Incertidumbre

Chapter 15

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--Yo pienso que de todos los servicios que Juan nos ha hecho, el más meritorio es el de haberme hecho comprender lo que constituye la grandeza del alma. ¡Cuánto habría sufrido yo, siendo la mujer de Martholl, al descubrir poco a poco la naturaleza ligera de ese ser exclusivamente egoísta!

--Querida hermana, Juan nos ha librado de peores desastres: la quiebra y la muerte de nuestro padre, porque papá habría muerto. Gracias a una nueva invención, Juan levanta nuestra casa, restablece nuestro crédito y nos salva de terribles desgracias.

--La Providencia, hijos míos, nos devuelve centuplicado lo que hemos hecho por ese huérfano--dijo la señora Aubry, con voz conmovida.--¡Que sea bendito!

Un enternecimiento súbito o intenso de gratitud y cariño hacia Juan los invadía.

--¡Qué dicha, poder hacerlo feliz a mi vez! La idea de mi propia felicidad se aumenta al pensar en el amor que me tiene. Madre, ¡si supieras cuánto me quiere!

--Pero ¿qué vamos a hacer ahora? Tú, parece olvidas que eres la novia de Huberto Martholl, hija mía...

--¿Quieres dejarme escribirle? Tomaré sencillamente, la iniciativa de la ruptura; no podrá menos de quedar agradecido.

--Haz como quieras, querida mía, tengo confianza en la bondad de tu corazón y en la rectitud de tu espíritu.

--Ahora, tengo que pedirles algo, a ti, madre, y a ti, Jaime; prométanme guardar secretas para mi padre, para todo el mundo, para Juan, principalmente, las resoluciones que he tomado. Quiero que la calma vuelva a nuestros espíritus antes de comenzar una vida nueva.

Después de haber obtenido la promesa que exigía, la joven subió alegremente a su cuarto, y escribió en seguida a Martholl.

XIX

De regreso de Londres, la víspera, Martholl se despertó de muy mal humor. Lo primero que se presentó a su espíritu fue el pesar de haber perdido una fuerte suma de dinero en las carreras de Ascot, donde había visto desaparecer sus esperanzas con el caballo que las llevaba.

Huberto no era jugador liberal; hombre de orden, adorador del dinero, detestaba el perder. Había jugado en Ascot por espíritu de imitación, para no ser menos que los amigos que lo rodeaban; pero como la pérdida que había sufrido iba a desequilibrar su presupuesto durante algún tiempo, su disgusto era profundo. La escasez de dinero que lo amenazaba, lo hizo pensar en la desagradable vida que pasaría si, en el curso de su existencia, se viese obligado a imaginar sin cesar combinaciones financieras, a fin de vivir decentemente. ¡Gran Dios! qué dificultades tendría, si no se casaba con una mujer rica.

--María Teresa es encantadora--se decía,--pero cuanto más reflexiono, más me convenzo de que sería una locura casarme con ella en las circunstancias actuales.

Somnoliento todavía, abrió los ojos, miró a su alrededor, y experimentó una sensación de vivo placer al contemplar las cosas confortables y elegantes que lo rodeaban.

--¿No soy feliz así?--pensaba.--¡Casarme, para llevar una existencia agradable, exenta de preocupaciones pecuniarias, pase! Pero ir a encerrarme en un pequeño departamento, ser mal servido por un personal reducido ¿cómo resignarme, a menos de estar loco?

Y, como Huberto era razonable, se absorbió en meditaciones para encontrar el medio de esquivarse.

En aquel piso bajo, amueblado en un estilo inglés muy puro, época de la Reina Ana, la vida interior se desarrollaba según las reglas de un reglamento severo, completamente británico. Huberto fue interrumpido en sus reflexiones por la entrada de un criado, inglés, como los muebles, que le traía el té y el correo.

El joven echó sobre su correo una mirada distraída, pero habiendo notado entre las cartas y los diarios un amplio sobre sellado con lacre blanco, hizo un gesto de inquietud.

--¡Una carta de María Teresa!--murmuró sorprendido.--¿Qué me escribirá? ¿Estará inquieta por mi ausencia? ¡diantre! esto no concuerda con mi proyecto de concluir.

