Chapter 14
La admiración que sentía la joven por Juan, la hizo notar, sin querer, lo singular que era la conducta poco afectuosa de Huberto. ¿Por qué la rareza de sus visitas coincidía con el mal estado de los asuntos del señor Aubry? ¿Por qué había expresado el deseo de demorar su casamiento? ¿Sería solamente por delicadeza, para dejarla libre de dedicarse al cuidado del enfermo por lo que Huberto había manifestado aquel deseo?
Sí, sí, ahora comprendía; temía que ella no tuviese dote, y tomaba sus precauciones. Había sabido, sin duda alguna, que el desastre del banco Raynaud, perjudicaba a la cristalería. Realmente, su novio hacía triste figura al lado de aquel Juan, a quien en su estrechez de espíritu, había considerado durante años como un hombre de condición inferior a la suya. ¡Cuánta vergüenza experimentaba al comprobar que no había sabido adivinar el valor moral de aquel ser humilde, y que había necesitado de aquellas circunstancias para conocerlo! Entonces se acusó de ingratitud, comprendiendo que ella era el ídolo del amor de Juan.
Llamaron a la puerta; la criada venía a anunciarle que le esperaban para comer. Se levantó y se miró a un espejo; como las huellas de sus lágrimas eran visibles todavía, no quiso bajar, temiendo alarmar a su madre, y sobre todo, porque no tenía valor para ver a Juan. Contestó que, sintiéndose fatigada, iba a meterse en cama. En efecto, una gran pesadez la invadía; habría querido dormir, no pensar más; pero su sobreexcitación demasiado grande ahuyentaba el sueño bienhechor. Sus ojos, al cerrarse en las tinieblas, aprisionaban la imagen de Juan entre sus párpados. Veía aquel varonil semblante, inclinado sobre el señor Aubry, en tanto que le explicaba con voz cariñosa su rudo y múltiple trabajo, y las medidas que debía adoptar, para no aplazar el casamiento anunciado. ¡Qué alma más enérgica y amorosa descubría en él! Por un fenómeno singular, le impresionaba menos su desinterés que su pasión silenciosa semejante a un culto. Todos los flirts le habían preparado poco para apreciar aquel noble y grande amor que se expresaba con tanta abnegación. ¿Qué palabras de amor había pronunciado Juan? Ninguna. La pasión pura que lo devoraba no precisaba de palabras para que la joven estuviese segura de su intensidad, más segura que de la que otro, no hacía mucho tiempo, le afirmaba sentir con declaraciones y juramentos.
--Huberto y yo nos hemos dicho mentiras muy dulces--se decía;--pero, él que no se ha atrevido a hablar ¡cómo ha sabido encontrar el camino de mi corazón!
Luego juzgó que era demasiado severa con Martholl; en suma no podía reprocharle nada decisivo que hubiese contribuido a la modificación de sus sentimientos. Su admiración por la conducta de Juan ¿bastaba, pues, para hacerla injusta? Lanzó un suspiro, viendo que no entendía nada de lo que pasaba en ella. Y, sin embargo, entre aquel caos de impresiones, distinguía claramente la felicidad que sentía por haber inspirado una pasión tan grande. Conmovida más profundamente de lo que hubiera deseado, permaneció largas horas despierta, gozando unas veces en hacer revivir los incidentes que le habían revelado la pasión de Juan, y desolada en seguida y llena de remordimientos ante la idea de lo que creía ser su defección respecto a Huberto.
Muy adelantada estaba la noche, cuando le pareció oír gemidos. Se levantó, se puso apresuradamente un peinador blanco, y abriendo la puerta, escuchó en efecto quejidos que partían del cuarto de su padre.
Corrió hacia él.
Juan estaba inclinado sobre el lecho.
--¿Qué hay?--interrogó ansiosa, en voz baja.
Al oír su voz el joven se estremeció y contestó sin volverse:
--Sufre... no lo encuentro bien... todavía no ha tenido un momento de descanso.
--¿Por qué no ha llamado usted?
--Era inútil; no hay más que darle la poción calmante prescripta por el doctor, pero, esta vez, no lo calma nada; tuvo, hace poco, un síncope corto; creo que ahora está un poco mejor. Por prudencia acabo de telefonear al médico.
