# Impresiones, Poesías

## Part 2

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Tipo bien opuesto tambien al de Adolfo, era el de otro personaje que no quiero bosquejar, para irme directamente á la figura principal de mi cuadro, que tambien se crió al calorcillo del _nido_: el autor del presente libro, mi querido amigo Campo-Arana.

III.

_Don Quijote_ le llamaban sus compañeros; y hoy, que ya es todo un guapo mozo, no parecerá imprudente confesar que el mote le estaba como anillo al dedo. Y Campo recordaba á D. Quijote por algo más que por lo seco y desgarbado de su cuerpo, lo avellanado del rostro y el rumbo de los bigotes: por lo exaltado de su imaginacion, pronta en hacerle recibir como realidades sus sueños de cada momento, infatigable para persuadirle á creer que está en verso nuestra existencia, contra la opinion de un personaje de comedia del pobre Luis Eguílaz. Campo se ha pasado, y se pasa, y se pasará la vida (porque es el individuo del _nido_ ménos sujeto á cambio), tomando por gigantes los molinos de viento, y por castillo la venta tan justamente antipática á Sancho Panza.

Campo era, de todos sus compañeros, el que ménos versos hacía y el más poeta sin duda alguna. Si el que escribe estos renglones no creyera firmemente que el artista es echado al mundo por Dios, ni más ni ménos que el ave, que siempre encuentra las yerbecillas que han de alimentarla mejor, creeria con no ménos seguridad que Campo-Arana era un talento perdido á quien habian faltado favorables condiciones de desarrollo. Pero quien repare un poco en la vida de los hombres notables que honran á la humanidad, comprende desde luego que Shakespeare, con una vida más tranquila, con una instruccion más sólida, quizás hubiese escrito dramas ménos gigantescos; que Moratin, nacido en el siglo XVII, acaso no hubiera tenido un talento bastante enérgico para salir de la oscuridad; que Hartzenbusch, ménos sabio y despues de arrojar en _Los Amantes de Teruel_ todo lo que un hombre solo puede inventar, acaso hubiese valido ménos, mientras la musa inquieta y viva de Narciso Serra probablemente se habria muerto de fastidio en la fria, aunque sana atmósfera de una biblioteca. Campo es poeta de impresion; ha recibido impresiones, posee el don de expresar de una manera siempre clara y á menudo elegante sus pensamientos: Campo es lo que puede ser. No hay que indignarse con el pez porque no ande, si sabe nadar bien, ni echar en olvido la fábula de Iriarte, que nos presenta al ganso haciendo de todo un poco, y haciéndolo todo como quien era.

Campo no es un sabio; pero con que nadie se lo conozca en sus escritos, con que posea la principal sabiduría del hombre de letras (la de saber bien qué es lo que no sabe, para no hablar de ello), él tiene bastante y el lector de sobra.

Su primer maestro ha sido el mejor: la naturaleza vista á través del sentimiento propio. Algo ha modificado esa espontaneidad la influencia que sobre él ha ejercido la lectura frecuente de los poetas alemanes: influencia ménos perjudicial en Campo que en otros escritores, por ser ménos opuesta á la índole del talento de nuestro autor, á cuyo espíritu soñador y vago ha debido sucederle con las odas y baladas del inmortal autor del incomparable _Wallensthein_, lo que al viajante que hallándose en tierra extranjera, oye por azar palabras del habla nativa de labios de un natural del país.--Poeta dramático Campo, de no vulgares condiciones, siempre valdrá cien veces más como poeta lírico: así se nos presenta en su primera obra de importancia, el presente tomo de poesías, y así debe juzgársele. Bien ha hecho en bautizarlo con el nombre de _Impresiones_; difícil sería encontrar otro que le sentára mejor. Porque la poesía de Campo es eminentemente individual, verdaderamente lírica. Así como en el drama el autor no debe aparecer nunca (mas que al final, cuando el público le aclame), el soneto, la oda, la elegía, son como la máscara por que hablaban los actores griegos y latinos con la voz natural, pero aumentada para que llegase á todos los ámbitos del anchuroso coliseo. Las impresiones de Campo-Arana, producirán impresiones en el lector. Casi cuantas contiene el tomo están inspiradas por un suceso real siempre, cuando ménos en la mente del poeta; con lo cual basta para que nazcan con la vida que sólo de la mente del poeta han de recibir. Por eso unas podrán leerse con ménos agrado que otras, pero ninguna con indiferencia: por eso tambien nos sorprenderá la diversidad de su género, nos extrañará y hasta nos disgustará la diversidad, la oposicion de juicios y opiniones que se observa en ellas. Este tomo es la vida de su autor, cuyos sucesos pasan rápidamente á nuestros ojos, como cincuenta figuras distintas se reflejan á la vez una tras otra, en los contínuos, diversos y paralelos espejos de un café. El autor no nos engaña; en su introduccion nos lo dice bien claro: allí hace su programa, y más adelante lo cumple... El lector debe darse por satisfecho: ¿qué más podria pedir un pueblo á su gobierno ó un distrito á su diputado?

