Chapter 12
Fabrice bajó lentamente los escalones del andamiaje sobre que pintaba, y mirando fijamente a Calvat:
--¿Qué me quieres decir con eso?
--Quiero decirte que Marcela está aquí en malísima escuela, y que no debe permanecer por más tiempo en ella.
--¿Por qué?
--Mi querido Jacques--replicó Calvat--, siento mucho abrirte los ojos y destruir tus ilusiones acerca de tu princesa... Pero... pero puesto que lo quieres, sea... ¿Sabes la pregunta que hace un momento me dirigía la niña a propósito de su excelente madre, de su irreprochable maestra? «Tío--decíame--, ¿se dan besos los caballeros y las señoras cuando no son marido y mujer?» «Algunas veces...--le respondí--en ciertas ocasiones... ¿Por qué me preguntas eso, Marcelita?...» «Porque ayer tarde, después de comer, cuando volvía a dar las buenas noches a papá en la sala, vi que el señor de Pierrepont besaba a mamá.»
Apenas tuvo tiempo de terminar estas palabras, cuando Fabrice, agarrándolo por el cuello, casi hasta ahogarlo:
--¡Miserable!--le dijo--, ¡estás ebrio!... ¡Vete! ¡Vete de mi casa!
Y lo empujó, arrojándolo fuera del taller.
--¡Pobre tonto!--murmuró Calvat haciendo una repugnante mueca.
--¡Te he dicho que te vayas!--añadió Jacques marchando hacia su cuñado.
Este hizo un signo amenazador de cabeza y se retiró seguido por la mirada de Fabrice, que no le quitó la vista hasta que le vio franquear la verja.
Vuelto al taller, intentó maquinalmente el pintor reanudar su trabajo, pero la voluntad lo abandonaba; nublada la vista, inerte la mano, puso con desaliento sobre la próxima mesa paleta y pinceles, y sentándose sobre el borde de aquélla dióse a cavilar... Sí... Calvat es un miserable... un alma degradada por los desórdenes y la pereza... capaz de todo por satisfacer sus envidias y sus odios... detestaba a Beatriz... siempre la había perseguido con su sorda malevolencia... ahora ya incidía en la calumnia abierta... Esto era palmario... Pero Jacques se decía al mismo tiempo que su mujer, de la cual continuaba tan apasionado cual en el día mismo de sus nupcias, no cesó nunca de manifestar hacia él frialdades de hielo, marmóreas resistencias... Esas frialdades radicaban sin duda en su íntima complexión... mas... Y entonces las pérfidas insinuaciones de la señora de Montauron venían a clavar sus dientes de acero en el alma del desventurado artista. ¡Qué de veces creyó él descubrir en su altiva consorte, esos sentimientos de desdén, de disgusto, de enojo, de arrepentimiento, de que le hablara en cierta conversación memorable la difunta baronesa!... Y esa idea de que Beatriz no lo amaba era para el pintor una tortura dantesca, sólo un momento ahogada en el febril trabajar... Pero, en fin, porque amase más o menos a su marido no dejaba de ser Beatriz quien Beatriz era... ¡Beatriz!... esa casta y altanera criatura a quien él vio sufrir con tanta nobleza su infortunio, a quien él vio rechazar con virtud tanta los protervos consejos, las falaces tentaciones de la suerte adversa... ¡Oh, sí, no había duda! si a él no lo amaba, el honor y el deber eran para ella un culto, y de esos dioses jamás renegaría... Cierto que su simpatía por Pierrepont era manifiesta y evidente, pero, ¿la inocencia de esa propensión no la proclamaba suficientemente esa misma tácita publicidad de que Beatriz la revestía? ¿no se explicaba, sin esfuerzo alguno, por afinidades de nacimiento y de educación, de tradiciones de familia y comunes recuerdos?... ¿El mismo marqués no era citado como viviente símbolo de la más caballeresca lealtad?... ¿Cómo, entonces, infamar a los dos con la sospecha de una duplicidad tan abominable, de una traición tan baja?... y eso por las imputaciones de un ser como Calvat, bajo la fe de una delación que tenía todas las viles apariencias de cualquier carta anónima... Porque las palabras que Calvat tuvo la villanía de poner en labios de Marcelita, Jacques estaba seguro de que la niña jamás las pronunció... y ese indigno Gustavo había contado de antemano con la impunidad, convencido; cual se hallaba, de que Fabrice nunca interrogaría a su hija acerca de tan difíciles capítulos.
