Chapter 10
--Está bien, hijo. Piensa en mis recomendaciones y ten la seguridad de que sólo la preocupación de tu felicidad y situación guía mis actos e inspira la prudencia que te aconsejo. Obra discretamente; pero no te guíes por las apariencias, por excelentes que sean. Adiós, hijo mío.
--Adiós, madre.
Cuando Huberto dejó el sombrío departamento de la calle Astorg, llevaba ideas pesimistas. En ese día la inquietud que ennegrecía su espíritu se traducía en molestas cuestiones de dinero; quería que sus intereses quedasen garantidos, porque podían procurarle comodidades y placeres; pero era bastante gran señor para no querer hablar de ellos.
--Vamos--pensaba con melancolía al marcharse--esto no está concluido todavía; habrá que hacer diligencias e informaciones; ¡con tal que no tenga desilusiones y el producto de esa cristalería sea el que me han asegurado! Mi madre es demasiado desconfiada: personas y acontecimientos, todo le es sospechoso. ¿Qué tenemos que temer si los informes que tengo son perfectos?
Absorto en estas meditaciones, se encaminaba hacia la Magdalena. Un violento deseo de ver a María Teresa lo dominó de pronto; se detuvo al borde de la acera, levantó su bastón en ademán de llamar: un fiacre se aproximó. Se hizo conducir a casa de los Chanzelles esperando que la linda cara de su novia, disiparía el fastidio que esta conversación había dejado en su espíritu.
XIII
Los primeros tiempos del noviazgo de María Teresa se pasaron en presentaciones, comidas y placeres constantemente renovados. Huberto era un incomparable organizador de fiestas. Con él era imposible estar sin distracciones; además, sabía variarlas maravillosamente. María Teresa se creía transformada en una princesa de un cuento de hadas, pues no tenía otra ocupación que la de divertirse de la mañana a la noche, bajo la dirección de un maestro de ceremonias parecido al Príncipe Encantador. Las mañanas eran dedicadas al bosque; por las tardes había siempre diversiones nuevas; en cuanto a las noches, terminaban invariablemente en el teatro o en las tertulias.
En cada una de estas circunstancias, la joven concluyó por notar que Huberto se preocupaba, sobre todo, del efecto que producía la belleza de su novia, y que sus goces crecían en razón directa de la admiración que manifestaban por ella y de la envidia que suscitaba.
Saturado de este sentimiento de vanidad, aconsejaba a María Teresa arreglos en su toilette que consideraba propios para hacerla valer, y escogía para acompañarla, las reuniones y los sitios donde más atraían la atención. En fin, en todos sus actos aparecía el deseo de formar con ella el grupo que la gente contempla y admira.
María Teresa pensaba tristemente:
--¿Será solamente por estos dones exteriores por los que me ama?
Y se preguntaba algo ansiosa:
--¿Sentiría el mismo placer en estar conmigo si yo no estuviera tan bien vestida?
No experimentaba gran satisfacción en ser rica, elegante, admirada.
En el fondo de su corazón, habría preferido que Huberto le demostrase su cariño de otra manera.
Luego, había notado también un ligero cambio en su actitud desde que eran novios. La emoción que mostraba al principio, cuando esperaba solamente se había transformado en una especie de despego lleno de confianza; esto era quizás imperceptible para los demás, pero no escapaba a los ojos de la joven. Huberto ahora manifestaba su afección de una manera diversa; María Teresa le encontraba menos dulzura, sumisión afectuosa, más familiaridad y seguridad conquistadora. Esta toma de posesión que no le producía ninguna felicidad íntima, a ella le molestaba. Por intervalos se decía:
--¡Dios mío, qué difícil de contentar soy! Todas mis amigas me repiten que desearían estar en mi lugar; entonces ¿por qué no estoy satisfecha? ¿No tengo una suerte envidiable? ¡Ah! ¿para qué me habrán dado una educación destinada a hacer mirar las cosas con gravedad? ¡Cuántas jóvenes no dan importancia a estas exhortaciones y arrojan en seguida en el camino esta pesada carga! Y precisamente yo, que no la necesito, tomo todo en serio; no puedo olvidar aquellas lecciones austeras, y me siento invadida por escrúpulos ante la perspectiva de disfrutar demasiados placeres. ¿Es esto lo que me turba? ¿No será más bien el pesar de no constituir el ideal de Huberto siendo para él como el accesorio de una decoración de fiesta?... Pero ¡qué ridícula soy! ¿Por qué preocuparme de tantas cosas? Es una injuria que hago a la Providencia no declarándome completamente satisfecha.
