Chapter 7
--Estos pintores, cuando llegan a adquirir fama, ganan lo que quieren... Serás rica, hija mía... ¡Esa es la verdad!
--¿Puedo decir al señor Fabrice que tiene usted a bien recibirlo?
--Sin duda.... a mi hora acostumbrada... pero es preciso que antes de casarse termine mi retrato... Dile que venga dentro de media hora.
Beatriz le presentó de nuevo sus mejillas y se retiró. Pronto encontró a Fabrice en el parque, haciéndole un breve resumen de su entrevista con la baronesa.
--Ya ve usted cómo la cosa ha pasado sin mayores inconvenientes y que la señora no me ha maltratado mucho.
--Es que sabía que estaba usted sólidamente apoyada por retaguardia--respondió el pintor riéndose--. Yo estoy obligado a guardarle más consideraciones, eso lo sabe ella muy bien, y temo que la tempestad que no ha hecho más que asomar para usted, estalle sobre mí.
--Debe, a no dudarlo, aguardar algunas impertinencias... pero, si en algo me estima usted, súfralas con resignación, a fin de no echar a perder las cosas, que no van saliendo del todo mal.
--Se lo prometo a usted, y aun desearía que la prueba fuese dura, puesto que por usted voy a soportarla.
--Muchas gracias... pero usted comprenderá que deseo, a ser posible, salir de esta casa sin escándalo.
Prolongóse aún un poco de tiempo la conversación entre ellos, y mientras paseaban por la avenida central del parque, Beatriz daba al artista algunos antecedentes sobre la persona de su tutor, a quien se proponía escribir en seguida y cuyo consentimiento no era dudoso; y habiendo llegado en esto la hora de sesión, para el retrato de la señora, Fabrice volvió al castillo, encontrándose momentos después cara a cara con aquélla.
La señora de Montauron ocupaba ya su sitial en el centro de la sala.
--Señora baronesa--comenzó el pintor--, la señorita Beatriz me ha dicho que tenía usted a bien aprobar la unión que tengo la audacia extremada de ambicionar... Mil gracias le doy a usted por mi parte, señora, con tanto mayor motivo cuanto que usted se priva en mi obsequio de una compañía, de una intimidad de quien nadie mejor que yo conoce el precio.
--¡Dios mío! ¿Qué quiere usted, señor Fabrice? Lo que hace la dicha de los unos constituye la desgracia de los otros... ¡Esa es la vida!... Siéntese usted. Hablaremos del particular mientras usted trabaja, puesto que eso no le molesta.
Fabrice se inclinó, instaló el caballete, tomó la paleta y se puso a pintar.
--Creo que necesitaremos dos sesiones todavía.
--¡En fin!--dijo la baronesa. Callóse un momento, y a poco empezó de nuevo--. ¡Bueno!... volviendo a nuestro casamiento, mi querido señor Fabrice, va usted a casarse con una persona de la que me veo obligada a hacer las mejores ausencias... Su conducta y comportamiento desde que está a mi lado han sido positivamente ejemplares, como habrá podido juzgar por usted mismo... Beatriz posee cualidades mil que yo aprecio infinito... y, a pesar de eso, si me hubiera usted hecho el honor de consultarme antes de ofrecerle su mano, quizás me habría visto obligada en conciencia a quitar a usted su idea de la cabeza.
--¿Puedo saber por qué, señora baronesa?
