Chapter 4
Juan la acompañó hasta el coche, donde se hallaban ya la señora Aubry y Diana. Mientras pudo seguir con la vista la luz de los faroles, huyendo a través de los árboles, quedó allí inmóvil, como si aquella forma pura y blanca le hubiera arrebatado el espíritu. Sentía ahora no haber ido. ¿Por qué no había querido acompañar a María Teresa al Casino? ¿No era su más grande felicidad verla, estar a su lado? ¡Qué necedad dejar escapar aquellos minutos preciosos en que la habría visto vivir y moverse en aquella decoración de lujo y alegría! Sin embargo, había sido prudente no acompañarla; conocía demasiado, por haberlo experimentado ya, el suplicio de verla en un baile. ¡Qué celos tan espantosos sufría cuando la veía, amable, sonriente, y siempre rodeada de jóvenes! En estas ocasiones se había dado cuenta del estado de su corazón. En un principio, desesperadamente, había tratado de luchar contra aquel sentimiento naciente que en su alma escrupulosa no se reconocía el derecho de abrigar. Si bien los años habían transcurrido, modificando su situación y dándole la esperanza de un hermoso porvenir, creía que para los Aubry, él era siempre el niño pobre recogido por caridad. En cuanto a María Teresa ¿no era absurdo esperar el ser a sus ojos jamás otra cosa que un buen empleado, a quien le hacía demasiado honor con atenderlo amablemente? Pero si Juan se esforzaba en sofocar en lo más profundo de su ser su sentimiento, a pesar suyo, deseaba ardientemente gozar el mayor tiempo posible de la presencia querida de María Teresa, y vivía en el temor continuo del casamiento de la joven. Cada vez que ella iba a un baile o que algún joven desconocido era recibido en casa de los Aubry, Juan, angustiado, se preguntaba:
--¿Será éste quien se la llevará?
Hasta entonces, felizmente, María Teresa se había mostrado difícil, declarando que no se casaría nunca sin conocer bien, apreciar y amar a quien había de ser su marido. A pesar de estas declaraciones de principios, Juan no se hacía muchas ilusiones; sabía que el acontecimiento que él temía, más o menos tarde tendría que producirse, pues María Teresa, rica y linda, reunía todas las condiciones de un brillante partido.
Al salir para Etretat, se había prometido ahogar valerosamente en sí lo que sentía. Esperaba ser bastante fuerte para dominarse; pero al volver a ver a la joven, después de una ausencia de dos meses, se dio cuenta de que su mal, en vez de calmarse, llegaba al paroxismo, y que nunca podría ser para ella un simple amigo.
Estaba en este punto de sus reflexiones, cuando el señor Aubry se aproximó a él:
--Y bien, Juan, ¿en qué piensas? Te andaba buscando; la noche está magnífica; vamos a dar una vuelta por el jardín a la claridad de las estrellas.
--Como usted quiera, mi querido señor.
Juan encendió un cigarro, y siguió al señor Aubry.
--A la verdad, en esta hermosa propiedad se goza de una calma y de un reposo deliciosos. ¡Cómo han crecido estos árboles después de la última vez que vine, hace tres años!
--El hecho es, mi querido amigo, que tú no tomas vacaciones con frecuencia.
--No las necesito todavía; son convenientes para usted, que trabaja desde hace mucho tiempo; por eso me esfuerzo en reemplazarlo para que usted pueda descansar un poco. ¡Lo tiene bien merecido después de haber creado una inmensa fábrica que está hoy en plena prosperidad!... Yo no tengo por qué darme vacaciones; gracias a usted he entrado en un negocio que marchaba solo y que basta vigilar ahora; la tarea es fácil; basta ser un trabajador celoso.
--No seas tan modesto, amigo mío; desde luego, un trabajador inteligente es cosa rara; tú sabes cómo lo cuido; tú, además, tienes el espíritu creador, gusto e iniciativa. Nunca dudo del éxito de tu trabajo. A propósito ¿de qué proyecto hablabas, cuando nos interrumpieron aquellas criaturas terribles? ¿Decías que querías ver las cristalerías de Bohemia?
