Chapter 8
Los Aubry de Chanzelles habían regresado a París hacía un mes. Ocupaban un antiguo palacio de la calle Vaugirard. Las dimensiones de las piezas, la altura de los techos, la tranquilidad del vasto patio, donde una discreta hierba verdeaba el pavimento, y sobre todo, la fachada del Sur, frente a los jardines del Luxemburgo, hacían atrayente esta mansión.
A pesar de toda la calma de María Teresa, el tiempo que medió entre el día de llegada y el miércoles en que debía recibir a Martholl, le pareció largo. ¿Qué corazón de joven no se sentiría turbado por la esperanza del amor entrevisto?
Este primer día de recepción, tan impacientemente esperado, llegó por fin.
Hacia las tres, la joven, sola en el salón, gozaba anticipadamente del placer que debía causarle la visita de Huberto. ¿Cómo lo encontraría? ¿Siempre enamorado a pesar de las semanas de separación? ¿Y si no venía? Esta última idea la tenía ansiosa; consultaba la hora con inquietud.
Para disipar su enervamiento, se acercó a una ventana, levantó la cortina de antiguo guipur, y miró hacia el jardín que se extendía ante ella.
En aquel día de sol de diciembre, nada había revelado el invierno ni la Naturaleza adormecida, tan verdes se conservaban la hierba y las plantas, si los árboles no alzaran al cielo sus ramas despojadas, como esqueletos descarnados. Una luz clara esparcía sus rayos, y las avenidas hormigueaban de niños alegres, primavera de carne en aquella estación atrasada. Las hojas secas cubrían de manchas amarillas y oscuras la arena de los caminos. Las niñeras adornadas con cintas de mil colores, llevaban bajo sus largas capas el dulce peso de los bebés, en tanto que las siluetas pálidas y quebradas de los viejos, paseaban sus cuerpos fatigados al tenue ardor de aquel sol de diciembre. Era un cuadro pintoresco que bien podía haber distraído el espíritu de María Teresa del pensamiento que la absorbía; pero la contemplación del Luxemburgo no calmaba su impaciencia. Sus miradas seguían con frecuencia los coches que surcaban la calle, y si alguno de ellos parecía querer detenerse delante de la puerta de su casa, la joven sentía latir su corazón un poco más ligero.
Un buen rato hacía que estaba allí cuando Diana entró silenciosamente en el salón. Se aproximó a un espejo para contemplar el efecto de su vestido de tela roja bordada, pasó una mano ligera sobre sus negros cabellos, y volviéndose hacia su prima, que no la había sentido:
--Y bien ¿qué haces en ese puesto de vigía?--le dijo.
María Teresa se estremeció como sorprendida en falta, pero reponiéndose:
--¡Hola! ¿eres tú, Diana?--respondió sin moverse de su observatorio.--Entras como rayo de sol, sin hacer ruido...
--¿Y qué ves venir?
--¡Nada!
--Espías simplemente la llegada del que esperas.
María Teresa, un poco abochornada, se ruborizó. Entonces Diana se aproximó a ella, pasó un brazo alrededor de su cintura, y miró, a su vez, hacia afuera.
--¿De qué lado debe venir el hermoso Martholl?
--¡Pero si es probable que no venga!--murmuró María Teresa, descontenta de haberse traicionado ella misma, por su impaciencia de ver a Huberto.
--¡Eh!--dijo Diana con incredulidad.--¡Que Martholl se olvide de venir, he ahí, estoy segura, una cosa que tú no temes que suceda! Es fácil prever que se hará anunciar al sonar las cinco.
María Teresa recorría el salón simulando ocuparse en arreglar las cosas; removía las flores en los jarrones, cambiaba de sitio los bibelots, levantaba los almohadones de seda. Se aproximaba a la mesa de té, donde el lunch estaba preparado, y exacerbada de ver a Diana inmóvil en su puesto de observación, la llamó:
--Ven a ayudarme un poco, en vez de escudriñar la calle. ¿Ha regresado tu hermano?
--Sí, anteayer.
--¿Y está contento de su viaje a Austria? Parece que no tardó en plantar en el camino al estudioso Juan.
--Ha hecho una gran vida, y ha sido presentado a varios Archiduques.
María Teresa se sonrió.
--Entonces estará maravillado de aquel país.