--¡Dios mío! porque el día que se case usted con ella esas mismas cualidades, algunas por lo menos, pueden convertirse en defectos... No soy yo por cierto la que le reprocharé el sentirse orgullosa de su nacimiento y de poner muy alto la estima de su nombre y de su propia persona... pero aun a mis ojos, muy indulgentes por cierto en esos particulares, la señorita de Sardonne exagera sus méritos... Tiene, y quede esto entre nosotros, más soberbia que Lucifer... Usted mismo lo va a experimentar si Dios no lo remedia, mucho me lo temo, mi querido señor... No voy hasta decir que menospreciará a su marido, que a nadie puede inspirar tal sentimiento, ¡no, señor!... pero una alianza como la que ella concierta, tan completamente honrosa por otra parte, está en demasiado abierta contradicción con las tradiciones, con las costumbres de su familia, y de nuestra sociedad, como para que la señorita de Sardonne no deje de sufrir, más o menos, en su fuero interno... ¡Ay! querido señor, sé tan bien como usted que bajo el punto de vista de la sana razón, todo eso es perfectamente absurdo... pero permítame que le diga que conozco mejor que usted las ideas que a ese respecto reinan en nuestro medio social... Muy poco han cambiado, créame usted, esos sentimientos desde la época de Luis XIV y de Saint-Simon... ¡Perdone usted! sé lo que va usted a decirme... ¡Va usted a hablarme de la revolución!... ¡Jesús! ciertamente ha habido la revolución... pero si la revolución ha podido arrebatarnos nuestros privilegios y aun nuestras cabezas, no ha podido quitarnos los beneficios de eso que ustedes llaman, si no estoy equivocada, atavismo... es decir, en viejo francés, la excelencia de una sangre que se ha destilado y refinado en nuestras venas de generación en generación por espacio de quinientos o seiscientos años... Y... esa sangre se revela a pesar nuestro, mi querido maestro, cuando se la mezcla con otra... más joven... más pura... ¡Dios mío! no digo lo contrario, pero que, en fin, ni es de la misma esencia ni del mismo color... Por consecuencia, no es el uso hoy, pese a la revolución, que una señorita de la nobleza se case con un industrial... un sabio... un escritor... un artista, sean cualesquiera sus méritos... Algunas veces, suelen verse señoras tituladas casarse con poetas o con artistas... pero ésas son princesas extranjeras... En Francia la cosa no tiene casi precedentes... Y no vaya usted a creer, mi querido señor Fabrice, que en tales procederes haya nada de depresivo para aquellos que son objeto de él... a nadie en el mundo le gustan más que a nosotros los escritores, los poetas y los artistas... Hacemos de ellos con el mayor gusto el ornamento de nuestras mesas, el interés y el atractivo de nuestros salones... pero no nos casamos con ellos... ¡Excúseme usted! va usted a decirme que somos menos difíciles en lo que se refiere a alianzas de nuestros hijos y que los casamos con señoritas más o menos bien nacidas con tal que sean ricas. A eso le responderé, en primer lugar, que no es en lo que mejor nos portamos, y, en segundo, que, según nuestras ideas, el varón ennoblece, principio, fíjese bien, que reposa sobre una acertada concepción de la naturaleza humana, porque hay en la mujer una delicadeza de instinto, una flexibilidad, una facilidad de asimilación, una plasticidad, por decirlo así... si me expreso mal, mi caro señor, repréndame usted sin embarazo... hay, decía, cualidades de flexibilidad que la hacen plegarse con prontitud a todas las condiciones de la vida social... Se podrá hacer una muy pasable duquesita de la hija de un cualquiera, pero, de ese mismo cualquiera no se hará nunca nada... Usted comprenderá fácilmente, mi caro maestro, que la palabra _cualquiera_ significa en mi boca un hombre de dinero, no un hombre de talento... Estos tienen, por el contrario, algo de femenino en su naturaleza, que los pone al par casi casi con las mujeres más delicadas, más impresionables. Porque, no lo olvide, señor Fabrice, y ahora más que nunca habla a usted su leal amiga, no olvide que en nuestras largas sucesiones y selecciones de familia, no es únicamente la sangre la que se refina, como le decía hace un momento... es también la educación, el gusto, el tacto social... todos los sentidos, en fin, todas las facultades... De ahí esa superior distinción que le encanta en la señorita de Sardonne y que será para usted, por cierto, un grande encanto y un grande peligro... porque una complexión tan perfecta y tan exquisita, por decirlo así, se siente herida por una nada, se rebela por sólo un detalle... Créame, señor Fabrice, preste suma atención a estas nimiedades... Hay matices que parecen insignificantes, matices en los cuales usted ni siquiera se fija y que pueden parecer verdaderas monstruosidades a la señorita de Sardonne... Vaya un ejemplo... una bagatela... Usted me llama, a todo propósito, cuando me habla, _señora baronesa_... pues bien, esté seguro que esto crispa, los nervios de su futura esposa... porque es completamente incorrecto emplear esas dos denominaciones... o _señora_ simplemente, o _baronesa_ a secas... _señora baronesa_ queda reservado o para el teatro o para la cocina... Y como ésta, mi buen señor, hay una infinidad de pequeñeces que pueden ser verdaderos escollos en su hogar de ustedes y acerca de los cuales le pondría en guardia si no temiera fatigarle.
