Part 2
Continuaron hablando más de una hora, que fué para Gómez-Urquijo de cruel martirio. De pronto había descubierto el espantoso vacío moral que informaba la labor literaria de su vida; sus libros eran malvados, tenía miedo de su obra, porque fué la obra de un pagano enamorado únicamente de la belleza y de la forma. Lo que no había comprendido en treinta años de combates artísticos, sostenidos desde el periódico y desde la cátedra del Ateneo, acababa de vislumbrarlo de sopetón viendo a Mercedes triste y empalidecida por el vaho venenoso emanado de novelas perversas. Él quiso castigar rudamente a los hombres libertinos enervados en brazos del deleite, sin ambiciones, sin ideales, indiferentes al progreso social, como ruedecillas inútiles que nada significan en los complicados engranajes del dinamismo humano; y a las mujeres adúlteras que destruyen con sus torpes liviandades el santo concierto del matrimonio, base inamovible de la sociedad; y a los ricos que explotan la juventud del proletariado, amasando sus fortunas con el dinero arrancado cruelmente a la miseria de los demás; y a los próceres avillanados que arrastran sus pergaminos por el fango del arroyo, y a los jueces venales y a los escritores cobardes y a los prohombres que ponen su influencia a merced de las mujeres bonitas... Tal fué la misión nobilísima a que Gómez-Urquijo dedicó sus afanes: combatió todas las ruindades, todas las intransigencias, todos los fanatismos, y luchó por cuanto estimó bueno y justo ciegamente, con ahinco y tenacidad admirables.
Pero el camino que eligió para la realización de tan altos fines no era bueno. Para fustigar a los jueces que se venden, a los aristócratas emplebeyecidos y a los libertinos desnudos de toda virtud, hubo de pintar en sus novelas jueces sobornables y próceres vagabundos y calaveras contumaces y mujeres de las más diversas categorías y temperamentos... Y estos personajes, obedeciendo a la idiosincrasia pagana del autor, no llegaron a encarnar el pensamiento de Gómez-Urquijo: todas sus mujeres eran hermosas, adorables, viciosas y ardientes, pero con un vicio extraño, que parecía causa y resultado inseparables de su belleza misma, y que, lejos de rebajarlas, las magnificaba y disculpaba; y todos sus hombres, si eran criminales, licenciosos y perjuros, lo fueron por motivos de tal magnitud y consideración, que sus liviandades encontraban desde luego fácil escudo y defensa. Aquellas figuras, lejos de inspirar repugnancia, cautivaban, atraían, seduciendo y encadenando el ánimo del lector con hechizos de un sutil y quintaesenciado sensualismo; era imposible odiar a aquellos galanes tan bizarros, tan gentiles y limpios de toda ruin levadura, que vivían lejos del mundo, enmollecidos sobre el regazo de sus amadas; ni a aquellas mujeres, divinas dispensadoras del sumo bien, tan discretas, tan alegres, que desfilaban por las páginas de los libros con un embelesador clamoreo de carcajadas juveniles. Don Pedro Gómez-Urquijo se había equivocado; quiso hacer una obra y compuso otra completamente distinta: era imposible arrancar de la lira voluptuosa de Tíbulo los duros acentos regeneradores de Juvenal; y él, que pretendió enmendar equivocaciones y corregir defectos, era también, por temperamento, un corruptor, un gran libertino, un gran escéptico, un gran voluptuoso. Y esto el autor de _Eva_ y de _Cabeza de Mujer_ lo había descubierto repentinamente, evocando el recuerdo de aquella escena que tan profunda emoción causó en su ánimo: a Mercedes apoyada de codos sobre la mesa del comedor, con su cabellera corta y áspera, su rostro pálido y sus ojos enigmáticos y negros de apasionada: inmóvil, absorta, leyendo una historia de amor, soñando con ella.
--El daño es irreparable--murmuró tristemente--, pues, aunque yo podría echar por tierra de un solo plumazo el monumento literario de mi vida, ¿dónde hallar valor y abnegación suficientes para perpetrar tan cruel suicidio?...