Juan pasaba suavemente por la frente del enfermo un pañuelo mojado en éter. María Teresa se inclinó y rodeando con su brazo la cabeza de su padre, lo contempló con inquietud. Aquella fisonomía dolorosa, poblada por una barba gris y mal cortada ¿era el rostro de antes? Tan rápido cambio, en un ser tan querido, la conmovió profundamente.
De improviso, el señor Aubry pareció salir de su sopor, paseó a su alrededor una mirada vaga, y una tenue sonrisa entreabrió sus labios secos. Después, pasando sobre su frente la mano temblorosa como para concentrar sus pensamientos, se puso a hablar ligero con voz entrecortada:
--¿Eres tú, Juan?... ¡ah! sí, yo sabía bien que serías tú quien me sacaría de este agujero... fuera de las tinieblas... tú tienes un brazo robusto... robusto... sí, sí, yo te esperaba... yo sabía que tú vendrías... ¡oh! ¡qué mal estaba, qué mal!... pero ya estás aquí... quita esa piedra... aquí, aquí, sobre mi pecho, sobre mi cabeza.
--¡Ay, Dios mío!--exclamó María Teresa, asustada,--¡está delirando!... ¡Padre!... ¡Papá!... aquí estoy yo, que te adoro... papá ¿me oyes? ¡Oh, padre, padre, no delires más!
El señor Aubry continuaba:
--Sabes, Juan... hijo mío, mi verdadero hijo... sí, tú, Juan... tengo el medio de... te sorprendes... espera... espera... ¡Ah, ah, ah! ¡aquí esta... el medio de!...
Y el señor Aubry atraía hacia sí a Juan, con sus manos temblorosas.
--Escucha, voy a decirte el medio... ¡ah, ah! vas a quedar contento... escúchame... voy a darte el... ¡Ah, Dios mío!... Yo... ¿qué, qué? te daré... daré... mi querida hija... ¡sí, eso es!... ¡María Teresa a ti... a ti! tú trabajarás para ella, tú... para que sea siempre feliz... ¿Juan, Juan? promete... promete...
Juan, pálido hasta en los labios, había tratado de detener al señor Aubry; pero a medida que éste hablaba, se apoderó de él una emoción tan violenta que quedó mudo, escuchando, enloquecido, las palabras febriles del enfermo, y los sollozos ahogados de María Teresa.
De pronto, el señor Aubry pareció percibir a su hija:
--¿Tú estás ahí también, mi querida hija?... soy feliz... tú... él... reunidos... cuídala bien, Juan... ¡cuídala... no la dejes llevar... por... la desgracia! la desgracia... cuida... cuida...
Y haciendo un supremo esfuerzo, tomó entre sus manos las dos cabezas inclinadas hacia él, y los aproximó en un abrazo.
Juan se estremeció al sentir contra su cara la carne perfumada de María Teresa, y las caricias de sus cabellos.
--...¡Así... así... bueno!--proseguía el señor Aubry,--ahora puedo irme... ¡ah! viéndolos a los dos... juntos... sobre mi corazón...
Abrió los brazos y cayó sobre las almohadas.
Una atmósfera densa se cernía sobre ellos y María Teresa, extenuada, continuó sollozando sobre el hombro de Juan.
Debilitado por las fatigas y las veladas, incapaz de dominar ya sus nervios, exasperados más aún por las palabras del señor Aubry, trastornado por el contacto de María Teresa que, desfallecida, se apoyaba sobre él, Juan, no pudo resistir. Rodeando a la joven con sus brazos, la estrechó, y con voz ardiente y apasionada, soltó al fin su secreto:
--¡María Teresa, yo la amo!
Ella balbuceó sin fuerzas:
--¡Dios mío, Dios mío!
La hora que acababa de transcurrir había sido tan angustiosa para sus almas turbadas que, inconscientes, permanecieron así en brazos uno del otro, creyendo vivir en un sueño.
La joven fue la primera en reponerse; se apartó de Juan, y señalando la ventana:
--Es necesario abrir--dijo--no vemos a mi padre.
Juan obedeció.
La pálida claridad del alba naciente entró en la habitación.
Acostado en su lecho, el enfermo dormía; sus rasgos, momentos antes contraídos por el sufrimiento, se dilataban poco a poco; la respiración era menos jadeante, más regular.