--Si usted misma no lo está, señora, podría usted continuar--respondió con frialdad el pintor.
Pero a pesar de esta insinuación, la señora de Montauron no prosiguió, porque aunque Fabrice había conservado su sangre fría, comprendió la señora, considerada la palidez mortal que cubría el rostro del artista, que hubiera sido impertinente por demás avanzar aún en aquella senda, y la verdad es que más de una vez había tenido que invocar la imagen de Beatriz para no poner punto final a semejante inoportuno sermón, rayando con un trazo de pincel el retrato de su insolente modelo. Cuando un poco más tarde dio cuenta a la señorita de Sardonne de tan penosa entrevista, parecióle prudente no entrar en detalles y se contentó con decirle simplemente «que no parecía sino que la baronesa había puesto particular empeño en mostrarse desagradable en cuanto a la forma; pero en cuanto al fondo se ha limitado a hacerme comprender que yo era indigno de usted. Hemos concluído por estar de acuerdo, porque ésa es, en suma, mi opinión».
Sin embargo, la baronesa consiguió ampliamente obtener el fin que se propusiera: había hecho como esos insectos cuya picadura imperceptible, sin ser precisamente mortal al pronto, deja en el organismo una perturbación tan profunda como quizás incurable.
No fue en verdad, sin algún embarazo y aún con ligera angustia, que Beatriz fue al día siguiente a casa de la vizcondesa de Aymaret, a quien deseaba comunicar de viva voz su formal compromiso con Fabrice. Pero la señora de Aymaret no pareció ni admirada ni enojada, porque desde el día que vio cómo Beatriz rechazara las proposiciones de Pierrepont, quedó convencida, por el lenguaje un tanto equívoco y las semi-confidencias de su amiga, de que ella tenía algún oculto amor, y a fuerza de reflexionar vino a dar en la flor de que entre todos los huéspedes de los Genets únicamente Jacques Fabrice, gracias a su talento y a su renombre, podía justificar la pasión de que Beatriz parecía dominada. Las sospechas de la vizcondesa adquirían aún mayor cuerpo por esa intimidad que las lecciones de pintura habían establecido entre el artista y su amiga, acabando por creer la señora de Aymaret que la joven renunciara al convento desde el momento que se convenció de que su amor era correspondido por su parte, y, considerándose la señorita de Sardonne por demás afortunada en verse relevada de entrar en mayores explicaciones, dejó que su amiga perseverara en tales conjeturas.
En el curso de su recíproca conversación sugirió la vizcondesa a Beatriz una idea que ésta no titubeó en aceptar, y que le fue fácil imponer a Fabrice. Como se había hecho difícil para los futuros esposos la residencia en los Genets, dada la actitud asumida por la señora de Montauron, decidieron aquéllos que Beatriz tomaría pretexto de las atenciones a que la obligaba su próxima instalación para irse a París en la entrante semana, conviniendo en que residiría hasta la época de sus próximas nupcias en el convento de Auteuil, donde Marcelita se hallaba en pensión; y como la baronesa estudiaba por su parte el medio de verse libre de los gastos y molestias que siempre acarrean unas bodas, prestóse del mejor grado a los deseos de su ex lectriz.
