Honor de artista

Chapter 11

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Poco a poco fue el marqués volviendo a sus antiguas costumbres, frecuentando el taller de Jacques, donde encontraba casi siempre a Beatriz, sobre todo durante las sesiones para el retrato de miss Nicholson, con cuya amable persona había intimado mucho la mujer del pintor. La señora de Aymaret, a quien la joven americana inspiraba también decidida simpatía, solía acompañarla cuando su padre no podía hacerlo. Miss Nicholson preparábase por estos tiempos a abandonar la Francia después de dos años de residencia en ella, y ya sabemos las mil ocupaciones que una señorita tiene antes de dejar una ciudad como París, razón por la cual no podía asistir diariamente a casa del artista; pasáronse, pues, tres o cuatro semanas antes que el retrato hubiese recibido con la última pincelada la firma del maestro, sin que, por otra parte, pareciese mostrar deseo de verlo terminado la bella interesada, quien manifestaba en las largas y fatigosas sesiones una paciencia verdaderamente angelical, sobre todo si el marqués de Pierrepont se encontraba presente. No dejó la señora de Aymaret de parar su atención sobre este detalle, cayendo en la cuenta de que el sonrosado encantador semblante de la joven, parecía aún más encantador y más sonrosado cuando Pedro se dignaba dirigirle la palabra, pero para desdicha de la pobre Ketty nada presagiaba que el marqués tuviese la intención de pasar a mayores.

Al mismo tiempo de lo apuntado, hizo la señora de Aymaret otras observaciones que le dieron mucho que pensar decidiéndola a llevar a la práctica ciertos diplomáticos planes. Habiendo ido la americana a despedirse de la vizcondesa en la víspera de su partida para New York, vía Havre, resolvió aquélla aprovechar la oportunidad y poner los cimientos del proyecto que hacía algunas fechas venía acariciando: claramente advirtió que miss Nicholson deseaba hacerle alguna confesión, circunstancia que llenó de gozo a la de Aymaret, quien, por su parte, estaba decidida a pedírsela a aquélla. Ketty le contó paulatinamente a Elisa, con esa mezcla de pudor y de intrepidez, que es uno de los hechizos de las de su raza, que sentía una tierna inclinación por el marqués, pero que, al mismo tiempo, estaba convencida de que aquél era totalmente indiferente hacia ella, por cuya razón partía desesperadamente. La señora de Aymaret trató de rehacer un poco su moral, ofreciéndole quedar hecha cargo de sus intereses, puesto que hacía tiempo que pensaba casar a Pedro, quien de su lado había encargado a ella, en quien tenía ilimitada confianza, que le designara persona de su agrado; así, pues, Elisa lo inclinaría hacia Ketty, cuidando, por supuesto, de dejar a salvo la dignidad y delicadeza de ésta.

--Pero entendámonos, niña mía--añadió la vizcondesa--; si consigo expedirlo para Chicago, ¿puedo estar segura de que encontrará buena acogida por su parte de usted, no es eso?

Miss Nicholson respondió con un gesto expresivo acompañado de cierta expresión que a nuestra lengua podríamos traducir por ¡caramba!, arrojándose en seguida al cuello de la vizcondesa, a quien cubrió de besos, para salir después con su aire marcial, la frente radiante, cual si ya reposaran en ella los elegantes florones de la corona de marquesa.

La verdad era que las relaciones de Pedro con la mujer del pintor tomaban de día en día, merced a las facilidades del taller, un aire de intimidad que no entró en las previsiones de la vizcondesa y que comenzaba a preocuparla seriamente. Los recíprocos procederes de Pierrepont y Beatriz ofrecían ciertos síntomas acerca de los cuales nunca se engaña el fino olfato femenino. A la abierta actitud de los primeros días, habían sucedido timideces, cortedad, largas y profundas miradas, prolongados silencios, ensueños, mal humor constante; era visible que se buscaban, y que al mismo tiempo temían encontrarse; era visible que en sus más insignificantes palabras había algo de tierno y de vibrante; no ignoraba la de Aymaret que sus conversaciones personales, directas, eran muy raras, y que aun parecían querer evitarlas en lo posible, de lo que venía a deducir, con harta razón la vizcondesa, que procuraban ponerse en guardia contra la tentación de las efusiones, de los recuerdos, de las mutuas ternuras; no los creía culpables, y les hacía justicia, pero, un contacto tan íntimo y tan familiar entre ellos, ¿no podría ser prueba demasiado fuerte que al fin diera al traste con sus resoluciones por firmes y sinceras que fuesen? ¿No se encontraban de nuevo en presencia el uno del otro exactamente como en otros tiempos, al lado de la señora de Montauron? ¿No podrían despertar paulatinamente y con el mismo ardor que en pasada época esos íntimos sentimientos, haciendo aún más sensible la ya grande antipatía de Beatriz por su marido?

