Incertidumbre

Chapter 6

Chapter 64,044 wordsPublic domain

--¡Si realmente no fuera un importuno, qué feliz sería! Veamos, deme usted alguna esperanza, autoríceme, por ejemplo, a decirle cosas tiernas, a seguirla a todas partes, a ocuparme de usted constantemente.

--¡Ah, qué programa! Es asustador para mí, que no sé jugar ni con mis sentimientos, ni con mis palabras. Tengo una idea demasiado elevada de la comunidad de impresiones que pueden unir a un hombre y a una mujer, para transformar nuestra joven amistad en un juego imprudente. No... no... no le permito nada todavía. Además, en este momento, casi no lo escucho, tengo los ojos deslumbrados; nada profano llega al fondo de mi pensamiento; la hermosura de este cielo me absorbe por completo.

--¿No puede usted hacer dos cosas a la vez? Sin embargo, si lo que puedo decirle le fuera agradable, ¿no cree usted que formase una armonía que completaría este maravilloso espectáculo?

--¡Qué pretensión!... ¿Quiere usted acompañar con su música de ternura las más hermosas horas de la Naturaleza?

--No tengo más que una pretensión: la de agradarle a usted. Quiero que un día, estando yo a su lado, no contemple más las puestas de sol.

María Teresa se levantó riendo, con risa forzada; las frases de Huberto empezaban a molestarla; juzgó prudente interrumpirlas.

Viendo a la joven de pie, Martholl quiso tomarle la mano, pero ella la retiró bruscamente.

--¿No me permite subir con usted a la terraza?--interrogó él.

--No; no debo escucharlo más; es bastante por hoy. Quédese aquí buscando frases nuevas; nada inspira como la caída de la tarde.

Y con una voz que la alegría y también la emoción contenida hacían temblar un poco, añadió, subiendo a la terraza del Casino:

--¡Adiós, adiós! querido flirt.

VII

El tiempo transcurría rápidamente para la alegre banda. Todos los días se organizaban nuevos paseos a caballo, en bicicleta, en automóvil o en coche. Por la noche se bailaba en el Casino o en alguna villa. Huberto no dejaba a María Teresa y acentuaba cada vez más su preferencia.

El mes de septiembre estaba ya muy adelantado, y nadie pensaba en partir de Etretat. Todos sentían alejarse después de aquella estación que había corrido tan alegremente.

Ante la inevitable perspectiva de la separación, hasta las señoritas de Blandieres se ponían melancólicas.

Una noche, en el Casino, habiéndose discutido la cuestión de la partida, Huberto se aproximó a María Teresa y le dijo con aire triste:

--No puedo habituarme a la idea de separarme de usted. Cada día me digo: ¡me iré mañana! El mañana llega, y no tengo valor. Mi madre no se explica cómo puedo permanecer aquí tanto tiempo. Había venido por quince días. Me escribe carta tras carta, llamándome. Yo debía haber ido a buscarla a Carlsbad y pasar en seguida a cazar en el castillo de unos antiguos amigos. Ha partido sola de Carlsbad; ahora está instalada en la finca de nuestros amigos, y es necesario que yo me decida a reunirme con ella. Jamás he sentido tanto pesar en dejar un sitio. No vaya usted a creer que es a causa de las diversiones de la playa; es usted, exclusivamente usted quien me retiene. De estos días pasados a su lado conservo tal impresión de encanto que no quiero salir de Etretat sin que usted me autorice a verla en París lo más pronto posible. La señora de Chanzelles ¿querrá recibirme? ¿se lo preguntará usted? Diga que usted lo desea, dígamelo para que yo no me vaya desolado.

--Mi madre está en casa todos los miércoles. Puedo asegurarle que tendrá gran placer en recibirle. En cuanto a mí, confieso que lamentaría que las agradables relaciones que hemos iniciado aquí, quedasen interrumpidas. Yo no hago amigos por tres semanas; cuando los he elegido es para siempre.

--¡Ah! ¡qué buena es usted en haberme comprendido! ¿Me permite tener esperanza, verdad?

--Le contestaré a usted a eso en París, cuando nos volvamos a ver.

--¡Qué largo va a parecerme el tiempo!...

