Chapter 6
Únicamente por un esfuerzo de voluntad y altivez pudo el marqués seguir hasta el fin la narrada conversación que fue para él interminable suplicio, y tanto, que más de una vez tuvo que hacer un llamamiento a su razón para no acusar a Fabrice de verdugo, despiadado e irónico... En vano le había afirmado el artista con palmaria sinceridad que Beatriz ignoraba su pasión; ¿qué sabía el pintor? Las mujeres tienen en esos asuntos un don de doble vista sorprendente, y sobre todo con los pobres de espíritu a la manera de Jacques Fabrice; tal vez la causa verdadera de la negativa que Pierrepont había sufrido estribaba en ese amor que ella vislumbraba y que se sentía inclinada a compartir desde el momento que se le confesase.
Dada la reputación que Jacques disfrutaba, era notorio que la puerta de las grandes riquezas quedaba abierta para él, y, en ese caso, podía contar con una pingüe renta para lo sucesivo: quizás era ése el mayor atractivo para una muchacha criada en el lujo y ahora sumida en enojosas privaciones a que le tardaba poner fin.
En suma, aun haciendo lo posible para persuadirse de que sus temores eran quiméricos y de que su rival encontraría a Beatriz tan inflexible como se le presentara Pedro a él mismo, no podía éste defenderse contra las angustias punzantes ni las locas injusticias de los celos.
Casi se sentía inclinado a reprochar el leal comportamiento de Fabrice ante cuya lealtad veíase obligado a inclinarse, cuando él se hubiera creído dichoso en poderle arrojar al rostro cualquier sangriento ultraje.
Era, pues, ¡ay!, con sentimientos vecinos al odio que se alejaba del amigo de su juventud.
Este, por su lado, guardaba de la conferencia una impresión equívoca y penosa, porque el lenguaje cortés y la casi impasible fisonomía del marqués no habían sido parte a disimularle la especie de embarazo y de frialdad con que aquél acogió su confidencia.
Pedro, después de haber meditado sobre ese capítulo, acabó por explicarse tal reserva merced a una razón que parecía verosímil: sin duda hubo al principio de parte de Pierrepont, dados sus antecedentes y opiniones, disgusto y extrañeza al considerar cómo un nombre de los humildes orígenes de Jacques se atrevía a poner sus ojos en una joven de elevada cuna, que era al mismo tiempo casi una parienta del marqués, porque ya en más de una ocasión, aun en medio de su franca amistad, había advertido Fabrice cómo tras del amable dilettantismo de Pedro asomaba en ocasiones una punta de protección aristocrática, cual si su amigo pretendiese arrogarse con respecto a él el papel de Mecenas. El artista sonreía, como un sabio y un justo que era, absolviendo esas debilidades radicadas en la levadura humana, pequeñeces al fin que excusaba de buena voluntad por cuanto conocía cuan grande y noble fuese, a pesar de ellas, el alma de su amigo.
En la tarde misma de aquel memorable día de la entrevista, escribió Fabrice a la señora de Montauron dándole gracias por sus atenciones, y al día siguiente llegaba a los Genets acompañado de su hija Marcelita.
VIII
MARCELA
Marcela, la hija del pintor, era por estos tiempos una linda niña de cinco años, que tenía la misma frente serena y seria de su padre, cautivando, además, por el gentil donaire de su graciosa personita. La señora de Montauron declaró ex cáthedra que tenía aire de española.
--Y no es extraño--añadía la señora--, porque usted también, Fabrice, tiene tipo español... ¿Está usted seguro de no serlo?... Recuerdo haber visto en San Sebastián, hace dos o tres años, un torero que tenía con usted extraordinario parecido.
--Eso es muy lisonjero para mí, señora, pero crea usted firmemente que mi único parentesco con aquel diestro, es la común descendencia de Adán.
La sociedad de invitados de los Genets se había, renovado en parte durante la ausencia del pintor, pero el personal femenino, aunque un poco más frío por la ausencia de Pierrepont, era siempre numeroso y brillante.
