Chapter 16
--No, yo no soy cruel; yo quería verle, Juan; necesito su presencia; los días me parecen largos sin usted... ¡espantosamente largos!
Juan la contempla sorprendido, hasta el punto de que, sólo después de un largo silencio, pronuncia lentamente estas palabras:
--¿Los días le parecen largos?... ¿qué me dice usted?... ¿no está aquí el que usted quiere?
--Ahora sí...--dijo la joven.
Pero en seguida, con aire grave, añadió:
--Juan, tengo una importante confidencia que hacerle. Desde hace dos meses he dejado de ser la novia de Huberto Martholl, me he desligado de las promesas que nos unían...
Una palidez mortal se extendió por el rostro de Juan, y todo su cuerpo tembló.
--¡Me vuelvo loco!--balbuceó.--No comprendo... diga, ¡ah! diga...
La joven continuó:
--Es bien sencillo lo que pasó en mí. Me convencí de que me había equivocado, que nunca había amado a Huberto.
--¿Que usted no lo amó nunca?... Nunca...--repetía Juan.--Entonces ¿cómo fue su novia?
--¿Acaso lo sé yo? Influye tanto el azar en nuestras determinaciones... Confieso que en un principio Huberto no me disgustaba... ¿qué razón había para que le rechazase? Yo no sabía que otro me amase... otro... Todo esto es bien simple... muy triste también... No hay que guardarme rencor, Juan. ¡Vivimos tan futilmente nosotras, las jóvenes! nos conocemos apenas; no sabemos dirigirnos, y nadie nos guía en la educación de nuestro corazón; nuestras madres no se atreven... nada es, pues, más fácil que confundir un sentimiento trivial con el verdadero amor.
--Es cierto... Lo que usted dice es justo y cierto... ¡Ah, María Teresa, María Teresa!...
Y trastornado, Juan balbuceaba:
--¡Libre, usted es libre!
La joven respondió:
--No, Juan, no, yo no soy libre; si me he desligado, es porque, durante mis frías relaciones con Martholl, conocí que todo mi corazón pertenecía a otro...
--¡A otro!
--¡Ah! Juan, ¿no adivina usted?
Como alucinado, él la miró, y en la turbación, en la emoción visible de su amada, lee la confesión que sus labios no se atreven a pronunciar.
Enloquecido, la atrae hacia sí en un movimiento apasionado.
--¡Será posible! ¡María Teresa, le suplico, hable! dígame que soy yo... ¿es posible? ¡yo!... ¡yo!
Entonces la joven inclinó su cabeza sobre el hombro de Juan, y murmuró en un soplo:
--...¡Sí, Juan, es usted!
Una especie de deslumbramiento hace caer a Juan sobre un banco, y le quita las fuerzas de abrazar aquel cuerpo encantador.
Entonces, tomando las manos de María Teresa, de pie ante él, la contempla con toda su alma, y ella lee en la cara del joven la intensidad de su emoción. Está transfigurado; el oro del sol se refleja en sus negras pupilas, y una palidez de ámbar cubre sus mejillas; una felicidad sobrehumana resplandece en aquel rostro, cuyos labios son impotentes para pronunciar palabras.
--¡Es, pues, cierto!...--repite,--¡yo! ¡yo!
Ansioso o incrédulo, no pudiendo creer en tanta felicidad, se pregunta:
--¿Cómo es posible que sea para mí esta dicha inmensa... que no he merecido?...
--No, Juan, yo he conocido en usted la grandeza de la energía, la hermosura del espíritu de sacrificio, y usted ha penetrado en mi corazón haciéndome admirar la nobleza de una alma generosa dedicada al deber y al trabajo.
--¡Oh, María Teresa!--exclamó él, atrayéndola hacia sí en un arrebato de todo su ser,--¿puedo decirle entonces cuánto la amo? ¡María Teresa! yo la adoro... mi amada, mi bien amada; ¿no teme usted que sean demasiado rudos estos brazos que la estrechan?
--No, Juan, puesto que yo le amo...
Y la joven inclinó su cabeza sobre el corazón de su novio. En un ademán de protección y amor, él la rodeó con sus brazos y la estrechó con ardor silencioso.
Aquel abrazo grave y fuerte llenó de dulce emoción a María Teresa; se sentía segura como en un estuche, entre aquellas manos cariñosas y potentes. Percibía las palpitaciones del corazón de su novio; su fuerza, su frecuencia, el fluir tumultuoso de la sangre en las arterias, entonaban, para ella, un himno sagrado y triunfante.
Presentía cuánto ideal y generosa energía llevaría, por el don de sí misma, a la vida de su amado.
Era cierto: Juan aprisionaba su sueño entre sus brazos; tenía estrechada contra su pecho a la mujer únicamente amada. Esta posesión, exaltando su alma, lo hacía capaz de acometer las más grandes obras humanas.
Largo tiempo, de pie en la terraza, permanecieron entrelazados...
* * * * *
El horizonte infinito se extendía ante ellos. En el mar el sol trazaba un surco de oro que, semejante a un camino luminoso, empezaba a sus pies, para perderse en la inmensidad; les pareció el símbolo de la senda que se abría para ellos y que seguirían en adelante.
Una emoción intensa los embargaba. Confundían aquella claridad con la irradiación de la felicidad que inundaba sus almas; se imaginaban que aquella luz emanaba de ellos para esparcir la alegría por el mundo.
No se equivocaban; el amor es la antorcha que ilumina a la triste humanidad, lo único que siembra algunas chispas de alegría y embriaguez en el fragoso camino que seguimos desde la cuna hasta la tumba.