Chapter 13
Si hasta entonces no había sido desconfiado ahora lo era; separándose de las regiones sentimentales a que lo conducía, a pesar suyo, el desinterés expresado por María Teresa, entró pronto en consideraciones que juzgó llenas de perspicacia. En efecto, ¿por qué su prometida le confiaba por primera vez los quebrantos de dinero que afectaban a su padre? ¿No era aquello una maniobra hábil, a fin de prepararlo a la idea de casarse sin dote? Quizá quería enternecerlo con lágrimas, y arrancarle protestas y juramentos que lo ligaran más. ¡Las jóvenes son a veces tan astutas! Era imposible que habiendo vivido en el lujo desde su infancia, María Teresa se mostrase tan indiferente por la pérdida de su fortuna. Y de inducción en inducción, Huberto se convenció de la verdad de las hipótesis sugeridas por su egoísmo desconfiado.
--No pisaré la trampa--se dijo.
Sintió alguna vanidad en justificar lo dueño que era de sí y de los acontecimientos, y se creyó estar al abrigo de los desfallecimientos de su sensibilidad. ¡No! no sería el ingenuo susceptible de caer en un lazo, aunque este lazo le fuese tendido por la más seductora de las mujeres. Ahora bien, como era incapaz de efectuar la doble operación de juzgar fríamente la situación y de encontrar palabras de consuelo para aliviar el pesar de la joven, no supo qué decir, y se contentó con dar a su fisonomía de hombre de mundo bien educado, una expresión de compasión.
María Teresa que no comprendía aquellos movimientos de alma, no podía, en su lealtad, penetrar el sordo trabajo de la defección. Absorta en sus punzantes inquietudes, continuó pensando en alta voz:
--No sé lo que va a suceder. Felizmente, Juan conoce a fondo el asunto y asegura que sólo se trata de un momento difícil, del cual saldremos con la frente alta. A mí lo único que me preocupa es la enfermedad de mi padre, y todo lo que deseo es que se restablezca pronto. En cuanto a lo demás suceda lo que Dios quiera.
Huberto encontró por fin algo que le interesaba esencialmente decir. Con voz tierna, cuyas entonaciones musicales eran destinadas a dulcificar la significación de las palabras, como una buena salsa disimula un mal manjar, dijo:
--Tiene usted razón, María Teresa, de preocuparse únicamente de la salud del señor de Chanzelles. ¿Qué importa lo demás al lado de eso? Sabremos esperar con paciencia días mejores; seguiremos de novios un año... dos años si es necesario.
María Teresa, distraída por sus inquietudes, no atribuyó ninguna importancia a esta proposición hecha en un tono afectuoso.
Durante una hora más, cambiaron palabras triviales, sin apercibirse de que, mientras estaban allí frente a frente, sus dos almas, perdidas en abstracciones diferentes, se encontraban ya lejos, una de otra.
Al dejar a María Teresa, Huberto se hallaba casi contento; se sentía librado de un gran peso. ¿Por qué aquel alivio? Reflexionando, comprendió que había terminado con el período de indecisión que su amor a su novia y algunas veleidades de desinterés por los bienes terrenales, le habían hecho pasar. Acababa de pronunciar las primeras palabras liberadoras. Ahora entraba, sin pesar, sin esfuerzo, en la senda indicada por la experiencia de su madre.
No había habido violencia; le había bastado dejarse dirigir por los acontecimientos, secundados por su naturaleza egoísta. La solución, bajo la forma de una ruptura probable, que lo asustaba pocos días antes, le parecía hoy casi deseable, lo mismo que necesaria, si los asuntos seguían mal. En ese momento todo iba perfectamente: María Teresa parecía haber consentido en demorar su casamiento hasta una fecha lejana e indecisa. Huberto, satisfecho de aquella vaga determinación, que lo alejaba del cumplimiento de su compromiso, se prometió no precipitarse. Si los asuntos se arreglaban, sería muy feliz casándose con María Teresa; si por el contrario el derrumbe se verificaba, sabría substraerse por medio de alguna última habilidad. Siempre le quedaría el placer de haber sido admitido en la intimidad de aquella joven distinguida, porque era realmente encantadora, ¡tan fina, tan linda!