Pocos días después de los sucesos que hemos relatado, el conde de Villerieux, tutor de la huérfana, vino a buscarla a los Genets a fin de acompañarla a París, en cuya ciudad se encontraba ya Fabrice con su hija; y no necesitaremos decir que la despedida de la señora de Montauron y Beatriz no fue cosa que llamase la atención por su cordialidad.
Nada diremos por el pronto del efecto que causaron en el ánimo de Pierrepont las noticias que de Francia llegaban acerca de los acontecimientos que venimos narrando. Basta saber que las triviales cartas cambiadas entre los dos amigos a propósito del ya inmediato matrimonio, carecieron por completo de interés; la de Jacques fueron cuatro renglones a modo de simple notificación; la del marqués era, sea dicho en justicia, aunque breve, amistosa. Decía Pedro a su amigo que, por mala fortuna, habíase comprometido con su amigo lord S*** para dar con él una vuelta en su yacht por el Mediterráneo; pero que, sin embargo, contaba con estar de vuelta en tiempo oportuno para asistir a la ceremonia nupcial, encargándole al propio tiempo que transmitiera sus respetuosos parabienes a la señorita de Sardonne. Casi en los mismos días que esta carta, llegaba de Londres un rico brazalete dirigido a la hermosa desposada.
IX
GUSTAVO CALVAT
Cuatro meses han transcurrido. Nos encontramos ahora en París, bulevar Malesherbes, en casa de la madre de Mariana de La Treillade, o, mejor dicho, de Mariana misma, quien tiene sus amiguitas personales a quienes recibe con entera independencia para _charlar_, según vocablo de su predilecta devoción. Y, en efecto, charla en esos propios instantes a más y mejor en amor y compañía de su inolvidable institutriz miss Eva Brown, de la gentil millonaria norteamericana miss Ketty Nicholson, de petrolesco olor, según detenidas observaciones de Pierrepont, sin que falte en el arcangélico coro aquella por siempre famosísima señorita de Chalvin, que se encabritaba como un caballito resabiado, según confesión de su misma interesante mamá, cuando en algo se le contrariaba. Estas señoritas, que se habían hecho amigas en los Genets, vuelven a encontrarse en París con recíproco placer de todas. Todas son elegantes, todas son bonitas, todas son muy blancas, la institutriz de marras inclusive, que, además de muy blanca, es muy sonrosada, ¡una manzanita! ¡Pero aventaja a todas también ese diablillo de Mariana! ¡Mariana! de puro rostro oval, mate blancura, grandes ojos en que voltejea la ironía y pequeños dientes de roedor.