Así, pues, se daba cuenta del vacío y futilidad de la existencia a que Huberto la llevaba, y amargas previsiones la acusaban cuando desaparecía la excitación pasajera de sus mejores distracciones. Decidiose, al fin, a confiar sus temores a su novio.
En una tarde de lluvia el azar hizo que se encontraran solos en el salón. La joven acababa de tocar un nocturno de Chopín «porque, había dicho, esa música se armoniza bien con un tiempo oscuro y melancólico.»
Juzgando favorable el momento, dejó el piano y fue a sentarse al lado de Huberto.
--María Teresa, usted interpreta este nocturno de una manera sorprendente; me sentía emocionado escuchándola.
--Me alegro mucho de haberle hecho sentir la hermosura de esa pieza musical. Este nocturno es apropiado al momento presente. Siempre trato de establecer armonías entre el tiempo, mis pensamientos y las cosas. ¿Quiere usted que continuemos en esta nota? Hablemos seriamente, esto no nos sucede frecuentemente, y hoy tengo pocas ganas de divertirme.
--¡Me da usted miedo! Las palabras serias son casi siempre inútiles.
--En el verano pasado usted decía, cuando menos seguro estaba de mí, empleando un lenguaje florido para conquistarme. «No hay palabras inútiles cuando es usted quien las pronuncia...» ¿Por qué no dice ahora lo mismo?
--¡Bastante me ha reprochado mis amables palabras! Usted las encontraba enfáticas y exageradas, y ahora las echa de menos. ¡He ahí lo que son las mujeres!
--Sea; somos variables, y es difícil contentarnos; ya ve usted, me adelanto a sus reproches. Pero volvamos al asunto que yo quería abordar ante este cielo lúgubre.
--Razón tengo en inquietarme, pues me anuncia una conversación en armonía con el tiempo, y reconoce que es lúgubre.
--He dicho «hablemos seriamente,» nada más. Hagamos proyectos para el porvenir ¿quiere usted? Por ejemplo ¿ha encontrado alguna ocupación que pueda convenirle?
--¿Cómo?--exclamó Huberto, en tono de burla--¿usted también piensa en eso? Creía que era una idea exclusiva del señor de Chanzelles, y que yo era libre de seguir sus consejos.
--Mi padre no se explica que pueda haber alguien desocupado: hay que perdonarle esta preocupación, de la que yo participo, porque siempre ha dado el ejemplo de una incesante labor y de la mayor actividad. Usted sabe sin duda que, siendo huérfano y sin recursos, edificó con sus propias manos e hizo prosperar la casa que representa hoy nuestra fortuna. Siempre me dijo que no consentiría de buena gana en otorgar mi mano a un desocupado. Conociendo su amor al trabajo, educada también en la admiración del esfuerzo individual, me había yo prometido conformarme a su deseo, al elegir un marido. Pero he aquí, que una casualidad... feliz... lo ha conducido a usted hacia mí, y que yo no puedo cumplir mi promesa. Busco el modo de conciliarlo todo ¿comprende usted por qué insisto?
--Mi deseo es hacer su gusto, pero no me es posible encontrar una ocupación en seguida. Necesito un trabajo honorable, de poca sujeción, y que produzca bastante para justificar mi deserción... es difícil. Veamos, reflexione: con mis ocho mil pesos de renta y su dote, tenemos la existencia asegurada. Podremos viajar, vivir al capricho de nuestra fantasía. Reconozca que sin necesidad va usted a perturbar todos mis proyectos.
Luego, irónicamente, añadió:
--¿Es por conservarse más independiente por lo que usted desea que yo tenga una ocupación? Si es por esto, nada tiene que temer; estaré siempre bastante comprometido en el engranaje social para dejarla libre durante largas horas, si así lo desea. Créame, usted será la primera en agradecerme la manera como organice todo para nuestra mayor comodidad.