Balbina Nobos, enternecida, lloraba abriendo mucho los párpados y sin estremecer un solo músculo de su rostro, y las lágrimas rodaban pausadamente una tras otra por sus mejillas pálidas y fofas de burguesilla honesta que envejeció a la sombra.
--En fin--añadió don Pedro, deseando concluir aquella conversación dolorosa--, no hablemos más de esto; te lo dije todo, lo he confesado todo, puesto que mi vida de artista no guarda misterios para ti. Ahora te aconsejo que cuides mucho a Mercedes, que avizores ladinamente todos sus quehaceres, que nunca la dejes salir sola a la calle. Vive alerta y con la barba sobre el hombro, Balbina mía, porque la tentación es demonio taimado para quien no hay conciencia inaccesible, ni sueño tranquilo, ni alcoba bien cerrada. Procura sondear su ánimo, infundiéndola confianza para que, sin empacho, te abra el cofrecillo sellado de sus secretos; participa de sus deseos, siente con ella, háblala de amores: si acaso notases que desea un aliado, finge ponerte incondicionalmente de su lado y en contra mía, para engañarme. Repítele aquello de: «A tu padre no se le pueden decir ciertas cosas, porque los hombres, etc...» Y si por un momento lograses hacerla olvidar que es hija tuya, veríamos logrados nuestros deseos; en el terreno de la confianza, los amigos suelen tener sobre los padres grandes ventajas. Hazlo así; yo no puedo ocuparme de todo...
Ella arqueaba las cejas con expresión dubitativa de persona a quien encomiendan una empresa muy superior a sus alcances. Gómez-Urquijo se había levantado, y mientras arrastraba lentamente su sillón hasta su mesa de trabajo, añadió:
--La tranquilidad de nuestra vejez descansa en el porvenir de Mercedes; los hijos son una prolongación de nosotros mismos. Mercedes es mi mejor obra; procuremos tú y yo que la posteridad no murmure de ella. Sería imperdonable que yo, que fuí víctima de mis libros, consintiera que la hija de mi alma lo fuese también.
Después, sentado delante de la mesa, consultó rápidamente un libro, cogió un puñado de cuartillas y púsose a escribir con esa letra ancha y gruesa de los espíritus vigorosos. Escribía sin vacilaciones, tachando muy poco, y mientras su mano derecha iba encerrando las ideas en rosarios interminables de palabras, los dedos de la siniestra mano oprimían nerviosamente las cuartillas, maltratándolas, como despechados de no poder servir para más altos menesteres. La pantalla verde del quinqué reconcentraba su luz sobre la mesa, y en la penumbra, agobiando el angosto tórax de Gómez-Urquijo, surgía su admirable cabeza apostólica, con su frente bombeada de pensador, sus grandes ojos azules abrillantados por el fulgor enfermizo de la inspiración, su nariz aguileña, sus finos labios de hombre nervioso, violentamente contraídos, y sus mejillas arreboladas por la sangre que el esfuerzo mental atraía al cerebro.
Balbina continuó acurrucada en su sillita, abstraída en la contemplación indecisa de esas imágenes incoloras y desligadas de toda noción de espacio y tiempo, que mecen el espíritu de los irresolutos. Luego, aburrida de sí misma y de la estéril vaguedad de su preocupación, se levantó y fué a sentarse junto a la mesa, deslizando sin ruido sus zapatillas sobre el suelo alfombrado. En seguida, tímidamente, murmurando un: «¿No te molesto?...» que no obtuvo contestación de don Pedro, alargó su mano, una mano plebeya, gruesa y salpicada de hoyuelos, y cogió un libro, uno cualquiera, que abrió por cualquier parte... La lectura le interesaba muy poco: lo importante era acompañar al anciano, al pobre compañero de su vida, que estaba allí, amarrado al ingrato sillón del trabajo, escribiendo para ganar el abrigo y el indispensable regalo de todos. Durante treinta años, Balbina Nobos había hecho lo mismo. Todas las noches, después de cenar, en cuanto Gómez-Urquijo ponía manos a su absorbente labor de emborronar cuartillas, ella iba a acompañarle, esperando la llegada del sueño, que no solía tardar. A veces el anciano levantaba maquinalmente la cabeza, y al encontrar la mirada de Balbina, preguntaba con acento breve:
--¿Qué haces ahí?...
