Incertidumbre

Chapter 3

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--Estamos aquí desde hace dos días solamente, y hoy es la primera vez que salimos. Hemos traído tanto equipaje que no podíamos encontrar nada de lo que necesitábamos, y nos era imposible dejarnos ver en el Casino en traje de viaje.

--¡Naturalmente el exceso de baúles es un estorbo!--repuso Diana.--Si usted no hubiera traído más que uno, encontraba en seguida el vestido que necesitaba. Hubiera ido al Casino esa misma noche, Martholl le hubiera sido presentado, habría usted bailado con él, y hoy sería para usted una relación antigua, mientras que ahora ¿rescatará el tiempo perdido?

--¡Bah! ¡no creo que sea tan grande el perjuicio!

--¿Es usted, Mabel, quien tuvo la buena idea de traerlo por aquí?--preguntó Juana de Blandieres.

--Sí, ha venido a vernos.

--¿Se quedará mucho tiempo?

--Creo que unos quince días.

--¡Oh! no es mucho; habrá que decidirlo a pasar toda la estación; hay tan pocos flirts interesantes...

--Ya verá usted qué chic es--dijo Diana.--Pero, ahí viene con Platel: puede empezar a contemplarlo.

--Hacia el extremo de la larga avenida, dos jóvenes avanzaban. El uno era pequeño y nervioso, hablaba con vivacidad, poniendo toda su persona en movimiento, de aspecto alegre y fino; el otro, alto, frío, era infinitamente más elegante.

Cuando se aproximaron para saludar a las jóvenes, todas ellas los recibieron con el aire de contento que se demuestra al ver llegar al fin a quienes se espera.

--¡Y bien! ¡pueden ustedes alabarse de haberse hecho desear!--dijo aturdidamente Diana, después de la presentación de Huberto Martholl;--hace una hora que suspiramos por turno: ¿Vendrán? ¿Les has avisado? ¡Con tal que no se hayan olvidado! Me gustaría ser esperada con tanta ansiedad.

--Pero, señorita--respondió Platel sentándose al lado de la señora d'Ornay,--estoy cierto que cuando usted no está, son esos los sentimientos que se manifiestan...

--¿Lo cree usted?--replicó Diana.--Yo pienso que un novelista vale por varias mujeres lindas. Aunque el literato sea algo menos raro, hoy, que tanta gente se entromete a escribir, es, sin embargo, un artículo suyo muy buscado en el mundo; se lo arrebataban. Las mujeres lindas adornan, es cierto; pero los hombres de talento adornan de un modo más interesante.

--Usted quiere enorgullecerme, señorita Diana. Esta acogida me confunde. Pero le ruego que no continúe tejiéndome coronas; me conozco, no me resolvería nunca a dejar un sitio donde la permanencia es tan agradable.

Luego, mirando a las jóvenes con aire de admiración:

--Señoritas, ustedes tienen el secreto de hacerme feliz; sus palabras destilan la miel de la lisonja, y son ustedes también el placer de los ojos. Dime, Martholl--y se volvió hacia su amigo que se había sentado entre María Teresa y Diana,--¿Puede verse algo más hermoso, más encantador que este grupo de niñas? Se diría que están vestidas con pétalos de flores, tan delicados son los colores que llevan.

Huberto se sonrió asintiendo, en tanto que su mirada contemplaba con manifiesta satisfacción el pequeño círculo.

Platel continuó:

--No sabría expresar hasta qué punto soy esclavo de la belleza. Los tonos armoniosos son para mí sinfonías exquisitas que me encantan, en tanto que la reunión de ciertos colores y formas hacen rechinar mis nervios como el chirrido de una sierra al cortar la piedra. Sufrir de esta manera ante la fealdad de las cosas, es pagar muy caro el placer de buscar la belleza en sus manifestaciones diversas, por desgracia demasiado fugaces, frecuentemente. Yo soy Pan persiguiendo a Syrinx; pero hoy he cazado a la diosa, puesto que puedo contemplar a mi gusto estas formas graciosas adornadas con arte delicado.

--Cuánta razón teníamos en esperarlo a usted con impaciencia--suspiró la señora d'Ornay;--no hay como usted para pronunciar palabras lisonjeras.

