Chapter 11
La señora Aubry, que hacía un momento miraba al joven con atención, interrumpió inocentemente la respuesta de la joven, diciendo a Juan con afección:
--Tú has trabajado demasiado allá. Te encuentro muy delgado, hijo mío.
--No es nada, he estado un poco enfermo.
--¿Y por qué no has venido a nuestro lado para hacerte cuidar? Es muy mal hecho. ¿No soy ya tu madre?
Juan envió a la señora Aubry una sonrisa de ternura; luego, deseoso de que no se ocupasen más de él, dijo:
--Usted me manifestó que el señor Aubry había estado muy agitado. Después que hemos hablado juntos, creo que se ha calmado. Si yo pudiera conseguir que se tranquilizase del todo...
--¿Por qué está tan inquieto mi marido?
--Sucede una cosa que puede tener consecuencias graves: el banco Raynaud Hermanos ha quebrado, y el señor Aubry tenía allí una gruesa suma, toda la parte líquida de su fortuna, creo.
--¿Es posible? yo no sabía nada... ¿Tú tampoco, Jaime?
--No, madre, lo sé en este momento ¿ese desastre nos perjudica mucho?
--Me lo temo. Desde hace algunos meses, no sé exactamente lo que pasa en el escritorio, no puedo, pues, decir nada preciso; sin embargo, no me sorprendería que el señor Aubry hubiera hecho importantes depósitos en esa casa, después de mi partida. Como las explicaciones que quiere darme a este respecto son causa de agitación para él, no me atrevo a interrogarlo. Es de lamentarse que esta catástrofe nos hiera en el momento mismo que acabamos de hacer grandes gastos en ensayos de cristalería antigua.
--¿Entonces tú atribuyes a la noticia de esta quiebra la gran emoción que ha ocasionado la enfermedad de mi padre?
--Probablemente.
--¿Por qué te ausentaste tanto tiempo, Juan? Si tú hubieras estado presente mi marido habría soportado mejor este golpe. Se encontraba muy fatigado ya, aunque no quería confesarlo. La dirección de la fábrica es pesada ahora para él solo.
--Tenía necesidad de hacer este viaje, señora. Además, será fructuoso; traigo un procedimiento nuevo para practicar una clase de fabricación más económica.
--En fin, estoy contenta de que hayas venido, esto me tranquiliza mucho.
--Agradezco su prueba de confianza, señora--murmuró Juan.
Dejaron la mesa para pasar al salón; el joven armándose de valor se aproximó a María Teresa.
--Su mamá me ha anunciado su futuro casamiento pactado durante mi permanencia en Bohemia--comenzó con voz un poco sorda.
Luego, en tanto que su mirada triste subía del extremo del flotante vestido a la cara de la joven, añadió después de una corta lucha interior:
--Permítame expresar mis sinceros votos porque sea usted feliz.
Su voz se hacía angustiosa; María Teresa, entristecida de verlo forzado a darle estas penosas felicitaciones, en un impulso de piedad le tomó la mano que apoyaba en el respaldo de un sillón, y reteniéndola entre las suyas, pronunció con una entonación de ternura que la sorprendió a ella misma:
--Gracias, Juan. Yo sé que no tengo mejor ni más seguro amigo que usted, y esta seguridad es una gran satisfacción para mí, se lo juro...
Juan retrocedió bruscamente; pero esta vez, ella no se admiró y sabiendo que nada más le diría, se alejó.
Algunos minutos después, vinieron a avisar al joven que el enfermo lo llamaba; la señora Aubry intervino, inquieta:
--Mi querido Juan, si le hablas de asuntos esta tarde va a agitarse y no dormirá en toda la noche.
--No tema nada, querida señora, voy a tranquilizarlo; es mejor, casi, que lo vea antes de irme. Cuando haya concluido de explicarme todo, se encontrará más calmado.
Pero la conversación fue larga y no terminó hasta muy entrada la noche.
A la mañana siguiente, el estado del enfermo se resentía del esfuerzo cerebral que había hecho para poner a Juan al corriente de la situación; la fiebre aumentó, y María Teresa empezó a inquietarse seriamente.
Martholl, cuando vino a hacer su visita habitual la encontró en esta triste disposición de espíritu. Después de haberle hecho algunas preguntas triviales sobre la salud de su padre, Huberto opinó con desenvoltura que debía ser un malestar pasajero del que no había por qué inquietarse demasiado; en seguida, con aire indiferente pasó a otros asuntos.
--¡Ah!--exclamó de pronto,--he tomado para esta noche un palco en el Teatro Francés. Hoy es ese estreno que usted deseaba ver.
--Ha sido usted muy amable en acordarse de mi deseo, pero no puedo ir, no tengo ninguna gana de divertirme hoy.
El joven hizo un gesto de contrariedad.
--Sus inquietudes me parecen un poco exageradas, querida amiga. No hay motivo suficiente para que usted se atormente hasta ese punto. Usted puede muy bien ausentarse por dos horas. En suma, su papá no tiene más que un simple ataque de fiebre, resultado de una gran fatiga; no corre peligro alguno; hay aquí bastantes personas para cuidarlo. Piense también en mí, en el placer que tendría en que fuese esta noche al teatro.--María Teresa quedó desagradablemente sorprendida de la manera como hablaba su novio, de la ligereza con que acogía sus inquietudes, y respondió:
--¿Acaso se sabe el nombre de una enfermedad que comienza? Casi todas principian con los mismos síntomas. El médico mismo, no puede decir nada.
--Espere, entonces, para manifestar tales alarmas.
--Tengo miedo; a veces los malos se agravan de pronto--murmuró tristemente la joven.
Luego, creyendo haber encontrado un argumento decisivo, añadió:
--Además, estoy segura que mamá no querrá salir de casa.
--Todo puede arreglarse--propuso Huberto conciliante,--ofreceré dos sillas en el palco a la señora Gardanne y a su hija. Venga, le ruego, María Teresa, me contrariaría mucho que usted faltase a este estreno.
--Me cuesta mucho rehusar, puesto que ha sido por mí por quien usted ha tomado el palco... En fin, puesto que desea tanto mi presencia, tenga prevenida a mi tía; pero no prometo ir, sino en el caso de que mi padre no se empeore.
Hasta la noche María Teresa se ocupó en cuidar al señor Aubry, cuyo estado de fiebre y de debilidad continuaba siendo el mismo.
La noche estaba muy adelantada cuando Juan llegó, con aire preocupado. Algunos minutos después, la señora Gardanne hacía decir a su sobrina que la esperaba abajo, en su coche.
--¡Oh, cuánto me cuesta ir!--exclamó María Teresa,--y, sobre todo, dejarte sola aquí, mamá.
--Pero su mamá no quedará sola, puesto que yo estoy aquí--dijo Juan.--Además, he venido esta noche con la intención de exigir que ustedes descansen; yo velaré solo a su papá; hoy es mi turno.
--Querido Juan--intervino la señora Aubry,--tú trabajas bastante de día, me opongo, absolutamente, a que te prives del sueño.
--Me paso muy bien durmiendo poco, y nunca me he sentido fatigado. Después, que me quede aquí o en casa, es lo mismo, tengo que examinar estos papeles durante toda la noche.
Y Juan mostró un grueso paquete.
--El tiempo apremia, es necesario que yo me dé cuenta exacta de la situación; hay aquí trabajo para varias noches. En todo caso, puede usted estar segura de que el asunto se arreglará, y permítanme tener la satisfacción de serle doblemente útil a mi protector.
--Puesto que lo quieres, amigo mío...--dijo la señora Aubry.
--Voy a instalarme en su cuarto, y estoy cierto que dormirá, a pesar del resplandor de mi lámpara: mi presencia lo calma.
Luego, dirigiéndose a María Teresa:
--Usted ve que puede ir sin temor: le ruego que así lo haga, a fin de probarme su confianza en mí.
--Y bien, anda a vestirte, hija mía--aconsejó la señora Aubry.--Juan insiste tan afectuosamente, que tenemos que aceptar. Despáchate ligero. Entretanto, voy a hacer subir a tu tía, debe dormirse en su coche, y le haré compañía; nos encontrarás en el salón chico.
La señora Aubry bajó a los departamentos de recepción.
María Teresa quedó sola con Juan. Vacilante todavía, le preguntó después de un corto silencio:
--¿No le choca a usted que vaya al teatro?
