Incertidumbre

Chapter 5

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--¿Realmente? Entonces ¿cualquiera puede disfrutar de sus encantos, de su sonrisa? ¿Y es con su consentimiento como goza de todas estas cosas que ustedes prodigan? ¿Del mismo modo le dan el derecho de manifestar lo que siente?

--No creo que sea muy grave preferir la compañía de las personas que nos son simpáticas.

--Posiblemente esas personas que son simpáticas no obtienen ese resultado sino gracias al mérito de sus sastres.

--Tranquilícese usted--respondió la joven, que tomó el partido de convertir en broma los reproches de Juan;--me ocupo muy poco de tal asunto. No, yo no soy exigente respecto a la manera de vestir de los jóvenes que me placen; pero, hay dos cosas que estimo mucho: un buen bailador cuando bailo y un interlocutor amable cuando hablo. Y como usted está de mal humor hoy, suya es la culpa si le dejo.

Dicho esto, alegremente, con la dulce entonación que le era habitual, María Teresa se esquivó y corrió a reunirse con sus amigas.

Juan tuvo un violento acceso de desesperación, cuando se encontró solo. ¡Ah! era siempre el hombre del pueblo, sin delicadeza alguna. Acababa de hacer algunas observaciones ridículas, ¿y con qué derecho? Decididamente nunca sería un hombre de mundo. El ejemplo mismo de su querido maestro no le había servido; porque si él, a pesar de su labor de obrero, había permanecido caballeresco, es porque se llamaba Aubry de Chanzelles, y de nacimiento poseía esa ciencia de la delicadeza que no se adquiere jamás.

Afligido, Juan se sentó al borde de un sendero que baja casi cortado verticalmente hacia el mar, a lo largo de la barranca. Desde allí dominaba la playa quebrada de Saint Jouin, y podía seguir, por entre las rocas, la marcha caprichosa de las jóvenes y de sus flirts. El traje claro de su amiga, y el elegante sombrero gris de Martholl cautivaban principalmente su atención.

En cierto momento, pudo ver a María Teresa y a las jóvenes que la precedían, detenidas ante una bajada difícil. Y como Martholl, Platel, Bertrán y James Milk, les tendieran sus brazos auxiliadores, las primeras siluetas finas fueron deslizándose una a una.

Entonces el corazón de Juan latió con violencia. Pero pronto su semblante se serenó; lo que él temía, no sucedió; ágilmente, María Teresa saltó sin la ayuda de nadie.

Por la emoción que había sentido, Juan comprendió que no podía permanecer testigo impasible de escenas semejantes. Dándose cuenta que su mal humor sería la última expresión de lo ridículo, resolvió abreviar su permanencia y buscar un pretexto para marcharse.

El resto del día continuó lleno de tristezas para él. Felizmente, Bertrán como buen camarada, viéndolo aislado y melancólico, vino a hacerle compañía; sin su presencia, Juan habría llorado.

Al desaparecer el sol en el mar, los excursionistas regresaron a la venta. Cuando se hubieron reunido a las personas tranquilas que habían preferido pasar la tarde a la sombra, bajo los manzanos de la huerta, declararon que no tenían la intención de volver tan temprano a Etretat, que querían comer en Saint Jouin, y bailar después en la vasta pieza alfombrada de césped. Esta sala, llena de muebles antiguos, es una de las curiosidades artísticas de la hostería. El proyecto fue aceptado, y el desgraciado Juan que no podía eludir este programa improvisado, tuvo que resignarse a ver exasperarse su suplicio.

María Teresa se había divertido mucho en el curso de su paseo accidentado. Huberto no se había separado de ella un momento. Sentía una secreta vanidad en verse preferida a sus amigas por aquel galante joven, que Diana y Alicia de Blandieres se habían disputado. Al ver el desconcierto de las dos jóvenes, cada vez que Huberto las dejaba para reunirse con ella, una sonrisa maliciosa aparecía en sus labios.