Max Platel, sintiéndose en disposición de dar una conferencia, y halagado por su éxito, que leía en las sonrisas plácidas y en las miradas atentas de su auditorio femenino, continuó:

--Las mujeres no se imaginan bastante, creo, la importancia de la estética en el vestido. No es que las acuse de falta de coquetería, ¡oh, no! Lamento solamente que no tengan siempre el gusto seguro. Hay muchas personas que, como yo, viven principalmente por los ojos; debería tenerse cuenta de ellos y cuidárseles la decoración. En nuestra época toda la fantasía, toda la alegría del color, se ha refugiado en el vestido femenino, puesto que nosotros no somos ya más que tristes maniquíes, todos iguales, negros y dibujados por igual.

--¡Ah! permíteme, querido amigo--interrumpió Martholl.--Con algún empeño y gusto personal, se puede obtener gran resultado de estos ínfimos elementos.

--¿Dices esto para hacernos notar que tú has sabido realizar ese prodigio?

--¡Puede ser!--murmuró Martholl sonriendo.--Un hombre hábil no debe jamás desperdiciar la ocasión de hacerse valer.

Las miradas de las jóvenes le daban razón; se posaban con simpatía en su elegante persona, admirando su irreprochable traje de verano, desde la corbata de batista clara hasta el barniz de sus zapatos amarillos donde se reflejaba el cielo.

--Admitamos que Martholl sea una excepción y que se afana por vestirse para deleitar a sus contemporáneos; en cuanto a ustedes, déjenme darles un consejo, mis encantadoras amigas: preocúpense siempre de ser lo más hermosas posible; piensen en el placer que nos causan con un adorno feliz.

--Platel, debía usted habernos prevenido; esto es una conferencia.

--Seguramente...

--Entonces, voy a servirle una taza de té en reemplazo del vaso de agua clásico de los oradores--dijo Diana levantándose.

--Acepto, señorita, y continúo: observen ustedes cómo el vestido entristece o alegra una época: ¡la gente debía divertirse poco en la corte de Felipe II, bajo la austeridad del terciopelo negro! Y hay que convenir en que, a pesar de las escenas sangrientas de la Revolución y las cabezas cortadas durante el Terror, no nos horripilan estos espectáculos, en los cuales las víctimas aparecen engalanadas con gracia ligera y voluptuosa, empolvadas y vestidas de sedas claras. Estos espectros nos conmueven, pero no nos espantan. Imaginémonos ¡qué cosa más horrorosa sería una revolución hoy, entre toda esta gente difrazada con nuestros trajes modernos, imposible de evocar trágicamente con aires de ópera!

--¡La Revolución!--exclamó Mabel d'Ornay, simulando un temblor de espanto para acercarse al joven novelista.--¡Brrr! espero que ya no habrá jamás otra. ¿Acaso el pueblo necesita reivindicaciones? ¿No tiene todo lo que le hace falta?

--¡Oh, Mabel!--intervino María Teresa,--¡puede usted decir eso! ¡Hay tanta miseria todavía!... Me sorprende que todos los que se mueren de hambre permanezcan tan resignados y no traten de rebelarse contra nosotros, que disfrutamos de todo. Somos muy culpables hacia ellos...

--¿Culpables?... ¿culpables de qué?

--De preocuparnos muy poco de sus sufrimientos; nosotros, los burgueses, los ricos de hoy, no comprendemos mejor nuestro deber que los nobles el suyo antes de la Revolución.

--Yo soy de la opinión de Mabel--dijo Diana.--Me pregunto ¿qué otros privilegios podría reclamar el pueblo: acaso cualquiera, por pobre que sea, no llega, si tiene carácter y ambición, a ser rico y obtener todo lo que quiere? Mira, sin ir más lejos, Juan Durand a quien esperamos esta noche, es un ejemplo vivo del hombre del pueblo que sabe vencer; el porvenir es suyo.

--Ciertamente--repuso María Teresa con viveza,--pero debías agregar que el hombre del pueblo tiene que reunir a una inteligencia nativa, una suma de trabajo, de energía y de paciencia poco comunes, para llegar a una posición igual a la de Juan. Además, Juan tuvo la suerte de encontrar a mi padre quien lo dirigió y sostuvo.

--¿Quién es ese Juan?

