Chapter 1
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BIBLIOTECA de LA NACIÓN
OCTAVIO FEUILLET
HONOR DE ARTISTA
BUENOS AIRES
1919
Derechos reservados.
Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires
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ÍNDICE
I.--Pedro de Pierrepont II.--Fabrice III.--Beatriz IV.--Aquellas señoritas V.--La vizcondesa de Aymaret VI.--El secreto de Pedro VII.--Rivales VIII.--Marcela IX.--Gustavo Calvat X.--Confidencias XI.--«Fin de siglo» XII.--Del palco del Teatro Francés XIII.--Pasión XIV.--La apuesta XV.--Honor de artista
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I
PEDRO DE PIERREPONT
Uno de los más nobles nombres de la vieja Francia, el de los Odón de Pierrepont, era llevado, y bien llevado, hacia 1875, por el marqués Pedro Armando, quien frisaba entonces en los treinta años, y venía a ser el último descendiente masculino de tan ilustre familia. Era el marqués uno de esos hombres que, por su bello y serio rostro, su gracia viril, su elegancia correcta y sencilla, hacía espontáneamente brotar de los labios esta frase de trivial admiración: tiene porte de príncipe.
Y en efecto, difícil hubiera sido figurárselo detrás de un mostrador, midiendo seda en un almacén o desempeñando otra profesión cualquiera que no fuese la de diplomático o la de soldado, que son, al fin, oficios de magnate. Por otra parte, habíase podido apreciar de qué fuera capaz el marqués de Pierrepont, vistiendo el uniforme militar, por cuanto en la guerra del 70 dio pruebas del más cumplido valor, volviendo pacíficamente, una vez terminada aquélla, a emprender su vida habitual de parisiense y de dilettante a que lo impulsaban tendencias, gustos, falta de ambición, y un poco también el deseo de complacer a cierta anciana tía, que no se contaba seguramente entre las fervientes admiradoras de la república.
Era esta tía la baronesa de Montauron, por su familia Odón de Pierrepont; cifraba en su apellido el más grande orgullo y era viuda y sin hijos, circunstancia que no la entristecía, puesto que, merced a ella, proponíase disponer a su muerte en favor de su sobrino, de los cuantiosos bienes que heredara de su difunto marido, dando por esta combinación nuevo brillo a los un tanto deslustrados blasones de su casa, porque sin que pudiera estrictamente decirse que los Pierrepont se hallasen arruinados, encontrábanse, de dos generaciones atrás, en menos que mediano estado de fortuna, sobre toda si se considera cuán grandes son las exigencias de la vida al uso de los tiempos que alcanzamos.
Una renta de escasas treinta mil libras fue todo lo que de la sucesión paterna pudo sacar el joven marqués, y si esta suma era suficiente para asegurar su independencia, no era bastante ni aun adicionada con el ligero suplemento que a título de aguinaldos dábale anualmente su tía, para llenar las necesidades de posición a que se veía obligado un hombre de su clase, representante de toda una estirpe de grandes señores. Ciertamente que la señora de Montauron, que tenía por su parte una entrada anual de muy cerca de cuatrocientos mil francos, habría podido muy bien no aguardar la hora de la muerte para dorar un poco el escudo heráldico de su sobrino, pero la dominaba una pasión todavía más decisiva que el orgullo de raza, y esa pasión era el egoísmo. Verdad es que la vida un tanto estrecha que las circunstancias obligaban a llevar a aquél, mortificaba grandemente la altivez de la vieja baronesa, pero, así y todo, no se resolvía a tomar sobre sí la obligación de mejorarla en algo mediante cualquier leve sacrificio impuesto a sus comodidades personales. Tenía esta señora, en la época de nuestro relato, cincuenta años, y según cálculos que hiciera sobre ciertas estadísticas de mortalidad, tenida en cuenta la longevidad de sus ascendientes, había venido a sacar en limpio que su existencia podría aún prolongarse cosa de treinta años, por término medio. La humillación de ver al último varón de su raza reducido a estado relativamente precario por tan largo espacio de tiempo, era para ella prueba penosísima, pero la sola idea de verse obligada a vender su casa de la calle Varennes o sus bosques de los Genets, presentábase a su imaginación cual rasgo de rematada locura, y, en su afán de conciliar sentimientos tan contradictorios, dio en la idea de mejorar la suerte del marqués por el único expediente posible, que era casarlo con una rica heredera.
