Part 4
Esta peligrosa epifanía sentimental que inicia la música, la remató la literatura poco después. Mercedes nunca había reparado en que llevaba el apellido de un gran hombre; desde muy pequeñita estaba acostumbrada a ver artículos de su padre en todos los periódicos y revistas ilustradas, que publicaban el retrato de Gómez-Urquijo, juzgándole de distinto modo y estudiando extensamente sus novelas y sus triunfos escénicos; aquello, siendo tanto, le parecía insignificante y vulgar, como todo lo cotidiano; y por esto, sin duda, jamás tuvo el antojo de leer los libros de su padre hasta que un día...
Gómez-Urquijo y su mujer habían salido dejando a Mercedes sola, junto al piano, que despertaba en ella tantas aspiraciones vagas, tantos deseos sin nombre. Por aquella época la posición económica de don Pedro había mejorado notablemente, y el infatigable escritor ocupaba un pisito tercero en la calle Jacometrezo, con tres balcones desde donde se veía un trozo de la Red de San Luis, con su alegre baraúnda de transeuntes y de vehículos, y por los cuales se entraban, con las bocanadas del viento, los alegres murmullos de la gran ciudad.
Aquella tarde Mercedes se aburría, con una murria tan _sui géneris_, tan absurda, que acabó por indisponerla consigo misma. Se fastidiaba de oír las eternas lamentaciones de Chopín y los valses perversos de Waldteufel, y cerró el piano; después se cansó de bordar, no acertaba a combinar los colores de un ramillete que tenía entre manos, se pinchaba los dedos y arrojó el bastidor a un rincón; luego, aburrida también de ver las gentes que iban y venían por la calle, lanzó un suspiro de despecho y de ahogo, y cerró el balcón. Todos sus pensamientos se resumían en un «me aburro»... desesperante, que empujaba a su espíritu hacia peligrosos horizontes desconocidos. Era «el cuarto de hora» de los conflictos psicológicos, «la hora azul» de los grandes cataclismos sentimentales, de las terribles revelaciones...
Mercedes abrió el despacho de su padre, aquel santuario donde ni ella ni doña Balbina penetraban casi nunca. En los armarios aparecían amontonados centenares de volúmenes; en las paredes había multitud de retratos de actrices y de escritores amigos de don Pedro; sobre la mesa yacían varios libros; uno de ellos estaba sobre la carpeta, con la plegadera entre las hojas. Mercedes se acercó a la mesa y cogió el libro, _Eva_, la novela más célebre de Gómez-Urquijo. Durante algunos instantes estuvo inmóvil, hojeando el volumen con aire indeciso, respirando el ambiente de aquella habitación impregnada de un fuerte olor a tabaco. De súbito sus ojos chispearon, todo su cuerpo se estremeció y sus mejillas se arrebolaron de vergüenza: acababa de llegar al desenlace de una escena de amor cuya circunstanciada descripción devoró rápidamente, presintiendo que a la vuelta de cada hoja iba a descubrir algo que la revelase ese recatado misterio eleusíaco de la vida, tormento eterno de todas las vírgenes.
Mercedes había abierto el libro por una de sus últimas páginas, aquéllas, precisamente, que explicaban el verdadero motivo inspirador de la narración.
_Eva_ era la leyenda perdurable de todas las mujeres; el despertar de las pasiones, el primer amor, con sus ilusiones mal definidas y sus locos anhelos de felicidad; el seductor ideal, guapo, decidor, ingenioso, gaitero, ardiente; la lucha entre el deseo y el deber, entre la carne, siempre frágil, y el honor... Y, finalmente, la caída, la dulce y espantosa caída, con sus noches de insomnio preñadas de terribles quimeras...
Todo esto lo releyó Mercedes con la torcida fruición del niño que hojea por primera vez un tratado de enfermedades secretas, y aquella lectura fué para ella un tósigo.