La de Aymaret contaba con que la ausencia de Jacques y su mujer en el campo podría aflojar los lazos de esta peligrosa intimidad, alejando al marqués de Pierrepont, a quien no gustaba salir de París; pero pronto perdió esta ilusión, porque, pretextando aquél el vivo interés que le inspiraba la obra gigantesca que Fabrice había emprendido, iba con frecuencia a la quinta de Bellevue, donde generalmente se quedaba a comer. Cuando la señora de Aymaret los encontraba allí, observaba que él guardaba siempre, ante Beatriz la misma reservada actitud, pero veía que palidecían cuando se daban la mano, advirtiendo que comenzaba a surgir en sus pechos el huracán de la pasión; la vizcondesa se decía que si tal estado de cosas se prolongaba era suficiente la más leve combinación de la suerte, el incidente de por sí más trivial para desencadenar las olas de amor tanto tiempo acumuladas, agitadas y comprimidas en aquellos dos corazones.

Profundamente alarmada en su conciencia, en su honradez, en su amistad, comprendió pronto que sólo una medida radical y heroica podía contener a Pedro y Beatriz, en esa mancha fatal a los abismos, y fue entonces cuando le asaltó la idea de casar a Pierrepont con miss Nicholson, concierto que tendría además la ventaja de alejar a aquél de Francia por largo tiempo.

Restaba que los interesados ratificasen este proyecto; miss Nicholson hallábase conforme de antemano, pero era necesario vencer la doble oposición del marqués y de Beatriz, oposición tanto más insuperable cuanto que podía apoyarse en razones especiales; nada tenían que reprocharse; manteníanse escrupulosamente en los límites de la honrada amistad que la señora de Aymaret, la misma señora de Aymaret les había recomendado. ¿Por qué, pues, atormentarlos? ¿Por qué arrebatarles este inocente consuelo que venía a compensar un tanto sus pasados sufrimientos? ¿No acusarían a su amiga de gratuita y tiránica importunidad? ¿No corría el riesgo de enajenarse para siempre la preciosa afección de aquellos dos interesantes seres?

Una circunstancia imprevista vino a poner fin a las indecisiones de la señora de Aymaret; su marido el vizconde, debilitado por todo linaje de excesos, había caído de algún tiempo atrás en un estado de anemia alarmante, y los médicos le prescribían una prolongada residencia en Glion, a orillas del lago de Ginebra; naturalmente, su mujer se prestaba a acompañarle, era necesario, pues, tentar un último esfuerzo.

Para hacerlo así marchó una mañana a Bellevue; cuando llegó a casa del pintor, dijéronle que Beatriz se hallaba en el jardín, probablemente en el taller de su marido. Este taller se encontraba a alguna distancia del caserío de la quinta, y no encontró en aquél sino a Jacques, trabajando concienzudamente en sus recuadros, que prometían ser verdaderas maravillas.

Como la vizcondesa le manifestase su admiración:

--¡Magnífico!--exclamó el artista alegremente--. Repite usted lo que Pedro me decía hace un momento, y cuando sus apreciaciones de usted coinciden con las de aquél, hay motivo para estar contento.

--¿Está aquí Pierrepont?

--Sí, da con Beatriz una vuelta por el parque... me parece que han ido a la avenida de los arrayanes... ya usted sabe el camino.