Tal era el fin que perseguía con vehemente anhelo la señora de Montauron en los momentos en que principia esta verídica historia. Serias preocupaciones atormentaban a la baronesa acerca de que su hermoso sobrino, como ella lo llamaba, quien, por otra parte, era muy buscado en sociedad, sobre todo por las damas, se prestase fácilmente a abandonar su vida independiente y galante para doblar el cuello a la, marital coyunda, si bien debe observarse, como es bastante frecuente, que suelen ser aquellos hombres más llamados por sus atractivos personales a más rápidas conquistas de femeninos corazones, precisamente los que menos importancia dan a su envidiable fortuna: indiferentes hacia triunfos para ellos fáciles, carecen en general de esa fatuidad, de eso que pudiéramos llamar furor galante, característico en aquellos otros de sus congéneres cuyas victorias sobre el bello sexo débenlas únicamente a la constante lucha contra un modo de ser moral y físico en que no abundan como don natural los atractivos. Mucho se hablaba de los éxitos obtenidos en esas lides por el marqués de Pierrepont, si bien él, conduciéndose con caballeresca discreción, jamás confesó ninguno, por más que en lo que se decía mucho debía haber de verídico y auténtico; en resumen, no era un libertino, y aun puede asegurarse que había en él un fondo de seria dignidad que comenzaba a alarmarse de esos devaneos a que tarde o temprano lleva fatalmente la soltería.
Y como prueba de lo que venimos diciendo, manifestaremos que departiendo acerca de estos escabrosos particulares con el pintor Jacques Fabrice, a cuya casa solía ir por las tardes con el fin de tomar una taza de te y fumar un cigarrillo, se expresaba en estos términos el señor de Pierrepont, dirigiéndose a su amigo:
--¿Sabes lo que me pasa? Hoy cumplo treinta y un años.
--Hermosa edad--replicó el pintor, que dibujaba al amparo de la amplia pantalla de su lámpara.
--Es, en efecto, una hermosa edad--continuó el señor de Pierrepont--; es la edad en que el hombre se halla en la plenitud de sus facultades, pero es al mismo tiempo una hora crítica, una hora decisiva en la vida y sobre todo en la vida de un ocioso, de un simple dilettante como yo. Me encuentro en esa fatídica línea que separa la juventud de la edad madura... Si resbalo, en ese período de la existencia, llevando a él las pasiones y los hábitos de los pasados días, no puedo hacerme ilusiones sobre el porvenir que me espera... Me parece que tengo algunas nociones siquiera de honor y de buen gusto... además, profeso instintivo horror a todo lo que es falso y bajo... y, sin embargo, si me abandono al ciego destino en estos momentos de crisis, vislumbro un futuro que hiere todas mis singulares aprensiones... Entreveo en el horizonte amores de decadencia, una juventud artificial obstinándose en combatir en vano contra las advertencias y las humillaciones de la edad... secretas operaciones de tocador tan vergonzosas como inútiles... alguna vieja amante legítima in extremis... y otras mil cosas del mismo género, a las cuales, es cierto, amigo mío, que en nada me cedían cuanto a delicadeza, han concluído por resignarse mansamente... Pues bien, mi buen Fabrice, cuanto más reflexiono acerca del medio de escapar a este triste futuro, tanto más me convenzo de que no hay otro medio sino seguir la trillada senda de nuestros antecesores.
--¡Ah! ¡Ah!--dijo Fabrice.
--¡Naturalmente!--exclamó Pedro--; el matrimonio, sin duda que el matrimonio tiene sus inconvenientes, sus tristezas, sus peligros, pero, así y todo, es el mejor abrigo en que un hombre puede pasar tranquilo la vejez y aguardar la muerte sin deshonrar sus canas.
