Incesto: novela original

Part 7

Chapter 73,827 wordsPublic domain

--¿Las siete?--repitió doña Balbina escandalizada--, ¡ni las seis!...

Mercedes, recelando haberse equivocado, corrió al comedor: en efecto, eran las seis. Furiosa contra sí misma, volvió al gabinete, a seguir rellenando de monosílabos la distraída conversación de su madre.

--¿Y te atreves a salir con este tiempo tan desapacible?

--Sí.

--Yo, en tu lugar, no saldría...

--Bueno...

--Dime, ¿Carmen y Nicasia tienen novios?

--No sé; nada me han dicho.

--No comprendo que la madre de esas niñas les permita salir y entrar cuando bien les parece.

--Yo tampoco.

La supina vulgaridad de aquel diálogo determinaba en Mercedes un malestar físico, semejante a un vago dolorcillo de estómago. Se levantó y fué al comedor, creyendo que había pasado ya mucho tiempo; pero su impaciencia le engañaba y tuvo que volver al gabinete: eran las seis y cuarto. Doña Balbina continuó charlando, con esa conversación perezosa de las personas que encanecieron en la soledad.

--Yo reconozco que Carmen y Nicasia son dos muchachas muy buenas, muy hacendosas, pero... ¿qué quieres?... no me gustaría que fueses como ellas. Tú vales mucho, tienes mucho talento...

¡Sí, bonito talento!... El talento de vivir siempre encerrada, sin amigas, sin diversiones, envejeciendo estúpidamente entre las cuatro paredes de una casa pobre... ¡En eso consiste el talento y la bondad de las mujeres!...

Todo esto pensaba Mercedes, pero no quiso hablar, segura de que no la comprenderían. Además, ella sabía adónde iban encaminadas las preguntas de su madre, y aquellos torpes tanteos irritaban sus nervios. Cuando dieron las siete la joven se levantó.

--Hasta luego--dijo.

Y fue tan duro el acento de su voz y tan despótica la autoridad de su ademán, que doña Balbina Nobos la acompañó hasta el recibimiento y la dejó marchar sin atreverse a contradecirla.

Cuando Mercedes llegaba al zaguán, tropezó con don Pedro, que volvía de la calle. La joven sintió que todo su heroico valor desmayaba, y viendo a su padre tan alto, tan grave, envuelto en un largo gabán sobre cuyo cuello de pieles se abarquillaban las blancas melenas de su venerable cabeza apostólica, dió un paso atrás, huyendo del pasado que parecía haberse erguido ante ella súbitamente, impidiéndola salir.

--¿Dónde vas?--preguntó Gómez-Urquijo.

Mercedes no supo qué responder.

--¿Dónde ibas?--repitió colérico don Pedro.

--A casa de Carmen.

Las sonrosadas mejillas del anciano se arrebolaron, y por sus mejillas azules cruzó un relámpago de ira. Mercedes desfallecía: en aquel momento no vió a Roberto, sólo pensaba en don Pedro, que la miraba atentamente, con el entrecejo fruncido y unos ojos duros que la traspasaban el corazón.

--¿A casa de Carmen?--repitió Gómez-Urquijo--: ¿y quién es Carmen?

--Una amiga...

--Ya lo sé; lo que ignoro son los méritos que seguramente no tiene esa Carmen... para merecer la visita de una señorita como tú, a estas horas y con este tiempo. Vamos... echa escaleras arriba y olvida lo que acaba de suceder.

Hubo un silencio terrible.

--¡Pero, papá... están esperándome!

--Pues dile a tu madre que te acompañe, que es obligación suya.

Y agregó con acento breve, que no admitía réplica:

--Vamos, sube...

Era imposible resistir, y Mercedes cedió: subía delante, mordiendo un pañuelo, haciendo esfuerzos titánicos para impedir que su dolor estallase en sollozos. Después oyó que don Pedro, dejándose llevar de su genio, aquel genio batallador que le había proporcionado tantas victorias y tantos disgustos, subía tras ella murmurando:

--Y es su madre, la imbécil de su madre, quien tiene la culpa de todo esto...