La impresión que le hicieron las palabras de Juan se había disipado pronto. Conocía bastante la displicencia del joven; pensó que se encontraba disgustado entre tantos desconocidos, y que eso bastaba para tenerlo descontento hasta el punto de inspirarle palabras acerbas. No era la primera vez que María Teresa advertía los celos de Juan, pues consideraba legítimo que un antiguo compañero sintiese ojeriza hacia los que trataban de captarse su amistad. Acaso temía que ella olvidara a los que tenían derechos más antiguos. Encontraba así excusas al mal humor de Juan. Pero era su huésped, y no quiso guardarle rencor; viéndolo, pues, al entrar en el jardín, sentado sobre la hierba a los pies de la señora Aubry, se dirigió hacia él y le dijo con amabilidad:

--¿Es por pereza por lo que no ha querido usted venir a escalar con nosotros los peñascos? Hemos tenido algunos pasos difíciles de franquear; usted nos habría sido muy útil: lamento también que se haya privado de contemplar esta playa agreste, sembrada de rocas cubiertas de hierbas y de musgos; ha sido un espectáculo grandioso, a la puesta del sol. Sin embargo, no puedo enojarme, puesto que le hacía usted compañía a mi querida mamá, a quien todos hemos abandonado.

Juan levantó sus ojos sombríos hacia María Teresa, y su cólera desapareció, no dejándole más que una herida secreta que sangraría mucho tiempo; él lo sabía bien... La que lo miraba con cara risueña, no sospechaba la turbación que su presencia provocaba. ¡Con tal que no lo supiera nunca! Juan creía que para él era cuestión de honor dejarle ignorar siempre las torturas que padecía a causa de ella.

--¡Qué buena es en olvidar mis estúpidas palabras!--pensaba, y en su confusión habría querido implorar perdón, de rodillas.

Sin embargo, nada pudo contestar; la emoción lo ahogaba, y la joven se alejó antes de que pudiera encontrar palabras para expresar sus sentimientos.

--Es una suerte para mí que me hagas compañía, Juan--dijo la señora Aubry;--hasta mi hija, siempre tan razonable, demuestra hoy una gran distracción; parece que se divierte mucho.

--Tiene razón--respondió tristemente el joven,--en estar alegre y expansiva. Es una dicha ver gozar de la vida a los que se ama. Mire usted cómo está rosada, cómo brillan sus ojos... ¡Ah! que sea siempre feliz, ¡qué importa lo demás!

Durante la comida, la animación fue grande. Platel, lleno de inspiración, no cesó de hablar, y las niñas de Blandieres, algo sobrexcitadas por el champaña, elevaron más de lo razonable sus juveniles voces agudas, y se propusieron exasperar a sus vecinos el señor d'Ornay y el flemático James Milk.

Huberto Martholl se había colocado al lado de María Teresa; pero Juan, esta vez, se prometió no mirar más hacia ellos. Como tenía al servicio de sus resoluciones una voluntad inquebrantable, mantuvo su promesa, y a pesar del bullicio, se engolfó en una conversación técnica con el señor Aubry.

Después de comer, atravesaron el jardín para ir a bailar.

Juan se esquivó. Anduvo errante por las barrancas, paseando su pesadumbre a los rayos de la luna, la dulce compañera de los tristes. Pero no estaba bastante lejos para que no llegasen hasta él los aires de un vals, cubriendo por momentos la voz sorda de la marea creciente.

El ritmo de aquella turbadora música de baile se imponía a su espíritu enfermo y lo aniquilaba. Las armonías que percibía, evocaban a María Teresa y Huberto enlazados; entonces sintió un irresistible deseo de verlos, volvió sobre sus pasos, y pasó el resto de la noche detrás de una de las ventanas de la sala donde bailaba.

De pie, apoyado contra los postigos entreabiertos, veía evolucionar a Alicia y Juana de Blandieres, bulliciosas y juguetonas, a la linda Mabel con Platel, y a Diana, cuyos cabellos negros se inclinaban complacientemente hacia James Milk. Pero Juan los miraba con atención distraída; para él, todos allí eran cortesanos que se agitaban en torno de la estrella, y no tenía bastantes ojos para seguir los movimientos de María Teresa.

Estaba deliciosa en aquella decoración de muebles antiguos, destacándose delicadamente sobre el fondo de oro de los viejos tapices de brocado tendidos sobre el muro. Un instante, fue a sentarse en un sillón gótico cuyas columnitas de madera dorada, se elevaban formando cúpula por encima de su cabeza rubia. La contempló arrobado; así era como la veía en sus sueños. Sentada en aquel trono torneado y extraño; con su ligero vestido de linón y trémulas blondas, parecía una princesa de leyenda.