He dicho ántes, y vuelvo á afirmarme en ello, que nadie leerá con indiferencia este tomo de poesías. Todos los que han vivido la existencia agitadísima de nuestra sociedad, donde los sentimientos se tropiezan, se chocan, se confunden en el corazon, como la gente á la salida de un teatro, encontrarán aquí á cada paso la expresion exacta y concisa de sus propios sentimientos. Muchos dirán: «¡Qué bien dice el autor lo que tan bien he sentido yo!» Y ¿cómo no ha de apreciar el público un libro que le parecerá escrito por él? Este es, á mi pobre juicio, el triunfo más completo del poeta lírico. Después de publicar Becquer sus admirables _Rimas_, que han hallado eco en todas las almas, y Nuñez de Arce sus robustas inspiraciones, que ya saben de memoria todas las personas de buen gusto, la poesía que consiste en la pulcritud, en el _aseo_, por decirlo así, de los versos, ha muerto ya y está enterrada para siempre. En literatura, la forma y el fondo son lo que en la humanidad el cuerpo y el alma; el cuerpo es la hermosura, el alma la bondad, y ésta, sólo ésta, es inmortal. Si aquél sobrevive en las obras del ingenio, es porque todo se vuelve _alma_ en ellas, como en el hombre cuando traspasa el umbral terrible de la insondable eternidad.

¿Será esto querer sostener que las poesías de Campo son perfectas? Nada más léjos de mi ánimo. Acercáranse más á la perfeccion y estarian, tales como son ellas y la índole del talento poético de su autor, más léjos de la belleza artística. El lector encontrará en las _Impresiones_ estilo frecuentemente incorrecto, versos flojos y desaliñados, imprudencias de asunto y de frase, falsedad y contradiccion en los juicios; todo mezclado y compensado con bellezas de primer órden, de esas que saltan á la vista del lector ménos perspicaz, como ciertas mujeres hermosas, de provocativa belleza, se nos entran por los ojos, atrayéndonos con sus miradas.

Campo, que posee una facilidad, á veces lamentable, para expresar sus pensamientos, paga á menudo una licencia poética, que pudiera haberse excusado, con mil primores; á la manera (y perdóneseme lo vulgar de la comparacion por lo que tiene de expresiva), á la manera del niño que promete á su madre no salir de casa en todo el domingo si le perdona media hora de escuela para ir á bañarse al rio con sus compañeros... donde de milagro no se ahoga y de seguro se resfría.

Otra ventaja hay en los versos de Campo: rara vez deja de acudir la inspiracion á su llamada. Para nuestro amigo, es siempre la poesía una amante esposa que se entrega con tranquila felicidad á su marido: nó la pobre mujer que fuerza un soldadote brutal y feroz.

Campo, esto no se puede negar, canta tan á menudo lo que siente como lo que no siente, y creo en conciencia que él mismo no lo distingue: el poeta cantará siempre mejor lo que cree sentir que lo que siente en realidad... ¡Ay! Si expresáramos bien lo que á veces sentimos, ¿qué poeta no sería gran poeta? La verdad del sentimiento no logra nunca salir por entero del corazon: ha echado en él raíces: al exterior brotan únicamente las ramas, ¡y éstas son tales que parecen árboles! Campo escribió indudablemente la hermosa poesía que me hace la honra de dedicarme (una de las más defectuosamente bellas de la coleccion) un dia que habia sostenido una discusion con un clérigo carlista, enterádose del asesinato legal de Reus y leido algun tratado de filosofía alemana...

Pero aquí han terminado mis observaciones sobre su libro. En literatura, divido yo los críticos (¡cuántas veces me han dividido y me dividirán ellos á mí!) en dos clases. Pertenecen á la primera los que acogen sin prevencion, con benevolencia, las primeras obras de un jóven, saben y comprenden lo difícil que es ponerse, sólo ponerse, en el camino de la perfeccion artística, y censuran lo malo sin acritud, ensalzan lo bueno con expansion, y hacen con el principiante en tan difícil carrera lo que el hábil doctor con el enfermo de que se encarga: lo animan, lo confortan, le prescriben el régimen más propio para su restablecimiento, y le hacen confiar en la conquista de la salud.