Rompió el sobre y leyó:

«Voy a decirle adiós, Huberto, y espero que su pesar no será grande. No quiero abusar de su buena fe; he dejado de ser la María Teresa de quien usted gustó, hace un año. Los acontecimientos de este último tiempo han aclarado mi inteligencia y me han hecho ver que nuestros gustos son tan contrarios, nuestro modo de pensar tan opuesto, que es mejor que renunciemos a unir nuestros destinos. Tenemos una manera demasiado diferente de concebir el empleo de nuestros días. ¡He reflexionado mucho, he tratado igualmente de conformarme a sus deseos, y encuentro que no me divierto nada, divirtiéndome! Estoy cierta que usted no amaría mucho tiempo a una compañera tan poco aficionada a la gran vida. Créame, hemos equivocado el camino.

»Tengo, pues, escrúpulos de privar a alguna joven, hermosa y encantadora, de una posición que yo ocuparía sin ningún placer, en tanto que para ella sería, fuera de duda, una fuente de distracciones y alegrías.

»Otra razón me decide a hablarle a usted así. ¿Recuerda los proyectos para el porvenir que formábamos juntos? He deducido en ellos este hecho singular: yo no era para usted más que un accesorio de la decoración de sus fiestas. Jamás me dijo: «usted será mi amiga, mi compañera amante y fiel; ¡qué placer tendré en gozar a su lado de la paz del hogar y del encanto de la intimidad!»

»No me equivoco, ¿verdad? afirmando que jamás ideas tan mundanas fueron formuladas por usted. Por el contrario, usted me decía: «Haremos gran vida; recibiremos mucho, saldremos más, aprovecharemos los yates de nuestros amigos, y, si heredamos a la Condesa de Husson, tendremos caballos de carrera. ¡Un stud! Este es mi sueño.» ¡Ay! ¡pero no es el mío! Cada vez pienso y me convenzo más de la imposibilidad de ligarme a una existencia semejante. Además, su realización, depende de una condición esencial: mucho dinero. Yo no soy indispensable... Una compañera más mundana, que forme hermosa pareja con usted en esa vida de alegría, no le será difícil encontrar. En cuanto a que yo sea esa compañera, es, actualmente, irrealizable en absoluto, por esta razón convincente y muy sencilla: no tengo dote. No tengo dote, porque rehúso recibir la que quiere darme mi familia.

»Mi padre me adora, usted lo sabe, y, a pesar del mal estado de sus negocios, se impondría los más duros sacrificios para asegurarme la dote y la renta prometidas... ¿No juzga usted que sería odioso que la vida de trabajo sobrellevada por mi padre no sirviera sino a mantener en el lujo y en los placeres a dos personas jóvenes y fuertes, mientras él debería continuar su dura labor, y condenarse a una existencia mediocre o incómoda? Seguramente, usted piensa como yo: seríamos despreciables si aceptásemos tal situación.

»Cierto, no lo pongo en duda, usted es bastante gentleman para tomarme por esposa sin dote; pero mi padre no lo consentiría, se considera obligado por su formal promesa. Así es que, como usted ve, en esta alternativa no me queda más que decirle adiós.

»Durante algún tiempo he sido la novia de su selección; esta preferencia no ha dejado de envanecerme; es una especie de estimación de mi humilde persona, que me da algún valor, y del cual haré don a mi marido.

»Espero que ya estará completamente tranquilo por la salud de su amiga, la señora Husson, que tantas inquietudes le causó. ¡Qué buena idea ha tenido para restablecerse, de hacerse acompañar por usted a Ascot, en los días de carreras!»

* * * * *

Y la carta terminaba con un correcto y trivial adiós. Cuando terminó la lectura, Huberto se sintió algo indignado. Consideraba casi una afrenta la iniciativa de María Teresa para deshacer sus esponsales. ¿Lo creía, pues, incapaz de casarse sin recibir dote?

Pero en seguida se sonrió de este último resto de caballerosidad que había brillado en su interior. ¿No quedaba todo bien arreglado así? La carta lo libraba de un gran compromiso. La releyó, pesó las palabras y analizó las frases...