Duraba su éxtasis ante esta visión encantadora cuando la sombra de Martholl se interpuso entre ellos. Un furor loco se apoderó de Juan contra el que confiscaba, en provecho exclusivo, la blanca y preciosa imagen. Juan no veía ya más que el impecable traje de Martholl que permanecía plantado allí, completamente inconsciente de la tormenta que levantaba en el corazón de otro, su presencia delante del ídolo. ¿Aquel hombre estaría siempre a su lado?

Juan había temido la llegada del que ella prefería; pero nunca se había imaginado el desgarramiento de su alma ante el hecho consumado. Se alarmó de la tempestad que rugía dentro de él, simplemente contra aquella silueta importuna. ¿Cómo haría para asistir en lo sucesivo a toda una serie de incidentes de los cuales éste no era más que el preludio, desde que María Teresa y Huberto no eran novios aún? No, ¿cómo permanecería impasible, mientras todo su ser gemiría de dolor? Si el señor Aubry no hubiera pronunciado la víspera las palabras que alentaron su locura, quizá se habría resignado. Pero haber entrevisto, como casi posible, una felicidad sobrehumana, y encontrarse luego, por la crueldad del destino, en presencia del que, fuera de duda, iba a robarle aquella felicidad, era demasiado duro... Lágrimas de desesperación enrojecieron sus ojos.

En el mismo instante, la joven, sonriendo, tomó el brazo que le ofrecía Martholl, y entonces Juan se lanzó a las espesas sombras del jardín, para no ver más nada.

VI

Los días que siguieron al paseo por Saint Jouin fueron para Juan largos y penosos. Para emplear el tiempo, tomaba su bicicleta y recorría cada día, a toda velocidad, los alrededores de Etretat. A la tarde volvía, embrutecido de fatiga, y subía a su cuarto para prolongar indefinidamente su soledad. Aguardaba así, del azar, un motivo plausible para salir de Etretat sin herir a la señora Aubry, que no se habría explicado una partida precipitada. Afortunadamente como conocían su carácter independiente, respetaban su libertad, y nadie se preocupaba de hacerle modificar la manera de vivir que había adoptado.

María Teresa, con gran delicadeza, evitaba, durante las comidas, hablar de sus amigos y de lo que sucedía en la playa o en el Casino. Se esforzaba en no conversar más que sobre cosas susceptibles de interesar a Juan. Pero Diana no procedía con el mismo tacto y abrumaba a su prima con alusiones más o menos veladas sobre los obsequios siempre excesivos de Huberto Martholl.

Estos temas de conversación eran dolorosos para Juan, y le aumentaban el deseo que tenía de huir de Pervenches.

La ocasión que buscaba se presentó en breve.

Un día, paseando, habló con entusiasmo a Bertrán, de la Alemania y de la Selva Negra.

--Parece increíble--declaraba Bertrán,--que yo no haya ido todavía por allá.

--¿Te diviertes mucho aquí?--preguntó Juan.

--Moderadamente, ¿por qué me preguntas eso?

--Porque, si tu placer es negativo, deberías pedir a tu padre autorización para acompañarme a Bohemia, adonde iré próximamente. Estoy seguro que este viaje te interesará. Para no perjudicar tus estudios, partiríamos en seguida, a fin de aprovechar el resto de las vacaciones.

--¡Pues sí, es una magnífica idea la tuya! Esta misma noche le escribiré a mi padre, rogándole que me deje ir contigo.

El señor Gardanne, que apreciaba mucho a Juan, consintió de buena gana en dar la licencia pedida, y el viaje de los dos jóvenes fue decidido.

Si al dejar a Pervenches, Juan experimentaba algún alivio en huir de las emociones torturadoras, llevaba en el corazón la terrible herida de los celos, convencido de que cuando volviese a ver a María Teresa, ella no sería ya libre. Su sola esperanza estaba en encontrar en un trabajo encarnizado, el poder que necesitaba para olvidar a la joven.