María Teresa, aniquilada, se recostó en el gran sillón, en tanto que Juan, yendo hacia ella e inclinándose a su lado, le decía con voz grave:
--María Teresa ¿me perdonará usted algún día de haberme atrevido?... Dígame cuando menos que tengo disculpa; dígamelo, se lo suplico. ¡Hace tanto tiempo que ahogo mi corazón y sello mis labios para ocultar mi locura! Pero las palabras que acababa de oír ¿no eran como para hacerme perder la razón? Yo sé muy bien que no debo tener esperanza; nunca la he tenido, se lo juro; yo sé que ama usted a otro... Esas palabras, las he pronunciado a pesar mío, mi amiga, mi hermana, al oírla llorar sobre mi pecho. ¡Le suplico que me diga que me perdona!... Yo haré lo que usted quiera, no volveré a verla más, renunciaré a mi única alegría: la de contemplarla. Puedo soportar todo excepto su enojo.
Y como la joven permaneciera muda, enloquecida por aquella situación nueva que había creado la confesión de Juan, éste añadió, interpretando mal su silencio:
--¡Pero míreme por favor, vea cuánto sufro! ¿No merezco su piedad? ¡Ah, tenga piedad! ¡Piedad, solamente!
Involuntariamente, ella volvió hacia él su cabeza recostada sobre un almohadón. Al ver las miradas de súplica que ardían en aquella pálida cara, una extraña angustia la sobrecogió, y mientras que Juan decía en tono suplicante:
--Le ruego, María Teresa, que me diga que no está irritada contra mí... ¡perdóneme!
La emoción de la joven se hizo tan fuerte que su garganta no pudo dar paso a ningún sonido; entonces, sintiéndose incapaz de formular sus pensamientos y de substraerse a las sensaciones que la agitaban, le tendió la mano, cerrando los ojos.
¿Qué podía decir, además, si no se reconocía en el derecho de pronunciar las palabras que a sus labios subían de su corazón?
En aquella hora decisiva había sido conquistada por completo; Juan le había revelado el amor verdadero, el que brota vibrante y natural de la humanidad. ¡Ah! aquel grito que resonaba aún en sus oídos ¡cómo había conmovido todo su ser! Había comprendido aquel clamor lanzado por la sangre y por la carne, por el espíritu y por el alma de un hombre. Magia de la voz humana: las palabras de amor hacían arder su corazón y la saturaban de una dulzura incomparable.
¿Por qué estaba comprometida? ¿Por qué no podía romper aquella fútil promesa, y dar a Juan no sólo el placer del perdón sino también la dicha de aceptar su mano?
Asustada del impulso irresistible que sentía crecer en ella, y queriendo substraerse a la tentación de mostrar a Juan la emoción que la embargaba, se levantó y salió del cuarto sin pronunciar una palabra.
Juan la vio alejarse y creyó haber perdido para siempre todo lo que le quedaba de ella: su confianza y su amistad. Un dolor inmenso lo anonadó; creía haber sufrido hasta entonces; pero esto no era nada en comparación de lo que sentía en aquel momento, torturado por la certidumbre de haberse hecho ridículo u odioso a su adorada María Teresa.
XVIII
Después de esta última crisis, el señor Aubry estuvo varios días en peligro. Durante algún tiempo, los médicos consideraron desesperado su estado. Al fin, los solícitos cuidados y la fuerza de su constitución triunfaron de la enfermedad.
Huberto había ido a enterarse del estado del enfermo, pero cada vez más se sentía helar a la vista de aquella casa triste y de aquella familia desolada. Además, los informes que recibía sobre la cristalería aumentaban su reserva y su circunspección. Su madre y él contemplaban con inquietud los acontecimientos probables: la muerte del señor Aubry y la quiebra de la casa.