Gómez-Urquijo había procurado que sus obras fuesen trasunto fiel de la realidad; describió el mundo tal como era: bueno a ratos, a veces malo, pero, generalmente, más bien malo que bueno; y todas sus esperanzas, todos sus excepticismos, todas las hieles de su alma, todos sus nefandos refinamientos de hombre voluptuoso, estaban depositados allí, a guisa de légamo funesto. Gómez-Urquijo era pesimista; creía que la tierra es un mundo funesto, archivo de pesadumbres, manantial inagotable de desengaños, pudridero fatal de cuanto nace. Las ilusiones, como todas las aguas dulces, concluyen por amargar, porque unas se truecan en desesperanzas, y otras vuelven, tarde o temprano, al mar de donde salieron... Y a esto obedecía el criterio sombrío de don Pedro: el autor de _Eva_ se rebelaba contra la muerte; le parecía absurdo y contrario a la noción de un primer principio inteligente y misericordioso, eso de nacer para seguidamente ir envejeciendo hasta desaparecer en el anónimo desesperante de lo pretérito; y por eso, para aminorar la visión fatídica del no ser, Gómez-Urquijo, predicaba un sensualismo triste, con perfiles que recordaban la fúnebre filosofía de los epicúreos: amemos; el amor es el único enemigo invencible de la muerte, el consolador bendito de todas las penas; amemos mientras los nervios sean capaces de sentir el opio embriagador del deseo... ¿Para qué sufrir? ¿Por qué no enmascarar bajo poéticos fingimientos la realidad cruel?... La vida es una novela que se escribe: hoy puede redactarse un capítulo triste, mañana otro alegre, y siempre, o casi siempre, a gusto del autor.
La joven pasó toda la tarde grabando en su memoria las embelesadoras y funestas enseñanzas de aquel libro; un mundo desconocido acababa de surgir ante ella, un mundo lleno de luz y de seductores mirajes que, como Galileo, sentía trepidar ya bajo sus plantas; y cuando la noche se echó encima y ya no alcanzaba a distinguir las letras, encendió el quinqué y continuó leyendo.
Todo la sorprendía; allí vió pasiones jamás presentidas por su columbino candor de doncella y escenas de un subidísimo color naturalista que simultáneamente la avergonzaban y seducían. La ética predicada por Gómez-Urquijo, era una moral decadente de libertino, y su alegría, algo triste, contrahecho y forzado, como la serenidad y regocijo que fingen en sus últimos instantes los sentenciados a muerte. Gocemos, decía el autor de _Eva_, apuremos de un trago todos los deleites sin dejarnos sugestionar por las vagas incertidumbres del mañana; la melancolía es el credo inútil, infecundo y estúpido de los vencidos... Gómez-Urquijo entonaba en aquellas páginas del mejor de sus libros, una canción brillantísima en honor del amor y de la risa: _Eva_ era el prototipo de la mujer, con todas las seducciones, las voluptuosidades y los criminales ardimientos de su sexo; una mujer extraordinaria, una creación sobrehumana, puramente artística, bella y fecunda como la Eva milagrosa del Génesis, que llevó en sus ovarios los gérmenes de toda la especie humana; libertina como Semíramis, voluptuosa como Cleopatra, con esa voluptuosidad ponzoñosa, insaciable, que atormenta las entrañas de las mujeres meridionales; fuerte como Judit, perjura como Elena, incestuosa como Mesalina, cruel como Herodías... y a ratos también, esposa fiel como Artemisa y Lucrecia, y madre amantísima como Raquel... Eva lo reasumía y abreviaba todo: las virtudes, los heroísmos, las abyecciones; las altas cualidades y las grandes vergüenzas femeninas; era, pues, un símbolo; símbolo admirable digno de parangonarse con las creaciones inmortales del paganismo.
Mercedes leía ansiosamente, admirando hallar en aquella mujer fantástica, hermana suya, puesto que también parece mediar cierto secreto parentesco entre los hijos y los libros del mismo autor, algo bien concreto de lo mucho y mal definido que ella sentía.