En cuanto a ella, la decisión de su amigo de la infancia, la turbó un poco. No comprendía cómo la permanencia en Etretat no le era agradable. Pero, sin indagar más allá, no vio en esto más que la aversión del joven hacia la vida social.

El día de la partida, mientras miraba pensativa alejarse el coche que conducía a la estación a los dos jóvenes, Diana le dijo:

--Esta idea de Juan, de llevarse a mi hermano antes del fin de las vacaciones, es estúpida. Me imagino que no vas a extrañar a ese huraño. ¿No estaba Bertrán mejor aquí que en Alemania?... ¡Dios mío, Juan ha estado bastante áspero en estos días!... Es incomprensible que lo hayas podido soportar. Debería cuidarse de presentar semejante cara, y considerarse dichoso de que lo reciban aquí.

--¿Por qué eres siempre dura con ese pobre joven? Si no le gusta la sociedad, y si no es hipócrita para mostrar cara alegre, ¿es ésa una razón para que lo maltrates? En cuanto a mí, le perdono todo al amigo abnegado, al que me ha soportado en mi infancia. Cuando yo era una chica despótica y mimada, Juan me divertía con paciencia horas enteras. Estoy cierta de su amistad, y estimo en mucho su consagración absoluta hacia nosotros. Nada me importa de lo que diga o haga: conozco su profunda afección y lo quiero en razón de sus nobles sentimientos. Estaba muy conmovido, hace poco, cuando se despedía... Yo sería, pues, una ingrata si mis relaciones de hoy, pudieran hacérmelo olvidar.

--Bueno, no hablemos más--concluyó Diana;--no quiero arrancar de tu corazón recuerdos tan tenaces, pero podríamos distraernos paseando, ¿qué te parece? Hoy se verifica un match interesante en el Tennis-Club, ¿vamos?

María Teresa se dejó convencer; se divertía siempre en las partidas de tennis que se organizaban todas las tardes en su casa, en el Club, o en las villas vecinas.

Después de subir a su departamento para vestirse, las dos jóvenes reaparecieron en seguida, vestidas de piqué blanco, cubiertas con el indispensable canotier, y llevando bajo el brazo sus raquetas enfundadas en tela gris.

Conversando, tomaron el camino del Tennis-Club, donde sus amigos se reunían ese día. Bajo los manzanos, que rodean el circo, estaba servido un lunch en mesitas. La señora de Blandieres, que lo había pedido, hacía los honores, auxiliada de sus hijas.

Juana y Alicia de Blandieres, o más familiarmente, «las de Blandieres,» jóvenes muy precoces, flirtaban con la esperanza de encontrar maridos por este medio, y exigían como cualidad primordial, que fuesen ricos.

Desconcertaban un poco a los mozos del buffet dedicándose con demasiada conciencia al servicio del lunch ofrecido ese día por su madre, excitando a comer y a beber a los jóvenes que acudían a su invitación. ¿Sería para estimular las fuerzas que aquella juventud emplearía luego en el tennis o en el flirt?

Audaces y provocadoras, estas jóvenes eran el _specimen_ más completo de lo que, para autorizar cierta libertad de conducta, se llama muy impropiamente en Francia «la educación americana.» Este género de educación, inoculado en aquellas naturalezas de latinas ligeras, desprovistas por temperamento de la moderación y de la dignidad de las jóvenes anglosajonas, producía un singular resultado.

La mayor hablaba mucho y reía sin cesar; la segunda, más dócil, imitaba a su hermana en todo. Como eran lindas y se mostraban siempre amables, los jóvenes declaraban que las adoraban; a pesar de esto, hasta entonces ninguno se había presentado como pretendiente.

Cerca de las mesas, la señora d'Ornay, coloreada por el reflejo de su sombrilla, daba audiencia a Max Platel. Sabía hablar con gracia, sin dejar de comer sandwiches de caviar.

--¡Qué espiritual es usted!--repetía continuamente al joven literato.--Nadie como usted me entretiene tanto...

--Entonces todo va bien en el mejor de los mundos--aprobaba Platel.--Yo soy espiritual, usted es linda; ahora sucede que soy yo, entre tantos otros, el llamado a desempeñar la importante función de hacerla reír a usted, yo que me deleito con la gracia amable de su sonrisa y el alegre encanto de todo su ser... Dígame, encantadora señora, ¿a quién prefiere usted, a mí o a este hermoso Martholl cuya plasticidad revoluciona a sus amigas?