La que había escrito aquellas líneas tan mesuradas, tan finamente irónicas, parecía bien determinada a persistir en su resolución; ni un arrebato que revelase cólera de celos, ni reproches exigiendo explicaciones, ni emplazamientos de ninguna clase. Evidentemente no le despedía con la secreta esperanza de atraerlo. Estaba sorprendido, y no comprendía aquel carácter de mujer. Por un instante, su fatuidad se rebeló de lo poco que lo sentían. Sin embargo, pronto volvió a sus sentimientos prácticos y agradeció a María Teresa el haber sabido comprender sus intenciones.

¡Qué inteligente, fina, llena de tacto y espiritual era aquella María Teresa! Lástima grande perderla. Pero consideró que se enternecía inútilmente. Puesto que los acontecimientos se imponían, él no tenía más que inclinarse.

Los rayos de sol que brillaban sobre la bandeja de plata, atrajeron sus miradas.

--¿Otra carta?--dijo, tomando un sobre.--¡Ah! es de la señora de Husson.

Y leyó:

«Amigo mío:

»Esta noche comeremos en Armonville. He resuelto hacer locuras; en seguida iremos a la fiesta de Neuilly. Cuento contigo y con dos o tres amigos más, para que nos acompañen. Es una fantasía de mi amable niña Watkinson. No dejes de ser exacto. A Armonville, esta noche, a las ocho.--Tu vieja amiga--_Matilde Husson_.»

La señora de Husson, segura de la aprobación de la señora Martholl, no ocultaba sus proyectos. Había mirado siempre con malos ojos el casamiento de Huberto con la señorita Aubry. Habiendo decretado que el joven no se casaría sino bajo sus auspicios, su compromiso, contraído sin que ella hubiera tenido en él la menor participación, no le pareció nada ortodoxo. De aquí que repitiera sin cesar que Huberto y sus «esperanzas» valían una fortuna mayor. Enterada de los incidentes desagradables ocurridos en la familia Aubry, unió sus esfuerzos a los de la señora de Martholl, para que Huberto no cometiera la falta de entrar en una familia amenazada por la ruina.

Habiendo tenido la suerte de encontrar la famosa gran fortuna en las lindas manos de miss Maud Watkinson, empleó sabias maniobras para poner constantemente a su protegido frente a la joven heredera. De acuerdo con la madre de Huberto, ponderaba, delante de él, a los jóvenes argonautas modernos que saben conquistar el Vellocino de Oro. La victoria reciente del joven Duque de Castillon, que se había cubierto de gloria en una aventura semejante, alentaba las esperanzas en el corazón de muchas madres. La señora de Martholl no se libró de este contagio, y, desde entonces, razonablemente, habituó su espíritu a las concesiones.

Una nuera protestante es susceptible de ser convertida por la influencia de piadosas exhortaciones, ¿y devolver al regazo de Nuestra Señora Madre la Iglesia una oveja descarriada, no es hacer una obra piadosa?

Continuando la lectura de su correo, Huberto descubrió una pequeña caja, cuidadosamente envuelta. La abrió: era el estuche, sobre cuyo terciopelo blanco descansaba el anillo de rubí.

--Si el proyecto de la Condesa de Husson marcha bien, he aquí algo que compensará mis pérdidas en Ascot--pensó juiciosamente.--Este rubí sentará deliciosamente en la mano de miss Maud. Haré rehacer el engaste con algunos brillantes; un anillo más relumbrante se armonizará mejor con su género de belleza.

Huberto cerró el estuche y lo puso en la bandeja, no sin ahogar un suspiro; hasta murmuró:

--¡Quién sabe!... En fin, mejor es que sea así... ¡Ah, María Teresa! ¡eres tan linda, sin embargo!

Luego, filosóficamente, bebió su té, estiró el brazo, tomó un diario, y se puso a leer.

Tal fue la oración fúnebre de lo que Huberto creyó ser, de su parte, un grande y delicado amor.

XX

Hacia el fin de agosto, Juan se hallaba solo en el gran escritorio de la cristalería de Creteil. Era uno de esos días de calor deprimente, que parecen retardar el transcurso de las horas lentas. Aquella atmósfera tempestuosa, que pesaba sobre la Naturaleza, haciendo cesar el canto de las aves y el murmullo de las hojas, exasperaba los nervios enfermos del joven.