Eva era la mujer terrible, provocadora de los grandes conflictos históricos; el hada omnipotente y dulce que caldea la inspiración de los artistas y aprieta el nudo novelesco de todas las leyendas pasionales; la hembra eterna, siempre gozada y siempre apetecible, que huye al principio y luego se rinde y más tarde persigue y acosa al burlador, al inconstante bien amado que huye; es la eterna Deseada que se ofrece en voluptuoso miraje a la imaginación de la gozadora adolescencia, emborrachándola con la sinfonía de sus juramentos y de sus besos y el sabio hechizo de sus caricias; es la mujer que duda, que finge, que ama, que olvida y que ríe... para aturdirse con el eco de su risa y tornar a querer y a reír...
¡Amar, reír!... Gómez-Urquijo insistía continuamente sobre estos dos conceptos con tenacidad de pagano borracho y feliz, y Mercedes, conforme leía, iba quedándose pensativa, sospechando que sus padres, al educarla en el austero recogimiento de la virtud, la regatearon el derecho indiscutible que tenía a cometer locuras y a ser dichosa.
Aquella noche Mercedes durmió con la novela de su padre debajo de la almohada, procurando que nadie la viese, con la vergüenza y el temor de la doncella que tiene a un hombre escondido en su cuarto.
Como Mercedes no pertenecía al número de esas mujeres frías y volubles que precisa estar reconquistando a cada momento, era incalculable el alcance que sobre ella podían tener las sensaciones. Primero leyó _Eva_, luego _Cabeza de mujer_, y ambos libros causaron en ella un efecto abominable: por sus páginas conoció las hechicerías de lo vedado y la inanidad de cuanto hasta allí estimó bueno y digno, por tanto, de imitación; allí aprendió que el hastío es la carcoma implacable del matrimonio; que el marido es algo monótono, insípido, como una cena servida siempre a la misma hora, y que si las mujeres supiesen que lo prohibido oculta la mitad más preciosa y duradera de sus encantos, no querrían casarse nunca...
_Cabeza de mujer_ era un estudio perfecto de la psicología femenina, en cuanto hay en ella de pequeño; las envidias, las veleidades, los caprichos del momento, amores de salón, pasiones efímeras de coqueta que languidece en el seno de una sociedad embustera; mientras _Eva_ reflejaba los grandes sentimientos devastadores del alma, con sus transportes de lujuria nunca satisfecha, sus exclusivismos y sus celos manchados de sangre. Entre ambos libros formaban un pentagrama exacto sobre el cual la mano habilísima del novelista trazó la sinfonía admirable y eterna de los deseos; con sus anhelos, sus dudas, sus impaciencias, sus citas y demás misterios clásicos que forman los adorables prolegómenos de la suprema posesión.
Mercedes sentía que la cuerda sensible de su alma vibraba, respondiendo con estremecimientos eléctricos a los diversos matices del himno pasional cantado por aquellas mujeres de novela, que, no obstante, tenían su misma sangre, sus mismos nervios. Gómez-Urquijo había puesto en todas igual temperamento, lo que no es de extrañar, pues el escritor se refleja en sus obras y las creaciones de su pluma, como las hijas de su carne, han de tener aficiones parecidas, temperamentos análogos.
La joven se reconoció retratada en los libros de su padre. Ella, con sus cortos cabellos negros y fuertes, su rostro pálido, sus ojos de obsidiana, brillantes y duros, y su cuerpo delgado y nervioso, se parecía a _Eva_, la gran apasionada, incansable derrochadora de placeres, que murió abandonada después de servir de embeleso a muchos hombres; y recordaba también a Matilde, la protagonista de _Cabeza de mujer_, aquella caprichosa incorregible que renunció a su marido y a sus hijos por beber _champagne_ con un adorador que no la interesaba....
