Honor de artista

Chapter 4

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Entretanto había llegado la apertura de la caza, y esta novedad trajo a los huéspedes de los Genets otro elemento de animación y de placeres. Las señoritas de la colonia se ensayaban en este género de sport, con gran desesperación y terror grande de los cazadores serios. Pierrepont era, según inapelable sentencia de su tía, el encargado de iniciar y moderar los venatorios ímpetus de aquellas jóvenes Dianas, dándole en sus funciones no escaso trabajo Mariana de La Treillade, quien, para la caza, como para otras muchas cosas, mostraba singularísimas disposiciones. Debemos confesar, a fuer de sinceros, que el marqués se ocupaba con predilección marcada de aquella señorita desde que descubriera cómo aquellos grandes y cándidos ojos encubrían tesoros de precoz perversidad, porque la verdad es que esta mezcla picante divertía su incurable dilettantismo.

La señora de Montauron, que estaba siempre en acecho, ojo avizor y oreja al viento, cayó en la eterna trampa de las apariencias, interpretándolas a la medida de sus deseos. Resolvió en vista, coger al vuelo eso que ella denominaba, el momento psicológico, y firme en sus propósitos hizo cierta mañana comparecer al marqués en la hora habitual de sus audiencias secretas. Al inexorable mandato acudió inquieto y receloso Pierrepont, porque bien, le decía su claro instinto que su tía iba a ponerlo, sin escape alguno, entre la espada y la pared.

--¡Amigo mío!--rompió la baronesa con aire de triunfo--, me parece de más preguntarte si te has decidido. Tus procederes con la señorita de La Treillade son, por dicha mía, bastante significativos; así, pues, recibe mi enhorabuena.

--Tía, ¡cuantísimo siento tener que desengañar a usted! Cierto es que la señorita de La Treillade me interesa... porque, a pesar de su extremada juventud, es una excelente actriz... pero, con franqueza, nunca me casaré con ella.

--¡Cómo! ¿qué quiere decir eso?--preguntó la baronesa roja de cólera.

--Escúcheme usted, tía.

Y Pedro le contó sin omitir punto ni coma la conversación que cierta mañana sorprendiera desde las ventanas de Fabrice, entre la señorita de La Treillade y su institutriz.

--Si antes no le había contado esto--añadió--, ha sido porque me costaba trabajo causar a usted semejante desilusión.

Desconcertada un instante bajo el golpe de tal desencanto, la baronesa recobró pronto su sangre fría y con agrio tono repuso a su sobrino:

--Después de todo, yo no veo en eso más que niñerías... baladronadas de muchacha que juega a la señora... apostaría que a pesar de eso no dejará de ser con el tiempo una honrada y amable esposa.

--¡Es posible! pero no quiero exponerme a la prueba--objetó Pedro.

--¡Nadie te fuerza, hijo mío! pero si pretendes casarte con una niña criada en una cueva, con una niña que nada haya visto ni oído y que lleve a la cámara nupcial el candor de la cuna, eres más inocente de lo que yo conjeturaba.

--Tía, no creo realmente manifestar ridículas exigencias, pidiendo a mi futura mujer principios más sólidos que los de la señorita de la Treillade, para quien los niños son polichinelas molestos, verdugos de la belleza... y en cuanto a las escandalosas historias, a las pocas decentes bromas, a los eróticos equívocos con que aquella señorita esmalta sus conversaciones con sus amigas, sé de sobra que por desdicha, es hoy moneda corriente entre señoras de alta sociedad, y aun, lo que es peor... entre solteras... Pero, si me caso, es precisamente para no oír en mi casa lo que escucho en la de cualquier cortesana... Todo lo contrario, deseo para siempre olvidar ese tono, ese lenguaje de que me siento harto hasta el fastidio... ¡Quiero respirar un poco de aire puro en mi hogar!

--Amado mío--replicó con cierta dulzura la baronesa, en quien el firme y serio acento de Pierrepont causó efecto--, esos sentimientos te hacen honor ciertamente... si tantas prevenciones guardas contra las jóvenes del día, bien puedes ir pensando en renunciar al matrimonio... porque, dime, ¿en qué parte del mundo vas a encontrar una señorita que no sea un puro misterio?

--¡Tía, francamente! antes de correr el riesgo de casarme con un misterio como la señorita de La Treillade, preferiría mil veces meterme en la Trapa... pero, en fin, si es imposible, como el otro día me decía usted, tomar las mujeres a prueba, no creo que lo sea encontrar alguna que ofrezca ciertas garantías... alguna que especiales circunstancias... una educación particular... aquélla, por ejemplo, que se adquiere en la desgracia... hayan puesto de relieve sus méritos... y cuyo pasado constituya una seguridad para el futuro.

La vieja dama echó furtivamente torcida y equívoca mirada a su sobrino, y frunciendo sus pálidos labios objetóle con agridulce tono:

--¡Sí, sin duda! puede encontrarse la joya que deseas... pero debo antes observar que las niñas criadas en la escuela de la adversidad, generalmente no tienen un cuarto.

--¡Tía, el dote para mí es cuestión secundaria!

--¡Claro está!... ¡Eres tan rico!... ¡tienes gustos tan sencillos!... verdad es que, según toda probabilidad, serás mi heredero... pero me permitirás te recuerde que tendrás que esperar mucho tiempo... Mi padre murió de ochenta y cinco años, de lo que puede deducirse que yo tengo aún treinta por delante... y no te ocultaré que mi intención es ésa...

--¡Tía!--exclamó Pierrepont con acento de sentido reproche.

--¡Bien!, te ofendo... tienes razón... estas decepciones me ponen de mal humor... ya hablaremos de nuevo... ¡ahora vete!

Y Pierrepont se retiró, besando antes a la baronesa en las dos manos.

Una vez sola, levantóse aquélla bruscamente de su sillón y dio algunos pasos por su gabinete, aspirando con descomunal ira el frasco de inglesas sales, mientras que se entregaba para su corpino a este aproximado monólogo:

--¡No hay duda! Piensa en ella... ¡Como que ya yo lo había barruntado!... ¡Claro, sus atenciones para con ella!... ¡Su distraída indiferencia hacia las demás!... ¡Sus perpetuos aplazamientos!... ¡Nunca lo hubiera creído capaz de semejante locura!... ¡Qué absurdo!... ¡Qué absurdo tan culpable!... ¡Primero, quitarme a esa muchacha que ha llegado a serme indispensable!... Después, imponerme la carga de mantenerlos, porque los desafío a que vivan si yo no los ayudo... ¡Están frescos!... Pero, ¿se entienden?... ¿Se han puesto de acuerdo?... ¿Es tiempo todavía de parar el golpe?... ¡Eso es lo que ante todo necesito averiguar!

Llamó, presentándose una doncella.

--A la señorita Beatriz, que venga.

Aproximóse la baronesa a su tocador, humedeció su frente y mejillas, por la emoción enrojecidas, y volvió a sentarse, con una falsa sonrisa en los labios, cuando Beatriz entró.

--Señora...

--¡Escúchame, hija mía!... Esta pasada noche reflexionaba... pensaba en ti... pensaba que yo era para ti todo lo que debo ser... todo lo que quiero ser... Soy una anciana enferma... Esa es mi excusa... Tus cuidados, tus buenos oficios me son preciosos, no lo oculto... sería para mí contrariedad muy grande verme privada de ellos.

--Pero, señora, yo absolutamente pienso...

--Sé lo que vas a decir... no piensas abandonarme, y eso me encanta... Sin embargo, si defecto hay en el mundo que me sea antipático y del cual trate de preservarme con el mayor cuidado, es el egoísmo... y la noche pasada me preguntaba a mí propia si el valor extremo que concedo a tu compañía no argüía un poco de aquella pasión con respecto a ti... Así, pues, hija mía, me ha parecido conveniente decirte que de ninguna manera pretendo confiscar tu vida en mi provecho... Eres bonita, hija mía, y a pesar de la adversidad que con tanta injusticia te ha herido, no es imposible, ni mucho menos, que algún pretendiente aspire uno u otro día a tu mano...

--Señora, aseguro a usted...

--¿Que esta circunstancia no se ha presentado todavía, vas a decirme?... ¡Sea! pero puede ofrecerse de un momento a otro... Aquí, como en París, recibo mucha gente, y nada tendría de particular, que el día menos pensado saliese al paso un hombre de gusto y de corazón... (espéralo sentada, se dijo para sí la baronesa). En fin, lo que en resumen quiero decirte es que, si el caso llega, no obstante el sacrificio que tu ausencia fuese para mí, ten la seguridad de que yo nunca sería un obstáculo... Muy al contrario, en mí hallarás el más decidido apoyo... Permitiéndome poner una sola condición, que te parecerá, creo, muy natural... Y es que me prometas no comprometerte a nada sin prevenirme de antemano.

--Señora, ése es mi deber, y puede usted estar segura de que jamás faltaré a él.

--¡Bueno, hija mía! permíteme un beso.

Beatriz se levantó y le presentó la frente.

--¡Ah!--prosiguió la baronesa haciendo seña a la huérfana de que se sentara de nuevo, y cual si de pronto hubiera venido a su memoria un detalle olvidado por azar...--Aun tengo que decirte algo... por más que la precaución sea inútil... Al dejarte entera libertad en la elección del hombre que escojas para marido, queda dicho, sin embargo, que hago una excepción: mi sobrino Pedro.

Al oír estas palabras, tan rápida y profunda fue la turbación de la lectriz, que pareció imposible a la baronesa hacerse la inadvertida.

--¡Oh! ¡compréndeme, hija! ¡No des mal sentido a mis palabras! No hay en ellas nada de depresivo para ti... Por otra parte, nada tampoco tengo que decir de tu comportamiento personal... Es irreprochable... Y no ignoro que eres, por tu nacimiento y tus particulares prendas, digna de mi sobrino... Y aun ve si soy sincera: añado que, a mi entender, Pedro, al menos hasta ahora, no piensa en ti más de lo que tú piensas en él... Pero, al cabo, es deber de una madre... ¿no soy yo como una madre para ti?... es deber de una madre prever aun lo imposible cuando entra en juego el interés y la dicha de sus hijos... ¡Sé bastante generosa para escucharme hasta el fin!... Pues bien, si alguna vez pudiese entrar en la cabeza de mi sobrino y ceder a la tentación del atractivo que el fruto prohibido tiene para los vividores hastiados como él, me creeré en la imperiosa obligación de oponerme, por todos los medios posibles a la realización de su capricho... Voy, hija mía, a ponerte al corriente de nuestros secretillos de familia. ¡Tan grande es la confianza que me inspiras!... Mi sobrino Pedro no tiene sino... una insignificante fortuna, que basta apenas, aun sumadas las larguezas que yo agrego, que basta apenas, decía, a persona de su nombre y aficiones, para llevar pasablemente y con cierto decoro su vida no ejemplar de soltero... Supón que en una hora de locura se case con una muchacha sin dote... es la estrechez... la miseria... y, lo que es peor, a la larga un detestable hogar... porque mi sobrino, ya su capricho satisfecho, concluiría por tomar aborrecimiento a la mujer que lo habría reducido a una premiosa existencia... Verdad que hasta ahora es el heredero de mi fortuna, mas en primer lugar no he muerto... y puedo vivir todavía muy bien una treintena de años. (¡Tal era su ardiente deseo!) Y, en segundo, si Pedro se casa contra mi voluntad, no solamente tendría que dejar de contar conmigo en vida, sino lo que es más, declaro inapelablemente que lo desheredaría, sin titubear un solo minuto... ¡Por cierto que anda por ahí un sobrino de mi marido que, si tal sucediera, se daría con una piedra en los dientes!... Ahora, hija mía, que te he abierto mi corazón, como sentía necesidad de hacerlo, sólo me queda dirigirte una súplica... Ya te he dicho cuan satisfecha estoy de tus atenciones y de tus cuidados... ¿Tendré la satisfacción de saber que por tu parte concedes alguna estima a lo poco que en tu obsequio he hecho hasta ahora?

--Señora, no lo dude usted un momento.

--Pues bien, hija mía, se te ofrece la ocasión--dijo la anciana dama con solemne acento--de mostrarme tu gratitud; empéñame tu palabra de señorita, y de señorita de noble clase, de que lo que te acabo de manifestar será para siempre un secreto a guardar entre las dos.

--Empeño a usted mi palabra.

--¡Eres un tesoro, hija mía!... dame un beso... ¿quieres decir abajo que no me aguarden para almorzar?... No me encuentro bien... Cuando me dejo dominar por mi desdichada sensibilidad, me pongo mala, de seguro... Di a Juan que me suba aquí alguna cosa ligera... Lo dejo a tú elección... Ya conoces mis gustos, hija mía.

--Muy bien, señora.

Y Beatriz abandonó el gabinete..

Si algo de práctico hubo, como no puede negarse, en la larga homilía de la baronesa, será preciso excusar a la señorita de Sardonne de que verdades tales y tales advertencias no fuesen de su agrado. Lo que sobre todo le había causado disgusto profundísimo, fue la falsa bondad, la cazurra malicia, la perfecta y cruel diplomacia con que esta vieja hada de la falacia la había envuelto y torturado, a fin de arrancarle como final objetivo el más doloroso de los sacrificios, sacrificio mayor todavía ahora por cuanto no escapaba a la penetrante mirada de la huérfana cómo el marqués, al mismo tiempo que no concedía a sus rivales otra cosa que las muestras de una fría urbanidad, reservaba para ella atenciones tan expresivas que rayaban casi en la ternura. La misma inquieta hipocresía de que la baronesa acababa de darle transparente testimonio, decía claro a Beatriz cuánto sospechaba la vieja dama acerca de las intenciones de su sobrino y cuánta rosada esperanza podía ella abrigar en su pecho... Y, sin embargo, ahora más que nunca se encontraba amarrada a su adverso destino, ya que no sólo había empeñado su leal palabra a la de Montauron, sí que también teñía Beatriz en sus amantes manos la suerte o la total ruina del hombre de sus predilecciones, porque conocía demasiado la huérfana a la baronesa para poner un solo instante en duda que, si Pedro se casaba contra la voluntad de su orgullosa tía, no dejaría ésta por motivo alguno de poner en práctica sus fulminantes amenazas; así, pues, veíase la joven sin ventura reducida a temer lo que anhelado había más en la vida, y ante el temor de verse expuesta, a prueba superior a sus fuerzas, rogaba al Cielo que su elegido jamás llegase a amarla.

Pero ya lo era... No había sido sin reñir violentos interiores combates que el marqués se hubiese abandonado a la pasión secreta que la señorita de Sardonne le inspirara; desde el primer día, deslumbrado por su resplandeciente hermosura, interesado por un inmerecido infortunio, púsose con prudencia en guardia contra un sentimiento cuyos peligros preveía; pero su indispensable asiduidad hacia su tía, poniendo casi diariamente a Beatriz ante su vista, habían concluído por derrotar tan sesudos propósitos. Su afición fue agrandándose al compás del tiempo, y con el transcurrir de los días llegó lentamente a ese fatal estado en que alma, corazón y sentidos llegan a absorberse en la incontrastable atracción hacia una mujer, ella sola, ella única, ella... A fuerza de verídicos, cúmplenos confesar que el ensueño que al marqués inspiraran los sombríos y profundos encantos de la hermosa lectriz, no tomó desde luego la forma de un meditado matrimonio; Pierrepont se hallaba muy lejos de ser un malvado, pero había vivido demasiado en el mundo y precisamente en ese mundo en que los crímenes de amor encuentran siempre complacientes jueces; además, la pasión tiene avasalladoras exigencias, y cuando la mujer entra en juego no hay nunca perfectos caballeros, presintiendo que sería de todo punto imposible obtener de la baronesa un consentimiento trastornador de todos sus planes, un momento se agitó en el alma de Pedro la idea de la seducción, pero ese fondo de honor y rectitud que formaban su carácter íntimo acabó por hablar, imponiéndose, y el amor quedó subsistiendo tan ardiente y más puro. La ejemplar conducta de Beatriz en la situación penosa y delicada que la desventura le había aparejado, tocaron el corazón del marqués en su más noble sitio, porque esta joven probada y purificada por la adversa suerte, esta joven seria, bella, casta, realizaba el ideal que él se había forjado de la mujer para llenar su hogar, para ser honor y encanto de su privado techo.

Su prolongada residencia en los Genets, aproximándolo aún más a la señorita de Sardonne gracias a cotidianas relaciones, fue exaltando su pasión de día en día, hasta ese punto en que ella puede ser rebelde y sorda a los argumentos de la razón, a los dictados del propio interés.

El de Pierrepont, en el asunto de su matrimonio, era por manera tan clara y evidente obedecer a su tía ciñéndose, a sus inspiraciones, que desconocerlo así habría sido demencia consumada, y como a aquél no se obscurecía esta circunstancia, la lucha que venía sosteniendo entre su pasión y su razón tomaba por estos días el más punzante y lúgubre aspecto. Decíale su buen sentido que, a ceder a sus íntimos sentimientos, concertaba un matrimonio de amor, corría el casi seguro riesgo de perder con las buenas gracias de su tía la fundada esperanza de su rica sucesión, y, en consecuencia, podría caer en estado de muy precaria fortuna, mensajera de duros sacrificios; no era un niño; sabía lo que cuesta el vivir; conocía de memoria cuán caras son las distracciones en la alta sociedad parisiense; caballos, teatros, lujo; sería necesario, pues, renunciar a todo eso, y lo que es peor aún, imponer a aquella que iba a ser su mujer privaciones idénticas.

¿Se amarían bastante en el futuro para que sus recíprocas ternuras viniesen a compensar todo lo que faltarles pudiera en presente y porvenir? Horas había en que así lo pensaba en la amante efusión de su alma, otras corrían en que la idea de sus gustos contrariados, de su porvenir sin esperanzas, de su mujer en la estrechez, lo clavaban desalentado en el umbral de sus resoluciones...

Tres días después de la entrevista que celebrara con su tía y en la cual entrevista había a medias librado a aquélla su secreto, tal vez por inadvertencia, quizás con intención, presentóse Pedro a mediodía en casa, de la vizcondesa de Aymaret. Encontró a esta señora leyendo en el terrado que se prolongaba entre la puerta de su salón, mientras que sus dos hijos de blondas cabelleras jugaban a sus pies.

--¡Dios mío! ¿qué sucede?--decía la vizcondesa a Pierrepont que la saludaba--; ¿qué hay?... ¡Qué pálido está usted!... ¿Está usted malo?

--¡Absolutamente!--replicó Pedro sonriendo--. Solamente vengo a pedir a usted un favor un tanto enojoso... ¿Podría hablar a usted un momento a solas?

La vizcondesa echóle sorprendida y curiosa mirada.

--¡Entremos!--replicóle después.

--¿Puedo cerrar las puertas?--preguntó el marqués.

--¡Ciertamente!

Pierrepont cerró las ventanas sentándose a algunos pasos de la vizcondesa.

--Cuando decía a usted el otro día durante nuestra navegación que desearía tomar mujer por elección de usted, declinó usted esa responsabilidad, pero al mismo tiempo creí comprender que un nombre estaba a punto de caer de sus labios...

--¡Es posible!

--¡Dígamelo!

--¡Nunca!

--¿Ni aun cuando yo rogara que tuviese usted a bien ofrecer mi mano a su amiga Beatriz?

--¿De veras?--murmuró la vizcondesa.

--No me permitiría jamás, vizcondesa, la broma más leve en asunto tan serio.

Un relámpago de intensa alegría iluminó de pronto el gracioso rostro de la señora de Aymaret, y lanzando un grito de contento, tomó vivamente las manos de Pedro, diciendo a éste:

--¡Ah! es usted un perfecto caballero.

--¿Quedamos, pues, en que se encarga usted de mi embajada?

--¡Ya lo creo!--replicó la encantadora vizcondesa saltando de gozo.

--Pero, puesto que es usted un poco confidente de la señorita de Sardonne, ¿no puede usted calcular cómo acogerá la misiva?

--Debo decirle con franqueza que no conozco absolutamente sus íntimos secretos... si los tiene... Pero, en fin, según lo que yo me imagino, quedaría más que sorprendida si su demanda de usted no fuera bien acogida.

--Usted sabe muy bien que no soy rico--añadió Pedro con cierta timidez.

--Para ella lo es usted... ¡pobre Beatriz!... y además...

Aquí interrumpióse de súbito y preguntó a Pierrepont:

--¿Qué dice de esto su tía de usted?

--No dice nada, porque nada sabe.

La señora de Aymaret se incorporó bruscamente en su silla.

--Pero, querido amigo, eso es muy grave... puede usted encontrar en su oposición un obstáculo invencible.

--Puede proporcionarme la oposición de mi tía una grave contrariedad, mas suscitarme un obstáculo invencible, no, porque desde el momento que he dado cerca de usted este paso es que estoy decidido a todo.

--Amigo mío, bien sabe usted que su matrimonio con Beatriz ha sido siempre mi más cara ilusión... pero soy demasiado amiga de usted para no preguntarle si ha reflexionado usted maduramente sobre las posibles consecuencias que para usted pueda tener su resolución.

--Todo lo he previsto, mi buena amiga... Es evidente que mi tía, que abriga sobre mí otros proyectos, se mostrará al principio muy irritada... Sin embargo, me parece que el cariño que me tiene no es grande, en tanto que es muchísimo su apego al nombre de familia, de que yo soy el único representante... Fundándome en esto, no desespero de traer a mi tía a la razón a fuerza de cariño y de buenos procederes... aunque no se me oculta que corro el riesgo de enajenarme su voluntad en el presente y quizás en el futuro... Faltaría a la verdad si no le confesase a usted que me sería doloroso renunciar a las esperanzas de mejor posición que por ese lado abrigo... pero aún es para mí más ingrato abandonar este proyecto de casamiento con su amiga de usted, en que fundo mi dicha... Todo lo que deseo es que la señorita de Sardonne acepte mis proposiciones dignándose concederme su mano, sin que entre en sus designios ser mañana la poseedora de una fortuna que puede muy bien escapársenos... ¿Puedo contar absolutamente con usted a fin de que le indique cuál puede ser nuestro porvenir si mi tía me deshereda?

--Ciertamente puede usted.

--Usted sabe mi fortuna personal... Usted sabe que es muy modesta... pues bien, que la señorita de Sardonne no lo ignore.

--Creo que Beatriz se preocupará bastante menos que usted de esos detalles... Tiene naturalmente gustos elegantes y distinguidos, porque es una gran señora... pero suelen ser las grandes señoras las que mejor saben llevar, si el caso se presenta, una vida modesta y sencilla... Sin embargo, déjeme usted reflexionar un poco.

Apoyó el brazo sobre el velador, dejando caer en la mano su adorable cabeza, y después de meditar un momento preguntó a Pedro, cubiertas de rubor las mejillas, si le causaría invencible sonrojo aceptar una no abrumadora ocupación que pudiera añadir a sus medios serios recursos. Aseguróle la vizcondesa que ella tenía amigos y parientes en importantes empresas financieras, y que no le sería difícil encontrar para él uno de esos empleos en que se pide más la respetabilidad que los conocimientos especiales. El marqués le dio las gracias, no sin enrojecer a su vez un poco, mostrándose cordialmente dispuesto a aprovechar sus buenos oficios.

--¿Y cuándo quiere usted que hable a Beatriz?

--Vizcondesa, lo más pronto posible, le suplico... le aseguro que hasta que conozca su respuesta estaré en angustias de muerte... Usted ve que a esta carta juego mi porvenir... es para mí un momento solemne... y, a pesar de sus seguridades de usted... qué sé yo... no tengo gran confianza... ¡tengo miedo!

--¡Hola, amiguito!--arguyó la de Aymaret riendo--. ¡Bueno, voy a darle una cita para mañana!

Acercóse a su escritorio y escribió este corto billete:

«Querida, quisiera verte un instante a solas, tengo algo que decirte. Mañana a las 10 estaré en tu casa. Mil besos.--_Elisa._»

Entregó la esquela a Pierrepont, conviniendo con él en que al día siguiente se verían en una de las avenidas de los Grenets después de la entrevista con Beatriz.