--¡Perversa!
--No, de veras, me alegro que Bertrán se haya divertido tan fácilmente; es de los que gozan con todas esas pequeñas satisfacciones de vanidad... ¡Cuánto los envidio!
--¡Que tú puedas envidiar a alguien, por el momento, es algo que no se explica!
--¿Por qué?
--Porque tienes en perspectiva todo lo que se puede ambicionar.
--Puede ser...--murmuró María Teresa, distraída.
Su mirada erraba por el salón; de pronto, designando sobre una consola Luis XV, un jarrón de cristal verde incrustado de oro, que sostenía un gran ramo de violetas de Parma, exclamó:
--¡Mira qué linda copa!... Juan acaba de mandármela de Bohemia.
--A propósito, ¿qué se hace tu Juan? ¿No lo veremos nunca?
--Está aún en Alemania. Creo que le gusta aquel país, porque no habla de volver. Jaime fue a visitarlo, y nos escribe que lo encontró muy atareado. Mañana, Jaime estará aquí; si deseas otras noticias, él te las dará más frescas.
--Gracias; la salud de Juan no me inquieta; apostaría que se nos va a presentar con alguna Gretchen; hay que ser alemana para consentir en llamarse señora Durand. Es como para afligir: ¡señora Durand! ¡mamá Durand!
--Todos los nombres pueden ser ridiculizados así... ¿Entonces tú, para casarte, tendrás en cuenta el nombre que llevarán tus tarjetas?
--La verdad es que no me gustaría dejar de ser Diana Gardanne para convertirme en la señora Durand, la señora Dupont o la señora Boucher; se me figura que tendría un aire de vulgaridad espantosa.
--Pues yo, cuando he soñado en las cualidades que pudiera tener mi marido, nunca he formulado el deseo de que esté adornado con un nombre decorativo. ¡Ahí viene mamá!
--¡Buen día, tía!--exclamó Diana.
--Buen día, querida mía--dijo la señora Aubry, besando a la joven.--¿Veré hoy a tu madre?
--No, tía; mamá está con jaqueca, como siempre; pero Bertrán vendrá a buscarme.
La puerta del salón se abrió. Dos señoras ancianas, vestidas de negro, entraron discretamente. Eran dos parientas de provincia, a quienes la señora Aubry acogió con afectuosa amabilidad. Casi en seguida, el criado introdujo a Huberto Martholl.
Diana se inclinó hacia su prima, murmurando, con aire de triunfo:
--¿No te decía que vendría hoy?
María Teresa, un poco turbada, la escuchó apenas. Seguía con la mirada a Martholl que, siempre elegante y correcto, se inclinaba profundamente ante la señora Aubry. La joven se sorprendió de que no se precipitase hacia ella, y al mismo tiempo comprendía que esta exigencia de su emoción, era incompatible con las reglas del trato social. ¡Qué extraña naturaleza se descubría! Ella misma había calmado el ardor de los sentimientos de Huberto, un mes antes, y ahora habría querido que manifestase su antiguo entusiasmo. Experimentaba una decepción en vez de una alegría, como si se desilusionara al verlo bajo aquel aspecto de visitante correcto y dueño de sí mismo.
Después de algunos instantes, consagrados a la señora Aubry, Martholl pasó a saludar a María Teresa; ésta, por un esfuerzo de voluntad, recobró su calma habitual, y el apretón de manos que se dieron, fue perfectamente trivial. Felizmente, Diana, viva y cordial, hizo desaparecer pronto la turbación que se había producido entre ellos. Los llevó al salón chico, bajo pretexto de que la conversación interminable que la señora Aubry sostenía con sus primas de provincia, la incomodaba; instaló a Huberto confortablemente, y exclamó semiseria y semi-irónica:
--Y bien, querido amigo; denos usted pronto noticias de su corazón, ¿está en buen grado para nosotras?
--Ciertamente, más que nunca; ¿lo dudaban ustedes? Marca treinta grados sobre cero.
--María Teresa, no; ella no dudaba; pero yo, ¡dudaba!
--¡Diana!--exclamó María Teresa, realmente ofendida por la ligereza de su prima.
--Y bien, ¿no es verdad, acaso?
Para desvanecer la animosidad que sentía nacer entre las dos jóvenes, Martholl, con habilidad, se dirigió a María Teresa.