--¿Se queja? Entonces si le diera mi despedida hoy ¿qué diría usted?

--Tiene razón, es usted muy delicada; no tengo el derecho de acriminarla.

Y antes de que pudiera impedirlo, Huberto le tomó la mano y la llevó a sus labios balbuceando en un soplo:--¡La adoro!

Aquella noche María Teresa tardó mucho en dormirse. Le parecía oír aún la voz conmovida de Huberto y las frases que había pronunciado. ¿Era, pues, verdad? ¿La amaba, ponía en ella sus secretas esperanzas? La asiduidad que había demostrado durante los meses transcurridos, su empeño en obtener de ella palabras alentadoras, todo revelaba el proyecto que perseguía. Se interrogó. ¿Le gustaba? ¡Ah, sí! Huberto era elegante, distinguido, diestro en todos los sports. Sabía que había frecuentado mucho el gran mundo, y, además, la amaba... Seguramente, consentiría de buena gana en llamarse la señora Martholl. Por otra parte, esta unión le aseguraba una existencia agradable. Una serie de placeres envidiables se presentó a su imaginación: recepciones, viajes, yachting, automovilismo; todas las manifestaciones de la vida suntuosa y sportiva parecían ser las favoritas de Huberto.

¿Por qué de improviso, sin motivo, en la fantasmagoría de los placeres que le prometía aquella unión plausible, según las leyes del mundo, se irguió una imagen un poco olvidada en el espíritu de María Teresa?

¿Por qué el recuerdo de Juan se cruzaba en sus proyectos? Por una asociación de ideas, cuya lógica no percibía, se puso a hacer la comparación entre él y Huberto, y recordó que nunca había visto en los ojos de éste, por conmovido que estuviera, el fulgor de pasión que sorprendía a menudo en las miradas profundas de Juan; no, jamás había sentido en Huberto la misma expresión de ternura profunda.

Pero ¿qué relación podía existir entre los sentimientos de afección de Juan y el amor de Huberto? No la veía, y, sin embargo, la afección reciente no sofocaba en su corazón el antiguo sentimiento.

En fin ¿si Huberto Martholl pedía su mano, diría que sí? Y sus padres ¿qué pensarían de este joven? Era un desocupado, un inútil. He ahí algo que no le gustaría al señor Aubry. En realidad, parecía que el único objetivo de la existencia de Huberto fuera concurrir todos los días a su club. Lamentó que bajo su aspecto mundano no tuviera una inteligencia más propensa para cosas más útiles a la vida.

Con todo ¿y si se equivocaba en su estimación? ¿Si bajo aquella elegante envoltura no encontraba luego más que una naturaleza de petimetre sin más propósito que disfrutar de los placeres del mundo, y cuidar en sus horas frívolas de su toilette esmerada y de la elegancia de sus ademanes?

Agitada por estos pensamientos indecisos y contradictorios la sorprendió el sueño.

VIII

A la mañana siguiente, cuando María Teresa se despertó, hacía un sol bellísimo. El aire tibio penetraba en su cuarto, cargado de brisas marinas y del perfume de las flores. Ante la belleza del día, todas sus preocupaciones se disiparon. No pensó más que en vestirse rápidamente, no sin escoger el más rosado de sus trajes de batista y el sombrero de mañana que mejor le sentaba para ir a reunirse con sus amigas y Huberto Martholl que ya debían estar esperándola en la playa.

Era la hora del baño. Siguiendo su costumbre María Teresa pasó directamente a su casilla.

Algunos minutos después un enjambre de graciosas jóvenes descendía a la arena. Este baño era el acontecimiento esperado de la mañana. Al llegar a la orilla del mar, María Teresa dejó caer su peinador a sus pies y apareció delicada y flexible. Algo molestada por las miradas asestadas sobre ella, se lanzó ágilmente al encuentro de las olas, en tanto que Juana y Alicia, sin apresurarse, disfrutaban del placer, como todos los días, de sentirse admiradas en sus elegantes trajes de baño.