La señora Martholl concibió temores muy serios. Preocupada de que su hijo pudiera encontrarse en una situación comprometida, se hizo apremiante y persuasiva. Huberto se mostró dócil a las exhortaciones maternales; no pareció obstinarse en demostrar a María Teresa sentimientos inoportunos; sin embargo, débil y vacilante, no osaba provocar una franca ruptura. Con tenacidad, la señora Martholl se echó en busca de algún motivo «honorable» que los sacase de apuros; pero su imaginación, práctica en habilidades diplomáticas, permanecía infecunda, no sugiriéndole sino medios evasivos y dilatorios. Finalmente, a fuerza de acumular sobre aquella idea que la acosaba, todos los recursos de su espíritu fino y despreocupado, concluyó por encontrar un subterfugio.
Un día que su hijo venía de la calle Vaugirard trayendo muy malas noticias, le dijo:
--Mi querido Huberto, hay que acabar y no eternizarnos en esta situación. Si no te decides a solucionar las cosas, podemos ser sorprendidos por los acontecimientos y vernos en la imposibilidad de esquivarnos. Mientras más esperes, más difícil será eludir las responsabilidades que te amenazan. Y después ¿qué actitud observarás ante la impresión de ciertas emociones? El espectáculo del dolor y de la muerte nos hace sensibles y arriesgas proceder irreflexivamente, influido por la presencia de una novia deshecha en lágrimas.
A Huberto le parecía que la prudencia de su madre tomaba un aspecto algo maquiavélico, pero no lo llevaba a mal; sabía que hay que ser indulgente con las exageraciones del amor materno. Las de la señora Martholl le procuraron el famoso medio «honorable.»
Según sus consejos, Huberto debía decir a su novia que la señora Husson acababa de caer enferma en Valremont, donde había ido a pasar algunos días. Él y su madre se veían en la obligación de ir a prodigar sus afectuosos cuidados a aquella excelente amiga que los llamaba y los esperaba.
Huberto puso en ejecución este proyecto en el momento mismo en que el estado del señor Aubry inspiraba más vivas inquietudes; anunció a María Teresa que se ausentaría por algunas semanas.
Para la joven fue un alivio la noticia de esta partida; las visitas de Huberto le eran penosas desde que estaba segura de la tibieza de su amor, comparado con el de Juan.
Además, sufría, porque en su rectitud se consideraba en falta. Aquella noche de dolor y de delirio en que las palabras de su padre le hicieron conocer el estado de alma de Juan, había interpuesto una sombra entre ella y Huberto. Muchas veces quiso confiarle la afección creciente que sentía hacia Juan, y referirle los sacrificios que éste quería hacer para que su casamiento no fuese demorado. Pero ¿cómo abordar tal asunto sin cometer una indiscreción respecto a Juan y aparecer haciendo presión sobre el mismo Huberto? Temía humillar injustamente a este último declarándole que no sería su esposa si no la tomaba sin dote, pues no consideraba digno de él ni de ella, aceptar el sacrificio de Juan.
Anhelando salir del laberinto en que sus pensamientos se perdían, no encontraba la senda que su conciencia atormentada le sugería tomar para salir al gran camino donde evolucionaría lealmente.
Mil escrúpulos la detenían; si hubiera estado cierta de que su novio deseaba una ruptura, no habría vacilado en retirar su palabra. Pero Huberto nada había dicho que justificase tan repentino cambio de ideas. Que quisiera romper su compromiso después de seis meses de contraído, por una miserable cuestión de dinero, le parecía una suposición grave e infundada. ¿Por qué sospechar que Huberto se hubiese prendado solamente de su dote? Probablemente consideraría muy natural renunciar a las ventajas pecuniarias que ella podía haberle proporcionado. Por otra parte, no había dejado de observar un cierto despego en su novio, pero esta impresión no era una certidumbre.
Los días de dolor que sobrevinieron, en los que hubo que disputar a su padre a la muerte, la alejaron por algún tiempo de todo lo que no fuera aquella única y piadosa ocupación. Solamente cuando la mejoría esperada permitió, al fin, a toda la familia vivir en una atmósfera de libertad, fue cuando María Teresa volvió a ser presa de las mismas irresoluciones, tanto más cuanto que durante aquellas horas crueles Juan había continuado demostrando una consagración admirable, luchando a la vez contra la ruina y contra la muerte. El pobre Juan al lado de ella se mostraba como avergonzado. Huía de su presencia, no atreviéndose a mirarla. Si sus manos se rozaban, al levantar juntos las almohadas del señor Aubry, él palidecía de angustia, y, en el silencio de la alcoba, María Teresa sentía los latidos precipitados de aquel corazón sobre el cual, una noche, se había apoyado cariñosamente.