--No lamente lo que acaba de decir la señorita Diana, pues me ha hecho muy feliz.
--¿Feliz?
--Sí, señorita; porque, sin ella, quizá no habría conocido la confianza justificada que usted tiene en mí. He creído que este miércoles no llegaría nunca. Positivamente, estos dos meses transcurridos, me han parecido contener más días que los otros. ¿Saben ustedes que he experimentado una verdadera sensación de vacío después de haberme separado de ustedes dos? He tenido que violentarme para no volverme atrás, y después, sólo con un valor heroico pude resistir al deseo de ir a pasar dos días a Etretat. Pero me retenían en Valremont. Mis funciones me hacían indispensable, me vigilaban, y no me fue posible tentar la fuga.
--Sí, sí, usted dice eso; pero estoy segura de que se ha divertido mucho--repuso Diana.--¿Había mujeres lindas entre las invitadas?
--Algunas. ¿Y ustedes qué han hecho durante el fin de la estación a la orilla del mar? ¡Aquello debía estar espantosamente triste, cerrado el Casino, abandonada la playa! No conozco nada más insípido que permanecer en un centro social cuando ha llegado el momento de marcharse. En octubre, no hay nada que hacer en el mar, es la estación de la caza.
María Teresa levantó sus lindos ojos, y dijo sorprendida:
--¿Es decir que usted no se habría encontrado bien en Etretat, por la única razón de que en esa época del año, no es de buen tono quedarse? ¿Exigen los ritos de la vida social que se tenga una invitación para algún castillo, precisamente en la época de la caza?
Huberto adivinó la ironía en la sonrisa fina de su interlocutora; quedó dispensado de contestar, gracias a Diana, que exclamaba con vehemencia:
--¡Tiene razón él! ¡Aquello era un horror! ¡Cómo me he aburrido cuando se fue todo el mundo! Vivíamos como lobos; no se veía a nadie.
--Por eso mismo me agradaba Etretat--repuso María Teresa.--Me gusta la soledad, la vida contemplativa. ¡Qué descanso verse libre de los indiferentes!
--¿Es por mí por quien dice usted eso?--protestó Huberto.
María Teresa se sonrió con malicia.
--No; a usted lo habría soportado muy bien algunas horas por día. Lo que me gusta después de la estación de los baños, es esa gran calma que permite pensar, cosa que es imposible cuando uno va incesantemente de un placer a otro.
Huberto comprendió que contrariaba a María Teresa no emitiendo opiniones más de acuerdo con las que ella acababa de manifestar; consideró, pues, prudente agregar:
--Es muy cierto que cuando uno está bien instalado en su casa, con libros, el tiempo pasa ligero; además, ustedes montarían a caballo, sin duda...
--No. Como Jaime y Bertrán se hallaban en Alemania, no teníamos a nadie que nos acompañase. Nos contentábamos con dar grandes paseos a pie, y admirar las puestas de sol; eran magníficas, ¿no es verdad, Diana?
--Confieso que no tengo el alma tan poética como tú, querida mía, y que soy menos sensible a las bellezas de la Naturaleza. Yo hubiese dado de muy buena gana toda aquella belleza por una sola de nuestras buenas reuniones del Casino.
Un movimiento se produjo en el salón. Las parientas de la señora Aubry se retiraban, algo azoradas, por la llegada de algunas jóvenes, cuyas toilettes elegantes personificaban, a sus ojos de provincianas tímidas, la temible insolencia del lujo parisiense.
Las recién llegadas, Mabel d'Ornay, la señora de Blandieres y sus hijas, manifestaron gran regocijo al ver a Huberto.
--¡Qué feliz encuentro, señor Martholl!
--Justamente--dijo Alicia, cuya cara sonriente y rosada aparecía entre blondas,--justamente esta misma mañana, yo le decía a mamá, que formaba su lista de invitados para nuestro té: no olvide al señor Martholl, tengo un interés especial en que venga.
Huberto se inclinó.
--Quedo muy agradecido a usted, por su amable recuerdo, señorita.
Alicia hablaba con extrema vivacidad, y el registro de su voz se mantenía en las notas agudas; continuó:
--No me agradezca nada; mi invitación es interesada. De todos mis amigos, es usted quien baila mejor el boston; quiero dirigir el boston con usted.