--Un niño abandonado, que mi padre recogió en otro tiempo y que ha sabido adquirir en nuestra cristalería de Creteil, la ciencia completa de su oficio, sin descuidar sus estudios escolares. Con una rara facultad de asimilación siguió los cursos nocturnos y aprovechó toda ocasión de instruirse. Habla el inglés, el alemán, y actualmente es subdirector de la fábrica. Los obreros lo quieren, lo respetan y lo obedecen, porque sabe mandar con suavidad y firmeza.

--¡Pero ese hombre es un prodigio entonces!

--No se entusiasme, Alicia--dijo Diana;--un prodigio, quizá; pero seguramente un flirt imposible.

--¿Es feo?

--¡No, hasta es hermoso a su modo; no se le podrá reprochar que sea enclenque, por ejemplo! y a quien le guste las espaldas anchas y el busto poderoso... ha de agradarle. Solamente que es un hombre serio, severo y en sociedad no es amable, se lo prevengo.

--¿Por qué dices eso?--exclamó María Teresa, dirigiéndose a su prima con cierta vehemencia.--Las cualidades de Juan le dan tal valor, que no está bien imputarle como defecto lo que le reprochas. Está tan ocupado, que no tiene tiempo para tomar parte en nuestras frivolidades mundanas. Con su trabajo diario y su pensamiento absorbido por las cosas serias, no puede realmente tener el aire de un clubman.

--La señorita María Teresa defiende admirablemente a sus amigos--observó Platel;--esto provoca el deseo de aumentar el número de ellos.

María Teresa tendió, sonriéndose, la mano al joven.

--Usted figura en el número, Platel; en efecto, creo ser una buena amiga; pero en este momento soy simplemente justa. Por lo demás, usted va a conocer a Juan; llega esta noche y pasará algunos días con nosotros. Ustedes podrán apreciar por sí mismos, que es merecedor de todas las simpatías.

--Nadie lo duda, puesto que usted lo afirma--dijo Huberto Martholl, que no perdía un solo movimiento de la joven.

La conversación fue interrumpida por otros jugadores de tennis; contaron hazañas que nadie escuchó, y formaron círculo aparte. Después, cuando los jugadores hubieron reparado sus fuerzas comiendo sandwiches, muffins, dulces, té y vino de Madera, todo el mundo se levantó.

Alicia de Blandieres se aproximó a Diana, que hablaba con Mabel d'Ornay, para decirle a ésta, en tono de confidencia:

--¡Oh! querida mía, es exquisito, su Huberto Martholl.

Mabel d'Ornay se echó a reír:

--¡Mi Huberto Martholl! ¡con qué posesivo comprometedor lo califica usted!... ¡Vaya! ¡ya está usted conquistada, mi pobre Alicia! Decididamente, trastorna la cabeza de todas las jóvenes, nuestro amigo.

Alicia tomó cómicamente la mano de la joven, y sacudiéndola con fuerza:

--¡Qué hermoso ejemplo de desinterés da usted, Mabel, no atesorando sus flirts y poniéndolos a la disposición de sus amigas!

--Pero, si Martholl no es mi flirt--gimió Mabel, mirando con inquietud hacia Max Platel.

--Entonces, mejor, si es una tierra libre para conquistar--continuó alegremente Alicia.--Cada una de nosotras tiene derecho a tratar de llegar primero para plantar la bandera vencedora.

--¡Ah!--exclamó Diana,--¡después de esto, nadie se atreverá a afirmar que la juventud femenina no es colonizadora!

La hora de comer se acercaba. Habiendo dicho Bertrán Gardanne que iba a recibir a Juan, todo el mundo se dispersó, dándose cita para la noche en el Casino. Las dos primas fueron a vestirse. María Teresa bajó sola poco después; quería estar allí para recibir a Juan.

Algunos días antes, Jaime había escrito, desde Budapesth, que creía que Juan pasaba por una crisis moral, que debían atenderlo un poco, así como debían convidarlo a pasar unos días en Pervenches.

Inmediatamente la joven rogó a su madre que invitase a Juan, y éste aceptó la invitación porque, con el fin de sacudir su preocupación moral, había resuelto visitar por segunda vez las cristalerías de Austria, proyecto que deseaba someter a la aprobación del señor Aubry.

