Chapter 5
Apenas de vuelta en el castillo, entregó Pedro a la huérfana, que se preparaba para la comida, la misiva de la señora de Aymaret; leyóla aquélla de prisa y no vio al pronto en su contenido nada de extraordinario, nada que pudiera distinguirla de esa correspondencia trivial que casi diariamente cruzaba con su amiga. Fue sólo aquella noche cuando Pedro le preguntó si había leído el billete que de Elisa él le trajera, que Beatriz advirtió la turbación y el desconcertado continente del marqués.
--¿Ha ido usted hoy a casa de la señora de Aymaret?--le preguntó la señorita de Sardonne.
--Sí... y aun hemos tenido una conversación muy larga... y muy interesante.
--¡Ah!--exclamó aquélla--, ¿y sobre qué?
--Acerca de usted misma.
Beatriz no respondió nada y se alejó dulcemente: se sentía en trance de muerte: había entrevisto de un golpe la verdad, y parecíale que el cielo se rasgaba para fulminarla con sus rayos.
El deber más penoso que la señorita de Sardonne debía llenar en servicio de la baronesa, era leerle a ésta por la noche, y a veces hasta muy tarde, en tanto la anciana dama no lograba dormirse; en seguida Beatriz se retiraba a sus habitaciones procurando a su vez conciliar el sueño, si lo conseguía la pobre enamorada: aquella noche no alcanzó ganarlo, que pasó sus mortales horas en mil veces leer y en comentar mil veces el billete de su fiel amiga; transcurrieron para ella lentos los instantes en cien veces decirse a sí misma que el momento de la terrible prueba no se hallaba remoto y que la conminatoria arenga de la señora de Montauron no fue más que el preludio de infernales torturas.
¡Luego era verdad!... Ese hombre que, de hacía tantos años, fuera el pensamiento de su pensamiento, la vida de su vida, había contra toda vislumbre de esperanza pedido al fin su mano, esa amante mano a quien tardaba posarse en la de él; y ella veíase forzada a rehusársela so pena de faltar a deberes sagrados de conciencia y de honor, a deberes sagrados no sólo ante ella misma sino también ante su propio amado. Pues qué, ¿no se le había advertido que al desposarlo causaba su ruina? Y ni aun decirle podía en qué fundaba su negativa, dándose a sí misma, proporcionando a él ese postrer consuelo; no podía, sin hacer traición a su palabra leal, sin arrastrarlo a fuer de caballero, a empeñar una querella de familia cuyos resultados serían funestos para su propio elegido.
En su desamparo, ni suficiente le pareció siquiera su habitual plegaria para pedirle fuerzas a Aquel que las otorga, y al romper el día salió del castillo atravesando las húmedas praderas, en busca de la iglesia, allá, en el límite del aún dormido bosque: momentos después habría podido vérsela en el templo rogando desolada con fervor de mártir que se apresta al supremo sacrificio.
Al volver, como siguiese la orilla del riachuelo, arrodillóse en sus márgenes, empapó en el agua el pañuelo y humedeció sus ojos abrasados por lágrimas de fuego: dos horas más tarde la señora de Aymaret entraba radiante de alegría en las habitaciones de la huérfana. Comenzaron por besarse según costumbre, después de lo cual, anticipándose Beatriz a la vizcondesa, le habló en estas palabras:
--¡Es singular! Cuando anoche recibí tu billete iba yo a escribirte rogándote que vinieras hoy a verme... tengo que pedirte un favor...
--¿Un favor?--repitió la señora de Aymaret sentándose a su lado.
--Sí... tú conoces personalmente al cura de San ***--y designóle una de las más aristocráticas parroquias de París.
--¿El padre D***? Seguramente, es mi confesor.
--Si no me engaño, ¿es superior de las Carmelitas de la calle d'Enfer?
--Sí.
--Te suplico que le escribas dos renglones recomendándome a su amabilidad: deseo ponerme al habla con él.
Alteróse el rostro de la vizcondesa, que interrogó a Beatriz con mirada inquieta.
--Sí, pero me parece que ni pensarás siquiera...--díjole con emoción a la huérfana su seductora amiga.