El pintor dio un hondo suspiro sin responder a Pedro.
--Dispénsame--le dijo su amigo--. Este asunto te enoja con razón. No debiera haberlo olvidado.
--Mi experiencia personal es muy triste a este respecto; tú lo sabrás, Pedro--contestó el pintor--; pero, después de todo, eso no quiere decir nada... Hice un matrimonio de loco... en fin, no me arrepiento, porque, al cabo, tengo a mi hija.
--Precisamente--añadió Pierrepont--, tienes una hija... yo también puedo tener otra, tal vez un hijo, y ésos son afectos, distracciones que hacen olvidar a un hombre el eterno femenino: digo más: pueden revestir de cierto prestigio la edad madura de la vida... Es hermoso ver a un padre todavía joven llevando a sus hijos de la mano a paseo... ¡Bueno! qué quieres, vas a admirar mi candor... pero... pero siento como un vago deseo de amar siquiera una vez en la vida a una mujer honrada.
Los ojos del pintor se apartaron un momento del dibujo para fijarse con aire de extrañada simpatía en el bello rostro de su amigo.
--¡Vamos! ¡Ya! quieres ensayar un segundo estilo... quieres saber si en materia de amor, hay algo más superior, algo que aventaje a eso que en lenguaje de mostrador se llama bisutería. Y bien, ¿qué te falta para realizar tan poético ensueño?
--Una mujer.
--Exactamente. Pero me parece que con tu nombre, tu porvenir... tus atractivos personales, si me permites que así me exprese, no te será difícil encontrarla con sólo quererlo.
--No sólo con quererlo yo; es preciso que también lo quiera mi tía.
--¿No me has dicho que tu tía deseaba casarte lo más pronto posible?
--Di mejor lo más ricamente posible--replicó el marqués acentuando amargamente la frase--: mi tía sostiene que, siendo el matrimonio una pura lotería, de lo que solamente debe uno preocuparse es del dote, abandonando lo demás al azar... Te aseguro que yo no opino del mismo modo... Compréndeme bien: no me encuentro en situación de mirar con desdén los títulos de renta al tres por ciento... pero, sin embargo, desearía, que al mismo tiempo me ofreciera mi prometida ciertas garantías de honor y de dicha... y todavía añado, garantías excepcionales... Ya tú sabes la educación que hoy reciben las niñas... eso aterra. Y ahí tienes por qué mi matrimonio, aun deseándolo tanto mi tía y yo, no acaba de salir de los limbos de la hipótesis... A propósito de mi tía: ¿vas a venir a los Genets? Mi tía me dice en su última carta que cuándo puede contar contigo.
--A partir del 15 de agosto estoy libre y a sus órdenes.
--¡Magnífico! No la conoces, ¿es verdad?
--No, hijo, ni aun de retrato.
--Bien, ya te he dicho que como retrato, sería... ¿cómo te diría yo?... sería... un poco ingrata.
--Ya trataré de conquistarla.
--Tendrás méritos si lo consigues.
--Hasta la vista, pues.
--Hasta la vista, adiós.
II
FABRICE
¿Hay en el arte especial del pintor, en esa vida solitaria, semiclaustral que su profesión le impone, en esa afanosa carrera en pos de un tipo de absoluta belleza, jamás alcanzado, alguna secreta virtud que eleve su espíritu, que depure su moral personalidad? No lo sé, mas no me engañaría si asegurase que suelen encontrarse en los talleres del pintor, con más frecuencia que en cualquier otro sitio, esas almas candorosas y graves, esos corazones sencillos, rectos y altivos que tan alto hablan en honor de la humana especie; y sin que pretenda dar a mi observación la fuerza de una verdad axiomática, que sería irracional e injusta, puedo decir en conciencia, que pocos caracteres podrían compararse en nobleza con los de algunos artistas a quienes muy de cerca he conocido.