--Absolutamente, es muy natural. Además, siempre me ha gustado verla divertirse.
--¡Oh! este estreno no es para mí una diversión, inquieta como estoy por la salud de mi padre...
--Entonces, supongo que no es por la pieza por la que va al teatro esta noche...--no pudo dejar de decir Juan.
Pero se detuvo, algo avergonzado, no sabiendo cómo terminar su frase sin ironía, y agregó con voz diferente, de arrepentimiento:
--Deme, al menos, la pobre satisfacción de hacerme creer que le sirvo para algo.
María Teresa calló, convencida de que cuanto dijera en adelante, sería para Juan motivo de tristeza.
--¿Jaime le acompañará, sin duda?--interrogó el joven.
María Teresa no había pensado en eso; reflexionó y aprobó la idea.
--¡Tiene usted razón! Así será mejor... Voy a prevenir a mi hermano. De esta manera, mi tía no tendrá que esperarme, nos reuniremos en el teatro, y después, si yo quiero salir antes del fin del espectáculo, podré hacerlo. ¡Gracias por su idea, Juan!
Y en una expansión cordial le tendió la mano para darle el adiós; él la estrechó débilmente en la suya.
Esta observación de Juan, que le sugería una combinación práctica, que la hacía libre de sus actos durante la noche, probaba una vez más a María Teresa la importancia que sus menores acciones tenían para su amigo.
El telón caía, terminando el primer acto, cuando María Teresa y Jaime hacían abrir el palco de Huberto.
Al entrar fueron recibidos por las exclamaciones de Huberto, de la señora Gardanne y de su hija.
--¡Al fin llega usted!--dijo Martholl, ayudando a María Teresa a quitarse el abrigo, mientras su tía agregaba:
--¡Era tiempo! Felizmente no los hemos esperado, que si no, perdíamos el primer acto, que es precioso. ¿Por qué tardaron tanto?
--Hasta el último minuto, mi hermana no sabía si vendría...
--¡Todo es bien, si bien termina, Jaime!--respondió alegremente Martholl, instalando a María Teresa entre su tía y Diana.
Como mirara a las dos jóvenes, no pudo contenerse de decir, dirigiéndose a su novia:
--¿No encuentra usted que su prima está interesantísima esta noche?
Diana estaba, en efecto, muy elegante con un traje blanco, discretamente escotado. Al oír estas palabras de alabanza, no pudo disimular una sonrisa de triunfo.
Mientras la cumplimentaba, Huberto, habiendo examinado a su novia con ojo escrutador, añadió en el mismo tono que habría empleado para reprochar una incalificable falta de corrección:
--¿Por qué se ha puesto usted este vestido tan sombrío? Su toilette está algo fuera de lugar aquí, en una noche de estreno.
En efecto, María Teresa, en sus preocupaciones hasta el momento de salir, no había pensado en ponerse un traje de gala.
Ofendida por esta observación, que consideraba inoportuna, la joven replicó con viveza:
--¡Qué singular es usted! ¿cree que no hay más ocupación que la de pensar en vestirse y adornarse?
--Perdóneme, querida amiga, pero he hablado por amor a la oportunidad y a la corrección.
Después de contestar, Huberto, incomodado, se echó un poco hacia atrás. Entonces la señora Gardanne, como si hubiera querido prevenir una querella de enamorados, dijo en tono conciliante:
--¡Es un trastorno tan grande, un enfermo en una casa!
--Muchas gracias, tía; pero no necesito ser excusada--declaró fríamente María Teresa.
El telón se levantaba y todo el mundo calló.
Desde las primeras palabras de los actores, la joven comprendió que no podría interesarse en lo que pasaba en la escena. Su atención no se sostenía, a pesar del interés de la pieza, la calidad de los actores y la amenidad de una sala tan selecta. Todo lo que allí había, gente, ruido, luces, desaparecía ante su preocupación. Sus ojos, rehusando ver la realidad, miraban en su interior el cuadro que su imaginación inquieta les presentaba. En lugar de aquella sala de teatro, donde florecían hermosas mujeres entre terciopelo rojo, oro y brillantes, tenía la percepción de un cuarto sombrío, de la cama de su padre y bajo la luz velada de la lámpara, inclinado sobre un montón de papeles, de un rostro grave y pensativo.
Oía reír a Huberto y a Diana. ¿De qué? Ella nada había comprendido. Ellos seguían la pieza, sin duda; trató de hacer como ellos, de dirigir su espíritu fugitivo a la obra, pero fue en vano: la imagen de Juan reaparecía. Lo veía alineando cifras a la luz triste de la habitación. No era como los otros, Juan no se parecía a ninguno de los que la rodeaban. No conociendo más que el trabajo y el deber, la imperiosa necesidad de distracciones sociales no existía para él.
Sin embargo, él había dicho: «Vaya a divertirse, yo estoy contento de quedarme aquí.» Pero, ¿qué pensaría de ella, de la poca vacilación que había tenido en dejar a su padre para venir al teatro?
--¿Qué hago yo aquí?--pensaba,--¿para qué he venido? Se acordó que había sido con el único objeto de complacer a Huberto; dio vuelta hacia él, a fin de convencerse, a lo menos, de que su presencia lo hacía feliz. Pero Huberto no la miraba, su atención estaba consagrada a la señorita Brandes, que estaba en la escena, y parecía no ocuparse más que de ella.
--Me alegraría mucho de irme a casa--pensaba María Teresa.
Tuvo, no obstante, que esperar al fin del segundo acto, y que asistir a una parte del tercero; entonces, no pudiendo contenerse más, y a pesar de la insistencia en que se quedase, presentó sus excusas a su tía, agradeció a Huberto su atención y rogó a su hermano que la acompañase a su casa.
Apenas había salido del palco, cuando ya Diana se volvía hacia el novio abandonado, y le decía:
--No comprendo a María Teresa. Marcharse así en el momento más interesante, es absurdo... Casi es una descortesía hacia usted. ¿No ha tomado usted este palco para ella? Convengamos: mi tío no está tan enfermo como para que ella no pudiera quedarse hasta el fin.
--Está inquieta--dijo Huberto;--se explica; adora a su padre.
--Sí, pero esta es una exageración de amor filial, y casi un atentado a su amor conyugal.
--En fin, esperaré a que el señor de Chanzelles se restablezca, entonces recuperaré mis derechos de novio.
--Es de desearse--dijo la señora Gardanne.--Mi pobre hermano tiene, creo, en este momento, graves intereses en juego; no convendría que estuviese mucho tiempo enfermo.
--¡Ah! ¿realmente?--interrogó el joven.
--Sí, mi marido se preocupa de eso hace varios días.
Huberto, comprendiendo que sería poco delicado sorprender de esa manera, cosas susceptibles de interesarlo, demostró indiferencia, con gran contrariedad de Diana, y habló de otra cosa.
Una gran calma adormecía su casa cuando entró María Teresa. Tranquilizada por este silencio, subió sin hacer ruido hasta el cuarto de su padre, y como la puerta estaba entreabierta, se deslizó al interior. En seguida se detuvo.
Era el mismo cuadro que se le representaba, acosándola, en el teatro: la pálida cabeza del enfermo descansaba sobre las almohadas, y la blancura del lecho resaltaba bajo las cortinas caídas. En un rincón, débilmente iluminado por una lámpara baja, Juan escribía.
Avanzó suavemente hacia la mesa de trabajo, y el joven, habiendo levantado los ojos, vio surgir de la penumbra el rostro de la que amaba. No pareció sorprendido; mirando la aparición con sonrisa de extático, murmuró como en sueños:
--¡Fantasma querido!
María Teresa no podía sorprenderse de los extraños efectos alucinantes de un pensamiento absorto. ¿No había evocado ella hacía un momento, lo que veía allí, en aquel cuarto? Comprendió que su verdadera imagen se sobreponía al sueño interior de Juan; respetando su locura permaneció ante él, muda y pensativa, no osando moverse.
Pero Juan había recobrado el sentido de la realidad; balbuceó, levantando los ojos hacia ella:
--¿Es usted?... ¿Es usted?... ¡Ya!... ¿Ha concluido el espectáculo? Disculpe mi confusión, pero estoy absorto en abominables cálculos.
María Teresa, simulando que no veía la turbación de Juan, dijo:
--No he tenido valor para oír el tercer acto; la inquietud me torturaba.
--¿Por qué, si yo estaba aquí? Hace usted mal en no tener confianza en mí. Mire, su padre está tranquilo; se despierta de tiempo en tiempo, me llama, y después vuelve a dormirse, satisfecho de verme trabajar a su lado.
--¡Ah, qué bueno es usted de velarlo así!
Juan, contemplando siempre a la joven, respondió sonriendo:
--Entonces ¿usted cree realmente que yo hago algo meritorio? Espero que no... Porque eso me haría suponer que usted no es muy difícil de contentar en materia de acciones loables.
María Teresa, sin contestar, evolucionó lentamente por la pieza. Descubrió, en breve, lo que buscaba, sobre una pequeña mesa: jamón, pollo frío, asados, manteca, miel, ron y todos los utensilios necesarios para hacer té.
Se volvió hacia el joven:
--Juan, mi madre ha hecho preparar algunos alimentos para ayudarle a pasar la noche. ¿Quiere usted que yo le sirva su cena?
--Gracias, no necesito nada.
--Sí, usted necesariamente tiene que tomar algo.
--No, no, se lo aseguro.
Hablaban en voz baja; sus palabras eran, apenas un murmullo. Juan veía cerca de él la cara querida, los hermosos ojos soñadores que evocaba tan a menudo y en el silencio de aquel cuarto de enfermo, una profunda turbación lo invadió.
María Teresa, como si tuviera conciencia de lo que pasaba en él, creyendo eludir aquel lazo tendido por la soledad y la exaltación de la velada, pronunció con entonación imperiosa y porfiada:
--No le pido su opinión: hay que cenar; esta mesa revela de una manera perentoria la orden de mamá... es inútil que se ría y mueva la cabeza, ¡usted cenará, Juan! ¿Quién me habrá dado un amigo tan caprichoso? ¡Pronto, un fósforo para encender el calentador! ¡Ah! Juan, usted era un amigo más obediente en otro tiempo... ¡Entonces cumplía todas las órdenes de Teresita!
Juan se estremeció y sin fuerzas ante el recuerdo del querido pasado, que era su único placer, tendió su caja de fósforos. María Teresa con voz seria y cariñosa continuó:
--Deje un momento sus números. ¿Quiere que yo participe de su cena, diga?... Llevaremos la mesa al gabinete de vestir; dejaremos la puerta abierta para velar a papá, sin que nos oiga. Vamos, vamos, abandone sus papeles durante cinco minutos, y venga a hacer la cenita...
Juan no pudo resistir más. Dijo:
--Entonces permítame que la sirva... ¿No era así como hacíamos cuando usted era la querida Teresita?
Con mil precauciones y cuidando de no tropezar con nada para no despertar al señor Aubry, transportó la mesa y se puso a manejar hábilmente los diversos utensilios, preparando el té y cortando los asados.
--¡Qué diestro es usted!--observó María Teresa.
--¿Le sorprende? Un buen cristalero tiene que ser diestro de manos.
Para no hacer ruido en el cuarto cambiando muebles, Juan tomó un taburete y se sentó casi a los pies de la joven. Bebieron y comieron en silencio. Juan obedecía las menores órdenes de María Teresa, sintiendo una extraña voluptuosidad en resistir primero para verse despotizado y darse luego el placer de la obediencia.
--¡Juan, este sandwich más!
--No, no puedo...
--¡Es preciso!...
--No tengo más ganas.
--¡Yo lo quiero!
--Le aseguro...
--¡He dicho que quiero!
Y él tomaba el sandwich ofrecido por aquella mano delicada. ¡Qué no habría comido, con tal de ver la sonrisa de triunfo que entreabría los labios de su amiga! Murmuró:
--Como por demás... felizmente el té me salvará, si no concluiría usted por ahogarme.
Se sonreían confiados y alegres.
El señor Aubry hizo un movimiento; temiendo despertarlo, volvieron a su lado y permanecieron silenciosos en la calma del cuarto.
Entonces, bajo la influencia algo misteriosa del silencio y de la luz discreta de la lámpara, el bienhechor olvido expulsó del alma de Juan todo lo que no era la real felicidad de la presencia querida. Nada existió para él fuera de aquel ser de tal delicadeza y de encanto; creía vivir en un sueño, no quería ni saber en qué lugar de la tierra se encontraba allí solo con ella.