--¿En entrar en el Carmelo?--repuso aquélla--. ¿Y por qué no?... Hace tiempo que lo vengo pensando... mucho tiempo... ¿Qué mejor puedo hacer sino abandonar este mundo, para mí tan duro?... Perdóname, amada Elisa, si antes no te he hablado de mis proyectos... pero, en asunto tan grave como éste, no hay mejor consejero que uno mismo... En materias de valor y de vocación, cuando se consulta a un tercero es que se carece del uno y de la otra...
--¡Pero, por Dios, hija mía!... Tu vocación no la han hecho sino el desaliento y la desesperación... Arrastras aquí, al lado de tu falsa bienhechora, una existencia odiosa, sin esperanza probable de mejora... pero, ¿y si yo te trajera no sólo esa esperanza sino la certeza de un porvenir más dulce, más digno... un porvenir dichoso, en fin...? ¡Vamos! óyeme, escúchame... ya te he dicho que estoy encargada de una misiva para ti... ¿Quieres hacerme el favor de escucharme, repito?
--Bueno... habla, mas sea lo que sea aquello que vas a decirme, no alteraré en un punto mi resolución...
--Entonces, te encuentras decidida a causar la desdicha de un dignísimo caballero... Me refiero al marqués de Pierrepont, quien denodadamente pide tu mano.
Beatriz clavó en los ojos de su amiga una mirada fija, extraña, sombría, mezcla de sorpresa y desvarío.
--¡Dios mío!--balbució en sorda voz.
--Y bien, amada mía--prosiguió la señora de Aymaret estrechando las manos de la de Sardonne--; ¿no es eso mejor que el convento?
--Me hallo, como bien lo ves, totalmente turbada con lo que acabas de decirme... pero no te engañas acerca de la causa de mi emoción... Experimento sorpresa... gratitud... Siento muchísimo responder con una negativa a la generosa demanda del señor de Pierrepont... al honor que me dispensa... pero, como te he dicho, mis ideas van por otro camino... otros son mis sentimientos, y no pienso alterarlos.
--Había creído comprender, Beatriz, que tu decisión no era irrevocable.
--Cierto... debo reflexionar todavía.
--Entonces, ¿me autorizas para que responda al marqués que pensarás?... ¿que no debe perder esperanzas?
--Si le dijeses eso le engañarías.
--¡Cómo! ¿aun cuando no entraras en el convento rehusarías su mano? ¡Ah!--exclamó la vizcondesa--, ¡aquí hay gato encerrado!... ¡tú amas a otro! ¡Tú amas a otro!--repitió la señora de Aymaret sin sospechar qué torturas imponía a su amiga.
--Tal vez--murmuró Beatriz.
--¿No hay esperanzas, pues?
Beatriz respondió melancólicamente por un negativo signo de cabeza.
--¿No puedo saber quién es?
--¡Elisa, no insistas, te ruego!
--¡Bueno! ¡está bien!--replicó aquélla con vivacidad--, ¡antes eras más franca conmigo!... ¡adiós, hija!
Y se dirigió rápidamente a la puerta.
--¿No me das un beso?...--le preguntó la pobre Beatriz.
--¡Siempre! ¡no uno, mil!--replicó tiernamente la vizcondesa saltando al cuello de su amiga.
Besáronse largo tiempo deshechas en lágrimas, y, en medio de su efusión, cambiáronse todavía algunas palabras, recomendando Beatriz a Elisa que, por razones que brevemente le explicó, nada dijese a nadie, el marqués exceptuado, acerca de su proyectada entrada en religión.
La señora de Aymaret abandonó el castillo y tomó el camino de las Loges, fraguando en su cabeza el mejor plan para atenuar en lo posible el rudo golpe que aguardaba a Pedro, resolviendo al cabo en sus adentros, insistir sobre la entrada de su amiga en el Carmelo y dejar en la sombra esos misteriosos amores cuya semi-confidencia había logrado arrancar a Beatriz. No tardó la vizcondesa en divisar al marqués, quien lentamente se paseaba en la convenida alameda, y como aquél reconociese a su vez a la de Aymaret, se aproximó en seguida, no sin que la consternada fisonomía de la joven dama hubiérale ya tácitamente revelado cuál fuese su definitiva sentencia.