Y al hablar, ponía en toda su personita una gracia risueña capaz de seducir a los más recalcitrantes, lo que no impidió que Martholl le respondiese:
--Siento, señorita, tener que declinar el honor que usted me hace; pero no podré quedarme hasta el cotillón; tengo la obligación de ir a otra tertulia.
--¡Oh, qué fastidio!--murmuró ella contrariada.
Luego, recuperando su aplomo, y acompañando su frase con una alegre risa comprometedora, añadió:
--Veremos; ya sabré yo retenerlo. Al fin de las tertulias es cuando uno se divierte más, y si en nuestra casa usted cosecha tesoros de alegría, no permitiré que vaya a gastarlos en otra parte, se lo prometo.
Huberto se contentó con decir:
--El hombre es débil, y si usted emplea armas que no se puedan resistir...
--A primera vista, esta joven de armas formidables, no presenta el aspecto de una amazona mutilada--observó Diana, indicando con un gesto el busto de Alicia, cuyas curvas se modelaban en una chaqueta de breitschwantz.
--A propósito de amazona, ¿no han ido ustedes al bosque, después de su regreso?
--No, Bertrán trabaja por la mañana, y Jaime no llegará de Viena hasta de aquí a unos días.
--¡Y yo que recorría la gran avenida todas las mañanas, en busca de ustedes!...--dijo Martholl.
--¿A qué hora va usted?
--Un poco tarde; no soy madrugador, a causa del Club. Se queda uno hasta demasiado tarde. Hay gentes que no pueden decidirse a volver a su casa; lo retienen a uno, y le impiden retirarse a hora razonable.
Mientras la juventud conversaba así, de una manera general, el criado introducía sucesivamente a Max Platel y a Bertrán Gardanne. Cada uno de los que entraba era recibido con exclamaciones alegres. María Teresa y Diana pasaban y volvían a pasar entre todos, ofreciendo tazas de chocolate, de té, y en platos de cristal tallado, muffins, pastas, dulces, bombones, y, entretanto, las frases se cruzaban, los apartes se deslizaban.
En cierto momento, con toda inocencia, Max Platel se aproximó a Huberto:
--La señorita María Teresa es una armonía viva--dijo, mientras su mirada la seguía por el salón.
El joven literato tenía razón. Desde su vestido color malva, hasta sus cabellos de oro ceniciento, todo en la joven era delicado. El timbre de su voz algo velada, acentuaba más el encanto armonioso de su persona; sólo en sus movimientos, se adivinaba la superioridad de su naturaleza fina.
En medio de todas aquellas jóvenes engalanadas y hermosas, se destacaba como una excepción, tan marcada era la expresión indefinible y casi sobrenatural que el vigor y la elevación de sus pensamientos imprimían a su fisonomía. En ese día nada era más misterioso ni más melancólico que su semblante.
Ausente, aunque presente, no escuchaba las frases que volaban en torno suyo. Apenas si, de tiempo en tiempo, les prestaba alguna atención.
Una voz sonó de pronto en una risa argentina:
--¿Cómo? ¿Platel está aquí y todavía no se le ha oído? ¡es inverosímil!
--Mabel reclama su trovador--exclamó Diana.
--¡Aquí está!--gritó alegremente Platel, avanzando hacia el círculo formado por las jóvenes.
Se sentó en un asiento bajo, casi a los pies de la señora d'Ornay, y miró curiosamente a su alrededor; lo que, visto por la linda Mabel, la hizo exclamar:
--¡Pone usted ojos de notario ejecutor, amigo mío! ¿Qué quiere usted inventariar?
El literato transportó su mirada sobre la linda persona que cubierta de terciopelo y azabache, se movía entre crujidos de seda.
--Excúseme usted, querida amiga, estoy admirando. Es la primera vez que tengo el honor de venir a casa de la señora de Chanzelles; me pongo, pues, en contacto con lo que me rodea. Es una precaución, para mí, indispensable; ciertos muebles me son tan antipáticos, que no podría verlos dos veces, y el más insignificante bibelot me abre horizontes sobre el gusto y la calidad del alma de sus poseedores.
--Y bien, está usted contento de mí, ¿volveré a verlo?--preguntó la señora Aubry, riéndose del dicho del joven.