Sin embargo, hacía unos días mostraba un carácter demasiado inclinado a la melancolía. Desde el principio de la enfermedad de su padre, se afectaba desmedidamente; en la hora actual aquello pasaba de los límites de la piedad filial. A Huberto no le gustaba mucho ver en su novia esa tendencia a dramatizar los hechos, a transformarse, súbitamente y sin pena, en enfermera. ¡Qué diablos! hay que ser razonable; no sería divertido si, una vez casados, tuvieran que suspender el curso ordinario de su existencia porque había algún enfermo en la familia; no deseaba este exceso de sensibilidad en la futura señora Martholl. Quería una mujer que tomase la vida por el buen lado, feliz en gozar del lujo, satisfecha de ser «del mundo» y contenta de divertirse en su compañía. El encanto que lo había retenido al lado de María Teresa, había volado al soplo de la fortuna adversa, y trataba de sustituir a la dulce fisonomía que lo seducía todavía, la de miss Maud Watkinson, bellísima joven americana a quien acababa de ser presentado en casa de la Condesa Husson.
Esa, sí, se interesaba en cuanto puede inventarse de más excitante, en punto de distracciones de toda especie. Si no fuera prometido de María Teresa, le habría agradado buscar la compañía de aquella joven yanki. Se decía que era muy rica; pero, aparte de esta cualidad esencial para él, era protestante y de familia desconocida y no respondía mucho a la segunda parte del programa trazado por la señora Martholl, que no aceptaría jamás a aquella nuera de ultramar.
El recuerdo de miss Maud Watkinson hizo recordar a Huberto que estaba invitado para la mañana siguiente a una partida de sport en que ella debía encontrarse en casa de los Brimont, en Compiegne.
Hacía algún tiempo que, preocupado de las desgracias por que pasaba María Teresa, y creyendo correcto participar de ellas, había vivido en lo que llamaba el retiro; es decir que se había presentado poco en el gran mundo, salvo en el club y en algunas comidas íntimas. Pero las palabras dichas a María Teresa lo desligaban. Evidentemente si su estado de noviazgo debía prolongarse, no podía continuar aquella vida de anacoreta. Por lo pronto había hecho bastantes sacrificios en obsequio a los lazos superficiales que lo unían a la joven; tenía que serle permitido distraerse, y concluyó diciéndose en su fuero interno:
--Mañana, a más tardar, partiré para Compiegne; me olvidarían si no me viesen más en casa de Brimont ni en las cacerías del Marqués de Gerfant. Además, acabaría por enfermar en esta casa de Chanzelles; son lúgubres a desesperar, desde que la enfermedad ha entrado en la casa y la ruina la amenaza. Cuando he pasado una hora allí siento que me salen canas. Hasta por la misma María Teresa es mejor que durante algún tiempo la vea menos a menudo. Yo no puedo amar en la tristeza, y me causa un fastidio tan grande ver caras de enfermos y ojos con lágrimas, que no tardaría en tomarle horror a la casa misma. Por nada del mundo querría que mi pobre amiga viese un día que me pongo de mal humor a su lado.
No fue, pues, por pura caridad que Huberto resolvió ir con menos frecuencia a casa de los Aubry. Al mismo tiempo juzgó que en su estado de espíritu le convenía divertirse, y como pasaba por delante del Teatro de Variedades, entró a tomar un palco, para pasar aquella noche en alegre compañía.
XVII
Lejos de decrecer, la enfermedad del señor Aubry tendía cada día a agravarse; sentía grandes dolores de cabeza; el menor ruido, repercutiendo en su cerebro adolorido, le causaba vivos sufrimientos, por lo cual se evitaba todo lo que pudiera turbar su descanso. Se hablaba en voz baja; se caminaba ahogando el ruido de los pasos; el palacete, tan alegre antes, parecía habitado ahora por sombras tristes y silenciosas. Desde la misma calle, no subía ningún ruido; una espesa capa de arena había sido extendida delante de la fachada para apagar las pisadas de los caballos y el rodar de los carruajes.