--¡Que no!--se anticipó a decir a su confidente. Esta le apretó con fuerza la mano poniéndose a caminar al lado de Pedro, mientras le decía agitada febrilmente:
--Nada de depresivo para usted... nada que pueda herir su dignidad... ¡Al contrario!... Se ha sentido conmovida hasta el llanto de lo que ella llama su generosidad de usted... Pero el caso es que ha tomado una gran resolución... Se va al convento... Entra carmelita... Sí, señor, carmelita... Mi sorpresa es tan grande como la de usted... porque yo sabía que era piadosa, creyente, pero no beata... Necesariamente la lleva a dar este paso esa vida miserable que arrastra al lado de su horrible tía de usted... dispénseme usted la palabra... Le he prometido guardar el secreto para con todo el mundo, excepción hecha de usted... Porque su tía de usted se pondría furiosa de perderla y Beatriz no la prevendrá hasta el último momento por miedo de que le juegue una mala pasada... Y ahora, amigo mío, si quiere usted tomar mi consejo...
Pero, al decir esto, se interrumpió a sí misma al notar la profunda palidez del marqués: paróse, pues, y tocándole en la espalda con su pequeña enguantada mano, díjole:
--¡Realmente lo siente usted mucho, amigo mío!
--¡Siento que mi existencia se desploma!--replicó Pedro, sonriendo con tristeza--. Escúcheme... crea usted que nunca olvidaré cuánto le debo... Pero, ¿está segura de que se va al convento?
--Me ha encargado ponerla en relaciones con el cura de San ***, que es, al mismo tiempo, superior del Carmelo.
--¿Está usted segura de que eso no es un pretexto? ¿Amará a otro?
--¿A quién?... eso es muy improbable.
--Pues entonces, ya es algo--añadió Pierrepont--, que su alma se encuentre libre.
--¡Sin duda alguna, amigo mío!--corroboró la de Aymaret--, y ahora, me parece que debería usted alejarse de ella un poco de tiempo.
--Es lo que pienso hacer.
--¡Sin embargo, hay un inconveniente! ¿Cómo va usted a explicar su partida a su tía en medio de este período de fiestas en su casa?
--Justamente la casualidad me proporciona una excusa, que me parece aceptará aquélla. Ayer, sin ir más lejos, he recibido carta de un amigo de Inglaterra, lord S... invitándome a ir a pasar con él dos o tres semanas en Batsford-Park. El convite tiene un carácter especial; se trata de una reunión de caza a que debe asistir un personaje de sangre real que se ha dignado designarme entre las personas que desearía lo acompañaran; me propongo, pues, partir mañana.
--¡Es lo mejor!--asintió, la señora de Aymaret.
Entretanto había llegado a la vista de las Loges; el marqués paróse un momento, y tocando la mano a la vizcondesa, le dijo con acento conmovido:
--No sé si tendré tiempo de ver a usted antes de mi partida... hasta la vista, pues... ¡mil y mil veces gracias!
--¡Dios mío! ¿gracias de qué?
--De su leal amistad... hasta la vuelta...
--¡Hasta la vuelta!
Y se alejó en dirección a las Loges, mientras que Pierrepont volvía al castillo.
So pretexto de una violenta jaqueca abstúvose aquella mañana la señorita de Sardonne de presentarse en el almuerzo, pero su ausencia no escapó a la suspicaz atención de la baronesa, como tampoco se le había ocultado la sombría preocupación de su sobrino. Conocía también ya que la señora de Aymaret tuvo aquella mañana y en hora inusitada cierta misteriosa entrevista con Beatriz; así, pues, relacionando estos tres incidentes y atando cabos, vino a caer en la cuenta de lo que pasaba, creyendo comprender que una parte de sus sospechas habíanse realizado, aunque sin poder discernir con claridad cuál había sido el resultado; era de entera evidencia para la señora de Montauron que su sobrino había dado un paso decisivo cerca de Beatriz... Pero, ¿con qué éxito?; lo ignoraba, y el averiguarlo era indispensable, por cuanto si el anonadamiento visible de su sobrino podía significar que había sufrido una negativa, pudiera argüir también que, hallándose al cabo por obra de Beatriz de la oposición y amenazas de su tía, meditaba el marqués sobre esos textos.
