Chapter 10
Pierrepont de pie, inmóvil, mudo, asistía en la penumbra del palco a esta breve escena. Por fin, decidióse a ir al encuentro de la vizcondesa que permanecía en el saloncito; la interesante dama se había sentado en un diván y respiraba con dificultad cual si una mano de gigante le oprimiera el corazón. El marqués paróse delante de ella, agitadas las manos por un ligero temblor, encendidas la frente y las mejillas, porque la cólera había acabado por trastornarlo, y siempre balbuciente ensayó formular una disculpa.
--A usted se lo puedo decir... con el respeto debido... mi intención no ha sido... No entra en mis costumbres, usted sabe, insultar a una señora... no creo que me he hecho acreedor... a su enfado... Por lo demás, ahora es ya asunto a debatir entre hombres... En cuanto a usted... me permito evocar recuerdos... que supongo...
De pronto callóse, como advirtiese que la señora de Aymaret ocultaba su rostro entre las manos y que las lágrimas escapaban de sus ojos, humedeciendo sus guantes.
Hubo dos o tres minutos de silencio; en seguida el marqués, pálido como un cadáver, le dijo en baja, aunque firme voz:
--¿Por qué llora usted?
La vizcondesa no le respondió sino con una explosión de sollozos.
--¡Ah!... lo sé--replicó el marqués, sacudiendo tristemente la cabeza--; llora por causa mía... llora por causa del hombre a quien ha honrado con su amistad... con su estima... y a quien contempla hoy caído en la última degradación... pero si le causo lástima... si le causo horror... ¿de quién fue la culpa sino de esa miserable mujer que acaba de irse?
--¡Señor de Pierrepont!
--¡Nada de nuevo le digo, señora... nada!... El cambio singular que se ha efectuado en mi vida es tal vez un enigma para todo el mundo menos para usted... Es imposible que usted... ya que no los demás, no adivine la causa verdadera...
--Algunas veces... sin duda--murmuró la vizcondesa--, esa idea ha pasado por mi cabeza... Pero, ¿cómo aceptarla?... ¿Cómo suponer que una decepción, por amarga que ella sea, haga caer a un hombre...?
Titubeó un momento.
--¡Tan bajo!...--dijo Pierrepont, terminando la frase--. ¡Pero, por Dios, señora, usted ha sido mi confidente... en esa terrible hora de mi vida! Tenga usted en cuenta, pues, lo que ha debido ser para mí ese desengaño a que se refiere... A esa edad en que el destino del hombre está en suspenso, es casi siempre una mujer quien lo decide... quien lo convierte en bueno o en malo... Cuanto a mí, esa mujer fatal ha sido su amiga de usted... Tal cual ella se me aparecía entonces, con su temible belleza y sus supuestas virtudes, era a mis ojos como el viviente símbolo de la dicha que yo soñaba en el seno de un hogar respetado... Yo había cifrado todo mi porvenir, toda mi vida en ese ensueño de que ella era la inspiradora... Usted sabe todos los obstáculos que nos separaban, usted conoce todas las objeciones, todas las resistencias que debía yo arrostrar o vencer... Usted sabe que estaba pronto a todas las abnegaciones, a todos los sacrificios... No ignora que lo aceptaba todo, las privaciones, las estrecheces, la sujeción, el trabajo... con tal que fuera mi mujer... Sabe, en fin, cuánto la amaba... con qué loca ternura... casi santa, me atrevo a decirlo así... Y cuando ella ha burlado un amor semejante, le admira a usted que me haya convertido en un insensato y que la llame una miserable.
--Señor de Pierrepont, le compadezco con toda mi alma... pero, ¿es digno de usted, de su buen sentido, de su rectitud, llamar miserable a una mujer porque ha rehusado casarse con usted?
--¡No la trato de miserable porque haya rehusado casarse conmigo... sino porque durante meses y años ha alentado mi pasión, porque me ha hecho creer que la compartía... y porque mintió, en fin!... Vamos a ver, señora, ¿cree usted que soy un niño? ¿cree que pude engañarme con respecto a su actitud, a sus miradas, a su acento, a su silencio mismo? Pues que, ¿todo eso no estaba diciendo que me amaba? ¡Vamos, que usted misma estaba persuadida y todo eso no era más que mentiras y fría coquetería!... Y es que entonces, a pesar de mi escasa fortuna, para ella que no tenía nada, era yo un partido... pero el día en que un pretendiente más rico se le presentó, arrojóse en sus brazos sin mirar que me partía el corazón.
--¡Si supiera, señor, si supiera cuán injusto es usted!
--¡Se arrojó en sus brazos sin mirar que me partía el corazón!--continuó con exaltación creciente--, y todo lo que por mí pasó en ese momento, todo lo que he sentido de desencanto, de humillación, de dolor, de salvajes celos... ¿cómo no lo comprende usted? He pensado en darme la muerte... pero la vida que llevo es un suicidio como cualquier otro... con el descrédito y la vergüenza además.
--¡Señor de Pierrepont... cálmese, se lo ruego... cálmese!...
--Ha conseguido volverme loco... me ha hecho perverso en todo sentido... ¡Ah! le juro que ella misma ha de convencerse de lo que digo. ¡Ahora hace un instante, me negaba un favor baladí... y todo por ultrajar a esa mujer... que vale bien poco, es verdad... pero que, de cualquier manera que sea, es mejor que ella...! ¡Pues bien, o nos dará una satisfacción a la baronesa y a mí, o le mataré a su marido!... De todos modos lo aborrezco; un hombre honrado y todo lo que se quiera... pero a quien aborrezco, sí... ¡hará el retrato de mi amante o lo mandaré al otro mundo!...
--Señor de Pierrepont--exclamó la vizcondesa, oprimiendo el brazo del marqués--; por todo lo que más quiero y lo que más respeto; por todo cuanto hay de más sagrado, le juro... ¿me oye usted? le juro que Beatriz es inocente de lo que la acusa.
--¡Sin duda, se lo ha dicho ella!--murmuró Pierrepont sonriendo con amargura.
--¡Ay, Dios mío!--continuó la señora de Aymaret fuera de sí--. Pues bien, me lo ha dicho... me lo ha dicho todo... me ha confesado todo... me ha dicho que le ama a usted desde su infancia y que nunca ha amado a otro hombre sino a usted... me ha dicho que la idea de ser su mujer era la única de sus ilusiones... que le adoraba, en fin... y que la tía de usted la obligó a rehusar su mano de usted so pena de desheredarle... que por usted se ha sacrificado... que por usted ha sufrido el martirio... ¡Ahí tiene usted la verdad pura!... y le digo que será el último de los hombres si alguna vez hace que me arrepienta de la indiscreción culpable... culpabilísima... que acabo de cometer... únicamente para evitar una desgracia... para evitar el crimen que premedita usted.
El marqués la contemplaba con mirada incierta, aun dudando todavía, pero la confidencia que acababa de brotar del corazón y de los labios de la vizcondesa tenía tal sello de verdad, que por sí misma se imponía; así lo comprendió rápidamente el marqués, y tomando con efusión las manos de la de Aymaret, mientras se sentaba delante de ella abrumado y confuso:
--¿Es posible?...--le dijo--. Sí, yo sé que nunca falta usted a la verdad... ¡Oh! que Dios le premie el bien que me ha hecho usted... ¡Oh! ¡cuan agradecido le estoy!... ¡No me da usted la dicha, ay!... pero al menos me devuelve carácter y honra.
--¡Tomo nota de ello!--díjole la vizcondesa apretando la mano de Pierrepont, y le dio entonces detalles de las amenazas de que Beatriz había sido víctima por parte de la muerta baronesa, no habiendo ya razón para ocultarle esos particulares que Pedro demostraba avidez en conocer.
El movimiento de los espectadores de la sala les dio a entender que un acto terminaba.