Pertenecen á la segunda clase, los críticos para quienes todo es malo, para quienes nadie sabe nada, para quienes nadie debe escribir; que vierten hiel sobre las primeras ilusiones de un alumno de las Musas, que mutilan sin piedad sus composiciones, ensañándose en ellas con tanta fé como alevosía, como cristiano contra moro. A éstos no les llamo yo críticos, sino verdugos de los que en tiempos de triste recordacion atenaceaban el cuerpo, sacaban los ojos y cortaban las orejas á los delincuentes... todo con el objeto de decidirlos á la enmienda.

Sin ciencia ni entendimiento para lo primero, me encuentro con demasiado buen corazon para lo segundo, y dejo el libro de mi amigo querido á los que de una clase y de otra no faltan en nuestra república literaria: á los primeros se lo abandono con alegría y confianza; á los segundos... por fuerza se lo entrego.

IV.

Llego aquí fatigado, jadeante, como el que ha hecho una larga jornada, con gusto, pero con precipitacion excesiva, y conozco que he dicho muchas impertinencias, algunas verdades, y varias cosas que podria haber reservado para mejor ocasion... Sin embargo, ya es costumbre (y costumbre mala, de dificilísimo destierro por lo tanto) que al frente de toda nueva publicacion vayan unas cuantas páginas escritas con el objeto de que nadie las lea: Campo ha puesto empeño en que el prólogo de sus versos lleve mi firma; yo he dejado hablar por cuenta propia al corazon y á la fantasía: y comprendiendo, aunque algo tarde, que mi prólogo podria carecer de interés, por lo ménos, una reflexion me consuela de todas las demás. Si el prólogo no se ha de leer, más vale que sea mio que de una persona autorizada.

CÁRLOS COELLO.

INTRODUCCION

MELANCOLÍA.

Yo padezco, lector, frecuentemente, --sin que sepa la causa verdadera ni si es cosa del cuerpo ó de la mente,-- una tristeza amarga, que inclemente me domina, me rinde y desespera.

La sangre que en mis venas comprimida caminaba en raudal impetüoso, parece detenerse en su carrera, y sin calor, sin fuerza, empobrecida, se desliza con paso perezoso como si en mí la vida se extinguiera. La luz no hiere con su lumbre pura mis ojos apagados donde ántes su fulgor resplandecía, y á través de una niebla siempre oscura miro la alegre claridad del dia.

No hay eco que hasta mí llegue distinto, ni idea que despierte mi entusiasmo; no hallo placer que excite en mí el instinto, ni dolor que me saque del marasmo. Dios, la gloria, el amor, la patria, el arte, ídolos de mi ardiente desvarío, sólo me inspiran pesaroso hastío; que parece domar mi sér inerte la calma precursora de la muerte.

Un remedio á mi mal buscando en vano, ya me siento al piano y recorro con mano perezosa las teclas de marfil de uno á otro extremo, modulando en su marcha caprichosa extrañas melodías en las que siempre va del alma parte, llenas de extravagantes fantasías, sin hilacion, sin formas y sin arte, brillantes una vez y otra sombrías; canto salvaje que mi mente eleva sin que el arte lo cubra con su manto, que el viento nunca lleva á donde yo lo envío; notas de una oracion ó de un lamento que nadie escuchar quiere, y que van á perderse en el vacío ignoradas y solas, como el grito del náufrago que muere en el rumor de las revueltas olas.

Ya el exánime cuerpo abandonando á la extraña inaccion que le avasalla, los tristes ojos á la luz cerrando, sin que la voluntad le oponga valla, dejo á mi pensamiento libre vuelo; mas de un sueño imposible en pos se lanza, y vaga en loco anhelo de un recuerdo á un dolor ó á una esperanza, de una idea á otra idea, sin conseguir hallar lo que desea. Ya queriendo fijar mi pensamiento, sobre el blanco papel la mano puesta, expresar con palabras mi ánsia intento; y comienzo novelas y canciones, y poemas, y dramas, y cien cosas que no pasan jamás de tres renglones. Fragmentos que conservo en mi cartera, que leo con el alma estremecida, porque en esos fragmentos está entera la historia de mi vida.