Mariana se encontraba ya en París cuando el matrimonio de Beatriz, e historiaba a sus adorables amiguitas aquella ceremonia. Efectuóse en la iglesia de Passy, y Beatriz había querido que fuera muy sencilla a causa de su luto y de las pasadas desgracias de familia: además, hubo poca gente a causa de la estación, mediado de octubre, en que todo el mundo elegante está aún fuera de la gran ciudad. Sin embargo, Mariana había notado que entre los concurrentes había mucho cursi y conjeturaba magnánimemente que debían ser parientes del desposado... La señora de Montauron pretextó una violenta crisis reumática y tuvo a bien quedarse en su casa... enviando a los novios como regalo una docena de cubiertos de plata... ¡qué ruindad!... ¡y siendo tan rica!... El marqués de Pierrepont tampoco estuvo en la fiesta; se limitó a enviar un telegrama desde Malta, y su ausencia había llamado la atención, puesto que era el amigo predilecto de Fabrice... pero sin duda había temido que la desposada diera un espectáculo arrojándose a su cuello delante de la concurrencia... ¡Era tan tonto ese Pierrepont!... Estaba tan pagado de su persona y méritos, que se creía, el muy necio, que todas las mujeres estaban locas por él... A Marianita lo que más le chocaba en el mundo era un fatuo... Miss Eva y la señorita de Chalvin estaban de acuerdo... Únicamente miss Nicholson, aunque americana, tímida, _¡rara avis!_, tomó mansamente la defensa del marqués... Mariana se enfadó... Era Pedro un hombre que ella no había podido soportar... Además lo aborrecía desde que con su charla había comprometido tan terriblemente a su prima la de Aymaret... verdad que a ésta no le importaba; muy al contrario, tenía como una especie de empeño en hacer ver que era amante de él... ¡Ya se ve, como es tan guapo!... ¡y tan caballero!... Y si no, aquí entre nosotras, añadía Marianita, ¿no ha hecho todo lo posible por comprometer también a la señorita de Sardonne antes de que se casara con el señor Fabrice que, por cierto, me parece un buen hombre...? ¿Y saben ustedes que ha montado bien su casa, calle Prony?... Elisa, precisamente la prima de Aymaret es quien lo ha dirigido todo... Fabrice quería hacer verdaderas locuras... me ha dicho que ella ha tenido que contenerlo... Francamente, no es rico... no tiene más que lo que gana con su trabajo... Verdad es que vende muy caros sus cuadros... ¡Y quisiera yo saber lo que le ha llevado a la baronesa por su retrato!... ¡También es cierto que yo en su lugar hubiera saldado la cuenta de lo lindo!... ¡Miren ustedes con una docena de cubiertos!
--¿Y el marqués de Pierrepont está siempre en Malta?--preguntó miss Nicholson.
--No, ahora creo que está, en Gythere.
--¿En Gythere?
--Sí, al menos yo lo he visto anoche en el teatro con una _ella_ que tenía el tipo de aquel país.
--Pero, ¿es un calavera?--interrogó otra vez miss Nicholson poniéndose colorada.
--No... está de mal humor... ¡aburrido!--respondió Mariana.
Los informes de la señorita de La Treillade sobre la boda de Fabrice, aunque tan maliciosos en la forma, eran bastante exactos en cuanto al fondo, y nos dispensan de entrar en más detalles acerca del particular. También era exacto que el marqués de Pierrepont estaba de regreso en Francia hacía algunas semanas, pero no hizo más que pasar a uña de caballo por París, para presentarse en los Genets a su tía, impacientísima ya por su larga ausencia. Pocas fechas corrían desde que la señora de Montauron se había reinstalado en París y en su hotel de la calle Varennes, ocupando el sobrino su antiguo elegante entresuelo del bulevar Malesherbes, mansión no lejana del palacete en que respiraba Mariana de La Treillade.
La primera visita de Pedro fue para la señora de Aymaret, qué también habitaba por aquellas cercanías, parque Monceau: había prevenido de antemano a la vizcondesa, quien lo esperaba con cierta desazón, porque durante la ausencia del marqués, ni éste le había escrito ni ella se atrevió tampoco a hacerlo, no pudiendo olvidar que ella fue quien lo alentó en sus desdichados propósitos acerca de la señorita de Sardonne, que ella había sido su oficiosa mensajera para con aquella joven, que ella contribuyó en no escasa parte a la humillación que Pedro soportara, humillación que venía a hacer más punzante el efectuado enlace de Beatriz con Fabrice; por todas estas razones temió una escena de despecho, quizás de cólera y reproches, pero, por ventura de la interesante dama, su temor se hubo de disipar, por cuanto el marqués se presentó ante ella un poco pálido, es verdad, pero tranquilo, cortés y aun sonriente. Después de haber respondido casi alegremente a las preguntas sobre su viaje se dirigió a la vizcondesa:
--Querida amiga mía--le dijo--, aún voy a abusar otra vez de su amistad... Tengo que pedirle un consejo.