--¿Hasta cuándo conseguiría ocultar al joven el lugar, cada día más grande, que ocupaba en su pensamiento?
En cuanto a Huberto, su ausencia se prolongaba. Habiendo sabido la mejoría sobrevenida en el estado del señor Aubry, «la aprovechaba,» había escrito, «para quedarse en Valremont al lado de la señora Husson que quería retener a sus amigos.»
María Teresa no acertaba a juzgar la conducta de su novio, y no se resolvía por lo tanto a romper con él, cuando una conversación la iluminó y le suministró la solución que buscaba.
Desde que su querido enfermo estaba fuera de peligro, ella y su madre recibían a las personas que iban a informarse de la salud del convaleciente. Entre las más asiduas se contaban a la señora Gardanne y su hija. La solicitud de esta última no se refería exclusivamente a la salud del señor Aubry; existía otro asunto que picaba su curiosidad.
Un día, no pudiendo contenerse más, Diana preguntó:
--¿Qué se hace tu Huberto? No se le ve ya por aquí.
María Teresa, confusa, se limitó a responder evasivamente:
--Probablemente viene a otras horas que tú, lo cual explica que no lo encuentres.
Pero Diana escuchaba distraídamente la respuesta a su pregunta; en el mismo orden de ideas, acababa de hacer otro descubrimiento importante.
--¡Hola!--exclamó, señalando el dedo de su prima,--¿ya no llevas tu anillo?
--¿Mi anillo?--dijo María Teresa ruborizándose,--lo habré olvidado en mi tocador.
En realidad, hacía algún tiempo descuidaba intencionalmente ponerse su anillo de novia; había observado que los ojos de Juan eran invenciblemente atraídos por el fulgor del rubí tornasolado, sobre el cual parecían caer todas las caricias de la luz. De manera que por una delicadeza instintiva, no queriendo colocar diariamente ante sus ojos un símbolo que debía afligirlo, no se ponía el anillo. Muchos eran los días que esta joya descansaba en su estuche.
--No se debe quitar el anillo de novios--declaró sentenciosamente Diana.
--¿Qué quieres? He estado tan atormentada, he pasado por tales angustias, que no es extraño que se me haya olvidado de ponerme hoy esa alhaja.
--Eso no es una alhaja, es tu anillo--insistió Diana.
Luego, decidida a ir hasta el fin, en la seguridad de que su perspicacia natural la había conducido sobre la buena pista, continuó:
--¿Entonces Huberto no ha sabido que mi tío ha estado muy mal?
--¿Por qué me preguntas eso?
--Pues, por una razón muy sencilla; porque no ha estado a tu lado en los días de peligro.
--En efecto--respondió María Teresa, que por un exceso de delicadeza no quería acusar a Huberto,--tuvo que ausentarse algunos días antes de la última crisis que sufrió papá.
--¿Y tú no lo llamaste? Supongo que habría venido, en vez de ir a las carreras de Ascot; Bertrán lo encontró allí... Huberto manejaba un _mail_ lleno de señoras muy chic, y en el que todo el mundo, incluso él, parecía divertirse extraordinariamente; Bertrán pudo reconocer a miss Maud Watkinson, ¿sabes? esa americana tan rica de quien se ha hablado tanto este invierno y que anda por todas partes con la Condesa de Husson.
--No conozco a miss Maud Watkinson--dijo María Teresa, tratando de encubrir bajo un aire de gran indiferencia la sorpresa que le causaban las palabras de Diana.--Hace cuatro meses que vivo reclusa... Pero dime, a propósito de esto, ¿la Condesa de Husson no acaba de estar muy enferma en Valremont adonde había ido a pasar unos días?
--¡Tú sueñas, mi pobre María Teresa! ¿Enferma en Valremont la Condesa de Husson? Es imposible; no ha cesado de mostrarse en todos lados: en el Bosque, en la Opera los viernes, en las quincenas de la Marquesa de Beaufort, en el garden-party de la Embajada de Inglaterra, en la fiesta de los Drags en Auteuil... y ¡qué sé yo!