María Teresa, que era muy buena nadadora, gozaba con delicia en el baño; se alejó un poco dejando a las jóvenes de Blandieres disputarse a Huberto entre risas, gritos y golpes de agua. Mientras nadaba, pensaba en el placer que tendría en hacer así largos paseos en la frescura del agua. Solamente que necesitaría un compañero robusto con quien no tuviera que temer ningún peligro. Este protector ¿quién sería?... Huberto, sin duda, pues... ¿Pero le inspiraba bastante confianza?... ¿Con su auxilio podría desafiar peligros?... Unirse para gozar de la vida cuando se es joven y rico, poco significa. El alma del hombre más indolente puede ser atraída y seducida por una tarea tan fácil; pero después en los días de prueba desfallece... Comprendía que sin dejar de gustarle Huberto no le daba la seguridad, la tranquilidad física y moral que impulsa a confiarse por completo a un ser, y esto era precisamente lo que hubiera querido encontrar en el compañero de su elección.

La aparición de Martholl la distrajo de estas reflexiones. Estaba de muy mal humor porque al ayudar a Alicia de Blandieres a subir a la balsa, desde donde quería tirarse, se había roto una uña. Su preocupación por este incidente le impedía desplegar su amabilidad habitual y su excitación no se había calmado aún, cuando la señora Aubry hizo señas a su hija para que saliera del agua.

María Teresa se aproximó a la ribera; Huberto la siguió; viéndolo nadar tan armoniosamente le vino a la mente la idea de que si no había quizá en él temple para hacer un héroe, sabía presentar hermosas formas artísticamente amoldadas en una malla de seda negra.

Cuando se hubo vestido subió a la terraza del Casino para pasearse; Huberto se aproximó a ella y le dijo:

--¿Me permite usted quedarme un momento a su lado? La he visto venir desde lejos; para mí es un placer verla caminar. Son muy pocas las mujeres que saben moverse con gracia; es un verdadero signo de raza. Yo no amaría nunca, ni aun me fijaría en una mujer que no tuviera esa elegancia de movimientos cuyo ritmo es, a mi juicio, la revelación del carácter. Las personas vulgares conservan siempre una actitud vulgar; se conoce la distinción de una mujer en su manera de andar. Observe usted a la señorita Diana, a las jovencitas de Blandieres, y lo mismo a la linda Mabel d'Ornay ¡qué diferencia! Examinando su modo de andar, cuando se es verdaderamente observador y conocedor, es fácil apercibirse que en ellas las proporciones del cuerpo no son armónicas; hay allí, seguramente, algún defecto de arquitectura. En cambio usted debe tener las piernas de Diana.

La joven se ruborizó, pero quedó excusada de contestar porque en ese momento llegaban Alicia y Diana.

--¡Cómo, todavía de flirt!--exclamó Alicia, acercándose;--¡es demasiado! Diga, Martholl, espero que esto no le habrá hecho olvidar su promesa de acompañarme en bicicleta hasta la granja Dutot, donde encontraremos a los d'Ornay y sus amigos. ¿Vendrán ustedes, con nosotros?--añadió sin entusiasmo, dirigiéndose a las dos primas.

--No, querida mía--se apresuró a decir María Teresa que no quería dar tiempo a Diana de contestar afirmativamente.--Mamá nos ha pedido hoy que la ayudemos en ciertos arreglos de la casa que tienen que estar concluidos antes de nuestra partida, y no quisiera substraerme a este pequeño trabajo bajo pretexto de pasear. A la noche nos veremos en el Casino; ¡hasta la vista! divertirse mucho.

Y llevándose consigo rápidamente a Diana, dejó al joven en las garras de Alicia que quería absolutamente que la acompañase hasta su casa.

Mientras se alejaban las dos jóvenes, Diana, contrariada por haber perdido aquel paseo, dijo a su prima:

--¿Por qué has rehusado la partida en bicicleta? Tía se habría pasado muy bien sin nosotras esta tarde.

--No, Diana; es mejor que nos quedemos con mamá. Y además, no me gusta mucho correr así por los caminos, solas con jóvenes.