--No es la idea de librarme de su afectuosa tutela la que me induce a hacerle este ruego; lamento igualmente que usted haya podido suponerlo--repuso la joven algo entristecida,--pero, ¿se tiene jamás la seguridad de conservar una fortuna? ¿Quién conoce el porvenir? Hay catástrofes financieras terribles... Sin ir tan lejos, mi padre, cuya fortuna consiste, en su mayor parte, en la fábrica de cristales, podría verse comprometido por alguna desgracia imprevista...
Estas últimas palabras causaron a Huberto cierto malestar; para disimular las ideas que le sugerían, interrumpió a la joven y dijo afectando un temor cómico:
--¡Qué desgracia! ¡Usted me hace estremecer! ¡Volemos en socorro de su querido padre!
--No hay que reírse... hay huelgas... revoluciones... y muchas otras calamidades... No sería la primera vez que se viera derrumbarse una importante casa industrial.
Las huelgas y las revoluciones parecieron a Huberto peligros bastante problemáticos, lo cual tranquilizó su espíritu.
--Amiga mía--dijo, tomando las manos de la joven,--no me gusta oír su linda voz predecir tan lúgubres acontecimientos, ni a sus labios pronunciar tan fatídicos presagios... El sol ha vuelto a brillar, hablemos, pues, de cosas más alegres, desde que es el estado del cielo lo que inspira los temas de su conversación.
María Teresa comprendió que los sentimientos que invocaba no harían jamás vibrar ninguna cuerda en Huberto. Renunció a convencerlo y dijo conciliante:
--¡Qué fastidiosa soy! ¿verdad? Perdóneme, pero mi padre me inspira tanta admiración que estoy mal preparada para apreciar a los que no tienen su ideal de vida. Además, me desolaría ver nacer motivos de discordia entre ustedes dos, y por esto es por lo que quiero prevenirlos...
--Volveremos a conversar sobre este asunto, se lo prometo. En este momento, voy a comunicarle mis proyectos; espero que le agradarán: inmediatamente de nuestro casamiento, partiremos para Florencia; es una ciudad interesante que no le disgustará conocer. Después iremos a Palermo a tomar el yate que mi primo Martholl Grainville pone a nuestra disposición para dar un paseo por el Adriático.
Pero la joven no tuvo tiempo de aprobar este programa. El ruido de un carruaje que penetraba bajo el pórtico del hotel la inquietó.
--¿Qué es eso?--exclamó levantándose.
Casi inmediatamente sonaron las campanillas eléctricas y voces, en el silencio de la casa. María Teresa se excusó y salió precipitadamente.
Algunos minutos después, la puerta del salón se abría, para dar paso al señor Aubry, sostenido por sus dos hijos.
Estaba muy pálido; se dejó caer pesadamente sobre un sofá; luego, a Martholl le dijo:
--Discúlpeme de presentarme en esta triste figura... me he desvanecido en la fábrica y han tenido que traerme en coche como un bulto.
Al pronunciar estas palabras con voz débil, el señor Aubry trataba de sonreír.
--Señor--protestó Huberto,--usted me deja confuso; creo que puedo ser considerado por usted como perteneciente a su familia.
La señora Aubry entró. Se dirigió hacia su marido, le tomó las manos y le preguntó, temblorosa:
--Amigo mío, ¿qué tienes? ¿qué ha sucedido?
Jaime la interrumpió:
--Querida mamá, no te alarmes. El médico que se llamó cuando papá se encontraba mal, me ha tranquilizado; es un exceso de debilidad causado por el trabajo.
--No me sorprende, tu padre se fatigaba mucho desde hace algún tiempo.
--Sí, pero además hay otra cosa, de la que podemos hablar, pues estamos en familia... Mi padre ha recibido en la tarde una noticia que lo ha trastornado.
--Es cierto--declaró el señor Aubry con voz débil,--he tenido una fuerte conmoción... moral... una gran contrariedad... No sé lo que pasó después... me desvanecí.
--Rousseau, el jefe de los talleres encontró a papá tendido, sin conocimiento, en su escritorio. Afortunadamente tuvo la feliz idea de mandar buscar un médico y de llamarme por teléfono.