Aquellas dos mujeres, aunque viciosas, hipócritas y mudables, aparecieron ante Mercedes engalanadas de fascinadores hechizos, zalameras, graciosas, soboncitas, irresistibles, con el encanto sojuzgador del ángel malo. Eran adúlteras porque sus esposos eran vulgares, y viciosas porque la calidad de su sangre y la perpetua sobreexcitación de sus nervios así lo exigían; pero siempre interesantes, siempre adorables hasta en sus torpezas, siempre artistas... Y Mercedes las quería y hubiese deseado emularlas, rivalizar con ellas, ser una de tantas....
Como sus hermanas Eva y Matilde, antes de quebrantar las prescripciones del deber y de lo honesto, Mercedes acariciaba la visión de un mundo, escenario admirable de una perpetua bacanal. Leyendo aprendió las suaves emociones que experimentan los amantes en el campo, a la puesta del sol, caminando bajo los árboles y por entre los flexibles herbazales que se enredan a sus pies, invitándoles a caer; y la voluptuosa melancolía del crepúsculo, con sus pájaros adormilados arrullándose entre el boscaje, sus campiñas despertando rozadas por el aleteo refrescante de la noche, sus arroyos, cuyas aguas huyen acariciando las orillas con un suave lamento de despedida, y sus estrellas reflejando su luz fría en la superficie inmóvil de los pantanos... Y conocía también las emociones de los amoríos urbanos: las citas en la iglesia, las criadas o las amigas serviciales que ejercen tercería, ofreciéndose a llevar y traer cartas, o poniendo su casa a disposición de los que no pueden exhibir su pasión públicamente; las entrevistas en los cafés poco concurridos de los arrabales, los paseos en coche... Y además las cartas, las horribles cartas hinchadas de juramentos hiperbólicos y de promesas soliviantadoras, los disgustos que reavivan el amor, las dudas, los desdenes, los celos; y luego las escenas más íntimas. Aquellas tardes invernales pasadas en el voluptuoso recogimiento de los dormitorios, esas capillitas modernas sabiamente preparadas para el culto de la diosa Carne, especie de abismos perfumados, donde los amantes cumplen poco a poco la siniestra profecía de Malthus. A través de los cristales de la ventana, se ven pasar los copos de nieve cayendo unos tras otros en catarata inagotable desde la inmensidad del cielo gris; junto a las paredes, los muebles abocetan tímidamente sus suaves panzas de raso o felpa; sobre el suelo alfombrado, los cortinajes de la puerta, inmóviles y tristes como telarañas abandonadas, arrastran sus flecos obscuros; el ambiente, que huele a perfume y a cuerpo de mujer joven, produce una sensación de enervamiento, de laxitud inexplicables; en el hueco de la chimenea arde un tronco de encina que cruje y se desgrana en chispas arrojando reflejos sanguinolentos que corren por la alfombra. En el fondo de la habitación aparece el lecho; no como aquéllos de en tiempo del Imperio, altos y estrechos, pues las camas pequeñas son odiosas por parecer construídas exclusivamente para dormir o gustar el placer de prisa y sin paladearlo, como vaso de vino que los caminantes impacientes apuran de pie delante del mostrador; sino un lecho moderno, bajito, amplio y mullido, sepultado bajo una colgadura de terciopelo, entre cuyos pliegues la mundana previsión del tapicero colgó una lamparilla eléctrica.
Todo esto lo sabía Mercedes y más aún... Conocía los detalles, los refinamientos... El espejo puesto a los pies del lecho para acicate del deseo cansado, las prendas de vestir arrojadas aquí y allá por la impaciencia febril de los amantes, los encantos que prestan a la mujer las camisas de seda, tan suaves, ciñéndose y modelando las curvas del cuerpo, y tan vistosas, con sus encajes flamencos y sus cintajos multicolores; las caricias de las infatigables manos varoniles, el beso en la boca, ese beso brutal, decisivo, de la posesión; y los besos en la nuca, tan afrodisíacos, tan excitantes, flagelando la espalda con un cosquilleo magnético que llega a los riñones... Y luego aquellas horas de invencible emperazamiento en que ambos amantes yacen silenciosos, con el ánimo preso en el hechizo de quererse mucho escuchando el simultáneo tic-tac de sus dos relojes colocados sobre la mesilla de noche; el del hombre más grave, más lento; el de la mujer más rápido, más febril; pero avanzando simultáneamente cual si entre ellos mediase también una corriente simpática...