De un lado la certidumbre, del otro el temor de una escena enojosa, mantuvieron un día a la señora de Montauron en terrible agitación de espíritu; así que cuando en la velada comunicóle Pedro la carta de lord S... anunciándole que bajo la reserva de su aprobación contaba partir al día siguiente, la primera impresión de la baronesa fue la de un grande alivio, porque de cualquier lado que el asunto se mirase, esa precipitada fuga no significaba en puridad otra cosa sino la desesperación de un enamorado en derrota... Beatriz había sin duda alguna cumplido su palabra, y de ese cuadrante toda tempestad resultaba conjurada. En otras circunstancias, la señora de Montauron habría sujetado a muy severo examen el vínculo obligatorio de la invitación británica, pero, si en las actuales coyunturas la súbita ausencia de su sobrino desconcertaba algunos de sus planes contrariándola en ciertos respectos, veíase en cambio libre de obsesión tan pesada, que ante esa idea otorgó su permiso con relativa buena voluntad.
Por consecuencia, al día siguiente, bien de mañana, el marqués de Pierrepont tomaba el tren, acompañado de las caricias de su tía y de las maldiciones de aquellas señoritas.
VII
RIVALES
Cuando Pierrepont abandonó el castillo de los Genets en las circunstancias que acabamos de describir, hacía ya más de doce días que Fabrice también se hallaba de vuelta en París, súbitamente llamado por una indisposición de su hija Marcela, indisposición que dio cierto cuidado a las Hermanas de Auteuil, en cuyo instituto educábase la niña. La baronesa había visto con muy malos ojos la partida del pintor, por cuanto así se aplazaba indefinidamente la terminación de su retrato, de que ella, a justo título, se sentía no sólo cumplidamente satisfecha, sino hasta orgullosa, porque en él se veía, cual si se mirara en su espejo, con un no sabía qué de algo más que ese pícaro espejo le rehusaba obstinadamente, habiendo tenido el artista la galante condescendencia de otorgárselo.
Al día siguiente de su llegada a París escribió Fabrice a la baronesa que había encontrado a la niña restablecida, mas que le era forzoso prolongar la ausencia en dos o tres semanas, a fin de dar a la convaleciente, antes de volverla a la pensión, las distracciones que reclamaba su estado. Testigo Pierrepont del vivo descontento que causaba a su tía paréntesis tal, le sugirió la idea de apresurar la vuelta del pintor a los Genets haciéndolo acompañar de la enfermita, quien con los puros aires del campo lograría más pronto restablecimiento. Aunque gruñendo un poco, concluyó la señora de Montauron por dar el beneplácito, y como Pedro tuviera que pasar por París para ir a embarcarse en Boulogne, fue el encargado de trasmitir la invitación a Fabrice.
Cuando el marqués anunció a este amigo su viaje a Inglaterra, donde debía permanecer varias semanas, no pudo el artista dominar su extremada sorpresa.
--Pero, ¿y tus proyectos de matrimonio?--le preguntó.
--Mis proyectos de matrimonio, querido Jacques, han ido a juntarse con las nieves de antaño... El casamiento visto a la distancia se me había presentado como a otros hombres de mi edad bajo aspectos muy halagüeños... Pero, a medida que me aproximaba, fue tomando tales formas de esfinge y de quimera, que he acabado por desalentarme... Cuando he encarado de frente los inconvenientes, me he convencido de que no puedo vencerlos con mis medios... Rehuso, pues, y recobro mi libertad.
--Y tu tía, ¿qué dice?
--Mi tía... tiene paciencia... pero a ti te reclama a voz en grito, y para anticiparse a cualquier objeción te ruega que vayas con Marcelita, que hará allí buena provisión de salud corriendo en los bosques.
Aunque demostrando su agradecimiento, manifestó Fabrice dudas y empacho en admitir las ofertas de la baronesa. Pedro insistió: se pondría a la niña una doncella, con el exclusivo objeto de que la cuidase; el médico iría a verla diariamente... En fin, el artista, pareciendo tomar con esfuerzo una resolución ingrata, preguntó a Pedro si podía concederle media hora de atención para escucharlo.