En ese momento, el hermoso Martholl se dedicaba a los representantes de la colonia inglesa. Con ellos se mostraba familiar, haciendo profesión de menospreciar a sus compatriotas, y afectaba una anglomanía exagerada. Nada le parecía bueno, ni chic, si no procedía de Londres; a cada instante, en la conversación, encontraba medio de alabarse de sus relaciones del otro lado del estrecho. Con cualquier motivo, citaba a lord Chestermund, en cuyo castillo cazaba zorros en Escocia, y su mayor satisfacción era ser tenido por inglés.

Cuando María Teresa y Diana llegaron, estallaron las exclamaciones de alegría y los saludos ruidosos. Martholl, como no jugaba jamás sino con James Milk, que no era del match, abandonó el juego y se apresuró a ir a hacer su corte.

--¡Al fin ha venido usted!--murmuró, cuando estuvo al lado de María Teresa.--Creía que no venía ya, y me aburría espantosamente.

--¿Qué?--dijo ella con sonrisa incrédula.--¿Usted se aburría tanto? ¿Y el tennis? ¿Me esperaba usted para jugar?

--No. Pero yo vengo aquí atraído por otra cosa que por el tennis, usted lo sabe bien.

--¡Ah, goloso! ¡atraído por el lunch, entonces!

--Tampoco, querida señorita...

--Señor Martholl, si me pone usted adivinanzas no acabaremos nunca. Yo he venido aquí a tres cosas, y no hago misterio. Primero, para hacer honor, nutriéndome substancialmente, a la invitación de mis amigas de Blandieres. Segundo, para conocer el resultado del match y quién ganará el delicioso abanico pintado por mi viejo amigo el gran artista-sportman Pablo Arnault. Tercero... ¡ah, Dios mío! ¡pues no me acuerdo!...

--Está usted segura...

--Muy segura, señor fatuo. ¿Tercero?... ¡Ah, ya estoy! tercero, para después del té, tennis, flirt, etc., subir al magnífico automóvil de mi amigo Jorge Baugrand, hendir el aire con él hasta el bosque de Loges y contemplar desde lo alto del camino de Fécamp una soberbia puesta de sol. ¡Ahí está todo!

--Usted es desesperante, señorita, y es acaso por causa de eso por lo que...

--¡Cuidado! creo que a sus labios asoma una majadería.

--¿Una majadería?

--Califico así, de una manera un poco general, todo lo que me parece inoportuno, falso...

--Le juro...

--¡Ah, un juramento! ¡Ese es juego conocido, señor Martholl! Seamos serios: están organizando una partida, vamos, a reunimos a nuestros amigos, salvo que usted no prefiera...

--Yo no prefiero nada al placer de seguirla a usted, de verla, de oírla...

Martholl transportó sillas de tijera y se instalaron a fin de poder conversar mirando el juego.

Era un espectáculo encantador el de aquellas jóvenes de trajes cortos y claros, moviéndose flexibles y graciosas en aquel cuadro alegre.

Se jugó durante un buen rato; luego, como se sintiera el fresco de la tarde, la señora de Blandieres propuso ir hasta la playa a admirar la puesta de sol, famosa en Etretat. Ruidosamente, el juego del tennis fue abandonado, con gritos de triunfo, disputas, felicitaciones o imprecaciones. Las frases se entrecruzaban:

--¡Hemos ganado tres partidas!

--¡D'Ornay juega muy mal! ¡Pierdo siempre que voy con él!

Por fin, restablecida la calma, se pusieron en camino.

--¡Y bien, señorita! ha llegado la hora de la despedida... ¿Dónde está el hermoso automóvil de su amigo?

--No proclame su triunfo; Baugrand no ha venido hoy, pero mañana...

--¡Ah, ésta es buena! mañana, es el porvenir, y el porvenir es de Dios, según dice el poeta.

María Teresa se sonrió, y reuniéndose al grupo de sus amigos, Martholl y ella llegaron en el instante en que Platel declamaba a la linda Mabel d'Ornay:

--¡Qué deliciosa vida llevamos! En París no hay tiempo para ver a las personas que nos gustan; aquí, por lo menos, se goza de su presencia.