Sumido estaba aún el artista en estas crueles cavilaciones, cuando la cortina de antigua tapicería que cubría la puerta del taller abrióse de pronto dejando ver el fresco y lindo rostro de Marcela.
--¿Te incomodo, papá?
--No, hija mía--respondió éste cubierto de densa palidez.
--¿Puedo entrar?
--Sí, mi vida.
Y entró la niña, con un aro en la mano, presentando a su padre la frente.
--¿Estás triste, papá?
--¿Por qué he de estar triste?
--¡Como no trabajas!
--Descanso un poco. ¿Tú has estado corriendo?... ¡Estás roja como una amapola!
--No, papá, vengo de dar mi lección de piano con mamá.
--¿Es buena contigo tu mamá?
--Muy buena.
--¿Tú la quieres mucho?
--Mucho... pero a ti más que a ella... Me voy a jugar... pero bajo los árboles... no al sol... no tengas cuidado.
Iba a salir; Fabrice la llamó.
--¡Ven, alma mía!... voy a preguntarte una cosa... ¡Ven, corazón mío!
Tomó la cabeza de Marcelita entre sus manos y mirándola fijamente:
--Marcelita... vas a decirme... una cosa...
--¿El qué papá?
Titubeó algunos segundos; en seguida, bruscamente, sonriendo con amarga sonrisa:
--Quiero que me des otro beso... ahora anda... anda a jugar... nena mía... corre.
Y Marcelita se fue corriendo.
Cuando desapareció, el artista, cuyo carácter era firme cual la roca, enjugó, sin embargo, una lágrima. Después se levantó, tomó su paleta y púsose a pintar.
Al día siguiente experimentó la sorpresa de ver a Calvat entrar en el taller.
--¿Cómo te atreves a presentarte en mi casa?--le preguntó con amenazadora gravedad.
--Querido--respondió Calvat en tono de sumisión--, he consultado con la almohada... vengo a presentarte mis excusas... No estaba ayer ebrio como me dijiste un poco rudamente, y aun añado que no falté a la verdad... Pero he hecho mal, convengo, en venir a repetirte un cuento de niño que debió afectarte profundamente, y que podía ser, que era seguramente, un embuste. He reflexionado y estoy persuadido de que Marcelita ha inventado la historia que me contó. Los niños, tú lo sabes, son grandes embusteros, y sus invenciones tienen con frecuencia ese aire de malicia socarrona y de falsa inocencia que es fácil de advertir en la broma de tu hija... Con más, que nada se adelantaría con interrogarla... porque, en ese caso, sostenga la niña su mentira o la retire, se queda uno como estaba... Por consecuencia, me parece lo mejor pasar por alto la falta de la niña, olvidar mi exceso de celo... bastante comprensible, por otra parte... y darme la mano.
La justificación alegada por Calvat no dejaba de ser fundada, y, además, llevaba al alma atormentada del pintor algunos fulgores de bonanza.
--¡Bueno, pase!... pero te prevengo que en lo sucesivo no quiero oír ni una sola palabra reticente acerca de mi mujer... ¡ya lo sabes!
Sin embargo, desde el día que la duda se posó en su espíritu, no pudo Jacques, por grande que fuera su imperio sobre sí mismo, impedir que algo traslucieran Beatriz y Pedro de la obsesión que lo atribulaba, y se penetraron de que eran objeto de una tal vez involuntaria vigilancia; resolvieron, pues, de común acuerdo, hacer aún más raras sus entrevistas íntimas, y obstáculos tales puestos a su pasión, dieron por resultado que ésta se hiciera todavía más imperiosa, más absorbente. Jamás llegaron a verse fuera de la quinta de Bellevue, porque Beatriz opuso una resistencia invencible a todas las combinaciones que Pierrepont le presentó para facilitar sus citas a solas. ¡Era culpable, es cierto! pero aun en su falta conservaba esa elevación de alma que desprecia los ruines expedientes de la galantería vulgar, y excepcional hubiese sido que en las condiciones de existencia que les habían creado los acontecimientos, no hubieran buscado para suplir a sus habladas ternuras el medio fatal de escribirse. Con este error contaba Calvat.