--¡Media hora!... y una... cuantas quieras.
--Siéntate, entonces--le dijo Fabrice mostrándole un ancho diván que ocupaba uno de los ángulos del taller. Sentóse Jacques junto al marqués y comenzó así su diálogo, con voz turbada:
--Voy a ser sin duda indiscreto... Pero, ¿debo entender que, según me has dicho, abandonas los Genets libre de todo compromiso y aun toda idea que se refiera a matrimonio? ¿He comprendido bien?... ¿Es así?
--Has comprendido bien... así es.
--¡Pues bien!... me sorprendes... yo hubiera jurado que amabas a la señorita de Sardonne, y aun que pensabas casarte con ella.
--¡Singular idea!...--dijo fríamente Pierrepont--. No, te equivocas; conozco a la señorita de Sardonne desde su niñez y le tengo cierto afecto... Eso es todo... Sabes, además, que mi fortuna es escasa y que ella nada tiene... un matrimonio entre los dos sería una locura.
--Puesto que ahí están las cosas, voy a hacerte una franca confidencia. En la misma carta que se me participó que mi hija estaba indispuesta, se me decía también que ya se hallaba restablecida, y no hubiera regresado a París si no hubiese creído que debía aprovechar la ocasión para poner a mis relaciones de amistad con Beatriz un punto final. Quería romper, si ya era tiempo, la fascinación que sobre mí ejercía, considerándola no sólo peligrosa para mi reposo, sino, lo que es más, desleal hacia ti.
--Esos escrúpulos son dignos de tu caballerosidad, maestro queridísimo, pero son infundados... y si abrigas, como me parece comprenderlo, proyectos acerca, de la señorita de Sardonne, no tienes que temer, te lo repito, ninguna rivalidad por mi parte.
--Me dispensarás que te diga, caro marqués, que tus explicaciones no me satisfacen... La señorita de Sardonne es casi de tu familia, y nuestras conexiones de amistad son tales que no podrían abandonarme a mis proyectos acerca de aquella joven sin obtener de antemano tu aprobación.
Pierrepont se inclinó con gravedad, y prosiguió Fabrice:
--Pero antes de darlo es preciso que conozcas mis sentimientos... Fórmanlos elementos bastante heterogéneos... unos un tanto honrosos... otros que lo son menos... Juzga con tu propio criterio... Puedo jurarte que en mis relaciones cotidianas con Beatriz, ya en el salón de tu tía, ya durante nuestras diarias lecciones de acuarela, me sentía a cada, instante más influído por la simpatía, la estimación y el respeto que aquélla me inspiraba; así como por su conducta y dignidad en soportar sus sufrimientos, porque es imposible hacer cara a la desventura con más altiva resignación; es imposible mantener con mayor decencia ni mayor decoro una situación tan ambigua, delicada y peligrosa... Podría también jurarte sin remordimientos que la idea de rescatar a aquella noble criatura de la especie de abismo a que el infortunio la ha arrojado, ha tenido en mis determinaciones parte muy principal, porque hay en esa idea atractivos infinitos... Pero, en fin, ante todo y desde el primer momento ha sido su hermosura la que me ha conquistado. Acabas de decirme que conoces a la señorita de Sardonne desde su infancia, y sin duda por eso, por el hastío que engendra el hábito, no te das cuenta de cuan grande es su belleza... ¡Oh! ¡es fascinadora!... Tiene el puro, serio, y un tanto trágico, encanto de Urania... y de Musa también; es su voz, armoniosa y grave; encanta oírla leer; durante nuestras sesiones para pintar el retrato de la baronesa, mil veces me ha asaltado la loca idea de traerla a mi casa para hacerla el hada de este taller en que nos encontramos... que por la magia de su presencia resplandecería cual otro paraíso... Si hubiese conocido a la señorita de Sardonne en la alta posición social en que nació, todo eso no habría pasado de un ensueño pasajero de artista... uno de esos ensueños que con tanta frecuencia nos asaltan... porque nosotros somos