La hora de la llegada del tren se aproximaba. María Teresa pensó que Juan se alegraría de la prueba de amistad que le daba saliendo a su encuentro. Vería, pues, su semblante leal iluminarse con la sonrisa dulce y feliz que tenía siempre cuando la veía.

Después de haber cortado algunas flores en el jardín que rodeaba la casa, se sentó ante la balaustrada de la terraza, puso el ramo a su lado y esperó.

Estaba contenta de que Juan viniese a Pervenches, porque, aunque veía con menos frecuencia que antes al compañero de su infancia, le conservaba mucha afección. Recuerdos de aquel tiempo, que la joven consideraba lejano, le venían a la memoria; pero como el ambiente en que vivía por el momento, hacía predominar en ella las impresiones mundanas, pensó de pronto en lo que su tía había dicho un día, al oír alabar las grandes cualidades de Juan:

--Juan Durand, es quizá un carácter, pero nunca será un hombre de mundo, a pesar del buen ejemplo de ustedes y de la instrucción que le hacen dar.

Para una joven de veinte años, por sensata que sea, el joven que no es un lindo maniquí acicalado, buen bailarín y diestro jinete, pierde mucho de sus méritos.

María Teresa era demasiado inteligente para no tener conciencia del ningún valor del juicio de la señora Gardanne, pero a pesar suyo estaba preocupada, y esa tarde, contemplando con mirada distraída el crepúsculo que descendía lentamente hacia la tierra, la idea de la obligación en que se vería de presentar a Juan a sus amigos, la inquietaba vagamente. Suspiró con real inquietud.

--¡Con tal que no se le ocurra bailar!--pensó.

En esto su temor era vano. Juan conocía tan bien lo que le faltaba para figurar en sociedad, que se había convertido casi en un salvaje. En un principio se había irritado contra sí mismo. Aislado y solitario después, se desahogaba juzgando fríamente la vaciedad y frivolidad de las palabras y actos mundanos.

El ruido del carruaje que entraba en la gran avenida devolvió a Teresa la noción del momento presente. Ante la escalinata, Bertrán saltó al suelo; Juan que iba a imitarlo, se detuvo, conmovido y feliz. Acababa de ver a la joven. Esta avanzaba hacia él, cordialmente, tendiéndole las manos.

--Gracias, por haber venido... Espero que se quedará algún tiempo con nosotros. Vamos a tratar de convertirle en un perezoso; aquí no hay que pensar sino en descansar y en divertirse ¿no es verdad?

Juan no contestó en seguida. Al fin consiguió dominarse y con voz casi exenta de vestigios de emoción dijo:

--Usted es demasiado buena en añadir estas palabras de bienvenida a la amable insistencia que han tenido en invitarme el señor y la señora Aubry. En cuanto a convertirme en un perezoso, debe usted renunciar; sería hacerme un mal servicio. Mi trabajo es mi sola razón de ser. ¿Para qué serviría yo, si no trabajase?

Al pronunciar estas últimas palabras, Juan no pudo reprimir cierto acento de amargura, como si se burlase de sí mismo. María Teresa notó la ligera tristeza que trascendía a través del aire feliz de su amigo.

--Venga, Juan--le dijo tomándolo por la mano;--voy a conducirlo a su habitación. He elegido la que tiene más linda vista; por la mañana, cuando abra los ojos, verá el mar; eso lo distraerá de los horizontes de la fábrica.

Se dirigieron a la escalera. Juan, contemplando a su conductora, la seguía lleno de felicidad. Al llegar al segundo piso, ella abrió una puerta y mirando a su compañero, dijo:

--Aquí está su jaula, la he adornado con mis propias manos; deseo de todo corazón que sea usted mi prisionero por mucho tiempo.

Y como Juan, al darle las gracias, le devolviese las flores que le había tomado para aliviarla, ella arrancó del ramo unas rosas, que le entregó, agregando:

--Tome usted para su _boutonnière_, y ahora apresúrese, que la campana de la comida sonará dentro de media hora.

--Guardo estas flores porque tienen para mí el mérito de venir de sus manos; pero yo no sabría llevarlas con gracia en mi _boutonnière_, como sus elegantes amigos; estaría ridículo.