Tales lecturas causaron en el carácter de Mercedes una honda revolución que no advirtieron en los primeros momentos ni doña Balbina ni Gómez-Urquijo: tornóse más irritable, más desigual, más voluntariosa; las lecturas habían prestado mayor exactitud y relieve a los deseos mal definidos que en ella provocaron las primeras emociones musicales; dormía poco, sus mejillas palidecieron, su mirada fué más profunda, y pasaba largos ratos en el balcón, recapacitando en la monotonía de su existencia de mujer honrada, mirando atentamente a los transeuntes y pensando que todos ellos tendrían, como los hombres y las mujeres de los libros, sus amores y su citas.
Su padre, el talentoso autor de _Eva_ y de _Cabeza de mujer_, lo había dicho. «La vida es una novela que se escribe... siempre, o casi siempre, a gusto del autor». Y Mercedes renegaba de que en todas las páginas de su historia el Destino fuese escribiendo los mismos párrafos.
A ratos pensaba en imitar el ejemplo de doña Balbina, tan buena, tan resignada con su suerte, viviendo en la obscuridad, consagrada al cuidado de su marido y de su hija: pero otros se revelaba, creyendo que la virtud es enemiga del amor y de la risa, y que es horrible el porvenir de las mujeres honestas, condenadas a vivir en perpetua minoría de edad, obedeciendo a sus padres primero, a su marido después: y entonces el matrimonio le parecía algo absurdo, una institución monstruosa que ayunta para siempre a dos seres que tal vez habrán de odiarse el día de tornaboda; una especie de duelo a muerte que sólo puede terminar con la desaparición de uno de los dos adversarios. Y Mercedes juraba que algunas mujeres, si no tuviesen esperanza de enviudar, no se casarían nunca.
Aquellos pensamientos determinaban en la joven un estado de perpetua excitación: siempre, sin saber por qué, esperaba algo nuevo, anormal, que sobrevendría fatalmente y de sopetón, en forma de ser viviente o de noticia o de carta, pero que llegaría al fin, cuando más descuidada estuviese, a romper el aburrimiento de su vida explayando ante su ilusión nuevos horizontes. Este remedio prodigioso lo esperaba Mercedes continuamente, a todas horas, de un telegrama que jamás venía, de una carta que nunca llegaba: en cuanto sonaba el timbre de la puerta acudía al recibimiento presurosa, queriendo recibir ella misma lo que con tanta impaciencia aguardaba, y aunque contaba sus desengaños por días, siempre se dormía conforme, fortalecida por su convicción inquebrantable de ser dichosa, murmurando:
--Vendrá mañana...
Así vivía, abrazada a un ensueño sin nombre.
De algo de esto habló Mercedes con Nicasia y Carmen, una tarde al salir del Conservatorio; mas ellas, que habían leído muy poco, no supieron qué decir.
--En los libros--afirmó Carmen--los autores escriben muchas tontunas. Tú, de todos modos, necesitas un novio.
Y añadió bajando la voz para que Nicasia no la oyese.
--Otro día te contaré lo que hace tiempo me sucedió con Luis...
--¿Cómo?--exclamó Mercedes sorprendida de aquella revelación que no esperaba--¿tienes novio?
--Sí.
--¿Cómo no me lo habías dicho, hipócrita?
--¡Qué sé yo!... Es amigo de Roberto; un novio muy guapo, muy decidor, que me da muchos besos...
Y empezó a reír estrepitosamente. Mercedes no hizo ningún gesto: aquello le parecía muy lógico, muy corriente, pues, según ella recordaba haber leído en las novelas de Gómez-Urquijo, todos los hombres y las mujeres que se quieren deben dormir juntos.
Carmen, amohinada por esta impasibilidad, preguntó:
--¿No te gustaría a ti también, tener un novio que te besase?...