--Mi verdadero pensamiento voy a decírselo a usted; nuestra cristalería es única, porque de ella salen obras admirables; pero usted sabe mejor que nadie lo que nos cuestan las tentativas de arte, a causa de los numerosos ensayos que exigen. Antes de llegar a la meta, hacemos grandes desembolsos, que nos vemos obligados a reparar subiendo el precio de la venta. Recuerde lo que nos costó el tallado en agujas marinas. Creo que si conjuntamente con este arte de gran lujo, establecemos una fabricación de objetos de venta más corriente, podríamos obtener grandes beneficios, que nos ayudarían prodigiosamente a ensayar otras combinaciones químicas, necesarias para las creaciones nuevas. En suma, hoy corremos muchos riesgos, pues la venta de un objeto de arte, no es nunca segura; hay que encontrar al aficionado, al entendido. Por ejemplo, en este momento, nuestras experiencias para hacer el ópalo nos han exigido grandes desembolsos; si nos ocurriese cualquier contratiempo, tendríamos un serio perjuicio. Esto me preocupa a menudo, sobre todo desde que me han impresionado las malas noticias que corren respecto del Banco Raynaud. No he querido comunicarle esta noticia. Se habla de ruinosas operaciones. Usted tiene mucho dinero en ese Banco; habría que tomar, quizá, algunas precauciones. Siempre he temido alguna catástrofe que pudiera repercutir contra nosotros; ¡como lo veo tan confiado a usted!...
Desde que Juan empezó a hablar de la casa Raynaud, el señor Aubry se había puesto inquieto.
--¿Qué me dices? ¡Eso es inverosímil! ¿Estás cierto de tu información? Sería muy grave... ¡Bah! no puedo creer, debe ser algún falso rumor; hay gente que no retrocede ante nada para hacer la guerra de competencia; es una casa sólida la de Raynaud, ¡qué diablos!
--Cuando el furor de la especulación interviene, nunca se está seguro de la solidez de una casa bancaria. En todo caso, hay que tener prudencia, y yo no tengo tanta confianza como usted.
--Tú eres juicioso y de buen consejo, lo sé; es una excelente cosa; pero ¡cáspita, no hay que exagerar! Bueno, volvamos a tu idea; no la encuentro mala. Ciertamente, de buena gana fabricaré objetos de venta corriente, teniendo cuidado, naturalmente, de conservar las bellas formas. Decididamente, te haces más práctico que yo; tienes el espíritu más comercial, es evidente; estás en el movimiento, y, además, es conveniente que las antiguas casas sean renovadas; tú eres joven, activo, enérgico, y he pensado, con frecuencia, que podías sustituirme... ¡No protestes! Es preciso que lo sepas, hijo mío, cuento contigo para la continuación de mi obra; cuando conocí la defección de mi hijo, una gran tristeza se apoderó de mí; es terrible, sabes, pensar que una casa creada por mí mismo, que contiene toda nuestra vida, ha de pasar a manos extrañas. Y, entretanto, es fatal, después de largos años de labor, la inteligencia se entorpece, la energía se debilita. Generalmente es por falta de savia que declinan las grandes cosas. Por eso, sólo después que te he visto en la obra, dejándote en plena libertad, he recuperado la tranquilidad.
--Mi querido maestro, usted es realmente el alma de la fábrica... ¿Qué sería yo sin usted?
--Yo te he formado, sé lo que vales. Seguramente mi colaboración te es útil todavía; pero yo puedo enfermar y verme en la imposibilidad de dirigir nuestros asuntos; ahora bien, sabiendo que tú estás allí, no temo los acontecimientos; es mi recompensa de haberte hecho el hombre de valer que eres. Tú tienes todas las condiciones que se necesitan para continuar mi obra.
--Mi querido protector, sin usted yo no sería nada.
--Y sin ti yo me convertiría en nada. Desgraciadamente para los hombres de mi carácter, llega un momento en que es imposible producir la misma suma de trabajo; cuando, como yo, se ha sido la palanca elevadora de una casa, se entristece uno ante la idea de ver derrumbarse el edificio construido con tanto trabajo. Así, volviendo a lo que te decía durante la comida, tuve un gran pesar la primera vez que comprobé la poca afición de Jaime a nuestra industria. ¡Ah! ¡no tiene ese fuego sagrado! ¡Tener en sus manos un negocio como éste, que da, en bueno o mal año, unos treinta mil pesos de beneficio neto, y desecharlo para contentarse con ser el hijo de su papá!... ¡En fin! Contigo, sin embargo, la tarea le habría sido fácil... Pero no, no le gusta. Tendría que levantarse temprano, renunciar a los sports, a los five o'clock... No se ha preocupado en saber que, aparte de un millón, puesto laboriosamente en un Banco, la fábrica es toda la fortuna de mi mujer y de mis hijos. ¿Qué sería de ellos si yo desapareciese?