--Voy allá... hasta luego, amigo mío. Y marchóse por el sendero que atraviesa la parte baja del jardín... Corrían por esos días los postreros de abril, y a través del follaje, aún claro en esa época, pudo distinguir a Pedro y a Beatriz que caminaban lentamente uno al lado del otro. La señora de Aymaret oyó a pesar suyo algunas de las palabras que en tenue voz cambiaban los interlocutores, y aun cuando en tal tono dichas, nada tenían, en verdad, ni de misteriosas ni de confidenciales... y, sin embargo, cuando se vieron en presencia de la vizcondesa sus rostros revelaron confusión.

Después de algunas palabras indiferentes:

--Señor Pierrepont--dijo la de Aymaret--, ¿tendría usted la amabilidad de dejarme un momento a solas con Beatriz?... Pero, antes de que se vaya usted, ¿por cuál tren piensa regresar a París?

--Por el de las tres y veinte, probablemente.

--¡Excelente!... ¡Es también, el mío!... Volveremos juntos si usted quiere.

--¡Con mucho gusto, señora!

--Iré a buscarle al taller dentro de algunos minutos.

Una vez alejado Pierrepont, abordó Elisa sin ambages el asunto a debatir con Beatriz; se guardó bien de hacerle ni el más leve reproche, acusándose a sí misma de haber sido ligera, imprevisora, mala consejera, proponiéndose ahora, antes de alejarse por muchos meses, reparar su imprudencia imperdonable; sabía que entre su amiga y el marqués nada existía de criminal, pero, al fin, en sus revelaciones, advertíase un algo de incorrecto, de equívoco, porque aquella sinceridad de los primeros tiempos, vano fuera ocultarlo, había desaparecido, y era imposible suponer que en adelante pudiesen continuar, sin alterar ya la tranquilidad o la estima de Beatriz, ya el honor de su propio marido; era, pues, de necesidad urgente poner remedio a ese estado de cosas, y el único remedio eficaz no podía ser otro sino el inmediato matrimonio de Pierrepont.

Aunque evidentemente conmovida Beatriz ante esta insinuación inesperada, la acogió sin protestas y hasta sin objeciones. Quizás en el fondo de su alma turbada, empezaba a desconfiar de su propia constancia deseando así que una mano potente viniese a salvarla de esa lucha que cada día más presentábase a ella como más dolorosa, como más imposible. Autorizó, pues, a la señora de Aymaret para que indicase al marqués cómo ella, Beatriz, deseaba su matrimonio, pidiéndole únicamente a su amiga que en lo sucesivo nunca le hablase de Pedro, ni jamás le advirtiera, si debía partir, la época de su viaje.

--Antes te quería--le dijo con sencillez la vizcondesa--, ¡ahora te venero!

Y la dejó en la avenida de los arrayanes marchando al taller en busca de Pedro.

--Tenemos todavía--dijo a éste--, como una media hora antes que pase el tren... ¿Quiere usted que vayamos a esperarlo a la estación de Meudon a guisa de paseo?

--¡Qué idilio!--respondió alegremente el marqués levantando los ojos al cielo.

Se despidieron de Fabrice, y un instante después, haciendo el camino que baja de Bellevue a Meudon, la señora de Aymaret exponía a Pedro la delicada comisión de que para él le había encargado Beatriz.

La frente de Pierrepont se cargó de nubes, pero, aunque manifestando tan extrema sorpresa cuanto viva impaciencia, era demasiado recto para no reconocer que la situación que ocupaba entre Jacques y su mujer prestábase, aunque injustamente, a las más perversas interpretaciones, mostrándose en extremo sensible a la idea de comprometer a Beatriz, y más todavía, a la de arrojar sobre el limpio nombre de su amigo una tacha de infamia, porque era visto que Pedro profesaba a éste un real sentimiento de cariño y aun de respeto, y rechazaba con horror la idea de traicionar vilmente la confianza del honrado y grande artista. Añadió así, magnánimamente, la necesidad de hacer más frías las relaciones que podían dar lugar a fundadas sospechas, y aun convino en que, efectivamente, el matrimonio era el más seguro medio de romper para siempre con el pasado... Pero, ¿por qué la América?... ¿Por qué miss Nicholson mejor que cualquier otra?