--¿Por qué?--interrogó María Teresa simulando no comprender.--Son ideas que usted se hace; déjeme colocarle las flores...

Y Juan vio con emoción, aquellas pequeñas manos colocar hábilmente sobre la solapa de su vestido las fragantes rosas.

--¡Mire un poco--dijo sonriendo la joven.--Está usted igual a esos jóvenes tan elegantes!... Hasta luego; lo esperamos en el hall.

Media hora después la familia se encontraba reunida, y Juan recibía de todos una acogida afectuosa. La señora Aubry tomó su brazo para pasar al comedor; el señor Aubry se colocó entre las dos jóvenes y se apoderó alegremente de un brazo de cada una de ellas, en tanto que Bertrán y Martholl, invitados ese día, seguían muy correctos.

Estos jóvenes, al lado de Juan, ofrecían un visible contraste: delgados, pálidos, delicados, parecían no haber nacido para la lucha. Las finas siluetas de hijos de familia, holgados dentro del smoking, hacían resaltar la fuerza muscular de Juan. Sus anchas espaldas, su rostro enérgico tenían cierta belleza, una belleza viril que hacía dominante su mirada luminosa, súbitamente dulcificada, hasta la más infinita ternura, cuando se posaba sobre María Teresa.

Pero Diana tenía razón; Juan no era el joven sociable y seductor que Alicia de Blandieres hubiera querido que le fuese presentado, a la noche, en el Casino. Alicia no habría mirado con buenos ojos a aquel caballero poco elegante, poco versado en la ciencia de las actitudes, e ignorante de la moda que rige, como soberana, los movimientos de los saludos y de los _shakehands_.

Juan, al lado de Bertrán y Huberto, reclamos vivientes de sus sastres, parecía un hijo del pueblo, de ese pueblo que es carne y sangre de la nación, y se destacaba entre aquellos dos jóvenes incoloros pero selectos.

De toda su persona, tallada vigorosamente, emanaba como una promesa de protección física o moral; su aspecto confortaba, y su fisonomía inspiraba confianza.

En la mesa, sentado entre María Teresa y la señora Aubry, producía la impresión de la fuerza serena y tranquila, mientras escuchaba, sonriendo, las frases que revoloteaban a su alrededor. Apenas terminado el primer plato, el señor Aubry le dirigió la palabra.

--Y bien, amigo mío, ¿qué hay de nuevo en la fábrica? Tus últimas cartas eran un poco lacónicas. Me debes algunos detalles.

--¡Oh! papá--exclamó María Teresa,--por favor, espere usted a estar solo con Juan para hablar de sus asuntos. Además hay que dejarlo descansar a este pobre joven; le hace falta. Aquí, hay una tregua; son las vacaciones; no se habla de la fábrica.

Al oír a su hija, el rostro del señor Aubry se había oscurecido.

--Vamos, veo que a ti como a tu hermano este tema te fastidia, y lo siento mucho. Habría sido muy feliz, lo confieso, si hubiera tenido un hijo que participase de mis gustos y que sintiese placer en cultivar este arte que yo amo tanto, porque ocupa el cuerpo y el espíritu. Un buen cristalero es a la vez un sabio, un artista, un hombre de estudio y un hombre de acción. Ahí tienes, hija mía, un programa, que seguramente no realizará un cualquiera. ¿No tengo razón, Juan?

Y como Juan aprobase con una inclinación de cabeza, el señor Aubry continuó:

--¡Ah! Juan, felizmente, no es como Jaime; nuestros asuntos no le son indiferentes. ¡Ah, no! siente en su alma la misma pasión que yo por el cristal. ¡Cómo nos entendemos! ¡Lo que hemos trabajado juntos al resplandor de los mismos hornos, cáspita! Y es de la raza de aquellos hombres de que en otro tiempo se creaban los caballeros industriales.

--Usted exagera, señor--respondió Juan;--cristalero, sea, pero caballero, no. ¡Esta denominación le sienta a usted mejor que a mí! Sí, yo amo a nuestra querida cristalería. Solamente que comprendo que no se diviertan mucho los que nos escuchan cuando hablamos. Caemos en las ridiculeces de esas madres que alaban sin cesar a sus hijos delante de personas que ningún interés tienen. Además, aunque el estado de cristalero sea un estado noble, no faltan otros igualmente atrayentes. Seamos justos. Si todo el mundo fuera cristalero, ¿qué sería de nosotros, mi querido maestro? No debe usted lamentar nada; Jaime habría trabajado el cristal sin convicción, en tanto que será un soberbio abogado, bajo su toga. Y podrá sernos útil si tenemos pleitos, él nos defenderá.