Las mujeres en general, en su necesidad de conceder tiernas demostraciones, aprovechan presto la ocasión de otorgarlas a algo o a alguien; así, pues, Marcela no tardó en atraer sobre su monísima figura las cariñosas efusiones de que tan pródigo es el sexo bello; únicamente entre los habitantes del castillo, la señorita de Sardonne mostró hacia la criatura lejanía e indiferencia, dirigiéndole como al paso breves palabras, en tono brusco, distraído, casi enojado, sin que tuviera con el padre durante las reanudadas lecciones de acuarela ni una frase cariñosa para la niña: el mismo angelito sentía esa especie de menosprecio, pareciendo tener miedo a la bella desdeñosa. Jacques ignoraba en absoluto la tremenda prueba por que acababa de pasar la de Sardonne, prueba cuyas amarguras desgarraban todavía su alma con toda la crueldad de una pesadilla. Alarmado y herido el pintor en su ternura paternal, acusó a la huérfana de insensibilidad, de vano orgullo, de sequedad de alma, preguntándose si sus mismos sentimientos serían jamás comprendidos por aquel corazón de acero, diciéndose también que, de continuar persiguiendo su ensueño amoroso, comprometía la dicha de su hija, ¡el adorado encanto!
En estas incertidumbres transcurrió para él la primera semana después de su vuelta a los Genets.
Cierta hermosa mañana del fin de septiembre hallábase el pintor sentado en un banco del parque, aguardando a Beatriz, que aquel día tardaba un poco en venir a dar su lección; Marcela corría y jugaba delante de él, y a cada instante interrumpía su juego, llegándose a besar a su padre, porque este querubín guardaba para Fabrice ternuras de mujer enamorada. Ella le hacía el nudo de la corbata, ella sacudía el polvo de su traje, ella le echaba al cuello un pañuelo de seda para preservarlo de la húmeda brisa. Descubrió la niña, en medio de su incesante ir y venir, algunas tempranas violetas ocultas entre la yerba, y haciendo un ramito las colocó en el vestido del artista; después sentóse, y abrazando con mimo a su padre:
--¿Te encuentras bien, papá?--le preguntaba--: yo me encuentro muy bien... ¿Verdad que es bonito el campo?
Esta escena íntima tenía desde hacía algunos minutos un mudo testigo; la señorita de Sardonne había salido del castillo llevando en la mano su caja de colores, y sin ser advertida habíase aproximado al tierno grupo; paróse un momento, avanzó de nuevo, y con aquella voz cadenciosa y grave que estremecía al pintor hasta el fondo del alma:
--¿Se quieren ustedes mucho?--preguntó.
--Somos todo el uno para el otro--replicó Fabrice poniéndose de pie.
Clavó sobre él una mirada inquisitiva, y volviéndose a la niña:
--¿Quieres mucho a tu papá?--le dijo.
La niña, cortada por la presencia de su enemiga, respondió con un sencillo gesto poniéndose la mano sobre el corazón.
--¡Monísima!... dame un beso... ¿Quieres?
Admirada la niña, acercóse lentamente; entonces Beatriz la tomó en brazos, la puso de pie sobre el banco y la abrazó contra su pecho cubriéndola de besos.
Estas caricias apasionadas por parte de una persona tan avara de expansiones conmovió a Fabrice hasta lo íntimo del corazón, como si esos cariños hubiesen sido concedidos a él mismo, y todos sus temores, todas sus ansiedades se desvanecieron al soplo de esos besos. Adivinó todo el calor de alma que la altiva joven disimulaba por una especie de pudor bajo sus heladas apariencias, y su pasión, un momento en derrota, lo ganó de nuevo por entero.
Marcela volvió al castillo y Beatriz se puso a la obra bajo la vista del maestro.
Acababa de dibujar una especie de chalet, cubierto por una enredadera que servía de habitaciones al jardinero. Fabrice examinó el diseño, le hizo una ligera corrección y, devolviéndoselo:
--¡Qué amable ha estado usted con mi hija!--le dijo.
--¡Admira a usted eso!
--No, seguramente... pero...
--Sí, le admira... lo he leído en sus ojos... Sé muy bien que hasta ahora no había mimado a su hija de usted... Excúseme usted... soy algunas veces tan distraída... suelo estar tan preocupada... Me decía usted, señor Fabrice, que eran ustedes todo el uno para el otro... ¿Hace mucho que esa pobre niña perdió a su madre?