Y Mercedes repuso con esa inconsciencia con que sostienen los mayores absurdos morales las mujeres que prostituyeron su alma antes de violar la virginidad de su cuerpo:
--¡Es natural!...
Por aquella época Gómez-Urquijo recibía bastantes visitas, de literatos, actores y artistas jóvenes y ambiciosos que iban solicitando la ayuda del afamado novelista.
Don Pedro, que madrugaba con el sol, estaba visible únicamente por las mañanas: sus amigos podían verle sin preámbulos, pero los desconocidos no podían pasar sin cumplir esos requisitos sociales que son la parte teatral que envuelve y da prodigioso realce a la vida exterior de los grandes hombres. Primeramente tenían que presentar su tarjeta o la cartita de recomendación que trajesen, y luego sentarse en el recibimiento, sobre un largo banco de gutapercha donde Gómez-Urquijo les dejaba aburrirse quince o veinte minutos, dándoles a entender con tan larga espera que estaba muy ocupado y que aquellos momentos de audiencia eran para él verdadero sacrificio.
Mercedes, apartando disimuladamente los cortinajes que cubrían la puerta del comedor, procuraba atisbar, sin ser vista, a los recién llegados. Algunos iban dos y tres veces: a éstos ya les conocía, designándolos mentalmente por la particularidad física o por el detalle de su indumentaria que más la impresionase, y así decía:--El hombre del bigote rubio; el joven del gabán claro...--Pero otros, los menos afortunados, pasaban de refilón, como sombras, para no volver. Generalmente eran jóvenes mal vestidos, de rostros pálidos y ojos brillantes agrandados por las emociones mentales.
Entre los individuos que más asiduamente frecuentaban la casa de Gómez-Urquijo, estaba don Pablo Ardémiz y Roberto Alcalá, el primo de las hermanas Vallejo; un actor joven que había estrenado varios dramas de don Pedro y por quien éste sentía gran afecto.
Era un mozo como de treinta años, de mediana estatura, elegante y atildado, pero sin que ni su elegancia ni su atildamiento pecasen de ridículos; grave sin orgullo, cortés sin afectación. Llevaba el rostro primorosamente afeitado y el negro pelo caprichosamente abullonado sobre las sienes, lo que imprimía a la cabeza cierta originalidad artística; sus ojos azules miraban con la imperturbable quietud del hombre corrido que sabe y disimula muchas cosas, y por sus labios delgados vagaba la expresión indefinible, ambigua, de los actores expertos acostumbrados a fingir continuamente expresiones contrarias. Era, pues, muy simpático, con una simpatía que dimanaba, principalmente, de la perfecta ecuanimidad de su espíritu y de lo bien que se armonizaban el comedimiento de sus palabras y la británica corrección de sus gestos.
A Roberto Alcalá y a don Pablo Ardémiz les conoció Mercedes simultáneamente, una tarde en que Gómez-Urquijo les invitó a cenar. Era la primera vez que la joven comía con gente extraña. Don Pedro ocupaba la cabecera; Roberto estaba a su derecha, Ardémiz a su izquierda, y junto a don Pablo, doña Balbina. Felipa, la criada, iba y venía desde la cocina al comedor, algo aturdida por la presencia de los dos nuevos invitados.
Bajo el torrente luminoso derramado por la lámpara suspendida a cierta altura sobre la mesa, los rostros de los comensales surgían con poderoso relieve. Don Pedro, con su ancha frente pensativa, sus ojos graves de mirar penetrante, su nariz aguileña, de alas movibles que la inspiración y el coraje hinchaban fácilmente, su semblante enjuto y su cabellera blanca y artísticamente abarquillada sobre las sienes, como las coquetonas pelucas de los antiguos cortesanos. Roberto, siempre solícito y atento a las menores variantes de la conversación, clavando en Gómez-Urquijo la tranquila mirada de sus ojos azules, algo ensombrecidos por esas ojeras violáceas características de los trasnochadores sempiternos... Mercedes lo observaba todo.