Ella, cual si la hubiesen sorprendido en el momento de cometer una grave falta, respondía:
--Nada... estoy viéndote...
--¿Por qué no te acuestas?
--Luego, cuando acabe de leer...
Aquello era un pretexto; ella no leía, no hubiera podido leer, por más empeño que en ello hubiese puesto. Su espíritu candoroso de niña enamorada eternamente, permanecía embebecido en la contemplación idolátrica del hombre amado. Seis lustros de vida conyugal no bastaron a destruir el hechizo de aquella pasión. Mientras Gómez-Urquijo trabajaba, Balbina le ceñía en una mirada triste y de indefinible dulzura: los años, más tenaces en su obra demoledora que los gusanillos que destruyeron el puente de Milán, fueron modificando insensiblemente la expresión de aquellos ojos, que al principio miraban con afán inquieto de mujer celosa y más tarde declinaron empequeñeciéndose un poco conforme se marchitaban, y escondiéndose en el fondo de sus cuencas, desde donde observaban el mundo con una mirada dulce y melancólica de abuela. Gómez-Urquijo nunca llegó a darse cuenta exacta de aquella veneración que le tributaban, ni de aquellos ojos que le escrutaban, detallando las arrugas de su frente y los febriles movimientos de su mano; aquellos ojos que se secaron mirándole y bajo los cuales pudo decir, sin resquicio de hipérbole, que había encanecido. Balbina no tardaba en recibir el asalto del sueño que llegaba dominándola en seguida, con esa fuerza con que el cansancio se impone a la débil constitución de los viejos y de los niños: entonces cerraba el libro y se acercaba a don Pedro, ofreciéndole el beso de despedida; se lo daba en la mejilla o en la nuca, pero ligeramente y como a hurtadillas, para no distraerle; y luego salía dirigiéndose hacia la puerta con pasos silenciosos de enfermera.
Aquella noche Balbina, preocupada por las advertencias de Gómez-Urquijo, miró a su marido menos que otras veces. Pensaba incesantemente en la difícil comisión que acababan de encomendarla, y no sabía por dónde empezar ni cómo conducirse: aquello de captarse la confianza de Mercedes, hablarla de amores y fingirla protección y ayuda para así llegar más fácilmente a conocer la verdadera orientación de sus sentimientos... todo esto que el espíritu zahorí de don Pedro encontraba tan llano y accesible, a Balbina la parecía una quimera inejecutable, como la de tender un puente sobre un abismo. Interrumpiendo el silencio de la habitación sólo resonaba el tic-tac desesperante del reloj, y el vigoroso ir y venir de la pluma que corría sobre las cuartillas.
De pronto Gómez-Urquijo que, a pesar de su trabajo, había de estar pensando en las mismas ideas que a su mujer atormentaban, levantó la cabeza preguntando con repentino sobresalto:
--¿Harás lo que te dije?
--Sí.
--¿Pronto?
--En seguida.
--Desde mañana mismo...
--Sí, desde mañana; en cuanto me levante... veremos... Tú me ayudarás...
--Sí, yo te ayudaré; pero no te abandones fiándolo todo en mí...
Reanudó su tarea para interrumpirla momentos después.
--Infórmate bien--dijo--del carácter de sus amigas, de si tiene amores... apodérate bien de su ánimo; no pongas al alcance de su mano ningún libro que yo no conozca; y, especialmente, apártala de los míos... ¡No digo más!... Cuida mucho a Mercedes, presérvala de devaneos, siempre perjudiciales al recato y buen nombre de una doncella; líbrala de las malas amistades, del pernicioso contagio de los malos libros... y, a todo trance, cueste lo que cueste, guárdala de mí. Acuérdate, Balbina, que el peor enemigo de nuestra hija soy yo...
No dijo más, ni Balbina Nobos osó tampoco replicar palabra, y en el ámbito del despacho volvieron a resonar simultáneamente, con porfía incansable, como queriendo sobrepujarse el uno al otro, el rasgueo febril de la pluma, divina ejecutora de todo lo que queda, escarabajeando sobre las cuartillas, y el sempiterno tic-tac del reloj, abominable aparato contador de todo lo que huye.