IV

Después de cenar Mercedes se retiró a su dormitorio fingiéndose aquejada de un violento dolor de cabeza; doña Balbina, juzgándose responsable, en parte, de lo sucedido y temiendo que don Pedro la abrumase con sus reproches, se fué a la cocina y Gómez-Urquijo penetró en su despacho y encendió el quinqué. Durante largo rato estuvo paseando por la habitación, con la vista fija en el suelo y las manos cruzadas a la espalda: luego se detuvo y tocó un timbre.

--¿Llamaba el señor?...--preguntó Felipa apartando los cortinajes de la puerta.

--Dile a mi mujer que venga.

Cuando Balbina Nobos llegó al despacho, don Pedro estaba de pie, junto a la mesa, con sus penetrantes ojos muy abiertos. Parecía más alto, más enjuto, y su gran cabeza proyectaba sobre la pared un perfil enorme: viéndole así, rodeado de libros y envuelto bajo el misterio de su larga levita negra, tan severo, tan triste, parecía un juez que acabase de firmar una pena de muerte. La anciana se acercaba temblando y sin ruido.

--¿Qué quieres?--preguntó.

--Quiero hablar contigo--repuso don Pedro--, decirte que así no podemos seguir... yo creí haberme casado con una mujer de carne y hueso, ¿entiendes?... y no con una muñeca de cartón...

Su voz tremolaba de un modo amenazador, agitada por la cólera. La emoción había arrebolado las pálidas y fofas mejillas de la anciana, pero fue una sensación que, como casi todas las de su alma cobarde, no llegó a traducirse en palabras.

--Hoy he sabido, por casualidad--prosiguió don Pedro--, que nuestra hija sale sola a la calle.

--Muy cierto--interrumpió Balbina--, pero va a dos pasos de aquí... ¡Figúrate!... Yo misma, desde el balcón, la veo doblar la esquina... Suele ir a casa de las hermanas Vallejo, dos muchachas muy buenas...

Gómez-Urquijo tuvo una sonrisilla forzada.

--Tú eres una insigne mentecata--dijo--que, por su gusto, canonizaría a todas las mujeres. ¿Conoces, acaso, los resabios y malas mañas íntimas de esas dos chiquillas? ¿Sabes lo que hace nuestra hija no bien dobla esa esquina hasta donde tú la acompañas con los ojos?...

Balbina Nobos, sintiendo la justicia y gravedad de aquellos cargos, humillaba la cabeza.

--¿Tú sabes--añadió Gómez-Urquijo levantando la voz--si a tu hija la espera un hombre en esa calleja maldita?... ¡Oh, hace mucho tiempo, más de un año, que en este mismo sitio indiqué los temores que me inspiraban ciertas preocupaciones anormales que descubrí en Mercedes, y no me hiciste caso porque tu alambicado cerebro de chorlito parece incapaz de meditar nada seriamente!...

Doña Balbina quiso hablar:

--Yo te aseguro...

--¡Tú no puedes asegurarme nada!

--Permíteme...

--Te niego todo permiso. Tú miras y no ves, oyes y no entiendes, discurres y no tienes conciencia de tus pensamientos... No eres una mujer como las demás, eres... ¡lo que antes dije!... ¡Una muñeca de cartón, inconsciente, sorda y ciega!...

Balbina Nobos rompió a llorar: su débil voluntad de esposa amante y solícita estaba acostumbrada a doblegarse continuamente a la voluntad de don Pedro y a considerar sus menores antojos como órdenes inapelables; había vivido durante treinta años sin albedrío, sin deseos, casi sin noción de su propia personalidad, entregada a merced del hombre amado, ufana de sacrificar su alma consciente en el altar de su amor; y de pronto, al oír que Gómez-Urquijo la insultaba por aquel mismo anonadamiento a que su carácter dominador la condenó no tuvo bríos para rebelarse, ni discurrió una sola frase que la sirviese de escudo, y su dolor, un dolor infernal de ángel precito que repentinamente parecía volcar sobre su historia un cántaro de hiel, rompió en sollozos, como estallan generalmente las grandes crisis morales de los débiles.

--¡Ay, Pedro, Pedro...--murmuró--, no me maltrates así!...

Y fué a sentarse sobre una silla, cual si sus piernas no pudiesen aguantar la gravedad de tantas pesadumbres. Gómez-Urquijo, en pie delante de ella, continuó atormentándola, flagelándola el rostro con sus palabras, sibilantes y crueles como latigazos.

--Hace más de treinta años que nos casamos--dijo--y la labor literaria por mí realizada durante este tiempo, inspira vértigos... La pasión de la gloria es la terrible pasión inspiradora y directora de mi vida; ella presidió mis pensamientos, hacia ella fueron encaminados todos mis afanes... A ella sacrifiqué los deseos de mis padres, que querían dedicarme a más tranquila y positiva ocupación, y los placeres de mi mocedad y las comodidades de mi vejez... por ella, por esa gloria que al fin he rendido, lo perdí todo y estoy pobre aún y obligado a continuar defendiendo, con mi trabajo, el abrigo y el pan de nuestros últimos días... Y ahora, de súbito, veo que mi hija, el único tesoro positivo que conquisté en el combate epopéyico de mi juventud, va a perderse también... ¿Y por qué?... ¡Porque su madre no sabe guardarla!...

Balbina Nobos lloraba, secándose los ojos con una esquina de su delantal. Don Pedro prosiguió colérico, agitando sus brazos en el aire con varonil fiereza:

--¿Es posible que la gloria, que me quitó tantos bienes, me arrebate también a Mercedes?... ¡Qué bofetón para mis canas!... ¡Cómo gozarían mis enemigos viendo que mi hija, esa creación de mi espíritu y de mi carne, arrojaba sobre un apellido por cuya popularidad y ennoblecimiento tanto he luchado, una mancha imborrable! ¡Cuánto reirían, qué epigramas tan sangrientos compondrían a mi costa!...

El orgullo del artista se aunaba al cariño del padre, su exaltada imaginación meridional consideraba inminente aquella catástrofe y hablaba de ella como si ya hubiese sucedido.

--¿Qué sería de nosotros si una noche Mercedes se fuese para no volver? ¿Qué sería de mí al saber que respiraba un hombre que podía jactarse de haber tenido en sus brazos a la hija de Gómez-Urquijo, a esa criatura que simboliza mi sangre y mi historia?...

Avanzaba hacia doña Balbina, agitando sobre su cabeza su brazo irritado.

--¡Ah, imbécil, imbécil! Tú serás la perdición de todos...

Balbina Nobos tuvo un gesto instintivo de defensa; el movimiento del toro moribundo que, acosado por su matador, levanta por última vez la cabeza.

--¿Yo?--gritó espantada.

--Tú, sí... tú serás la perdición de Mercedes.

--¡Y tú también!...

Lo dijo con tal firmeza, que Gómez-Urquijo vaciló.

--Tú eres tan responsable como yo de lo que suceda--prosiguió la anciana--; ¡los dos, los dos, los dos!...

--¿Estás loca?...

--¡No, no estoy loca!... Tal vez tu responsabilidad sea mayor que la mía. Tú corrompiste a Mercedes, ¡eso es!... yo también estoy cansada de sufrir en silencio, como los animales que no saben hablar...

Tenía los ojos brillantes, y sobre sus mejillas, coloreadas por la indignación y el sufrimiento, corrían dos regueros de lágrimas. Don Pedro la escuchaba perplejo, casi con terror. Ella continuó:

--Tus errores son más difíciles de corregir que los míos... Tú eres el verdadero corruptor de Mercedes, su verdadero iniciador... ya que tus libros la enseñaron lo que nunca debió saber... Por tanto, eres el principal causante de cuantas desgracias sobrevengan... ¿Lo oyes?... ¡Tú, tú... y nadie más que tú!...

Era la primera vez que la madre se rebelaba en la esposa; pero inmediatamente, extenuada por su propio esfuerzo, se tapó el rostro con ambas manos y continuó llorando.

Entonces hubo una escena horrible, una de esas tragedias sin sangre que no se olvidan nunca. Don Pedro se había dejado caer sobre el sillón, sollozando, maldiciendo de sí mismo, renegando de su obra.

¡Ah!... Los artistas, pensando siempre en lo bello, rara vez se acuerdan de lo bueno; la naturaleza hizo a muchos de ellos impotentes, y la sociedad les condenó a eterna pobreza; son seres desequilibrados, malditos, que no debían casarse nunca. Los pintores, los literatos, los músicos, también son actores, puesto que se erigen en intérpretes de la realidad y a fuerza de explicar lo que otros ven y sienten, concluyen por vivir apartados del mundo, sin verdadero carácter, convertidos en melancólicos polichinelas de la vida.

--¡Tienes razón, tienes razón!--repetía don Pedro--: yo emponzoñé el alma inocente de Mercedes con el dulce veneno que mi espíritu perverso derramó en millares de páginas; yo he caldeado su fantasía y encendido la antorcha voluptuosa de los deseos; en vano pretendo dominar ahora la ensoberbecida marejada de sus pasiones; la juventud es invencible y en ella «una fuerza superior», como dijo la desposada de Corinto, «ha levantado la piedra»... ¡Es verdad!... Yo la he corrompido, yo soy su seductor... Es un drama horrible... un drama incestuoso como el de Lot poseyendo a sus hijas...

Y se retorcía las manos desesperado, recordando los artículos que críticos eminentes escribieron contra la dudosa moralidad de sus libros, y que él refutó bizarramente y con más elocuencia que buena fe. Pero ya era inútil defenderse, el daño estaba hecho. Gómez-Urquijo comprendió que los elementos más diversos se conjuraban en contra suya, como obedeciendo a los nefastos designios inexplicables del Destino: Carmen, Nicasia, Roberto, hasta el mismo Pablo Ardémiz con sus trazas de viejo truhán y Mme. Relder, que en mala hora despertó en Mercedes la afición a la música, todos eran enemigos que llegaban, como salteadores en cuadrilla, a arrebatarle su última ilusión.

Ante aquella perspectiva siniestra, Gómez-Urquijo dejó caer los brazos con el abandono del hombre que se rinde, experimentando una sensación que su espíritu levantado no conocía: la sensación de su propia debilidad y pequeñez.

Hubo un largo intervalo de silencio durante el cual el reloj continuó rimando, con su tic-tac devorador, el siniestro desfile de lo que no vuelve. Doña Balbina atisbaba al anciano por entre los pliegues de su delantal. Nunca le había visto así, tan abatido, tan poco seguro de sí mismo, y su conciencia empezaba a acusarla de haberle tratado cruelmente; ella debía haber puesto más tiento en sus observaciones, más urbano comedimiento en sus ataques, y no aniquilarle, arrojándole de pronto a la cabeza el mundo de sus libros; aquellos libros escritos con tanto cariño y defendidos con tanto celo. Entonces Balbina Nobos se acercó a don Pedro.

--Perdóname--dijo--; comprendo que hice mal hablándote así y entrometiéndome en asuntos que no entiendo. ¿Qué puede alcanzárseme a mí de si tus obras son malas o buenas?... Seguramente son excelentes, cuando a mí, que soy muy torpe, me gustan tanto... ¡No hagas caso!... Yo tengo un geniecillo venenoso, arrebatado... y cuando me disparo soy terrible. Luego me pesa, te lo juro, y por castigarme sería capaz de darme de cabezadas contra la pared. Perdóname, Pedro... Pedro... di que me perdonas...

Le acariciaba, le besaba los cabellos, y eran simultáneamente risibles y conmovedoras las súplicas de aquella pobre vieja que, siendo una cordera, se acusaba formalmente de ser una loba.

--No te desesperes--agregó--; no te pongas así... Nuestra hija es dócil y volverá al buen camino si, como no creo, ha llegado a separarse un ápice de él. Tiene fácil remedio. Afortunadamente, nada ha sucedido. Vaya, consuélate y perdóname... oye, Pedro, abrázame tú también...

Gómez-Urquijo la abrazó.

--Te perdono--dijo--; ya sabes que no puedo alimentar contra ti rencor ninguno; pero déjame solo, necesito reflexionar.

Balbina Nobos se marchó y don Pedro continuó sentado, inmóvil, los ojos fijos sobre su mesa de trabajo, mirando instintivamente un libro, _Eva_; la novela que había puesto en manos de Mercedes las llaves de la vida.

A la mañana siguiente, muy temprano, Gómez-Urquijo penetró en el dormitorio de su hija. Mercedes acababa de levantarse. Las emociones de la víspera, el sufrimiento y la falta de sueño, habían acentuado los rasgos de su semblante: tenía la nariz más aguileña, los labios más finos, el color más quebrado, los ojos más brillantes y agudos, el pelo más negro, desigual y voluntarioso, cubriendo la frente con un casco de endrina. Al ver a su padre, la joven se levantó prestamente del silloncito que ocupaba.

--Le esperaba a usted--dijo.

--¿A mí? ¿Para qué?...

--¡Oh!... Para escuchar lo que tuviese usted que decirme. ¿No desea usted hablar conmigo?...

--Sí, en efecto.

Aquel recibimiento, un poco altanero, había desconcertado a Gómez-Urquijo quien, durante la noche, estuvo ideando un plan de reconciliación y de paz. Mercedes le miraba fijamente, y en la expresión de sus ojos y en la firmeza de su voz vibraba la confianza que tiene en sí mismo aquél que adoptó una resolución inquebrantable.

--Anoche--dijo don Pedro sentándose--te causé un disgusto muy grande.

--Mayúsculo, sí... un disgusto enorme.

--Tú a mí también.

--¿Sí?...

--¡Naturalmente!

--¿Por qué?... La conciencia no me acusa de nada... Yo salía en busca de una amiga... eso fue todo.

--Puesta la cuestión así, como tú la presentas--replicó el anciano--, parece, realmente, que pequé de injusto y arrebatado; pero tú misma reconocerás que abonan mi conducta muchas y muy poderosas razones disculpadoras...

Hubo una pausa durante la cual Mercedes permaneció cruzada de brazos, sondeando al anciano con sus ojos imperturbables de hebrea, secos y duros.

--Al sorprenderte anoche en el portal--continuó don Pedro--mi sensible corazón de viejo padeció el choque de una emoción extraordinaria. Yo, hija mía, fuí siempre un hombre sencillo, un hombre bueno que vivió dedicado en cuerpo y alma a su familia y al trabajo; en mi existencia no hay enredos novelescos ni incidentes dramáticos, ni viajes peligrosos, ni nada de eso que forma la entretenida historia de los aventureros; mi pasado sólo encierra un drama, un espantoso drama que preside todos los capítulos de la vida: la tragedia de mis luchas artísticas, de mi combate por la gloria y por el bienestar de los seres que habían ligado el sosiego de mi porvenir a las incertidumbres de mi corta suerte: primero trabajé por tu madre; cuando naciste tú, mis afanes se triplicaron y continué batallando por ella y por ti... Sí, Mercedes, por ti más que por ella... ¡yo no sé qué tiene el amor de los hijos que nos roba del corazón la pasión de la mujer!...

Los ojos de la joven habían dulcificado su expresión; la voz de Gómez-Urquijo resonaba tranquilamente, dulce y acariciadora como sonrisa maternal.

--A ti, que eres ya mujer, y mujer discreta--prosiguió don Pedro--, puedo confiártelo todo. Hace quince o veinte años, mi hogar lo componían una mujer y una hija; y como entonces mis luchas eran todavía muy grandes y la niña muy pequeña, yo no veía el mañana, absorto en la preocupación devorante de que el hoy no anocheciese sin abrigo y sin pan. Pero los años fueron pasando y la niña creciendo; llegó día en que empecé a recoger el merecidísimo premio de mis afanes, y a disfrutar algunas horas de reflexión, de vida interior, y, al verte granadita, llena de gracia y tocando los dorados umbrales de la juventud primera, pensé en tu porvenir, que iba a ser el consuelo de mi vejez, y en asegurarte una posición independiente y decorosa. Desde entonces, hija mía, me dediqué a ahorrar, a guardar con tesón de avaro los pingües beneficios que ya me reportaba mi trabajo, ¡y todo para ti!... ¡Ya comprenderás la dosis tan grande de cariño que necesita sentir un hombre tan desequilibrado y despilfarrador como yo, antes de resolverse a ser económico!... Mi vida, por tanto, es una cadena no interrumpida de privaciones, afanes y sacrificios; para mí no reservé nada, para vosotras fué todo; mi dinero, mi respetabilidad... y hasta me huelgo del prestigioso renombre de mi apellido porque lo llevas tú y es tu mejor gala...

Continuó hablando, insistiendo con pasmosa elocuencia y brío en la generosa renuncia que siempre hizo de sí mismo, y lo estrechamente ligadas que ella y doña Balbina estuvieron a la historia de sus luchas y de sus menores pensamientos.

--Cuando quería describir los celos de un marido burlado, procuraba convertirme de narrador en protagonista, en víctima, y me sugestionaba pensando que tu madre podía engañarme; y si quería pintar la desesperación de un padre, me torturaba imaginando que tú ya eras joven y que un miserable calavera te seducía... Erais, pues, mis colaboradoras más asiduas, las modelos que inspiraron mis creaciones mejores...