--Poco más de cinco años.
--¿Se casó usted muy joven?
--Sí, muy joven.
--¿Y ese angelito no tiene más parientes que usted?
--Tiene un tío... hermano de su madre.
--Es religioso, ¿no es verdad? ¿En los Oiseaux, me parece?
--No, señorita, en la Asunción d'Auteuil.
--¡Ah! sí, conozco... allí se está muy bien... es un paraíso... Pero, ¡Dios mío! Señor Fabrice, qué mal está mi enredadera... se diría de estuco... no tiene aire... ¡Decididamente, esto no marcha!... Pierdo la fe, señor Fabrice.
--No tiene usted razón, señorita... aseguro a usted que ha hecho serios progresos.
--Sí, pero nunca seré pintora... no tengo talento... ¿no es verdad?
--Perdón--respondió el pintor con su habitual sinceridad un poco ruda--. Tiene usted un muy cumplido talento de aficionada.
--Sí, pero no es un talento que en rigor pudiera proporcionarme recursos para vivir.
--Podrá usted conseguirlo... pero para eso habrá que conceder más tiempo al estudio.
--¡Más tiempo!--murmuró Beatriz.
Y precisamente al decir eso dio dos golpes la campana del castillo.
--¡Me llaman!--exclamó aquélla, guardando con prisa su dibujo en la caja--. ¡Más tiempo!... ¡Ya ve usted si es fácil!... ¡Ya ve usted cómo puedo disponer de mis horas!
--¡Su vida de usted no es por cierto dichosa!--añadió Fabrice echando a la huérfana una mirada de tierna compasión.
--Señor Fabrice--le replicó aquélla bajando la voz y con una energía extraordinaria--, no importaría nada ser sólo desgraciada... Lo que es terrible es sentir cómo va una volviéndose perversa.
Y se dirigió casi corriendo hacia el castillo.
Fabrice no tardó en seguirla; una vez en sus habitaciones paseóse largo tiempo de arriba abajo, torturado por supremas incertidumbres; después se sentó delante de una mesa, tomó una pluma y escribió la siguiente carta:
«Señorita:
»Me permito decir a usted por escrito lo que me ha faltado valor para expresarle de palabra. Mi carta será corta. Respeto a usted demasiado para dirigirme a usted con frases de una admiración y de una galantería triviales. El único homenaje que me atrevo a rendirle, es poner mi destino en sus manos. No puede en adelante ser dichoso o desgraciado mi porvenir sino en virtud de lo que usted se digne resolver. ¿Bastará con que le diga que no hay uno solo de sus méritos, uno solo de sus atractivos, uno solo de sus sufrimientos de que no me sienta profundamente, perdidamente penetrado?
»Estimo a usted tanto, señorita, que me parece cometer una profanación al osar amarla. Pero, en fin, humildemente le ofrezco lo poco que yo soy. ¿Quiere usted ser la madre de mi hija?... ¿Nos rechaza a ella y a mí?
»De usted respetuosísimo servidor siempre y en todo caso,--_Jacques Fabrice_.»
Como el artista, después de haber cerrado la carta reflexionase acerca del medio más pronto y seguro para hacerla llegar a su destino, vio desde la ventana de su salón, que precisamente atravesaba Beatriz en aquellos momentos el patio de honor del castillo. Este patio, muy grande, se hallaba plantado en parte de césped y de árboles. Hermosos castaños formaban en un ángulo una especie de bosquecillo provisto de rústicas sillas. A ese bosquecillo solía venir Beatriz algunos mediodías a leer a sus anchas, cuando la baronesa la dejaba respirar. El pintor llamó a su hija que ocupaba una habitación contigua a la suya.
--¡Ven acá, alma mía!--le dijo--. Mira, la señorita Beatriz está allí sentada debajo de aquel árbol, junto a la capilla... Anda y entrégale esta carta de mi parte... ¡Anda, hija mía!
Un momento más tarde Fabrice seguía angustiosamente con la vista la marcha de la niña a través del patio. Al fin desapareció bajo la sombra espesa de los castaños. Interminables minutos transcurrieron; después Marcela salió del círculo de sombra y volvió hacia el castillo a cortos pasos. Fabrice creyó ver que la criatura tornaba con la carta en la mano; pasóse la suya sobre la frente helada, diciendo:
--¡Dios mío!
