Incesto: novela original

Part 5

Chapter 53,791 wordsPublic domain

Don Pablo Ardémiz era un hombre sesentón, alto y grueso, un poco calvo, con labios abultados y entreabiertos de viejo lascivo; su encanto principal consistía en la voz; una vocecilla algo estropeada, quizás, por los abusos del vino y del amor, pero afable; simpática, dulce y dotada de una tonalidad o dejo de irresistible seducción; y hablaba despacito y quedamente, subrayando las palabras con guiños o ademanes elocuentísimos que le erigían en príncipe del gesto. La vida de don Pablo era un misterio: nadie le conocía familia, ni empleo, ni bienes de fortuna... y, no obstante, vestía bien, frecuentaba los teatros y los salones patricios y fumaba de lo caro. ¿De qué vivía don Pablo?... Nadie pudo averiguarlo, y cuando alguien, en tono frívolo y de gorja, apuntaba la posibilidad de que alguna vieja rica y de gusto subvencionase las necesidades de Ardémiz, éste sonreía, exclamando:

--¡Oh señores, nada de eso!... Yo estoy mandado retirar... ya no puedo. Ustedes saben cuán enemigas son las mujeres de los párpados enrojecidos y de las manos trémulas.

Esto lo decía con acento persuasivo que no daba lugar a controversia; el acento resignado y alegre de los viejos galanes que salieron del mundo con la orgullosa pretensión de haber apurado todos sus goces.

Las figuras de don Pablo Ardémiz y de Roberto Alcalá, preocupaban poderosamente la curiosidad de Mercedes, quien no dejó de observarles durante toda la comida. Lo que más la seducía de ellos era la atmósfera viciosa que ambos respiraban: Roberto Alcalá, que vivía solo, sin otra ley que su capricho, entregado a los fáciles amoríos de la «gente de teatro», con amigos de buen humor y queridas graciosas que le ayudaban a disipar alegremente su dinero... Pensando así, la descompuesta imaginación de la joven veía a Roberto como Borgia, retozando a sus amadas sobre un colchón de violetas, después de bañarlas en un barril de Malvasía... Y don Pablo Ardémiz; que había llegado soltero a los sesenta años y cuya historia sería, por tanto, una interesante leyenda de amores: con su belfo colgante de viejo libertino, sus manos gruesas y velludas, sus ojos dominadores y penetrantes de hombre acostumbrado a contemplar mujeres desnudas, y su voz... aquella voz bajo cuyas modulaciones irresistibles hubieron de rendirse y caer las virtudes más salvajes necesariamente, fatalmente, con ese fatalismo ciego con que caen los cuerpos abandonados en el espacio. Viéndolo, sentía Mercedes la emoción de curiosidad y de miedo que deben de experimentar las vírgenes cautivas al recibir la primera visita del Sultán.

La conversación la sostuvieron principalmente Ardémiz y Gómez-Urquijo. Roberto Alcalá charló poco, como hombre modesto que no tiene empeño en representar un papel principal.

Se habló de literatura, de teatros, de las últimas noticias sensacionales.

--Anoche aseguraban en Eslava--dijo Roberto--, que Claudio se había vuelto loco.

--¿Claudio?...--preguntó don Pedro--¿quién es Claudio?

--¡El pintor!...

--¿Claudio Antúnez?

--Sí.

--¿Es posible?--exclamó Gómez-Urquijo--; los periódicos nada dicen.

--No es extraño, porque la desgracia de nuestro amigo no corrió por Madrid hasta las primeras horas de la madrugada...

Discutieron extensamente los motivos provocadores de aquella locura.

--El trabajo--exclamó Gómez-Urquijo con su acento resuelto de polemista acostumbrado a imponerse--, el demonio devorador del trabajo es quien ha llevado al pobre Antúnez al manicomio.

--El trabajo y la mala vida--repuso Roberto--, las noches pasadas en vela, sus ambiciones insaciables de artista, el vino...

Mercedes escuchaba, pensando, sin saber por qué, en que Roberto Alcalá también estaba rodeado de iguales peligros.

--Yo creo--interrumpió Ardémiz--, que más que el trabajo y el vino ha influído en la locura de Claudio el amor.

--¡Ah! ¿Usted le conocía?--preguntó Roberto.

--Mucho.

--¿Y dice usted que andaba enamorado?

