habéis de reuniros.

Aquella noche Mercedes se acostó feliz, columpiada por la ilusión de que muy pronto Roberto y ella, a despecho de los obstáculos que les separaban, podrían abrazarse. Al día siguiente supo por Carmen que todo estaba arreglado.

--Acabo de verle--murmuró la joven--; estaba aguardándome con Luis a la salida del Conservatorio. Dice que pasado mañana te espera, a las cuatro de la tarde, en el Café de la Universidad.

La noticia era tan grande, tan superior a toda excelsitud que Mercedes no comprendió bien.

--A ver, a ver--dijo--, repíteme eso, que es muy bonito...

Doña Balbina andaba trasteando por las habitaciones interiores y Carmen pudo satisfacer las dudas de su amiga.

--El Café de la Universidad--dijo--está en la calle San Bernardo y tiene una puertecilla a la travesía de Pozas, que es por donde debes entrar. Mi primo espera en un saloncillo situado a la derecha de los billares: es un rinconcito muy obscuro, muy cuco, a donde Luis me ha llevado algunas veces. Y, a propósito de mi novio: me ha dado recuerdos para ti, para «la prisionera», como él dice.

Mercedes sonreía conmovida y satisfecha de que las personas que andaban por el mundo no la hubiesen olvidado.

--¿Según eso--dijo--, tú escribirás hoy el anónimo?

--Hoy, sí, en cuanto llegue a casa; y esta misma noche lo echaré al correo.

Mercedes tenía los ojos arrasados en lágrimas. Carmen Vallejo exclamó:

--¿Ves, tontísima, cómo con ingenio y perseverancia no hay dificultad que no se orille?... Todo lo que nos sucede es muy interesante, muy divertido; algo que podrá referirse dentro de algunos años: ten paciencia; considera que los que llegaron a viejos sin hacer nada notable, no merecían el honor de haber nacido.

Al día siguiente, poco antes de almorzar, el correo trajo una carta para doña Balbina Nobos. Aquello era extraordinario; la anciana no recibía jamás correspondencia de ningún sitio.

--Señora--dijo Felipa--, aquí hay esto para usted...

Y la presentaba un sobre. La carta era del interior. Mercedes, para no menoscabar con su presencia la buena impresión de su mentira, se había retirado... Durante el almuerzo la joven miró disimuladamente a su madre, que estaba muy ensimismada y con los ojos enrojecidos, como si hubiese llorado. Era indudable que el anónimo había surtido efecto. A la hora de costumbre, Gómez-Urquijo se marchó; doña Balbina estuvo largo rato en el comedor, sentada delante de su taza de café; luego entró en su dormitorio. Mercedes, que estaba en el salón distrayendo su impaciencia con los valses de Waldteufel, la oía ir y venir por sus habitaciones, hablando entre dientes y abriendo y cerrando el armario donde guardaba sus ropas. Momentos después apareció vestida modestamente, llevando un sencillo velo sobre la cara.

--Hasta luego--dijo.

Mercedes se volvió hacia su madre, admirándose con naturalidad pasmosa.

--¿Dónde va usted?

--A ver una amiga.

--¿Quién?...

--Esta, doña... tú no la conoces... he sabido que está enferma...

Tartamudeaba; su carácter ingenuo era refractario al fingimiento. La joven, entre tanto, procuraba pensar en algo muy triste para no reír.

--Felipa viene conmigo--añadió doña Balbina--; tú no salgas, porque volveré en seguida; antes de media hora...

Iban a dar las cuatro: Mercedes comprendió que su madre exageraba la prontitud de su regreso y que si Carmen la había citado, según tenían convenido, en la iglesia de Antón Martín, doña Balbina no podría volver antes de las seis.

No obstante, para contestar a la recomendación de su madre, afectó un aire muy compungido, muy indiferente:

--¿Dónde quiere usted que vaya?--murmuró.

En cuanto Balbina Nobos y Felipa salieron, la joven corrió a su cuarto y empezó a vestirse con la celeridad de la actriz que acaba de recibir el segundo aviso del traspunte. Las enaguas, la falda, el gabán, todo de cualquier modo; las botitas sin abrochar, el corsé desajustado, el corpiño abierto, dejando entrever los encajes de la camisa; el sombrerito lo llevaba en la mano y se lo puso rápidamente al pasar por delante de un espejo; y sin perder instante salió, cerrando la puerta de golpe, guardóse la llave en el bolsillo y echó escaleras abajo, recogiéndose las faldas con una mano, requiriendo con la otra los corchetes mal prendidos.

Al llegar a la calle miró a todos lados, cerciorándose de que nadie la espiaba, y satisfecha de su examen dirigióse resueltamente hacia la calle de Andrés Borrego, por donde fue hasta la del Desengaño. Iba de prisa, la vista fija en el suelo, procurando pasar desapercibida.

Con estos sobresaltos cruzó por delante de San Martín, siguió la calle Luna y continuó por la de San Roque hacia la del Pez. Era un día frío, triste, lloviznoso; uno de esos días en que los madrileños andan muy despacio, deteniéndose en frente de todos los escaparates, reparando en todas las mujeres y con los paraguas abiertos, queriendo inútilmente preservarse de una llovizna que, por lo sutil, parece niebla, una niebla densa que moja como un aguacero, y en que los aleros de los tejados recortan sobre las calles húmedas grandes franjas de un cielo plomizo, uniforme, como una bóveda de ceniza. Mercedes avanzaba velozmente, sin advertir que tenía los pies húmedos y las faldas salpicadas de barro. Al llegar a la calle del Pez hubo de refugiarse en un portal, esperando a que pasase un individuo amigo de don Pedro; luego reanudó su camino ocultándose el rostro con un pañuelo, temiendo siempre algún encuentro desagradable, y siguió por la calle Pozas pensando que allí habían asesinado a una cantadora, cuyo crimen oyó pregonar la última tarde que habló con Roberto...

Al entrar en el Café de la Universidad, Mercedes tuvo un momento de indecisión, recelando el misterio de aquel lugar que no conocía: lentamente, sus ojos deslumbrados iban habituándose a la obscuridad: estaba en una especie de recibimiento limitado por tabiques de madera que medían, aproximadamente, dos metros de altitud; al frente vió una puertecilla, a la derecha otra, en cuyas hojas había dos óvalos de cristal esmerilado; a la izquierda y bajando algunos peldaños, estaba el café; vasto salón rectangular, con su piano en el centro y sus largas hileras de veladores, insinuándose tímidamente bajo el melancólico resplandor que penetraba por algunas ventanas enrejadas.

Mercedes continuaba inmóvil, recordando las señas que Carmen la había dado. Un camarero se acercó preguntando:

--¿Busca usted a algún caballero?

La joven sintió que una oleada de sangre refluía a sus ojos.

--Sí--balbuceó--, dijo que esperaba aquí... ignoro si ha venido o si se habrá marchado.

Entonces el camarero abrió la puertecilla de la derecha, exclamando con aire indiferente:

--Pase usted.

Mercedes atravesó un saloncillo rectangular, a la hila de cuyas paredes había largos banquillos forrados de rojo, y veladores que abocetaban en la penumbra sus formas blancas: andando casi a tientas, se aproximó a uno de ellos y tomó asiento.

--¿Qué desea usted?...--dijo el mozo.

Ella palideció, recordando que no llevaba dinero.

--Nada... esperaré a que venga ese señor...

El camarero dió media vuelta y se marchó sin responder; era un hombrecillo regordete, moreno, de rostro impasible, con ojuelos inteligentes y cariñosos que inspiraban confianza. Entonces Mercedes, algo más tranquila, pudo reparar el aspecto del saloncito en que se hallaba: era una habitación que, ni hecha adrede, podía ofrecer mejores condiciones de aislamiento, seguridad y misterio: el piso era de tablas; un piso desigual, sucio, por donde pasaron seguramente muchas generaciones de enamorados clandestinos; en el centro del local había una especie de columna que soportaba un techo renegrido por el humo y el polvo, y a la izquierda una ventanita arrojaba dentro del salón un chorro de luz triste y fría.

La joven permanecía inmóvil, con las manos metidas en los bolsillos de su gabán, extrañando que la hubiesen dejado tan sola; y su cuerpo nervioso empezó a sentir la penetrante humedad de aquel local desamparado. El resto del café estaba desierto, silencioso, con una quietud somnífera de establecimiento provinciano. Pasó tiempo y Mercedes se impacientaba, temiendo que Roberto no viniese. En el reloj de la Universidad, un viejo reloj que tiene una campana muy triste, dieron las cuatro y media... La joven continuaba absorta en sus cavilaciones e hilvanando con los asuntos más trascendentales las ocurrencias más pueriles; pensaba que su madre ya estaría aburriéndose sobre algún banco de la iglesia de Antón Martín, y que en aquel sitio donde ella estaba, tan malsano, y tan triste, habría muchas arañas: arañas de patas flexibles, grandes, negras, de ésas que crecen entre la humedad de los lugares obscuros...

De pronto Mercedes volvió la cabeza, mirando a la ventana, por donde acababa de pasar la silueta de un hombre; luego oyó que abrían violentamente la puertecilla del café y casi al mismo tiempo apareció Roberto.

Mercedes se levantó, el actor corrió hacia ella y ambos se abrazaron estrechamente, sin poder hablar, con un apasionamiento real en que la carne no intervenía. Roberto la besaba en la nuca, embriagándose con el suave aroma de aquellos ricillos perfumados, murmurando:

--¡Por fin, por fin!...

Ella se abandonaba entre sus brazos, trémula, perdida, sintiendo que por sus mejillas resbalaban lágrimas ardientes como brasas. Después fueron a sentarse en el rincón más obscuro del saloncillo y de modo que la columna les ocultase la puerta. El camarero que acababa de servirles café preguntó distraídamente, como por mera fórmula:

--¿Quieren ustedes que encienda el gas?...

--No--repuso Alcalá--; ya te avisaré...

El mozo se marchó, sonriendo con una risilla aburrida y triste, recordando que todos los enamorados contestaban lo mismo.

--¡Por fin--repitió Roberto--, por fin estamos juntos!...

Ella le miró atentamente a través de sus lágrimas, queriendo orear y robustecer con su imagen sus recuerdos.

--Has sufrido mucho--dijo--; ¡ingrato, ingrato!... ¿Cómo has podido vivir tantas semanas sin verme?... La última vez que hablamos nos separamos riñendo; ¿te acuerdas?...

--Sí.