Y esperó inmóvil. Marcela entró.
--¡Toma, papá!--le dijo.
Y le devolvió el pliego que tenía en la mano.
Era, en efecto, el sobre de su carta, pero el sobre solo, abierto y medio desgarrado. En uno de sus ángulos estaba escrita con lápiz esta única palabra: «Mañana.»
Hubo una pausa.
--¿No te ha dicho nada ella?--le preguntó Jacques a la niña.
--Nada.
--¿Te ha dado un beso?
--No.
Todos los que aman, o los que amaron, se imaginarán fácilmente las imaginaciones, la fiebre, los súbitos transportes de esperanza, los repentinos golpes de desaliento que atenazaron el alma de Jacques Fabrice en las eternas horas que le separaban del mañana. Aquella noche vio como de ordinario a Beatriz en el salón; pero no pudo sorprender ni en su fría actitud ni en sus ojos impasibles de esfinge el menor signo que pudiera ayudarle a descifrar el enigma que encerraba esa palabra: «Mañana.»
¿Le escribiría ella? ¿le respondería de viva voz cuando viniese, según costumbre, a tomar su lección de pintura?...
Al día siguiente, mucho antes de la hora habitual, Jacques se hallaba en el sitio de la cita, ocupando el banco que había escuchado la conversación de la víspera. Beatriz llegó, respondió a su saludo con un ligero movimiento de cabeza, sentóse y púsose a preparar sus colores sin pronunciar una sola palabra; después, haciéndole seña de que se sentara:
--Señor Fabrice--le dijo con voz contenida, dulce y triste--; señor Fabrice, le estoy reconocida... muy reconocida... pero no debo ni quiero engañarle... puedo acordarle mi mano... pero temo que mi corazón desgarrado, marchito, ulcerado por la desgracia, no pueda devolverle todo lo que el de usted le da... Temo que los sinceros sentimientos de estimación y simpatía que experimento hacia usted, no respondan sino imperfectamente a los que tiene a bien consagrarme... Temo también que este paso que da, no sea para usted una desgracia.
--Señorita, nunca pude esperar encontrar en usted desde el primer momento la ternura infinita que usted me ha inspirado... No puedo confiar sino al tiempo, lo sé, a mis cuidados afectuosos, a mi adhesión apasionada, a su dicha, que la amistad se torne en afecto.
--Señor Fabrice, sólo debemos contar con el presente y debo decir la verdad... Cuanto al porvenir, todo lo que puedo asegurarle es que pondré de mi parte lo posible para ser una buena y honrada esposa, una madre cariñosa de su hija.
Jacques, los ojos húmedos por la emoción, tomó la blanca mano que Beatriz le tendía e intentó llevarla a sus labios, pero ella la retiró suavemente:
--¡Cuidado!...--dijo--; si cree que debe darme las gracias, démelas usted más tarde... Se nos vigila, muy de cerca cuando estamos en este sitio... y le suplico que no traicione nuestro secreto hasta tanto que haya puesto en antecedentes a... mi bienhechora--dijo la señorita de Sardonne con una sonrisa de extraña amargura al pronunciar esta última palabra.
--Pero, señorita--dijo el pintor--, ¿no es a mí a quien toca hablar sobre este asunto, con la que usted llama su bienhechora?
--Seguramente, eso será conveniente y aun necesario, pero me parece que debo prevenirla de antemano. Tengo mis razones.
--¡Dios mío! señorita, sabemos que vamos a encontrar de su lado una actitud un poco hostil... y, en ese caso, su entrevista va a causarle un verdadero disgusto... Permítame que se lo evite... o, al menos--añadió sonriendo--, que sufra yo las primeras descargas... Respeto mucho a la señora de Montauron, pero no le tengo miedo.
--Ni yo tampoco--afirmó Beatriz--. Si usted me ha visto sufrir con paciencia las humillaciones de una verdadera domesticidad, cualquiera que fuesen los motivos de mi resignación, esté usted seguro de que la bajeza no entraba para nada en ella... Muy mal me conoce usted, señor Fabrice, si cree...