--No te inquietes, querida mía--y el señor Aubry para tranquilizar a su esposa trató de afirmar la voz:--estoy mejor. Pero quisiera acostarme. Jaime, hazme el favor de telegrafiar a Juan que venga inmediatamente; lo necesito.
Y como Jaime comprendiera que su padre estaba agitado por una preocupación grave, se apresuró a tranquilizarlo.
--Puedes estar seguro, papá, de que Juan se hallará aquí mañana a la noche, si no es imposible. Corro al telégrafo.
--Excúseme, señor Martholl--balbuceó el señor Aubry levantándose penosamente,--voy a pasar a mi cuarto, no puedo más...
Y sostenido por su mujer y su hija, salió del salón.
María Teresa volvió pronto, con el rostro oscurecido y los ojos húmedos.
--Mi querida María Teresa, no se atormente usted--le dijo Huberto,--esto será nada seguramente, un poco de anemia, sin duda.
--Estoy trastornada de ver a mi padre en ese estado: jamás ha estado enfermo. ¿Usted ha visto qué mala cara tiene? Está preocupado; por eso tiene fiebre. ¡Dios mío, si Juan estuviera aquí! él sólo puede ocuparse útilmente de nuestros intereses, evitando toda molestia a mi padre.
--Ese Juan de quien usted habla ¿es aquel hermoso joven de aspecto salvaje, que parecía aburrirse tanto en Saint-Jouin, el día que hicimos el paseo?
--Es él. Excúseme, Huberto; tengo que dejarlo solo otra vez, debo subir a acompañar a mi padre.
--Vaya, querida amiga; además, me despido de usted hasta mañana que vendré en busca de noticias.
--¡Oh! ¡sí, venga! Consuela tanto verse rodeado, protegido, cuando la desgracia abate... Venga, Huberto, por mi padre, por mí, sobre todo. Lo espero...
Y como el joven le besase respetuosamente la mano y se alejase sin pronunciar una palabra más, experimentó una gran decepción. Ella, que observaba con serenidad los acontecimientos, sintió de pronto llenarse su corazón de tal angustia, que se desplomó sobre un sillón, sollozando.
XIV
El señor Aubry pasó muy agitado la noche, y el día siguiente no fue mejor. El médico, sin pronunciarse de un modo categórico, recomendó el reposo absoluto.
La señora Aubry y María Teresa muy inquietas no salieron más de la habitación de su querido enfermo; pero en la noche del segundo día, cuando se hallaba adormecido, María Teresa aprovechó este instante para ir a buscar un libro.
Atravesó el gabinete de trabajo de su padre y entró en la biblioteca. Mientras examinaba los volúmenes oyó abrir la puerta del gabinete. El criado introducía a alguien. Quedó muy contrariada de encontrarse prisionera en aquella pieza de la que no se podía salir sin pasar por el escritorio del señor Aubry. Estaba en traje de casa, y le era desagradable mostrarse así a nadie. Sin embargo, tuvo la curiosidad de ver quién estaba allí.
Se acercó con precaución a la mampara de cristales que separaba las dos piezas, y levantando suavemente la cortina de seda miró.
Frente a ella, violentamente iluminado por el resplandor de una lámpara eléctrica se hallaba Juan. Pálido y extraordinariamente enflaquecido, parecía contemplar con pasión algo que estaba sobre el muro y que ella no veía. Tuvo que sofocar un grito de sorpresa; tan cambiado lo encontraba.
¿Qué miraría con aquellos ojos extasiados? De pronto recordó: en la pared que había frente al escritorio de su padre había un gran cuadro que la representaba a ella a la edad de ocho años; un magnífico retrato de cuerpo entero, de Boldini, en el que su rostro infantil sonreía bajo la sombra dorada de sus largos cabellos.
El joven proseguía absorto en su contemplación. ¿Por qué tenía aire de sufrimiento ante aquel retrato? ¿Qué pena infinita y secreta podía contraer así los rasgos de su fisonomía? La cara de aquel hombre expresaba una idea tan torturante que María Teresa, sin alcanzar la causa, se sintió profundamente conmovida. De pronto de aquellos ojos sombríos, siempre apasionadamente fijos sobre el mismo punto, brotaron lágrimas.