Sentado delante de la mesa de trabajo, fastidiado de todo, en un abatimiento físico y moral angustioso, como nunca había sentido, seguía con la mirada distraída las nubes negras que invadían poco a poco todo lo que quedaba de cielo azul. Y semejantes a aquellas nubes, sus ideas sombrías chocaban entre sí, torturando su cerebro.

El esfuerzo tentado, el abandono completo de sí mismo, la abnegación llevada hasta el martirio ¿de qué servían? Cada día, con toda injusticia, sentía más pesado el fardo de su aislamiento. ¿Por qué también había dejado que aquella pasión lo dominase hasta el punto de quebrantarlo? Juan veía con terror desvanecerse su valor y su fe en el porvenir. Sabía que jamás conocería la felicidad. Una sola cosa subsistía todavía a sus ojos: la necesidad de cumplir su deber por gratitud al señor Aubry. Esta idea lo mantenía fiel en su puesto.

A menudo se reprochaba el dejarse vencer por un pesimismo peligroso. Ante su impotencia para encontrar la calma, la energía de su voluntad desamparada se acusaba de debilidad y de egoísmo; pero no podía dominar su tristeza creciente. La preocupación de los negocios tenía al menos esta ventaja: que distrayendo su espíritu, le hacía olvidar momentáneamente, su pesar; pero ese recurso desesperado le faltaba desde que la tranquilidad de los trabajos ordinarios reemplazaba en él a la fiebre del recargo de tarea de los últimos meses, y que, libre de inquietudes pecuniarias, veía a la fábrica prosperar de nuevo.

Pero ¿sería el enervamiento causado por sus fatigas? Ese día sentía impulsos de rebelión desconocidos en su alma. Los paseaba, sin poderlos disipar, entre aquellos muros donde había crecido; erraba, desamparado, en aquella fábrica que contenía todo su pasado, retenido por la fuerza del hábito y por el deber, buscando en todos lados sus viejos recuerdos.

Cada evocación del pasado, le refería su amor, la alegría, el sol de su juventud.

En uno de aquellos hornos ¿no había él mismo fabricado toda una minúscula vajilla de muñeca? Recordaba, como si este recuerdo hubiera datado de la víspera, su felicidad al recibir en pago de la sorpresa hecha a la niña, los frescos besos de su boca rosada. Siempre, en todas partes, era ella, que aparecía, siempre ella. ¿Qué hacer para olvidarla?

¿No alcanzaría jamás el reposo del espíritu sino en el olvido, aun no volviéndola a ver?

Planteó el problema de lo que haría cuando ella estuviera casada y se llevara lejos todos los sueños de amor fundados sobre ella. Le pareció que le sería imposible vivir sin aquella presencia, cuyo encanto lo tenía embelesado desde hacía tanto tiempo. Entonces, en un acceso de rabia interior, sintió haberse sacrificado. ¿No debía más bien haber dejado cumplirse los acontecimientos y que la casa se hubiera derrumbado? María Teresa sin dote ¡quién sabe lo que habría sucedido! Por lo menos, ella hubiera visto lo que era capaz de hacer por ella aquel Juan que desdeñaba. Él se habría puesto a trabajar con encarnizamiento a fin de reconstituirle una fortuna.

Desalentado nuevamente, pensó:

--¿Para qué? María Teresa no me ama, y yo no puedo modificar su corazón.

La última vez que había visto a la joven fue en la estación del ferrocarril de Saint-Lazare.

Cinco semanas hacía que los Aubry habían partido para Etretat, por haber aconsejado el médico que el convaleciente tomase los aires del mar. Mientras Juan ayudaba a los viajeros a acomodarse en el vagón, éstos le demostraron, al darle el adiós, un extraordinario cariño, lleno de emoción; guardaba como un tesoro la visión de la radiante sonrisa de María Teresa, y la durable presión de su mano.

Pero ¿era esto sorprendente? ¡Bah! los Aubry eran bastante inteligentes para comprender el prodigio que acababa de hacer por ellos. Ella también, sin duda, le guardaba mayor afección, agradecida a los cuidados prodigados a su padre y al éxito de sus esfuerzos para salvar la cristalería. ¿Y no era una gracia suprema que demostrase haber olvidado las palabras locas en que dejó escapar su secreto, en una noche de fiebre y de angustia? No, ella no comprendería jamás cuánto la amaba.

Y ahora, ¿cuándo la volvería a ver?