La luz también estaba proscripta del cuarto del enfermo, que era cuidado, en la oscuridad de los postigos cerrados y de las cortinas corridas, al trémulo resplandor de una lámpara. En estas condiciones la permanencia a su lado durante días enteros, constituía una verdadera fatiga, pues el señor Aubry, como nunca había estado enfermo, demostraba muy poca paciencia.
Aparte de Juan, no toleraba en su cuarto más que a su mujer y a su hija, y no quería ser cuidado y servido sino por ellas.
Como enfermero, Jaime no servía; su padre no podía tolerar la torpeza de sus movimientos. El joven era naturalmente brusco, y a pesar de su buen deseo, se adaptaba poco a las circunstancias: los muebles, las porcelanas, los vasos temblaban a su aproximación. Para la noche no se podía contar con él; la atmósfera pesada del cuarto lo adormecía en seguida, y los quejidos de su padre eran impotentes para despertarlo.
Generalmente era Juan quien velaba al señor Aubry. Este, por lo demás, lo llamaba sin cesar, para hablarle de los asuntos de la cristalería. Algunas veces el joven conseguía calmar sus inquietudes, pero otras le daba trabajo, sobre todo cuando se imponía la necesidad de obtener una firma.
Entonces el señor Aubry salía de su sombrío abatimiento para caer en una especie de fiebre exasperada. Tenía a Juan de pie delante de la cama durante horas enteras, lo interrogaba, y frecuentemente toda la noche transcurría en discusiones interminables. La paciencia del joven era inagotable y pasaba, sin lamentarse, de la labor del día a la fatiga de las noches.
María Teresa se habituaba también a confiar en su presencia. Cuando sonaba la hora de la llegada de Juan, acechaba sus pasos en la escalera. Al principio lo hacía maquinalmente, ansiosa de ver calmarse a su padre; pero una noche sorprendiose de esperar a Juan tan febrilmente... ¡Cómo, su camarada de la infancia la preocupaba hacía algún tiempo! ¿Era, pues, un hombre nuevo o lo había desconocido hasta entonces?
Tuvo que reconocer que su interés por él había estado paralizado durante mucho tiempo por consideraciones completamente exteriores, es decir, porque las maneras de Juan no habían tenido siempre esa elegancia convencional que se encuentra en los hombres de mundo.
Sí, lo reconocía; el exterior de «un cualquiera» la había inducido a ignorar el alma de aquel ser superior. ¡Cuánto deploraba en ese momento su snobismo que tantas veces había contribuido a que prestase atención a los jóvenes según el mérito de apariencias superficiales y fútiles! Juan, por lo demás, no chocaba ya las ideas exageradas que tenía respecto a la necesidad de cierto esmero en el vestir; por lo contrario, la simplicidad elegante del joven le gustaba, se armonizaba con su naturaleza de luchador infatigable, que no economizaba ni su tiempo ni sus fuerzas.
Sentada en el gran sillón, cerca de la cama de su padre, y no pudiendo en aquella oscuridad entregarse a ningún trabajo manual, pasaba estos momentos de ocio forzado, analizando los pensamientos nuevos que nacían en su espíritu.
Mecida por el monótono tic-tac del reloj, apoyaba su cabeza contra el alto respaldo del sillón, dejando errar sus miradas de las llamas de la chimenea a las sombras que bailaban sobre las paredes, y pensaba en Huberto y en Juan.
María Teresa poseía ese sentido crítico, ese espíritu de análisis que sabe deducir de un hecho algo más que el incidente trivial. Desde que los días transcurrían para ella en largas meditaciones, la noche en que los dos jóvenes se habían encontrado, le había venido frecuentemente a la memoria, y la escena de la pantalla incendiada, que la había hecho reír primero, le sugería ahora serias reflexiones.
Toda la oposición de carácter que existía entre aquellos dos hombres se revelaba en la acción impulsiva que cada uno de ellos había tenido, obrando bajo la influencia del instinto. Aquella acción la iluminaba sobre la diferencia completa de sus dos individualidades. En la manera que habían conducido Juan y Huberto en esta circunstancia, sin tiempo para reflexionar, obedecían a la esencia misma de sus naturalezas. María Teresa comprendía que la actitud del uno y del otro era la expresión franca de sus respectivas educaciones. De deducción en deducción, un juicio razonado se formulaba en el espíritu de la joven.