generalmente muy aristócratas en nuestros amores... La mitad de nuestra vida la pasamos por ministerio de la imaginación en muy altas esferas, en muy escogida compañía... Vemos con harta frecuencia a las grandes damas en medio de los esplendores de sus palacios, y entrevemos a las diosas tronando sobre sus solios de nubes... Y aun es una de nuestras grandes decepciones, de nuestros grandes dolores caer de pronto desde esas doradas alturas encima de las ronzas de la tierra... Ahí tienes por qué, precisamente en estas cuestiones de matrimonio, son tan graves nuestros errores y tan profundos nuestros desencantos... ¡Ay! ¿quién lo sabe mejor que yo?... Pues bien, te decía que si hubiese encontrado a la señorita de Sardonne en todo el brillo de su nacimiento y de su fortuna, conozco demasiado las leyes y las costumbres sociales como para que ni un momento se me hubiera ocurrido aspirar a su mano... Pero, en fin, la veía desgraciada y pobre... y al menos, si no en otro, en el camino de la riqueza me encuentro ya... Aquellas circunstancias venían a acortar la distancia entre nosotros... Podía al menos ofrecerla una posición independiente... dar a su hermosura un marco digno de ella... y poco a poco me dejaba ganar por una tentación tan poderosa, precisamente cuando me pareció observar que tu amistad hacia la señorita de Sardonne tomaba el carácter de más serios sentimientos... Desde ese momento mi línea de conducta estaba trazada... ponerme en fuga...
--Carísimo maestro--interrumpió Pierrepont--, eres un niño grande... Todo eso me lo debiste contar... allá... en los... Genets... así te habrías evitado un viaje de ida y vuelta.
--Si diera rienda suelta a mi deseo--replicó el pintor--, ¿podría contar, querido marqués, con tu simpatía y tus buenos consejos?
--Simpatía desde luego... Cuanto a consejos, son siempre muy delicados en estas materias... Yo no quisiera verte dar un paso en falso... Ante todo es necesario saber si la señorita de Sardonne participa de tus ideas.
--Las ignora absolutamente--repuso el pintor.
--¿Estás seguro? ¿En vuestras largas conversaciones durante la lección de pintura no se te ha escapado nunca alguna palabra que la haya puesto en sospecha?
--Nunca. Era vuestro huésped.
--Eres un caballero. En adelante, por lo que a mí se refiere, quedas en completa libertad de hacer lo que te plazca. No debo ni puedo oponerme a que la señorita de Sardonne sea dichosa contigo si ella así lo estima.
--Pero, tú que la conoces de hace tanto tiempo, ¿crees que acogerá mi demanda, si me atrevo al fin a presentársela?
--En cuanto a eso, no sé qué decirte... ¡Es un carácter tan misterioso!... Dicen que en su tiempo tuvo idea de entrar en el convento... Pero eso tal vez fuera a falta de cosa mejor.
--¿Y tú tía?
--Mi tía se encuentra muy bien con su lectriz... Así es que por su parte no debes aguardar muchos entusiasmos... pero no tiene ninguna autoridad legal sobre Beatriz, quien depende en ese punto únicamente de su tutor, cierto antiguo amigo de su padre, amigo por añadidura muy indiferente... De modo que concluirá por decir amén a lo que a ella se le antoje.
Hubo un corto silencio.
--¿Crees--preguntó Jacques--que Beatriz querrá a mi hija, que se portará bien con ella?
--¿Por qué suponer lo contrario?
--¡Es verdad!... ¿De manera que tu tía me permite que lleve la niña a los Genets?
--No sólo lo permite, lo desea.
De nuevo quedaron en silencio.
--Y bien, querido maestro, ¿es cuanto deseas que yo te diga?
--Eso es todo... Te estoy sumamente agradecido... ¿Quieres darme tu dirección en Inglaterra?
Pierrepont se levantó, y escribiendo dos líneas en una de sus tarjetas, la entregó a Fabrice.
--¡Ahí tienes! Batsford-Park, Moreton in Marsh, Woorcester... ¡Adiós! ¡Hasta la vista!
--¿Te vas esta tarde?
--Esta tarde... sí... ¡Ea, hasta la vista!
Diéronse la mano y se separaron.