--¡Qué rígida eres! ¡Pero si ahora es perfectamente admitido! Has hecho mal en no ir a la granja Dutot; estoy cierta que Alicia va a aprovecharse de tu ausencia para apoderarse de tu flirt. No le gusta que sus amigas tengan más éxito que ella, y este verano, no hay duda, eres tú quien ha tenido más éxito. Martholl era el punto de mira de todas las jóvenes que han pasado la estación aquí. Cada una de nosotras esperaba conquistarlo, ¡es tan chic! Realza el tener un flirt de esa calidad. No sé si es inteligente--añadió Diana, que no habiendo sido cortejada por él, quería gratificarlo con algún defecto.--Es seguramente menos entretenido que Platel. Huberto sólo vale cuando se le mira... es inútil que alces los hombros, tiene algo así como la belleza del ganso, pero la tiene, y superior, convengo en ello.

Diana estaba locuaz; continuó hablando, en tanto que María Teresa la seguía en silencio.

--Te lo aseguro, querida, Alicia está furiosa; no puede negar que eres tú la elegida. Al principio, estábamos siempre todas juntas, no se sabía todavía a cuál de nosotras se dirigirían las asiduidades del señor Martholl. Pero Alicia con su habitual modestia, creyendo siempre, cuando hay un joven en nuestra sociedad, que lo seduce con su encanto, se hacía ilusiones y esperaba que se le declarase. Ahora ha comprendido que para que Martholl se fije en su graciosa persona, tiene que trabajar mucho; entonces, antes de su partida, va a jugar fuerte. ¡Cuida tu grano, querida!

--¡Qué expresiones tan extravagantes tienes, Diana! Alicia puede hacer lo que quiera para seducir a Martholl sin que yo me preocupe...

--¿Sinceramente?... En todo caso, Alicia plantará algunos jalones para que vaya al _five o'clock_ y a los bailes de su madre. Es una buena figura la de Huberto; deben disputárselo para adornar los salones. Alicia no va a dejar escapar la ocasión de mostrar a sus amigas en este invierno, el más hermoso ejemplar de los nuevos flirts que han aparecido en este verano. Digo esto, pues en mi concepto, sabes, se contentará con el flirt. Huberto Martholl no me hace el efecto de un señor decidido a casarse con una joven sin fortuna, y dudo mucho que las de Blandieres tengan ni sombra de dote. La señora de Blandieres lleva gran tren, es cierto; pero todo se va en cebos. Martholl se mantiene en guardia; por eso Juana y Alicia lo han dejado frío. Es una mariposa que elige las flores doradas; cuando, además, son frescas y lindas como mi querida primita, no vacila, se posa.

Las dos jóvenes habían llegado cerca de la casa. Diana, satisfecha de la pequeña malignidad que había insinuado a su prima, se puso a correr, bajo pretexto de que llegaban tarde para almorzar.

María Teresa, muy ofuscada por las palabras de Diana, se quedó atrás, queriendo disimular la pena que tan pérfida insinuación le había causado. No era la primera vez que la joven se apercibía de la envidia de su prima y de su solicitud en decirle cosas desagradables bajo el falso aspecto de cordialidad. Pero como Diana, aunque algo mayor que ella, había sido su compañera de infancia, no le guardaba rencor por su falta de corazón, y atribuía sus saetazos a una necesidad de ironía natural en su carácter.

Sin embargo, hoy Diana acababa de herir un punto sensible. ¿Por qué le había dicho todo aquello? María Teresa, humildemente, se interrogaba: ¿acaso no podía ser amada por ella misma? Verdad era que un gran número de sus amigas, tan lindas como ella, ciertamente, no se casaban por falta de dote suficiente. ¿Y si Diana decía lo cierto, si la razón que decidía a Huberto a preferirla a las otras se apoyaba en tal motivo?... Sintió en su corazón una emoción angustiosa. Pero no, Diana se equivocaba; Huberto, desde la noche que les fue presentado en el Casino, pareció conquistado; María Teresa recordaba que la había mirado con insistencia e invitado para todos los valses. No podía conocer ya la cifra de su dote... ¿quién lo habría informado? ¿Por qué entonces suponer que su admiración se fundaba en cálculos interesados? ¿Por qué no creer más bien que Diana inventaba una perversidad para amargarle el placer de haber gustado a Huberto? Cuando eran pequeñas, la envidia de su prima se revelaba a propósito de Juan, a quien no podía perdonar que no fuera para ella también un complaciente esclavo. Juan se sometía únicamente a las arbitrariedades de María Teresa. Toda la animosidad de Diana hacia el joven databa de aquellos lejanos años de la infancia; esto María Teresa lo sabía bien.