Ciertamente, no dudaba del valor de Huberto, y no exageraba tampoco la importancia del acto de Juan. No era por falta de valor que aquél, concurrente asiduo de las salas de armas, recurría a un criado para apagar papeles inflamados; era simplemente por no efectuar una operación que le parecía indigna de él. A este sentimiento se unía una cierta impotencia física: llamaba en su auxilio por ignorancia, sabiendo menos apagar un fuego que encenderlo.
Existe en las regiones subterráneas, en lo más profundo de las entrañas de la tierra, animalículos que viven y se reproducen en aquellas capas oscuras, y no suben jamás hasta la luz del día. Como madre económica, enemiga del despilfarro, la Naturaleza quita a cada una de sus criaturas los órganos que le son inútiles. Estos habitantes de las regiones tenebrosas, no teniendo necesidad del sentido de la vista, han perdido hasta las trazas de los órganos visuales. Lo mismo sucede en el hombre; en él se transforman y atrofian en lo moral como en lo físico todas las facultades no ejercitadas. Huberto representaba de una manera precisa el tipo del hombre tal cual lo hacen sus hábitos, en una vida de lujo, mecánica y fácil.
María Teresa no llegaba hasta lamentar la desaparición del hombre de las cavernas, defensor de su compañera en el fondo de las grutas, con palo y hacha de piedra; pero veía con sentimiento la degeneración de los hijos de la burguesía, alejados por una educación imprevisora de todo espíritu de iniciativa y de todo esfuerzo individual. En general, en ellos, la energía ha desaparecido, y si se busca esta primordial virtud del hombre, no se la encuentra sino en el alma de los seres forzados a luchar para conquistar un sitio al sol.
Se hallaba en este punto de sus reflexiones, cuando la voz débil del señor Aubry llamó:
--¿María Teresa?
La joven se levantó, e inclinándose sobre el lecho, dijo:
--¿Qué desea usted, padre?
--¿Qué hora es?
--Cerca de las siete.
--¿Cómo es que Juan no ha venido?
La impaciencia del señor Aubry empezaba a manifestarse con la fiebre de la noche, y su enervamiento aumentaba hasta la llegada del joven.
Con voz cariñosa, María Teresa trataba de calmarlo:
--No es tarde, usted sabe que no puede venir hasta las ocho.
--Hoy ha debido hacer algunas diligencias cuyo resultado espero con ansiedad; lo sabe y debía apresurarse.
--No se altere, querido papá--dijo María Teresa poniendo su cara sobre el rostro del enfermo,--Juan llegará pronto.
El señor Aubry miró con dulzura a su hija.
--Mi querida hija, ¡qué trabajo te doy! Soy muy exigente, ¿no es verdad?
--No, papá; solamente que temo que se exaspere. El médico le ha recomendado calma, usted lo sabe; hay que portarse con juicio, papá querido.
El señor Aubry calló un instante, luego dijo:
--Dime, ¿por qué no me hablas de Martholl y por qué no sube a verme?
--Creo que teme fatigarlo a usted.
--¡Ah!--exclamó distraídamente el señor Aubry, que parecía seguir una idea.--¿Pide noticias mías a lo menos? Se me figura que no viene tan a menudo; ahora no te llaman todos los días para recibirlo como en los primeros días de mi enfermedad.
--Ha disminuido sus visitas; sin duda se ha dado cuenta de que yo no tenía tiempo disponible para recibirlo, yo no estoy tranquila sino al lado de usted.
--¿Me dices la verdad, hija mía?--interrogó el señor Aubry con aire triste.
--Sí, padre, ¿por qué esa pregunta?
--Porque... tengo ciertas inquietudes.... quiero hablar con Juan...
--Dígame a mí...
--Sería inútil; Juan será claro; quiero hablar con Juan.
--¿Con Juan?--protestó la joven alarmada.--¡No, padre, se lo ruego, no le hable de Huberto a Juan! ¡Para qué!... ¡Qué puede él saber!...
--Es hombre de buen consejo y necesito saber cosas que él solo... ¿Son las ocho? Anda, ve si ha llegado. Estoy seguro que tu madre o Jaime lo retienen abajo.
