civil. Para que la haya, es preciso que vosotros mismos seais los
agresores", dijo Lincoln la primera vez que habló como Presidente al pueblo de los Estados Unidos.
Y la guerra vino, y duró lo que nadie había podido imaginar. Todavía, al inaugurarse la segunda presidencia de Lincoln el 4 de Marzo de 1865, parecía en situación de durar algún tiempo más, acaso "hasta que desapareciese toda la suma de riqueza acumulada durante doscientos cincuenta años por el trabajo esclavo, ó hasta que cada gota de sangre, arrancada por el látigo, fuese compensada por otra igual arrancada por el hierro". Por fortuna, cuando pronunciaba Lincoln estas últimas palabras de su segunda oración inaugural, faltaban pocas semanas para el desenlace final, para que por siempre quedase decidido que la unión de los Estados era un pacto perpetuo é indestructible.
Pero la historia de la sangrienta guerra civil es materia demasiado grande para los límites reducidos de este bosquejo; si ha de tener éste algo de completo en su inevitable brevedad, debe poner punto final al ascender Lincoln á la presidencia de los Estados Unidos, al terminar el conflicto en el terreno pacífico de la palabra hablada ó escrita, al comenzar la guerra devastadora.
JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO
I
Ningún nombre llegó á tener en la isla de Cuba, antes del período de guerras libertadoras que comienza en 1868, tan gloriosa resonancia, de un extremo al otro del país, como el de José de la Luz; todavía hoy, á pesar de que el ciclo de acción y de lucha que comienza en ese año fatídico ha producido otras reputaciones acaso más brillantes, no se ha deslustrado la corona en torno de su frente, nadie ha olvidado al filósofo, al maestro, al educador de esas generaciones que supieron luego desplegar tanta energía y tanta constancia en la dura, desigual contienda contra la nación opresora.
La historia de su vida, desnuda como se halla de incidentes extraordinarios, es el cuadro donde mejor resaltan sus virtudes y servicios eminentes á la patria, porque el hombre valía mucho más de lo que pueden significar las obras reducidas ó incompletas que de él nos han quedado, porque fué en su tiempo para la isla de Cuba el hombre superior, "el grande hombre, causa de muchas filosofías", para aplicarle palabras de Federico Nietzsche.
II
En el año último del siglo XVIII, 11 de Julio de 1800, nació José Cipriano de la Luz en la Habana, en la antigua casa solariega que ya entonces daba nombre á la calle donde estaba. La calle se llama siempre de Luz, pero en el solar se eleva una vasta hostería, que ocupa toda la manzana de casas é incluye el terreno del antiguo Teatro Principal, en aquella época el más importante de la ciudad, derribado por el ciclón terrible de 1846. Fué su madre doña Manuela Caballero, mujer de grandes virtudes, cuya memoria quedó indeleblemente impresa en su alma desde muy temprano como insuperable modelo de la práctica constante y austera del deber más estricto, y de ella probablemente heredó la lucidez de la inteligencia y el puro vigor de su carácter. El público cubano, para distinguirlo de otros del mismo nombre, le agregó siempre el apellido materno, aunque él hasta el fin firmó solamente con el de su padre.
Corrió tranquila su niñez educado por eclesiásticos instruídos, y por algún tiempo acarició el proyecto de entrar en el sacerdocio, siguiendo el ejemplo de su tío carnal el P. Agustín Caballero y otros miembros de la familia; idea que no abandonó tan pronto, pues al graduarse de bachiller en jurisprudencia, ya de veinte años de edad, vestía aun hábitos religiosos conforme á las órdenes menores que tenía recibidas.
Pero en un país cuyos habitantes formaban dos clases opuestas, libres y esclavos, negros y blancos, y donde se creía naturalmente indispensable un código terrible de leyes penales y una multitud de costumbres feroces para mantener quietos y anuentes al yugo á los oprimidos, los sacerdotes, como encargados del registro de la población y de los varios detalles prácticos del único culto consentido, tenían que ser instrumentos activos de la perenne iniquidad de que eran víctima esos seres desvalidos. No podía Luz avenirse á ejercer en tales condiciones un ministerio de paz y caridad y al cabo lo renunció, como más adelante renunciaría al ejercicio de la abogacía, convencido de que la organización de los tribunales y la especie de jueces que en ellos se sentaban, venidos de España, sin arraigo en el país y amovibles al capricho de los ministros que entraban y salían tan á menudo por las oficinas de Madrid, no consentían independencia y apenas dignidad profesional en el abogado.
Cuando salió del Seminario Conciliar, más versado en teología que en otros ramos del saber, necesitó completar por su propia cuenta su educación; hizo profundos estudios científicos y literarios, coronados desde principios de 1828 por un viaje de más de tres años por los Estados Unidos, la Gran Bretaña, Francia, Alemania é Italia. Iba de antemano provisto del conocimiento teórico perfecto de los idiomas de esos países, adquirió luego tal dominio del acento, la entonación peculiar con que se hablan en las capitales de cada uno de ellos, que fué siempre causa de maravilla oirle pronunciar tan correctamente lenguas extranjeras. De las antiguas conocía bastante el griego; el latín le era, gracias á su primera educación eclesiástica, casi tan familiar como el castellano.
Al volver á la patria, completada su peregrinación, no tardó en decidir, ante el estado del país, cual debía ser la ocupación de toda su existencia. La educación primaria y secundaria, la instrucción pública en general, se encontraba entonces en el más miserable estado, de todas las necesidades del país la menos atendida, á pesar de la gran prosperidad material que desde principios del siglo había ido lográndose.
Cuba no era ya la poco importante factoría, el simple punto de escala de las escuadras ó convoyes que iban y venían de Méjico y el mar Caribe. Todos los desastres sufridos por las metrópolis europeas en América, por la Gran Bretaña lo mismo que por España y Francia; es decir, la fundación do los Estados Unidos, el alzamiento de los negros en Santo Domingo, el ingreso de la Luisiana y la Florida en la nueva república angloamericana, la derrota final de la dominación española en el continente desde San Francisco hasta el estrecho de Magallanes, fueron para Cuba como un beneficio particular, que contribuyó poderosamente á aumentar su población, desarrollar su agricultura y su comercio. Apenas fueron suprimidas las trabas absurdas é inicuas que le prohibían todo género de relaciones mercantiles con las regiones vecinas, la que había vegetado pobre y abandonada como una pordiosera al lado de sus opulentas hermanas, Méjico, Guatemala, Venezuela, Nueva Granada; la que con gran dificultad y sólo gracias al socorro que de Méjico le mandaban podía equilibrar sus gastos y sus ingresos, vió en muy poco tiempo tiempo duplicada y triplicada la cifra de sus habitantes, aumentado su tesoro hasta el punto de no requerir más limosna de nadie, de satisfacer ampliamente ella sola sus cargas y poder pronto atender á las llamadas "necesidades de la Península", remitiendo á Madrid desde 1827 un millón anual de pesos fuertes, que penetró en el presupuesto español bajo el título de "sobrante de Ultramar". Ese millón estaba también destinado á crecer rápidamente, y en 1861 mandaba Cuba á España más de cinco millones de pesos anuales en efectivo, amén de muchas otras partidas especiales que nada tenían que ver con los intereses de la isla, como el déficit del presupuesto de la colonia africana de Fernando Poo, ó la abortada reconquista de Santo Domingo, cuyos gastos se liquidaban en la Habana[45].
[45] Para los datos incluídos en este párrafo y el siguiente, véanse: _Pezuela_, Necesidades de Cuba. Madrid, 1865.--_Saco_, Papeles sobre Cuba.--Id. Papeles póstumos, Habana, 1881.--_Zaragoza_, Insurrecciones de Cuba. Madrid, 1872.
Ninguna parte de las sumas producidas por la isla se invertía en favorecer la instrucción pública. Los conventos de frailes y de monjas eran los encargados oficiales de repartirla, y sus escuelas mal instaladas vivían lánguidamente, sin estímulo, sin ser por nadie vigiladas, dedicadas sobre todo á enseñar á rezar. El Ayuntamiento, sin iniciativa, con recursos escasísimos, sin facultades ni aun en asuntos locales, se reducía á pagar una mezquina anualidad de ocho mil pesos á la Sección de educación de la _Sociedad Patriótica_, como se llamaba primero, ó _Sociedad Económica_, como dispuso la suspicacia de las autoridades que debía titularse, asociación puramente privada que, por medio de las cuotas de sus miembros y auxilios buenamente conseguidos entre los amigos, sostenía escuelas gratuitas y luchaba sin cesar por extender su influencia educadora más allá del recinto de la capital. Luz fué desde luego miembro de la Sociedad, después durante nueve años su director, y prestó en el puesto grandes servicios á la instrucción pública.
Dió á luz en 1833 un libro para servir de texto en clases primarias de lectura, con objeto de propagar el método explicativo en las escuelas, y desterrar el absurdo sistema de forzar la memoria con perjuicio del armónico desarrollo intelectual, de hacer á los alumnos repetir de coro palabras y frases de cuya significación no tenían la menor idea. Al año siguiente redactó el informe sobre la creación de un Instituto cubano ó escuela práctica de ciencias y lenguas vivas, proyecto muy estudiado y detallado, de que más adelante trataré, y cuya realización hubiera llenado mucho mejor y mucho más temprano el vacío que incompletamente ocupó la _Real Universidad Literaria_, establecida en 1842. Sucedía ésta á la que con el nombre de _Pontificia_ había estado exclusivamente en poder de los Frailes Predicadores, en cuyas inhábiles manos vegetaba como institución de la Edad media en beneficio de preocupaciones anticuadas. El instituto proyectado y descrito minuciosamente por Luz hubiera, sin duda, sido menos literario de lo que fué la Universidad de la Habana, organizada para formar únicamente médicos, abogados ó farmacéuticos; hubiera adquirido muy distinta eficacia práctica y dotado al país de ingenieros, navegantes, químicos, arquitectos, librándolo de la triste necesidad de traerlos del extranjero, como era preciso hacer para sus minas y ferrocarriles, para las diversas atenciones de su agricultura y su incipiente industria.
En seguida se encargó temporalmente de la dirección de un colegio ya establecido[46], luego abrió clases privadas en su casa, hasta que obtuvo autorización de profesar públicamente filosofía, é inauguró un curso libre en el edificio del extinguido convento de San Francisco, curso que duró hasta 1843. Estos trabajos, emprendidos por amor de la enseñanza, no acompañados por idea alguna de lucro, pues la posición de fortuna de su familia lo mantenía libre de ese cuidado, eran para él la más agradable ocupación, pero le acarrearon disgustos. Publicaba programas muy detallados de las materias filosóficas que enseñaba, con ocasión de los exámenes públicos en que mostraba los adelantos de sus alumnos, y originóse de esos programas una polémica ardiente en los periódicos con futuros profesores de la Universidad, ya próxima á establecerse, á propósito de las doctrinas del entonces celebérrimo profesor francés Victor Cousin, sobre cuyas contradicciones y superficialidad formulaba Luz juicio tan severo como exacto y profundo. En otras controversias apasionadas se vió envuelto por la misma época sobre asuntos de interés público relacionados con el primer ferrocarril establecido en la isla por el patriotismo de sus habitantes desde 1837, sin auxilio de la metrópoli, donde no los hubo sino en fecha posterior. A consecuencia de tales luchas, de los desabrimientos personales que le trajeron, de la exaltación á que á veces lo arrastraba el ardor de sus convicciones, cayó víctima de una afección del sistema nervioso, y se vió forzado á suspender todo trabajo y embarcarse para Europa.
[46] Colegio de San Cristóbal, llamado habitualmente de Carraguao, nombre del barrio en las afueras de la ciudad donde se encontraba.
En una casa de salud de París vivía á mediados de 1844, al cuidado de un facultativo sobrino del famoso doctor Pinel, cuando le llegó la noticia inesperada de que un tribunal militar de la Habana lo citaba por edictos como reo ausente de atentado contra la seguridad del estado. Tratábase de una supuesta conspiración de negros esclavos contra sus amos, y los fiscales inmediatamente envolvieron en el sumario á muchas personas respetables, nacidas en el país, con objeto de hacerlas impopulares por el horror que en todos despertaba el recuerdo de lo que había pasado en Santo Domingo, y sin más pretexto que el considerar las hostiles á la trata de África, que tan descarada como ilegalmente se practicaba todavía en la isla con la sanción tácita de los gobernadores. Sentíase Luz tan inocente de lo que se le achacaba, tan ajeno de toda culpa, que sin vacilar determinó, no importándole las consecuencias, volver á la Habana y responder personalmente al llamamiento; resolución bien aventurada pero bien digna de su intrépido corazón, pues sabía demasiado que el régimen político de la colonia no brindaba garantías de equidad; porque la causa se instruía conforme á los duros é inquisitoriales preceptos de la ley militar, y porque gobernaba la isla en esa fecha más despóticamente que ninguno el general Leopoldo O'Donnell, duque futuro de Tetuán, quizás en todo el universo el hombre de armas que ha ostentado mayor desprecio de la legalidad, en Cuba lo mismo que después en España, y que joven entonces, provisto de omnímodas facultades, no obedecía siquiera al freno de la experiencia ni soportaba la menor contrariedad.
No conocía Luz personalmente á O'Donnell que había tomado posesión de su destino después de su salida: en cambio era muy probable que el nuevo procónsul estuviese fuertemente prevenido contra él, pues uno de sus primeros actos al presidir como Capitán general una sesión de la Sociedad Económica había sido ordenar verbal y ásperamente que la Sociedad borrase del número de sus miembros á un inglés, antiguo cónsul de la Gran Bretaña, David Turnbull, expulsado de la isla como abolicionista. Y precisamente había debido ese animoso extranjero el continuar inscrito á la intervención de Luz que, como Director, aunque ausente á causa de sus males, había propuesto y obtenido por medio de enérgica y elocuente comunicación que la Sociedad anulase el acuerdo de la expulsión de Turnbull, tomado con atropello de artículos terminantes de su reglamento. Cuantos figuraron votando contra la ilegal é innecesaria afrenta dirigida á un hombre que ya no residía en la isla, eran tenidos por el gobierno como partidarios, si no de la abolición de la esclavitud, por lo menos de la supresión sincera del tráfico de negros con África; uno y otro cargo eran igualmente decisivo indicio para los que buscaban cómplices, directos ó indirectos, de la imaginada conspiración.
En Agosto estaba ya de vuelta Luz y en su casa de la Habana. No fué llevado á la cárcel pública merced al notorio mal estado de su salud, que debió no obstante, dejar comprobar por la visita de tres médicos designados por el fiscal[47], y quedó arrestado en sus habitaciones. Al cabo de un año largo de preguntas, repreguntas, confesión con cargos y demás trámites del procedimiento criminal, se mandó reunir el Consejo de guerra; ante él compareció Luz por medio de un militar encargado de su defensa, al que dió como única instrucción la orden de reducirse solamente á pronunciar las siguientes palabras: "Don José de la Luz y Caballero libra su defensa en el mérito de los autos y la justificación del tribunal". Así en efecto lo hizo el oficial escogido, que fué Andrés Foxá, teniente en un cuerpo especial llamado de Voluntarios de Mérito y miembro de una familia distinguida de poetas y literatos nacidos todos en las Antillas.
[47] José de la Luz Caballero, Estudio crítico, por Manuel Sanguily. Habana, 1890. Págs. 375 y 376.
En Octubre de 1845, á los catorce meses de vuelto á su país, se falló la absolución libre, no de él únicamente sino de las demás personas, ó de su amistad ó del círculo de sus relaciones, que habían sido procesadas al mismo tiempo. Desenlace distinto por fortuna, del que tuvieron los procesos del año anterior, de las numerosas escenas trágicas, las sangrientas hecatombes de negros y mulatos infelices, tanto libres como esclavos, que ordenaron y ejecutaron esas mismas comisiones militares ante el país aterrorizado.
Corrió Luz de todos modos el peligro de sufrir larga prisión preventiva, lo que en su situación podía haberle costado la vida, como sucedió á un respetable letrado amigo suyo, Martínez Serrano, fallecido en el calabozo. Si por dicha evitó esa prueba, tuvo que soportar la humillación de las visitas del fiscal, del miserable Pedro Salazar, condenado más adelante á presidio por sus desmanes y desafueros, que venía una y otra vez á tenderle lazos groseros por medio de preguntas capciosas, dudando insolentemente de su franqueza y de su veracidad.
Mucho mejor, por consiguiente, hubiera sido en interés de su salud comprometida que, desdeñando la absurda acusación, hubiese permanecido en París y no vuelto hasta que todo hubiese estado terminado. Pero un hombre como él, de su categoría moral en el país, no podía proceder así, aunque fuese lo más prudente ó lo más práctico; el apóstol de la verdad y la justicia en aquella pobre tierra víctima de tanta mentira y tanta iniquidad no debía aparecer un solo instante como si tuviese algo que ocultar, como si huyese despavorido de sus jueces, aunque fueran éstos injustos ó venales ó feroces conocidamente.
Su retorno inesperado fué un servicio patriótico, que sirvió no solamente para engrandecer su ya extendida reputación de intachable rectitud, sino para aclarar la situación general, disipando nieblas de propósito acumuladas por la encarnizada persecución; para fijar la opinión pública extraviada por la perversidad de los acusadores[48]; para facilitar en fin la defensa de inocentes que yacían todavía en las prisiones con la garra de los fiscales siempre encima. Esa fué la impresión general al circular la nueva de que, á pesar de sus padecimientos, venía Luz desde Europa á ponerse enfrente de sus acusadores.
[48] ...fijó la opinión pública que desde su llegada absolvió á los acusados absolviéndolo á él.--_Bachiller y Morales_, artículo publicado en La América, Madrid, 1862.
La imagen de ese año siniestro de 1844 se destaca en la historia de Cuba y en la memoria de los cubanos como una gran mancha negra en el centro de un lago de sangre. El delito, la explotada conjuración de negros y mulatos contra blancos, si acaso tuvo alguna existencia, fué como idea muy vaga ó proyecto sin comienzo de ejecución, mientras que la represión fué de la más bárbara crueldad, ejecutada contra toda ley y toda razón. Centenares de individuos perecieron, pasados unos por las armas, muertos otros en el suplicio de azotes que se les aplicaba para forzarlos á confesar, prueba del tormento resucitada en virtud de autorización expresa de O'Donnell[49]. Había en la Habana, Matanzas y demás ciudades un cierto número de mulatos libres, ricos y generalmente considerados; casi sin excepción todos fueron encausados, algunos perdieron la vida, ni uno solo salvó su fortuna.
[49] Oficio del Capitán general de 6 de Mayo de 1844, cuya frase principal se cita en la biografía de Luz, por J. I. Rodríguez, de que se habla después. Pág. 144.
Entre las primeras víctimas se contó el mulato conocido en literatura bajo el nombre de _Plácido_, que se llamaba Gabriel de la Concepción Valdés, hijo natural de una bailarina española y de un peluquero de color. Conforme á la condición de la madre nació libre, pero su aspecto físico lo hacía de la raza legalmente inferior, y de nada valieron para ayudarlo á salvar esa insalvable barrera las facultades poéticas de que estuvo dotado, el estro poderoso que á ocasiones lo eleva tan alto. Tenía treinta y cinco años cuando lo fusilaron en la ciudad de Matanzas.
Es coincidencia bien extraña que entre los cargos principales que se hicieron á Luz en el proceso, de todos, el más preciso, se funde en una alusión de _Plácido_[50] en su declaración instructiva, alusión de un todo inexacta, de que Luz ni siquiera dignó defenderse, pues nunca conoció personalmente á _Plácido_, y cuando él llegó á la Habana hacía ya tiempo que el pobre vate había sido ajusticiado. Pero sobre esa declaración, lo mismo que sobre las demás de los condenados entonces á muerte y sobre otras actuaciones de la causa, pesa y eternamente pesará la sospecha de ser una suplantación infame de los fiscales, que en el secreto del sumario las tomaron y redactaron.
[50] _Sanguily_, Estudio crítico. Pág. 226.
III
Tres años más de reposo y de cuidados necesitó antes de pensar poner en práctica sus antiguos proyectos; pero á la primer vislumbre de mejoría se dedicó con perseverante preferencia á luchar contra las dificultades que la hostilidad del gobierno y la apatía de sus compatriotas le suscitaban y lograr el fin de sus anhelos: el establecimiento de un colegio cuya dirección se reservaba, para organizarlo conforme á sus ideas, acercarlo en lo posible al modelo filosófico que llevaba en la mente desde mucho tiempo atrás, tal como lo había esbozado en la proposición última del elenco de sus lecciones públicas de 1840; "escuela de pensamientos y virtudes, no queremos filósofos expectantes ni eruditos de argentería, sino hombres activos de entendimiento y más activos de corazón".
La soberbia frase de su empresa de educador, el hermoso apotegma que condensa todo su programa: "educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la vida", no podía realizarse enseñando en clases más ó menos públicas, ni escribiendo libros de texto ó tratados teóricos; era preciso crear una gran escuela, primaria y superior, de la que no saliesen los alumnos durante la semana, y donde fuese, por tanto posible, educarlos en el verdadero y más lato sentido de la palabra.
Así, por fin, lo consiguió; dióle el nombre de _El Salvador_, por el barrio de la ciudad donde estaba, aunque luego la voz pública asignó otro origen al título y le atribuyó un sentido literal en pro del porvenir del país, cosa en que primitivamente no se pensó. La casa, antigua vivienda privada, se modificó para adaptarla en lo posible al nuevo objeto, y sobresalía por la preciosa cualidad de tener detrás jardines extensos, un vasto prado cubierto de césped, de arbustos floridos, de frondosos árboles seculares que por diversas partes formaban pequeños bosques, y allá en un extremo un arroyo de cauce artificial, una zanja, que por accidente del terreno se precipitaba á guisa de minúsculo torrente, y se ensanchaba después entre orillas cubiertas de grupos espesos de "cañas bravas", gramíneas gigantescas cuyas ramas, semejantes á las de ciertos sauces, tamizaban por la tarde á la hora habitual del recreo de los alumnos los rayos del sol poniente, y mantenían en continua y misteriosa alternativa de luz y sombra la plácida superficie, sobre la cual se reproducían y se borraban, en rápida sucesión, las líneas de las ramas hojosas, de los verdes y anillados tallos, imagen poética de la vida efímera de seres y cosas sobre la tierra. Toda esa abundancia de luz y de espacio era inestimable allí, porque los discípulos, según el reglamento, volvían á sus casas solamente los días de fiesta, y entraban siempre en el colegio los domingos por la noche, hasta el sábado siguiente.
Por desgracia había que subordinarse en cuanto á la enseñanza y clasificación de las materias al Plan de estudios oficial, redactado en Madrid para la Universidad única de la isla; de otro modo no hubieran venido al colegio alumnos de más de doce años, mínimum de edad exigida para comenzar los estudios universitarios del bachillerato en Filosofía, paso primero é indispensable hacia las carreras liberales, esto es, hacia la licenciatura en jurisprudencia, medicina y farmacia, únicas abiertas en el país, no existiendo escuelas especiales de ninguna otra, estando la política y las armas absolutamente vedadas, y no acostumbrando la metrópoli, salvo excepciones contadas, proveer en hijos de Cuba cargos importantes del orden judicial ó de la hacienda pública. Ese plan de estudios que fué, sin embargo, como ya indiqué, prenda de progreso, porque retiró de manos de los frailes de Santo Domingo el monopolio de la enseñanza superior, dividía en cuatro cursos anuales los estudios de filosofía, acumulando asignaturas á razón de siete ú ocho en cada año; y cuenta que entre ellas no se incluía ni la aritmética ni la gramática ni aun la lengua latina, porque se suponían aprendidas y bien sabidas, antes de los doce años; ¡como tampoco las lenguas vivas, completamente desdeñadas por el legislador, en un país donde los negocios tendían á hacerse casi únicamente con el extranjero! Plan insensato en todas sus partes; para acabar de juzgarlo, basta tener presente que en sólo el primer curso exigía de niños de doce á trece años el conocimiento cabal de todas las materias siguientes:
Toda el álgebra y toda la geometría; bajo el título de "Introducción á la historia natural", un curso de anatomía y fisiología elementales; un curso de mineralogía á otra hora y con otro profesor; primer año de física; la geografía y cronología completas; y por último toda la historia antigua hasta la caída del Imperio romano.
En los otros tres años era idéntico el hacinamiento de materias, y todo ello, en el tiempo y orden dispuestos, tenía que enseñarse en el colegio, amén de lo demás indispensable en la instrucción ordinaria de un adolescente. Si el alumno entraba en el colegio de doce años, se quedaba por lo común cuatro más solamente, y á los diez y seis, edad del bachillerato, se encontraba convertido precisamente en lo que, como decía Locke, nunca debiera llegar á ser: un pequeño pedante. Si había sido aplicado y pundonoroso y luchado con todas sus fuerzas por satisfacer á cuanto se le exigía, salía de ese cuarto año, como del cuarto círculo de un infierno, debilitado, entontecido por el exceso de trabajo mental en tan peligroso período de la existencia.
En terreno tan desfavorable, en condiciones tan adversas, había que trabar el combate; en él y con ellas emprendió Luz su espinoso apostolado.
Para triunfar hasta donde las circunstancias lo permitiesen; para cultivar el corazón de la juventud y hacer brotar sentimientos bastantes á compensar el influjo esterilizante del pernicioso régimen intelectual impuesto por los programas oficiales, contaba con dos elementos poderosos: su genio de educador por una parte, y por la otra el prestigio de su carácter, su influencia personal, la aureola que á los ojos de todos, grandes y pequeños, le creaba esa tan feliz combinación de un saber extraordinario con la más ardiente y previsora caridad. En el ejercicio del arte de la educación, lo mismo que en todas las aplicaciones de la ciencia, el hombre superiormente dotado de las facultades especiales, decidido á emplearlas sin tasa en su ministerio, basta á menudo para contrapesar los errores del peor sistema, para salvar los inconvenientes de la más escabrosa situación.
Lo verdaderamente admirable en José de la Luz era el conjunto de sus cualidades morales, y de ellas, por desgracia, solamente vestigios, leves huellas, pueden quedar en la historia de su patria, ó un perfume que necesariamente se desvanece en sus _Aforismos_, en las áridas páginas del _Informe_ sobre el Instituto Cubano, en su correspondencia privada, si llegara ésta á reunirse y publicarse. Los que tuvieron la dicha de conocerlo é íntimamente tratarlo saben bien cuan irrealizable tarea sería pintarlo y explicarlo hoy á los que en Cuba han venido al mundo después, y con pena se dirán que la hermosa figura ha de ir menguando y esfumándose en el horizonte de la historia cubana á medida que van desapareciendo de la escena sus discípulos. Yo debo á la fortuna el privilegio de haber vivido á su lado los doce años mejores de mi existencia, de haber sido contado entre sus hijos predilectos, y para mí Luz más que un escritor, que un filósofo, que el jefe de un gran colegio, fué un prodigio de bondad y abnegación, un ser completo, seductor, lleno de mansedumbre y rectitud, como acaso ningún otro he conocido jamás. A pesar de haber estado tanto tiempo en constante intimidad con él, viéndolo en todas las situaciones, en buena salud y durante penosas enfermedades, en la alegría y en la tristeza, en sus horas de satisfacción mayor, rodeado de sus hijos espirituales, en períodos amargos cuando la ingratitud ó la injusticia disparaban contra él saetas envenenadas, ó bien cuando la imagen dolorosa de cada uno de los varios desastres de su vida doméstica atormentaba su corazón, jamás sorprendí en aquel noble espíritu un instante de desaliento, un rasgo de cólera, una palabra descompuesta, una queja de amor propio herido.
Ante las frecuentes contradicciones entre las apariencias y la realidad de la vida de algunos personajes célebres, se han preguntado varios si no son muchas veces los moralistas simples actores que representan un papel distinto, y á ocasiones hasta opuesto al que en la vida real desempeñaron. Es lo cierto que á menudo así sucede; pero los discípulos de Luz conservan viva siempre la memoria de un hombre de cuyos labios brotaban los preceptos de la moral más elevada, en cuyo rostro nunca hubo máscara ninguna, á quien nadie superó en la pureza y austeridad de sus costumbres.
Pronto se vió que el colegio respondía positivamente á una necesidad en el país, y fué preciso agrandar el edificio para dar cabida á los numerosos internos que de toda la isla acudían. La marcha general del establecimiento quedó regulada desde el primer día conforme á las ideas particulares del director, y con tanto acierto y seguro resultado que hasta lo último se respetaron y conservaron sin alteración sustancial.
Lo que había llamado método explicativo fué, por decirlo así, norma de las clases, no sólo de lectura, donde era una necesidad, sino de toda la enseñanza del colegio, con objeto de habituar los alumnos á darse cuenta exacta de lo que aprendían, á no confiar nada á la memoria únicamente y solicitar explicaciones de todo, tanto mientras duraban las clases como á otras horas del día, para lo cual estaba siempre el director en la casa y dispuesto á resolver las dudas y dificultades de todos.
Traspasó al colegio su biblioteca particular muy numerosa y escogida, y como otra de las reglas generales era exigir de los alumnos, una vez todas las semanas, composiciones originales y breves en aquellas clases en que la materia lo consentía, muchos acudían al director en busca de una indicación como punto de partida, ó de libros donde estudiar más extensamente el tema de la disertación, y él, amoldándose al grado y carácter de la inteligencia de cada uno, los ayudaba siempre de algún modo á salir airosamente del empeño. "El arte de escribir con perfección debe contarse entre los privilegios del genio", había dicho en el _Informe_ sobre el _Instituto_; es lo cierto que no se tendía en el colegio á formar artistas de frases, pero aconsejaba siempre adiestrarlos todo lo posible, "para hacer perder á los jóvenes aquel horror por la composición que les hiela la mano, al empuñar la pluma".
En cuanto al régimen interno era la costumbre emplear pocos castigos y del carácter más anodino posible; mantener la mayor familiaridad entre alumnos y profesores, nada de ceremonias, ningún uniforme, ningún besamanos, cuidando siempre de avivar el afecto como más segura vía por donde ahuyentar el menosprecio. El director era cariñosamente llamado por todos sin excepción _Don Pepe_, nombre que desde mucho antes se le daba por todo el país. Aplicóse también desde el principio la regla de preparar los alumnos de más juicio y mayor edad para maestros, confiándoles pequeñas clases de menores, formando así con ellos un grupo intermedio entre el cuerpo de profesores y la masa de los educandos, lo que ayudaba eficazmente á aunar y solidarizarlo todo.
En los primeros años no vivía Luz en el edificio mismo del colegio, sino en una casa próxima con su esposa y con su hija; mas antes de salir el sol estaba siempre presente para recibir los alumnos al bajar de los dormitorios y reunirlos en una pequeña capilla; ahí, todos de rodillas, él solo de pie en el centro, recitaba una oración por él mismo compuesta y que repetían en coro, breve acción de gracias al Señor "por todos los beneficios dispensados durante el día anterior y principalmente por la tranquilidad de nuestras conciencias". En ella se intercalaban otras cosas en días fijos, como el místico soneto atribuído entonces á Santa Teresa; "No me mueve, mi Dios, para quererte..." que se decía siempre los viernes así como los sábados la Salve á la Virgen María. Esta costumbre fué perdiéndose, y á medida que iba Luz por sus males levantándose menos temprano por la mañana acabó por suprimirse. Nunca hubo en el colegio profesor ó empleado que fuese tan religioso como él, jamás autorizó ni con su enseñanza, ni con sus actos la entera supresión de las prácticas de la Iglesia por sus discípulos, y es un hecho que los numerosos alumnos del Salvador que salieron de allí tibios ó indiferentes en materia religiosa no siguieron sus huellas.
Las clases superiores de filosofía, es decir, de lógica, psicología y moral estuvieron en toda época á su cargo, y cuando allá hacia el fin de sus días no le era posible desempeñarlas, se suponían siempre en la lista de profesores como reservadas para él, y confiadas á un interino, cuyo nombre no se imprimía en el elenco. En sus tiempos de buena salud daba una clase superior de lengua latina, en la cual se estudiaban gramatical y literariamente los grandes autores, y para los ejercicios de versión del castellano al latín traducía él mismo y dictaba trozos de los diálogos de Luis Vives, comparaba los trabajos con el original haciendo resaltar la elegante latinidad del famoso valenciano que mucho admiraba. También tomó para sí al principio la clase de alemán, y por algún tiempo otra en que, bajo el nombre de religión, explicaba historia sagrada é interpretaba directamente del texto del Padre Scio capítulos de la Biblia.
Pero su verdadera cátedra era la que ocupaba una vez por semana, los sábados, á la hora en que se suspendían los trabajos hasta el lunes siguiente, y desde ella improvisaba durante veinticinco ó treinta minutos un sermón laico, tomando por lo general como punto de partida algunos versículos de los Evangelios, con mayor frecuencia de las epístolas de San Pablo. Era siempre una sencilla y vigorosa lección de moral práctica al alcance de todos, pero á veces arrebatado por súbita inspiración se elevaba agrande altura, irguiéndose lleno de energía, agitando sus largos brazos con el libro abierto en una mano, alzando la voz que era de un timbre grave y varonil; y sacudiendo la atmósfera moral de aquel recinto, de tal manera que hombres y niños, pues muchos de los empleados se agolpaban á las puertas del salón, creían sentir pasar sobre sus cabezas algo sobrenatural, algo como una voz potente y vibrante de profeta anunciando, adivinando un misterioso porvenir.
Mientras vivió el fundador, continuó la casa, como he dicho, bajo su dirección inmediata: ésta duró unos catorce años, después continuó abierta cerca de ocho más con José María Zayas, su colaborador, al frente, hasta zozobrar por último en la tormenta política producida por la insurrección de 1868. Son las tres fechas capitales de su historia; la fundación en 1848, la muerte de Luz en 1862 y la supresión en 1869. Aparte de esto hubo otros graves momentos, otras crisis peligrosas que amenazaron su existencia.
En 1850 perdió Luz á Luisa, su única hija, de diez y seis años de edad, cuya inteligencia y cuyo corazón había él educado y cultivado con amoroso esmero, y cuya sonrisa embellecía su vida de abnegación, austeridad y sacrificios. Muchos temieron que fuese el golpe demasiado rudo para aquella organización depauperada por los padecimientos, y en los primeros días se le vió en efecto, sumido en invencible melancolía; pero de esta clase de dolores suele la voluntad, á costa de vigoroso esfuerzo, lograr señorío completo, cuando el paciente sabe imponerse algún gran deber, ó descubrir algún sendero oculto y escarpado que recorrer en bien de sus semejantes. Así fué, y pronto reanudó sus tareas del colegio, volviendo á hacer todo lo que antes hacía, con el mismo afectuoso interés, sin aludir en ningún caso á la hija perdida, sin pronunciar una palabra que pudiera autorizar á nadie para dirigirle frases vulgares de consuelo ó simpatía. Algunas veces el que lo mirase con atención, cuando escuchaba de pie en el umbral de un cuarto de clase la lección de un niño ó la explicación de un profesor, podía adivinar la presencia constante de la imagen adorada, porque algo de súbito empañaba sus ojos, como si una nube pasara oscureciendo el fulgor de sus pupilas; pero "el espartano", como él mismo se llamaba, el herido espartano continuaba siempre dueño de sí mismo, sin ceder á la debilidad de buscaren lamentos inútiles alivio á su dolor. Todos, como obedeciendo á una consigna, se abstenían con sumo cuidado de la más leve alusión al triste suceso. Por esa razón ocho años después, en el discurso con que terminaban siempre los exámenes de fin de año, y que esa vez compuso y leyó en su nombre Antonio Angulo, el discípulo querido, causó en todos la mayor sorpresa oirle decir que por su conexión con el colegio tenía la dicha de mantener vivos en su corazón los dulces y puros sentimientos de la paternidad, ventura de que parecía _haberme privado para siempre un terrible é inescrutable decreto del Eterno_. Fué tan profunda la emoción entre alumnos, profesores y amigos allí presentes, á causa del inquebrantable silencio guardado tanto tiempo, que pareció la alusión en el primer instante un rasgo de excesiva audacia del discípulo, y apenas osaban volver la vista hacia el maestro, por miedo de ver su rostro surcado de lágrimas imprudentemente arrancadas en presencia de tan numeroso público.
En 1852 sobrevino una nueva invasión del mismo morbo asiático, que arrebató dos años antes á la hija de Luz, penetrando esta vez en el colegio y llevándose en pocas horas uno de los pupilos. Fué preciso cerrar la casa temporalmente. Durante esta suspensión estableció José María Zayas en otro lugar de la ciudad y por su sola cuenta un nuevo colegio, que denominó _Colegio Cubano_ y puso en duda peligrosa la reapertura del Salvador, porque la voz pública, sin razón especial, pues la epidemia había diezmado por igual toda la ciudad, tachaba de insalubre el barrio del Cerro, y porque gozaba Zayas del prestigio de haber sido principal colaborador de Luz. Recibió éste el golpe con su ecuanimidad genial, y sin formular, en voz alta por lo menos, queja alguna de tan inesperada competencia, abrió las puertas del colegio, una vez desaparecida la epidemia, y reanudó las tareas, aumentando la carga sobre sus hombros y encargándose por algún tiempo de nuevas clases, entre las que resultaban vacantes por la retirada de Zayas, sus dos distinguidos hermanos, Juan Bruno y Francisco, y algún otro profesor.
Aunque el nuevo colegio de Zayas no debía vivir mucho tiempo, era evidente que, dados los rumores persistentes sobre la insalubridad del barrio del Cerro, sería imprudente seguir con el _Salvador_ donde estaba, luchando sin seguridad de triunfo contra arraigada preocupación. No quedó por último más recurso que trasladarlo al centro de la ciudad, y abandonó Luz, bien á su pesar, el viejo edificio, que aun irregular y agrandado á pedazos, compensaba muchos inconvenientes con sus arbolados y su frescura.
Los cinco años que permaneció el colegio en el interior de la capital, en una casa no pequeña pero encajada en un montón de otras y sin la abundancia de luz y aire á que se estaba acostumbrado, parecieron á todos largo y penoso cautiverio. En ese período perdió Luz su anciana madre, á cuyo lado había vuelto en busca de cariñoso abrigo, y determinó entonces no salir más del establecimiento ni de noche ni de día, resuelto á no contar con más familia en lo adelante que sus discípulos, sus hijos espirituales, para usar la frase con que á ellos se refiere en su testamento.
El cautiverio duró hasta mediar el año de 1859; disipadas las preocupaciones del público volvió el Salvador al mismo Cerro, aunque no á casa tan amplia ni á terreno tan vasto como antes. Pero la salud de Luz decaía visiblemente, el orden interior del establecimiento sufría por falta de una mano experta que llevase las riendas y evitase al director descender á multitud de pormenores. Temiendo, pues, que la acción recrudecida de sus antiguos padecimientos lo debilitase demasiado, aceptó de los compatriotas distinguidos que lo habían ayudado pecuniariamente en la traslación al Cerro la proposición de confiar nuevamente la vicedirección á J. M. Zayas, que con tan buen éxito la había desempeñado al principio y se manifestaba ahora pronto á continuarla. Asentir no le costó ningún esfuerzo, porque lo pasado apenas había dejado vestigios en su memoria, y siempre había apreciado en Zayas uno de los mejores discípulos del colegio primero que dirigió á su vuelta de Europa. Causóle en seguida verdadera satisfacción observar que, en cuanto á carácter, el que volvía á su lado era casi un José María Zayas distinto del de antes, como domado por la edad, suavizado por la influencia de la familia, la esposa y los hijos que ahora le acompañaban.
Desde esa fecha todo siguió su marcha sin otro grave tropiezo: la hábil organización bastó para resistir los efectos del inmenso vacío que dejó la desaparición del fundador en 1862, continuando el colegio abierto y con idéntico crédito hasta la orden gubernativa de la clausura en 1869.
No mucho pudo hacer Luz en él durante sus últimos tres años. Ya no desempeñaba ninguna clase, accesos frecuentes aumentaban su debilidad y acercaban el triste desenlace, pero con la fisonomía llena de expresión, la voz entera y los ojos brillantemente húmedos como siempre, la delgadez de los miembros y la inclinación de las espaldas revelaban solas su constante decaimiento. No podía ya escribir, á menudo ni siquiera leer, mas la curiosidad con que seguía los vaivenes de la política en el mundo no se extinguía, ni tampoco su interés por cuanto en ciencias ó en letras se publicaba de notable; varios de sus discípulos antiguos se encargaban de ir dándole cuenta de lo más importante, y era un encanto oirlo disertar elocuentemente sobre los más variados asuntos, juzgar seguramente, por los datos que se le suministraban, autores y libros, en el lenguaje familiar, expresivo, que le era habitual y producía tanta impresión.
Recibía siempre las grandes revistas inglesas, se hacía leer sobre todo la _Westminster Review_, muy atento al movimiento filosófico en la patria de Locke, siguiendo con intensa curiosidad el desarrollo y final engrandecimiento de la escuela que parte del ilustre autor del "Ensayo sobre el entendimiento humano", continúa con Hume, Bentham, Stuart Mill, y comenzaba en aquellos mismos momentos á descubrir los nuevos y dilatados horizontes en que debían brillar como astros rutilantes el libro de Darwin sobre el origen de las especies y la vasta generalización de Herbert Spencer. No es decir por de contado que adivinase Luz las grandes y fecundas consecuencias de lo que no hacía más que apuntarse; ni que las mágicas fórmulas: evolución, selección natural, supervivencia del mejor, penetrasen en sus oídos revelándole desde luego el secreto de todo lo que contenían. Era él y lo fué hasta el fin, sensualista convencido, "positivista" sólo en el sentido en que puede también decirse de John Locke, aunque la innata tendencia mística había ido pronunciándose más y más en su espíritu, por la influencia de las penas físicas, de los infortunios, de la fatiga del que ha luchado en terreno donde todo le ha sido hostil, hombres, cosas, elementos. Pero su alma de investigador sincero, de amante fiel y ardoroso de la verdad filosófica, alimentaba en su pecho eterna simpatía por cuantos buscaban, cualquiera que fuese el rumbo, la solución de los antiguos y espinosos problemas, que él también se había planteado y tratado de resolver con sus propios recursos.
Su adhesión á la escuela experimental era tan firme, tenía raíces tan hondas que ni siquiera las había sacudido el estudio á que, con entusiasta curiosidad, se había consagrado de los filósofos alemanes, leyéndolos asiduamente, meditando largamente sus profundos sistemas, para lo cual le era de preciosa utilidad el conocimiento perfecto que de la lengua llegó á poseer, como rara vez lo obtienen extranjeros de raza latina cuando no han sido educados allí mismo. Ni aun el ilustre Kant, que tan excepcional posición ocupa en el desarrollo del pensamiento filosófico moderno, logró conquistarlo enteramente, bien que lo reconocía en cierto modo como el continuador de Locke[51]. Una de las veces que lo cita, en el curso de sus polémicas, no olvida añadir: "¡y cuidado que yo no soy ningún partidario suyo!" En otra ocasión de la misma controversia sobre el escepticismo había dicho: "Ocioso es recordar que no pertenezco á la escuela de Schelling"[52].
[51] Obras de don José de la Luz, tomo II, pag. 131.
[52] Ibid. Pág. 124.
Con la mayor atención estudió tanto á Kant y Schelling como á Fichte y á Hegel; por él tuvo la juventud cubana alguna idea de las originales y atrevidas teorías de esos sublimes idealistas, pero siempre acompañada en sus lecciones de todos los correctivos necesarios para evitar el abismo en que forzosamente caen cuantos, abandonando el camino lento y seguro de la experiencia, confían orgullosamente á la imaginación la tarea de descubrir é iluminar con su fumosa antorcha senderos diferentes.
"Nadie mejor que yo" dijo en otro lugar "podía á mansalva haber recogido mies abundante de Alemania, y aun haberme dado importancia con introducir en el país el idealismo de esa nación á quien idolatro; pero he considerado en conciencia, á pesar de haberme tomado el trabajo de estudiarlo, que podía más bien dañar que beneficiar á nuestro suelo"[53].
[53] Luz, Obras. Tomo II, pag. 288. Rodríguez inserta el mismo párrafo con ligeras diferencias. En ese mismo artículo, de 1º de Mayo de 1840, refiriéndose á los idealistas alemanes, agrega Luz estas palabras curiosas: "¡Ojalá que esos hombres extraordinarios, honra de su país y de su siglo, á quienes sobran conocimientos, tuvieran todos un poco más de la ingenuidad y candor que no falta á su inferiorísimo _Filolezes_!"--Filolezes fué el seudónimo usado por Luz en toda la polémica, así como en el folleto contra las doctrinas de Victor Cousin.
Incomprensible sería que quien se expresaba de ese modo, en tan reposado y convencido tono; quien había resistido á la seducción de esos grandes metafísicos, leídos en su lengua y estudiados en el momento de su brillante novedad, acabara por dejarse caer en brazos de otro filósofo alemán de cuantía mucho menor, Krause, en realidad un pigmeo al lado de Hegel ó de Schelling, creador de un sistema que es una especie de eclecticismo, pues reúne bajo la enseña de "la armonía" multitud de cosas diferentes, traídas de aquí y allá, á las que por su cuenta poco agrega de valor trascendental. Sin embargo, una y otra vez, en Cuba y fuera de Cuba, se le ha contado entre los seguidores de ese filósofo; un crítico español contemporáneo, Menéndez y Pelayo, después de leer la biografía escrita por J. I. Rodríguez afirma que "no yerran los que quieren emparentarlo con los krausistas y con Sanz del Río"; y el malogrado Antonio Angulo y Heredia, el discípulo en quien fundó Luz tantas esperanzas, dijo en una conferencia del Ateneo de Madrid que había mirado Luz "con singular predilección ese gran sistema de divina consoladora armonía creado por el inmortal espíritu de Krause"[54].
[54] Goethe y Schiller. Lecciones en el Ateneo de Madrid por D. _Antonio Angulo y Heredia_. Madrid, 1863.
No hay una línea en los escritos impresos de Luz ni se recuerda frase alguna de sus discursos improvisados en el colegio, que justifique ni aun vagamente esa extraña predilección. Angulo mismo en un folleto publicado posteriormente atenuó mucho la fuerza de sus palabras agregando que sólo había querido apuntar que tuvieron Luz y Krause algunas ideas parecidas[55].
[55] El Pensamiento Español y la Instrucción Pública en Cuba. Madrid, 1863.
En materias puramente literarias no alcanzaba Luz el mismo alto nivel que en filosofía ó en ciencia pedagógica, como lo revelan el andar lento y sólido, el estilo sin adornos del Informe sobre educación y la forma rigurosamente dialéctica de que poco se aparta en las polémicas. Solamente en los aforismos descubre á veces algún empeño de perfeccionar y variar su estilo, y ahí mismo en pos del vigor más bien que de la belleza de la expresión. Por tendencia natural de su espíritu buscaba antes que todo en las obras de arte el carácter moral, el interés humanitario, la aplicación práctica, directa, á las necesidades de la civilización universal; otras manifestaciones de poesía más pura ó más elevada, ajenas á toda idea de utilidad social lo mismo que á todo optimismo convencional, despertaban menos su simpatía. Así, por ejemplo, prefería á Lessing entre los escritores alemanes, no se cansaba de admirar y recomendar el hermoso poema dramático "Nathan el sabio" como insuperable dechado de generosidad y nobleza de sentimientos elocuentes. No es decir que fuese insensible á la gran poesía; en la pared de su gabinete particular había lugar para un solo cuadro, y lo llenaba un magnífico retrato del autor de _Fausto_ grabado sobre acero.
A ningún poeta moderno ha dirigido alabanzas tan calurosas y cordiales como á Alejandro Manzoni, hasta tocar en alguna de ellas el límite último de la hipérbole. De la oda célebre á la muerte de Napoleón, _Il Cinque Maggio_, dice que "fué dictada por Dios", que con ella "quedaron vencidas y superadas todas las inspiraciones"[56]. Estos elogios, que deben parecer excesivos aun á admiradores de esa magnífica composición, nacieron de la vivísima simpatía que sintió tanto por el hombre como por el poeta, "el alma más pura", agrega, "de cuantas han respirado el aire de las letras en el siglo XIX, una de las más eminentemente religiosas que en el mundo fueron y más llenas de amor patrio". Encima del artista, encima del poeta, colocaba al creyente, al patriota, al sincero y piadoso apologista de la religión cristiana; ensalzaba al católico entusiasta y convencido, por razones idénticas á las que motivaban sus aplausos al juicioso y tolerante Lessing.
[56] Obras, tomo I, pag. 93.
Esas frases hiperbólicas son una opinión juvenil, el eco de una primera impresión, de un primer arranque de admiración. No mucho menor fué entre otros el efecto de la oda desde el momento de su aparición; pruébalo el sinnúmero de traducciones que se han hecho, la prontitud con que se sirvió de ella Lamartine para tomarle lo mejor que hay en una de sus _Meditaciones_, titulada _Bonaparte_, que con tan robustos versos parafraseó la Avellaneda. Hoy, sin embargo, sería difícil sostener que _Il cinque Maggio_, sea la mejor de las siete ú ocho obras maestras que en el género lírico, incluyendo los tres coros de sus dos dramas, nos ha dejado Manzoni; éste mismo, según cuenta César Cantú, su biógrafo y amigo[57], la estimaba en poco, la llamaba jocosamente _quella corbelleria_, y para explicar los defectos que le reconocía, recordaba que era la única de sus poesías compuesta en menos de tres días. Otra oda hay, parecida en el metro y corte de las estrofas, idéntica en estilo y precisión de lenguaje poético, _La Pentecoste_, escrita un año después, que con mejor tino crítico ponía Luz en altísimo lugar y frecuentemente recitaba, en especial la bella imagen de la palabra de los Apóstoles después de la bajada del Espíritu santo, comparada con la luz que envuelve los objetos y suscita los diferentes colores, en la estrofa que sublimemente termina así:
L'Arabo, il Parto, il Siro In suo sermón l'udi.
[57] Alessandro Manzoni, Reminiscenze di _Cesare Cantù_, Milano, 1855.
Su amor al poeta favorito era tan grande que, á pesar de admirar y leer mucho á Cervantes, de quien decía que era "el verdadero rey de España", "el escritor más original que ha existido", ponía inmediatamente al lado del Don Quijote la preciosa novela _I promessi sposi_, que releía á pedazos muy á menudo y de la que citaba á cada paso frases y palabras. _Don Abbondio_, el cura de la pequeña aldea lombarda, era para él, igual que para Gioberti en su "Ensayo sobre lo bello", un personaje tan animado, tan magistral y eternamente creado como el Sancho Panza inmortal del humorista español. Nunca probablemente se detuvo á considerar que con todas sus innegables excelencias produce en gran parte el novelista milanés la impresión de haber escrito un libro de propaganda, medio histórico y medio religioso, no tan interesante como las buenas novelas de Walter Scott, su verdadero modelo, y de propósito concebido con el primordial objeto de enaltecer la moral de la iglesia, ya antes defendida por él con tanto calor como saber en una extensa refutación de ciertos pasajes de la historia de Italia de Sismondi. Las figuras trazadas con mayor esmero, Fra Cristoforo, Federigo Borromeo, las escenas más vívidamente reproducidas, como el bello y largo final en el lazareto, dejan la obra un poco lejos del arte más desinteresado, más humano y generoso á que pertenece el Don Quijote. Pero á consideraciones de este género habría, es muy probable, respondido Luz que no entibiaban su admiración, pues en su poética no entraba esa distinción para imponerla á obras de arte y aquilatar sus méritos.
En los últimos años llegó á ser el colegio, en virtud de la creciente nombradía del director, como un lugar de peregrinación: deseaban con frecuencia conocerlo algunos de los extranjeros que pasaban durante el invierno por la ciudad, muchos cubanos de otras partes de la isla venían á menudo con sus familias, con hijos á veces todavía en la primera infancia, alumnos futuros, pidiéndole, como Franklin á Voltaire para su nieto, que posase la mano sobre sus cabezas en señal de bendición.
Entre los extranjeros vino un día la distinguida poetisa Julia Ward, esposa del célebre filántropo de Boston Samuel Howe, y en la historia de su viaje impresa poco después en Nueva York habla ella de Luz con tan fervoroso aprecio como pudiera haberlo hecho el cubano más reverente[58]. Esa visita dejó en Luz imborrable recuerdo, porque con Julia Ward tuvo el honor de conocer á un hombre excepcional, Teodoro Parker, uno de los grandes apóstoles de la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos, quien herido ya de muerte por la enfermedad que debía arrebatarlo al mundo en el año siguiente de 1860, viajaba en busca de cielo más propicio que el de la Nueva Inglaterra. El nombre del ilustre abolicionista sólo en voz muy baja podía ser pronunciado entonces en Cuba por temor de excitar la cólera fácilmente excitable de los dueños de esclavos; Luz que con ansia lo aguardaba estrechó con júbilo la mano del intrépido reformador que, con la palabra, con la pluma, con esfuerzo personal incesante de más de veinte años, había logrado despertar la patria de vergonzoso letargo y precipitar la hora de la justicia y la redención. Cuando los estados esclavistas se confederaron y declararon la guerra al gobierno de los Estados Unidos en 1861, ya el pobre Parker había expirado en Italia, cuyo clima menos ardiente que el de Cuba tampoco pudo atajar el mal devorador. Más de una vez pensaría Luz en el modesto túmulo del cementerio protestante de Florencia, donde yacía el apóstol, para deplorar que no hubiese vivido siquiera un año más, que no hubiese visto abrirse la crisis final, consumación de la obra á que se había consagrado y en que había gastado todas las potencias de su ser.
[58] A Trip to Cuba by Mrs. _Julia Ward Howe_. New York, 1860.
Luz también debía morir antes de ver definida la marcha de la guerra civil americana, antes de que el triunfo de la Unión y de la emancipación de los esclavos apareciese como seguro, cual lo anhelaba y tal como durante las primeras inciertas y confusas campañas militares apenas parecía lícito esperarlo. A veces, acongojado por el temor de la posible separación, buscaba consuelo pensando que siempre quedarían dos naciones republicanas de vastísima extensión, que por lo menos la libertad política no sufriría menoscabo esencial y que la redención de la raza esclava vendría siempre por la acción del tiempo: ilusiones que se forjaba para atenuar la gravedad del desastre, si lograban vencer los estados confederados y crear una nación con la esclavitud inscrita por base del pacto social.
Todas sus simpatías iban hacia el norte de los Estados Unidos, hacia las ideas y formas de la Nueva Inglaterra, hacia las dos escuelas literarias que allí florecían en torno de Emerson y de Prescott. Emerson particularmente era uno de sus autores más amados. La forma sentenciosa, el idealismo superior, y hasta la osadía aventurada de imágenes en prosa que distinguen al autor de tantos admirables "ensayos", de los incomparables retratos ó croquis biográficos titulados "Hombres representativos", eran cualidades como de propósito reunidas para entusiasmarlo, pues se conformaban á maravilla con sus ideas, con su manera de pensar y de escribir. ¡Qué hombre, qué frase, qué imagen! exclamaba recordando las palabras de Emerson sobre Webster, después de la capitulación en que el gran tribuno sacrificó en favor de los adalides esclavistas las opiniones de toda su vida: "Cada gota de la sangre de sus venas tiene ojos que miran hacia abajo".
Sus opiniones respecto del porvenir político de Cuba nunca variaron; creía que, mientras existiese en la isla la esclavitud, era locura pensar que por la fuerza pudiera sacudirse el yugo de España, que las sangrientas tentativas de lucha por la anexión á los Estados Unidos eran movimientos meramente superficiales, sin honda correspondencia en el país, y que el deber de un hombre en su posición era preparar las nuevas generaciones para las rudas faenas que más adelante forzosamente vendrían, acostumbrándolas á la tolerancia, á la fe en el esfuerzo individual, á la laboriosidad paciente, al hábito de manejarse y gobernarse por sí solos en los negocios ordinarios de la vida, inspirándoles invencible repugnancia á toda forma de servidumbre, material, moral ó intelectual. Mientras tanto daba el ejemplo de la dignidad silenciosa y virilmente resignada, absteniéndose de relaciones directas con las autoridades superiores de la colonia y respetando escrupulosamente las leyes y reglamentos. Así, aunque era cierto que desde las esferas del gobierno no se miraba su colegio con ojos favorables, nada podían legalmente hacer contra él, pues mostraba en los exámenes públicos todos los años, siempre presididos por algún representante oficial, que allí no se enseñaba cosa alguna que tendiese á subvertir el orden existente. Cuando venían los agentes de policía á pedir "de orden superior" que el colegio figurase en alguna lista de suscripción con fines políticos, como la guerra de Marruecos en 1860 ú otro suceso por el estilo, siempre contribuía, agregando á veces en voz baja: "doy al César lo que es del César". Sólo en una ocasión resistió indignado. Tratábase de regalar, por suscripción bautizada de popular, una espada de honor al general O'Donnell por sus triunfos en esa misma campaña contra los moros que le valieron el título de duque de Tetuán. Con la frente roja de emoción respondió Luz al empleado de policía: que había ya contribuído como era su deber á los gastos de la guerra, pero que ahora rehusaba, pues se trataba de glorificar á alguien de quien tenía graves y particulares motivos para sentirse personalmente agraviado. Aquella alma dulce y blanda, que todo lo condonaba y olvidaba, no podía perdonar los desafueros inexpiables de O'Donnell en Cuba, sátrapa feroz entre los feroces.
Discípulos y colaboradores se comunicaban día tras día la pena que les causaba verlo ir decayendo constantemente, y todos veían ya muy claro que el noble maestro no llegaría á edad muy avanzada. En los últimos tiempos no atendía al colegio con la asiduidad y consagración primitivas; á menudo se sentía incapaz de salir de su aposento, y en balde lo buscaban sus alumnos para contarle sus cuitas, comunicarle sus dudas ó pedirle su protección. El cuerpo se rendía, pero la inteligencia persistía incólume, no desmayaba su actividad y pedía siempre con interés noticias literarias y políticas. Uno de los profesores le leyó las líneas elocuentes que sirven de prólogo á _Los Miserables_, cuya primera parte era lo único llegado á la Habana, mientras él vivía; conmovido por las frases vigorosas en que anuncia el poeta el propósito generoso y compasivo de su obra, decía con tristeza que sentiría morirse antes de ver terminada la publicación. Y así sucedió, la empobrecida constitución cesó de funcionar, sin enfermedad bien determinada, por fatiga natural de los órganos, murió tranquilamente el 22 de Junio de 1862, pocos días antes de cumplir sesenta y dos años.
Los funerales tuvieron lugar en la tarde del día siguiente, y no obstante lo que en contrario se ha escrito[59], es notorio que fueron un acto de recogimiento silencioso, de tristeza sincera y profunda, sin mezcla de ningún otro sentimiento. Como en virtud de las leyes severas que regían no era permitido pronunciar discursos en el cementerio, solamente en la sala del colegio, antes de sacar en hombros el cadáver, en presencia de un número reducido de personas, hablaron brevemente algunos compatriotas distinguidos, en representación de la Universidad, de la Academia de ciencias, del colegio _El Salvador_, todos en el tono más grave y solemne, rigurosamente ajustado á la seriedad imponente de la ocasión. Un gran concurso de gente acompañó después á pie el cadáver hasta el camposanto, sin que se profiriese un grito ó se hiciese cosa alguna distinta de lo que se solía en los entierros; la diferencia únicamente consistió en el número extraordinario de los presentes y en el no fingido dolor que á todos afectaba[60].
[59] En la Historia de los Heterodoxos españoles por D. _Marcelino Menéndez_ y _Pelayo_ se dice: "El entierro de Don Pepe (así le llamaban cariñosamente sus innumerables discípulos) fué una verdadera algarada contra España, malamente consentida por el Capitán General y uno de los más temerosos amagos de la insurrección de 1868." (Tomo III, pag. 716, nota.) Imposible imaginar nada más contrario á la verdad de lo ocurrido. No hubo en el entierro ni una palabra, ni un gesto contra España; todos al contrario estaban ese día agradecidos al gobierno del general Serrano por los honores dispensados al cadáver.
El cambio de política de Serrano ocurrió algunos días después, motivado al parecer por una poesía de J. Fornaris, publicada en un periódico el 29 de Junio, por lo que se suprimió el periódico, se amonestó al Censor y se tomaron otras medidas coercitivas. La composición de Fornaris, que puede leerse en la biografía de Luz por Rodríguez, no justifica tanta cólera.
[60] No me encontraba yo en la Habana, viajaba por Inglaterra en esos momentos. Al volver, hallé que el maestro me había recordado en sus últimos días, dejándome una cantidad en su testamento para que hiciese un viaje por Italia "como complemento de mi educación". El legado nunca fué por mí reclamado, más que satisfecho con el honor del recuerdo.
Cuando en la mañana de ese día fatal cundió por la ciudad la noticia de que había fallecido el sabio y santo "maestro de la juventud cubana", prodújose emoción tan intensa que á los oídos y la vista de todos, hijos de Cuba lo mismo que españoles y extranjeros, se reveló cuan inmenso era el lugar ocupado en el corazón del país por el débil y modesto anciano que en ese momento desaparecía, tocando apenas los umbrales de la ancianidad, después de haber vivido sin más hogar ni más familia que el grupo de alumnos y profesores de un instituto privado de educación, casi del todo sin necesidades, como un anacoreta, más estrictamente que ninguno sometido á las reglas austeras de la casa, durmiendo en un catre abierto todas la noches, entre dos estantes, en un rincón del aposento donde se apiñaban los volúmenes de su rica biblioteca.
Para algunos de los jefes superiores de la administración de la isla, empleados venidos de España á formar la burocracia militar y civil que la regía, y que frecuentemente se sucedían unos á otros traídos ó llevados por los vaivenes de la política, fué signo ominoso aquel duelo universal, causado por la muerte de un hombre sin carácter oficial. Vieron con no disfrazada hostilidad que el Capitán general de la colonia, Don Francisco Serrano, futuro duque de la Torre, en quien residían las facultades de omnímodo dictador, que delegaba la metrópoli á sus procónsules de América, influído por algunos hijos del país entre sus amigos particulares, había dispuesto que el gobierno se asociase al sentimiento unánime del país, reconociendo los méritos eminentes del difunto educador por medio de ciertos honores, como invitar al entierro varias corporaciones oficiales, y cerrar durante tres días los Institutos de educación. Alarmados con tan desusado proceder, pidieron al voluble Capitán general que resarciese al menos el daño ya causado, ordenando que en el acto cesase toda manifestación pública en memoria de Luz, que volviese el país á su quietud y silencio habituales, y ni se pusiesen en letra de molde ni se pronunciasen públicamente las sílabas de su nombre y apellido. La orden era susceptible de inmediata y completa ejecución, merced al régimen de censura previa é irresponsable á que estaba allí sometida la imprenta; y desde aquel mismo momento el que hubiese juzgado solamente por apariencias podía haber pensado con asombro que el eterno olvido envolvía ya en su propia patria la memoria del hombre eminente, que había consagrado su fortuna, su posición independiente, su saber, su prestigio como el primer literato del país, á la tarea oscura de educar niños, de templarles el alma, como decía, para sostener la ardua lucha de la vida.
Unicamente dentro del recinto del hogar doméstico, era lícito recordarlo y encomiarlo sin provocar las iras de la autoridad. Por fortuna continuaba siempre abierto el Colegio, sus lecciones se conservaban escrupulosamente por un grupo de discípulos fieles, y todos los años, en una noche del mes de Diciembre, al terminar los exámenes generales que el instituto celebraba para satisfacción de las familias, era costumbre que el director y algunos de los profesores evocasen, en discursos esmeradamente preparados, la memoria del gran educador, cuya gloria, inmarcesible en aquella casa, era el lazo que á todos estrechaba. Esos discursos, reverentes y cariñosos, animados por honda, intensa gratitud, escuchados con ávido interés, con fe vivísima, producían, en virtud del entusiasmo con que eran acogidos, efecto mucho más grande de lo que podían imaginar los mismos oradores, y á veces á más de uno pareció que la sombra querida del maestro surgía inopinadamente, y pasando al través de la puerta de cristales de la biblioteca misma en que había estado expuesto su cadáver, venía á colocarse en el centro del grupo compacto de sus discípulos, tomaba la palabra, como en tantas ocasiones idénticas, y pronunciaba una de aquellas oraciones admirables, que aun los más jóvenes alumnos entendían, gracias á la exquisita naturalidad de su lenguaje sin aliño, y que hacía vibrar al unísono todos los corazones, arrebatados por el raudal de amorosos sentimientos en medio del cual brotaban sus frases apasionadas.
Ese ardiente y puro entusiasmo que, durante unas horas, todos los años, en esa sala del colegio del Salvador, arrebataba á unos cuantos centenares de cubanos, transformaba, por así decirlo, la fiesta privada en ceremonia patriótica de importancia trascendental; convertía la tranquila casa de educación en templo solitario donde, siquiera una vez, de año en año, se rendía homenaje á la virtud desinteresada, á la verdad, á la justicia, que todo eso simbolizaba el nombre de Luz; donde se protestaba, indirecta pero eficazmente, contra las iniquidades de aquella sociedad esterilizada por el mercantilismo, corrompida por la úlcera de la esclavitud doméstica, humillada por la férrea mano que la doblaba y explotaba. Pero de todos modos la protesta, aunque nada más que murmurada, en un rincón de la ciudad, por unas cuantas familias y unos pocos fieles discípulos, tenía que llegar á los oídos de la autoridad como un desacato, é influyó sin duda en el Gobierno, cuando en 1869 suspendió al colegio la autorización de la enseñanza secundaria, para forzarlo á cerrar sus puertas, como en efecto tuvo que hacerlo.
Mas ya en esa fecha las cosas habían sufrido en la isla cambio profundo. El movimiento revolucionario iniciado en 1868, pronto se había extendido, repercutiendo en la Habana como formidable y misteriosa perturbación subterránea, pues el gobierno ocultaba ó alteraba las noticias. Cuando con certeza se supo que la insurrección propagada por todo el Camagüey corría hacia las Villas, varios de los profesores abandonaron la capital para incorporarse á las filas revolucionarias, otros emigraron al extranjero, y desorganizado el colegio de esa manera, puede decirse que el decreto hostil no hizo más que apresurar el inevitable desenlace.
Horas amarguísimas habría tenido Luz que pasar si le hubiese tocado en suerte la misma cifra de años que á otros compañeros de su juventud, hasta ser testigo de las escenas terribles en que finalmente se disiparía el hermoso sueño de gloria y de fortuna que había imaginado para todos y cada uno de sus discípulos. Para él la muerte temprana fué también, como para Agrícola, según las palabras de Tácito, favor que lo libró de mayor desgracia: _ita festinatæ mortis grande solatium_.
De esa manera evitó al menos, ser testigo de la dispersión y clausura del colegio; la guerra desencadenada con todo el refinamiento de crueldades de las contiendas civiles; el país aterrado; las nuevas de tantas hecatombes en los campos de batalla, el eco de tantas descargas asesinas en la ciudad; tantos alumnos y profesores del colegio, Luis Ayestarán, Zenea, Honorato Castillo, los estudiantes del primer año de medicina, otros muchos, bárbaramente condenados y sacrificados. La muerte fué esta vez también consuelo piadoso de la fortuna.
IV
Designó Luz en su testamento las personas á quienes debían ser entregados sus manuscritos, para que hiciesen, con ellos y los demás de sus trabajos sueltos y ya impresos que considerasen merecedores de ser salvados del olvido, una edición de sus escritos, si la juzgaban oportuna ó útil. Fueron: en primer lugar José María Zayas, su ya mencionado continuador en el manejo del colegio, abogado, literato y muy distinguido profesor de humanidades; en segundo lugar, Antonio Bachiller y Morales, el eminente erudito y americanista, advirtiéndoles que podían servirse de los auxilios de sus discípulos José Bruzón y Jesús B. Gálvez. Los papeles nunca llegaron á manos de Bachiller, no salieron de poder de Zayas, y éste murió algún tiempo después sin haber emprendido la tarea. Uno de sus hijos comenzó la publicación en 1890, titulándola así: Obras de don José de la Luz Caballero coleccionadas y publicadas por Alfredo Zayas y Alfonso; aparecía por entregas y desgraciadamente quedó interrumpida hacia la mitad del tomo segundo[61].
[61] Merece todo aplauso el editor, por el acometimiento de la empresa y muy de desear es que pudiera llevarla á término, aunque la corrección del texto ha sido muy descuidada y las erratas numerosas. Sobran notas por innecesarias, pues lectores capaces de seguir con interés artículos sobre filosofía no han menester que se les diga por el editor quienes fueron Feuerbach, ó Laplace ó Gioberti; y faltan otras, pues no se nos dice quienes fueron los que con Luz contendieron en las polémicas firmando; _El Adicto_, _El Ecléctico_, etc.
Choca bastante la sección inicial: "Varias opiniones acerca de don José de la Luz". Las dos primeras citas, sobre todo la segunda, parecerían una burla insertadas en otra parte y por otra persona; mientras que algunas otras hostiles, tomadas de periódicos poco serios ó de escritores políticos, disuenan y causan desagradable impresión.
Además ¿qué puede hoy á nadie importar que la condesa de Merlín haya dicho que Luz era "un químico de primer orden"? La condesa fué una brillante mujer de sociedad y amena autora de memorias, pero su voto en materias científicas pesa muy poco. Luz no fué químico de primero ni de segundo orden: conocía el mecanismo de la ciencia y podía enseñar sus elementos: nunca pretendió otra cosa.
Durante su primer viaje á Europa hizo Luz imprimir en París el año de 1830 una traducción del _Viaje por Egipto y Siria_, de Volney, que salió de casa de Didot en dos hermosos volúmenes en cuarto. Luz no dió su nombre, la portada dice: "obra escrita en francés por C. F. Volney, y traducida al castellano con notas y adiciones por un habanero". Conforme advierte en el prólogo, tenía comenzado ese trabajo desde 1821, y en París lo completó, agregándole notas y apéndices curiosos é interesantes. Haberse dedicado desde muy joven á trabajo de esa especie y rematarlo tan cumplidamente en medio de las distracciones de su excursión, da buena idea de la temprana gravedad y constancia de su carácter. El _Viaje_ es en concepto universal lo mejor que escribió Volney, en un tiempo tan famoso como autor de _Las Ruinas de Palmira_; nada tiene de lo mucho de exagerado y declamatorio que con razón se tilda en esta última obra, es una descripción tan minuciosa como exacta y erudita de las dos regiones, escrita en un estilo sobrio y hasta seco. La traducción es excelente, modelo de elegante fidelidad. Las adiciones, de la más sólida erudición.
Entre los escritos originales de Luz, tanto impresos como inéditos al tiempo de su fallecimiento, descuellan dignos realmente de interés los siguientes: 1° Los _Aforismos_ sobre diversas materias, en número de más de trescientos: 2° La _Oración fúnebre_ en elogio de Nicolás Escovedo, llena de unción, de elocuencia y de ternura, lo mejor como obra de arte de todo lo que escribió, aunque no sea el arte sino emoción pura y sincera lo que en ella predomina: y 3° á despecho de su carácter técnico, el extenso trabajo sobre la creación del Instituto Cubano, proyecto muy completo, estudiado hasta en sus mínimos detalles, en algunas cosas semejante al que realizó en su provincia natal Jovellanos, "el genio y perseverancia de nuestro inmortal Jovellanos", como dice; pero acomodado con suma habilidad y juicio á las circunstancias especiales de la isla en 1833, cuando los pocos estudios que había en toda ella organizados languidecían, sometidos al clero regular ó secular, y era forzoso no ir en son de guerra contra la poderosa organización.
Consta este Informe de dos partes[62] que abrazan: las enseñanzas, los medios de establecerlas y aprovecharlas, reglamentos, cuestiones prácticas; ambas secciones precedidas de una disertación general, escrita con claridad y vigor, en que plantea y resuelve rápidamente, con gran precisión, algunos espinosos é interesantes problemas de pedagogía. Esta introducción recuerda, sin serle inferior, el tratado que con el título de "Ideas respecto á educación" _Some thoughts concerning education_, escribió Locke; mas si en esta materia, lo mismo que en las demás disquisiciones filosóficas de Luz, es evidente, reconocida y confesada la influencia del célebre pensador inglés, obsérvase siempre, tanto en el plan y pormenores como en los consejos que dirige á los maestros, (no desaprovechando ocasión de agrandar las cuestiones de educación, y de elevarse al más alto punto de vista para mirarlas por todas sus fases) que no trabaja el filósofo cubano para la aristocrática Inglaterra del siglo XVIII, como Locke; que no olvida un instante que en aquella especialísima sociedad cubana, con los negros (esclavos entonces en su inmensa mayoría) constituyendo las capas más bajas, y con la burocracia militar española en la cúspide, no podía existir ni sombra de aristocracia, pues los pocos "títulos de Castilla" que se oían pregonar, eran un vano y hasta humillante oropel; la masa de los habitantes de raza blanca formaba, por tanto, en cuanto á las relaciones sociales de la vida, una verdadera democracia, aunque en lo político por de contado sin fuerza ó autoridad de ninguna especie. La ambición pedagógica de Luz seguía, por consiguiente, rumbo muy diverso del de Locke; de acuerdo con la fecunda transformación inspirada por el _Emilio_ de Rousseau, que tan felizmente aplicaron y agrandaron Basedow, Pestalozzi y demás continuadores, tendía á formar no grandes señores ni atildados académicos, sino hombres de acción enérgicos, preparados á bastarse por sí solos; así lo declara explícitamente: "hombres más bien que académicos es lo que trata de formar el Instituto Cubano"; y en otro lugar, fija siempre la vista en las necesidades peculiares de la patria, agrega que sólo con ese sistema podrían llegarse á "curar algunas dolencias morales que le aquejan"; es decir, aunque por prudencia no lo advierta, la esclavitud y su secuela de males infinitos.
[62] "Informe presentado á la Real Junta de Fomento, de Agricultura y Comercio de esta isla en sesión de 11 de Diciembre de 1833, en el expediente sobre traslación, reforma y ampliación de la Escuela Náutica establecida en el pueblo de Regla, refundiéndola en un Instituto científico con arreglo á las necesidades del país. Por la diputación inspectora del mismo establecimiento. Imprímese por acuerdo de la misma Junta". Habana, 1834.
Lo demás que nos ha quedado de Luz, compuesto en su mayor parte de artículos de polémica sobre cuestiones filosóficas, improvisados en pocas horas las más de las veces para salir en papeles diarios, conserva menos valor; la "Impugnación á las doctrinas de Victor Cousin" combate el análisis amañado y hostil que hizo este profesor francés del Ensayo de Locke sobre el entendimiento humano; es un simple fragmento,[63] en extremo minucioso, que no concluye nada, y cuyo propósito real está mejor, más clara y vigorosamente presentado, en forma aforística, en dos elencos anteriores, que contienen las materias filosóficas sobre que debían ser examinados sus discípulos en 1839 y 1840.
[63] Impugnación á las doctrinas de Victor Cousin. Primera parte. Imprenta del Gobierno. Habana, 1840.--Son pliegos sueltos que terminan bruscamente en la página 144.
Propendió siempre el talento de Luz á expresarse en forma sentenciosa; y en numerosos aforismos, escritos á veces en tiras sueltas de papel, en viejos sobres de cartas, en el margen de sus libros, depositó su profunda sabiduría, su larga experiencia, la tristeza que le producía el convencimiento de la inutilidad de sus esfuerzos en aquella colonia esclavizada, y también algún hondo y secreto dolor de su corazón. "Hay pensamientos (dijo en uno de ellos, fechado: 1847) que al surgir son como raíces maestras que se quieren llevar todo el terreno", frase desgarradora que descubre al hombre detrás del pensador, que vívidamente trae á la memoria el recuerdo de aquel grave y melancólico rostro, abstraído ó atormentado en una de sus horas de fatiga.
Es esencia de todo aforismo comprimir en una frase ó párrafo breve una suma de pensamientos ó de observaciones; como ha dicho un escritor inglés,[64] es lo contrario de una disertación ó de una declamación; nunca debe ser enigmático ni vulgar, no caer en el "truísmo" ni en el acertijo. Todas las literaturas ofrecen numerosos ejemplos, desde el libro apócrifo de la Sabiduría, atribuído á Salomón hasta muchos otros en nuestros días, y los aforismos de Luz reúnen á veces muy felizmente todos los caracteres enumerados en esa excelente definición.
[64] _John Morley_, Aphorisms. An address. London, 1887.
Algunos, brevísimos, abren con una sola línea vasto horizonte, como éste que, semejando á primera vista simple juego de palabras, sugiere todos los horrores de la trata de África, tal como en Cuba impunemente se practicaba:
"En la cuestión de los negros lo menos negro es el negro".
Otras veces, extendiéndose un poco más, encierra en unos cuantos renglones una profunda observación histórica, condensa toda la conducta de España hacia sus colonias de América durante siglos en cuatro breves sentencias, estrechamente ligadas entre sí, como eslabones de una cadena:
"Al fundar una nueva familia, para animarla y fomentarla es preciso concentrar en ella todo nuestro calor vital.
"¿Por qué las madres-patrias han sido una excepción á esta ley?
"Decir que porque han sido madrastras más que madres es una petición de principio, como dirían los escolásticos.
"La razón verdadera es que las colonias no tuvieron su origen en el amor sino en el interés. Las metrópolis, señoras y no madres".
Este otro admirable apotegma es como trasunto de la existencia toda del hombre lleno de bondad inagotable que lo trazó:
"Toca á algunos atesorar virtudes para distribuir consuelos."
Entra también en la naturaleza del aforismo, y lo advierte el mismo eminente publicista ya citado, que la idea más trillada sea á veces susceptible de encerrar tanta fuerza como si se acabara de descubrir, cuando se presenta de una manera original, aguda, exenta de trivialidad. A esa categoría corresponden los siguientes que á granel inserto aquí:
"La buena y la mala fortuna, los dos escultores de la naturaleza para el pulimento de la materia humana."
"Esperar que las aguas del interés dejen de seguir su natural cauce suele ser la ilusión de los buenos y los patriotas. Mas para mejorar el mundo se necesitan esas ilusiones."
"La infancia gusta de oir la historia, la juventud de hacerla, la vejez de contarla."
"Existen almas generosas que quieren las alas no tanto para volar con ellas como para cubrir á los demás."
"Piedra filosofal que convierte en oro todas las escorias, una mujer amante."
Era tanto esa forma la vestidura natural de sus ideas, que casi siempre sus arengas de fin de año en el colegio, muy á menudo sus pláticas semanales, empezaban y acababan con aforismos. "Sembremos fe y brotarán á raudales la esperanza y la caridad," fué el principio de una de ellas, mientras otra, en que había aludido á los triunfos de Napoleón III, vacilante á veces sobre su trono á causa de las antinomias de su política, del terrible pecado original de que nunca pudo librarse, concluía de esta manera: "Antes quisiera yo que se desplomasen, no digo tronos de emperadores, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral".
En el mismo tono, no ya solemne, antes bien humilde, pero igualmente breve y expresivo, se le oía, pocos días antes de morir, cuando fijando sus ojos de águila mortalmente herida en el pariente que le sugería, según la frase vulgar, la oportunidad de ponerse bien con Dios, replicaba: "Siempre, durante toda mi vida, hijo mío, he estado bien con Dios". Y acaso nunca se habrá pronunciado con más sincero fervor el nombre de la Divinidad; de la Divinidad comprendida en su más amplio sentido, sin sombra de fanatismo ni de hipocresía, como tampoco de estrechez dogmática, por un hombre puro, que sin esfuerzo, cediendo al rumbo natural de su inteligencia, al impulso poderoso de su carácter, de su temperamento, había logrado conciliar dentro de su conciencia las doctrinas de austera filosofía científica, fundada en la experiencia, con la fe más robusta en los auxilios de una religión consoladora. La fe, la mística confianza en un poder sobrenatural, era la atmósfera en que vivía, en que se ensanchaba su corazón atribulado, y sin vacilar lo proclamaba: "El misticismo es el refugio de las almas puras contra esta podredumbre que llamamos mundo", escribía en 1852; y en 1856, como sintiéndose más firme, más seguro, agregaba: "La filosofía es el misticismo de las almas fuertes". Pocos quizás habrán desplegado fortaleza mayor, confianza más plena y reflexiva en la divinidad así considerada, sin caer en el quietismo, ni en la indiferencia por los detalles de la vida cotidiana, sin abandonar uno solo de los deberes prácticos que su posición demandaba, y que tan abnegadamente desempeñó.
Haber logrado conciliar dos tendencias intelectuales, tan distintas no es caso en extremo raro, y en todo el siglo XVIII, lo mismo que á los principios del XIX, no faltaron espíritus sagaces que, partiendo del empirismo fecundo de la escuela analítica creada en Inglaterra por Locke, y manteniéndose dentro de los límites de la experiencia, guardaban fe profunda en el Supremo Hacedor, y creían, como lo expresó Luz en el lenguaje figurado, á veces pomposo y en él tan natural que "las ciencias eran los ríos que nos llevan al mar insondable de la Divinidad."
Pero su misticismo conserva bien el sello de su generosa personalidad; sobrepone siempre la caridad á la fe y aun á la esperanza; no es, como felizmente se ha dicho[65], de los que por conducir á Dios apartan de la humanidad; es, por el contrario, de aquellos que cifran su anhelo en acelerar el progreso de la civilización, por medio de la difusión de las luces y el mejoramiento de la vida social.
[65] _J. M. Guardia_, Revue Philosophique, Paris. Février 1892.
Ni el dogma, ni el misterio indescifrable le importan tanto como la función social y el interés de la especie humana. "La religión," predicaba, "es una potencia armonizadora, consuelo de los desgraciados y freno de los favorecidos de la fortuna: _sperate miseri, cavete felices_". Este pensamiento bajo diversas formas aparece en varios de sus escritos.
Con ardor igual pregonaba y defendía sus opiniones filosóficas, y en la reñida polémica que sostuvo con los partidarios habaneros de las doctrinas de Victor Cousin, desplegó la más impetuosa energía, arrollando y desbaratando al adversario, aunque sin apelar por supuesto en ocasión alguna al denuesto ó á la injuria, bien que contra él no hubo empacho de esgrimir esas armas.
Esas opiniones, que cauta y reflexivamente abrazó después de largas meditaciones y estudio detenido de las obras originales de los filósofos más eminentes, son en su esencia las doctrinas de John Locke, creador de la metafísica moderna, como dijo D'Alembert; pertenece, pues, Luz á la gran escuela cuyo método es proceder siempre por medio de la observación directa, para edificar únicamente sobre la base de la experiencia. Siguiendo por donde navegaron tanto Locke mismo como sus continuadores franceses é ingleses del siglo XVIII, sabe no sólo evitar muchos de los escollos y las falsas corrientes que alargaron innecesariamente el viaje, sino que se guarda bien de quedarse inmóvil, estacionado en las aguas á que los otros llegaron. Utilizando los progresos de la investigación científica en todas direcciones, va intrépidamente más lejos, é indica á sus alumnos cuanto había que aprender por medio de la fisiología del cerebro, tanto en el hombre como en la serie de los animales, avanzándose hasta afirmar que el sistema de las localizaciones cerebrales era "la tendencia irresistible de todo el andar de la ciencia", y que "la patología es ahí la experimentadora, el instrumento de la fisiología".
Respecto de las cuestiones religiosas se hallaba probablemente muy de acuerdo en el fondo con lo que expuso Locke sobre "la infalibilidad de las Escrituras y la racionalidad del cristianismo"; pero ya en ese mundo, ya dentro de esa atmósfera, su sangre latina, su temperamento meridional, desarrollaron un fervor de convicción, un acento apasionado de que no hay rastro en las producciones del escritor inglés, y que sirvieron para dar salida al tropel de sentimientos de amor y caridad anidados en su pecho, conciliando la ternura con el misticismo.
Es sabido que fué el eclecticismo la última, la más abigarrada, aunque la más tenue, entre las muchas vestiduras con que se cubrió la reacción europea del siglo XIX contra las teorías filosóficas del XVIII; debió la mayor parte de su éxito y predominio temporal al carácter literario y erudito que desde luego asumió, bajo la dirección de Victor Cousin, el cual fué filólogo, anticuario, bibliófilo, literato, orador académico, jefe de secta, todo menos pensador original ó investigador desinteresado de verdades filosóficas. Los desequilibrios de la política francesa y el régimen de híbrido monarquismo, de oligarquía y libertad, que se estableció al impulso de la insurrección popular de 1830, convirtieron á Cousin en una especie de pontífice puesto á la cabeza de la instrucción pública del país; y á la filosofía que había enseñado desde su cátedra de profesor de la Sorbonne en doctrina oficial, transmitida por la falanje disciplinada de maestros, que ocupaban todos los empleos en escuelas, liceos y universidades. La novísima filosofía, cómoda, especiosa, albergaba y acariciaba en su seno las cosas más heterogéneas, aliando la claridad y simetría oratoria de la literatura clásica francesa al idealismo relativo de la filosofía escocesa, á la crítica de Kant, al idealismo absoluto de Hegel, amén de otros ingredientes, sin olvidar los precursores y antepasados que contó Hegel muchos siglos antes en Alejandría. Había hallado pronto en la Habana excelente acogida, lo mismo que en casi todas las naciones latinas de Europa y América. El carácter de disciplina oficial, que tan impregnado traía desde Francia, le sirvió desde luego de pasaporte, y es lo cierto que al reformarse en la isla de Cuba los estudios universitarios se sentaron como catedráticos de la Facultad de Filosofía, por nombramiento del gobierno, sin preceder concurso ni oposición, cuantos en la ruidosa polémica con Luz habían combatido del lado del eclecticismo, quedando de ese modo determinado el sistema filosófico que allí debía enseñarse, bajo los auspicios de las autoridades, que en otras cosas eran, sin embargo, opuestas á toda innovación.
Todo era á Luz antipático en la nueva filosofía: la forma y el fondo, el método y las ideas, el abuso de la retórica y el vago idealismo. Su constante anhelo de inculcar á la juventud otra clase de principios lo decidió á combatirla con todas sus fuerzas, aceptando la discusión pública como un deber ineludible, y emprendiendo, casi enteramente solo, una cruzada contra lo que juzgaba pernicioso charlatanismo. La campaña en definitiva fracasó; no pudo él prever ni la coalición de los intereses particulares, más poderosa que el amor de la verdad, y que contra él logró congregar toda una hueste en torno de los hermanos González del Valle, principales campeones eclécticos; ni la suspicacia de un gobierno despótico, que miraba con mal encubierto recelo toda discusión sobre cuestiones abstractas, y que nunca había contado á Luz entre sus paniaguados; ni por último la fatiga física que la lucha violenta tenía que producir en organización tan nerviosa é impresionable como la suya, y que ya entonces presentaba signos de prematuro decaimiento.
Quedó, pues, la tarea incompleta, la polémica súbitamente interrumpida; suspendida también después, á la segunda entrega, una _Refutación_ en que destruía uno á uno los cargos de Cousin contra Locke. Todo ello difícilmente pudiera hoy interesar á los lectores. El largo medio siglo transcurrido y los progresos de las ciencias encaminadas por otros rumbos han minado para todo tiempo construcciones tan artificiales, caprichosas y endebles como el espiritualismo ecléctico de Cousin. De Cousin mismo como filósofo muy pocos se acuerdan ya en su propia patria; apenas se oye pronunciar su nombre, ni aún en la famosa _Sorbonne_, donde tronó y fulminó como el Júpiter omnipotente de la filosofía; se han alterado en puntos esenciales sus doctrinas, descartando de ellas lo que él más apreciaba, y haciendo imperar casi exclusivamente el criticismo kantiano; y ni siquiera se usan ya los textos que, por orden suya y bajo su inspiración, escribieron sus discípulos.
Siempre será de lamentarse la parte de Luz en esa polémica, porque en ella consumió sus fuerzas inútilmente, y se condenó á no hacer otra cosa en el período mejor de su vida, en el único en que corrieron parejas la salud del cuerpo y la madurez de sus facultades. Fué provocado y, en su carácter de profesor libre de filosofía, no podía declinar el reto y rehuir la lucha; pero si no hubiese malgastado su tiempo de esa suerte, habría quizás podido presentar al público sus doctrinas en "una obra propiamente sintética," como se proponía y lo anunció al principio de la _Impugnación_; sabríamos entonces con precisión hasta donde seguía la metafísica de Locke, y desde donde se apartaba de ella para armonizarla con los adelantos de las ciencias positivas, y habría en la bibliografía cubana un libro más, de alto valer, suficiente él solo para demostrar que, á pesar de sus infortunios y mísera situación política, se cultivaban y ricamente prosperaban en Cuba estudios que en otras regiones del continente estaban en la infancia todavía.
V.
Hasta 1868 que comenzó la insurrección, ninguna pluma cubana había acometido la empresa de consignar en un libro la historia de la vida del maestro, de estudiar sus escritos y su influencia como filósofo y como educador; y después de esa fecha el libro no podía salir de la Habana, donde durante diez años debía vivirse bajo la ley marcial más terrible, como dentro de plaza sitiada; ni mucho menos del territorio insurreccionado, donde la lucha encarnizada y sin cuartel no daba á los combatientes punto de reposo. Ese primer homenaje era natural que viniese de los Estados Unidos, porque allí estaba reunido un gran número de cubanos, familias enteras, aguardando ansiosas la hora de volver á sus hogares abandonados.
Residía entonces emigrado en Washington José Ignacio Rodríguez, distinguido abogado y profesor de ciencias en la Habana, que si no había sido discípulo de Luz en su juventud, había desempeñado clases en el colegio, había recibido largo tiempo la influencia del maestro que le inspiró siempre ferviente admiración. A pesar de la distancia y de lo revuelto de la época, reunió en la capital norteamericana gran copia de datos, y añadiéndolos á sus recuerdos personales compuso, primero que nadie, una detallada é interesante biografía. Ni por las circunstancias excepcionales en que se daba á la estampa, ni por las condiciones personales del autor, había motivo de esperar un trabajo crítico definitivo; pero una emoción tan sincera anima toda la narración, y domina de manera tan comunicativa el entusiasmo al escritor, que ha podido decirse con exactitud que recuerda su libro por lo sencillo y reverente las Actas de los Apóstoles ó las vidas primitivas de los Santos.
Hubiera bastado en cualquiera otra época el nombre de Luz para hacer circular abundantemente entre cubanos la nueva obra, pero en el año de 1874 las peripecias de la guerra embargaban los ánimos, indiferentes á todo lo que no hablase de la lucha que ensangrentaba el suelo de la patria. Cuatro años más debía durar la guerra, sin embargo de que, para quien hoy estudia la historia de ese doloroso período, es evidente que en 1874 la insurrección, como empresa militar, estaba virtualmente vencida y se mantenía, tanto á causa de la obstinada ferocidad española fusilando prisioneros y buscando la sumisión sin condiciones, como en virtud de la legitimidad del programa cubano, del derecho de sus pretensiones, de la verdad de sus agravios, que en tan desigual campaña inspiraban á sus defensores denuedo y constancia suficientes para arrostrar por todo, hasta el fin, sin desfallecimiento.
La paz se restableció en 1878, cuando la metrópoli consintió reconocer á la colonia algunos derechos políticos, de los que durante todo el largo reinado de Isabel II tenazmente había rehusado, y los insurrectos, salvado el honor, depusieron las armas, abriéndose de nuevo para todos las puertas de la patria.
Puede decirse que junto con los combatientes, con los emigrados, con los pregonados tantas veces como reos de muerte que volvían á sus casas, volvía también á su país Don José de la Luz, terminado el ostracismo impuesto tan duramente á su memoria.
Fué un gran cambio, mas no se realizó desde luego de una manera completa; necesitóse aún tiempo para que, suprimido el régimen de la censura previa, no estuviese la libertad del pensamiento á la merced de empleados subalternos é ignorantes, ansiosos de obtener el favor de la sección irreconciliable del partido hostil á toda reforma susceptible de arrancarle el poder, que nunca hasta entonces había salido de sus manos.
Uno de los primeros que elevaron la voz para ensalzar á Luz fué Enrique José Varona, que por sus vastos y profundos conocimientos, la energía de sus convicciones, el esfuerzo incesante por mantener su espíritu en perfecta comunidad con todas las manifestaciones del pensamiento científico moderno, era algo muy semejante á lo que en su juventud había sido Luz para Cuba: personificación, por así decirlo, de la filosofía, esperanza del país bien deseoso en tan crueles condiciones de albergar en su seno hijos dignos de cultivar y trasmitir á los demás esas formas elevadas de la ciencia. En la conferencia inaugural del curso libre de filosofía, que abrió en 1879, al tratar de lo que habían sido esos estudios en la isla, condensa Varona en breves y brillantes frases los trabajos de Luz, lo llama "el pensador de ideas más profundas y originales con que se honra el Nuevo Mundo", y añade que fué, entre nosotros, "en este ángulo remoto del mundo civilizado, un verdadero precursor de ideas que hoy se predican con aplauso en los centros de la cultura humana". Nada más justo y oportuno que, al iniciar el joven y docto filósofo, ante un auditorio de cubanos, su magistral exposición de las sólidas y fecundas doctrinas científicas que han renovado las bases de la enseñanza filosófica contemporánea, reservase algunas de sus vigorosas pinceladas para trazar rápidamente el elogio del maestro, del que primero había estudiado y desarrollado ante alumnos cubanos las grandes enseñanzas de los sabios del siglo XVIII.
Apenas aflojaron un tanto las trabas que aprisionaban la imprenta y cohibían con freno de bronce todo impulso capaz de aunar y encaminar hacia un fin patriótico el sentimiento público, se organizó por Gabriel Millet y Raimundo Cabrera una suscripción popular para trasladar á mejor terreno los restos de Luz y erigir en el nuevo cementerio, pues en otra parte de la ciudad las autoridades no lo permitían, un modesto monumento. Las cuotas afluyeron pronto de todas partes, y el mármol, labrado en París, quedó colocado en 1887.
La biografía escrita por J. I. Rodríguez había ya en esa fecha llegado á su destino y encontrado sus lectores, su verdadero público, como lo prueba el haberse agotado la edición, é impreso una segunda al año de concluída la guerra. Llegó al mismo tiempo la hora de someterla á examen crítico, tarea á que ninguno podía considerarse mejor preparado que Manuel Sanguily, alumno del Salvador, que si bien era sólo un niño de trece años á la muerte de Luz, había siempre guardado y cultivado con amoroso empeño su recuerdo, precisándolo y avivándolo en el colegio, que después fué su casa largo tiempo, y donde todo, profesores, discípulos, tradiciones, costumbres, hasta los objetos mismos inanimados, traían á la mente sin cesar la imagen del venerado maestro. Al volver del campo de la insurrección, donde había sacrificado en servicio de su patria lo mejor de su vida, leyó con ávida curiosidad el libro de Rodríguez; éste también había sido su maestro en el colegio, y en la triste situación política, fracasadas las esperanzas patrióticas, era quizás el único consuelo posible buscar otra vez dulces y solemnes impresiones de períodos ya lejanos, ciertamente más gratos y venturosos.
Sorprendió en extremo á Sanguily en la obra de Rodríguez el propósito de encarecer la perfecta ortodoxia de las opiniones de Luz, muerto, según afirma, "dentro del seno de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana"; y más aún el presentarlo, en cuestiones políticas, como dominado por el temor de favorecer la lucha armada, y si bien ansioso del más alto grado de libertad para su país, queriendo todo progreso "como se consigue en Inglaterra, sin sacudidas, sin violencias, sin ruina, sin trastorno, sin efusión de sangre".
Demuestra Rodríguez la primera de esas dos afirmaciones con la partida de defunción, suscrita por el Cura de la parroquia, en que se dice que recibió Luz "el santo sacramento de la Penitencia", y que el biógrafo considera "prueba oficial y completa", olvidando que habla de un país donde ni existía ni se reconocía más que un solo culto, donde los actos más importantes de la vida estaban por fuerza subordinados al cumplimiento de sus ritos y sacramentos, y donde, por consiguiente, certificados de ese género carecían de valor absoluto, y se redactaban y expedían por fórmula á menudo, como se expedían billetes de confesión en Roma pontifical, cuando sin ellos no era posible obtener del Secretario de Estado ni siquiera un pasaporte. Luz, que positivamente era tenido, y se tuvo él mismo, por católico, no podría hoy calificarse rotundamente de apostólico romano; fué un católico liberal, sin duda: Rodríguez así lo dice en otro lugar del libro, pero los que en su tiempo se llamaban liberales quizás pasarían hoy por heterodoxos, y en ese sentido iba Luz tan lejos como el que más.
En cuanto al suceso objeto de la controversia, al hecho concreto de la confesión final, la verdad unánimemente asegurada por los que en los últimos días le rodearon, es que ningún sacerdote se acercó á su lado en todo ese período final de su existencia[66].
[66] No prestar fe á esos documentos es cosa más frecuente de lo que Rodríguez parece figurarse. La partida de defunción del conde de Aranda, el que fué ministro de Carlos III, dice textualmente que "recibió los Sacramentos de Penitencia, Santo Viático y Extremaunción". Sin embargo católicos tan firmes y ortodoxos como don Vicente de la Fuente y don Marcelino Menéndez y Pelayo concuerdan en no darle valor alguno y en creer que el famoso volteriano murió sin recibir tales sacramentos, persistiendo, por el contrario, hasta el fin en la impenitencia. Véase la Historia de los Heterodoxos Españoles ya citada, vol. III, pag. 204.
Respecto á su posición en cuestiones políticas del país, es cierto, como dice muy bien su biógrafo, que, "no permitió jamás á sus discípulos una expresión de crítica, una caricatura, un sarcasmo, una alusión siquiera, contra el gobierno y las instituciones existentes." Su influencia en la historia del país, en los trágicos sucesos ocurridos después de su muerte, se encuentra más bien en las ideas de viril energía, de resistencia inquebrantable á todas las formas de la opresión y la injusticia, de sacrificio en las aras del deber, de incesante abnegación, en una palabra, que inculcaba en sus lecciones y con su ejemplo. No era, no, el individuo asustadizo que sugieren las expresiones de Rodríguez, quien, en la página blanca de la portada del libro de Mazzini, _República y Realeza en Italia_, traducido al francés por George Sand en 1850, caracterizaba al revolucionario italiano con estas palabras: "el Lutero de la nueva época... en su corazón y en su lengua de fuego, en su fe y esperanza, infinita como el porvenir;" y corrigiéndose él mismo en seguida, agregaba: "pero no sólo es el Lutero, porque es cabeza, corazón y brazo," vituperando expresamente como ajeno al caso el tono quejumbroso del prólogo de la traductora. No era precisamente Mazzini el hombre á quien arredraron las violencias ni la efusión de sangre para conquistar la libertad de su noble país.
Improcedente también es, y Sanguily oportunamente lo indica, la alusión á Inglaterra, pues demasiado sabía Luz que ni en Inglaterra ni en parte alguna se ha logrado la posesión completa de la libertad y la independencia nacional sin sacudidas y sin efusión de sangre.
Algo más que aplicar al trabajo de Rodríguez el escalpelo de la crítica hizo también Sanguily; sin empeñarse en componer narración tan abundante y minuciosa, quiso á su vez trazar con sus propios recursos un retrato del maestro, de cuerpo entero; acumular sus vigorosas pinceladas en el centro luminoso de su cuadro, poner el dulce y meditabundo rostro en enérgico relieve y hacer brillantemente resaltar los rasgos esenciales. La obra es digna de todo aplauso; el estilo, lleno de calor, de concentrada energía, revela el hondo interés que el asunto le inspira y el ardiente deseo de no decir más que la verdad.
Las dos biografías, puede decirse, recíprocamente se completan; la de Rodríguez, sin rigor de método en la distribución de la materia, sin plan estrictamente limitado, fuera del orden cronológico naturalmente indicado, semeja esos ríos caudalosos que corren sobre terrenos llanos entre orillas indeterminadas, mientras que la de Sanguily, como un torrente impetuoso que viene de las montañas, no cesa un instante de desplegar la fuerza que exige su ruta entre desfiladeros. Gracias á ellas sabrá la posteridad cubana cual fué el verdadero temple de alma del hombre que tanto influyó allí durante tres generaciones. Ambos trabajos, muy notables, aunque por tan diverso espíritu informados, eran en el presente caso más necesarios, porque Luz, como hemos visto, no escribió nada bastante extenso y meditado para dar hoy cuenta cabal de su valor como educador y como filósofo. Sin las declaraciones de sus discípulos faltaría un elemento esencial, como carecería el mundo--_si parva licet componere magnis_--de los elementos necesarios para conocer y comprender á Sócrates, si no nos hubiera Jenofonte conservado sus _Memorabilia_.
LA VIDA DE SAN MARTÍN, POR MITRE
_Historia de San Martín_ y de la Emancipación sud-americana (según nuevos documentos) por BARTOLOMÉ MITRE.--Segunda edición corregida.--4 vols.--Buenos-Aires. 1890.
Años hacía que el público esperaba con interés, cuando en 1889 apareció la prometida historia del célebre general José de San Martín, en cuya preparación desde largo tiempo atrás se ocupaba Don Bartolomé Mitre, antiguo Presidente de la Confederación argentina y uno de los más conspicuos entre los personajes contemporáneos de América. La obra no ha, de seguro, defraudado las esperanzas de los que aguardábamos un trabajo sólido y original, es decir, construído sobre bases enteramente propias y nuevas, bastante amplio para reunir los elementos necesarios que definitivamente presenten á la posteridad el carácter, bien oscuro y enigmático en ciertos momentos, así como los actos públicos del que es, después de Bolívar, como hombre de guerra y como creador de naciones, el más famoso entre los héroes que batallaron y vencieron en pro de la independencia hispanoamericana.
La primera observación que ocurre, al acabar de leer la última página, es que ganaría mucho la obra, su circulación y su influencia, si fuese menos voluminosa,--cuatro gruesos tomos en cuarto español, de setecientos á ochocientos folios cada uno; y que sin suprimir, por supuesto, uno solo de los documentos justificativos que van al final de los volúmenes y que son todos interesantes y nuevos; con sólo abreviar las cosas que se dicen y discuten más de una ó dos veces en virtud del paralelismo, útil y luminoso casi siempre, que establece el autor al trazar la marcha de la revolución libertadora en el norte y el sur del continente; con aligerar en fin las reflexiones generales que reiteradamente preceden á muchos de los capítulos, se reduciría el conjunto de una manera notable y el efecto resultaría de mayor eficacia. Con esto se habría, además, evitado uno de los defectos del libro, que termina de súbito, precipitadamente, reduciendo por falta de espacio, según en una nota lo advierte el autor, á unas cuantas páginas zurcidas de cualquier modo la vida de San Martín en el ostracismo, esto es, durante los veintisiete años corridos desde 1823 que abandonó lleno de amargura y desengaños el teatro de sus triunfos, hasta 1850 que murió, en Boloña, frente al estrecho de la Mancha, cumplidos los setenta y dos años de su edad.
Es lástima, por consiguiente, que después de haber consagrado el general Mitre largo tiempo á reunir materiales y completar sus estudios de la vida de San Martín; de haber tenido la fortuna excepcional de que la familia Balcarce le entregara todos los documentos y papeles dejados por el héroe argentino; de haber logrado desentrañar en otros archivos públicos y privados manuscritos curiosísimos; de haber consultado, bien verbalmente, bien por cartas, muchos contemporáneos y obtenido con frecuencia noticias preciosas; de haber ido personalmente á visitar y estudiar sobre el terreno las quebradas de los Andes por donde pasó San Martín con el ejército que debía vencer en Chacabuco y en Maipu, así como el campo que cubrieron esas dos batallas inmortales; después de haber, en fin, escudriñado y llegado á saber como ninguno tan interesante período de la historia de América, al sonar la hora crítica de ofrecer al público el resultado de todos esos esfuerzos y vigilias, el fruto de todos esos privilegios y favores de la fortuna, en una obra merecedora de ser indestructiblemente fabricada y digna de la posteridad á que seguramente se encamina, decida el autor improvisarla, es decir, imprimirla á medida que la va escribiendo, sometiéndose á la necesidad de encerrar la materia en límites estrictos, de reducirse, al final, á rasgos generales y á breve resumen, cuando en capítulo tras capítulo anterior ha hecho exactamente lo contrario, y ha relatado minuciosamente episodios de la historia de Venezuela y de Nueva Granada, no directa y forzosamente ligados á la vida de San Martín.
Dado tal sistema de escribir é imprimir simultáneamente, lo cual vedaba en absoluto toda idea de corrección, simetría y armónico desarrollo de las partes; dado también el empeño de tratar cada episodio importante como monografía aislada, lo cual fuerza á volver sobre sus pasos y repetir cosas ya dichas y suficientemente tratadas, era inevitable el inconveniente, y el lector experimenta verdadero desengaño al encontrarse privado de "los documentos interesantes y nuevos" sobre el ostracismo de San Martín, que el autor cruelmente nos advierte que posee y no aparecen ni siquiera en el apéndice. Esos documentos deben contener, es claro, multitud de útiles detalles, y aclararán diversas dudas que nos asaltan sobre la justa interpretación del carácter reservado, tenaz, impasible, orgulloso, del Protector del Perú. Importaba muchísimo completar la obra iluminando toda esa faz de su asunto, porque nos parece engañarse el general Mitre á sí mismo, al decir que "el ostracismo interesa más á la biografía íntima que á la historia general", cuando lo cierto es que la biografía íntima de personajes que han estado á la cabeza de las naciones con las facultades de dictador que se arrogó San Martín en el Perú, influyendo poderosamente de ese modo en el encadenamiento y marcha de los sucesos, forma parte esencial de la historia general; una y otra se penetran y mutuamente modifican hasta el punto de ser necesario para llegar á la verdad ir con la plomada al fondo de los sucesos y al fondo del carácter del hombre que los dirigió, del hombre que, aun arrastrado ó dominado por ellos, puede en todo tiempo precipitarlos ó interinamente contenerlos.
San Martín se retiró del Perú virtualmente vencido, llevó á cabo su retirada de una manera tan brusca, tan desesperada, tan en contradicción con la enérgica confianza y heroica osadía desplegadas al organizar la expedición y efectuar su desembarco en las costas del virreinato, que ha sido siempre el más difícil y fascinante problema histórico comprender bien sus motivos, descubrir la clave para descifrar su voluntaria abdicación. Ha sido por mucho tiempo impenetrable misterio la historia de su entrevista famosa con Bolívar en Guayaquil, y es el suceso capital de su vida, la gran peripecia del drama de su existencia, pues después de ella volvió en el acto desalentado á Lima, convocó el Congreso que hasta entonces no había querido reunir, dimitió el cargo de Protector, y se embarcó para Chile con rumbo á Buenos Aires donde nadie lo llamaba, á pesar de que quedaba ocupando las sierras del Perú un ejército de veinte mil realistas mandado por generales tan hábiles como aguerridos; y no puede decirse todavía hoy que estén desvanecidas, ni mucho menos, las sombras que lo envuelven.
Toda la vida posterior de San Martín en el destierro, su inquebrantable silencio, su desasimiento completo de los negocios de América, fueron también consecuencia de la entrevista de Guayaquil, y sería bien curioso conocer los documentos á que alude Mitre y poseer detalles circunstanciados sobre ese último período, porque la verdad es que en cuanto al punto mismo misterioso, á los pormenores de la conferencia en el Ecuador, no ha descubierto en la rica mina que ha explotado nada nuevo ó importante que agregar á lo poco que ya sabíamos. Parece que ni siquiera se ha encontrado en el archivo de San Martín el borrador de la carta á Bolívar del 28 de Agosto de 1822, y puesto que era ya ésta conocida desde 1844, que la dió San Martín mismo al capitan Lafon para que la publicase, hubiera sido bien interesante conocer la respuesta de Bolívar, que debió sin duda haber existido, pues la correspondencia entre los dos duró un poco de tiempo más. Pero no ha aparecido, y el nuevo historiador, que trata este episodio con la debida extensión y con notable habilidad, ha debido apoyar únicamente sus conjeturas en esa famosa carta, en las revelaciones de Guido, tales como salieron en la _Revista de Buenos Aires_ y en los antecedentes por todos conocidos.
Salvo algunos reparos puramente de forma, (y en materia histórica de tanta importancia esto ahora á nada conduciría), hay que dirigir muchas alabanzas á la obra. Bien que á veces severo, quizás en demasía, respecto de Bolívar, no puede tildarse de excesivamente indulgente hacia San Martín; á pesar de la admiración constante que le inspira, enumera con plena imparcialidad los errores militares y políticos por él cometidos durante su estancia en el Perú. Con suma penetración discute y desmorona las razones alegadas en sus proclamas de despedida; demuestra que no pudieron ellas ser las únicas que le hicieron tan inopinadamente abandonar el terreno, desairar toda especie de ruegos, y en la noche misma del día en que celebró su primera sesión el Congreso montar á caballo, sin más compañía que un asistente, correr á embarcarse en Ancón para Chile, donde fué hostilmente acogido, luego para Buenos Aires, donde halló duelos terribles y donde también, según lo dice Mitre, "fué recibido por el menosprecio y la indiferencia pública".
Las verdaderas razones no pudieron ser las que expresó: eran demasiado fútiles. Al decir que "la presencia de un militar afortunado es temible á los Estados que de nuevo se constituyen", y agregar seguidamente que "estaba aburrido de oir decir que quería hacerse soberano", encubría los verdaderos motivos de su conducta. Si no hubiese tenido otros, habría que declarar, como indica Mitre, que cedía á un arranque caprichoso de pueril enojo, indigno de un varón fuerte.
San Martín, que era sobre todo y antes que todo un militar, no podía á pesar de sus anteriores desfallecimientos,--tan dura y gráficamente relatados por Lord Cochrane en sus Memorias,[67]--dejar de ver muy claro que, con las tropas y recursos á su disposición en Julio de 1822, no lograría desalojar y vencer al enemigo, que corría su obra el riesgo de caer en el precipicio y él mismo terminar allí desastrosamente su carrera. Acudió, pues, á Guayaquil con el objeto de solicitar el auxilio de Bolívar y del ejército que acababa de triunfar en la falda del volcán de Pichincha, que acababa de ganar y sellar para siempre la independencia de la vasta sección del continente, que por corto tiempo debía llevar el nombre de "República de Colombia". Para el que bajo el nombre de Protector tenía entonces la responsabilidad del porvenir del Perú, la situación aparecía como gravísima y demandaba urgente tratamiento, que sólo Bolívar estaba en posición de aplicar para salvarla pronta y completamente. Había siempre considerado la popularidad con el mayor desprecio, sin descender jamás á las artes del demagogo por ganarla ó conservarla, pero no podía menos de observar y deplorar ahora que su prestigio ante el voluble pueblo peruano menguaba rápidamente y, lo que era aún peor, que entre los jefes mismos del ejército á sus órdenes cundían el desafecto y la indisciplina.
[67] _Narrative of services in the liberation of Chili, Peru and Brazil from Spanish and Portuguese domination_ by Thomas, Earl of Dundonald.--2 vol. London, 1859.--Vol. I págs. 76, 106, 148 y en muchos otros lugares.
Era preciso, por consiguiente, que Bolívar en persona y á la cabeza de su ejército volase al Perú. San Martín ofreció, sin titubear, ponerse bajo las órdenes de su afortunado rival; "para mí hubiese sido", son las palabras de su carta de Agosto 28, "el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general á quien la América debe su libertad". Bolívar se negó en términos corteses, evasivos, pero que dejaron á San Martín penosamente convencido, como lo expresa sin ambages la citada carta, de que su presencia en el Perú era el obstáculo único que se lo impedía. Como, á juicio de San Martín, Bolívar solo con su ejército podía concluir rápidamente la guerra, no le quedaba más camino que retirarse de la escena; en ese instante probablemente tomó la determinación que dos meses después, sin más consulta de nadie, como imposición ineluctable de la suerte, debía realizar de manera tan rápida y violenta.
No debe olvidarse que nos falta la versión de Bolívar sobre el carácter y detalles de la entrevista, que ni en los treinta y tantos volúmenes de las Memorias de O'Leary, tan ricos de documentos, se halla cosa alguna importante que sumar á lo que ya se sabía; de modo que es más bien del lado argentino por donde han venido las noticias incompletas, fragmentarias y tardías que poseemos. Permiten, es cierto, formarse idea bastante aproximada, pero quizá aventure demasiado el general Mitre, recordando más bien el novelista que el historiador, al rehacer la escena con todos sus pormenores y creer que basta con los documentos "correlativos que la precedieron y siguieron" para imaginarla "sin agregar una palabra ni un gesto que no pueda ser comprobado". Hay un momento, que él califica de psicológico, en que dando forma de diálogo á su relato, al ofrecer San Martín servir á las órdenes de Bolívar, continúa en los siguientes términos: "Bolívar, sorprendido, levantó la vista y miró por la primera vez de frente á su abnegado interlocutor, dudando de la sinceridad de un ofrecimiento de que él no era capaz. Pareció vacilar un momento, pero luego volvió á encerrarse en un círculo de imposibilidades, etc." Es muy posible que así haya ocurrido, y el autor se esfuerza siempre por acompañar con notas precisas todo lo que dice, pero el sistema es inseguro y el terreno resbaladizo.
San Martín y Bolívar, á despecho de la identidad del punto de partida y del género de gloria que sobre ambos abundantemente derrama la posteridad americana reconocida, fueron hombres de carácter radicalmente distinto. Era también en su esencia muy diferente la situación que los circundaba en Julio de 1822. Bolívar, aunque parecía haber ya ascendido á la cumbre de la fortuna, quería y podía subir aún más alto; San Martín declinaba, se acercaba rápidamente al borde oscuro del largo período de olvido é indiferencia que debía atravesar antes de caer dentro de la fosa abierta en suelo extranjero, antes de que su merecida nombradía allí mismo reviviese; para no perder más la corona de luz que la ennoblece. No es extraño, pues, que al verse, por primera y única vez, durante sólo dos días, ni experimentasen recíproca simpatía ni lograsen mutuamente juzgarse con equidad y acierto. La modestia, la instrucción muy limitada, la circunspecta gravedad del argentino parecieron al hijo de Venezuela signos de espíritu mediano, que debe al acaso, á accidentes fortuitos, la gloria adquirida; mientras que la movilidad, la imaginación impetuosa, la sed inextinguible de aplausos y de honores que poseían á Bolívar, parecieron á su rival síntomas inequívocos de la vanidad más pueril, de la ambición más desenfrenada. Ambas injustas apreciaciones fueron realmente sentidas y expresadas, encuéntranse comprobadas por cartas y testimonios irrecusables citados todos en la presente obra.