Aquel combate se prolongó durante muchas horas: la pluma batallando por perpetuar el recuerdo de una vida, la gloria de un hombre; y el reloj fatídico negándolo todo, burlándose de todo, triturando la vida y la gloria entre las dos sílabas de su negación eterna: tic-tac, tic-tac...
II
El paternal ¡alerta! de Gómez-Urquijo llegaba tarde. Mientras los dos ancianos discutían los ocultos motivos que desde hacía poco tiempo iban trocando en mustio y retraído el antes expansivo y decidor carácter de Mercedes, la joven entró en su cuarto, encendió una luz y empezó a desnudarse prestamente, quitándose sus vestidos con una especie de horror: las enaguas cayeron delante de la mesilla de noche; el cuello de pieles y el corsé fueron arrojados sobre un sillón, y las medias enrolladas quedaron olvidadas sobre la alfombra, como anillos de una enorme serpiente rota...
Ya en el lecho, ese fiel encubridor de los grandes secretos femeninos, Mercedes sacó del seno un papelito plegado en varios dobleces, aproximó la luz para ver mejor y apoyada sobre un brazo con orientalesco abandono, púsose a leer, alargando el hociquillo, frunciendo el entrecejo y haciendo otros hechiceros mohines de mujer que no entiende bien lo que va leyendo. Aquel billetito era de Roberto Alcalá, quien la citaba para el día siguiente.
«Mañana, a las tres de la tarde, te aguardo en la plaza de Oriente, bajo los arcos del Teatro Real. Carmen o Nicasia irán a buscarte. No faltes. Te quiero con toda el alma. Recibe sobre los párpados mis mejores besos...»
Unos cuantos renglones compuestos de frases banales, escritos con lápiz sobre la margen de un periódico, y que no obstante encerraban todo un poema de pasión ardiente, las palabras más dulces del vocabulario amoroso, los compases más tiernos, más arrobadores del eterno vals de los deseos... Mercedes besó rápidamente la firma, avergonzada de reconocerse aquella tan grande debilidad pasional, y tornó a leer el billetito apreciando bien los pormenores de la cita.
«A las tres de la tarde... en la plaza de Oriente, bajo los arcos del Teatro Real.»
Y esto lo repitió varias veces, procurando grabarlo en su cerebro profundamente, recelando la posibilidad de que la amorosa esquelita se perdiese. De pronto, oyendo que doña Balbina iba acercándose por el carrejo con sus mesurados pasitos de enfermera, la joven extendió el brazo y apagó la luz, para que la creyesen dormida. Después sintió que empujaban la puerta suavemente y en la penumbra indecisa, recortada por el marco, apareció la silueta de la anciana, que alargaba la cabeza, conteniendo la respiración:
--Niña... Mercedes...--murmuró--; ¿duermes?
Ella no contestó, permaneciendo inmóvil y doblada sobre sí misma, hecha un ovillo. Balbina repitió bajando la voz:
--¿Duermes?...
La joven sonreía silenciosamente, recreándose con pueril ufanía en el engaño de su madre y comprendiendo que con aquel mutismo se ahorraba una conversación, por lo intempestiva, enojosa; pero muy luego dejó de reír, temiendo que delatasen su insonoro contento sus blancos dientecillos de lobezna, brillando en la obscuridad bajo la acción de aquel tímido resplandor lejano que recortaba el perfil de doña Balbina sobre la borrosa claridad del pasillo. En el silencio del dormitorio susurraba su respiración, suave y rítmica como la de quien se acostó muy cansado: y cuando la anciana, sin maliciar la superchería de que era objeto, cerró la puerta y echó de nuevo pasillos adelante buscando el despacho, andando siempre con sus cautelosos pasos de mujer tímida, Mercedes volvió a sonreír estremeciéndose toda ella de cabeza a pies, con una nerviosa sensación de regocijo y frío.
Durante algunos momentos estúvose queda, prestando oído atento, convenciéndose de que estaba sola y de que nadie volvería a quebrar el hilo de sus meditaciones. Pensó en Roberto, en los incidentes de la última cita, en los que acaso habían de salpimentar y embellecer la entrevista próxima...