Huberto Martholl se había reunido a ellos, indudablemente. El casamiento no podía demorarse más, puesto que el señor Aubry estaba ya bueno y los asuntos arreglados... ¡Ah! ¡los terribles, los dolorosos celos atenazaban el corazón y el cerebro de Juan, cuando evocaba aquella hora tan próxima! Se desesperaba por encontrar algo que le impidiera pensar en aquellos novios felices, reunidos allá en Pervenche, entre una decoración de flores, de vegetación, de savia calentada por el estío... Y el desgraciado desfallecía de dolor.

Como se levantase para ir a la ventana a respirar un poco el aire fresco, golpearon a la puerta. Era un criado que le traía un telegrama. Juan lo abrió, presintiendo que venía de Etretat; leyó:

«Tengo necesidad de ti, ven inmediatamente, esperamos.----_Aubry._»

Juan quedó estupefacto. ¿Para qué podían necesitarlo? ¿Por qué llamarlo así bruscamente? ¿El señor Aubry habría recaído en su enfermedad? El laconismo del telegrama lo alarmaba.

¿Volver a Pervenche?... era un sufrimiento moral superior a sus fuerzas. Pero, en breve, la idea de aproximarse a María Teresa, de verla, de satisfacer así su único deseo, lo hizo sobreponerse a sus recelos y temores.

El día estaba demasiado adelantado para que pudiese partir aquella misma noche; telegrafió que iría al día siguiente. Llamó a Rousseau, el viejo jefe de talleres, y le dio las instrucciones necesarias para que nada se perturbase mientras él estuviera en Etretat. En seguida hizo sus preparativos para el viaje.

Al día siguiente, durante la inacción forzosa del viaje, Juan permanecía absorto, inquieto por el llamamiento del señor Aubry, y perdido en la contemplación interior de María Teresa. Entre este tormento y este goce, se hallaba tan absorto en sí mismo, que nada del exterior atraía sus miradas. No veía la campiña normanda huir ante sus ojos en la opulencia de sus ricos cultivos, ni notaba la atención hacia él de una joven que viajaba en el mismo compartimiento. ¡Qué le importan los campos fértiles y las lindas mujeres! La intensidad de su amor lo apartaba de todo. La fiebre devorante del amor, que es la vida de los fuertes, lo dominaba. Cada día amaba más a María Teresa; ella lo sabía, y, sin embargo, dentro de algunas semanas sería la mujer de otro...

Este tenaz pensamiento hacía palidecer su semblante, y daba a su mirada una expresión singular.

De pronto cree comprender: lo llaman porque el señor Aubry, estando aún convaleciente, no puede ocuparse de las formalidades del casamiento; lo esperan para encargarle la práctica de estas diligencias. He ahí por qué debe dejarlo todo y acudir apresuradamente; esta razón de su viaje le parece tan simple, que se sorprende de que no se le haya ocurrido antes. Pero esto es superior a sus fuerzas, y esa misión rehusará cumplirla; ¡no! ni por el amor a María Teresa, desempeñaría ese oficio; sería demasiado doloroso. Si se exige eso de él, recurrirá a Jaime, su amigo, su hermano, que le evitará ese martirio.

Al fin, Juan llega; el tren para, y poco después, el coche de los Canzelles se detiene en el vestíbulo de la villa; un criado, de pie, cerca de la puerta, toma la maleta de Juan, en tanto que éste, ansioso, le interroga:

--¿Cómo está el señor Aubry, Francisco?

--El señor Aubry está muy bien, el aire del campo lo restablece, tiene ya muy buen semblante. ¿El señor Juan quiere subir a su cuarto? Todos han salido; sin duda no esperaban al señor hasta la noche.

Juan sigue al criado.

En su cuarto, el mismo que ocupó el año anterior, los recuerdos vuelven a acosarlo. El tiempo no ha hecho más que agravar su mal, puesto que lo irremediable va a cumplirse.

Mientras cambia de traje, sus ojos ven en el espejo una imagen que le sorprende. El hombre reflejado allí no está tan alejado de la elegancia de aquellos que antes envidiaba. Se sonríe con burla.