--¡Oh! Jaime no estima mucho los pleitos sobre negocios. Prefiere las causas sensacionales.

--Yo sé lo que le conviene a Jaime--interrumpió Diana:--un hermoso crimen con un asesino difícil de defender. Lo que hace la reputación de un abogado, no es ganar siempre sus pleitos, sino abogar en causas de resonancia. Se habla más de los que dejan guillotinar a sus clientes, que de los que los salvan de la ruina. Supongo, pues, que Jaime se dedicará a la clientela de la Corte de Asises.

La señora Aubry la interrumpió para dirigirse a Juan.

--Dime, hijo mío, espero que te quedarás con nosotros algunas semanas. Hace mucho tiempo que no tienes vacaciones; esta vez quiero verdaderamente que pases aquí la estación entera de baños; sé que tendrás gran placer...

--Mi mayor placer es estar con ustedes, señora, usted lo sabe bien; pero el reposo no me conviene. No sé qué hacer cuando no me entrego a mis ocupaciones habituales. Sin embargo, mi deseo es quedarme el mayor tiempo posible; nada, por el momento, exige mi presencia en Creteil. Antes de salir de allí, he organizado todo, y para el trabajo corriente, Rousseau es un hombre en quien se puede fiar. No es solamente en previsión de una permanencia en Pervenches, por lo que he tomado estas disposiciones; tengo la intención de volver a visitar las cristalerías de Bohemia. He oído hablar de nuevos procedimientos de fabricación; querría examinarlos, para someterlos a su aprobación, mi querido protector.

--Bien, amigo mío, reconozco ahí tu espíritu de iniciativa; pero por el momento, no veo la necesidad...

--¡Oh! no, tío--exclamó a su vez Bertrán,--no vuelva a caer en sus historias de cristalería. Un poco de paciencia, que pronto vamos a dejarlos solos; entonces podrán conversar libremente y ocuparse de sus negocios. Nosotros admiramos las hermosas obras que salen de sus manos, pero es inútil enterarnos de cómo se hacen. Mi intervención es de mera prudencia: porque los conozco. Si se les deja ir, en algunos instantes llegaremos a las combinaciones químicas, y como no entendemos nada, ustedes habrán hablado sin provecho para nadie.

--Vaya--dijo Juan festivamente,--no hay nada que hacer, ¡tenemos un mal público!

Cuando se levantaron de la mesa, María Teresa se acercó a Juan y le preguntó si quería acompañarla al Casino.

--Agradezco mucho su generosa oferta; pero si usted me permite, voy a quedarme con su papá. Soy un ser huraño, me gusta poco la sociedad. ¿Cree usted que yo consentiría en darle la molestia de mezclar mi persona a través de sus relaciones balnearias? Tendría que presentarme a sus amigas ¡qué tarea tan abominable! Y si me aburriese en un rincón, usted se creería obligada a dejar a sus amigos para venir a conversar conmigo. Sería, pues, un verdadero estorbo para usted. Prefiero que me permita quedarme con su padre; fumaremos un cigarro en el jardín, hablando de cosas que nos interesan.

--¿Entonces, desde su llegada hay que darle plena libertad para abandonarnos?

María Teresa fue interrumpida por Diana:

--¡Y bien! ¿cuándo acabarán de hablar en ese rincón los dos? ¿Sabes? son ya las diez... ¿No partiremos nunca, tía?

--Las estoy esperando, hijas mías--respondió la señora Aubry.

--Juan, ayúdeme usted, entonces.

Y María Teresa dio al joven su manto blanco incrustado en guipur de Irlanda.

Después de haberlo colocado delicadamente sobre los frágiles hombros, Juan retrocedió, diciendo con admiración:

--¡Parece usted una reina, María Teresa!

Ella se sonrió, y le tendió las manos:

--Pero muy pobre reina, pues no sé hacerme obedecer.