Incertidumbre

Chapter 12

Chapter 123,900 wordsPublic domain

Pero, puesto que ella iba a casarse, y se iría de la casa, se consolaría, sin duda, cuando no la viese más. Los sentimientos más violentos no resisten a las largas separaciones. ¿Por qué, entonces, inquietarse tanto por aquel dolor pasajero? Ella también, debía olvidarlo. Para llegar a este resultado trató de concentrar todo su poder de evocación sobre los meses de verano, durante los cuales Huberto la había conquistado, en la alegría de aquella playa normanda tan propicia para el flirt. Pero desgraciadamente, el estado de su espíritu no se prestaba a las reminiscencias alegres; no se armonizaban con su tristeza.

¿Por qué, pues, aquel amor no la sostenía en las horas de prueba? ¿Por qué no era su refugio en los momentos sombríos?

No podía admitir que, al pedir su mano, Huberto procediese por vanidad. ¡No! no podía creerlo. Y sin embargo, ¡cuánto vacío no dejaba en su alma el amor de su novio! ¡Ah! ¡cómo habría agradecido que le murmurase palabras de consuelo! ¿Qué barrera contenía en él esas expansiones tan naturales entre dos seres destinados el uno al otro? Si no le demostraba compasión en su desgracia ¿cuál era la causa? Sin duda, la naturaleza poco sensible del joven no lo incitaba a profundizar la pena que ella sentía, ante las fatalidades que amenazaban a los seres más caros a su corazón. Pero ella misma ¿no tenía algo que reprocharse? ¿Se había confiado a él como a un amigo y protector, en quien se busca amparo y consuelo en el dolor? No; en vez de revelarle sus angustias se había contentado con escuchar distraídamente las frases de salón y las historias de club que, en su inconsciencia, Huberto no consideraba inoportuno referirle. En justicia, se reconoció algo culpable. Así, pues, tomó la resolución de demostrarse más afectuosa en sus próximas entrevistas. Sería, sin duda, el mejor medio de excitar la sensibilidad latente que, no quería dudarlo, debía haber en él.

Con el espíritu lleno de estas ideas, se dirigió al cuarto de su padre; pero, cuando estuvo a su lado, todas sus preocupaciones desaparecieron ante el sentimiento, punzante como un dolor físico, de su impotencia para cuidar al querido enfermo. En la semioscuridad entreveía aquella faz pálida y demacrada, con una expresión de sufrimiento que alteraba, hasta hacerla desconocida, su amada fisonomía. El señor Aubry no salía de un profundo sopor, y María Teresa pasó las lentas horas del día velando aquella somnolencia. Al empezar la noche, se agitó, y pidió con insistencia que llamaran a Juan. María Teresa experimentó un singular alivio cuando apareció el joven, como si su presencia constituyera el soberano remedio.

Desde el umbral de la puerta, Juan tuvo que responder a las interrogaciones febriles del señor Aubry. Oyéndolos hablar de negocios, la joven se retiró y bajó al salón para esperar a su prometido que debía llegar a comer con ella.

Algunos minutos después, Huberto llegaba de frac, como era su costumbre. Aun en la intimidad de aquellas comidas de familia, no se desprendía de las formas convencionales de los centros mundanos. El molde de impecabilidad social que se había impuesto, le había hecho perder el sentido íntimo y familiar de la existencia. Aun a solas con su novia, no se desarmaba, y su conversación se refería generalmente a todas las manifestaciones de la vida elegante y del sport.

Las primeras palabras que dirigió a la joven no eran las más apropiadas para animarla a abrirle su corazón, como se había propuesto. Antes de que ella se hubiese sentado a su lado, Huberto comenzó con aire alegre:

--Estoy encantado; esta tarde he ensayado mi automóvil. Es una joya, usted verá; vuela y hace sus sesenta kilómetros por hora. ¡Mañana temprano vengo a buscarlas! Iremos a Versalles, almorzaremos en el camino.

--Pero usted sabe bien que mi madre y yo no podemos salir--dijo María Teresa, que, para permanecer fiel a su programa, no se formalizó por la falta de memoria de Huberto, respecto a la enfermedad de su padre.

Y se aproximó a él, cariñosa y afable, tratando de provocar el incidente sobre el cual contaba para dar más expansión y afectuosidad a sus conversaciones.

En ese momento se abrió la puerta del salón y Juan entró.

Bruscamente, tuvo bajo sus ojos este grupo: María Teresa, al lado de su prometido, sentados en un sillón, e inclinada hacia él, en tanto que Huberto estrechaba en su mano la mano de la joven. El pobre Juan tembló, pero por un esfuerzo de voluntad se dominó; ¿no era aquél un espectáculo al que debía habituarse?

María Teresa bastante turbada presentó a los dos jóvenes, aunque ya se conocían de Etretat. Huberto saludó sin levantarse. Para él, Juan no era más que un empleado. La joven advirtió esta actitud, se ofendió y queriendo evitar a Juan una humillación, trató de distraer su atención preguntándole vivamente:

--¡Y bien! Juan ¿cómo ha dejado usted a mi padre?

--Está muy nervioso. He bajado para substraerme a sus preguntas. Me veo obligado a contestarle; eso lo fatiga; no quiero decirle nada más esta tarde. Como voy a comer con ustedes, su señora madre me ha aconsejado que me refugie aquí. ¿No incomodo?

--¡Absolutamente, amigo mío!--se apresuró a contestar María Teresa.

Hablando, Juan se acercó a una mesa, tomó de ella unos diarios, y se aisló en un rincón del vasto salón. Probó a leer, pero la hoja temblaba en sus manos. Ante su impotencia para dominarse, estuvo indeciso entre el deseo de marcharse para no ver a los novios, y el temor de parecer ridículo abandonando el salón porque ellos estaban allí.

La entrada de la señora Aubry y de Jaime lo sacó de apuro.

--Amigo mío--dijo Huberto a este último,--si yo hubiera sabido dónde encontrarlo hoy, habría ido a buscarlo; he ensayado mi máquina, es una maravilla.

--Desgraciadamente, yo trabajaba y no habría podido aceptar su amable invitación. Paso los días trabajando, lo cual no es divertido.

En seguida volviéndose hacia Juan, Jaime continuó:

--Y bien, amigo, ¿qué hay de nuevo hoy? Vas a tranquilizarnos o a aumentar nuestras alarmas.

La señora Aubry se acercó también al joven.

--No tienes aire de satisfecho, hijo mío. ¿Se complican las cosas?

Juan respondió en voz baja, pero Huberto, al fijarse en aquellas interrogaciones cuyas respuestas no había oído, recordó las frases inquietantes de la señora Gardanne, haciendo alusión a un asunto que podía ser perjudicial para su hermano.

Durante la comida, Huberto hizo hábilmente algunas preguntas las cuales fueron contestadas evasivamente, pues en el fondo todos estaban más preocupados de la salud del señor Aubry que de su situación comercial. En cuanto a Juan, hacía lo posible por soportar valerosamente su sufrimiento moral, para que nadie lo sospechase; ¿no debía, acaso, acostumbrarse a la idea de ver a otro al lado de la que amaba? Para escapar a su suplicio, no tenía siquiera el derecho de huir: todo lo ataba a aquella casa, en aquel momento en que dos sombras amenazadoras se cernían sobre ella: la ruina y la muerte. Su deber estaba allí, no podía substraerse a esta ineludible tarea.

Para olvidar la penosa hora presente, haciendo abstracción de la situación en que se encontraba, se absorbió en el doloroso problema de los acontecimientos que iban a surgir y que era necesario evitar a toda costa. Sí, lucharía, intentaría supremos esfuerzos, y esto, sobre todo, por María Teresa, a fin de ahorrarle un pesar, una preocupación, una lágrima. Fue todo lo que se le ocurrió para consolarse de la persistencia con que ella dirigía hacia otro, la brillante luz de sus ojos.

Después de comer, la señora Aubry, muy fatigada por su tarea de enfermera, se adormeció en un sillón. Jaime subió a acompañar a su padre, y los dos prometidos, no obstante los esfuerzos de María Teresa para atraer a Juan a una conversación entre los tres, concluyeron por refugiarse en un rincón del salón.

Entonces Juan tomó un libro y leyó a la claridad de una lámpara; pero pronto sucumbió a la irresistible tentación de mirar a los que el destino irónico ponía a su frente para torturarle.

--Es necesario--se decía,--que me resigne a verlos con ojos impasibles, y que me acostumbre a la idea de verlos luego unidos por lazos más estrechos aún. Nunca me habituaré a este sufrimiento, si lo huyo siempre.

Dejó su libro; se creía fuerte y dueño de sus sensaciones, en tanto que fijaba sobre los novios ojos de loco. Pensando que María Teresa estaba demasiado ocupada para fijarse en él, no trataba de disimular la turbación que le agitaba.

Fácil era notar todos los sentimientos que pasaban bajo aquella máscara de un ser apasionado y simple, asolado por un amor contra el que su voluntad nada podía. Como Juan se hallaba en plena luz, ninguna contracción de sus rasgos escapó, en breve, a María Teresa; comprendió la emoción intensa y dolorosa que le hacía vibrar ante sus menores ademanes y los de Huberto. Incapaz de continuar haciendo sufrir a Juan semejante suplicio, María Teresa se levantó.

--¡Soy muy mala dueña de casa, señores! Puesto que mamá duerme podemos pasar al salón chico. Venga usted con nosotros, Juan, voy a tocar una pieza de Mozart en el clavicordio de María Antonieta. Cerraremos la puerta para que las débiles notas del clavicordio no se oigan en el piso de arriba.

El salón chico era precioso con su tapicería Luis XVI de muaré blanco rayado de azul pálido, sus muebles de vieja laca de coromandel y sus largos espejos colocados sobre delicadas consolas.

--Van ustedes a penetrarse--dijo la joven abriendo el viejo instrumento,--qué lindo sonido tiene todavía.

Mientras Juan, que los había seguido, buscaba el medio de hacerse olvidar, Martholl se instalaba al lado de María Teresa, emitiendo algunas reflexiones de conocedor sobre las cosas que adornaban el salón.

--¿Es por herencia como tienen ustedes este instrumento, y saben si realmente ha estado en algún Trianón?

--¿Usted ignora, entonces, que no existen clavicordios de la época, que no hayan pertenecido a la Reina? Supongo que éste no escapa a la ley común, y aunque proviene simplemente de la venta de un coleccionista célebre, cultivo piadosamente esta leyenda, cuya autenticidad tiene por suprema garantía mi propia autoridad reforzada con la del profano vendedor.

La joven se puso a tocar un _Lied_ de Mozart, y después cantó la romanza de Martini «Placer de amor».

Las notas volaban como suspiros, su timbre antiguo hacía más adorable aquel canto entonado por una voz fresca.

Juan, cerrados los ojos, saboreaba el encanto de aquella melodía de antaño, que parecía el eco lejano de un pasado muerto.

Se sentía triste hasta derramar lágrimas.

Un grito de espanto de la joven lo arrancó a su sueño doloroso. Abrió los ojos, y vio cerca de María Teresa una llama ondulante que subía hasta el techo.

Un doble movimiento, arrojó en sentido inverso a Juan y a Huberto. Mientras éste tocaba apresuradamente el botón eléctrico, Juan arrancaba la pantalla de vitela que ardía, los papeles de música encendidos a su contacto y, oprimiendo todo entre sus manos, sofocó el fuego.

--¿Ha tenido usted miedo, María Teresa?--preguntó ansioso.--Yo también. He temido un instante que el tul de sus mangas recibiera alguna chispa.

--No, no tengo nada, gracias, Juan--respondió la joven.

Luego miró riéndose a Martholl que venía hacia ella, y añadió, algo maliciosamente:

--¿Qué ha ido usted a hacer cerca de la puerta, en vez de apagar este fuego artificial?

--Pues... llamaba al criado.

En efecto, el criado entraba en este momento; sólo tuvo que recoger los restos carbonizados tirados por el suelo.

--Y si nadie me hubiera socorrido--continuó María Teresa sonriendo,--habría sido víctima de este accidente. No se lo reprocho; pero usted ha querido encender estas bujías de cera que quieren ser de la época, y ha colocado mal la pantalla que usted ha hecho arder.

Luego poniéndose seria y tomando de improviso los puños de Juan:

--¡Muéstreme usted sus manos, estoy cierta que se ha quemado!

Algunas manchas blancas aparecían, en efecto, estirando las manos que María Teresa tenía entre las suyas.

--No es nada--dijo Juan,--un cristalero viejo sabe jugar con el fuego.

--Yo comprendí en seguida que no había ningún peligro--repuso Huberto, tratando de justificarse,--tenía tiempo de llamar, y no me creí obligado a ensuciarme las manos por un apresuramiento inútil. Es ridículo perder la cabeza por tan poca cosa.

--Pero--contestó María Teresa en un tono de suave ironía,--no me habría disgustado verlo desafiar por mí el peligro de tiznarse un poco las manos.

Luego, después de un silencio, añadió:

--Basta por hoy, yo no podría seguir tocando después de semejante emoción. Además es tarde; le pido permiso para despedirlo, Huberto.

Había abierto la puerta del otro salón, y mostrando a su madre dormida cerca de la chimenea:

--Miren a la pobre mamá, no quiero obligarla a quedarse más tiempo aquí. Voy a conducirlo--agregó, viendo que el joven la seguía obediente.

A Juan le pareció que María Teresa permanecía una eternidad en la soledad del vestíbulo.

¿Qué hacían allí? ¿qué le diría aquel hombre que ahora tenía casi derechos sobre ella? No, no, lo presentía, no se curaría nunca de aquellos espantosos celos.

Cuando la joven volvió, quedó asustada del aire desesperado de Juan. Entonces, en su turbación, todos sus proyectos de calma y de frialdad volaron. Un sentimiento que ella creyó ser de piedad, la arrastró de una manera irresistible hacia aquel ser que sufría por ella, y en un arrebato de ternura le preguntó:

--¿Le duelen sus quemaduras, Juan? ¿No? Bueno, vamos a subir juntos ¿quiere, amigo mío?

Había pasado su brazo bajo el de Juan e instintivamente buscaba un apoyo en aquel hombro robusto. Sintiéndose así al lado de él, como en otro tiempo, los recuerdos de su infancia se agolpaban en su mente:

--¿Recuerda el tiempo en que yo era chica? Yo lloraba para que usted me condujera sobre sus espaldas al subir las escaleras; ¡qué triunfo cuando usted cedía a mis caprichos de bebé, usted, el muchacho grande y juicioso!

--¡Que si me acuerdo!--exclamó Juan.

Y mentalmente pensaba:

--¡No sospecha que es de ese pasado de lo que vivo! ¡Ah! si pudiera tenerla así a mi lado, libre todavía!

Para aturdirse, buscó algún recuerdo que evocar:

--¿Y aquel gran látigo que usted se había procurado para pegarme mejor cuando jugábamos a los caballos? Usted decía que pegando fuerte tenía aire de verdadero cochero.

--¡Oh! Juan, ¡cuánto he debido hacerlo sufrir! ¿Por qué soportaba con tanta paciencia aquellos caprichos de niña mimada?

Él, mirándola con infinita ternura, murmuró a pesar suyo:

--¡Jamás, en aquellos minutos, sufrí tan cruelmente como ahora!

María Teresa se estremeció, pero no pudo responder porque la señora Aubry que subía detrás de ellos, los alcanzó para decirle a Juan:

--¿Quieres velar también esta noche, hijo mío? No, esta noche le corresponde a Jaime...

--Voy solamente a ver si mi querido señor no me necesita--respondió Juan sencillamente--y si Jaime no se ha dormido.

Después, estrechó las manos de la señora Aubry y de María Teresa, y se marchó.

XVI

A la mañana siguiente, Huberto recibía un mensaje de su madre invitándolo a pasar por su casa sin demora.

Algo inquieto, se dirigió a la calle Astorg y encontró a la señora Martholl instalada en su gran escritorio. Siempre metódica, terminó primeramente la carta que escribía; en seguida, tendiendo la mano a su hijo:

--Eres exacto, me gusta eso. Siento haberte incomodado tan temprano; pero tenemos cosas serias y urgentes de que ocuparnos. A pesar de mi indicación, tú no te has procurado nuevos informes sobre la casa Aubry.

--No, en efecto--balbuceó Huberto con turbación.

--Es confesar que no tienes en cuenta mi opinión.

--Ya le dije a usted, madre, que los informes que teníamos me parecían decisivos.

--Pues te equivocabas. Hay cosas que nunca son decisivas. En fin, lo que tú no has creído conveniente hacer, yo lo he hecho.

--¿Y qué ha sabido usted de nuevo?

--Que la casa Aubry acaba de ser gravemente perjudicada por un cierto banco Raynaud, y que le costará mucho reponerse del golpe, si se repone.

--¡Ah!--dijo Huberto visiblemente contrariado.

--Estos sucesos concuerdan de una manera singular con la enfermedad del señor Aubry. No estoy distante de creer que esta enfermedad es producida por la conmoción que ha recibido al conocer ese desastre financiero. He sabido también, que la casa Aubry estaba mal preparada para soportar semejante choque; el señor Aubry es menos industrial que artista; parece que el año pasado ha gastado sumas enormes en ensayos. Este terrible suceso lo sorprende, pues, en plena dificultad pecuniaria. He ahí cuál es su situación. Como ves, no es brillante.

--¿Y qué puedo hacer? Me es imposible, decentemente, retirar mi palabra... Además, yo amo a María Teresa.

La señora Martholl miró fríamente a su hijo y pronunció:

--Naturalmente... Yo no te aconsejaría tal villanía. La vida no se compone únicamente de cuestiones de dinero, y un hombre como tú no puede romper su casamiento por tal razón; pero si te es imposible retirarte desde ahora, puedes favorecer los acontecimientos obrando de tal manera que te devuelvan tu palabra. Para llegar a este resultado hay varios medios perfectamente correctos.

Huberto miró a su madre con estupefacción; la conocía como muy hábil, pero aquella astuta previsión lo desconcertaba.

Después de un silencio dijo:

--Le he dicho a usted la verdad, madre. Amo a María Teresa; una ruptura me haría desgraciado.

--Comprendo ese sentimiento--concedió la señora Martholl dueña siempre de sí misma;--está justificado por el encanto de la joven. Pero pongamos la cuestión bajo su verdadero aspecto. Considera un instante que si esa casa, a consecuencia de la catástrofe conocida, hiciera malos negocios, que si para colmo de mala suerte, el señor Aubry llegase a morir, sobrevendría la ruina en breve término. Ahora bien, no se trataría ya de la renta impaga, sino de una joven sin dote, con la perspectiva de tener a su madre a tu cargo. ¿Qué harías tú, entonces, mi pobre Huberto? No serían tus ocho mil pesos de renta los que bastarían para todo eso y te permitirían llevar la vida tal como tú lo comprendes. Reflexiona, hijo mío, y concluirás por estar de acuerdo conmigo. Es la experiencia, la razón, que me aconsejan hablarte así, por más pesar que sienta de perder tal nuera.

--Y si yo me conformase con su opinión ¿qué sería necesario hacer, según usted, puesto que usted conviene en que no es honrado alegar un motivo tan ruín como el de la cuestión de dinero?

--Habría que dejar correr el tiempo--dijo lentamente la señora Martholl--y encontrar pretextos para prolongar el noviazgo indefinidamente. ¡El tiempo, a menudo, se encarga de dar solución a los problemas más difíciles! Es un gran auxiliar, le tengo gran confianza.

Huberto se separó de su madre, triste y descontento, pero bien decidido a mantener la palabra dada a María Teresa.

De vuelta en su casa, recorrió los diarios y pudo leer los detalles de la quiebra Raynaud, así como el relato de la muerte trágica de Pablo Raynaud, a quien habían encontrado en su cuarto, perforada la sien por una bala de revólver. Varias casas importantes, se decía, se encontraban envueltas en este desastre.

Huberto arrojó el diario con cólera; todo se conjuraba en ese día para certificarle la catástrofe. A fin de distraerse de estas preocupaciones nuevas para él, decidió que iría a almorzar al club.

Pero en el camino lo atacaron penosas reflexiones. ¿Qué haría? ¿Seguir el consejo de su madre? Era duro abandonar a una prometida tan encantadora. ¿Tendría el heroísmo de tomarla por esposa, sin dote? No faltan familias que viven con ocho mil pesos de renta. Se puso a equilibrar un presupuesto sobre esa modesta fortuna; pero vagamente buscaba, combinaba y cercenaba; todas sus previsiones lo llevaban fuera de aquella suma.

Pronto se cansó de este trabajo, y, desanimado, comprendió que su buena voluntad nada podía contra las exigencias creadas por las necesidades del mundo en que vivía, por su educación y por sus gustos. ¿Qué sucedería si no tenía en cuenta los apetitos que sentía? ¿Tendría espíritu de sacrificios? Un cortejo de privaciones, el largo rosario de las economías, desfiló ante él: nada de viajes, nada de caballos, nada de partidas de placer. Después, se abismó en visiones, para él aterrorizadoras: un sastre de segundo orden, una mujer mal vestida, obligada a frecuentar los ómnibus y los tranvías. No tardó en confesarse que sufriría de todos estos pequeños inconvenientes, y fijándose en la importancia que habían tomado las cosas que se relacionaban con su bienestar y su vanidad, en su alma fútil y ligera, se puso triste. Aquellos hábitos de lujo y de confort eran ahora sus dueños tiránicos y soberanos; no dejarían crecer nunca más en él ningún sentimiento desinteresado.

Perspicaz y desilusionado, comprobó con loable sinceridad:

--Es demasiado tarde, la cizaña ha crecido. Lucharé, pero no estoy seguro de la victoria. ¡Pobre María Teresa! ¡Pobre de mí!

Pasó algunos días en una penosa alternativa no sabiendo qué hacer. Decididamente, en el matrimonio las cuestiones de dinero se aliaban mal con el amor. Observó entonces que la imagen de María Teresa, que antes lo encantaba, se convertía ahora en fuente de preocupaciones tristes, y pensaba:

--Quiero amarla, pero no con la perspectiva de tantas molestias. Estoy ya descorazonado y hastiado. No hay nada igual a estas terribles cuestiones de la lucha por la vida, para sofocar todo noble impulso de amor.

Bajo el imperio de este sentimiento, saturado de prudente indecisión, el joven concurría cada vez más irregularmente al hotel de la calle Vaugirard.

María Teresa parecía cambiada también; no estaba ya alegre; su tristeza, justificada por la enfermedad persistente del señor Aubry, corroboraba las reflexiones desesperantes de Huberto.

Durante sus visitas, que hacía sucesivamente más cortas, evitaba con habilidad toda alusión a los acontecimientos desagradables que habían perjudicado la cristalería. Un día, sin embargo, encontró a su prometida tan visiblemente apesadumbrada, que le fue imposible dejar de preguntarle la causa:

--¿Qué tiene usted, María Teresa? Se diría que usted ha llorado...

--Es cierto, he llorado. ¡Es tan doloroso ver sufrir a un hombre tan enérgico como papá! Ha pasado por las más grandes pruebas con valor, y ahí está, abatido por la enfermedad. Lo que más me hace sufrir, es la idea de que su estado se agrava por las preocupaciones. ¿Sabe usted, Huberto, que los asuntos de la cristalería van mal? Esa quiebra de Raynaud nos ocasiona pérdidas considerables, y es triste para mi padre ver la obra de toda su vida puesta en peligro por la falta de un especulador imprudente. Comprendo cuánto sufre mi padre; estoy segura que por nosotros, se desespera al ver su fortuna quebrantada. ¡Dios mío! ¡qué importa el dinero! ¡Creo que yo me pasaría fácilmente sin él, con tal de conservar a mi lado a los que amo!... Es todo lo que deseo...

Obligado por la nueva actitud que se había impuesto, Huberto permaneció frío.

Cuando reprochó a su madre su exceso de desconfianza, se conocía mal. A su vez él la abrigaba también hasta el punto de quedar impasible, correcto, ante tanta aflicción. El giro que tomaba la conversación, lo sumió en molesta perplejidad, y, sin embargo, las palabras francas y sencillas de la joven despertaron en él sentimientos bastante caballerescos, pero contra los cuales se apresuró a luchar, consiguiendo triunfar.