--No sé cómo después de lo pasado, es usted todavía tan magnánimo como para tomarme por consejera--replicó aquélla con tristeza.
--Siempre tendré un honor en que sea usted mi confidente... no sé qué línea de conducta debo seguir con Fabrice... No es para usted un secreto la estrecha amistad que nos unía de años atrás... Carezco de motivos fundados para romper mis relaciones con él... pero antes de ir a verlo quisiera cerciorarme de si mi presencia en su casa no sería un mal rato para él, para su mujer y para mí... En una palabra, ¿supone usted que la señorita de Sardonne, mejor dicho, la señora Fabrice... haya puesto en antecedentes a su marido acerca de los sentimientos que su mujer me inspiró en el pasado, y de las pretensiones que a la mano de aquélla abrigué?... Usted comprende que si es así...
--Excúseme usted si le interrumpo--exclamó la vizcondesa--, pero puedo dar a usted garantías a este respecto... Ayer mismo he visto a Beatriz, y como la conversación recayese sobre su regreso de usted, me dijo aquélla que, después de haber pensado mucho, había resuelto no hacer jamás aquella confidencia a su marido, porque consideraba que eso sería, de una parte, turbar gratuitamente su reposo, y, por la otra, faltar a la delicadeza por lo que a usted se refiere.
--Entonces, ¿cree usted que puedo presentarme en casa de ellos sin inconvenientes?
--Sin duda, y aun creo que los inconvenientes estarían en no hacerlo así, porque Fabrice no se podría explicar su abstención, buscaría la causa y caería en sospechas del cuál fuese ella, lo que para nadie sería una ventaja. Le aconsejo, pues, que poco a poco corte usted relaciones que por fuerza no le han de ser gratas, pero sin romperlas bruscamente.
--Tiene usted razón... Iré... Es más, voy a ir en saliendo de aquí... ¿cree usted que los encontraré en casa?... ¿La señora de Fabrice ha fijado un día de recibo?
--Sí, los lunes... hoy es martes... pero tiene usted seguridad de encontrar siempre a Fabrice en su taller... y probablemente también a su mujer, porque me parece que aquél está haciendo su retrato.
--¡Ah! ¡eso me interesará!
Habló Pedro en seguida de bailes, de teatros, y a poco se despidió de la señora de Aymaret. Al darle la mano le dijo ésta conmovida:
--¡Muy contenta de verle tan prudente!
--¡Señora, los viajes son un gran calmante!--contestó riendo, y partió.
Al cumplimentarlo la vizcondesa por su prudencia esperó provocar una expansión confidencial que mucho ansiaba, porque después de haber temido por parte de este enamorado con tanta crueldad desahuciado violentos transportes de enojos, creyó descubrir en sus claras intuiciones de mujer que, bajo aquella tranquilidad seca y fría, se ocultaba algo terriblemente alarmante, porque si esta indiferencia de Pierrepont era sincera, acusaba una ligera y casi despreciativa inconstancia que el bello sexo no admite en estos asuntos de corazón; pero con el íntimo conocimiento que del carácter del marqués poseía, temía más bien que esas apariencias glaciales encubriesen una de esas heridas tanto más terribles cuanto que no están sino cerradas en falso.
Diez minutos después Pedro entraba en casa de Fabrice; por la indicación de un criado subió directamente al taller del pintor con la antigua confianza de los pasados tiempos: llamó ligeramente, y alzando una cortina encontróse cara a cara con Beatriz, cuyos labios se entreabrieron para lanzar un grito apenas contenido merced a un duro esfuerzo; estaba sentada a pocos pasos del caballete de Fabrice, con un libro en una mano y acariciaba con la otra la suelta cabellera de Marcela, arrodillada a sus pies. En medio de aquella grande estancia sobriamente decorada tenía lugar una de esas escenas íntimas que admiramos en los viejos cuadros de los maestros flamencos donde las nobles alegrías del trabajo parecen aliarse con las más dulces ideas de dicha y de paz.