Te lo declaro; sólo después que te he visto dirigir las cosas, es cuando he recuperado la confianza en el porvenir. Cuento contigo, Juan. Tú serás el continuador de mi obra. ¡Ah! la realización de mi sueño sería que tú llegases a ser mi hijo a otro título... Pero, esto sólo puedo desearlo; no me corresponde intervenir. Creo que los padres no tienen el derecho de dirigir los sentimientos de sus hijos ni de fijar sus destinos en materia de sentimientos. ¡No importa! para ti, para María Teresa, para mí, este suceso constituiría nuestra mayor felicidad.
Juan, paralizado por indecible emoción, estaba absorto ante aquella revelación; luego tomó una mano del señor Aubry y la estrechó con fuerza, murmurando con voz ahogada:
--¡Oh, gracias, mi querido señor! pero usted tiene razón; ni usted ni yo debemos influir...
Juan, en su profunda turbación, no pudo terminar la frase.
El señor Aubry no insistió, y hasta simuló no apercibirse de nada, inquieto por la impresión que sus palabras habían causado en el alma de su hijo adoptivo, y temeroso de haberse avanzado demasiado.
Dejó de caminar, y dijo con aire indiferente, tirando su cigarro:
--¿No encuentras que hace un poco de fresco bajo estos árboles? Voy a ponerme el sobretodo para ir al Casino. ¿Quieres venir conmigo?
Juan dio una respuesta evasiva, y permaneció solo, quebrantado por la emoción, incapaz de dominar los pensamientos confusos, felices y angustiosos que hervían en su mente.
¿No era un sueño lo que acababa de oír? Lo dudaba, después que el señor Aubry se había ido; pero el fuego del cigarro que brillaba aún entre el césped, lo tranquilizó. ¿Así, pues, el señor Aubry y Jaime, no se indignaban ante la idea de que el huérfano pudiera un día convertirse en un hijo y en un hermano?
¡Cómo resonaban aún en sus oídos aquellas palabras mágicas! ¡Y él, Juan, que apenas se atrevía a soñar en lo que el señor Aubry había expresado en alta voz, con tanta sencillez y naturalidad! ¡No era, pues, un irrealizable sueño! ¡Los sentimientos que él sofocaba con tanta pena, los alentaba en él, le daban casi el derecho de declararlos! Era demasiado. Y, loco de alegría, se repetía las palabras de esperanza... Entonces, una ráfaga de orgullo se apoderó de él. Gracias a su energía para el trabajo, podía aspirar a aquella gran felicidad que era toda su ambición: casarse con la que amaba, vivir cerca de ella, tenerla siempre a su lado. Y arrebatado por la imaginación, se veía paseando con María Teresa por países que conocía bien, pero que se transformaban con la presencia de su amada, apareciéndosele como comarcas fabulosas y encantadas.
Al fin, se substrajo a esta alucinación, y miró a su alrededor. La Naturaleza parecía asociarse a su felicidad; las hojas, mecidas por suaves brisas murmuraban en la noche; vapores argentinos flotaban sobre el jardín adormecido, y, con sus rayos, la luna acariciaba las flores que, desfallecidas, exhalaban su perfume. Fue aquel un momento de embriaguez.
Pero Juan sintió bien pronto desvanecerse su dicha. Así como el pesar, olvidado durante el sueño, vuelve a apoderarse de nosotros al despertar, así su espíritu, que se había complacido un instante en deliciosas fantasías, le mostró, de improviso, que aquello era para él, una simple quimera.