Como el lector habrá previsto, no afectó aquel villano el arrepentimiento de su delación, y no se excusó con Fabrice sino para procurarse de nuevo entrada en la casa y vigilar más de cerca a aquella que había resuelto perder. Calvat era un infame, pero no era un tonto, y poseía, sobre todo, esos rastreros gustos de polizonte que son casi siempre sintomáticos en los _bohemios_ de su cuño. Ya antes que Marcela le hubiese dirigido la terrible interrogación, terrible en su candor mismo, que el adocenado aprendiz apresuróse a llevar a su cuñado, había aquél entrevisto, con esa malignidad y esa penetración del odio, los lazos que unían al marqués con Beatriz, pero comprendió que se perdería a sí mismo si después de sus cuestiones con el pintor no presentaba a éste en la ocasión primera la prueba irrefutable del delito.
Convencido por una serie de deducciones naturales de que los dos amantes debían escribirse, se aplicó a descubrir sin descanso sus medios de correspondencia. Los frecuentes y largos paseos de Beatriz en la avenida de los arrayanes le parecieron equívocos, conjeturando que sus cartas habrían de cambiarse por cima del poco elevado muro que cercaba el jardín de la parte del camino; pero su vigilancia en aquellos contornos resultó baldía. ¿Se escribirían sencillamente por el correo? Calvat, para cerciorarse, se impuso la costumbre de hacer centinela ante la verja de la quinta a la hora que llegaba el cartero.
Conociéndolo este hombre por cuñado del pintor le entregaba las cartas dirigidas a la casa, y Calvat estudiaba cuidadosamente los sobrescritos. Aunque Fabrice no abría jamás las que recibía su mujer, no era verosímil que el marqués escribiera a Beatriz sin tomar excepcionales precauciones, y fue así que al cabo de algunos días llamó la atención de Calvat el gran número de las que llegaban en esta forma: «Señora Jacques Fabrice; para entregar a la señora vizcondesa de Aymaret»; y estimularon tanto más sus sospechas, cuanto que la letra parecía evidentemente contrahecha: decidióse a abrir una, y encontróse con que, efectivamente, era toda del puño de Pierrepont: he aquí su contenido:
«Querida Beatriz, sí, esta existencia de engaños y traiciones es indigna de nosotros y me complace que opines sobre este punto como yo... En tanto que esta situación se prolongue, nuestra dicha no será más que una vana ilusión, nuestro amor no será otra cosa que un continuo sufrimiento... ¿Y no hemos ya sufrido demasiado?... Cree firmemente que soy tan incapaz como tú de buscar frases hipócritas para engañar mi propia conciencia... Somos culpables, lo sé, pero, ¿qué crimen de amor pudo encontrar mayores excusas?... ¿Se cruzaron jamás entre dos corazones honrados y sinceros parecidas fatalidades?... Sí, somos delincuentes, pero somos también al propio tiempo víctimas de la contraria suerte... Sería realmente vergonzoso y criminal perseverar en esta vía de abominable duplicidad... ¡Huyamos, pues!... ¡Te lo ruego, alma mía, dígnate consentir!... Confía en mí... he tomado todas las medidas... Todo cuanto un hombre puede hacer, otro tanto haré yo para que tu destierro sea un destierro de encantos... ¡Te adoro!--_Pedro_.»
Cuando hubo terminado su lectura, crispóse la cara de Calvat con una sonrisa de réprobo; dobló la carta, empujó la verja y se dirigió al taller de Fabrice.
--Hola, ¿eres tú?... Creí que sería el marqués, quien quedó en venir hoy por la mañana.
--No, no es el marqués; soy yo--respondió Calvat--. Querido--prosiguió, bajando un poco la voz--, no me acusarás más de ser un borracho y un embustero, supongo... La casualidad me ha puesto en posesión de una carta que tiene mucho interés para ti... Como pariente y amigo tuyo, por grande que sea mi sentimiento... me es imposible dejar de entregártela... Convendrás conmigo cuando la hayas leído.
--No la leeré--replicó Jacques rechazando la mano de Calvat que le tendía la carta--. ¡Sal de aquí al instante, y te prohibo que vuelvas jamás a poner los pies en mi casa!
--Ya me volverás a llamar, y como no soy rencoroso, volveré a tu primera palabra. Esa carta es de Pierrepont dirigida a tu mujer. Ahí te la dejo.
La arrojó sobre la mesa y salió del taller.
Ya solo, el artista tuvo un momento de horrible duda. Inmóvil, petrificado, veía delante de sí la mesa, y sobre la mesa la carta.
Por fin marchó hacia aquélla, con paso de autómata, con paso de estatua. Tomó en sus manos los fatídicos renglones, titubeó todavía, hizo un movimiento como para rasgar la carta; después, con brusca decisión, la desplegó y la leyó.
Calvat, por su parte, al irse pasó por delante de la habitación donde Beatriz trabajaba sentada a su ventana, aproximóse vivamente y dijo:
--Señora; tengo el gusto de comunicarle que en el momento en que me es dado el honor de hablarle, su marido se ocupa en leer la última carta de su amante de usted... Buenos días.
Y se dirigió hacia la verja; pero cuando iba a cerrarla alguien lo hizo seña de que la dejara abierta; era el marqués que venía de la estación. Cruzaron un saludo. Calvat dobló la esquina de la calle inmediata y Pierrepont entró en la quinta.
Bajo el golpe de la tremenda noticia que acababa de dársele, Beatriz quedó fulminada; había oído las palabras de Calvat, pero al principio no dio distintamente con su sentido; después una luz terrible se hizo en su espíritu y comprendió... Una carta de Pedro estaba en manos de su marido... Y de una mirada advirtió como en un caos sombrío todo lo que podía salir en algunos minutos de los pliegues de aquella misiva: el deshonor, la vergüenza, la perdición, la muerte. Cerró los ojos y durante un momento no vio más que tinieblas surcadas por siniestros relámpagos. De pronto, pasos que sonaban en las calles del jardín la sacaron de su aturdimiento; miró al exterior y reconoció con terror indescriptible al marqués que, atravesando aquél, se dirigió al taller de Fabrice. Se levantó después súbitamente, extraviada, loca, sin reflexión, sin precisos designios, arrastrada por el terror de un conflicto inminente entre aquellos dos hombres; lanzóse fuera de su gabinete, con su labor de tapicería en la mano, y bajó corriendo los escalones del peristilo, dirigiéndose con precipitado paso hacia el taller donde Pierrepont acababa de entrar.
Beatriz se acercó a las cortinas que cubrían la entrada de aquél, levantó ligeramente una de ellas y se puso a escuchar hasta donde se lo permitía el latir desordenado de su corazón... Aún alcanzaba a ver lo que pasaba en el interior del taller.
Fabrice, en el momento en que Pierrepont entró, ocupábase en cargar dos pistolas, regalo precisamente de su amigo Pedro, y con las cuales tenía costumbre de tirar por vía de ejercicio en el jardín.
--¿Te gustan siempre esas armas?--le preguntó el marqués tomando y dejando en seguida sobre la mesa aquella que Jacques acababa de cargar.
--Encantado--respondió.
--¿Vas a tirar al blanco?
--Sí.
--¡Bueno! vamos a hacer una apuesta si quieres.
--Con mucho gusto.
--¿Estás hoy malo?... No tienes buen semblante.
--Sí, no me encuentro bien... acabo de tener una escena muy desagradable con Calvat.
--¡Ah!... precisamente salía cuando yo entraba.
--Ese miserable ha jurado a mi mujer un odio mortal.
--Sí, desde hace tiempo.
--Ahora mismo la difamaba de una manera horrible.
--Eso prueba que es un malvado y nada más.
--Lo he echado de mi casa.
--¡Bien hecho! aunque has tardado demasiado en hacer esa ejecución.
--Y, sin embargo, me ha turbado... esto no puedo decirlo sino a un antiguo amigo como tú lo eres... Sí, me ha turbado... Me ha dejado dudas...
--¿Dudas sobre una mujer como la tuya? ¡Vamos, Jacques, estás loco!
--Sí, ¿no es verdad?--replicó Fabrice--; tú la conoces bien... y aun antes que yo... Me responderías de su honor con el tuyo, ¿no es cierto?
--¡Absolutamente!
--Y harías bien... porque el tuyo y el suyo corren parejas...
Y poniendo la carta del marqués bajo la vista de éste:
--¡Lee!
Pierrepont retrocedió cual si delante de él se hubiese levantado un espectro. En seguida, tomando de sobre la mesa la pistola que acababa de colocar en ella y entregándola a Fabrice por el culatín:
--¡Mátame!--le dijo.
--No--replicó el pintor--, por lo menos no de esa manera.
Dio algunos pasos a lo largo del taller como para fijar sus ideas, después, volviéndose al marqués:
--¿Puedes, si quieres--le dijo--, explicarme algunos giros de tu carta cuya significación no alcanzo?... Invocas como excusas ciertas misteriosas circunstancias del pasado, ciertas fatalidades que pesaron sobre la señorita de Sardonne y tú... ¿Puedo saber a qué haces alusión?
Pierrepont relató brevemente lo que aconteciera en otros tiempos entre Beatriz y él, su recíproco amor, y cómo la señora de Montauron obligó por fuerza a la joven a rehusar la mano que él le ofrecía.
Después de una pausa de reflexión y de silencio, Fabrice le respondió:
--Tu sentimiento hacia la señorita de Sardonne te hará desear sin duda que este asunto se trate entre nosotros sin ruido, sin escándalo, a fin de evitar a ella una tacha de que yo deseo también ver a salvo mi nombre.
--Todo lo que me propongas con ese fin--respondió el marqués--, está aceptado de antemano.
--Un duelo con su acompañamiento ordinario de padrinos, etc., revelaría todo al público... Hace un momento me proponías que jugásemos una partida a la pistola... Acepto... Somos poco más o menos de la misma fuerza en esa arma... Aquel de nosotros que gane su vida... el que la pierda, pierde la existencia en el suicidio.
--¡Sea!... queda convenido--respondió Pedro.
--Cada uno de nosotros empeña su honor en que respetará esas condiciones.
--¡Queda convenido!--repitió Pedro.
--Ahora--continuó el pintor--, fuerza es que me resigne a hacer una súplica... Sé que esto es absolutamente incorrecto, y te ruego que me excuses. He aquí de qué se trata... Si me toca dejar a mi hija huérfana, no quisiera, al menos, dejarla sin recursos. Ahora bien, nada tengo, si se exceptúan cien mil francos que Nicholson me ha dado a cuenta por los recuadros, cantidad que, según convenio, tendría que devolverle si no termino mi trabajo... debe darme, además, el doble de aquella suma el día que entregue la obra concluída... No creo que podré acabarlos antes de cuatro meses... Te pido, pues, que si a mí me toca morir, me acuerdes ese plazo de que te he hablado... y no tengo necesidad de decirte que este convenio es recíproco.
Había en esta petición del desdichado artista algo tan conmovedor, que el marqués volvió la cabeza para ocultar la contracción casi convulsiva de su rostro.
--Será--dijo--como lo deseas.
El pintor guardó las pistolas en su caja y tomó algunos blancos.
--Conozco mucho estas armas. ¿Quieres que nos sirvamos de otras?
--¡Es inútil!--contestó Pedro--. Yo también he tirado frecuentemente con ellas. ¡Vamos!
Dejaron el taller y se dirigieron a esa avenida de los arrayanes de que tanto hemos hablado en el curso de nuestra narración. Recordará tal vez el lector que en uno de los extremos de la citada avenida existía una plancha de tiro: en frente, al lado opuesto, había un asiento rústico empotrado en la pared. Cuando Pierrepont y Fabrice se aproximaron a la placa para fijar los cartones, advirtieron a Beatriz sentada en el campestre banco: Beatriz trabajaba en su tapicería.
Los dos hombres cambiaron una mirada.
Uno y otro sabían que la avenida de los arrayanes era para Beatriz un lugar favorito de paseo y de retiro. Así, pues, no se sorprendieron de encontrarla allí, creyendo que únicamente la casualidad la había llevado a aquel sitio; pero su presencia durante la escena que se preparaba iba a dar a ésta un carácter trágico que impresionó vivamente a los dos, imponiéndoles al propio tiempo un disimulo de fisonomía y de lenguaje que en momentos semejantes era tan penoso como necesario.
Beatriz, sin embargo, sostenida por el horror mismo de la tremenda crisis y por la excesiva tensión nerviosa, continuaba trabajando en su bordado con gran calma aparente, devolviendo a Pierrepont con su sonrisa habitual el saludo de éste.
--Hermoso día--le dijo--, ¿no es verdad?
--Sí, un verdadero día de verano... Aprovechándolo, vamos a jugar Fabrice y yo un partido a la pistola.
--¡Ah! ¿cuál de los dos es más fuerte?
Pierrepont hizo un gesto de incertidumbre.
--Ahora vamos a verlo--respondió sonriendo.
Fabrice colocó en el banco, al lado de ella, la caja de caoba y un paquete de cartuchos.
Las armas de que iban a servirse eran pistolas Flobert, de gran calibre.
Los blancos o cartones de tiro estaban divididos, según práctica, en un número determinado de círculos concéntricos, desarrollándose alrededor de un punto mitad negro mitad blanco, punto que en el tecnicismo de los tiradores suele llamarse la _mosca_. La distancia de tiro era todo el largo de la avenida, es decir, veinticinco pasos próximamente. Delante de Beatriz, profundamente conmovida, bajo su aparente tranquilidad, acabaron los jugadores de fijar las bases de la partida.
Esta sería de siete disparos; el tiro era a voluntad; cada uno haría dos de aquéllos seguidos en las dos primeras entradas; en la tercera los disparos serían tres por cada lado sin solución de continuidad. Cada sector del blanco tocado por los tiradores daba a éstos el número de puntos determinados por el uso, número de puntos que, por otra parte, llevan siempre marcados los cartones. El círculo más lejano del centro, un punto; la _mosca_, siete.
Una moneda arrojada al aire indicó que Fabrice debía tirar el primero; rompió, pues, sus fuegos y alojó sus dos primeras balas en el interior del segundo círculo; Pierrepont, más inhábil esta vez, o menos dichoso, perdió una de sus balas en la plancha, la otra tocó el cartón. Este primer _pase_ aseguraba, por consecuencia, cuatro puntos a Jacques y uno solo a Pierrepont.
--Me parece que me guardas consideración--dijo el pintor.
--De ningún modo--replicó Pedro.
Al segundo _pase_ Fabrice metió sus dos balas en el tercer círculo. Pierrepont, después de aquél hizo dos y dos. Jacques tenía diez puntos contra cinco.
La tercera prueba le dio todavía una ventaja más considerable; con sus tres balas marcó doce puntos; tenía así veintidós contra cinco.
Pierrepont, cuya actitud revelaba una especie de descuido y desaliento, se preparaba a hacer sus tres últimos disparos; montaba su pistola, cuando un ligero rumor le hizo volver la cabeza y sus ojos encontraron los ojos de Beatriz, fijos en él con una expresión tal que aquella mirada penetró hasta sus huesos. El marqués comprendió instantáneamente cómo ella se daba cuenta de todo... todo lo sabía, y ese mirar desesperado, ardiente, suplicante, imperativo, lo conjuraba, lo exhortaba y le mandaba vivir y conservarse para ella. En momento alguno su sombría beldad tuvo poderes tales de fascinación. ¡Pedro se puso en el terreno, apuntó e hizo fuego! Con sus dos primeras balas atravesó el estrecho círculo negro que rodeaba el punto blanco central; su última bala se alojó en la _mosca_ misma. Tenía, pues, veinticuatro puntos contra veintidós. Fabrice estaba condenado.
Y aun no se había disipado el humo del último disparo, cuando una estridente carcajada sonó en los oídos de los dos hombres estupefactos: Beatriz se había puesto de pie bruscamente, rígida, los ojos con expresión de espanto, abrasados por el siniestro relampaguear de la locura; balbuceó algunas palabras ininteligibles, luego estalló de nuevo su espasmódico reír, reír tan salvaje, reír tan continuo que parecía repetido en la circunvecina campiña por las deidades mismas de lo horrible. Viéndola tambalearse, Fabrice corrió a sostenerla, depositándola suavemente sobre el rústico asiento; sus risas callaron, poco a poco se agitaron sus miembros en los esfuerzos de la convulsión, y al fin yació desmayada.
--¡Nos había escuchado!... ¡Todo lo sabía!--murmuró el pintor como hablándose a sí mismo.
Tornóse a Pierrepont, inmóvil a dos pasos, pálido cual un cadáver en su ataúd.
--Te ruego--le dijo--que nos dejes solos.
El marqués dudó un momento indicándole con la mano a Beatriz tendida e inerte sobre el banco.