--¿No quiere usted que yo me quede?
--No, no, estoy fuerte, no te inquietes inútilmente. Anda, hija mía, y mándame a Juan.
En el momento en que salía del cuarto, María Teresa inclinándose sobre el pasamano de la escalera vio subir a Juan; entonces, preocupada de lo que su padre podía decirle respecto de su novio, y aunque considerase esta acción poco correcta, en su gran deseo de oír, entró precipitadamente en el cuarto de vestir contiguo al dormitorio, y oculta detrás de una cortina, escuchó.
--¡Al fin llegas!--refunfuñó el señor Aubry con voz débil,--¡qué tarde vienes! Sabías que yo debía estar atormentado hoy, esperando tus noticias. Piensa en lo horrible que es mi situación: ¡verme amenazado, y estar aquí, paralizado, incapaz de moverme, y aún de pensar!--añadió llevando las manos a su cabeza, en un ademán de sufrimiento.
--Créame, señor, si usted tuviese más calma, estaría ya en pie.
--¡Más calma, más calma! es fácil de decir. ¿Cómo quieres que asista impasible a la crisis que nos aplasta?
--Desearía que usted tuviera en mí plena confianza--respondió Juan, que evidentemente quería eludir las preguntas sobre asuntos y números.
--¡Ah, mi pobre Juan! tengo absoluta confianza en ti, puedes estar seguro.
--Pues bien; si es así, ¿por qué se inquieta? Le afirmo que conseguiré restablecer nuestro crédito y reponer nuestra casa al estado en que se hallaba, gracias a la fabricación a bajo precio que hemos iniciado. Le suplico cese de atormentarse; estoy seguro del porvenir. Usted debe creerme puesto que yo se lo afirmo; ¿podría yo engañarlo? Los modelos que he hecho fabricar rápidamente, han gustado. Tenemos ya pedidos muy importantes, lo que me ha permitido tomar compromisos a término fijo, para los pagos que a usted lo preocupan. Nuestra antigua venta marcha siempre, y hasta marcha bien; el presente y el porvenir están asegurados; respondo de ello, mi querido señor.
--Tu iniciativa, tu energía me confunden... ¡Ah, tú me salvas, Juan!
--Pero, no, no, nada está en peligro; yo lo ayudo simplemente.
En tanto que el joven hablaba, María Teresa lo contemplaba: ¡cómo había cambiado su fisonomía bajo la triple influencia de los tormentos de su corazón, de su actividad cerebral y de las veladas multiplicadas! Su cara había palidecido; sus grandes ojos negros, brillantes de fiebre, acompañaban singularmente la sonrisa resignada que se dibujaba en su boca. En fin, el alma se revelaba bajo aquella ruda envoltura y daba cierta belleza a su rostro severo. Su voz vibrante, ardiente, tenía gran encanto cuando, como en aquel momento, tomaba un acento de autoridad mezclada de dulzura.
--Está bien, tengo fe en ti--dijo el señor Aubry que se debilitaba.--Tú respondes del porvenir y del presente de la cristalería; pero hay otro presente que me preocupa: me inquieta la situación de mi hija a causa de la falta de esos bribones... Al celebrar sus esponsales, contraje compromisos, y ésos tú no puedes asegurarme que los cumpliré...
--¿Por qué no?--respondió Juan, con gran calma;--sería necesario saber qué compromisos ha contraído usted...
Pero el señor Aubry se exasperaba:
--¿Entonces no comprendes nada? Puedes imaginarte que al realizar esos esponsales, he prometido una dote... Sí, tres mil pesos de renta y sesenta mil en dinero contante. ¿Podré, estando embrollados mis asuntos, retirar todos los años esa renta de la casa?
Juan, ayudando al señor Aubry a incorporarse sobre las almohadas, dijo:
--Podemos arreglarnos de manera que usted cumpla sus promesas sin tocar los rendimientos de la fábrica, indispensables a nuestra producción y a la reconstitución del capital perdido en el banco Raynaud.
--¿Cómo? ¡di pronto!... ¿Por qué medios? Yo he buscado y no he encontrado nada...