--Sí.

--¿De quién?...

Pablo Ardémiz, que advirtió los ojos penetrantes de Mercedes clavados en él, sonrió de un modo enigmático.

--Es casi un secreto--repuso--, un secreto que muy pocos conocen. Claudio Antúnez mantenía relaciones con una mujer casada.

--¿Y esa mujer?...

--Es quien le ha destrozado la medula...

Alcalá y Gómez-Urquijo sonrieron, y Mercedes se mordió los labios, desesperada de no comprender el malévolo significado de aquella risa.

--Es un crimen horrible, un verdadero asesinato--prosiguió Pablo Ardémiz--; asesinato tanto más lamentable, cuanto que nadie puede castigarlo. Claudio ha muerto envenenado: le han envenenado con amor, y el amor es tósigo sutilísimo que no puede figurar en el informe de ningún médico forense.

Y añadió con expresión de fina ironía:

--De no ser así, muchas viudas inconsolables estarían en presidio...

Aquella noche Mercedes se durmió pensando en aquel Claudio Antúnez, a quien no conocía, en las mujeres criminales que saben matar amando, según afirmó don Pablo, a quien suponía muy ducho y versado en cuestiones de este jaez, y en que, durante la cena, había sorprendido a Roberto mirándola de soslayo y con particularísima afición.

Al día siguiente, momentos antes de entrar en clase, Nicasia se acercó a Mercedes, diciéndole bruscamente:

--Ya sé que anoche mi primo cenó en tu casa.

--Sí; ¿cómo lo sabes?

--Por el mismo Roberto. Nos ha dicho que eres muy guapa y que le mirabas mucho, ¿Es cierto?

Y como lo era, Mercedes se puso muy colorada y no supo qué responder.

Algunas mañanas después, estando Mercedes poniéndose los guantes y el sombrero para ir al Conservatorio, llamaron a la puerta. La joven, según costumbre, corrió al recibimiento y abrió. Era Roberto. El simpático actor saludó cortésmente y preguntó:

--¿Está don Pedro?

--Sí, señor... En su despacho. Pase usted.

Alcalá contemplaba a la joven sonriendo, y ella, que sentía en sus mejillas el calor de aquella mirada, no se atrevió a levantar los ojos del suelo.

--¿Dónde iba usted?--murmuró Roberto.

--A clase.

--¡Tengo unos deseos de decirla a usted un secreto!... Un secretillo muy interesante que sólo usted puede oír.

No hablaron más, sorprendidos por los lentos pasos de doña Balbina Nobos, que se acercaba.

Noches después, Mercedes y su madre fueron al teatro. Se representaba un drama de adulterio, y el papel de amante lo interpretó Roberto Alcalá. El joven actor apareció a mediados del primer acto, declamando un monólogo apasionadísimo que le conquistó muchos aplausos. Mercedes le escuchaba, presa de intensísima emoción, temiendo que se equivocase, y se rebullía en su butaca procurando que doña Balbina no advirtiese su nervioso temblor.

Al final del segundo acto, Alcalá representó una preciosa escena con la primera actriz, con la adúltera, arrobando a Mercedes, que le oía embelesada, como si aquel ardiente epitalamio fuese dedicado a ella...

Pasaron varios meses y llegó el invierno. Una tarde, al salir Mercedes de casa de Carmen para ir a la suya, encontró a Roberto en el portal. El joven actor lanzó un suspiro de satisfacción.

--¡Por fin!--dijo.

Mercedes le comprendió perfectamente y vió en su exclamación una prueba de amor, pues aquel encuentro también lo esperaba ella desde hacía mucho tiempo. Y, con una ingenuidad que encantó a Roberto, repuso:

--Sí, soy yo.

--Gracias.

--Gracias... ¿por qué?...

--Por haber venido. Este encuentro parece una cita...

Ella sonrió alegremente; su risa valía una afirmación.

--¿Dónde va usted?--dijo él.

--A mi casa. Es decir, antes he de ir a la calle Abada, ahí cerquita, a comprar unas agujas.

--¿Me permite usted acompañarla?

Y como Mercedes titubease, no sabiendo lo que las mujeres honestas deben responder a semejante proposición, Roberto agregó:

--Ea... pues... ya está dicho. ¡Me voy con usted!...