Empezó a comprender por qué atraía la atención de aquella joven del vagón; este éxito se lo debo a mi nuevo sastre. Después de todo, puesto que las mujeres son sensibles a las formas exteriores de una elegancia que se puede comprar ¿por qué no habré tratado antes de parecerme a los que les gustan? Pero loco, triple loco, bien puedo convertirme en el hombre mejor vestido de París y de Londres, mas ella verá siempre detrás de mi traje al huérfano recogido por caridad, al obrero que se quemaba las manos...

Se arroja sobre un sillón, echa la cabeza hacia atrás, y permanece así, poseído de la desesperación.

* * * * *

--¡Juan, Juan, baje, que lo espero!

Es la voz de la mujer amada, que lo llama desde el jardín.

Juan se levanta. Del fondo del cuarto, por la ventana abierta, ve destacarse sobre el césped un vestido de verano.

¡Ah! ¿por qué aquella voz es tan alegre, cuando en el mismo instante él sufre tanto que el temblor le impide bajar?

En la puerta, una última emoción lo contiene. ¿Qué va a ver abajo? ¿A Huberto Martholl al lado de ella, sin duda? ¡Cuánto valor necesita todavía!

Llega al vestíbulo. Al divisarlo María Teresa, exclama de nuevo:

--¡Venga, Juan!

Aquel nombre pronunciado por la voz adorada, conmueve al joven profundamente. Y, en una admiración apasionada, contempla a la joven en toda la plenitud de su belleza, de pie y silenciosa al lado de un bosquecillo de flores. Permanece allí, en efecto, no atreviéndose a avanzar, presa de un sentimiento singular que no ha previsto; porque el que se acerca en aquel momento es el hombre a quien ama, cuyo pensamiento la llena de ternura y de esperanza.

De pronto, un pudor inquieto, una timidez extraña la turba, y no sabe qué palabras pronunciar para hacer a Juan la confesión que, lejos de su presencia, creía fácil.

Juan se aproximó, y, tratando de afirmar su voz, le dice:

--Buenos días, María Teresa, ¿su papá sigue bien, verdad? Al llegar, he tenido, por Francisco, buenas noticias. Esto me ha tranquilizado; su telegrama me había alarmado mucho.

Mientras él habla, la joven se ha serenado.

--Sí, la calma, el reposo, le han hecho gran bien. Nada sirve como el campo y el aire del mar para los convalecientes. Y usted, Juan, ¿no necesita también un poco de este aire vivificante, después de tantas penas y fatigas?

--¿Es por esa razón por lo que su padre me ha llamado? ¿Cree usted, realmente, que yo encontraré aquí... en estos días... el reposo que podría serme saludable?

María Teresa, dueña de sí misma ahora, dijo sonriendo con coquetería:

--Yo lo creo, Juan; lo creo tan firmemente, que soy yo quien le ha telegrafiado. ¿Dónde estará usted mejor que con nosotros? ¿no somos su verdadera, su única familia? Hace usted muy mal en hacerse de rogar para venir, cuando sabe que lo queremos tanto... ¡No, no proteste!--exclamó con alegría, golpeando suavemente con una flor el brazo del joven, que se estremeció al contacto de aquella caricia.

Y, después de un malicioso suspiro ahogado, añadió:

--Yo sé: los hombres son así; nos aman y nos descuidan... es su manera de ser... ¡hay que resignarse a tomarlos como son!

--¡Ah, María Teresa, María Teresa!--rugió sordamente la voz de Juan,--¿por qué juega usted con mi dolor? ¿Por qué ha tenido la crueldad de llamarme? Su alegría me mata...

La fisonomía atormentada de Juan tenía una nueva belleza. Como María Teresa lo miraba conmovida, él continuó:

--¿Cree usted que soy tan fuerte que pueda resistir al suplicio de verla al lado de otro? Dígame, ¿para qué me ha llamado? ¿en qué puedo servirla? ¡Ah! si es la amistad de ustedes lo que me ha arrancado de Creteil, usted por lo menos, usted que sabía... ¿por qué no encontró un pretexto para evitarme este viaje? Usted es cruel... cruel...

María Teresa puso su mano en la de Juan, murmurando:

--Déjeme así... como antes, cuando yo era chica, y caminemos un poco ¿quiere?

Lo lleva, silenciosa, a través del jardín, hacia la terraza que domina el mar. Allí le dice, con una expresión de voluntad reflexiva: