Chapter 9
--Muy brillante... Hemos tenido la visita de Huberto Martholl.
--¡Ah, ah! ¿ya? No pierde su tiempo ése; sospecho que tiene sus motivos... ¿Se conserva siempre hermoso? ¿Tú no dices nada, María Teresa?
--¡Sí, querido papá! En efecto, encuentro muy bien a Huberto Martholl, y ¿no tengo razón?--interrogó la joven con una linda sonrisa.
--Mi querida María Teresa, creo que no debemos ver las cosas del mismo modo. Si algún día tengo necesidad de examinar a fondo la personalidad del señor Martholl, no será seguramente por ese lado por el que miraré... ¡Ah! preveo que esto sucederá dentro de poco tiempo; ¡está muy apurado ese joven! Puede ser que también sea tu opinión, chicuela... ¿Qué debo contestarle? Tú me lo dirás ¿no es cierto?
Hubo un silencio. El señor Aubry se recostó en una poltrona; luego, al cabo de algunos minutos, exclamó, desperezándose:
--Hijas mías, estoy muy fatigado; he tenido hoy un trabajo considerable; he hecho a la vez de patrón y de obrero. Este diablo de Juan, demorándose en venir, me recarga la tarea. Es que él solo se ocupa de todos los asuntos, y su ausencia prolongada empieza a molestarme.
--¿Y por qué no lo llamas, amigo mío? Haces mal en fatigarte de ese modo.
--Querida mujer, por la sencilla razón de que Juan tiene que terminar un buen trabajo en Alemania. Además--añadió sonriendo el señor Aubry,--hago cuestión de amor propio el pasarme sin sus servicios, de otra manera, ¿no sería confesar que ya no soy capaz de dirigir los asuntos?
--Nunca creeremos eso, Pablo--dijo cariñosamente la señora Aubry,--pero es posible que te hayas acostumbrado a trabajar menos, desde que sabes que puedes confiar en Juan.
--No, no, ese muchacho es más entendido que yo; el discípulo ha sobrepasado al maestro; hoy, dirige todo, te lo aseguro; en estos últimos meses ha tenido una idea de fabricación casi genial.
--¡Qué entusiasmo, papá querido!
--Digo la verdad; Juan es el alma de la fábrica, y me felicito de ello.
Hacía algunos minutos que la señora Aubry miraba atentamente la cara de su marido, en la que se revelaba una profunda tristeza.
--En fin--aconsejó,--no te fatigues; te encuentro algo cansado desde hace algunos días, sobre todo hoy...
--¡Bah, bah! esto no es nada, la comida me confortará; no vayas ahora a ponerte cavilosa.
Diciendo estas palabras, el señor Aubry tomó afectuosamente el brazo de su mujer y la mano de su hija, como cuando era pequeña, y agregó alegremente:
--¡A la mesa, hijas mías!
Por la noche, cuando María Teresa se retiró a su cuarto, se instaló cerca de la chimenea, con un libro; pero su espíritu volaba lejos de lo que trataba de leer. Pensaba en los incidentes de la tarde, en su impaciencia, que no había podido disimular, de volver a ver a Huberto, y en el placer mezclado de angustia que había experimentado al encontrarlo siempre encantador, enamorado, amable, ¡pero tan frívolo!... Por turno se presentaron a su imaginación las caras amigas de las Blandieres, de Platel, de la señora d'Ornay. La de Bertrán Gardanne le trajo bruscamente a la memoria las palabras de Huberto, dando razón al huésped de los archiduques. «En el gran mundo no encontramos ya, había dicho, más que advenedizos, gente enriquecida en el comercio y en la industria.»
¿Entonces Huberto no daba su estimación a los que llegan a la fortuna por la inteligencia y la labor?... Ella, que había sido educada en el culto del trabajo y de la energía individual, ella, que admiraba la obra de su padre, se había sentido ofendida por aquella disposición de espíritu de Huberto. ¿Por qué hablaba con tanto desprecio de cosas respetables y nobles? Si la amaba, verdaderamente, debía haber comprendido cuánto esta manera de pensar lo alejaba de ella. Su padre ¿no era el tipo perfecto del caballero? Y la fortuna que había ganado ¿no era más honorable aún por haber sido ganada en la industria con su propio trabajo? Pero no, aquéllas eran palabras al aire, de esas palabras insignificantes de que están sembradas las conversaciones sociales.
--Es imposible--se repetía, queriendo convencerse a toda costa,--que un ser inteligente como Huberto, no prefiera el hombre formado por su propio mérito al «inútil,» cuyo único bagaje consiste en una línea de abuelos o bien de una serie de herencias sucesivas.
Luego, poco a poco, olvidó este motivo de discordia y dejó volar su fantasía recordando las manifestaciones del amor que el joven parecía sentir hacia ella.
XI
La señora de Blandieres era muy amiga de infancia de la señora Aubry. Huérfana y sin fortuna, se había casado muy joven con Héctor de Blandieres, coronel retirado de caballería. Durante doce años tuvo que dedicar sus cuidados a su anciano marido y a sus dos hijas, llevando una vida monótona e incómoda, pues el coronel, a causa de la gota, que le sobrevino con la edad, había adquirido un carácter agrio y mostraba gustos difíciles.
La muerte de su marido la libró de tales incomodidades. Deseando huir de un lugar donde tanto había sufrido, abandonó el castillo de Blandieres, lo vendió, y fue a instalarse en París, con la firme intención de indemnizarse de los tristes años que había pasado. Arrendó un hermoso departamento en la calle General Foy, y terminado su período de luto, se lanzó al mundo con frenesí.
Independiente, linda, rica y elegante, se vio en seguida bien estimada y solicitada. Esta existencia de placeres la absorbió completamente. Visitar mucho y recibir más aún, fue su única ocupación; sentía por la vida social, verdadero fervor.
Ocupada únicamente de los ritos, ceremonias y prescripciones que rigen las obligaciones de una mujer que quiere brillar en la carrera difícil de alternar en el gran mundo, disipaba su fortuna para alcanzar este fin; pero la disipaba alegremente, y encontraba la recompensa de sus esfuerzos en las crónicas de los diarios relatando sus paseos y sus recepciones; las líneas de elogios de los ecos sociales la halagaban, aunque, a menudo, era ella misma quien pagaba la inserción. Esta consideración, completamente secundaria para ella, no amenguaba su satisfacción.
La noche de la tertulia, anunciada algunas semanas antes en la casa de la señora Aubry, los salones de la señora de Blandieres presentaban un magnífico aspecto, y la alegría era ya grande cuando los Aubry llegaron. La primera persona que María Teresa percibió, fue a Huberto, quien, semioculto detrás de una tapicería de Beauvais, no quitaba los ojos de la puerta de entrada. La joven se sintió lisonjeada al verse así esperada.
Martholl avanzó hacia ella en el momento en que, habiéndose quitado el amplio abrigo de pieles, apareció, fresca y luminosa, con su vestido de tul pálido.
--¿Sería indiscreto si le rogase que me reservara todos los valses?--preguntó él, ofreciéndole el brazo.
--Sería algo más que indiscreto, y yo no puedo autorizar semejante monopolio--respondió sonriendo María Teresa.--¿Cree usted que no encontraré tan buenos bailadores como usted entre todos esos jóvenes?
--No es como bailador, por lo que yo pido la preferencia. Usted sabe bien por qué espero bailar con usted sola esta noche...
Y mientras hablaba, con una presión suave de su brazo, sobre el cual se apoyaba la mano de la joven, la atrajo hacia él. María Teresa, turbada, trató de separarse un poco.
Huberto continuó:
--¿Quiere usted que la lleve donde están sus amigas? Hay allá, al extremo de los salones, un rincón florido en el que esas señoritas han establecido su cuartel general. Están hermosísimas esta noche; Mabel d'Ornay deslumbra; pero usted va a eclipsarlas; está usted maravillosa con su toilette.
--Vaya--dijo María Teresa con coquetería,--no me haga tantos cumplimientos al empezar la noche, no tendría nada que decirme a las dos de la mañana.
--Tiene usted muy pobre idea de mi imaginación; ¿le parece que tan pronto quedaré agotado? Además, la admiración que tengo por usted me hace capaz de ejecutar variaciones sobre este tema durante interminables días e interminables noches.
--¿El talento de Scheherazade sería escaso al lado del suyo, entonces?
--No, pero compadezco sinceramente a esa pobre persa que tuvo que hablar durante tantas noches sin contar con los mismos motivos de inspiración que yo.
Hablando así, llegaron ante el grupo formado por las jóvenes. Estas hacían por disimular en sus labios una sonrisa burlona al ver avanzar a María Teresa con Huberto.
--¡Qué suerte!--exclamó Alicia con su voz aguda,--¡al fin llega! Querida mía, si usted no hubiera venido, Martholl habría pasado la noche entre las cortinas. ¡Hace más de una hora que se ocultaba bajo las mamparas, acechando a los que llegaban, y como no la veía entrar a usted, empezaba a poner una cara!...
--¡No es muy amable para nosotras semejante conducta!--protestó Juana, igualmente indignada de la defección de un compañero tan envidiable.
--El grupo encantador que ustedes formaban no estaba completo--explicó Huberto.--Yo esperaba a la señorita de Chanzelles para traerla con ustedes.
--Por su buena intención, yo lo perdono--dijo Diana pegando ligeramente con el abanico en el hombro del joven.--¡Pero cuidado con hacerlo otra vez! Señoritas, perdónenlo ustedes también; con Martholl nadie puede enojarse en una noche de baile: la que él no invitase, quedaría demasiado castigada.
Y como el preludio de un vals se hiciera oír, una por una las jóvenes se alejaron del brazo de sus respectivos compañeros. María Teresa y Huberto no tardaron en quedar solos.
--¡Al fin!--dijo el joven,--al fin ha llegado el momento que yo esperaba con tanta impaciencia. ¡Tengo tantas cosas que decirle! ¿No quiere usted escucharme? No me mire con ese aire de altiva indiferencia; usted sabe bien que yo la amo. ¿Recuerda sus palabras, cuando me marché de Etretat? «En París, le diré si usted debe esperar...» Ya estamos en París, puede, pues, contestarme. Me es imposible seguir viviendo así. Mi primera idea fue pedir a mi madre que fuese a hablar al señor de Chanzelles, pero he tenido miedo; usted no me había autorizado a hacerlo. Dígame, se lo ruego, si consiente usted esa gestión... Deseo que usted misma me conteste. ¿No comprende cuán desgraciado soy esperando indefinidamente?...
--No podemos quedarnos en este rincón aislado--murmuró María Teresa levantándose,--entremos en el salón.
Luego, volviendo hacia Huberto su cara sonriente:
--Para que tenga usted paciencia, le concedo este vals.
Pero Huberto continuaba:
--Usted no se librará de mi demanda importuna con el don de un vals. No la dejaré esta noche sin haber obtenido una respuesta cierta.
Y de nuevo, oprimía contra él el brazo de la joven.
Cuando llegaron al umbral de los salones iluminados a giorno por globos eléctricos revestidos de flores, Huberto la enlazó y la arrebató en vertiginosos giros, al son de una orquesta de zíngaros.
En su vestido de tul que la envolvía como una nube, esfumando graciosamente sus formas finas y puras, María Teresa estaba interesantísima. Las palabras que le murmuraba Huberto le daban una animación, un brillo insólito; atraía todas las miradas. Además, los dos jóvenes formaban una pareja tan encantadora, que todos se detenían para admirar la flexibilidad y la gracia de sus movimientos.
La joven, al sorprender las miradas de sus amigas fijas en ella, presintió que le envidiaban aquel novio probable, y esto no la contrarió. Por lo contrario, experimentó cierta satisfacción, como si la circunstancia de que Martholl gustase de ella la hubiese hecho superior a las otras jóvenes allí reunidas. Eran ideas que nunca se le ocurrían, pero que, en aquel instante, bajo la influencia de aquel ambiente tendían a impresionarla en favor de Huberto.
Él también gozaba de aquel homenaje rendido a la mujer que había elegido.
Así, en el corazón de ambos, la vanidad, satisfecha de excitar envidia, contaminaba un poco el amor naciente. El contacto del mundo ejerce presión o turba las inclinaciones del sentimiento.
Bailaron varias veces, pues Huberto no quería alejarse de María Teresa, como para afirmar los derechos que esperaba obtener. La joven se apercibió pronto que se cuchicheaba sonriendo cuando ellos pasaban; pero, enervada por el placer y mecida por el ritmo de los valses, oía complacida los ruegos que renovaba Huberto, sin fijarse que mostrándose siempre juntos durante toda la noche, daban lugar a la maledicencia.
En aquel momento, no se explicaba su indecisión en acceder a las súplicas de Huberto. Ninguno de los jóvenes que la rodeaban tenía su elegante presencia. ¿Qué más podía pedir? ¿No sería muy agradable pasearse por el mundo del brazo de tal marido? Diana tenía razón; era verdaderamente chic.
En los momentos en que se preparaba el cotillón, alguien vino a decirle a Huberto:
--La señorita Alicia de Blandieres lo espera en el salón azul.
Huberto se aproximó a María Teresa.
--Alicia de Blandieres me hace llamar, probablemente para dirigir el cotillón con ella. Yo me niego. ¿Quiere usted permitirme que pase a su lado el final de la noche?
--¡Eso no estará bien hecho! ¿no recuerda usted que dijo a Alicia, cuando lo invitó, que no podría asistir al cotillón?
--Sí, pero he cambiado de parecer. ¿Cree usted que yo voy a privarme del placer de quedarme a su lado durante algunas horas más por no contrariar a esa joven que tiene el aplomo de forzar el consentimiento de las personas?
Entonces ¿por qué le hizo la historia de que tenía otra invitación para esta noche?
--Para no prometerle una cosa que yo esperaba obtener de usted. Suponía que de entonces acá se le habría pasado su propósito; pero parece que cuando tiene algo en la cabeza...
Fue interrumpido; Alicia venía hacia ellos:
--Ha sido muy amable usted, Martholl, en no haberse ido. ¿Es María Teresa quien ha sabido retenerlo tan bien? ¡Mis felicitaciones, querida! ¿Sería indiscreta pidiéndole que me cediera su inseparable caballero? Supongo que también el cotillón ha influido para que se quedase, pues yo le había prevenido que contaba con él. Vamos, una buena voluntad y cédame a este apreciable Martholl; yo devuelvo siempre las cosas prestadas; lo tendrá, pues, para algunas figuras, ya que parece interesarse tanto por él.
María Teresa había palidecido. El tono burlón con que Alicia había declamado su singular petición, la sorprendió de tal manera que no encontró nada que contestar. Huberto, irritado por aquella salida, dijo bruscamente:
--Señorita, si bailar con usted es un impuesto que usted establece sobre sus huéspedes, no tengo más que dejarme ejecutar, pero siempre contando con que la señorita de Chanzelles que ha aceptado mi invitación, quiera desligarme de mi compromiso.
María Teresa, que se había repuesto, lo interrumpió para decir, serena y fría:
--¡Excúsese usted, querida amiga! pero no presto al señor Martholl; lo guardo por toda la noche, y sin duda, por mayor tiempo aún. Me alegro mucho de que, gracias a su falta de tacto, usted sea una de las primeras en saber una cosa que le causará placer, indudablemente: el señor Martholl y yo somos novios...
Alicia, estupefacta al oír esta nueva, no encontró nada que decir. Confusa, balbuceó algunas vagas felicitaciones; luego, pretextando urgencia, se fue a buscar otro compañero, no sin esparcir inmediatamente la gran noticia.
Cuando María Teresa y Huberto quedaron solos, se miraron, estupefactos a su vez. En él, pronto estalló un sentimiento de triunfo; en ella, una turbación infinita. Gracias a la intervención de aquella extraña Alicia, María Teresa acababa de comprometer su palabra. ¿Por qué tan ligeramente? Ella sentía crecer en su corazón un vago remordimiento al pensar en el mezquino móvil que la había impulsado a realizar aquel acto tan grave. Estaba confusa y asustada de su decisión.
Huberto temía casi un arrepentimiento de la joven, no explicándose bien cómo un incidente tan fútil, frisando en lo ridículo, había provocado bruscamente la declaración que él solicitaba.
Y permanecían allí, mudos y molestos los dos, sin alegría, sin felicidad, aturdidos y desconcertados.
El enjambre de parejas que se instalaban para el cotillón, obligándolos a moverse, los libró en parte de su perplejidad. En la algazara de las solicitudes de baile, de la remoción de sillas, de los primeros acordes del interminable vals, Huberto murmuró, al fin, algunas palabras de gratitud:
--Usted acaba de hacerme muy feliz, mucho más feliz de lo que podría imaginarse. ¡Gracias, María Teresa!
Entonces ella balbuceó, ruborosa, oprimida la garganta:
--Su señora madre puede ir a ver a mi padre.
* * * * *
En la oscuridad del cupé, María Teresa, temblorosa todavía, contó a su madre, excusándose, lo que había ocurrido. La señora Aubry comprendió el motivo que había impulsado a su hija a proceder con tanta precipitación. Lejos de hacerle ningún reproche, la estrechó con ternura, diciéndole:
--Supongo que no lamentas nada...
--No, mamá querida. Esta noche me había dado cuenta de que no podía prolongar más tiempo aquella situación. Huberto exigía una respuesta definitiva; este incidente no ha hecho, pues, más que adelantarla un poco. Ciertamente, me habría gustado que las cosas hubieran pasado de otra manera; ese brusco consentimiento, lanzado como desafío a la pobre Alicia, nuestra actitud confusa, todo aquello fue torpe, si no grotesco. Pero, ahora, deseo una cosa que, espero, tendrá tu aprobación; es que nuestro noviazgo dure varios meses.
--Eso depende exclusivamente de tu voluntad, hija mía, yo no tengo para qué intervenir. Será como tú quieras.
María Teresa inclinándose hacia su madre y besándola con efusión dijo:
--¡Qué buena eres, mamá mía!
Cuando el coche entraba por la puerta principal del hotel, María Teresa se asomó a la portezuela. El señor Aubry había abandonado el baile mucho antes que su familia; pero sin duda trabajaba todavía, porque la ventana de su gabinete se destacaba iluminada en la oscuridad del gran patio.
--Papá está despierto--dijo María Teresa--voy a prevenirlo; ¡cómo se va a emocionar!
--Tanto como yo, querida mía--dijo la señora Aubry estrechando cariñosamente a su hija.
XII
Huberto aguardaba el regreso de su madre que había ido a pedir la mano de María Teresa. Se paseaba por el salón fumando y empezaba a impacientarse. Aunque no abrigaba inquietud alguna, estaba deseoso de conocer la impresión de su madre respecto a María Teresa y de su familia. Para él esa opinión tenía gran peso.
A fin de calmarse, calculaba que la distancia era grande entre el Luxemburgo y la calle de Artog, donde vivía la señora Martholl, y que, en suma, aquella tardanza no podía ser sino de buen augurio, dado que la visita se prolongaba.
La señora Martholl, de la familia Reversy-Jollambeau, tenía gran influencia sobre su hijo. Orgullosa y altiva, creía identificar en su persona las clases «elevadas y superiores.» Por esto mismo se atribuía el derecho de imponerse a todos, y estaba persuadida de que personificaba el buen tono.
No faltaba mucho para que se considerase como una rueda esencial en el mantenimiento del orden social. Teniendo numerosas relaciones, las conservaba como si hubiera sido un deber de Estado; juzgaba haber cumplido ampliamente los deberes de caridad que le incumbían cuando había inscripto su nombre en la lista de las damas del patronato de todas las obras que podían gloriarse con su ilustre presidencia. Sin embargo, hacía todo con benevolencia, pues el mundo, para ella, se componía casi únicamente de personas inferiores.
Viuda de Patrick Martholl, consejero de Estado del segundo Imperio, había educado a su hijo de una manera singular, cultivando su egoísmo natural. Toleró sus distracciones elegantes en cuanto podían hacerlo interesante a los ojos del mundo; pero se mostró de una severidad extrema respecto a la elección de sus relaciones y al cumplimiento de los deberes exteriores que correspondían, según ella, a un joven de su rango.
Sobre el matrimonio, particularmente, sus ideas eran bien definidas; Huberto las conocía, y aprobaba la línea de conducta que desde muy antes ella le había trazado. La señora Martholl exigía que su nuera tuviera por lo menos seis mil pesos de renta. Era también necesario que perteneciera a una familia conocida, noble, tanto como fuera posible, en todo caso, de una honorabilidad perfecta. Además debía ser linda, distinguida, bien educada, obediente y piadosa.
Huberto, que trataba a muchas señoritas, comenzaba a desesperar de encontrar la mujer soñada por su madre, cuando, en Etretat, halló este ideal en María Teresa. Seducido desde un principio por su gracia, se informó de la posición de su padre, y habiendo sabido que María Teresa respondía absolutamente, en cuanto a fortuna y a honorabilidad, al programa que le había sido impuesto por su madre, se apresuró a su regreso a hablarle de ella con entusiasmo; la señora Martholl se interesó de su noviazgo y casi conquistada, se sometió de buena gana a dar los pasos oficiales acerca del señor Aubry de Chanzelles.
Al sonar la campanilla que anunciaba el regreso de su madre, Huberto se apresuró a salir a su encuentro. Era una señora flaca, alta, fría y pálida. Vestida siempre de negro, aparecía imponente.
--¡Y bien! madre, ¿está usted contenta? ¿le gusta a usted la joven? ¿ha sido bien recibida por sus padres?
--Habría sido sorprendente--dijo ella sentándose en un alto sillón, cuya forma rígida armonizaba con el aspecto altivo de su persona,--que no hubiera sido bien recibida nuestra demanda. La contestación es conforme a tus esperanzas, hijo mío.
--¿Cómo ha encontrado usted a María Teresa y a los Chanzelles?
--La señorita María Teresa me ha gustado, es distinguida y no se parece, convengo en ello, a todas esas jóvenes alocadas de hoy. La familia es bien honorable; pero vas a tener una decepción: su situación pecuniaria no es tan hermosa como tú imaginabas.
--¡Ah!--dijo Huberto inquieto--¿hay diferencia grande entre mis cálculos y la realidad?
--La fortuna del señor Chanzelles está colocada en negocios, y no puede dar a su hija más que sesenta mil pesos en dinero efectivo; pero le pasará una renta anual de tres mil pesos. Importa ahora saber si la casa Aubry es bastante sólida para garantir el pago regular y continuo de la renta prometida. El señor de Chanzelles me ha expresado también su deseo de que no permanezcas desocupado. Esta petición me ha sorprendido; le he hecho observar que las dos fortunas de ustedes reunidas, les asegura la independencia, pero he agregado, sin embargo, que tú consentirías de buena gana en aceptar una ocupación, en relación con tus gustos y las ideas que profesamos al respecto. No le he ocultado que con el Gobierno actual la política es carrera cerrada y que tengo horror a los negocios, porque los considero como aventuras y no estoy dispuesta a permitir que se juegue con nuestro nombre. He tomado ya informes sobre la casa de Aubry; hasta ahora no he descubierto nada que no le sea favorable; pero hay que continuar la información; en esta clase de asuntos nunca hay demasiada prudencia.
--Es cierto; pero yo amo a María Teresa y, al casarme, no contraigo únicamente un matrimonio de conveniencia.
--Comprendo que te gusta esa joven y apruebo tu proyecto de hacerla tu mujer; pero, tú lo sabes como yo, si no aporta con su dote tanto como tú, la vida os será difícil y no podrán mantener su rango. ¡Se necesita tanto dinero hoy para figurar en nuestro mundo! Aparte de esta restricción, no tengo ninguna objeción que hacer; esa joven te conviene mucho. Te pido, pues, hijo mío, que te procures informaciones serias sobre esa cristalería que representará una parte importante de la renta de ustedes.
--Puede usted estar tranquila, madre; un matrimonio mediocre no me convendría, y aunque María Teresa sea bastante seductora para justificar una conducta irreflexible, seré circunspecto. Por lo demás, lo repito, mi decisión no data sino del día en que me informé de la solidez de la casa Aubry.
Huberto tomó la mano de la señora Martholl y llevándola a sus labios, añadió:
--Sólo me resta agradecerle a usted sus gestiones.