Mas todo en vano: ni en los dulces sones de la rica armonía, ni en las anchas regiones donde mi pensamiento desvaría, llenas de luz, de amor y de belleza, puedo encontrar alivio á mi tristeza.

Si vuelvo á Dios el ánimo contrito y piedad de mi pena le demando con humilde fervor y acento blando, el aliento maldito de la duda cobarde y acerada á envenenar mis pensamientos viene, y en mis labios detiene Una oracion apenas comenzada.

Vuelvo entónces los ojos á la tierra y de mí se apodera horrible espanto al ver los séres que en su seno encierra. Unos con rabia atroz, otros con llanto, alzan al cielo punzador gemido, y el de unos en el de otros confundido, en concierto infernal, que crece y crece como el mar al alzarse enfurecido, hacen llegar sin tregua hasta mi oido un grito de dolor que me enloquece.

Por fin, tras largas horas de ignorado martirio, el mal se aleja trocándose en hondísima amargura que ya nunca me deja.

Entónces, á mi afan suelto la llave y escribo, sin pensar adquirir gloria ni de fama ó de títulos ansioso, --que esa ambicion en mí fuera irrisoria. Escribo, como llora el desgraciado, como canta el alegre; porque el pecho es para el hondo sentimiento estrecho y se desborda el duelo ó la alegría, ésta con expansiva carcajada, aquél en una lágrima sombría. Escribo sin buscar otra ventura, sin anhelar más precio á mis canciones que desahogar un poco mi amargura.

No busques pues, lector, en mí al poeta ni al hablista galano, ni al pensador severo: Dios me negó favor tan soberano y yo que fiel su voluntad venero, á mi modesta inspiracion me allano. Dotes tan altas, ni fingirlas puede el mortal á quien Él no las concede.

Mas no por eso cesará mi canto, que en el concierto inmenso, de la tibia mañana que la dulce y alegre primavera con aromas y flores engalana, del grillo entre las yerbas escondido el ingrato chirrido, se une al canto de amores regalado del _pardo ruiseñor enamorado_, y al zumbido monótono y constante del insecto infeliz, el tierno arrullo de la tórtola amante y del arroyo el plácido murmullo; y de unos en la de otros confundida la voz, ésta apacible, aquélla ingrata, forman, por atraccion desconocida, el himno poderoso de la vida que en los aires fermenta y se dilata.

¿DÓNDE ESTÁ?

¡Oh! sí: para vivir, yo necesito lucha, esperanza, amor. Los instantes de dicha y de abandono, ciclo de la pasion; la duda inquieta del desden fingido, tormento abrasador, que con lágrimas baña las pupilas y de ira el corazon; el tembloroso afan de la respuesta y del primer favor; el nervioso delirio de los celos, que turba la razon. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Mas ¿dónde hallar una mujer que sepa comprender mi dolor? ¿Dónde encontrar una mujer, esclava del mismo afan que yo? ¿Una no habrá en el mundo que me escuche, que sienta así el amor? ¿Una no habrá en el mundo, que me quiera mentir por compasion?

¡SOLO!

Solo... Solo... Siempre solo, siempre solo con mis penas! Solo mientras dura el dia, solo en la noche serena, solo cuando pienso en Dios, solo al pensar en la tierra, solo cuando canto alegre, y solo con mi tristeza!... Solo siempre... Mas ¿por qué, esa soledad eterna? Es ¡ay Dios! que el alma mia no ha hallado su compañera, y siento que me hace falta la mitad de mi existencia; es que soy un pobre loco, ó la humanidad entera es ménos buena que yo, y que su maldad me aterra; es que el mundo me rechaza, ó que mi alma le desprecia, porque en él, ¡ay! no ha podido encontrar su compañera.

* * * * *

Es que yo adoro las lágrimas y el mundo se rie de ellas; es que es mi ambicion muy grande ó que mi alma es muy pequeña: es que siempre, combatido por encontradas ideas, fluctúa mi pensamiento por que la verdad no encuentra; es que no tengo la fé del mártir ni del poeta; es que todos mis dolores son despreciables miserias que no levantan el ánimo y que las fuerzas enervan; es que anhelo un imposible, delirio de mi tristeza; es que me falta un apoyo á que asir mi mano trémula; es ¡ay Dios! que el alma mia no ha hallado su compañera.

* * * * *

Es que me siento vencido en esta lucha suprema, y no hallo un amante seno donde apoyar mi cabeza, y á cuyo tibio calor resuciten mis ideas; es que veo, á mi pesar, cerradas todas las puertas, y sólo me ofrece asilo la muerte... Quizás en ella, al otro lado del manto que la eternidad nos vela, mi alma que triste y doliente su camino hace en la tierra, podrá conseguir su anhelo: encontrar su compañera.