--Sí, señora--contestó Platel, inclinándose,--estoy muy contento; hay en sus salones, en su palacio, algo mejor que el lujo justificado por la sensación del arte; está el arte mismo. Pero nunca temí una desilusión; antes de venir, sabía lo que iba a ver: la señorita María Teresa no puede sembrar sino belleza a su alrededor.
Hubo un murmullo de aprobación.
Cada uno, animado por un bienestar evidente, revelaba su satisfacción sin dejar de interesarse por sí mismo, y María Teresa continuaba circulando en medio de esta discreta animación, llevando de un grupo a otro su sutil melancolía y su soledad.
Hallándose en su casa, en medio de sus amigos, ¿qué extraño malestar la convertía en indiferente hacia los que la rodeaban? Su conversación y charla vacías le eran dolorosas. Ciertas palabras, cazadas al vuelo, resonaban en su corazón como golpes de martillo. Su primo Bertrán, provocado por la señora de Blandieres, que dirigía la conversación, con la autoridad que le daba su nombre, frecuentemente citado en los ecos del gran mundo, refería su viaje a Austria, y la acogida que le habían hecho en Viena en el mundo oficial, gracias a la recomendación de su tío Aubry para el embajador de Francia, con quien tenía relaciones amistosas.
El joven, embriagado de grandeza, narraba sus éxitos y la invitación con que había sido honrado para asistir a una fiesta dada en el castillo de Luxemburgo, residencia imperial.
Esta vida, apenas entrevista, una noche pasada entre magnates húngaros, archiduquesas y algunos príncipes alemanes, había trastornado la cabeza a este hijo de ricos burgueses, que ahora sentía un verdadero sufrimiento al contemplar la simplicidad de sus relaciones. Muy envanecido de haber respirado el aire de una sala de baile honrada con la presencia de testas coronadas, decía:
--Solamente allí puede uno comprender lo que es el mundo, porque uno se encuentra en una sociedad exclusivamente compuesta de verdaderos grandes señores.
Y haciendo un gesto de menosprecio con los labios, añadió:
--No es como en Francia, donde todas las clases están espantosamente mezcladas.
--Tiene usted razón, querido amigo--aprobó Martholl;--esto ha concluido; nunca más nos veremos entre nosotros. Lo que se llama el gran mundo, actualmente, es una aglomeración singular de «rasta cueros» y de advenedizos. Tenemos que hacer nuestro propio duelo; no hay sitio más que para los mercaderes enriquecidos. Antes, nadie era recibido en ninguna parte si ejercía el comercio. ¡Por desgracia, todo ha cambiado! El dinero hace abrir de par en par las puertas de los últimos rebeldes. Así es que no me sorprendería encontrar uno de estos días, en el gran mundo, a mi zapatero, a mi sastre y hasta a nuestros proveedores de caballos.
--¡No diga usted semejante cosa!--exclamó con indignación muy noble la señora de Blandieres, protestando en nombre de todas las señoras que, como ella, hacían profesión de tener salón abierto.
--Por eso--continuó Martholl, con gran pesar de Bertrán, que deseaba contar la historia de una cacería de ciervos, a que lo había invitado un archiduque,--por eso, en Francia, la fisonomía de los salones ha cambiado prodigiosamente. No se podrá citar uno solo donde no haya mezcla; extranjeros en todas partes, negociantes que han hecho grandes fortunas en productos alimenticios, farmacéuticos, industriales más o menos bien educados, etc... Es triste, porque desaparece la tradición de la exquisita cortesía francesa que, en otro tiempo, nos señalaba a los ojos de la Europa atenta y encantada. Se comprende: ¿qué figura quieren ustedes que haga toda esa gente salida, la mayor parte, de una trastienda? No aportan a las reuniones sociales más que un espíritu embotado por la preocupación de los negocios, y no buscan, al frecuentar los salones a la moda, sino un mercado donde aumentar sus relaciones. ¡Para escapar al contagio y permanecer entre la gente de su clase, les aseguro, hay que violentarse! El saber conservar la compostura que contiene a cierta gente propensa a la familiaridad, no es algo que conocen todos.