--¡Y sin fatigarse!

--Naturalmente. ¡Fatigarse en dos meses! Sería preciso ser muy voluble en sus sentimientos o haber sido seducido por un encanto poco justificado. En verdad, es así como se debería vivir: trabajar muy poco, pasear con mujeres encantadoras, sin otra preocupación que la de la hora del baño, del tiempo que hará, y del cambio de expresión de los ojos que nos cautivan.

Iban así caminando, por grupos hacia el mar. En un murmullo de charlas alegres, las jóvenes revelaban su alma con la misma gracia o inocencia, que en sus vestidos se revelaban sus cuerpos. Los jóvenes dejaban rebosar de su espíritu y de su corazón, esa adoración inconsciente, tan impulsiva y por lo mismo tan seductora, de la juventud y de la fuerza, hacia la gracia y la belleza.

Huberto Martholl caminaba pensativo al lado de María Teresa, a quien había despojado de su raqueta y de su abrigo.

Al llegar a la playa quedaron deslumbrados por un fulgor dorado. El sol se sumergía en las aguas como triunfador, en una decoración de púrpura y oro.

María Teresa se sentó sobre una piedra. Era su hora favorita. Ante aquella apoteosis de luz, se sentía conmovida y se olvidaba de su ser, para absorberse en la belleza de lo infinito; su mirada se extasiaba en la contemplación de las nubes iluminadas, y en sus formas caprichosas se imaginaba ver mundos desconocidos. En estos instantes de comunión con la Naturaleza, sentía poderosamente la belleza de las cosas creyendo comprender el sentido de la vida universal. Un alma nueva se despertaba en ella, un alma hecha para aspiraciones más elevadas que las pequeñas satisfacciones de vanidad en que se entretenía generalmente.

Huberto, sentado cerca de ella, daba deliberadamente la espalda al mar, como para demostrar cuán poco le importaba el despliegue de la pompa solar. Sin embargo, inquieto por el silencio demasiado largo de su compañera, trató de arrancarla a su contemplación:

--¿En qué piensa usted, señorita María Teresa?

--No pienso--respondió ella sin dejar de mirar el horizonte,--recibo emociones; me son muy dulces porque vienen de la calma y de la inmensidad. No sabría explicar mis ideas o mejor dicho, las sensaciones que se suceden en mí, mientras admiro estos efectos de luz. Son impresiones fugaces que se forman y se transforman tan rápidamente como los contornos de aquellas nubes.

--Y yo pienso en usted; no me preocupo ni de la marea que sube, ni del sol que baja. Donde usted está, no veo más que su persona, y nada más: en su contemplación mis ojos se llenan de alegría y de belleza, y...

María Teresa lo interrumpió con un gesto. Como ciertas naturalezas delicadas, tenía propensión a amar idealmente, o más bien, a amar un ideal. En aquel momento trataba de identificar este ideal con la persona de Huberto; pero al mismo tiempo desconfiaba de él, deseaba que no se declarase, ante el temor de que una brusca desilusión no la hiciese caer en la realidad. Aspiraba con pasión a encontrar una alma simple, enérgica, y un vago presentimiento la hacía temer que no encontraría lo que buscaba en lo que Huberto iba a revelarle. Dijo, pues, irónicamente, para contenerlo:

--¡Que me prefiere usted a tales esplendores!... ¿Qué podré yo hacer para indemnizarlo de la privación de este maravilloso espectáculo? ¿Será suficiente ofrecer a sus miradas un semblante sonriente? ¡Me temo que perdería mucho en el cambio!

--¡No se burle! Si usted supiera cuánto la admiro, comprendería por qué he sido completamente conquistado.

--Cuidado con exagerar. Sus palabras contienen tantas promesas...

--Sus amigas pueden informarle a este respecto. Cuando estamos reunidos, ellas saben bien de quién me ocupo exclusivamente. Si usted se pareciera a ellas, ya estaría convencida de la naturaleza de mis sentimientos, ¡pero es usted tan diferente!... ¡Ni siquiera puedo saber cómo recibe usted mis atenciones!

--Nunca he dicho que su amabilidad me disgustase...