María Teresa sintió que la inundaba una alegría indefinible; ¡por fin adquiría la prueba manifiesta de la defección de Huberto! Diana quedó confundida al ver el aire de alegría con que su prima recibía aquellas revelaciones. No se animó a servirle las frases de consuelo que traía preparadas, como buena persona que trata de curar las heridas que ha hecho.
--¡Esto no es posible, me hace una comedia!--se decía ante los ojos risueños que la miraban;--no se recibe de esa manera la noticia de la mala conducta de un novio.
En otro rincón del salón, la señora Gardanne, de muy buena fe, ponía un celo no menos caritativo en instruir a su cuñada del encuentro que había hecho Bertrán en las carreras de Ascot.
La pobre señora Aubry, que no tenía las mismas razones que María Teresa para recibir alegremente estas confidencias, quedó desolada. Cuando la señora Gardanne y Diana hubieron partido, llamó a su hija, y su aire afligido probó a María Teresa que su tía y su prima se habían complacido en hacer el mismo relato.
La joven tomó el brazo de su madre, apoyó su linda cabeza sobre el hombro materno, y dijo cariñosamente:
--Querida mamá, puedes estar tranquila, no estoy afligida.
--¿Tú sabes, entonces?
María Teresa se sonrió.
--Que Huberto ha ido a las carreras de Ascot, que ha mentido, y que se divertía mientras nosotros sufríamos. No solamente esto no me desagrada, sino que me llena de felicidad...
La señora Aubry no comprendía. Azorada de oír una confidencia tan inesperada, balbuceó:
--¿Tú eres feliz?
--Mamá, yo no quiero casarme con Huberto Martholl. Desde hace algún tiempo buscaba un motivo para romper nuestro compromiso; no tenía más que el pretexto de mi desafección y me parecía cruel invocarlo; no me atrevía por delicadeza. Pero ahora soy libre. La rara conducta del señor Martholl me deja libre, libre, libre. ¡Qué dicha!
--¿Pero qué ha pasado entonces? ¿Por qué no me has enterado de la transformación de tus sentimientos?
--Acabo de hacerte la mitad de mi confesión, querida madre--y súbitamente la joven se ruborizó,--aquí está la otra: amo a Juan.
La señora Aubry levantó suavemente la cara de su hija, apoyada siempre en su pecho, y mirándola, con tono grave le dijo:
--¿Amas a Juan? ¿Estás bien segura? No vayas a equivocarte esta vez. ¡Sufriría tanto ése!...
--¡Ah, madre! ¡cómo no lo he de amar, después de todo lo que ha hecho por nosotros!
--Es precisamente porque se ha conducido como un hijo admirable, que te pongo en guardia contra una inclinación que no es tal vez amor, sino un gran, un vivo reconocimiento; porque, desgraciadamente, no es cumpliendo su deber, como un hombre consigue atraerse el amor de una joven.
--Madre, eso es una crítica merecida por la ligereza de mi primera elección; ahora veo más claramente lo que pasa en mí. Juan ha hecho algo más que cumplir su deber hacia mí; ¿no lo sabías?
Y como la señora Aubry la mirase interrogativamente, María Teresa contó la conversación que había sorprendido, el sacrificio de Juan poniendo sus haberes en el fondo social de la cristalería, para asegurarle a ella el casamiento con otro, aunque la amaba en silencio desde hacía mucho tiempo.
Cuando la joven concluía de referir cómo después del regreso de Juan había sentido el amor verdadero, el amor grande, penetrar lentamente en su alma, Jaime entró.
Enterado de los sentimientos que María Teresa acababa de expresar, abrazó contentísimo a su hermana.
--Te felicito, mi querida Teresa; esta vez tu elección es realmente buena. Ahora me veo libre de una gran responsabilidad; la conducta de Martholl me inquietaba; se le veía por donde quiera que había diversiones, despreocupado de nuestras desgracias. Comprendo su táctica. Me habían prevenido de que no cesaba de recoger informes en todas partes sobre nuestra situación financiera. Como no la encontraba muy de su gusto, quería desligarse de su compromiso, y para no hacer un papel odioso, se ha arreglado de manera que la ruptura la iniciásemos nosotros. No está mal imaginado. ¿No piensas lo mismo, María Teresa?
Gravemente, la joven dijo: