Chapter 3
--Sí, pero sin distinción--arguyó la niña, haciendo desdeñosa mueca--. El otro... ese sí... el amigo Pedro... ¡ese sí que quisiera yo encontrármelo una noche en cualquier rincón del bosque!
--El encuentro sería un tanto peligroso--objetó Eva.
--Donde no hay riesgo, no, hay deleite--apoyó Marianita--. Entre paréntesis, ninguna lástima tengo yo a mi prima la de Aymaret, que le ha dado su corazón... etc. Digo, así se dice, yo no sé si es verdad... lo que sí sé es que se ven casi todos los días... con este pretexto... y con aquél... y con el de más allá.
--Parece que no es muy dichosa con su marido la pobre vizcondesa, ¿es cierto?
--¿Qué mujer es dichosa con su marido, mi buena Eva? Y si no, vea qué bien se entienden los Laubécourt, que son nuestros compañeros de temporada.
--Es verdad, he notado que tienen siempre los dos caras de entierro... ¡mire usted que algunas mañanas en el almuerzo!
--¡Algunas mañanas! ¡Y peor algunas noches!
--¿Cómo así?--preguntó Eva.
--Pero, querida, mía, ¿no sabe usted las causas de sus desavenencias?... El señor de Laubécourt tiene pasión por los niños, en tanto que a la señora la horrorizan... y tiene razón, a mi entender.
--¡Oh! ¿por qué, amada mía?
--Primero, porque nada hay más incómodo ni más enojoso que esos muñecos para una mujer que ama la sociedad... segundo, porque cuando se es bonita desea conservarse el mayor tiempo posible... y los niños, es sabido, son los verdugos de la belleza.
--No comprendo, Mariana, ¡a mí me parece...!
Aquí Mariana bajó la voz para responder, y pareció como que explicaba algún trascendental misterio a su amiga, quien enrojeció ligeramente.
--Ahora me explico--manifestó ésta con aire pensativo--por qué el señor de Laubécourt tiene un aspecto de tanta tristeza.
--¡Si no fuera más que tristeza!... pero es que casi todas las noches, en su cuarto, pasa con su mujer escenas terribles.
--¡Ya lo creo! ¡hay de qué! ¿Y qué es lo que aquélla le responde?
--Le responde... le responde... ¡chito!--concluyó Marianita.
Al decir esto las dos rompieron en una carcajada, y como la campana anunciara el almuerzo, se alejaron en dirección al comedor.
Aún no se habían perdido de vista, cuando Fabrice, que durante el sorprendido curioso diálogo cambiara con Pierrepont frecuentes y edificantes miradas, le preguntó a éste con la calma que le era habitual.
--¿Quién es esta expeditiva señora, esta preciosa Mariana?
--Mi buen Fabrice--dijóle el marqués--, no es una señora, es una señorita.
--¡Diablo!--replicó vivamente el pintor--. ¿Y la otra... Eva?
--Es su institutriz.
--¡¡Dia...blo!!--acentuó Fabrice con energía.
Y volvió tranquilamente a preparar su paleta.
--Como hoy mismo voy a presentarte a esas inocentes, sería inútil ocultarte que tan aventajada criatura es la señorita de la Treillade, y no parece de más advertirte que esta mañana precisamente, me la recomendaba, mí tía cual un modelo de todas las virtudes... Verdad es que añadía que era muy instruída... en lo que, como has visto, no se equivocaba... Cuando pienso que tal vez me hubiera decidido por ella, siento escalofríos... Ahora comprenderás por qué razón he prescindido de todos los principios de la delicadeza ante la idea de darme exacta cuenta sobre los principios de esa señorita... Diríase que la suerte me ha presentado la ocasión de juzgarla... Te aseguro que no me arrepiento de mi falta... ¡Vamos a almorzar!
V
LA VIZCONDESA DE AYMARET
El primer impulso de Pierrepont fue ir a contar en caliente a la baronesa la instructiva conversación que acababa de sorprender, entre la que aquélla llamaba su joya predilecta y la digna institutriz de tal encanto; pero, después de haber reflexionado un poco, prefirió aplazar la modificación, reservándola como un argumento dilatorio para el día en que la señora de Montauron lo empujase de nuevo a resolverse en definitiva. Atormentado por dudas de que el lector conocerá pronto la causa real, si ya no es que la haya adivinado, el joven marqués, en sus indecisiones, deseaba ante todo ganar tiempo. Continuó, pues, durante aquel día y los sucesivos, tomando parte activa en las distracciones de la bulliciosa colonia que habitaba los Genets, haciendo creer a su tía que se ocupaba a través de juegos y de risas, en profundos estudios y maduras observaciones acerca del carácter de aquellas señoritas, quienes, en realidad, lo tenían sin cuidado.
Entretanto, el retrato de la señora de Montauron adelantaba poco a poco. Las sesiones artísticas se tenían en el salón blanco, y después de la interesada y del pintor, únicamente Beatriz asistía a ellas; pero autorizado por su competencia en materias artísticas, solía el marqués introducirse tal cual vez en el santuario, aparentando seguir con el más vivo interés el trabajo del pintor, quien pudo advertir con ese motivo las respetuosas atenciones que Pedro demostraba siempre a la lectriz de su tía. Era el único de entre los huéspedes del castillo que la tratase de igual a igual; todos los demás, con especial las señoras, tomaban ejemplo de la baronesa, para afectar con la pobre Beatriz aires de fina superioridad o de desdeñosa protección. Fabrice notó que aquella parte más penosa en las funciones de la lectriz las prevenía Pierrepont con el mayor cuidado; él era quien se levantaba para acercar el taburete, colocar un cojín, abrir una ventana, llamar un criado, desviviéndose, en fin, por satisfacer los caprichos sin número de una anciana señora enfermiza, nerviosa, y de un tan imperioso, cuanto superlativo egoísmo. Pero la baronesa parecía preferir con mucho los servicios de la señorita de Sardonne a los de su sobrino.
--Muy bien, Pedro... mucho te lo agradezco... y Beatriz también, supongo... aunque te diré con franqueza que los hombres tienen la mano demasiado pesada para estos delicados menesteres... no hay como Beatriz para arreglarme los cojines sin molestarme... ¿No es verdad, señor Fabrice?... Además, hijo mío, no quiero monopolizarte... tú eres aquí un poco dueño de casa... y te debes a mis huéspedes, que son también los tuyos... Anda, pues, con ellos... anda... ¡dame gusto!... anda.
De todas las amigas de infancia de Beatriz, una sola, mayor que ésta en dos o tres años, le había quedado obstinada y tiernamente fiel. Esa amiga era la vizcondesa de Aymaret, prima de la señorita de La Treillade, cuya linda calumniadora había perfidamente asociado el nombre de aquélla con el del marqués de Pierrepont, en su crónica escandalosa. La señora de Aymaret habitaba el verano la pequeña posesión de las Loges, situada a dos kilómetros, poco más o menos, de los Genets. En el campo como en París, dejaba raras veces pasar una semana sin ir a ver a Beatriz, arrostrando denodadamente para llenar tan sagrado deber de amistad, las temibles iras de la señora de Montauron, quien temía, juzgando por varias apariencias, que la amable persona no viniese a ser un obstáculo para el deseado casamiento de su sobrino.
Pierrepont, que tal vez sin motivo no tenía muy alta opinión de las femeninas virtudes, alababa con calor las de la señora de Aymaret, de lo que la baronesa venía a deducir, con mundana lógica, que era su amante.
Sea como quiera, es lo cierto, que la vizcondesa de Aymaret constituía para la señorita de Sardonne, tan sola, tan abandonada, un consuelo y una confidente de impagable precio: sólo delante de ella abandonaba alguna vez Beatriz su máscara impasible dejando correr sus lágrimas... Y, sin embargo, aun para ella guardaba su corazón un secreto. Cierto día, habiéndola encontrado la vizcondesa en su alcoba deshecha en llanto a consecuencia de una de esas humillantes escenas que la señora de Montauron no le evitaba, rogóle vivamente su amiga que abandonase el servicio de la vieja dama, aceptando un asilo en su propia casa. Beatriz titubeó al pronto, pero después de un momento de reflexión respondióle abrazándola:
--¡Qué buena eres!... ¡Cuánto te lo agradezco!... pero excúsame... soy todavía, a pesar de todo, demasiado altiva, para aceptar casa y mesa por pura caridad... Aquí al menos sirvo para algo... tengo deberes... presto algunos servicios, gano mi pan... en tu casa no sería otra cosa, al fin, que una parásita.
Como su amiga procurase afectuosamente vencer sus escrúpulos, Beatriz le replicó sonriendo tristemente...
--¡Y además, tu marido me haría la corte!
La señora de Aymaret, que conocía bien a su consorte y que lo sabía capaz de violar sin escrúpulo alguno las santas leyes de la hospitalidad, inclinó con dolor la cabeza y no insistió.
El vizconde de Aymaret hubiera deseado, como otros tantos en el mundo, haber sido un hombre honrado, sobrio, arreglado de conducta y enemigo de la sota de copas, y si le gustaban las mujeres, el juego y el vino hasta, el escándalo y la degradación, era... que no podía remediarlo. Los psicólogos lo mirarían quizás como una víctima del determinismo, pero para el común de mártires era sencillamente un tunante.
Tenía agradable aspecto, y no le faltaba inteligencia; mucho lo había amado su mujer, pero él hubo de observar tal comportamiento con ella que la vizcondesa concluyó por profesarle el más completo desprecio. Sentía hacia su marido, sin embargo, una especie de lástima, y aun se prestaba a la singular manía en que últimamente aquél había dado revelando a su propia mujer, sus pérdidas al juego, sus desventuras amorosas, su naufragio moral, y cómo le eran indispensables las mujeres para consolarse de las traiciones del juego, y el vino para olvidar las femeninas veleidades. Se dirá que en escucharlo probaba su mujer paciencia de santa, pero hay de entre aquéllas algunas que merecen ser canonizadas.
La señora de Aymaret tenía dos hijos de este indigno marido, dos hijos que fueron su consuelo y en los cuales cifraba todas sus afecciones. Era una de esas raras mujeres que el marqués de Pierrepont hubiese seriamente amado; la habría amado por sus suaves encantos, por un no sé qué de luminoso que orlaba su blonda cabeza, por la gracia de su aristocrático marchar, por la tierna claridad de sus tiernos ojos, que como los de Enriqueta de Inglaterra, parecían estar siempre pidiendo besos. Y todavía aún la hubiera amado porque era honrada, por ese atractivo inexplicable que para todo humano inmortal tiene el prohibido fruto; la habría también amado por un impulso de generosa simpatía, porque mejor que a nadie eran notorias a Pedro las íntimas tristezas de la vizcondesa. Miembro del mismo club que de Aymaret, había visto más de una vez a su consorte, en los comienzos de su matrimonio, venir a buscarlo en la mañana enrojecidos los ojos por las lágrimas y el insomnio.
En resumen, procuró al principio el vizconde consolarla, sin alcanzar su objeto; muy admirado de su previsto fracaso, acabó por aceptar francamente su situación, ese hombre de mundo, contentándose con esa especie de reservada amistad que le ofrecía su adorable cónyuge. Desde ese día, continuaron tratándose bajo el pie del confiado compañerismo, fácil, y no exento de cierta ironía.
La señora de Aymaret, que era grande entusiasta por las artes, sentía viva admiración por los talentos de Jacques Fabrice. Poseía la vizcondesa algunas acuarelas que databan de los primeros tiempos del pintor, verdadero tesoro de cuya propiedad considerábase orgullosa. La llegada del artista a los Genets despertó en ella ardiente curiosidad, y le gustó el hombre por su modesto continente y su grave melancolía. Constantemente preocupada de la situación penosa y precaria de su amiga Beatriz, recordaba ella que antes de los desastres de la familia de Sardonne, había demostrado aquella joven serias aficiones por la pintura a la acuarela, y la señora de Aymaret se dijo que Fabrice podría darle algunas lecciones durante su residencia en los Genets, alentando al mismo tiempo sus naturales disposiciones y dando así vida a sólidas aptitudes que podrían asegurar tal vez a la huérfana una existencia independiente en lo futuro. Beatriz, a pesar de su amargo desapego a todo, aceptó la idea con algún interés.
--Pero--objetó a su amiga--, ¿cómo pedir semejante favor a ese caballero?... Yo nunca me atreveré.
--Podrías--replicóle la vizcondesa--rogar al señor de Pierrepont que se encargara de hablarle.
--No--dijo Beatriz--; el señor de Pierrepont podría disgustar a su tía dando ese paso.
--No me parece que la epidermis del marqués sea tan delicada por lo que se refiere a manías de la baronesa... Por otra parte, nada nos obliga a desenvolver a Pedro nuestro plan de operaciones... Es natural que tú procures perfeccionar tus conocimientos cuando la ocasión se te presente... ¿Quieres que yo le hable al marqués?
--Me harías un gran favor.
El mismo día que ocurrió esta conversación, la banda de invitados fue a visitar cierta estación termal próxima a los Genets. Pierrepont se había quedado en el castillo pretextando una ocupación cualquiera, y como la señora de Aymaret saliese del parque para volver a los Loges, atravesando el vecino bosque, advirtió que Pedro se hallaba desatando una canoa junto al estanque que alimentaba el riachuelo del parque.
--¿Cómo vamos?--díjole la vizcondesa, haciéndole con su sombrilla señas de que se acercase--. Tengo que hablar a usted.
--Escuchar es obedecer--respondió Pedro alegremente.
--Pues bien: usted sabe o no sabe que Beatriz trataba muy lindamente la acuarela antes de sus desgracias... Ella desea volver a las andadas y tomar algunas lecciones del señor Fabrice durante su residencia aquí... ¿Se puede contar con los buenos oficios de usted?
Pierrepont reflexionó algunos segundos.
--Con mis buenos oficios no puede contarse en este caso, vizcondesa; con los de usted, sí... Dicho se está que estoy enteramente a la disposición de usted y de la señorita de Sardonne... pero siendo Fabrice invitado mío, estoy seguro que usted se abstendría de pedirle cosa que podía tener los visos todos de una semi-imposición... mientras que si usted misma le presentase el memorial, ya eso tiene otra forma... Mire usted... precisamente iba a embarcarme para ir a buscarlo... Está sacando un croquis al pie de la cascada, allá abajo... ¿Quiere usted venir conmigo?
--¿Embarcada?--preguntó la señora de Aymaret.
--¡Embarcada! ¿Por qué no?... es a cinco minutos de aquí... Si es el _tête-à-tête_ lo que asusta a usted, no será largo... Otros hemos visto peores, créalo usted... Por otra parte, así queda usted a dos pasos de su casa... Vamos, querida vizcondesa, confianza... confianza.
--¡Vamos, pues!
Y apoyándose en el brazo de Pierrepont, saltó con ligereza a la canoa.
Pedro tomó los remos, puso aquélla en movimiento y, abandonándola al hilo de la corriente, se dejó ir suavemente.
Y por cierto que era encantador este riachuelo oculto bajo el follaje de los sauces y de los fresnos que festoneaban sus orillas. Únicamente habíase practicado acá y allá algún ligero claro para comodidad de los aficionados a la pesca. Además, se deslizaba en silencio bajo arcos de verdura apenas interrumpidos lo bastante para que el sol dejara pasar tal cual dorado, tembloroso rayo.
Después de un momento de silencio, Pierrepont interpeló bruscamente a su compañera en ese tono, medio serio, medio irónico, que era de uso entre ellos.
--¡Señora de Aymaret!
--¡Mi querido amigo!
--¿Sabe usted que quieren casarme?
--¡Es natural!
--¡Pues bien... decididamente, huyo el cuerpo a ese santo lazo... estoy desalentado!
--¿Por qué?
--¡Porque cuanto más observo, más me convenzo de que ya no hay niñas honradas, y, por consecuencia, no puede haber tampoco fieles esposas!
--¿Qué ha dicho usted?
--Digo, que ya no hay mujeres honradas... al menos en nuestra clase... es una especie desaparecida.
--¡Perdone usted!--repuso la señora de Aymaret--. ¿A mí se atreve usted a decirme eso?
--Bien sabe usted que a usted la exceptúo... Usted ha nacido virtuosa, es su complexión de usted, pero... es una complexión rara.
--¡Ah! perfectamente--replicó la vizcondesa--, así nos juzgan ustedes... ¡no hay mujeres honradas!... y si se encuentra una de la que por casualidad no dudan ustedes... entonces es que ha nacido así como hubiera podido nacer tuerta... no hay mérito porque no ha habido ni tentación, ni lucha, ni nada... ¡Ay, Dios mío! ¡qué duro de oír es eso, y cuán ligeras, injustas y crueles son esas apreciaciones!
--¡Querida vizcondesa!--murmuró Pierrepont, conmovido por el sincero acento de aquélla.
La señora de Aymaret prosiguió diciendo en contenida, aunque vibrante voz:
--No puede llamarse una traición que yo hable de los detalles de mi vida íntima... todo el mundo los conoce, y usted mejor que nadie... Y usted sabe que si jamás una mujer tuviera disculpa en conducirse mal... esa mujer sería yo... pero no, tengo hijos... dos hijos, y quiero que mañana se diga... «Si el padre era un pobre hombre... un desgraciado loco... la madre fue una mujer honrada... una digna persona...» ¿Y usted cree que resignarme a esto me ha sido fácil... no es verdad?... Me ha sido fácil porque es mi temperamento... porque he nacido así... sin pasiones y sin debilidades... ¡Ay, Dios mío, Dios mío, y lo cree usted!... ¡lo cree usted! ¡usted!...
--¡Señora!--balbuceó el marqués con emoción y dificultad--; sería en mí una necedad insigne pensar siquiera... por más que halagase mi amor propio... Sin duda he comprendido a usted mal...
--¡No!--continuó la vizcondesa con mayor vivacidad aún--. Me ha entendido usted muy bien... de usted se trata... Usted me ha hecho la corte... No sé si usted me amaba entonces... en cuanto a mí, lo amaba a usted... y... lo amo todavía... lo confieso a usted atrevidamente... y lo confieso a usted porque mi franqueza no tendrá consecuencias... Honrada soy y honrada seré, por mis hijos... Así, pues, crea usted... crea usted... que nunca seré su amante... pero nunca tendrá usted una amiga mejor que yo... De eso puede estar seguro.
Y apartó su mirada del rostro de Pedro, enjugándose una furtiva lágrima.
--¡Déme su mano, señora!--díjole el marqués.
La vizcondesa accedió a su ruego, y él entonces, sin añadir una palabra, besó delicadamente la mano de aquélla.
Siguióse en seguida un largo silencio, apenas turbado por el leve murmullo del agua: Pierrepont lo rompió primero, procurando volver a la ligera tonalidad acostumbrada entre los dos.
--En realidad, usted tiene un poco la culpa en las contrariedades que me está haciendo soportar este matrimonio... porque si no hubiera conocido a usted sería menos difícil.
La señora de Aymaret movió graciosamente la cabeza sin responder.
--Me gustaría--añadió el marqués con seriedad--, recibir una esposa de su mano.
--Es muy delicado eso... Jamás me atreveré a arrostrar semejante responsabilidad... nunca osaría designarle una persona... aun cuando su nombre estuviera para caerse de mis labios.
--¿Qué quiere usted decir con eso?
--Nada.
--¿Piensa usted en alguien?
--En nadie.
--¡No es usted sincera en este punto!
--¡No! pero doblemos la hoja, hablemos de otra cosa, se lo ruego... ¿Es complaciente su amigo Fabrice?... ¿Sería amable conmigo si tuviese necesidad de pedirle algún favor? ¿Qué cree usted?
--Estoy seguro de que sí... Pero es necesario que bajemos aquí; de otro modo la corriente nos arrastraría por encima de la esclusa.
En efecto, el riachuelo caía en el Orne a poca distancia, franqueando un pequeño dique. El salto de agua se dividía en dos brazos, de los cuales uno daba movimiento a un molino instalado en la orilla. He ahí el motivo de paisaje que Fabrice bosquejaba cuando la señora de Aymaret y Pierrepont se le juntaron.
Después de los cumplimientos de usanza, la señora de Aymaret, ruborizada--por nada se ruborizaba esta mujer adorable--, habló al pintor de su pretensión, que el artista acogió con la mejor voluntad.
--Será para mí un placer--dijo a la vizcondesa--, dar consejos a la señorita de Sardonne, aunque ella haya abandonado un poco el estudio de la acuarela... ¿La señorita de Sardonne copiaba ya la naturaleza o únicamente la muestra?
La señora de Aymaret, siempre ruborizada, no pudo asegurarle nada sobre aquel particular.
--¿Y qué hora preferiría la señorita de Sardonne para sus lecciones?
La señora de Aymaret interrogó a Pierrepont con una mirada.
--Creo--respondió el marqués--, que la señorita Beatriz no tiene durante el día más que, una hora libre... es aquella en que mi tía duerme la siesta después del almuerzo.
--Perfectamente; entonces ésos son nuestros momentos.
La propiedad de la vizcondesa hallábase frente del molino: los dos amigos la acompañaron hasta la portada y volvieron a los Genets haciendo comentarios sobre los atractivos de aquella encantadora criatura; mas de Beatriz no hablaron ni una sola palabra.
VI
EL SECRETO DE PEDRO
Fabrice presentó aquella noche misma sus servicios a la señorita de Sardonne, quien pagó su atención con una de aquellas hermosas sonrisas que tan de tarde en tarde iluminaban con dulzura tanta sus trigueñas mejillas. Deseó el pintor ver algunos de los bosquejos por Beatriz comenzados, mostrándoselos ésta con cierto aire de confusión; eran copias directas de la naturaleza misma que el artista no halló desacertadas. Convinieron, pues, en que a contar del día siguiente al de la entrevista empezarían de nuevo, y durante la siesta de la baronesa, los interrumpidos estudios sobre la acuarela, bajo la dirección de Fabrice.
Imposible era poner en práctica proyectos tales sin contar de antemano con el no fácil beneplácito de la señora de Montauron, encargándose el marqués de empresa tan de por sí escabrosa, y éralo ella tanto, que tía y sobrino estuvieron a punto de reñir con este motivo ligera escaramuza. La baronesa creía que bajo las inesperadas artísticas aficiones de su lectriz emboscábase una intentona de emancipadora rebelión, y ya que no pudiese oponer un formal veto sin manifestar al desnudo su celoso despotismo, desahogó su mal humor presentando un diluvio de objeciones.
--¡Es gracioso que esa señorita se permita disponer de su tiempo sin mi permiso!--dijo a su sobrino.
--Perdone usted, tía, no dispone sino de aquel que buenamente le deja usted libre.
--¡Es que puede hacerme falta a cada momento!
--¡Vamos, tía! ¿para qué puede usted necesitarla mientras se halla usted durmiendo?
--¡Sí, pero me parece absurdo que yo la tenga toda la vida a mi lado para proporcionarme el placer de verla embadurnar papel de marquilla!
--¡La pobre no tiene tantas distracciones que digamos, mi buena tía... y ésta es tan inocente!
--¡Sí, inocente!... ¡por supuesto!... ¡qué tontísimo eres!... yo estoy segura de que Fabrice gusta a... a su señoría... No puede negarse, la verdad que es hermoso, con la más peligrosa de las hermosuras... la hermosura tenebrosa de los hombres de inteligencia... y luego, eso, el prestigio del talento... ¿Crees tú que esos cotidianos _tête-à-tête_ entre maestro y discípula no han de traer sus consecuencias?
--Sí, tía, lo creo... sobre todo cuando el alumno es la señorita de Sardonne.
--¡Muy bien! ¡Me gusta! ya verás cómo esas dichosas lecciones nos van a proporcionar un disgusto.
Así, después de haber dado rienda suelta a su enfado, se resignó la anciana dama a que Beatriz tomase lecciones de acuarela: por ende todos los días, entre una y dos de la tarde, instalábase la huérfana en una silla al lado de Fabrice para dibujar a la vista de éste, ya un paisaje, ya un motivo de arquitectura, si bien por atendibles razones de decencia, nunca se apartaron de debajo de las ventanas del castillo, donde, por otra parte, encontraban suficiente tema de estudio, ora aquel señorial edificio, ora en las rientes circunvecinas campiñas.