¡Sí, sí, sólo la envidia impulsaba a Diana, la envidia! Esto explicaba las palabras que había pronunciado y la causa de su veneno. Diana quería hacerle creer que la preferencia marcada de Huberto, la dejaba profundamente indiferente. En realidad, sentía despecho... ¡Cuánta mezquindad en esta manera de proceder! ¡Y decir que Diana, su prima, su amiga, no vacilaba en ser cruel con ella!...

María Teresa era bondadosa; después de haber juzgado la acción de su prima, le buscó circunstancias atenuantes. Espiritual, alegre, con un rostro de facciones regulares, Diana carecía de ese encanto femenino que poseen a veces las más feas; su talle era poco esbelto, su cabellera pobre y su tez sin frescura. La atendían de buena gana, pero si sus amigas se ponían a su lado, no la miraban más. De ahí que María Teresa encontrase plenamente excusable el descontento de aquella alma poco dispuesta a regocijarse del éxito de sus compañeras. Confortada por estas reflexiones, la joven consideró que era una tontería atribuir importancia a las invenciones que germinaban en el cerebro ligero de Diana. Alarmarse por una frase inspirada por la malignidad, le pareció puerilidad, y como sonase la campana para el almuerzo, se reunió a su familia en el comedor, sintiéndose completamente repuesta de su corta pero fuerte emoción.

Hacia las cuatro, terminados los arreglos, las dos jóvenes bajaron al jardín y se instalaron en la terraza. Las dos se sentían incómodas. María Teresa demostraba, a pesar suyo, alguna frialdad, y Diana fastidiada por este silencio, no se atrevía a iniciar el único motivo de conversación que la interesaba.

La campana de jardín anunció una visita; Diana se levantó, curiosa, y volvió precipitadamente hacia su prima.

--¡Ah, esto es demasiado! ¡Adivina quién está ahí! ¡Martholl mismo! ¡Ha dejado a Alicia y renunciado a su bicicleta!

María Teresa disimuló la satisfacción de vanidad que le procuraba aquel pequeño triunfo, y como el joven se acercase a ella, le dijo simplemente, tendiéndole la mano:

--¡Qué feliz idea de venir a vernos! Mi madre tendrá un gran placer...

Diana, por el contrario, exclamó aturdidamente:

--¡Y bien! ¿y la bicicleta? Yo lo creía a usted en la granja, Dutot, prisionero de Alicia. ¿Ha sido abandonado el paseo?

--Puesto que usted es tan amable que quiere interesarse por mis acciones, señorita, voy a confesarlo todo. Creo que las señoritas de Blandieres, los d'Ornay y sus amigos han pasado la tarde bajo los manzanos; pero, en verdad, no sé nada. Diré que me preocupo muy poco de ello. La señorita Alicia ha querido obligarme a seguirla por entre el polvo de los caminos; iba a resignarme, contando con la presencia de ustedes. Cuando supe que ustedes no irían, sin vacilar falté a la cita. Me imagino que nadie habrá notado mi ausencia...

Diana lanzó una ruidosa carcajada; se representaba el chasco de su amiga esperando en vano, en su lindo traje de ciclista, la llegada del caballero que había elegido.

--¡Oh! puede usted estar seguro de que Alicia estará furiosa, si le ha esperado; no se lo perdonará nunca.

--Sí, me perdonará, pues no hemos tenido siquiera un flirt; a su alrededor hay siempre más de un comparsa perfectamente dispuesto a desempeñar el primer papel. Sin embargo, si me guardase rencor, no ocultaré que no sentiría ningún pesar; la señorita Alicia de Blandieres me es completamente indiferente.

María Teresa cambió el curso de la conversación.

--Voy a prevenir a mamá que usted está aquí.

Mientras la joven se alejaba, Diana interrogó coquetamente a Huberto.

--Supongo que el sentimiento de indiferencia de que usted hablaba hace un momento, no se extiende a todas las jóvenes que ha conocido en esta estación y si así fuera, tanto mejor para usted; no llevará ningún pesar en su equipaje.