--¡Qué insensato soy!--exclamó.--¿Para qué admitir esta posibilidad, puesto que María Teresa no la aceptará nunca? ¿Acaso tengo la pretensión de ser el hombre de mundo, que ella desea para marido? ¡Si hasta me siento molesto entre esos inútiles elegantes que ella trata como íntimos!... ¿No soy completamente distinto de los que a ella le gustan? ¡Ah, sí! lo sé muy bien: al lado de toda esa gente yo no represento más que un contramaestre endomingado. ¡Cómo debo disgustarle, Dios mío! ¡Quién me habría dicho un día que yo aspiraría ardientemente a parecerme a esos hombres frívolos que la rodean!
Fue interrumpido en sus reflexiones por un ruido de voces y risas, que se acercaba. La gente volvía, por grupos, del Casino; las despedidas y los adioses resonaban claros en la calma de la noche, mientras la alegre turba se dirigía hacia las villas diseminadas en la costa.
Juan oyó, poco después, abrir la puerta de la verja del jardín. En su estado de espíritu, le habría sido penoso hablar, aunque sólo fuera algunos instantes. Por huir de las despedidas y de las frases triviales, se ocultó en un bosquecillo de plantas, queriendo solamente percibir la forma blanca y ligera que estaba esperando.
María Teresa y Diana seguían a distancia al señor y la señora Aubry.
Se reían. Al pasar junto al sitio donde Juan estaba escondido, Diana decía en son de burla:
--Te digo que has observado una conducta deplorable, lo cual es de extrañar en ti, que eres tan reservada generalmente. Has bailado tres veces con Huberto Martholl y flirteado con él toda la noche. ¡Vamos, confiesa que te gusta!
En el silencio de la noche, la voz reposada y armoniosa de María Teresa, llegó hasta Juan:
--Pues sí, lo prefiero a todos los demás, porque baila el boston admirablemente.
Los pasos se alejaron; las risas frescas de las jóvenes se fueron apagando, se sintió el ruido de las puertas que se cerraban, y luego, poco a poco, reinó el silencio.
Entonces, con el alma angustiada por un dolor nuevo, Juan vagó al azar por las avenidas.
Para él, todo lo que emanaba de María Teresa era grave y razonado; de manera que, lo que acababa de decir, debía ser definitivo, estaba seguro. Ella confesaba haber tenido placer en bailar con Huberto Martholl... Los celos nacientes envenenaban las deducciones de Juan: estrechada tres veces por aquel Huberto Martholl, María Teresa lo prefería a todos los demás... Para que esto sucediese ¿qué le habría dicho ese hombre? ¿Qué encanto misterioso había ejercido sobre ella? ¡Ah¡ el sonido melodioso de su querida voz martillaba el alma de Juan, martirizándolo, enloqueciéndolo hasta el punto de hacerle transformar las simples palabras: «Lo prefiero a todos los demás, porque baila admirablemente el boston,» en una ardiente confesión de amor.
La visión de la inmensa dicha que se cernía sobre Martholl, evocó en el espíritu de Juan la imagen de la joven en traje de novia. Erguida, esbelta, con su largo velo de tul, con la corona de azahares en los cabellos, para ella nimbo de pureza, para Juan corona de espinas... la veía así a la bien amada, deslumbrante de belleza, y, sin embargo... cuando buscaba en el rostro del querido fantasma la sonrisa del triunfo, sólo encontraba un rostro de mármol. No tenía la expresión dulce de los ojos de María Teresa, sino una mirada fría, severa, que parecía reprochar a Juan la audacia de su evocación.
Y trastornado por aquella dualidad de sensaciones que simultáneamente lo afligían y le daban vagas esperanzas, recorría el jardín como un loco.
En su paseo incierto llegó cerca de la casa. Un ligero ruido le hizo levantar la cabeza y lo clavó en el suelo; no se atrevía a moverse por temor de hacer crujir la arena bajo sus pies.
María Teresa, antes de desnudarse, abría la ventana de su cuarto para gozar del fresco perfumado del aire, y para contemplar el espacio estrellado.
Sus cabellos caían, desatados, sobre la seda tornasolada de su vestido; apoyó los brazos sobre la balaustrada del balcón. Iluminada por la luz rojiza de las lámparas del cuarto, y del lado del jardín, por el resplandor pálido de los rayos de la luna, parecía un ser fantástico, de una delicadeza y de un encanto sobrehumanos.