¿Cómo habían de entenderse y aunarse en esfuerzo común caudillos tan desemejantes, cuyos caracteres, cuyas ideas tan enérgicamente se repelían? Todo tendía á denunciar y agravar la recíproca antipatía. La anexión violenta del territorio de Guayaquil á Colombia, ejecutada por Bolívar, sin atender, ni aun siquiera por forma ó por aparente complacencia, los deseos de los habitantes como tampoco los derechos anteriores del Perú, del Perú que había cooperado con su alianza á la conquista, hería en lo más profundo el alma de San Martín; y era ya un hecho consumado, que ni traer á discusión se podía; Guayaquil pertenecía á Colombia, como pertenecería después al Ecuador, y el Perú quedaba para siempre privado de esa situación comercial incomparable á orillas del caudaloso Guayas.
La organización futura de los países libertados era otro motivo de seria divergencia; San Martín persistía en sus proyectos de monarquía, de coronas ofrecidas á príncipes de familias soberanas de Europa, y Bolívar, conviniendo en que el pueblo hispanoamericano no estaba educado para un régimen democrático, agregaba que la monarquía solamente era posible "á condición de que los monarcas fuesen americanos", lo cual parecía grotesco y, por lo que podía haber en ello de personal, hacía reír á su adusto interlocutor.
Algo aventurado se nos antoja, por parte del general Mitre, el inferir del silencio guardado acerca de los detalles de esta conferencia que no quedase Bolívar satisfecho de sí mismo y se sintiese "vencido moralmente por la abnegación" de su rival. Muy ilógico, por el contrario, hubiera sido que en aquellas circunstancias se hubiese él prestado á salir inmediatemente para Colombia, invitado, no por el pueblo peruano sino por San Martín, en quien veía un hombre gastado, pero cuya reputación, aunque carcomida, estaba superficialmente intacta y había de hacerle sombra; cuya enérgica voluntad había de estorbarle por todos los caminos, poniendo obstáculos á la realización del magnífico programa de gloria y de poder que lo embriagaba. La negativa parece muy natural y muy explicable, como lo es también la amarga decepción que produjo. La alianza inmediata, concertada en la forma solicitada, hubiera, sin duda, sido mejor y más beneficiosa para todos, para Colombia y para el Perú, para Bolívar y para San Martín, pero si era entonces improbable, casi imposible solución, á nada conduce deplorarlo ahora. Allá hacia el sur del continente, en el Perú, en la futura Bolivia, cuyo nombre por sí solo sería una apoteosis, adivinaba, veía claramente Bolívar una luz esplendorosa que lo atraía con fuerza arrolladora, á que debía correr para deslustrar sus colores, para quemar sus alas, precipitarse en un mar de lisonja y adulaciones, hasta saciar su inmensa vanidad. Llevábalo también hacia allá ocupando toda la otra faz de su grande alma, la conciencia de su deber, el convencimiento del nuevo y mayor servicio que podía prestar, la seguridad de completar con ese último esfuerzo la obra sublime, la tarea de semidiós á que había consagrado su existencia. Era tiempo, pues, de que San Martín volviese la espalda, de que se retirase, torvo, frunciendo el ceño que no debía desarrugar durante tantos años. Nada le quedaba que hacer allí, no había más hueco para él, sus eminentes cualidades de hombre de guerra, su honradez, su fijeza de propósito, no tenían ya más en qué emplearse.
"El Libertador no es el hombre que pensábamos", mandó tristemente á decir á su amigo el Director supremo de Chile; y sin perder una hora dispuso á gran prisa las cosas como mejor pudo, para dejar pronto esa tierra donde no cabían ambos rivales, para que pudiese libremente venir el más joven y afortunado de los dos á recoger la brillante cosecha de gloria que le estaba reservada. Por desgracia no vino tan veloz como se esperaba y, si en efecto recogió luego con creces lauros tan grandes como merecidos, faltaban aún antes del desenlace tres años crueles de anarquía, de guerra y destrucción.
Con franqueza declaro que he comenzado á leer la obra del general Mitre por el último tomo, en busca de la narración de estos sucesos tan importantes y decisivos, creyendo no ser por ello injusto con el autor, pues la materia, como ha de suceder á todo americano, me era de antemano familiar, y en las vueltas del camino que mi ansiosa curiosidad me había incitado á seguir, no había abandonado un solo momento el hilo conductor.
No es posible encarecer demasiado todo lo que hay de enteramente nuevo y tratado con singular inteligencia de las cosas militares, con suma abundancia de detalles desconocidos hábilmente comentados, en la parte que se refiere á la creación del ejército de los Andes, á la residencia de San Martín en la provincia de Cuyo, á la admirable y dramática reconquista de Chile. El paso de la Cordillera, las jornadas inmortales de Chacabuco y de Maipu, la noche infausta de Cancharrayada que entre ambas batallas tan terriblemente se interpuso, están magistralmente relatadas con minuciosidad y con claridad, y hay planos muy ingeniosos para facilitar su estudio á los profanos en el arte militar. Muchos no se habrán dado de estos sucesos cuenta tan perfecta y cabal como ahora. Estos capítulos, que en suma encierran lo que es la gloria excepcional é inmarcesible del ilustre caudillo, abarcan la mitad de la obra; en ellos ha podido el general Mitre aprovechar la rica mina de documentos y de noticias por él acumulados con paciencia ejemplar, aplicar sus conocimientos especiales, su experiencia de los negocios públicos, su espíritu sereno y levantado, y bastan para asegurarle alto puesto, el primer puesto, entre los historiadores americanos de toda esa época.
Quienquiera intente después de él tratar directa ó indirectamente los acaecimientos de tan largo y crítico período, hallará el camino abierto y la tarea muy simplificada. Sin parar mientes más de lo estrictamente necesario en la extrañeza de ciertos adornos y recursos habituales de su estilo, en el lenguaje á veces oscuro para lectores no argentinos ó chilenos, agradecerá tan vivamente como debe el inapreciable servicio prestado á la literatura histórica en América.
J. L. MOTLEY
Y SU HISTORIA DE LA GUERRA DE LOS PAÍSES BAJOS CONTRA ESPAÑA.
"The correspondence of JOHN LOTHROP MOTLEY.--2 vols. London. 1889."
El ilustre historiador norteamericano Motley no pasó toda su vida únicamente dedicado á sus estudios y sus libros como Prescott; á éste un defecto físico, un padecer constante de los ojos, que á intervalos fué completa ceguera, lo condenó á vivir siempre encerrado en su gabinete, mientras que Motley, educado en universidades de Europa, lleno de vigor físico y con las más brillantes dotes intelectuales, pudo desde muy temprano extender el campo de su actividad y seguir la carrera diplomática, ponerse al servicio directo de su país, al mismo tiempo que continuaba estudios eruditos y componía sus hermosos libros. Esta doble y generosa ambición no redundó por desgracia en provecho de su felicidad personal, y al fin de sus días, sin culpa suya, por la injusticia de los hombres y las cosas, tuvo sobrado motivo de envidiar amargamente la existencia apacible, la tranquila gloria literaria á que solamente aspiró Prescott, su predecesor, amigo, émulo é insigne conterráneo.
Obtuvo, pues, Motley en la una y la otra carrera resultados diametralmente opuestos. Su historia de la lucha por la independencia en los Países Bajos fué, apenas publicada, leída ávidamente, saludada por el más unánime y nutrido aplauso en Europa y en América. Sus dos grandes empleos diplomáticos: ministro plenipotenciario en Austria durante la presidencia de Lincoln primero y de Johnson después, é igual cargo, luego, en la Gran Bretaña por nombramiento del general Grant, terminaron de una manera desastrosa, por decirlo así, porque de ambos se retiró contra su voluntad y agraviado profundamente.
Huellas penosas le dejaron las dos desagradables aventuras; el colector de su correspondencia privada, salida á luz unos doce años después de su muerte, en 1899, ha tratado de no señalarlas demasiado, de atenuarlas y esfumarlas un tanto; pero bien se descubren en varias de sus cartas, como también se pueden reconocer en sus últimos trabajos históricos. La parte biográfica no es, sin embargo, el principal atractivo en estos dos volúmenes, por lo menos en cuanto á Motley mismo se refiere. Habla él poco de sí, á veces hasta lo evita. Hay en cambio muy curiosas observaciones, retratos á la pluma, trazados á menudo con tanta rapidez como exactitud, de multitud de personas distinguidas con quienes estuvo en relaciones durante su larga residencia en Europa, á causa del éxito de sus libros y también de sus representaciones diplomáticas en Viena y en Londres. La íntima amistad que desde la juventud lo ligó á Bismarck, su condiscípulo en Göttingen y en Berlín, añade igualmente valor á la colección por contener cartas de uno y otro. Todo esto explica el interés despertado, aunque no sea esta Correspondencia como obra literaria de las que aumentan considerablemente la reputación de un autor, á la manera de las deliciosas cartas de Merimée al bibliotecario del Museo británico Panizzi, ni tampoco de las que revelan aspecto desconocido, apenas sospechado, del talento de un escritor, como las del conde Joseph de Maistre á su familia cuando, bloqueado en San Petersburgo por las victorias y el malquerer de Napoleón, representaba allí con tanta distinción al destronado rey del Piamonte.
Al estallar en 1861 la guerra civil de los Estados Unidos, contaba Motley cuarenta y siete años de edad, y hacía cinco que había dado á luz su primer trabajo histórico, su obra maestra, "la Fundación de la república de Holanda" (_The Rise of the Dutch Republic_) en tres volúmenes. Los dos tomos primeros de la continuación, con el título de "Historia de las Provincias Unidas," aparecieron en 1860. El éxito fué muy rápido, muy grande y en parte inesperado.
Impresa la primera obra por cuenta del autor, pues ninguna casa editora quiso correr el riesgo de comprársela, se abrió camino prontamente, y en un año se vendieron en Inglaterra quince mil ejemplares, lo cual es mucho, dada la época, la materia y las proporciones de la obra. Fué traducida inmediatamente al holandés, al alemán y al ruso, y se anunciaron en competencia dos traducciones al francés que pronto aparecieron, una en Bruselas y la otra, con prólogo é intervención de Guizot, en París. Los jueces más autorizados confirmaron el aplauso público, y entre ellos los verdaderamente abonados, los que se dedicaban con especialidad al estudio de los mismos sucesos desde puntos diversos de vista, como Froude en Inglaterra, como Prescott en los Estados Unidos, como Bakhuyzen van den Brink en Holanda, todos concurrieron declarando el alto valer de la obra del nuevo historiador.
Es sin disputa libro muy notable, escrito con el calor y movimiento de una novela histórica y escrupulosamente fundado sobre estudios directos, originales, seguidos por espacio de diez años en diversos países, dentro de los archivos donde se custodian los documentos, los manuscritos auténticos y despachos diplomáticos en que observadores muy sagaces á menudo han ido acumulando vasta masa de noticias inéditas todavía, venas de mineral precioso, á las que falta sólo la paciencia del erudito para aquilatar su riqueza.
Motley concibió, desde luego, su trabajo como un inmenso cuadro, armoniosamente completo, y lo ejecutó conforme á un plan de la más estricta y admirable unidad, sin que desde la página inicial hasta su término flaquee la inspiración del artista ni decaiga el interés de la narración. Es una obra histórica que tiene héroe, protagonista, como en las novelas y poemas; no una biografía propiamente hablando, pues relata los sucesos de un largo período de la vida de una nación, pero floreció durante ese tiempo un hombre que fué sin cesar el alma de la situación, en cuyo corazón palpitaba la sangre, la vida de su patria; y presente ó ausente, aparece siempre dominando la escena su heroica y varonil figura ó su nombre esplendoroso. Ese héroe es Guillermo de Nassau, "el rebelado Príncipe de Orange", como lo apellida un poeta español; el Taciturno, como generalmente se le llama, por antigua y curiosa antífrasis, pues era de carácter afable y comunicativo. Motley nos lo presenta desde el primer capítulo, en la hermosa descripción de la ceremonia del gran salón del palacio de Bruselas cuando, en un día del mes de Octubre de 1555, abdicó solemnemente Carlos V y traspasó á su hijo Felipe la corona real y los vastos territorios en Europa y en América que de ella dependían. Era entonces Guillermo un joven de veintidós años, sobre cuyo hombro se apoyaba el fatigado y gotoso Emperador y Rey, al pronunciar de pie su arenga de despedida. Así comienza la historia de Motley para terminar veinte años más adelante el día infausto del mes de Julio de 1584, en que sucumbe Guillermo de Orange mortalmente herido por la bala de un asesino.
¿Quién hubiera dicho al ilustre y orgulloso monarca, al concluir su vida pública en medio de la pompa de esa gran representación teatral, que estaban ya reunidos en aquel salón del palacio de los duques de Brabante los personajes principales de un tremendo drama, cuyo desenlace arrastraría consigo la anulación de todos los votos, el aniquilamiento de todas las esperanzas, expresadas en la arenga y puestas bajo el amparo y bendición de Dios Todopoderoso en el tono de grave, serena y altiva confianza que naturalmente correspondía al que todos allí consideraban como lugarteniente de Dios sobre la tierra? ¿Quién le hubiera anunciado al oído que el joven en cuyo brazo se apoyaba como el del más fiel de sus vasallos, había de ser enemigo acérrimo, irreconciliable de su hijo; que gracias á él triunfaría en los Países Bajos la religión reformada, se amenguaría el prestigio de la monarquía y mermaría considerablemente el patrimonio allí trasmitido á sus descendientes?
Entre esos dos sucesos capitales, abdicación de Carlos Quinto y muerte del príncipe de Orange, desenvuelve Motley su narración, que por sí misma se divide en cinco grandes partes y una introducción, como los actos de una vasta composición dramática. En todos ellos es siempre Guillermo el personaje prominente, pero en cada uno pelea con un adversario diferente, contra los que en rápida sucesión van viniendo á representar los derechos hereditarios del pequeño, delgado y laborioso monarca, que desde el fondo de su palacio en Valladolid, en Madrid ó en el Escorial, devana los hilos de la inmensa trama que debe mantener el mundo sometido á la absoluta unidad de creencias religiosas y á la jurisdicción del Santo Oficio. Cuando partió de Flandes Felipe, cuatro años después de su advenimiento al trono, quedó encargada de oponerse á las justas reclamaciones de las Provincias su hermana Margarita, hija natural del Emperador. Frustrados los primeros planes despóticos del rey, vino el duque de Alba á la cabeza de un fuerte ejército, resuelto á probar con sangre y fuego otro sistema de gobierno y arrancar de cuajo la rebelión, matando, arruinando, desolando y aterrando: formidable tarea que el terrible duque ejecutó puntualmente, obedeciendo como aguerrido y sumiso militar las implacables instrucciones de su señor, exagerándolas también como indignado y sanguinario vasallo del injuriado soberano. Nada obtuvo en definitiva, y con su vuelta á España cae el telón del segundo acto, el más espantoso de la tétrica tragedia.
La tercera parte comprende la breve é indecisa administración del Comendador mayor de Castilla Requesens, que murió súbitamente en medio de una campaña, quedando el ejército de ocupación sin general en jefe, de lo cual provino poco después el saqueo de la ciudad más rica del Brabante por la soldadesca desenfrenada, atentado colosal, famoso en la historia con el nombre de "furia de Amberes".
El cuarto acto, aunque más corto todavía, de sólo dos años, excita interés como si fuera episodio de una novela romántica. Comienza en el momento en que don Juan de Austria se desmonta del caballo en Luxemburgo, después de haber atravesado toda la Francia al galope desde la frontera española, disfrazado de esclavo morisco, para hacerse cargo más pronto del gobierno de los Países Bajos, lleno de ambiciosas y halagüeñas esperanzas. Termina cuando exhausto y desesperado, al cabo de veintidós meses de estéril y fatigante lucha como guerrero y como diplomático, es invadido de la peste frente á Namur y muere dentro de una choza miserable á los treinta y tres años, pobre y sintiendo perdido todo su prestigio, sin más bienes de fortuna que los objetos de su uso personal, "esos trapos que ahí quedan", como dijo patéticamente á su confesor; después de haber vivido como un paladín del tiempo de las Cruzadas y haber soñado toda su vida en ceñirse una corona, que brilló continuamente ante sus ojos deslumbrados y nunca estuvo al alcance de su mano.
Antes de morir traspasó don Juan sus poderes á Alejandro Farnesio, príncipe de Parma, su sobrino, pero de su misma edad y en todo y por todo otra clase de hombre. Fué Farnesio en la guerra y en la política el más hábil de los gobernadores que tuvo el rey en esos dominios y da nombre á la quinta y última jornada del drama comprendido en la narración de Motley. Encontró en él Guillermo de Orange, adversario digno de su acero, muy capaz de haber logrado el triunfo si la habilidad y la energía hubiesen bastado á asegurarlo en causa tan inhumana. Mas si por la fuerza misma de las cosas no era dable á tan formidable caudillo vencer y extirpar la rebelión, pudo al menos contenerla, reducirla parcialmente, y la fortuna quiso concederle el gran favor de que uno de los varios asesinos despachados para matar al ilustre rebelde, cuya cabeza estaba de mucho tiempo atrás puesta á precio por edicto del soberano, consumase durante su gobierno el nefando atentado.
La "Historia de las Provincias Unidas", lleva los sucesos hasta la tregua de Doce años y la terminación virtual de la lucha con España. Concebida en idénticas proporciones y con el mismo plan que la precedente, carece de la unidad y concentración de interés que le presta la intervención del Taciturno, pero el conocimiento profundo de la materia y el vigor de la pluma son exactamente iguales.
El impetuoso, ardiente entusiasmo que siente y no disimula el historiador angloamericano por la causa de los Países Bajos, lamentando sus desastres y exaltándose con sus victorias, produce al cabo un efecto particular, casi una fascinación. Vivamente persuadido de la profunda semejanza, de las íntimas relaciones históricas entre la república de los Estados Unidos vencedora de la Gran Bretaña en el siglo XVIII, y la república bátava luchando contra España en el XVI, no puede á veces contener su emoción y palpita en sus palabras con el calor de la fiebre el amor á la libertad, la aversión al despotismo y la fe más firme republicana. Hubiera, sin duda, sido más filosófico mirar las cosas con inalterable serenidad, examinarlas por todos sus lados más reposadamente y analizar las controversias religiosas y políticas del pasado sin traer á su estudio ninguna de las pasiones del combate, ni siquiera las más elevadas, respetables ó desinteresadas; pero la verdad es que no hay un fallo de Motley en desacuerdo con la equidad, que reprueba la injusticia dondequiera que la encuentra, que ha ido á comprobar en fuentes originales todo lo que dice, y ofrece al lector los datos necesarios para rectificar el valor de sus observaciones.