--Quiero creer, señorita, que su deseo de conocer mis sentimientos, es una prueba de simpatía. En efecto, mi indiferencia no se extiende, por el contrario, se detiene, y se transforma en un interés muy vivo cuando se trata de usted o de su prima. Guardaré un recuerdo precioso de mi permanencia entre ustedes, y esto me hace deplorar, se lo aseguro, la necesidad que tengo de dejarlas. Voy ahora a confiarle mi deseo. Espero que la señora de Chanzelles y su mamá de usted, querrán permitirme que me presente en sus casas a mi regreso a París. El pesar que llevo por mi partida, sería demasiado cruel si no me acompañase la esperanza de volver a verlas pronto.

Diana se sonreía todavía de esta galante declaración, cuando la señora Aubry de Chanzelles apareció en la terraza con su hija.

--Es usted muy amable en venir a vernos--dijo, tendiendo la mano al joven.

--¡Ah, señora! desgraciadamente, es mi despedida lo que traigo hoy. Vengo a manifestarles mi gran satisfacción por haberles sido presentado y agradecerles su amable acogida.

--¿Usted se marcha entonces?

--Pasado mañana, señora. He recibido de mi madre varias cartas muy apremiantes; yo me hacía un poco el sordo, lo confieso. Pero esta vez tengo que hacer caso, porque la Condesa Husson misma, me pide que no demore más. Los Husson son buenos y antiguos amigos de mi familia. Se caza en su propiedad de Valremont; no tiene hijos y me considera como si yo lo fuera. Soy yo quien se ocupa allá de organizar la cacería. Estoy, pues, absolutamente forzado a abandonar a Etretat para preparar la apertura de la caza.

--Veo que hay sobrado motivo para justificar su deserción. Lamento que no se quede usted hasta el fin de la estación. Los últimos días son, a mi juicio, los más agradables. Cuando el movimiento social se ha calmado, vuelvo a encontrar al Etretat de antes, el de la época lejana en que yo venía aquí siendo joven. ¡Qué diferencia! La playa estaba tranquila y solitaria; no se encontraba en ella más que pescadores, lo cual no exigía el despliegue de toilettes que vemos hoy. Además, se gozaba un poco del jardín propio y no se iba continuamente fuera de casa, renunciando al reposo para entregarse a toda clase de sports.

--No hay que hablar mal de los sports, señora; con ellos cuentan los sabios humanitarios para mejorar la raza. Nuestros vecinos los ingleses, no se han regenerado sino por la práctica constante de los ejercicios físicos. En el siglo último era un pueblo anémico; hoy figura entre los primeros, desde el punto de vista de la energía y de la resistencia; estamos muy lejos de igualarlos nosotros los franceses, sedentarios o burócratas, que hemos empezado recientemente a comprender el lugar que debe ocupar la gimnástica en la educación.

--Tiene usted razón, los sports son excelentes para la juventud. Sabía que usted era un fanático por ellos y que los practica todos con éxito.

--Eso es exagerado; pero, en efecto, les consagro una gran parte de mi tiempo.

--Es posible que los burócratas, a quienes usted reprocha el no dedicarse a esos placeres, según usted higiénicos, no tienen tan mala voluntad como usted cree. Algunas veces, le aseguro, no pedirán sino ser menos sedentarios, pero no pueden hacerlo. Están obligados a trabajar para ganarse la vida y la de sus familias. Usted mismo, por ejemplo, ¿no descuida acaso otros trabajos más serios, por cultivar sus gustos sportivos?

--¡Ah! yo tengo tiempo; muchas veces no sé en qué ocuparlo. Mi madre tiene tantas relaciones, que yo encontraría fácilmente una ocupación si lo desease. En el día estoy apasionado del automovilismo. He encargado una máquina pequeña, práctica y elegante, que me será entregada en la primavera próxima, y si usted me permite hacerle los honores, sería muy dichoso, señora.

--Le agradezco su ofrecimiento; mi sobrina y mi hija se dedican mucho a estas novedades; la tracción eléctrica, el vapor y el petróleo, son cosas que, en breve, no tendrán secretos para ellas.

--Es necesario, tía. Seríamos muy antiguas si ignorásemos eso.

--Entonces, yo lo seré siempre, hija mía.

Huberto se había levantado para despedirse.