La señora de Aymaret consiguió vencer esta última trinchera revelándole el secreto culto que le rendía la linda millonaria, clase de lisonja a que todo hombre es siempre sensible.

--Pero, en fin--dijo Pedro, ya completamente arriado el pabellón--, ¡no es cosa de irse esta noche misma!... ¿Supongo que me concederá usted algunos días para arreglar mis asuntos?

--No muchos, mi querido amigo, porque yo me voy dentro de ocho y no quiero dejarlo a usted a mi retaguardia.

--Su confianza de usted me encanta... ¡Pero, en fin, sea! me iré con el próximo vapor que sale del Havre... porque, francamente, no puedo hacer el viaje a nado... Vamos, ¿quiere usted que le dé mi palabra?

--No estaría de más.

--Está dada.

--¡Muchas gracias!... recuerde usted que no debe prevenir a Beatriz el momento de su partida.

--¡Por supuesto!... pero podré despedirme de ella sin decirle nada, supongo.

--Eso sí... ¡claro está!--respondió la vizcondesa.

En esto llegaban a la estación, al mismo tiempo que el tren, y como nadie más que ellos ocupasen el coche que los conducía a París, convinieron en los términos de la carta que al día siguiente mismo se proponía la señora de Aymaret escribir a miss Nicholson, anunciándole la próxima salida de Pierrepont para América.

La vizcondesa estaba tan admirada como encantada del rápido y relativamente fácil triunfo con que terminara su doble campaña, diciéndose a sí misma, no sin fundamento, que la débil resistencia opuesta por sus dos enamorados amigos, atestiguaban con victoriosa elocuencia cómo ellos mismos estaban en el fondo convencidos de la irregularidad y de los peligros de la recíproca situación.

La señora de Aymaret escribió a Beatriz aquella misma noche en encubierta forma, a fin de darle detalles sobre su conferencia con Pierrepont. Los subsiguientes días, mientras se entregaban a los preparativos del viaje, recibió con frecuencia la visita del marqués, a quien puso en antecedentes acerca de la persona y familia de aquella que aceptaba por esposa, antecedentes que, como es natural, interesaban vivamente a Pedro, viendo la vizcondesa en la curiosidad de su amigo nueva garantía de su firme resolución, que, por otra parte, afianzaba suficientemente la empeñada palabra de caballero tan cumplido.

La señora de Aymaret debía ponerse en camino con su marido y sus hijos el primero de mayo, que era un martes; fue la víspera a Bellevue con intento de despedirse de Beatriz, a quien halló profundamente triste, aunque resignada, sabiendo allí por boca de su misma amiga que Pierrepont había estado en la quinta aquella mañana y participado a Jacques sus proyectos de viaje.

El marqués debía partir dentro de tres o cuatro días, el sábado 6 de mayo, día fijado para la salida del vapor a cuyo bordo tenía ya su pasaje, prometiendo a la vizcondesa en su visita de despedida que desde Nueva York le pondría un telegrama anunciándole su llegada, y como se pusiese de pie para dejarla, la amable señora le presentó sus frescas mejillas cubiertas de rubor, diciéndole simplemente:

--Bese a su hermana.

Al día siguiente, la vizcondesa salió para Suiza.

Hasta el viernes, víspera de su partida, titubeó el marqués acerca de si volvería o no a Bellevue, pero al fin decidióse a hacerlo, visto que no acertaba con el tono a que debía ajustar su carta de adiós a Beatriz; escribió a ella varias, mas encontrólas todas secas por demás o en demasía tiernas, y acabó por quemarlas. Llegado que fue a casa del pintor franqueó la puerta dirigiéndose en derechura al taller donde encontró a Beatriz, presente su marido, ocupada en una labor de tapicería.

--Querido, vengo a darte un apretón de mano... porque no sé si volveré a verte antes de mi escapada a América... ¡Estoy tan ocupado!

--¡Cómo! ¿tan pronto te vas?--preguntó Jacques interrumpiendo su trabajo--; ¿quién te corre, hijo?... ¡Ah! ¡ah!... Estoy en el secreto... ¡Fíate de mujeres para que guarden uno!

--¡Oh, eso está todavía en el aire... no son más que proyectos!... Lo único real es el viaje.

Después de esto no le habló más que de sus recuadros, cuya grandiosa composición admiraba, arriesgando algunas ligeras críticas de detalle, que el artista admitió algunas veces, discutió otras con su bondad y modestia usuales; una media hora transcurrió en esta conversación, en la cual la mujer del pintor apenas tomó parte, continuando con taciturno aire, inclinada su cabeza de diosa, la labor de tapicería que la ocupaba, tal cual fugaz palabra de vez en cuando dicha, tal cual veloz mirada rebosando de sombras lanzada sobre el rostro del hombre que se iba.

Cuando Pierrepont hubo dado a Jacques su adiós postrero, levantóse ella, diciendo al marqués con voz conmovida, seca, vibrante:

--Le voy a acompañar.

El marqués se inclinó, y juntos salieron del taller; a pesar de no estar sino a principios de mayo, el día había sido abrumador de calor y una tormenta estalló sobre París a mediodía; la lluvia que cayó a torrentes había cesado ya, pero el cielo estaba aún nebuloso, la atmósfera cargada. Se aspiraba ese fuerte olor que las lluvias de estío hacen brotar de la yerba, de las hojas y de las flores, y rosas, lilas y acacias saturaban el aire con sus acres perfumes. Beatriz y Pierrepont se pasearon lentamente durante algunos minutos en el parque sin pronunciar palabra, parándose de tiempo en tiempo para echar una distraída mirada sobre el lejano panorama de París, sobre el cual el sol poniente lanzaba a intervalos a través de las rotas nubes siniestros resplandores de incendio.

Beatriz de pronto, como quien toma una brusca resolución:

--¡Márchese, se lo ruego!... Pero antes quiero darle algo para _ella_.

Y se dirigió con rápido paso hacia la quinta. Su departamento personal, compuesto de un gran salón, gabinete y dormitorio, ocupaba toda la planta baja. La habitación de Jacques y de Marcela estaban en el primer piso.

Beatriz subió los tres o cuatro escalones del peristilo, y volviendo la cabeza dijo a Pedro: «Vuelvo al momento», entrando en seguida en el salón.

Pierrepont, desconcertado al pronto, aguardó algunos instantes, pero al fin se decidió a seguirla; la habitación estaba casi a obscuras, cerradas las persianas para preservarse sin duda contra el fuerte calor; el marqués pudo, sin embargo, advertir que Beatriz no estaba allí; se presentó un momento después llevando un estuche en la mano.

--Es su brazalete--le dijo en débil voz--; el brazalete que me envió usted de Londres cuando mi casamiento... Entréguelo de mi parte a su prometida... ¡Quiero que mi sacrificio sea completo!

Pierrepont intentó darle las gracias, pero su voz se ahogó en su garganta; puso la mano en la mano que ella le tendía.

--¡Adiós!

--¡Adiós!--respondió.

Y aun no se oyó acabar este fatal vocablo, cuando cayeron el uno en los brazos del otro, en olvido la tierra y los cielos, enloquecidos, arrastrados por esos huracanes de pasión que tornan veloces honor de varón, virtud de mujer, en flores marchitas, en muertos follajes, en huecas palabras.

XIV

LA APUESTA

El despertar de una mujer honrada y altiva que sucumbe al impulso funesto de una pasión prohibida es un desolador despertar, pero si raras veces sucede que no se arrepiente de su falta, es todavía más raro que no persevere en ella, porque en primer lugar la caída es tan honda que hácese imposible remontar la pendiente, luego porque ya, el error cometido, perdióse todo, menos el amor; el amor es el único que sobrevive, lo único que resta, y al amor es necesario asirse, como la última tabla que sobrenada en el mar de aquel moral naufragio.

Y la mayor parte de las que cayeron se abrazan al postrer madero con una especie de violencia desesperada. Se entiende, por supuesto, que nos referimos aquí a las mujeres de temple superior, no a esas otras para quienes amar es un simple pasatiempo mundano.