El defecto principal de estos trabajos, el que minora un tanto su importancia como arte, aunque dejando intacta su utilidad como obra de erudición, es la exuberancia, no solamente del estilo, á veces demasiado redundante y de un colorido exagerado, sino también de la materia, á menudo desleída y extendida más allá de los límites necesarios, sobre todo cuando se empeña en extractar minuciosamente documentos y seguir hasta sus menores detalles negociaciones diplomáticas cuyo interés no concuerda con la atención que demandan. En uno y otro caso, en el estilo y en la distribución de los materiales, arrastra al autor su doble temperamento de artista entusiasta y de paciente erudito.
Los largos años de estancia en Europa no lo desprendieron de sus raíces en América, y siguió siempre la marcha de las transformaciones políticas de la patria con atenta mirada. Puede colegirse cuales eran sus opiniones de estas palabras con que en carta á su madre, incluida en la _Correspondancia_, saluda la elección de Lincoln á la presidencia: "Después de este gran veredicto no es posible ya, gracias á Dios, decir que la esclavitud es la ley de mi país ni que la bandera americana donde se presenta lleva consigo la esclavitud". Al comenzar el período crítico de la guerra civil quiso, como era natural, valerse el gobierno americano de su reputación europea y lo nombró ministro plenipotenciario en Austria. Ahí pudo continuar en relativa tranquilidad sus trabajos, buscando en el estudio de lo pasado distracción de las angustias que la situación de la patria discorde y bañada en sangre despertaba en su ánimo, y de que abundan en la _Correspondencia_ pruebas interesantes. Desempeñó con habilidad su encargo, pero la suspicacia y violencia de carácter del presidente Johnson, en una cuestión personal de muy menuda importancia, forzáronlo, al fin, á presentar su dimisión.
Cuando subió el general Grant al poder, obtuvo la representación de los Estados Unidos en Inglaterra, puesto infinitamente más agradable, que aceptó lleno de lisonjeras esperanzas, pues tenía en Londres muchos amigos y contaba que lo ayudarían en el desempeño de su misión, particularmente difícil en esos días en que el gobierno americano estaba con justicia enconado contra el británico por las numerosas pruebas, sólidas y palpables, con que demostró su simpatía por la Confederación de los estados del sur. Pero fueron vanas sus esperanzas, la plenipotencia duró apenas un año, y merece realmente la pena de recordarse y relatarse el modo cómo de súbito y sin previo aviso se la quitaron. Motley, nombrado en virtud de la influencia política de su íntimo amigo el senador Sumner, sin saberlo ni haberlo podido prever, sufrió las consecuencias de un desavenimiento entre Grant y Sumner.
Apenas instalado Grant en la presidencia manifestó el más vivo deseo de anexar la república de Santo Domingo á los Estados Unidos, y al efecto firmó un tratado con Baez que entonces la presidía. Como todos necesitaba ese tratado para tener valor el voto favorable de las dos terceras partes de los senadores, y Sumner en su calidad de _Chairman_ de la Comisión de negocios extranjeros del Senado tenía en esos asuntos preponderante influencia, además del peso que daban á su opinión su antiguo prestigio y sus grandes servicios al partido republicano triunfante. Grant decía que Sumner le había ofrecido su voto en pro, y Sumner afirmaba que se había limitado á declarar que siempre consideraría con el mayor respeto y la más imparcial atención todo lo que viniese de quien era jefe de la nación y jefe del partido á que ambos pertenecían. Sumner, hombre muy orgulloso, que estaba muy engreído y nunca faltó á su palabra, no podía en realidad haber dicho otra cosa; el Presidente entendió probablemente lo contrario; los dos procedían seguramente de buena fe.
El caso fué que el senador, al presentar á discusión el tratado con el informe adverso de la Comisión, demolió uno por uno sus artículos en un discurso de cuatro horas atacando con su habitual vigor á Baez, á los que con él trataron y á todos los que "querían forzar un pueblo débil al sacrificio de su país"; y después de largos debates votó en favor de los proyectos del Presidente la mitad no más de los senadores, quedando, pues, el tratado rechazado.
Grant enfurecido, no pudiendo hacer nada personalmente contra Sumner, ordenó á Hamilton Fish, su Secretario de Estado, que destituyese en el acto á Motley de su cargo en Inglaterra, pues era hechura del senador. Fish obedeció prontamente; la votación del Senado tuvo lugar el 30 de Junio de 1870, y Motley fué destituído por telégrafo el primero de Julio siguiente.
Fué una afrenta inmerecida impuesta á un alto funcionario, que era al mismo tiempo hijo eminente del país, y Presidente y Secretario la llevan á la posteridad como cargo imborrable de su conducta política. Motley lo soportó virilmente sin promover escándalo, pero el golpe le hizo profundos estragos y creen quienes lo conocieron que abrevió su existencia.
Después de la destitución publicó la tercera y última de sus historias con el título "Vida y muerte de Juan de Barneveld", que se liga con los sucesos de las anteriores, y llega hasta donde ya se vislumbra el principio de la guerra de Treinta años. Conserva las mismas brillantes cualidades de las otras, pero el argumento no es susceptible del mismo género de interés palpitante, salvo algunos episodios, como la evasión de Hugo Grocio. Un crítico muy competente la tiene por la más clásica de sus producciones[68].
[68] El erudito holandés Groen van Prinsterer, citado por O. Wendell Holmes en la excelente biografía que, con el título de _A Memoir_, publicó después de la muerte de Motley, donde se encuentran pormenores sobre su vida pública y la brusca terminación de su carrera diplomática, puntos á que sólo incidentalmente se alude en la _Correspondencia_. Véase también la biografía "Charles Sumner by Moorfield Storey". Boston, 1900.
Hablando en esta última obra de un embajador holandés, Aerssens, á quien trató su gobierno en cierto modo como el general Grant lo había tratado á el, no desperdicia la ocasión de decir que ultrajes de ese género hieren profundamente y que no puede menos de sentirse oprimido de cólera y de dolor el que se ve deshonrado así ante el mundo después de haber cumplido escrupulosamente su deber y defendido los derechos y la dignidad de su patria. Luego agrega refiriéndose siempre á Aerssens, pero la alusión es transparente. "Sabía muy bien que los cargos contra él no eran más que pretextos y los motivos que impulsaban á sus enemigos tan indignos como los ataques mismos; pero no ignoraba al mismo tiempo que el mundo se pone por lo general del lado de los gobiernos contra los individuos, y que raras veces la reputación de un hombre es bastante á defenderlo en tierra extranjera, cuando su propio gobierno alarga la mano, no para protegerlo, sino para asestarle la puñalada".
Más de un pasaje impregnado del mismo sentimiento se encuentra en otras páginas de la obra y en algunas alusiones de la _Correspondencia_, revelando discretamente que la herida recibida en el pecho no cicatrizaba, que destilaba sangre sin cesar. Las letras, fieles consoladoras de los que en ellas buscan solamente la verdad ó la belleza, le trajeron el único alivio posible en su situación; pero el desengaño amargo le había sorprendido al caer ya la tarde, en período demasiado avanzado de su carrera, cuando los resortes vitales habían perdido mucho de su elasticidad, y el daño resultó irreparable. Quiso luchar, seguir sus estudios, registrar archivos, visitar lugares para la historia ofrecida de la guerra da Treinta años, con la que contaba cerrar dignamente su vida literaria, pero en vano. En 1873, dos años después del penoso desastre, aparecieron los primeros síntomas de la afección cerebral que lo arrebató en 1877. Un mes antes había cumplido sesenta y tres años.
ANDRÉS BELLO
Obras completas de _Don Andrés Bello_.--Quince volúmenes. Santiago de Chile.--1881-1893.
En el año de 1872 votó el Congreso nacional de Chile una ley para que se ordenase é imprimiese á costa del tesoro público la edición completa de las obras tanto publicadas como inéditas de Andrés Bello, en recompensa (dice el texto de la ley) á los servicios por él prestados como escritor, profesor y codificador. La edición, llevada á cabo bajo la dirección del Consejo de Instrucción pública, es sin disputa hermoso monumento elevado en honor del que es gloria reconocida de toda la América que habla la lengua de Cervantes: quince gruesos volúmenes en octavo grande, en condiciones tipográficas bastante buenas, precedidos todos de los datos y noticias necesarias, y acopiando, bien en el cuerpo de los tomos, bien á veces en esas mismas introducciones, cuanto se ha podido encontrar debido á la pluma del ilustre venezolano, tanto entre sus manuscritos como en los más antiguos y olvidados papeles periódicos donde escribió en el curso de su larga vida.
Invitado Bello por el gobierno chileno, fué á establecerse en Santiago el año de 1829; tenía entonces cuarenta y ocho años, una familia numerosa formada en Inglaterra, donde había residido diez y nueve años y se había casado dos veces. Durante esa larga estancia en tierra extranjera había sido secretario de las legaciones de Venezuela, de Chile y de Colombia en varias ocasiones, además periodista, profesor en casas particulares, traductor, descifrador de manuscritos, luchando de mil maneras para ahuyentar la miseria y sostener su familia. Pero el sueldo de diplomático era corto y siempre mal pagado, los otros trabajos inseguros ó mezquinamente retribuídos, y el pobre hombre, á pesar de su instrucción extraordinaria é infatigable laboriosidad, se acercaba en las más precarias condiciones al límite fatal de los cincuenta años, sin recursos de fortuna y agobiado por necesidades domésticas. No le era ya dado pensar en volver á Caracas, su ciudad natal; sobre no estar satisfecho del modo como en su ausencia lo habían tratado ni del aprecio con que sus jefes, Bolívar mismo incluso, habían correspondido á sus servicios, ya en ese año de 1829 se veía venir inevitable la disolución de Colombia y la anarquía propagarse terriblemente en Venezuela.
Aceptó, pues, las proposiciones, salió para Chile y halló aquello de que iba en busca: seguridad de la existencia material y campo donde ejercer sus grandes facultades de literato, periodista, educador del país, maestro de la juventud. Treinta y seis años más debía vivir, residiendo siempre en la ciudad de Santiago hasta su muerte en Octubre de 1865, á la respetable edad de ochenta y cuatro años. El gobierno chileno le confirió desde luego la categoría de empleo que había ofrecido, lo nombró al poco tiempo Oficial mayor del Ministerio de lo Exterior y gradualmente fué otorgándole cargos y honores: Rector de la Universidad, Senador, Comisionado especial de la redacción de códigos, etc. Después de su muerte se le han erigido estatuas, se ha celebrado con entusiasmo en 1881 el centenario de su nacimiento, se ha publicado en fin esta hermosa edición de sus obras, costeada por fondos públicos y regalada en parte á la familia, á los herederos de Bello.
Se ha mostrado, por tanto, la república de Chile noblemente agradecida al ilustre varón venezolano que la hizo su segunda patria. Pero antes de tocar al período de los triunfos tuvo Bello que pasar momentos muy amargos. Desde su llegada, encontrándose el país en situación bastante incierta, en vísperas de sangrientas discordias, se vió forzado por las circunstancias á colocarse, ó parecer colocado, del lado de uno de los dos partidos que se disputaban el porvenir de la república. Afortunadamente salió victorioso el partido á que se inclinó: de ahí que pudiese permanecer tranquilamente y dejar al tiempo traerle los honores y el respeto que sus grandes méritos justificaban; pero de ahí también surgieron enemistades y rencores que en seguida lo expusieron á rudos ataques, durante muchos años después á insultos y alardes enfadosos de desdén. Todavía en 1835, seis años después de su naturalización, un chileno distinguido, justamente llamado "patriota venerable" por Amunátegui en su copiosa é interesante _Vida de Don Andrés Bello_, calificó de _miserable aventurero_ al insigne autor de la silva á la Zona tórrida.
Recibir cara á cara tal expresión de vilipendio á los cincuenta y cuatro años de edad, después de haber escrito obras inmortales, y en un país, que si no es la patria, es lo más próximo posible, por la identidad de la lengua, de las costumbres, de las tradiciones y hasta de los infortunios, debe exceder al dolor físico más punzante. Huella profunda del efecto que ese y otros ataques le causaron aparecen en varios de sus escritos, á pesar de su calma y moderación ingénitas; señaladamente en una muy sentida octava de un apóstrofe al campo con que comienza el canto tercero del poema _El Proscrito_, que dice así:
¡Al campo! ¡Al campo! Allí la peregrina Planta, que floreciendo en el destierro Suspira por su valle ó su colina, Simpatiza conmigo; el río, el cerro Me engaña un breve instante y me alucina: Y no me avisa ingrata voz que yerro, Ni disipando el lisonjero hechizo Oigo decir á nadie: ¡_advenedizo_!
Pero dadas las condiciones en que se encontraba no debe extrañar sobremanera que fuese cruelmente atacado, ni sería justo deducir cargo demasiado severo contra Chile. En cualquiera otra parte probablemente le hubiera sucedido lo mismo, y es seguro que allí por lo menos obtuvo á la postre grandes y justas compensaciones.
Antes de fijar brevemente nuestra atención en la parte poética de la obra de Bello, haremos ligera indicación de los escritos coleccionados en los demás volúmenes, prescindiendo de los cinco últimos tres de los cuales comprenden exclusivamente sus trabajos como jurisconsulto y codificador, y los otros dos artículos ó científicos ó de viajes ó de algún otro asunto, pero todos de importancia mucho menor.
El tomo primero contiene la _Filosofía del entendimiento_, tratado póstumo de psicología y lógica, que el autor á su muerte tenía copiado en limpio y preparado para la impresión. Su principal importancia consiste en revelarnos las doctrinas que enseñaba Bello á sus discípulos; fuera de eso es materia completamente envejecida. Su larga estancia en Inglaterra lo impulsó á abrazar la filosofía allí entonces imperante, los sistemas de la escuela escocesa, muy en consonancia, además, con sus tendencias espiritualistas y con su modo práctico de considerar los problemas de la ciencia y de la vida. Entre los varios filósofos que escribían ó profesaban en ese tiempo parece haber preferido, aunque á veces refutándolo, á Thomas Brown, poeta también y prosista distinguido. Pero los libros de Brown están ya completamente olvidados aun en Inglaterra misma, y nada ó casi nada queda hoy de sus aplaudidas doctrinas filosóficas. El tratado de Bello se distingue por la claridad de la exposición y la excelente distribución de sus partes; es un libro de enseñanza, del género de los que compuso el presbítero Balmes, y si no escrito con la animación y brillantez que distinguen al polemista catalán, tiene en el fondo más solidez y más sinceridad en la discusión, y la forma es mucho más correcta, á pesar de que Bello distaba mucho de escribir en prosa tan bien como en verso.
El tomo segundo encierra el antiguo poema ó Gesta del Cid, conforme á una nueva versión corregida del texto publicado por Sanchez á fines del siglo XVIII, con más de cien páginas de notas repletas de erudición y muy sagaces conjeturas, dos apéndices sobre la lengua y literatura españolas de la Edad media y un glosario, no tan flaco y desprovisto como el de Sanchez y otros, después del de Sanchez, publicados en España.
Las materias de estos dos primeros volúmenes adolecen del mismo mal. Muy notablemente tratadas para la época de su composición tienen gran valor en la historia de la vida de Andrés Bello, pero menos utilidad é interés directo para filósofos ó eruditos al corriente de la ciencia de nuestros días. La psicología escocesa, aun mirada al través de los universitarios franceses, parece hoy una curiosidad histórica, una antigualla. El texto del poema del Cid descifrado por Sanchez no es ya la base para edificar una nueva edición; el códice del siglo XIV que ese benemérito literato tuvo la suerte de descubrir no ha sido bien transcrito hasta una época posterior, en uno de los últimos tomos de la Biblioteca de Rivadeneyra, y mucho mejor en la edición de Halle publicada por el sabio alemán Volmöller[69]. Careció por tanto Bello de los elementos indispensables, y es muy de admirar por lo mismo que á veces adivinase detrás de las mentiras de la copia del siglo XIV la versión probable del original antiguo. Otras veces sugiere cambios menos aceptables, dando por sentado respecto al metro y otros puntos dudosos soluciones difíciles de justificar. Si el trabajo se hubiese publicado cuando lo proyectó y comenzó á ejecutarlo, cuando acudía diariamente al Museo británico á reunir sus materiales y acopiar el inmenso número de extractos y apuntes que se llevó á Chile, hubiera ocupado inmediatamente ese modesto hijo de Venezuela el primer puesto entre los sabios de Europa dedicados al estudio de la literatura de las naciones latinas durante la Edad media. Ya en 1829 sabía Bello sobre los cantares de gesta, los romances, las crónicas y en general sobre la lengua literaria de España más de lo que llegó nunca á saber Amador de los Ríos, que en esas materias pasaba en su tierra por un pozo de sabiduría.
[69] Hay una transcripción más reciente, publicada en Madrid (1898) por D. R. MENÉNDEZ PIDAL.
La _Gramática castellana_ con las excelentes notas de Cuervo llena todo el cuarto; en el quinto están reunidos el compendio de la misma gramática y sus trabajos menores del mismo género: análisis de la conjugación, métrica, etc. En ese terreno no tiene rival. Su utilidad práctica puede ir disminuyendo con el tiempo, pero el nombre del autor, príncipe de los gramáticos españoles en el siglo XIX, no morirá.
El tratado de _Derecho internacional_, cuya primera edición data de 1832 y unánimemente se considera como un modelo de libro de texto, por otros imitado y no mejorado, ocupa el tomo décimo, así como el noveno los _Opúsculos jurídicos_. Ambos volúmenes revelan su profundo dominio de las teorías del derecho, tan hábilmente aplicadas luego en los cinco últimos á la redacción de las leyes, que rigen y regirán siempre, más ó menos modificadas, en Chile.
Cuantos documentos son necesarios para seguir su vida literaria se hallan bajo el rótulo de _Opúsculos literarios y críticos_ en los tomos cuarto, séptimo y octavo: ahí reaparecen sus artículos insertos en periódicos de Londres y de Santiago, en la _Biblioteca_, _El Repertorio_, _Los Anales_, _El Araucano_ y varios otros; sus discursos de la Universidad, sus memorias oficiales, y en los prólogos de don Miguel Luis Amunátegui, escritos para cada uno de los tomos, se encuentran hasta fragmentos de artículos no concluídos descubiertos entre sus manuscritos. Todos ellos por desgracia, los conocidos y los inéditos, confusamente amontonados sin orden de materias ni de fechas.
Amunátegui, prologuista infatigable, que antepone á cada uno de los diez primeros volúmenes de esta edición largas introducciones desaliñadamente escritas, pero repletas de datos y rebosantes en amor y admiración hacia el famoso varón que fué su maestro, ha tenido la suerte de extraer de los manuscritos fragmentos interesantes, y aun alguna vez trabajos completos y valiosos. Halló en ellos un verdadero filón, pero no fácil de beneficiar. Bello usaba forma de letra malísima y en los últimos períodos de su vida escribía en caracteres microscópicos, desiguales y borrosos, que ni con fuerte vidrio de aumento se dejan fácilmente descifrar y exigen gran dosis de paciencia y conciencia en el descifrador. Varias de las obras antes inéditas estarán probablemente en esta edición cuajadas de errores nacidos de esa causa, y el mismo Amunátegui lealmente lo advierte y nos facilita armas para atacarlo en su función de lector de los jeroglíficos de Bello.
Figuróse una vez haber encontrado versos en un papel, más cuidadosamente examinado resultó ser un viejo borrador de artículos para el Código