--¡Lo creo!... Nada más que de pensarlo, siento frío--suspiró irónicamente Platel.--¡Pobre Martholl! Lo compadezco y lo admiro, porque supongo que a fuerza de labor usted ha adquirido esa compostura necesaria, para interponer, entre usted y esos de quienes habla, una barrera infranqueable!... ¡Horrible labor, amigo mío!
Sonrisas discretas, protestas, exclamaciones, criticando o aprobando la teoría eminentemente aristocrática de Martholl, surgieron de todos lados; luego la conversación recuperó su curso tranquilo, en tanto que María Teresa sentía aumentar su malestar moral. ¿Por qué Martholl sentía tales cosas? ¿Cómo osaba decirlas? ¿De qué muslo de Júpiter habría salido su familia? ¿Qué noble genealogía de héroes o hidalgos, protegía aquel nombre de Martholl?
El resto de la conversación no fue escuchado por la joven. Un pensamiento desolador absorbía su espíritu. Pero en breve fue despertada por el alboroto de las despedidas. Promesas de volver a verse pronto, apretones de manos, actitudes coquetas, graciosas muecas, sonrisas afectuosas, todas estas manifestaciones vehementes parecían brotar de los sentimientos más sinceros.
Huberto aprovechó el momento para acercarse a ella y murmurar:
--No he podido conversar con usted; ¿cuándo volveré a verla? ¿Puedo venir antes del miércoles próximo?
María Teresa lo miraba. ¡Qué elegante era, qué seductor! A pesar de la intranquilidad de su corazón, hizo, sonriendo, un signo de cabeza afirmativo, y le tendió la mano, la pequeña mano fuerte y confiada que, si él era digno, le entregaría en breve, como esposa.
El salón, lleno de animación y alegría algunos minutos antes, quedó solitario y silencioso. Solamente los perfumes que flotaban aún en el aire tibio, revelaban el paso de las lindas visitantes.
La señora Aubry, que se había puesto a leer al lado del fuego, volviose de pronto y vio a su hija sentada en un rincón, con aire pensativo.
--¿En qué piensas?--le preguntó.--No debes estar muy fatigada de tus conversaciones durante la tarde; apenas si has hablado.
--Es cierto, mamá, estoy preocupada.
--Hace algún tiempo que me apercibo de eso, hija mía--dijo la señora Aubry con ternura.--No he querido preguntarte nada; esperaba tus confidencias.
--Tú lees tan bien siempre lo que pasa en mi corazón, que muy pocas cosas tengo que contarte, creo...
--Esas pocas cosas yo debo saberlas, sin embargo... ¿Huberto Martholl te gusta?
--Me gusta, madre querida...
--¿Y bien?
--Es que...
--Veamos, voy a ayudarte, querida mía; ¿sabes si tú le gustas a él?
--Sí... pero esta simpatía que siento por él ¿basta para que me case? No sé todavía si lo amo; me halaga ver que se ocupa de mí más que de las otras jóvenes, y me agradan mucho las galanterías que me dice. Esto es todo, por el momento.. Yo esperaba, al volverlo a ver, algo que no ha sucedido... grandes impresiones que hubieran cimentado más sólidamente nuestra atracción recíproca. Pero nada ha ocurrido, y he sentido una gran desilusión, te lo confieso, querida mamá.
--Entonces, reflexiona bien, hija mía. De la elección que hacemos, depende la felicidad de nuestra vida. En una circunstancia tan grave, no te dejes influenciar por ninguna consideración fútil. El señor Martholl parece una excelente persona, es de buena familia, reúne todas las condiciones deseables; comprendo, pues, que te guste, y si tú te decides en favor suyo, ninguna objeción tendremos que hacer, tu padre y yo; nuestro único pesar sería, sin embargo, que el señor Martholl permaneciese desocupado.
--¡También yo espero que no esté resuelto a pasarse toda la vida sin hacer nada! El Club tiene demasiada mala influencia sobre los hombres para que yo me decida a tomar un marido que no tenga otro pasatiempo.
La puerta acababa de abrirse; el señor Aubry entró. Al ver a su mujer y a su hija, una sonrisa iluminó su rostro. María Teresa se precipitó hacia él, y poniéndole su frente a besar:
--Buenas tardes, papá--le dijo.
--Buenas tardes, querida; buenas tardes, amiga mía. ¡Y bien! ¿qué tal ha estado el primer miércoles?