Sí, ella estaba allí, tan cerca, que sentía el fino aroma de iris con que perfumaba sus cabellos, tan cerca, que podía tocar el extremo de su vestido avanzando la mano. ¡Ay! tantas veces aquel ademán había hecho desvanecer su sueño, que no se arriesgaba ahora.
María Teresa se sentía retenida en el canapé como por invisible lazo. Sin embargo, Juan no la miraba, ni pronunciaba una palabra. Pero, semejantes a nubes de incienso, los efluvios de adoración que emanaban del joven, la envolvían en una atmósfera de ternura, y gozaba de una sensación de felicidad ignorada hasta entonces.
Ella misma, sin darse cuenta, rompió el encanto: habiendo avanzado la mano sobre la mesa, en la órbita luminosa de la lámpara velada, irradiaron los fulgores del rubí de su anillo de novia y el ojo de Juan, atraído, vio como sangrar la mano de su amada.
Con este simple juego de luz, la realidad entró de nuevo en su espíritu como dueña imperiosa, suscitando el recuerdo del novio. Juan, desalentado, apoyó sobre el muro su cabeza aniquilada. María Teresa que lo miraba, le dijo, sin comprender el verdadero motivo de aquel súbito desfallecimiento:
--Usted se fatiga demasiado; no trabaje más esta noche, se lo ruego. Vea, mi padre duerme, es inútil que usted se quede a velar toda la noche.
Y como se levantase dirigiéndose hacia la cama, Juan exclamó con un gesto de indiferencia:
--¡Qué importa que yo duerma o que yo vele!... ¡Adiós, María Teresa!...
Y la condujo hasta la puerta de la habitación.
XV
A la mañana siguiente Huberto fue a hacer su visita habitual.
Cuando su prometido se marchó, María Teresa se sintió desamparada, y se preguntaba por qué aquella visita de Huberto la dejaba tan triste. Contribuía también a ello la idea suya de reprocharle de nuevo el traje sombrío que se había puesto la víspera para ir al teatro. ¡Ah! era siempre el clubman ligero, el hombre chic, eternamente esclavo de sus preocupaciones de snob y esto, en el momento mismo en que ella ansiaba sentir una emoción tierna, una solicitud afectuosa, capaz de confortarla durante el período de inquietud que atravesaba.
Sí, ese día, todo la irritaba en él: su levita impecable, sus cabellos admirablemente brillantes, su cara de placidez, reflejando la íntima satisfacción de sí mismo.
Pero, después de dar libre curso, durante algunos instantes a su irritación, concluyó por pensar que quizá no era razonable de su parte ensañarse así con su novio. Porque ella estaba triste, no era motivo para que él cambiase su manera de vestir. Luego, examinándose con sinceridad, descubrió que era otra la causa de su mal humor así como de las distracciones que había tenido durante la visita de Martholl.
En efecto, mientras escuchaba a Martholl decirle, con su voz de entonaciones rebuscadas, las cosas amables y triviales que acostumbraba, el recuerdo de un semblante de rasgos demacrados, de expresión angustiada y ardiente, hería su espíritu de una manera singular. Después de haberse distraído pensando en esto, miró con atención a su interlocutor y le pareció que no veía con el mismo agrado aquellos bigotes sedosos que antes le gustaban tanto.
¡Ah! Huberto no tenía aspecto de fatigado, y no creía que fuera cuidando enfermos como se fatigaría nunca.
Agitada por estos pensamientos, se sintió de pronto invadida por un remordimiento; hacía mal en acordarse tanto de Juan desde que sabía que era amada por él, y mal en acoger las emociones que le producía este recuerdo. Siendo prometida de Huberto, no debía permitir que otro ocupase su pensamiento. Trató de convencerse que su turbación provenía de la sorpresa que había recibido al descubrir el amor de Juan. ¡Y después, es tan triste ver sufrir! Y Juan sufría. Se conmovía todavía, recordando su mirada desesperada. En su ingenuidad atribuyó a un sentimiento de piedad sus frecuentes cavilaciones sobre Juan.