Los orígenes de Jacques Fabrice eran humildísimos.
Desempeñaba su padre modesto empleo en una de las alcaldías de París, y, aunque murió joven, vivió, sin embargo, lo bastante para contrariar por todos los medios la precoz disposición que para las artes del dibujo mostrara el niño. Ocupábase la madre en la, confección de flores artificiales, y dotada de más delicado instinto, simpatizaba secretamente con los gustos de su hijo. Una vez viuda, consiguió en breve hallar el camino de procurar a éste la indispensable enseñanza artística, alentándolo al propio tiempo en su noble vocación; y contaba el muchacho apenas quince años, cuando ya podía ayudar a la madre en los breves gastos de su pobre hogar, pintando para el caso muestras de tienda, en los estrechos intervalos que le dejaba el aprendizaje. Dícese que fue viéndole trabajar en la fachada de cierta miserable taberna de Meudon, donde uno de los príncipes de la pintura contemporánea echó de ver sus méritos, y tal afecto le cobró a poco, que no sólo lo recibió en su taller, sino lo que es más, dos años después llevólo consigo a Italia. Tuvo la madre de nuestro Fabrice la dicha inefable de presenciar los triunfos primeros de su hijo, quien le debía en parte no sólo la naciente nombradía, si que también esa atractiva mezcla de suavidad y de energía que es la natural y conmovedora consecuencia de ese doble papel de protegidos y de protectores que nos hacen, tantas veces jugar los acontecimientos.
No fue, sin embargo, hasta después del admirable cuadro que en el salón de 1875 expuso Jacques Fabrice, que su reputación quedó sentada cual hecho indiscutible; hasta entonces la fama de su competencia no había traslucido fuera de un limitado círculo de amigos y de admiradores, porque su trabajo, lento y concienzudo hasta la nimiedad, su gusto difícil, su horror a lo vulgar, en una palabra, su probidad artística, fueron causas que retardaron esa revelación brillante de su luminoso talento.
Por otra parte, había tenido que luchar en los comienzos de su carrera con abrumadores pesares. Una ligereza de juventud lo impulsó en sus veintidós años a contraer matrimonio con la hermana de uno de sus compañeros de taller: era ésta una muchacha bonitilla que parecía arrancada de un cuadro de Creuze, y como la madre de nuestro pintor, obrera en flores. Fabrice la veía trabajar asiduamente en su ventana, y parecíale al incauto artista que ella fuese la imagen misma de la dicha y de las domésticas virtudes, y forjóse un idilio, barajando en el desvarío de su inexperiencia la alianza de la casta pobreza con la naciente fortuna. Casóse, pues, con ella, y todos los tormentos que una inteligencia predestinada, todas las amarguras que un alma delicada puede sufrir al contacto permanente de la vulgaridad de espíritu y de la bajeza de carácter, todo eso lo sufrió Fabrice al lado de esa preciosa criatura. Incapaz de comprender siquiera las altas condiciones del artista, le reprochaba sin cesar con gritos de furia, la lentitud de sus estudios, la serena conciencia que ponía en su trabajo, impulsándolo a la premura productiva de la ruin producción comercial, y aun se dio caso de llevar ella misma ávidos mercaderes al taller de su propio marido, ausente éste, vendiéndoles a vil precio no acabados cuadros, con gran desesperación del artista sin ventura. No tuvo, por último, más que un mérito: murió al cabo de siete u ocho años, dejando a Fabrice una niña que por dicha no se parecía a su madre.
El joven marqués de Pierrepont, cuyo diletantismo ocupábase casi con idéntico entusiasmo en las cosas del sport como en las del arte, y que era un juez eximio en ambas materias, fue uno de los primeros en vislumbrar el gran porvenir que la fortuna reservaba a Jacques Fabrice. Se habían conocido durante los aciagos días del sitio de París, eran camaradas en la misma compañía de uno de los regimientos de marcha y habían sido también compañeros de ambulancia, los dos heridos en la batalla de Châtillon. Como resultado de estas relaciones, empezó el marqués a frecuentar el taller de su nuevo amigo, haciéndose desde este momento el apologista de su talento en la buena sociedad, talento todavía o ignorado, o discutido. Así, con el transcurso del tiempo, habíase venido a formar entre ellos una amistad tan estrecha y confiada, cual puede ella serlo tratándose de dos hombres por naturaleza altivos y reservados.
Pedro de Pierrepont procuró varias veces, aunque sin éxito, convencer a su tía de que se dejase retratar por su amigo, garantizándole su competencia e indiscutibles méritos, insinuándole que sería honroso para ella, y al mismo tiempo económico, ser una de las primeras en dar relieve a un artista llamado a alcanzar ruidosa reputación.
--Mira--le contestaba la tía--, me parece mejor aguardar a que esa celebridad se haya hecho por ministerio del prójimo; a mí no me gusta servir de muestra.
Pero los triunfos que en el salón de 1875 obtuvieron los cuadros de Fabrice decidieron a la desconfiada baronesa, dignándose por fin otorgar su protección a un hombre que precisamente ya en aquellos momentos para nada la necesitaba; pero el hecho fue que al cabo se resolvió, y después de ardua y detenida conferencia con Pierrepont, tuvo a bien invitar al pintor a que fuera a pasar algunas semanas en los Genets, donde ella podría entregarse a las molestias consiguientes a tal operación, con más comodidad y espacio que en París.
Por consecuencia de tan alta merced, Fabrice debía, según ya dijimos, trasladarse a la susodicha posesión, en el departamento de Orne, para reunirse allí con el marqués, una vez vuelto éste de las carreras de Deauville.
III
BEATRIZ
La baronesa de Montauron, en cuya casa vamos a penetrar, siguiendo los pasos de su sobrino el marqués de Pierrepont, era una mujer de mucho talento y gracia suma, pero sin corazón: había hallado, sin embargo, modo de crearse sólida reputación de alma generosa, recogiendo cierta joven huérfana, lejana pariente de su marido, la cual huérfana le servía de lectriz, de enfermera y aun un poco de doncella.
Beatriz de Sardonne, era hija del conde de su apellido a quien las carreras de caballos principiaron a arruinar, rematándolo la Bolsa; murió, pues, dejando a su hija con mil francos de renta, y dicho se está que mil francos de renta son la miseria o el convento. La señora de Montauron, que envejecía en tiempo y declinaba en salud, hacía fecha que pensaba en procurarse una señorita de compañía que aliviase el peso de su soledad y la carga de sus enfermedades. Deseaba, naturalmente, que dicha señorita fuese distinguida, y esto por decoro de su casa y nombre: quería también que la candidata tuviera buen carácter (circunstancia más que esencial, indispensable, créanos el lector, para estar a su lado). Exigía que fuera hermosa, a fin de que su presencia viniese a ser como un cebo para el sexo fuerte, de cuyos atractivos había sido siempre la baronesa devota fervientísima. La señorita de Sardonne parecía responder a la perfección a tan varias exigencias, puesto que era de ilustre cuna, perfecta distinción y soberana belleza, y aun hay quien dice que demasiado soberana en sentir de la baronesa, pero era necesario ser indulgente en algo, dado que las señoritas de compañía no pueden mandarse hacer, como los sombreros. Era la señorita de Sardonne de bastante estatura, pero lo que sobre todo la hacía admirar era su magnífico aire: una reina. Ojos de obscuro purísimo azul, tez ligeramente morena, y al sonreír dos hoyuelos se abrían en sus mejillas. ¡Detalle por cierto encantador! Su traje tenía que ser por fuerza muy sencillo; casi siempre un vestido negro sin adornos; algunas veces lo cambiaba por otro tornasolado que modelaba finamente su soberbio busto de diosa, realzando cada uno de sus movimientos a un metálico rielar. Circunspecta por carácter y posición, no hablaba nunca más que para responder con breve urbanidad a las preguntas que se le dirigían, y obedecía, si no con paciencia, al menos con calma imperturbable las con frecuencia mortificantes órdenes y tiránicos caprichos de la baronesa: un imperceptible vertical pliegue entre los dos arcos de sus cejas, que se acentuaba algunas veces bruscamente, podía sólo dar testimonio de la secreta repugnancia que le causaba su casi servil situación.