Después de lo ocurrido entre Pierrepont y Beatriz no había ya ni que hablar siquiera del viaje de aquél: hasta discutir el punto les pareció ocioso y no lo hicieron, pero no podía prescindirse de explicar este repentino cambio de ideas a las personas a quienes pudiera interesar. Miss Nicholson había sido informada por la señora de Aymaret del viaje del marqués, pero con tantas reticencias que la joven americana no hubiera podido admirarse de una decepción; mas, ¿cómo justificar ante la vizcondesa aquella traición a la palabra dada, traición que despertaría necesariamente en la perspicaz señora sospechas fundadísimas?

Pierrepont tuvo que resignarse a escribirle una carta trivial en la que tomaba como pretexto para aplazar su partida graves e imprevistos asuntos, pero la vizcondesa tan no creyó sus asertos que ni aun le contestó siquiera. Tampoco buscó las aclaraciones de Beatriz, quien por completo entregada a su delirante pasión, mostróse casi indiferente a la dura afrenta que argüía tal silencio. En cuanto a Fabrice, admitió fácilmente que Pedro abandonaba un viaje hacia el cual nunca lo viera muy inclinado.

Y entonces principió para los dos cómplices esa existencia turbada, mezcla de embriagueces y de amarguras, de olvidos y de remordimientos, de secretas concupiscencias y de terrores secretos que es la vida misma de los amores culpables. Podían, por fin, hablar sin reserva del pasado, confiarse todo lo que recíprocamente habían sentido y sufrido el uno por el otro, borrar los últimos lineamientos del terrible equívoco que por tanto tiempo los tuvo separados, y los mismos transportes de la pasión eran descoloridos detalles comparados al hechizo de estas mutuas confidencias, de estas horas de ternura. Pero sus entrevistas íntimas no eran frecuentes; lo eran aún menos que antes de su común falta; la inocencia había huido y observaban con la angustiosa atención del que delinque; observaban y observaban, y todavía no observaban lo bastante. Jacques era de natural tan generoso y confiado, estaba tan acostumbrado desde su temporada en los Genets a la intimidad de Pierrepont con Beatriz, se hallaba tan absorbido en el trabajo gigantesco que traía entre manos, que ni remotamente sospechaba la traición de que venía siendo víctima; pero un ojo por desventura más desconfiado, más penetrante, velaba en lugar del artista desdichado.

La antipatía de Gustavo Calvat hacia su cuñada Beatriz había ido de más en más creciendo por efecto de sus cotidianos rozamientos y de los mal disimulados desdenes de aquélla; había ido de más en más creciendo hasta el punto que hoy era no ya aversión, sino irreconciliable odio; tampoco simpatizaba Calvat con el marqués de Pierrepont, quien lo trató siempre con altanera frialdad. Aunque el pintor continuase, bondadoso como era, recibiendo al taimado aprendiz en su casa y ayudándolo pecuniariamente, no podía pasar inadvertido para aquel ente que estorbaba, que no era con tanta frecuencia invitado a comer, que Beatriz, que se ocupaba mucho de la educación de Marcelita, evitaba el dejar a la niña a solas con él, y ante tales procederes, que Calvat consideraba verdaderos ultrajes, no había venganza que no se encontrase pronto a esgrimir contra aquella que paso a paso lo iba desalojando de una casa que él consideraba como suya.

A fin de ahorrar tiempo había encargado Jacques a su cuñado de algunos secundarios detalles en la grande obra que lo ocupaba, y Calvat aprovechaba esta circunstancia para presentarse más que de costumbre en el taller del pintor, so pretexto de ofrecerle sus servicios, y cuando éstos holgaban íbase a fumar en el jardín o a acechar por fuera de la quinta el paso de Marcelita.

Cierto día, como volviese de dar un paseo por el parque con la niña, entró bruscamente en el taller, y después de asegurarse de que Fabrice estaba solo, le dijo de repente:

--¡Querido, tengo que hablarte!

--Habla--replicóle el pintor prosiguiendo tranquilamente su trabajo.

--Me causa pena tocar este punto, pero me parece que no harías mal en que Marcelita volviese a su colegio de Auteuil. Es la hija de mi hermana y eso me impone ciertos deberes.