El prodigioso secreto de abultar las cosas más insignificantes y restar importancia a lo realmente considerable y digno de ser tenido en mucho; el saber imprimir interés, novedad y pique novelesco a lo trivial, mientras se permanece en las situaciones extremas brazo sobre brazo, sonriendo a la muerte con esa tranquilidad admirable que infunde la inconsciencia del peligro; eso de olvidar lo repugnante, lo deforme, para mejor aquilatar la parte bella de los hechos, o de dulzurar las pesadumbres arropándolas en las consoladoras medias tintas de una suave poesía melancólica; esas sutiles metamorfosis psicológicas, esos trueques de sentimientos de tristes en regocijados y de alegres en nostálgicos; pero con una nostalgia que tiene algo de convencional, puesto que sólo produce una voluptuosa sensación de sufrimiento que nunca llega a la cruel mordedura del verdadero dolor; todo eso, tan delicado, tan altamente artístico, forma la felicidad inimitable de los veinte años. Cuando la inocente niñez deja de sonreír entristecida por los primeros balbuceos pasionales de la ardiente mocedad, el mundo se transforma y una nueva existencia saturada de perfumes jamás aspirados, de lejanías nunca vistas y de tiernos arrullos no escuchados, surge de la vacía existencia infantil. La retozona pubertad acaricia los nervios con lúbricos cosquilleos, la sangre corre bajo la piel inspirando una necesidad perentoria de luchar, de emplearse en algo; por las noches, en el silencioso recogimiento de los dormitorios que abrigaron la desvalida niñez, que acaba de pasar, se oye el recio bataneo cardíaco y los oídos zumban, aturdiendo el cerebro del adolescente con murmujeos extraños, cual si aquella sensación, puramente física, fuese el eco con que responden las alcobas honradas al lejano desconcierto de las pasiones... Y entonces es cuando por primera vez reconoce el joven que hay bajo el virtuoso techo del hogar paterno algo inexpresable que ahoga. El sol agostador del Deseo asciende lentamente, vistiendo el porvenir de púrpura y recamando el cielo añilado de la esperanza con cirrus que fingen caderas y voluptuosos contornos de mujeres desnudas; el vaho de las pasiones represadas sobajea la piel con efluvios magnéticos, la brisa susurra entre el boscaje vecino cantos de amor. Todo vibra en nosotros, todo conmueve intensamente, hablándonos un lenguaje sólo para nosotros comprensible: la alondra que trina en el espacio saludando los risueños resplandores del amanecer, la campana de la ermita que dobla, recordando con sus místicas vibraciones la celebración de la primera misa; las cigarras que cantan bajo los hierbajos durante las horas abrasadoras de la siesta; el búho que interrumpe con su grito fatídico el silencio hierático de los bosques; y de igual modo y aun en los momentos más diversos; los acordes de una música, la lectura de unos versos que responden a cierto estado de nuestro espíritu, el perfume que esparcen tras sí los vestidos de una mujer que pasa... todo interesa, y las impresiones resuenan dentro del alma con eco solemne, como retumban los ruidos del mundo en los ámbitos de las majestuosas catedrales antiguas.
Ésta era la turbulenta crisis psicológica porque atravesaba el espíritu de Mercedes.
Su niñez se había deslizado tranquilamente, sin hermanos con quienes jugar, sin amiguitas, siempre encerrada en casa, libre de esos menudos divertimientos que llenan la amariposada existencia de los niños. Al colegio no fué nunca; doña Balbina la enseñó a rezar, luego aprendió con su padre a leer, escribir, un poquito de geografía y de historia, con algo de aritmética y de ciencias naturales; y mucho más tarde estudió el piano con una profesora francesa que daba lecciones a domicilio. Los primeros años de su vida dejaron en Mercedes muy pocos recuerdos: siempre veía la misma escena, el mismo cuadro, silencioso y tranquilo; a Gómez-Urquijo encerrado en la modesta habitación que le servía de despacho, sentado delante de una mesita, escribiendo con los ojos muy abiertos y la mirada inmóvil del hombre que mira cosas distantes; y a doña Balbina trajinando por la cocina, ora encendiendo la lumbre, ora fregando cacerolas y platos, o bien en el comedor, repasando la ropa blanca que iba sacando de un gran cesto. Del semblante que entonces tenía doña Balbina, Mercedes no recordaba, sin duda, porque jamás hubo en él un rasgo vigoroso; pero sí conservaba, aunque vagamente, la imagen de su padre, con su larga melena de trovador, su nariz aguileña y su ancha frente, autorizada por el profundo pliegue vertical de la reflexión y de la cólera.
Don Pedro permanecía en su casa poco tiempo, eran muchas las noches que no dormía en ella, y algunas veces estaba ausente tres y cuatro días. Aquellos alejamientos los soportaba doña Balbina con admirable resignación de mártir, y en su rostro amargado por un gesto de conformidad y de melancolía imborrables, jamás llegó a traslucirse ningún sentimiento anormal de impaciencia o despecho. Se levantaba temprano, preparaba el desayuno, iba y venía por las habitaciones barriendo, sacudiendo el polvo de los muebles, charloteando con su hija que la seguía a todas partes, hablando siempre una conversación infantil de mujer sencilla que sólo está separada de la niñez por los años. Todas estas operaciones de la mecánica casera las ejecutaba doña Balbina sin reír, sin levantar nunca la voz, silenciosamente, cual si hubiese algún enfermo grave muy cerca de allí; obedeciendo, tal vez inconscientemente, a la inveterada costumbre que tenía de no interrumpir a don Pedro en sus horas de trabajo. Por las tardes, doña Balbina se sentaba en el comedor a repasar las ropas que lo habían menester, o a leer; y si allí no había bastante luz, se trasladaba a la cocina que era muy clara, o al gabinete, pero nunca al despacho, cual si temiese profanar con su presencia la majestad del santuario donde su marido escribía. Después de cenar aquella joven, envejecida prematuramente por dentro, sentaba a su hija sobre sus rodillas y rezaban juntas; luego se acostaban. Algunas veces la niña preguntaba:
--¿Y papá?
Doña Balbina respondía invariablemente con su cristiana mansedumbre de cordera:
--Trabajando, hija mía; trabajando para nosotras...
Y se dormían la una en brazos de la otra, como queriendo consolarse mutuamente de la soledad en que vivían. Entonces tenía Mercedes siete años.
Cuando Gómez-Urquijo volvía, hija y madre acudían a recibirle. Él abrazaba a Balbina, besándola apasionadamente sobre los labios, deseando compensarla en un instante de sus tristezas y desamparo: luego aupaba a Merceditas, chillándola y zarandeándola hasta conseguir ponerla de mal humor. Balbina preguntaba:
--¿Dónde has estado?
--Por ahí... mujer, trabajando; ya sabes... La brega eterna. Anoche pensé venir, pero a última hora fuí a la redacción y luego me llamaron por teléfono desde la imprenta, para la corrección de unas pruebas... ¡Ah!... Los ensayos de mi drama han vuelto a interrumpirse: creo que la noche del estreno no llegará nunca...
Doña Balbina, olvidando completamente sus propias pesadumbres, murmuraba enternecida, besándole:
--¡Pobrecito, cuánto trabajas!...
--Sí, hija mía... mucho... Diríase que mi trabajo es de los que se pagan por horas.
Y no mentía: la palidez de sus mejillas y de su frente, el pliegue desdeñoso de sus labios, el círculo violáceo que rodeaba sus grandes ojos azules, traicionaban ese agotamiento íntimo del hombre que discurrió febrilmente durante muchas horas. Luego, como artista que antes de volverse al mundo de sus quimeras quiere conocer rápidamente la realidad donde vive, preguntaba:
--¿Cómo te encuentras?
--Bien.
--¿Y la niña?
--Ya la ves, hecha un torito...
--¿Ha venido alguien?...
Generalmente la respuesta era negativa, porque Gómez-Urquijo, para ocultar la modestísima estrechez en que vivía, cuidaba de no descubrir a nadie las señas de su domicilio. Después de aquel breve interrogatorio, don Pedro solía sacar del bolsillo un periódico que entregaba a su mujer:
--Toma y no lo pierdas...
--¿Qué es?...