La joven se interrumpió bruscamente; acababa la campana del castillo de dar los dos golpes indicadores de que la lectriz debía volver al lado de la baronesa.
--¡Voy!--dijo levantándose, y un centelleo de fiera brotó de sus pupilas.
Tendió de nuevo la mano a Fabrice, y se alejó.
El día en que la señora de Montauron impuso a Beatriz el sacrificio definitivo de su amor hacia Pierrepont, destruyó por el hecho el motivo único que tenía la huérfana para tolerar la mísera existencia que arrastraba al lado de la baronesa, y desde ese momento el disculpable sentimiento de sorda irritación que la joven nutría hacia su dura protectora habíase cambiado, en esta alma contenida pero ardientemente apasionada, en verdadero horror. La vista misma de la baronesa había llegado a hacérsele insoportable; su resolución de abandonarla estaba definitivamente tomada, y no aguardaba sino el momento de ponerla por obra; su primera idea fue, como hemos visto, llevar a cabo una especie de suicidio sepultándose en las austeridades de una de las más severas órdenes religiosas, y aun volvió, a hablar de nuevo a su amiga la señora de Aymaret sobre su próxima entrada en el Carmelo, esforzándose realmente en cifrar en el Cielo un amor para el que ya no quedaba esperanza alguna en la tierra; pero es menos difícil hacer un sacrificio que perseverar en él. Así, pues, la pobre joven encontraba en su natural apego al mundo, en su enérgica y floreciente salud, resistencias que le hacían muy dolorosa esa renuncia a todo... Y, sin embargo, ¿qué hacer? ¿adónde ir?
La carta con la declaración de Fabrice vino a sorprenderla en medio de estas indecisiones crueles. Muy admirada, sin embargo, y aun enojada por el paso que aquél había dado, quiso no obstante dar algunas horas a la reflexión; más de una secreta repugnancia tuvo que vencer, pero, en fin, en la extremidad a que se veía reducida, ¿cómo no aceptar ese refugio, después de todo honroso, que le abría una mano afectuosa y fiel? Para un náufrago de la existencia como lo era ella, la solución que se le presentaba era, si no la dicha, al menos la vida, y, sobre todo, el término cierto, seguro, de su pesada esclavitud.
Además, no ignoraba ella que la noticia de su matrimonio y consiguiente salida de la casa, era para la baronesa un trance horriblemente desagradable, y el solo placer de darle ese justificado mal rato venía a satisfacer la pasión más violenta que existe tal vez en la tierra; el odio de mujer contra mujer.
La señora de Montauron acababa de dormir pacíficamente su siesta en su gabinete contiguo al salón, y como digería con dificultad, su sueño era premioso, por cuya razón despertaba siempre de terrible mal humor. Así, pues, apenas vio entrar a Beatriz:
--¡Me parece, amiguita--le dijo--, que prolongas mucho tus lecciones con el señor Fabrice!... He tenido tiempo de leer casi la mitad de mi diario... me están llorando los ojos... ¡Vaya! ¡toma! estaba en la gacetilla... pero no, prefiero el folletín... veamos qué sucede al cabo a esa divertida duquesa... a quien el autor hace hablar como a una lavandera... ¡Bueno! ¡Vayamos, lee! ¡Principia!
--Perdón, señora--replicó la joven con extremada cortesía--; ¿podría decir a usted antes cuatro palabras?
La baronesa la vio vagamente inquieta.
--¿Qué deseas?--le replicó con acritud.
--Señora, ¿me permite usted que le recuerde la conversación que tuvimos en secreto en su habitación de usted hace quince días? Usted tuvo a bien decirme que si alguna vez cualquier caballero, un hombre de corazón, me pidiese en matrimonio, no solamente no tendría que temer ninguna dificultad por parte de usted, sino que hasta podía contar con su más sincero concurso... Tales palabras, señora, son demasiado preciosas para que yo haya podido olvidarlas... ¿Tiene usted, tal vez, señora, la bondad de recordarlas?
A pesar de no ser la baronesa persona que con facilidad se desconcertase, esta vez quedó descorazonada al oír semejante exordio, y fue casi balbuceando que respondió a Beatriz:
--Pero, ¡es posible!... Sí, pude decir algo de lo que me indicas... pero con ciertas reservas...