Ella se sintió profundamente conmovida, y más tarde, cuando recordaba esta corta escena muda, le parecía que había estado mucho tiempo mirando llorar a Juan.
El ruido de una puerta que se abría arrancó al joven de su éxtasis. Un criado venía a buscarlo para conducirle al lado del señor Aubry.
Apresuradamente, Juan pasó el pañuelo por su cara y salió de la pieza.
Entonces María Teresa entró, y a su vez se detuvo ante la imagen que había suscitado aquella crisis dolorosa. Una suave melancolía se apoderó de ella, mientras contemplaba su retrato. Sobre un fondo claro se elevaba una elegante silueta de niña, cuyo vestido corto dejaba ver las finas piernas y estrechos pies calzados con zapatitos de charol.
Recordó que cuando se parecía a aquella chicuela, Juan era su gran amigo. ¡Y qué dulce y complaciente gran amigo! Siempre dispuesto a satisfacer sus deseos, sin cansarse jamás de sus caprichos.
Se sonrió recordando que cierto día en que llevaba aquel mismo vestido quiso a toda costa jugar al viajero en el desierto, y para esto obligó al pobre muchacho a hacer el papel ingrato de dromedario. A una señal de ella, Juan se ponía en las posiciones más humillantes, sin que la niña habituada a su alegre sumisión se sorprendiera. ¿Cómo en lo sucesivo podía haber tenido conciencia de la transformación que la acción del tiempo lenta y segura, había hecho de aquel ardor en otros sentimientos?
Ahora el velo caía; de aquellas lágrimas sorprendidas surgía la verdad. Todo se explicaba: la tristeza persistente de Juan durante su permanencia en Etretat, sus vacaciones acortadas, y su retirada a Bohemia donde se había refugiado para huir de ella, sin duda...
--Juan, mi pobre Juan--murmuró,--¡cuánto va a sufrir!
Miró otra vez con gratitud su propia imagen, causante de la explosión de pesadumbre que había presenciado.
--Delante de mí--pensaba,--jamás se habría revelado y yo habría ignorado siempre su secreto... Y después de todo ¿no habría sido mejor? ¿Qué hacer ahora? ¡No lo sé!
Preocupada con este doloroso problema se dirigía a su cuarto, cuando su madre la llamó:
--Hija mía, tranquilicémonos, Juan ha llegado, tu padre está muy contento. Creo que no nos decía cuanto deseaba su presencia.
--¿Tú has visto a Juan, mamá?
--Sí, comerá con nosotros.
La joven entró a su habitación. Para calmarse trató de resolver la manera cómo debería conducirse con Juan; pero en vano se esforzaba en seguir el curso de sus reflexiones; su pensamiento volvía con desesperante obstinación sobre su extraordinario descubrimiento. ¿Podía nunca haberse imaginado que aquel Juan que conocía voluntarioso y brusco fuese capaz de amar con una reserva tan llena de desesperación? ¡Cuánta razón había tenido para alejarse! Había sido una determinación juiciosa. Pero ¿qué haría ahora que traído a su lado por la fuerza de los acontecimientos se vería mezclado de nuevo en su vida y sería testigo de las efusiones entre ella y su novio? Ante esta última suposición, María Teresa se sintió conmovida por una gran piedad. Por nada del mundo consentiría en afligir con tal espectáculo a este amigo que sufría por amarla. Era necesario que a toda costa se alejase otra vez.
Luego varió el curso de sus pensamientos. Se sorprendió de preocuparse tanto de los sentimientos que creía que dominaban a Juan. ¡Se necesitaba tener un espíritu muy romántico para imaginar semejantes tormentos de amor en honor suyo, en el alma de los jóvenes! Se burló de sí misma, viéndose a punto de caer en la manía ridícula de ciertas jóvenes que creen que inspiran violentas pasiones. ¿Quién le decía que no se había equivocado en la naturaleza de la emoción que había sorprendido, y que Juan no estaba probablemente tan desesperado como le había parecido? ¡A la verdad, estaba loca! No, seguramente Juan no la amaba, era inverosímil, imposible.
Entonces en el fondo de sí misma en la región oscura donde nacen las sensaciones ignoradas le pareció sentir algún pesar... ¿Por qué?