Juan gozó en contemplar aquella aparición, goce intenso y doloroso. En tal momento nada podía serle más cruel. Todas sus dudas se afirmaban. Sentía, con lucidez desesperante, que no eran sólo obstáculos materiales los que lo separaban de ella; la voluntad misma del señor y la señora Aubry no los acercaría; existía entre ella y él una diferencia de raza; la misma sangre no corría por sus venas. Aquella joven elegante y fina, bañada de luz en ese momento, no podía estar destinada a ser su mujer. No obstante, sentía que jamás podría arrancarla de su pensamiento.
El pobre joven, anonadado, no tenía ya más que un solo deseo: ¡ah! ¡si al menos le fuera dado esperar que en la vida de María Teresa, el nombre de Juan descendiese algunas veces de los labios a su corazón! ¿En qué pensaba en ese instante, mirando dulcemente hacia el horizonte? Ante sus ojos pasaba, sin duda, la imagen del que en esa noche había tenido el placer de estrecharla.
Torturado por el sufrimiento, murmuró:
--Es locura, locura, ¡yo debería condenarme a evitarla, a no verla más!
Y ocultó la cara entre sus manos.
Cuando levantó la cabeza, las persianas estaban cerradas.
A su alrededor, ahora, todo aparecía bajo un aspecto prosaico, desesperante. La luna, velada por las nubes, no esparcía ya su claridad sobre el misterio de la noche; la masa negra de los árboles se erguía hostil, y los grupos de plantas floridas no formaban más que sombrías manchas. El alma del jardín había volado.
V
A la mañana siguiente, cuando Juan se despertó, un criado le previno que el almuerzo tendría lugar en las cercanías, en Saint Jouin, en la venta de la bella Ernestina, y que se le rogaba que estuviera a las once en la casa para la partida.
A Juan lo contrarió mucho este aviso; habría deseado no mezclarse en el movimiento social durante su estancia en Etretat; pero juzgó que sería poco cortés rehusar la invitación, y contestó que no faltaría.
Algunos momentos antes de la hora señalada, Juan, de vuelta de un paseo solitario, por la orilla del mar, leía en su cuarto. Al oír el aviso de Bertrán, cerró su libro con resignación y bajó. La señora Aubry lo presentó a sus invitados. Los hombres le tendieron la mano, las jóvenes lo saludaron; luego, después de un ligero examen, no se ocuparon más de él. Su aire, su manera de vestir, lo clasificaban. Era el invitado que no se cuenta. Juan adivinó la impresión que había producido, dejó pasar a los jóvenes, y subió a un coche con el señor y la señora Aubry.
De todos los nombres que la señora Aubry había pronunciado al presentarlo, uno solo retenía su memoria: el de Huberto Martholl. A este joven que, la víspera, durante la comida, apenas había notado, porque le había parecido un mundano cualquiera, ¡con qué ojo investigador no lo observaba ahora!
Juan comprobó, con profundo disgusto, que Huberto Martholl se precipitaba tras de María Teresa, y se instalaba al lado de ella en el break; la joven lo recibió con una sonrisa. ¡Oh! cuánto habría dado Juan por oír las palabras que cambiaban...
De la encantadora campiña normanda, el pobre joven no vio nada; toda su atención era atraída por las voces alegres y las risas que salían del otro carruaje; además, estaba atormentado por lo que podía hablar el feliz Martholl, inclinándose con tanta frecuencia hacia María Teresa.
Llegados a Saint Jouin, la juventud invadió el jardín a la francesa de la célebre hotelera, mientras que la gente más seria, o más hambrienta, se preocupaba del almuerzo.
Sus inquietudes se calmaron en breve a la vista de una cocina notablemente organizada, de la que salían olores incitantes, y todo el mundo se instaló en el jardín, bajo una carpa, alrededor de una larga mesa ya preparada.
Antes de tomar asiento, Juan observó que los demás jóvenes hacían prodigios de destreza para ocupar sitio al lado de la que les interesaba. Resignado a su mala suerte, se colocó enfrente de María Teresa, queriendo, por lo menos, verla, ya que no osaba acercársele. Huberto Martholl estaba a su lado, aquel Huberto que ella «prefiere, porque baila admirablemente el boston,» pensaba siempre Juan, acosado por la frase oída.