--Es cierto, señora, estableció usted ciertas reservas. Puso usted a su bondadoso concurso dos condiciones: la primera fue que su sobrino de usted sería excluido del número de aquellos entre los cuales podía yo escoger marido... la he respetado; fue la segunda que no me decidiría en favor de nadie sin prevenir antes a usted... es lo que ahora efectúo.
--¡Bien! escucho.
--Señora--prosiguió la señorita de Sardonne con el mismo tono de correcta urbanidad--; la circunstancia que usted tuvo a bien prever y desear con respecto a mí, se presenta hoy.
--¡Ah!
--Y vengo a rogarle que acoja con benevolencia la súplica que... para honor mío, no tardará en presentarle el señor Jacques Fabrice.
--¿Te pide en matrimonio Fabrice?
--Sí, señora.
--Me parece que debiera haber empezado por dirigirse a mí... Eso es la educación rudimentaria.
--Así lo hubiera hecho, señora, pero ha juzgado inútil proporcionar a usted esa molestia sin conocer antes mis sentimientos personales...; que, después de todo, era lo que más le importaba.
--¿Y te satisface ese casamiento?
--Sí, señora; el señor Fabrice es una honrada persona y un hombre de talento cuyo nombre me sentiré orgullosa de llevar.
--Supongo que no ignoras a quién sucedes como esposa... su primera mujer fue una lavandera.
--Perdón, señora, era florista.
--¡Es lo mismo!... ¡en bonita sociedad te vas a meter!
--Me encontraré contenta en ella si soy tratada con consideraciones.
--¿De modo que me dejas plantada, así, sin más ni más, olvidando todo lo que he hecho por ti, desde el momento que te recogí como si fueses mi hija?
--Esté usted segura, señora, de que no olvido un momento ninguna de las singulares bondades que a usted debo desde el momento que tuvo a bien tomarme a su servicio.
Para que nada faltase a la baronesa, tenía el don de hacerse cargo rápidamente de los menores matices de lenguaje; de ahí que no le pasaran por alto ni una sola de las impertinencias corteses ni de las vengadoras ironías de que la venía haciendo blanco su lectriz. Sucedió en consecuencia, que al oír aquella última y sangrienta réplica, la de Montauron se levantó vivamente de su asiento, y si hubiese podido disponer de los rayos celestes, habría sido muy verosímil que la señorita de Sardonne no hubiese podido repetir el cuento. A falta de otro expediente, verdad es que podía despedirla de su casa cubierta de ignominia, y lo pensó, pero la reflexión no tardó en mostrarle los mil peligros que traería un escándalo. Las malas lenguas la acusarían de oponerse al puro egoísmo de un casamiento, por otra parte muy razonable para la huérfana, que era al mismo tiempo su protegida; de manera que la baronesa resolvió callarse y tener paciencia; puesto que de cualquier modo que fuese, la lectriz escapaba a sus garras, valía más, pues, por sensible que le fuese perderla, tomar su partido y darse siquiera el mérito, cubriendo las apariencias, de haber sido generosa hasta el fin... ¡Bueno! después de todo, ese estúpido matrimonio tenía su lado conveniente, puesto que libraba a la señora de Montauron _per omnia sæcecula_ del terror de ver a su sobrino casado con esa muchacha en la ruina.
En virtud de estas diversas consideraciones, la belicosa conferencia entre la baronesa y la lectriz iba a tomar un sesgo bastante imprevisto, aunque perfectamente femenino. La señora de Montauron, que había dado muy agitada varios paseos por el gabinete aspirando su pomito de sales, posó la mano sobre el hombro de Beatriz, diciéndole:
--Querida niña, supongo que no te habrá sorprendido que mi primer ímpetu al saber que me dejas haya sido de mal humor... Porque yo siento mucho tu ida, aunque a ti mi contrariedad te tenga sin cuidado... ¡Vamos, hija mía, dame un beso!
La señorita de Sardonne pasó por este sacrificio, y al abrazarla, la baronesa, cuyo sistema nervioso venía estando en insoportable tensión, rompió en llanto; fue para ella un alivio.
--¿Sabes--preguntó a Beatriz a través de sus sollozos--cuánto gana por año?
--No le he preguntado, señora.