--Es muy sencillo. Mientras la casa no esté completamente a flote, yo renuncio a mis sueldos; con esto, usted asegura dos mil pesos de renta a su hija; la señora Aubry, haciendo economías en la casa, encontrará pronto los mil pesos restantes. Para formar el capital de sesenta mil pesos, yo traspaso al fondo social los sesenta mil pesos que usted me ha hecho ganar. Usted podrá colocarlos en el canastillo de bodas, rogando al señor Martholl, que le conceda un pequeño plazo para la entrega de los otros cuarenta mil pesos. De esta manera los novios tendrán algunos años de absoluta seguridad, aunque la fábrica no marche bien, lo que no tenemos que temer, ciertamente.
Dominado por una gran emoción, el señor Aubry murmuró con voz temblorosa:
--Juan, hijo mío, jamás consentiré en que hagas tales sacrificios, jamás, hijo mío... pero te los agradezco; es bueno, es grande, lo que me propones con tanta sencillez; es la acción de un noble corazón. Tú has ganado ese dinero economizando; yo no puedo aceptarlo, sería expoliarte.
--No diga usted eso, mi querido señor... yo sería muy desgraciado. ¡Cómo! ¿no comprende usted mi satisfacción de retribuir en tan ínfimas proporciones, todo el bien que usted me ha hecho? Si Jaime fuera el autor de la propuesta que yo hago, ¿no la aceptaría usted? Confiese que sí, que la habría aceptado. Entonces no rehuse; si no, establecería una diferencia entre Jaime y yo, y ya no le creería yo cuando me llamase su hijo.
--¡Juan, Juan!--se limitaba a repetir el señor Aubry, dominado por la emoción.--¡Si tú también eres mi hijo!
--Permítame hacer la combinación tal como yo la entiendo. Exijo por el momento que usted no se ocupe de nada. Si su cerebro trabajara menos, estaría ya restablecido; tenga, pues, calma, se lo ruego. En cuanto al casamiento de María Teresa, no debe usted retardarlo por miserables cuestiones de dinero. Es imposible que persista en negarse a asegurar la felicidad de su hija por tan fáciles medios.
--¿Su felicidad?... Esto es lo que me preocupa... ¡Si supieras cuánto me hace sufrir la idea de que lo sucedido pudiera perjudicar a mi hija!
--No, no la perjudicará, ni siquiera lo sospechará--dijo Juan con voz enérgica.--Ella no sabrá nada, jamás, de nuestra combinación; las cosas pasarán como si esta catástrofe no nos hubiese afectado... ¡Ah, mi querido señor! ¡todo, con tal que sea dichosa!
--Pero--respondió el señor Aubry, que buscaba un medio de rehusar la oferta generosa de Juan,--tal vez Martholl aceptaría nuevas condiciones... Ama a María Teresa.
--Le ruego no dé ningún paso en ese sentido. No sería proceder con dignidad, créame; eso no serviría sino para arrojar el descrédito en nuestros asuntos. Y además, reflexione, si ese señor desconfiase de las nuevas proposiciones modificadoras de las convenciones, ¿sería bien hecho de nuestra parte llevar la duda al alma de María Teresa? Ella cree en ese hombre, ella lo ama... Querido señor, le suplico que haga sin vacilar lo que le aconsejo.
--Pero, ¿qué será de ti, hijo mío? ¡yo te despojaría! Tú puedes equivocarte. ¿Si a pesar de tus valientes esfuerzos, nuestra casa no se levantase?...
--Piense usted primero en María Teresa, en ella sola; poco importa lo demás. Se trata de ella, no se ocupe usted de mí: yo no necesito de nada. Con tal que yo trabaje hasta mi último día y que usted me guarde un sitio a su lado, viviré resignado, si no feliz...
María Teresa, que no había perdido una palabra de esta entrevista, se sintió incapaz de continuar oyendo; abandonó el gabinete y se refugió en su cuarto para llorar.
Así era lo que Juan quería hacer para que ella pudiera casarse con Huberto. Juan, que si se pareciera a muchos otros hombres, habría empleado su voluntad, en crear obstáculos a su matrimonio. ¡No le bastaba sufrir en silencio! ¡quería además dar cuanto poseía! ¡Qué alma más generosa y noble!