Esta resplandeciente beldad llena de encanto y de misterio, tenía, cual fácilmente puede concebirse, numerosísimos y a veces no muy delicados apreciadores entre los jóvenes y viejos amigos de la casa, pero la grave decencia, la fría reserva de la señorita de Sardonne derrotaban presto tan sospechosos homenajes. Tal vez en la ingenuidad de su alma, en la tranquila conciencia de su belleza, pudo quizás ella creer que algunas de estas adoraciones eran dictadas por leales sentimientos, por confesables intenciones, mas con su rápida y fina penetración de mujer, no tardó en comprender que todos estos postulantes que sin respiro la asediaban, aspiraban a todo, menos a su mano, y esta convicción diariamente ratificada concluyó por añadir a la honda melancolía que minaba el corazón de la huérfana, la sensación cruel del más acerbo desprecio. Y además, aun cuando ella no hubiese tenido tan alto y merecido concepto de sí propia, aun cuando ella no hubiese sido la hija del conde de Sardonne, contra las asechanzas más o menos tácitas de que pudieran hacerla blanco, tenía nuestra interesante huérfana broquel más templado que el desprecio, escudo más noble todavía que el honor mismo, porque la señorita de Sardonne había ya hecho a alguien merced de su alma.
Es muy raro, en efecto, que una joven no haya escogido, aun desde la infancia, allá en el secreto de su pensamiento, al hombre a que daría su mano, si bien es cierto que sus secretos votos rara vez se realizarán al compás de su voluntad. Encuentra ella siempre entre las personas que frecuenta, una determinada, respondiendo perfectamente al ideal que la mujer se forja del marido, es decir, del novio, porque en esta dichosa edad las dos palabras son sinónimas. Apenas contaba doce años Beatriz de Sardonne, cuando ya paró mientes en la acogida excepcionalmente favorable que en su familia y sociedad se hiciera a cierto joven vecino del campo que pasaba en París los inviernos. Era evidente para la niña que sus tías, sus primas, su mamá misma se conmovían más que de ordinario cuando el susodicho anunciaba una de sus visitas, hasta el punto que la conversación, con frecuencia lánguida aun entre mujeres en el campo, animábase de súbito.
No podía dudarse que la próxima llegada del esperado huésped despertaba en aquellos femeniles corazones grata emoción, y hasta se corría a las ventanas para espiar su venida: en fin, cuando Pedro de Pierrepont aparecía con su aire de príncipe, haciendo caracolear su caballo en torno del césped del jardín, las señoras acudían radiantes al patio, mientras que la señorita de Sardonne, observando las cosas a través del follaje, sentía que su joven corazón se agitaba en su pecho con palpitaciones a su edad proporcionadas.
Las impresiones de la niña, creciendo con ella, fueron tomando de año en año más profundo y reflexivo carácter. El marqués de Pierrepont era universalmente considerado como el prototipo del caballero, del hombre seductor, pero para Beatriz fue más todavía, porque su educación, sus gustos, sus preocupaciones mismas, la predisponían más que a persona alguna a admirar aquella graciosa figura del gentilhombre, aquel ser, por decirlo así, de lujo, que parecía moldeado en diferente arcilla que los hombres humanos y creado únicamente para nobles ocupaciones y elegantes quehaceres: guerra, caza, letras, amor.
Los sentimientos de la señorita de Sardonne por Pedro de Pierrepont habíanse ido desenvolviendo poco a poco hasta llegar a la adoración, adoración que la niña guardaba cual en un santuario, en el más oculto rincón de su casto pecho, sin que Pedro lo sospechara siquiera, pues tenía por las jóvenes de la edad de Beatriz el desprecio propio en un hombre de su temple y años.