ÁNSIA.

Y qué ¿de esta inquietud jamás postrada, de esta lucha sin tregua que en mí siento, de este loco y altivo pensamiento, ¿no habrá de quedar nada?--¡Nada!...--¿Nada... La pobre flor en el pensil tronchada, deja sus hojas y su aroma al viento; la ola al besar la playa, su lamento deja, y la linda concha nacarada. Yo tambien dejar quiero mi memoria; aunque agostado como débil lirio, quiero esculpir mis huellas en la historia. Quiero que un dia el mundo con delirio orne mi tumba con laurel de gloria... Laurel de gloria, ó palma de martirio.

SÚPLICA.

¡Ay Dios! ¿No quereis decirme dónde la podré encontrar? Largos dias há, su huella busco con ardiente afan... Yo quiero verla un instante... Un instante nada más. Yo ahogaré en mi pecho el grito de inmensa felicidad que al volverla á ver de nuevo el amor me arrancará. Yo la dejaré camino viéndola, triste, pasar sin pedirle una sonrisa que calme mi ardiente afan. Yo me esconderé en la sombra cual medroso criminal... No buscaré su mirada... Su voz no me arrastrará... La veré como un delirio irrealizable y fugaz... Mas... quiero verla un instante, un instante nada más. --Por Dios, ¿no quereis decirme dónde la podré encontrar?

DIOS.

Lucha tenaz; mi espíritu se aterra, y en vano busca el insoluble arcano tras de el que en pos, el pensamiento humano, riñe consigo mismo cruda guerra. ¡Dios! ¡Un tiempo tirano de la tierra! ¡Terrible agitador del Occeano que sumerge azotándola inhumano la pobre nave que en su seno encierra! Mas nó; los elementos obedecen sólo una ley, y ante ella, cual el suelo, los infinitos mundos se estremecen. Mintió quien en tu sér forjó su anhelo... --Mas... ¿por qué mis pestañas se humedecen al levantar los ojos hácia el cielo?

SOMBRA EN LA LUZ.

I.

A mi ruego tenaz por fin rendida, ella, oculta en la sombra, me esperaba, y yo, de orgullo y gozo el alma henchida, buscándola, en la sombra caminaba.

Sólo la tibia luz de las estrellas mis pasos alumbraba: su pálido fulgor me parecia aún más alegre que la luz del dia.

II.

Al dejarla, sus tintas de oro y grana esparcia en el cielo la mañana, y cuando el sol se alzó en el horizonte, pensando en la victoria que al dulce amor debia, yo no sé qué sentia que en medio del recuerdo de mi gloria triste la luz del sol me parecia.

Á CÁRLOS COELLO.

NOSCE TE IPSUM.

¡Rey de la creacion, hombre! Despierta. Sál del letargo en que sumido vives, abre una vez á la verdad tus ojos, si á resistir su luz tu vista acierta. Despierta contemplando los despojos de tu pobre grandeza, mezquino sueño de tu sér soberbio. Despierta con presteza, baja del trono de oropel y harapos que rico solio en tu locura crees. Suelta el cetro de caña con que riges el engañoso mundo que posees, y sombras vanas con afan diriges. Deja caer la máscara arrogante con que encubres tu bajo pensamiento de bien y de grandeza vergonzante. Hipócrita insensato, que de soberbia en insondable abismo, en tu loco arrebato te mientes la grandeza áun á tí mismo.

* * * * *

¡Ah! no es ciego extravío la fuerza poderosa que arrebata la templada razon, y se apodera del pensamiento mio. Nó; no es la duda ni la envidia artera, no es la fiera afliccion de la amargura, ni el débil grito del herido esclavo. La envidia mata, si la duda altera, la amargura tan sólo el llanto funde, la cobardía besa al que la azota. Yo vivo y pienso, y, al error atento, del tirano el poder no me confunde ni doblego á su antojo el pensamiento; pues sé que ante la voz conmovedora de la santa verdad, en su flaqueza caerán, sobre su asiento mal seguros, como de Jericó los anchos muros, sus sueños, su poder y su grandeza. Y esa verdad sus alas me ha prestado, á su cielo de luz me ha conducido, y ora desesperado, ora preocupado ó divertido, al ver el hombre desde allí he llorado, y volviendo á mirarle, me he reido.

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