--Mi querido señor--dijo al marqués la vizcondesa poniéndose de pie--, los dos tenemos necesidad de reposo... y todavía más de reflexión... por otra parte, deben empezar a inquietarse en el palco de enfrente por su ausencia.
Pierrepont hizo un gesto de soberana indiferencia.
--Vaya usted mañana a verme a las dos--concluyó la señora de Aymaret--. Tenemos que tratar una cuestión muy seria, el de la conducta a seguir respecto a Beatriz.
--Hasta mañana, pues, señora... y todavía una vez gracias mil... ¡Oh, gracias mil!
Y ganó la puerta del corredor mientras que ella entraba en su palco.
XIII
PASIÓN
La prudente mujercita pasó una noche muy inquieta pensando las consecuencias probables o posibles de la grave revelación que se había visto obligada a hacer al marqués. Esta trascendental confidencia le fue arrancada por necesidad tan imperiosa que nada podía reprocharse en su fuero interno, no pudiendo caber duda alguna acerca de que el primero de sus deberes fuese evitar a cualquier costa y ante todo el peligro de un sangriento conflicto personal entre Pierrepont y Fabrice; pero no por eso deploraba menos haberse visto reducida a tan apremiante extremidad sin que pudiera ocultarse a su buen juicio que la fuerza de las circunstancias iban a poner a Beatriz, para el futuro, en una situación por extremo delicada con respecto al hombre que se hallaba en posesión del secreto de aquélla.
Dejar ignorado que Pierrepont lo conocía hubiese sido ilusoria presunción, porque Elisa no podía esperar que el marqués se condenase en lo sucesivo a la misma reserva que observara en el pasado, siendo imposible suponer tampoco que consintiese ahora en continuar soportando el desprecio de Beatriz sin intentar ante ella una justificación de su pasada conducta, aunque no fuese más que de aquella observada la noche anterior en el palco del teatro Francés. Y desde el momento que una explicación era inevitable, pensó acertadamente la señora de Aymaret que sería más decoroso y menos arriesgado hacerla ella misma a la interesada, descartando por ese medio a Pierrepont. En cuanto al nuevo sesgo que forzosamente iban a tomar las relaciones de Beatriz con el marqués, nada le pareció mejor a fin de prevenir todo peligro sino hacer un llamamiento a los sentimientos de honor que en los dos reconocía. Franca y recta nuestra vizcondesa, otorgaba generosa y tal vez excesiva confianza a los nobles y leales procederes; así, pues, dado este sentir, consideradas estas circunstancias, parecióle imposible que ningún expediente cualquiera pudiese dar el laudable resultado que perseguía.
Bajo la impresión de estas ideas fue que recibió al marqués cuando fue a casa de ella al otro día en la hora que la vizcondesa le había fijado. Pierrepont se presentó muy serio, y su hermoso rostro, aunque un poco alterado, no conservaba traza alguna de aquella perversa risa que se apoderara hacía tiempo de su semblante a guisa de mueca nerviosa.
--Asegúreme de antemano, querida amiga, que no he soñado lo que me confió usted anoche.
--Y no lo ha soñado usted... Ahora hablemos razonable y seriamente, si es posible. Le he libertado de una pesadilla que desgarraba su corazón... ha sido un poco a pesar mío, lo confieso... pero, en fin, creo que, eso no obstante, me guardará algún agradecimiento.
--Un agradecimiento infinito.
--Lo veremos... Hablemos claro. Posee usted ya el secreto de Beatriz; sabe usted que le ha amado mucho y que en lugar de haberle traicionado y sacrificado, como creía usted, ha sido ella, por el contrario, quien se impuso un verdadero martirio. Hoy tiene ya otras afecciones, otros deberes, y esté usted seguro de que no conseguirá apartarla de ellos, pero si abusa de mi forzada indiscreción, conseguiría turbar su tranquilidad... y a mí, señor, en premio del servicio que le he prestado, me sumiría en un abismo de dolor.
--Déme usted sus órdenes, dígame qué quiere que haga.
--Pierrepont, está usted para siempre separado de la mujer a quien un día pensó usted unirse, y que le amaba como usted la amaba... eso, no lo niego, es una gran pena, una gran desdicha, pero irremediable, consumada; no, no debe, pues, pensar en otra cosa que en poner a cubierto de un seguro naufragio aquello que aun todavía puede ser; honrosamente salvado; no le exijo que abandone París y que no vuelva a ver a Beatriz, no, eso sería demasiado... pero sí le ruego que la vea en lo sucesivo como a una mujer de la que nada hay que esperar fuera de la amistad y de la estima. Mucha firmeza necesitará usted, lo sé, para dar cumplimiento a mi súplica; ¿mas no me dijo usted ayer mismo que le había devuelto el carácter... y el honor?
--Señora, espero darle la prueba.
--Gracias mil--respondió la vizcondesa conmovida--, pero, para ayudarle en su propósito--añadió sonriendo--, me permitirá usted que tome algunas precauciones sugeridas por mi antigua experiencia... Entre todas las contingencias que podrían poner a prueba su tesón, hay una que preveo y que deseo evitarle... Le ruego que prescinda de toda explicación directa con Beatriz; yo la pondré al corriente de lo ocurrido hoy mismo y no tendrá más sino presentarse de nuevo en casa de Fabrice como si nada hubiera pasado. Le prometo que será bien recibido; no se le hará alusión alguna ni en cuanto al presente ni en cuanto al pasado, y usted me promete, ¿no es verdad? rehuírlas también por su parte... ¿me promete también no enternecerse?... ¿me promete, en fin, no ser para Beatriz más que un bueno y antiguo amigo como lo es para mí... y nada más?
--Se lo prometo, y creo no tener en ello gran mérito, porque lo que me ofrece me parecerá bien grato en comparación a lo que he sufrido.
--¡Sea en hora buena!... ahora le despido... Voy inmediatamente a su casa. Le he dado cita para hoy a mediodía.
--Pero, señora, puesto que usted me prohibe que me sincere ante ella, que me justifique a sus ojos, a lo menos que sepa...
--Lo sabrá todo... Si no le escribo vaya usted a verla cuando tenga por conveniente, pero con preferencia el lunes... es el día que recibe... y así se perderá entre mucha gente... eso será menos violento para usted y para ella... ¡Pero es tarde! ¡Me voy!... ¡Hasta otro día!
Y se separaron...
Todavía bajo el imperio de la dolorosa escena de la víspera no había podido aún Beatriz dominar sus angustias cuando recibió por la mañana el lacónico billete por el cual la señora de Aymaret la preparaba para tener con ella una importante entrevista. Después, al momento que la vio entrar, corrió la mujer del pintor al encuentro de su amiga preguntándole con grande inquietud:
--¿Qué hay?.... ¿qué ocurre?
--Hay en primer lugar que te traigo las excusas del marqués de Pierrepont, y además la seguridad de que en adelante no nos hará sonrojar la amistad que le profesamos.
--¿Es verdad lo que me dices?--exclamó Beatriz uniendo las manos en un transporte de grata sorpresa..
--Sí, hija mía; pero esa satisfacción la he comprado un poco cara... Siéntate, que voy a contarte mi historia.
Y le refirió la tormentosa conferencia que tuvo la víspera con el marqués en el saloncito del teatro Francés, sin omitir, por supuesto, el desenlace. ¡Había traicionado a Beatriz! Pero la había traicionado para defenderla contra injustas y crueles imputaciones, para volver la calma a un desdichado en la desesperación, en fin, y, sobre todo, para conjurar el inminente peligro de un deplorable desafío.
Beatriz, que la escuchaba con apasionado interés, no respondió sino cubriendo de besos la mano de su amiga.
Segura ya del perdón de aquélla, pasó la vizcondesa al terreno de las recomendaciones, de los consejos, de las súplicas, repitiendo bajo otras formas lo mismo que había dicho a Pierrepont, poniendo en antecedentes a su amiga de lo que conviniera con el marqués y procurando hacer comprender a aquélla, como Pedro por su parte lo comprendía también, que, al renunciar a lo imposible, al aceptar lo irreparable, encontrarían todavía algunos encantos en su recíproca situación, encantos sin duda melancólicos, pero puros y profundos en su misma poética nobleza. Fuera de eso no quedaba para Beatriz más que oprobio, degradación, sonrojo, y para la misma señora de Aymaret eternos remordimientos por una imprudencia tan involuntaria como imprescindible en evitación de mayores males.
Beatriz le dio las gracias con efusión, confesándole que en lo íntimo de su conciencia se alegraba de que Pierrepont supiera la verdad y que sería aún más dichosa si lo viese volver a la buena senda, asegurando a la vizcondesa que en cuanto a lo demás podía tener confianza en ella. «Hay--le dijo con entera buena fe y no sin un poco de altivez--pensamientos que nunca me asaltan... He sufrido mucho, y mucho me queda que sufrir todavía, pero aun cuando no tuviera principios tendría bastante orgullo, demasiado respeto a mí misma para ir a buscar el consuelo de mi perdido amor en una intriga galante.
Después de tan satisfactoria conferencia, la señora de Aymaret volvió a su casa y se tendió en un sofá durmiéndose con sueño de justo.
El día siguiente de estos sucesos era un lunes, y, por consecuencia, el de recepción en casa de Beatriz. No quiso aguardar Pedro más tiempo para dar un paso que lo atraía y lo inquietaba al mismo tiempo; encontró a aquélla rodeada de visitas, circunstancia que atenuó las dificultades de esta primera entrevista. Un apretón de manos bastante prolongado, un rápido cambio de profundas miradas fue toda la explicación que medió entre ellos.
Al abandonar la sala entró el marqués en el taller de Jacques, quien no pudo reprimir, al ver a su antiguo amigo, un movimiento de sorpresa y de embarazo.
--Querido maestro--le dijo sencillamente Pedro--, heme aquí de nuevo... semejante al hijo pródigo... En una palabra, he tenido graves disgustos... lanzándome para olvidarlos en una miserable vida de calavera... sin conseguir mi objeto... y vengo hoy a buscar ese olvido en el seno de mis antiguos amigos... no sin confesar que por ahí debiera haber empezado.
--Tú eres siempre bien venido, queridísimo Pedro--replicóle el pintor, dándole un prolongado y vigoroso apretón de manos--. Tu presencia me hacía falta y también tus consejos... y para reparar de seguida el tiempo perdido, voy a enseñarte un cuadrito que me está dando que hacer--y diciendo esto levantó un forro de sarga que cubría el caballete--. Para que no te equivoques--continuó--, principiaré por decirte que es el retrato de miss Nicholson; como ves, la pinto en figura de Hebe, y en el viejo estilo de nuestros padres, es un ensayo... Hebe se apresta a ofrecer la copa a los dioses... que están entre bastidores... ¿qué te parece?... ¡Yo la encuentro atroz!
--¡Es magnífico!--contestó el marqués, después de un minuto de examen.
--¡Vamos, tanto mejor! Pero hay todavía para diez sesiones... Tengo otra pelota en el tejado... pero ésta es la mar... figúrate que la primera vez que vino a verme descubrió el bueno de papá Nicholson, curioseando en mis cartones, el bosquejo de cuatro grandes recuadros representando las cuatro estaciones... se ha enamorado de aquéllos y quiere que se los pinte para su comedor de Chicago... Ya ves que nada se rehusan, en Chicago... Cuatro pedazos de pinturas de tres metros por dos... ¡como quien no dice nada!... «Pero, señor--le dije--, para dar a usted gusto tendría que consagrar exclusivamente a esa obra un año de vida... por lo menos... y francamente, mis medios no me lo permiten...» ¡Motivo de más para estimular al buen señor, que me ha ofrecido una fortuna!... ¡Y como al fin tengo mujer e hija, es ésta una ocasión para asegurarles su porvenir... por cuyo motivo he aceptado!
--¡Has hecho muy bien, y papá Nicholson tiene mejor gusto de lo que yo suponía!... ¿Y has empezado ya tus recuadros?
--No están más que esbozados... pero no puedo trabajar aquí... el taller es demasiado chico... Me veo obligado a aceptar la hospitalidad de un vecino hasta que vuelva a mi colgadizo de Bellevue, donde nos encontraremos a nuestras anchas los recuadros y yo. Hemos vuelto a alquilar la quinta del año pasado, y mi mujer, en consideración a este trabajo excepcional, me concede instalarse en el campo muy temprano este año. ¡Espero, mi querido marqués, que no aprovecharás otra vez nuestra residencia en el campo para hacernos una nueva rabona!
--Teme, por el contrario, verme aparecer con demasiada frecuencia en tu horizonte--respondió Pierrepont riendo.
Así se vieron restablecidas bajo el pie de la antigua intimidad, las relaciones amistosas de estos dos hombres. Fabrice no pudo ocultar a su mujer el contento que esto le causaba, y, por la tarde, durante la comida, como hablasen de ese particular, la mortificó inocentemente con sus embarazosas preguntas acerca de lo que ella pudiese saber o adivinar sobre las causas que originaron esta dichosa y repentina conversión de Pedro.
--Se me figura--dijo el pintor a Beatriz--, que tu amiga la señora de Aymaret es quien ha operado el milagro.
--Eso mismo me imagino yo--respondió Beatriz.
--Lo que me llama más la atención es que anteanoche en el teatro, sin ir más lejos, de todo tenía cara menos de penitente.
--¡Pues precisamente!--replicó Beatriz--. Fue a nuestro palco a ver a Elisa cuando ya nosotros nos habíamos ido, y aquélla le predicó un sermón sin paño.
--¡Qué atractiva personita! Mas Pedro echa la culpa de sus calaveradas a grandes disgustos que ha tenido... ¿Qué grandes disgustos han sido ésos?... ¿Tienes alguna idea?
Beatriz dio respuesta a su marido con un signo negativo de cabeza y en sus labios se dibujó indefinible sonrisa.
Pocos días después de estos incidentes, ocupábase la crónica escandalosa de París de una ruptura entre el marqués de Pierrepont y la baronesa de Grèbe. Estos rumores eran fundados. Habiendo decididamente rehusado aquél servir de intermediario con Fabrice para que éste hiciera el retrato de la joven dama a la moda, ésta lo despidió después de una violenta escena, y aunque mandó llamarlo al día siguiente por medio de un almibarado billete, Pedro fue inexorable, por más que el barón Julio, completamente domesticado ya, se hubiese tomado personalmente el trabajo de llevar por sí mismo la misiva.
En los primeros tiempos inmediatos a la reconciliación de Pierrepont con Beatriz, tuvo la señora de Aymaret el gusto de ver que las recíprocas relaciones de aquéllos tomaban el carácter que ella les había asignado con atinada prudencia. La vizcondesa notaba en la mutua actitud de Pedro y de su amiga, en su miradas, en su lenguaje, tan leal franqueza, tan tranquila paz, aun cierta alegría misma que le parecieron del mejor augurio, pues se echaba de ver en sus procederes ese contento de las personas que se encuentran satisfechas en una situación dada sin aspirar a salir de ella. En realidad, encontrábase todavía bajo la influencia de la impresión primera, que era para los dos la de un inmenso alivio, porque Beatriz no tenía ya sobre su pecho aquella pesadumbre de verse acusada y condenada por el hombre que era para ella todo en el mundo, y Pierrepont, por su parte, a quien el aparente desdén de Beatriz había tan profundamente lastimado en su sensibilidad, y, justo es decirlo, también en su orgullo, no sentía tampoco sus heridas desde el momento que se sabía amado. Fueron, pues, estos momentos de deleite que dieron a ellos, al menos por algún tiempo, la ilusión de apacible y duradera dicha.