Aislándose de sus vecinos, para absorberse en sus tristes pensamientos, que le demacraban el semblante y le endurecían la mirada, seguía con ojos insistentes los menores gestos de Huberto y de María Teresa. A pesar de sus esfuerzos, le dominó el despecho. Estaba seguro: aquél iba a conquistar a la joven, a llevársela. Por vez primera, la veía particularmente interesada en la conversación de su vecino de mesa; parecía estar prendada de las frases de Martholl; lo escuchaba sonriendo y sin hacer caso a los demás convidados.
Huberto la colmaba de cuidados, le hablaba a media voz con aire de felicidad, y este espectáculo ponía a Juan fuera de sí; se exasperaba tanto más cuanto que juzgaba irresistible a aquel joven de aspecto distinguido, correcto y elegante. El almuerzo le pareció interminable. Bajo la influencia del malestar moral que sentía, su cólera comprimida llegó al más alto grado de intensidad; comprendía cuán superflua era su presencia en aquel ambiente alegre, feliz, donde corría el riesgo de ser ridiculizado si los sentimientos que lo agitaban eran conocidos.
Al fin, se levantaron de la mesa, y todos se dispersaron, yendo unos a las barrancas y otros a la playa.
Juan, no sabiendo qué hacer, siguió a distancia a María Teresa; sus amigas la llevaban hacia la orilla del mar.
La joven, una vez que miró para atrás, reparó en Juan; la expresión dolorosa de su semblante la impresionó, se detuvo para darle tiempo a que la alcanzase y le dijo entonces:
--Las barrancas de Saint Jouin son magníficas. ¿No es verdad, amigo mío?
--¿Cree usted?... Sí, quizá son muy hermosas, pero es una decoración inútil.
--¿Por qué? nada de lo que es hermoso es inútil...
--¿Realmente? ¡Usted es muy ambiciosa! necesita a la vez gozar con los ojos y con el corazón...
--¿El corazón? ¿a propósito de qué dice usted eso? El placer de la vista me basta por el momento...
--Naturalmente...
--¿Qué significa ese excéptico: naturalmente?
--Nada, en verdad.
--Me alegro.
Pero él añadió, a pesar suyo, con tono irónico, despechado por la serenidad del lindo rostro de su amiga:
--Sería mal hecho de mi parte turbar esta alegre fiesta... ¿Qué quiere usted? estas partidas en comparsa siempre me han parecido odiosas, salvo que no disimulen...
--¿Disimulen qué?
--¡Qué sé yo! algún encuentro sentimental; el placer de codearse durante largas horas con el que o la que se ama, el permitirse una libertad de lenguaje que no se podría usar en otra parte.
--¡Perverso! se refiere usted a la señora d'Ornay y a Platel...
Y la risa musical de María Teresa estalló en un gorjeo, acabando de exasperar a Juan.
--¡Oh! no son ellos los únicos que aprovechan hábilmente «la ocasión...» Supongo que usted no se ha fastidiado en el almuerzo. El señor Martholl, ese feliz mortal tan elegante, ¿es tan admirable en su conversación como en su manera de bailar el boston?
María Teresa chocada de aquel tono agresivo que revelaba un estado de alma que no se explicaba, pues Martholl no era para ella más que un amable indiferente, miró a Juan con sincera sorpresa:
--¿Qué tiene usted, mi pobre amigo? Nunca lo he visto de tan mal humor. ¿Es de vernos flirtar un poco que se irrita usted así?
--¿Hay grados, entonces, en el flirt? Explíqueme usted cómo puede uno contentarse con «un poco...» Esta dosis me parece difícil de graduar, sobre todo, de no extralimitarla.
Al decir esto, señalaba con los ojos los grupos dispersos de los jóvenes que marchaban delante de ellos: Platel y Mabel d'Ornay, Diana y James Milk, las de Blandieres con Martholl y Bertrán, y otras parejas más, todos alegres de sentir la influencia de los fluidos de atracción.
Juan, repuso muy excitado:
--Explíqueme usted de una vez lo que es en su justo límite, ese odioso flirt...
--¿El flirt? Es el placer de conversar con un hombre amable que gusta de una y que discretamente lo dice.