III

La juventud, garbo y apasionado temperamento de Mercedes, rindieron muy pronto a Roberto, inspirándole un capricho que, por lo consecuente y duradero, ofrecía los gayos visos de una legítima pasión. Adoraba su ingenio desigual, a ratos candoroso y a ratos descocado y mordaz; sus ardores desbordantes y sus anhelos desenfrenados de saberlo todo; y como hombre mundano a quien las decepciones enseñaron a no preocuparse del mañana, aceptaba muellemente el curso de los acontecimientos, olvidando los peligros a que se exponía y las graves consecuencias que acaso trajese aparejadas aquel cariño. Roberto, en fin, jamás pensó en que Mercedes fuese, ni su mujer, ni su querida; esto dependía del porvenir, de las circunstancias... tal vez de los merecimientos que la joven tuviese para ser manceba o ascender a la categoría de esposa.

Ella, por su parte, idolatraba a Roberto, aunque tampoco midió la dulce posibilidad de legitimar aquellos amores. Roberto era a sus ojos el más guapo de los hombres, el mejor conversador, el más irresistible, el más socaliñero. Todas las partes de su cuerpo le parecían dignas de especial cariño y atención: admiraba su frente, cortada por las arrugas que formaron las frecuentes contracciones de los músculos frontales; y sus manos, llenas de experiencia; y sus oídos, que hubieron de escuchar los voluptuosos juramentos de muchas mujeres enamoradas; y sus labios, acostumbrados a besar y a mentir. Comparando a Roberto con los galanes protagonistas de _Eva_ y _Cabeza de mujer_, le hallaba superior a ellos y digno, por tanto, de coronarse vencedor en cualquier torneo pasional. Amaba sus palabras, sus gestos, la expresión burlona y ambigua de sus ojos azules, el color de sus trajes, el corte de sus pantalones... hasta el perfume de sus pañuelos... Únicamente le preocupaba el pasado de Roberto: aquella historia amorosa de quince años, poblada, acaso, de mujeres inolvidables.

--¿Tú habrás tenido muchas novias?--decía.

--Sí...--replicaba Roberto sonriendo--, como todos los hombres... Soy uno de tantos.

--¿Bonitas?

--Bonitas y feas... pero más bien feas que bonitas; lo malo abunda.

--¿Cómo se llamaban? ¿Hubo alguna tocaya mía?...

--No... sí... no recuerdo...

Otras veces ella decía, avergonzada de su propio candor:

--Como eres un pillo muy grande, supongo que esas mujeres serían para ti algo más que novias... Algunas descenderían a queridas...

Él negaba débilmente, satisfecho de que le juzgasen hombre peligroso. Mercedes insistía.

--¡No seas hipócrita, dime la verdad! ¿Las quisiste mucho?

--Psch... regular...

--¿Vivías con ellas?

--No.

--¿Por qué?...

A veces Roberto, aturdido por aquel interrogatorio desesperante, se negaba a responder; mas ella le acometía exasperada, celosa, cogiéndole por un brazo, que atenaceaba cruelmente entre sus dedos crispados.

--¡No, no--repetía--, quiero saberlo todo! Como tú conoces mi historia, necesito yo averiguar la tuya. Tengo derecho a ello, me perteneces...

Continuaba mareándole, preguntándole por su pasado con ese afán de los espectadores curiosos que, habiendo llegado tarde a una función bonita, molestan a sus vecinos rogando les expliquen las primeras escenas.

Estas conversaciones ocurrían en la calle, antes de cenar, entre siete y ocho de la noche. Todos los días Mercedes iba a su clase del Conservatorio acompañada de las hermanas Vallejo, y a veces también de doña Balbina; pero nunca veía a su novio, porque Alcalá se levantaba muy tarde.

Las citas eran después. A la primera campanada de las siete, Mercedes dejaba su costura o lo que estuviese haciendo, y se levantaba resueltamente para marcharse.

--¿Dónde vas?--decía doña Balbina.

--Ya lo sabe usted: a casa de Carmen y de Nicasia, que están esperándome.

--Pero... niña...

--¡Vuelvo en seguida!...

Y salía vestida de cualquier modo, abrigándose el cuello con una vieja toquilla azul de su madre, queriendo demostrar con el estudiado abandono de su indumentaria que no iba lejos. Bajaba la escalera rápidamente, haciendo crujir los peldaños bajo la contracción de sus piececitos impacientes, atronándolo todo con el ris-rás de sus enaguas almidonadas; y ya en la calle, de una carrera, sin detenerse a cobrar aliento, llegaba a la de Mesonero Romanos; allí la esperaba Roberto, con el sombrero muy calado sobre las cejas, envuelto en su rica capa color verde-mar adornada de caprichosos bordados, y midiendo el ándito de la acera con el paso mesurado del hombre que espera.

Doña Balbina intentó oponerse a aquellas libertades que consideraba impropias de la honestidad y posición social de su hija, pero no tuvo fuerzas para imponer su autoridad, Mercedes la dominaba, como en otro tiempo Gómez-Urquijo la había sojuzgado y vencido. Alarmada por los consejos de don Pedro, la sencilla mujer procuró granjearse la confianza de Mercedes, conocer sus deseos, descubrir sus secretillos mejor velados. Tarea imposible, la hija tenía más entendimiento, más conversación, más recursos imaginativos y más perspicacia que la madre; no hubo, por tanto, entre ellas combate posible, y cuantas veces doña Balbina acometió sus difíciles operaciones de exploración y sondeo, quedó vencida y desautorizada para mucho tiempo.

--¿Qué quiere usted que guarde oculto?--decía la joven--; ¿no sabe usted, minuto por minuto, el monótono empleo que doy a las horas de mi vida?

--¡Oh!... Ya supondrás que mis preguntas van enderezadas a tu bien; yo celebraré tus venturas... yo te consolaré si tienes penas... ¿Por qué no había de ser tu madre tu mejor amiga?...

Mercedes solía no responder y la conversación quedaba en tal punto; pero a veces dejaba traslucir parte de sus verdaderos sentimientos, hallando sabroso divertimiento en ir examinando la impresión que sus confesiones reflejaban sobre el rostro ingenuo de la anciana.

--No tengo pesadumbres--decía--, ni desengaños, ni ambiciones locas... sino algo que es bastante peor que todo eso... Sufro una pesadumbre, madre... una sola pesadumbre que parece el espíritu de lo malo, la esencia refinada de todas las melancolías; una tristeza que suma, a la roedora comezón de las grandes ambiciones, el dejo desdeñoso de los desengaños incurables... Sí, estoy triste, muy triste; como si mi corazón hubiese abrigado todos los anhelos y sufrido todas las desesperanzas. Diríase que lo he visto todo y que todo me hastía. ¡Me aburro, madre, me aburro siempre!... Cuando toco el piano, cuando bordo, cuando voy por las calles camino del Conservatorio, cuando duermo... porque mi sueño tiene también la inmovilidad, la pesadez del aburrimiento... ¿Usted nunca se ha aburrido así?...

A Balbina Nobos, horrorizada por los abismos morales que descubría en su hija, poco le faltaba para llorar, y antes de responder titubeaba, examinando su vida, su serena existencia de mujer honrada, soñolienta y monótona como un bostezo. Sí, ella también se había aburrido muchos días, tantos, que entre todos podían formar largos años de tedio mortal...

Mercedes, que leía en la frente de su madre como sobre un libro, agregaba:

--Sí, seguramente habrá usted tenido horas de murria, pero declare que, si las sufría con resignación, fue por mi padre, pues los sufrimientos y abnegaciones de usted redundaban en beneficio suyo, y mi padre era el único norte de sus pensamientos. Usted vivía para él y él para usted. Las tristezas y los triunfos eran comunes; su recuerdo llenaba y embellecía las soledades de usted, y las sonrisas de la esposa remediaban, como por ensalmo, sus quebrantos... Realizabais, en suma, el adorable imposible de uno ser dos y dos ser uno... Pero, ¿y yo? ¿Qué tengo? ¿A dónde voy? ¿Qué puede amenizar la horrible vacuidad de mis horas?...

Entonces recordaba aquel remedio milagroso que esperaba de cualquier sitio: de un telegrama que no recibía, de una carta o de un ser que nunca llegaban... Si, hallándose en su habitación, oía sonar el timbre de la puerta, una voz interior que siempre mentía, exclamaba: «Ahí viene». Si iba por la calle, una emoción magnética inexplicable la acometía de súbito, obligándola a pensar en su casa y en aquel enviado extraordinario, murmurando: «¿Habrá llegado?»... Mercedes insistía en esto, explicando elocuentemente el suplicio de los ilusos que, como ella, viven esperando oír la voz de un ensueño; y eran tan apasionadas sus frases y tan sincero su dolor, que doña Balbina, aun sin comprender la gravedad y miga psicológica de todo aquello, concluía por echarse a llorar.

Aunque la anciana no presumía las relaciones de su hija con Roberto Alcalá, la repugnaban las salidas nocturnas de Mercedes.

--Eso no está bien--decía--; ninguna mujer soltera y celosa de su buen nombre anda sola por la calle, y menos de noche... ¡Ah, si tu padre lo supiese!...

Pero la joven se sublevaba, reclamando con acento imperioso su derecho a ser feliz; ya que todo el día estaba trabajando como una vieja cargada de obligaciones, justo era que por las noches buscase en la sociedad de unas amigas vecinas un ratito de inocente solaz.

Y añadía resueltamente, fiada en la protección de Nicasia y de Carmen:

--Déjeme usted y no me atormente. ¿Qué pido yo? ¿Qué placeres me proporciona usted? Yo no voy a reuniones, ni al teatro; mi padre, absorto en sus quehaceres, no se ocupa de mí... usted tampoco... ¿Para qué vivo, pues? ¿Para tocar el piano y repasar la ropa sucia?... ¡Donoso porvenir!... Creo que debía usted proteger estas inocentes diversiones mías, supuesto lo mucho que me quiere, y procurar que mi padre las ignore, porque ni él ni yo tenemos la condición sufrida y un choque entre ambos podría ser funesto para todos...

Hablando así, su hermosa cabeza afectaba una expresión batalladora que parecía ceñirla en una oriflama de combate: los negros rizos de su frente se encrespaban temblando, cual si el coraje los retorciese sobre sí mismos; el nervioso fruncimiento de su nariz se acentuaba, las mejillas palidecían, y bajo el doble arco de las cejas brillaban sus ojos de obsidiana, negros y duros... Y Balbina Nobos bajaba los suyos, cohibida por el irresistible poder magnético de aquella mirada grave y despótica de Gómez-Urquijo, el mismo entrecejo autoritario, la misma voluntad de hierro que la había tiranizado durante treinta años de matrimonio...

De este modo doña Balbina, temiendo provocar un disgusto entre padre e hija, y no hallando en la conducta de ésta nada muy reprensible, aceptó como buena y aun necesaria la repetición cotidiana de aquellos paseos, ocultándolos y convirtiéndose así en cómplice inconsciente de Mercedes.

Estas condescendencias maternales las aprovechaba la joven hábilmente para ver a Roberto, y las pequeñas dificultades que había de vencer para salir sazonaban su amor con un encanto inexplicable.

Roberto siempre acudía puntualmente al lugar de la cita y, arropado en su capa, empezaba a pasear la calle de Mesonero Romanos, pero sin asomarse nunca a la de Jacometrezo, temiendo que desde los balcones de su cuarto doña Balbina le columbrase. Generalmente, el tiempo era desapacible; la luz de los faroles reflejaba sobre el empedrado húmedo y el aire que ascendía del fondo de la retorcida calleja como un eructo de cloaca, venía impregnado de un fuerte olor a tierra mojada. Los hombres pasaban embozados hasta los ojos; las mujeres, todas obrerillas que salían del trabajo, iban de prisa, arrebujadas en sus mantones, y Roberto las miraba fijamente, recelando siempre la eventualidad de una sorpresa. Después llegaba Mercedes, corriendo y mirando hacia atrás, y había tanto sobresalto y tanta felicidad en sus ojos, que algunos transeúntes volvían la cabeza. Las palabras de su saludo, aunque vulgares, acariciaban los oídos del actor como un arpegio.

--Ya estoy aquí--decía.

--Gracias, mujer...

Se cogían del brazo y juntos echaban a andar hacia la calle Abada: ella, contenta por haber venido sobreponiéndose a obstáculos, en su concepto enormes; él feliz también, sintiendo sobre su brazo el brazo de la eterna Deseada, con su cabellera corta y fuerte, y los negros ojos brillando febriles sobre sus pálidas mejillas de hebrea.

La pasión de Mercedes iba exaltándose paulatinamente. Si a Roberto hubiese podido recibirle en su casa, con la prosaica tranquilidad que aburre las horas de los noviazgos por conveniencia, seguramente le hubiese amado menos. En los libros de su padre aprendió a querer lo prohibido, lo anormal, lo peligroso, todo aquello que el espíritu de Gómez-Urquijo había sentido como nadie y descrito con prodigiosos refinamientos de observación, colorido y relieve... Por eso quería a Roberto con ardor expansivo que trascendía a las calles que paseaban y a la esquina donde solían detenerse a echar el párrafo de despedida; y quería todo aquello porque Roberto Alcalá, a fuer de actor meritísimo, sabía dar encarnación real y palpitante a cuantas engañosas visiones novelescas ella amaba... Las mujeres tienen predilección por los artistas en general, y muy especialmente por los actores; sin duda porque en ellos, como en el alma femenina, todo es superchería y fingimiento.

Los domingos, Roberto trabajaba en el teatro por la tarde; Mercedes sólo podía verle un instante por la mañana, durante la misa de doce; pero aquello no era casi nada; la joven iba siempre con su madre y el actor tenía que conformarse con verla desde lejos: una mirada ardiente, dulce, venenosa, que arrojaba sobre ella como un venablo, a través de aquel ambiente impregnado de olor a incienso y por encima de una multitud de devotos arrodillados.

Durante aquellas entrevistas cotidianas, Roberto Alcalá practicaba difíciles operaciones de observación y análisis; su cariño crecía y se impacientaba, y comenzaba a sentir deseos vehementísimos de triunfar pronto.

«El amor--dice Balzac--tiene sus grandes hombres desconocidos, como la guerra tiene sus Napoleones, y la poesía sus Andrés Chénier, y la filosofía sus Descartes...» Roberto Alcalá atesoraba alguna de estas cualidades que poseen los fuertes conquistadores de corazones femeninos. Insensiblemente, para no asustar a Mercedes, pero también sin interrupción ni vacilaciones que la permitieran recobrarse de sus sorpresas y derrotas, iba avanzando, domeñando su levantisca condición y descubriendo el verdadero temple de su virtud.

Cierta noche cogió entre sus manos una de Mercedes y empezó a acariciarla.

La joven retiró el brazo.

--No me toques--dijo.

--¿Por qué?...

--Porque... no está bien.

Roberto pareció admirarse.

--¿Cómo?--dijo--. ¿De suerte que la mano, abandonada en señal de cariño, es un crimen... y dada fríamente y en señal de despedida, es una cortesía? ¡Bonita lógica!...

Y como aquel sofisma, realmente tenía las tranquilizadoras apariencias de una verdadera razón, Mercedes se dejó convencer y entregó su mano: una manecita suave, regordetilla, salpicada de hoyuelos, que prometía muchas caricias.

Otra vez, en un arrebato de pasión, cogió a Mercedes por el talle violentamente; ella bajó la cabeza para huir un beso de Alcalá y, con esa propensión instintiva que las hembras tienen a la defensa, procuró desasirse.

--¡Déjame!...

--No quiero, ven.

--¡Oh!... Eres brutal...

Mas él se impuso por la fuerza.

--Sí--dijo--, soy brutal... Lo soy porque tu belleza, cegándome, me obliga a serlo. ¡Ojalá puedas inspirarme siempre igual pasión! El día en que me veas correcto, respetuoso, indiferente a tus seducciones, hablando contigo fríamente, sin ocurrírseme coger entre mis manos las tuyas y sin que a mis ojos alumbre el vicioso resplandor de los deseos, puedes jurar que todo ha concluído entre nosotros...

Estas conversaciones ofrecían puntos de vista muy notables; pues en algunas ocasiones, mientras Roberto retorcía sus frases, inventando tropos y lindezas para no decir crudamente algo que lastimase el virginal recato de Mercedes, ella, sabiendo de antemano adonde iban encaminadas tan sutiles retóricas, reía por dentro, segura de conocer todo y más de cuanto el actor pudiese decir.

Una noche encontró Mercedes que Carmen, Roberto y otro individuo a quien no conocía, estaban esperándola. La joven pareció muy sorprendida.

--Es--dijo Carmen--que necesito ir a la calle del Almirante en busca de cierta amiga que ha de entregarme unos bordados. He citado a mi novio aquí, para que vayamos todos juntos y le conozcas...