Mercedes escuchaba atentamente, curiosa de conocer las intimidades de aquel gran artista y de averiguar la génesis de los libros que tan trascendental revolución habían causado en su alma.

--Todo esto--agregó don Pedro--te ayudará a comprender mi arrebato de anoche. Yo vivo lejos de la realidad, en el mundo engañoso de las ficciones artísticas, pero vivo para vosotras y creyendo que vosotras vivís también para mí... Y de pronto, al volver a mi casa, a esta casa que es toda mi ilusión, mi preocupación única, me sorprendes tú saliendo de ella para lanzarte a la calle, de noche, lloviendo... Yo te pregunto:--«¿Dónde vas?»... Te veo desconcertada, repito mi pregunta y respondes:--«A casa de Carmen»... ¡¡A casa de Carmen!!... ¿Quién es esa mujer que tiene influjo suficiente para arrancarte del hogar que yo sostengo para ti?...

Iba exaltándose, levantando la voz.

--Al verte salir me enfurecí sospechando que aquélla no sería tu primera escapatoria, y la naturalidad de tu contestación confirmó mi sospecha. «¡Voy a casa de Carmen!»... Me lo dijiste con acento ingenuo que demostraba que a esa mujer la ves todos los días... Y además, eran las siete de la tarde, la hora del misterio, la hora en que la juventud inocente se cita a la salida de los talleres... Y temí que tú también acudieses a una cita...

Hablando así Gómez-Urquijo, clavó en su hija sus ojos inquisitivos y poderosos de taumaturgo; ella sostuvo la mirada con bizarría, pero sus mejillas se colorearon ligeramente.

--Confiesa que no me equivoqué--agregó don Pedro.

--Se equivocó usted--repuso Mercedes con acento resuelto.

--Pues, a pesar de tu negativa, creo que muy cerca de allí, tal vez en la calle Mesonero Romanos donde vive esa... Carmen, que te sirve para escudo de amoríos, había un hombre esperándote, y que ese hombre era Roberto Alcalá.

Mercedes había recobrado su aplomo y continuó negando rotundamente.

--Se engaña usted--decía--; no hay nada, absolutamente nada, de lo que usted supone.

--¿Lo juras?

--Se lo juro a usted.

--Entonces, ¿por qué no viene Roberto a verme?

--Lo ignoro.

--¿Es, acaso, novio de Carmen?

--Tampoco lo sé.

--¿No has hablado de esto con ella?

--No.

--¡Es increíble!

--Tal vez, pero es así.

Negaba con tanta firmeza, que Gómez-Urquijo se reconoció desorientado.

--Haces mal en disimularme la verdad--dijo--; yo soy el único hombre que te quiere desinteresadamente, el único que sueña contigo y que daría su vida por verte dichosa...

Después, olvidando la larga historia de sus polémicas literarias, empezó a hablar de moral llanamente, rellenando su peroración de lugares comunes. El matrimonio es el estado perfecto del hombre; la mujer nació para vivir en su casa, consagrada al cuidado de su esposo y de sus hijos; la mortificación y amansamiento de las malas pasiones asegura la pureza del espíritu; la obediencia, la humildad y el sacrificio de sí mismo, son el verdadero manantial inagotable de toda virtud; no debe hacerse secretamente aquello que no pueda confesarse en público; el encanto de lo prohibido es la gran añagaza inventada por el pamplinero genio del mal para mancillar a los limpios de corazón...

Mercedes parecía escucharle atentamente, y por sus finos labios vagaba una sonrisa desdeñosa casi imperceptible.

--¿Y es usted quien, olvidado de lo que ha escrito, se atreve a predicarme todo eso?--exclamó.

--¿Qué dices?

--Digo, que otras veces afirmó lo contrario de lo que ahora sostiene... y tengo para mí que si entonces cometió error fué inconscientemente, dejándose llevar de su temperamento, como verdadero artista que no sabe fingir; mientras que ahora se equivoca a sabiendas, proclamando útil y bueno lo que siempre tuvo en poco.

Fué la suya una oración extraordinaria, grito avasallador y vibrante de la juventud que quiere reivindicar sus derechos.