A este pesar, a esta indecisión sentimental, se unía confusamente una inefable dulzura de impresiones nuevas; la confesión de aquel sentimiento sorprendido tan inopinadamente, inundaba su alma de una extraña melancolía. La dominaba de improviso el encanto superior del lazo moral que la unía a Juan. No era ya para ella el indiferente que había creído; las lágrimas que brotaban poco antes de los ojos del joven, María Teresa las sentía caer una a una en su corazón, y las menores inflexiones de la voz lenta y baja de Juan dirigiéndose a ella, semejante a la del sacerdote ante el altar, surgían en su memoria como música misteriosa.
Acababa de descubrir en él el sentimiento exclusivo, apasionado, que desde hacía mucho tiempo hacía converger sus esfuerzos en busca de una perfección a que no habría aspirado una ambición ordinaria. Súbitamente María Teresa quedó impresionada de la grandeza, de la perseverancia de aquella energía infatigable, recordando los orígenes del niño convertido en hombre de mérito.
En el campo de batalla de la vida, Juan había encontrado por enemigos, el desprecio, la injusticia, la envidia, el egoísmo, la maldad bajo todas sus formas. ¿María Teresa lo había socorrido una sola vez? ¡No! Abandonándolo, sin comprender sus esfuerzos, lo quería con una afección fría y tranquila, como se quiere a un compañero, a un aliado fiel, a un humilde a quien se tolera; no se había dado cuenta de que a cada minuto arriesgaba su vida, más que su vida, la paz de su corazón, persiguiendo un ideal que ella lo constituía.
Sí, Juan se había formado para ella, adquiriendo por ella instrucción, educación y hasta la sobria elegancia que le había llamado la atención, cuando vio al joven en el escritorio.
Un alma ardiente, leal y sincera como la de María Teresa, no podía enorgullecerse de tal triunfo sobre una alma fuerte. Sin equivocarse, comprendió lo que con exquisita delicadeza Juan había esperado de ella, respetuoso y en silencio. Al pensar en la plenitud de aquel amor que no debía aceptar y que, sin embargo, había involuntariamente suscitado, una sensación de espanto la dominó.
La necesidad de su casamiento con Huberto le hizo intolerable la vida durante un minuto, y por un impulso de piedad hacia Juan, agitada por confusos pensamientos contradictorios, murmuró:
--¡Pobre joven, pobre joven! Si me ama con todas las nobles energías de su hermosa naturaleza, ¡qué cruel será el despertar, y cuánto vacío y desesperación dejará tras sí!...
Y brotaron lágrimas de sus ojos, semejantes a las de Juan, originadas por un mismo dolor secreto; lágrimas del esclavo de las leyes, de las convenciones sociales, que siente sus cadenas, sufre las heridas que ellas causan y llora su libertad.
Cuando algunas horas después, Juan bajó a comer, en el umbral del salón se sintió desfallecer. Detrás de aquella puerta iba a encontrarse con la mujer de quien había querido huir y cuyo imperioso recuerdo lo poseía. ¡Ah, cómo le acosaba y llenaba todo su ser, la querida visión! Pero también era bien suya, únicamente suya, la amada que lo acompañaba a todas partes, que aparecía deslumbrante y fascinadora ante sus ojos alucinados. Habitaba en su corazón aquella María Teresa de sus ensueños, y nada podría separarlos jamás, ni la ausencia, ni el espesor de los muros, ni la distancia de los caminos... ¡Pero iba a ver a la otra, la verdadera, a quien tenía que felicitar porque pronto sería la señora de Huberto Martholl!...
Al ver entrar a Juan, una singular emoción sintió María Teresa. Él, muy pálido, se aproximó y tomando la mano que ella le tendía:
--María Teresa...--comenzó.
Pero aprovechando la vacilación de Juan, una fuerza inconsciente impulsó a la joven a cortarle la palabra, para ahorrarle el sufrimiento de pronunciar la frase que adivinaba.
--¡Al fin, ha venido usted, Juan!--dijo casi alegremente.--Todos estamos contentos por su regreso. ¿Era necesario que mi padre estuviera enfermo para que usted se decidiera a volver?
--Veo que usted ha notado mi ausencia. Muchas gracias.