Historia de una parisiense

Chapter 3

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--Sí, de la Opera... la que hace de paje... ¡Esto es horrible, horrible! Ya veréis eso con vuestro hijo. Mientras tanto, tratad de casar al mío, y qué bueno sería eso... y nadie, os lo repito, sino vos, puede hacer ese milagro... ¡Adiós, querida hermosa! Volvió a besarla, y ya en la puerta, antes de salir, volvió a decirle:

--Mañana le diréis algo, ¿no?

--¡Vaya! veré de hacerlo--dijo Juana.

La condesa se retiró al fin muy contenta de su campaña y no tenía por qué no estarlo, pues por la primera vez, desde muchos meses atrás, se ocupaba Juana de otro hombre que no fuese Monthélin. Había comprendido muy bien lo que la señora de Lerne le había dicho con insinuaciones y palabras solapadas, a saber, que tenía en su hijo Jacobo un admirador fervoroso. Esto la intrigaba, ¿Cómo? ¿por qué? ¿Qué relación existía entre ellos? Nada de esto podía explicarse.

Tendiose en su sillón y trató de recordar las ocasiones en que se había encontrado con él, las palabras que le había dicho, su actitud y la expresión de su mirada. Era cierto que aquel mocetón, frío, espiritual y fastidiado, le había intimidado siempre; sentíase inquieta cuando se le acercaba en su salón. Creyó recordar, sin embargo, que siempre la había tratado con una cortesía excepcional, dispensándola de las bromas burlescas con que gratificaba a las demás mujeres. Halagábala el pensar que era respetada por aquel libertino. Trajo a su memoria, aquella bella fisonomía cansada y altanera, aquellos ojos penetrantes, sus mejillas limpias y sus largos bigotes caídos a lo tártaro. Sonriose a la idea de tomar a aquel personaje, terror de las jóvenes, bajo su protección maternal; pero acabó por decirse que nunca se atrevería a hacerlo.

Entregada estaba a estas reflexiones, alisando con su blanca mano las grandes orejas de _Toby_, cuando la puerta dio paso a la bella presencia y a las patillas azulejas del señor de Monthélin.

El joven _Toby_ que no había visto todavía al tiburón de los salones, porque el señor de Monthélin no iba a casa de la señora de Lerne, le tomó seguramente por un malhechor, y sin embargo, le demostró que no le temía. Bajose de las rodillas de su señora, y se apostó resueltamente delante de ella ladrando furiosamente, y aun atacando a su enemigo.

No hay nada que desconcierte tanto a un galanteador de damas, sobre todo cuando tiene pretensiones a sus favores como un pequeño incidente de esa especie. Juana de Maurescamp, que era tan sagaz como cualquier otra, y aun más, no, pudo dejar de reírse del contraste que ofrecía el señor de Monthélin con su expresión amable y la inquietud manifiesta que le causaba la agresión de _Toby_. Así fue como _Toby_, cual si estuviese en el complot de la señora de Lerne, contribuyó a su-buen éxito con su humilde contingente.

Después de aquel estreno comprendió Monthélin que una escena de amor era imposible. Limitose, pues, aquel día a tocar ligera y melancólicamente lo concerniente al amor, y resignose a acariciar a _Toby_, puesto que no podía ahogarlo.

V

Al día siguiente, al subir al cupé de su marido para ir a casa de Lerne, sentíase Juana agitada. Habíale preocupado mucho el traje que llevaría; después de muchas reflexiones, decidiose a ponerse un traje austero, en armonía con la gravedad del rol que iba a desempeñar aquella noche.

Púsose únicamente un vestido de terciopelo punzó, obscuro. Era lástima que sus brazos y hombros quedasen al descubierto en su deslumbrante desnudez; la severidad de su actitud sufría una alteración. Pero no podía hacerlo de otro modo.

En la mesa fue colocada a la izquierda de Jacobo, que tenía a su derecha a la señora de Hermany. Como había acalorado un poco su imaginación sobre el culto secreto que le consagraba el joven, no dejó de parece ríe al principio que aquel culto era por demás discreto. El señor de Lerne apenas le dirigía la palabra, y se consagraba exclusivamente a su vecina de la derecha. No teniendo otra cosa en qué ocuparse prestó el oído a su conversación; entre otras cosas, oyó que la señora de Hermany le reprochaba el poner sobrenombres a todo el mundo.

--Supongo--le dijo--que yo también tendré el mío.

--Sin duda alguna--contestó Jacobo.

--¿Y cuál?--preguntó la joven rubia alzando su frente angelical.

--«¡Agua que duerme!»--dijo el joven, inclinándose un poco hacia ella.

La señora de Hermany se ruborizó; después, mirándole de frente con aire de niña en su primera comunión:

--¿Y por qué «Agua que duerme»?

--Por nada... es un nombre indio.

--Y yo, señor, ¿tengo también un apodo?--preguntó Juana sonriendo.

--¿Vos?--dijo. Fijó en ella la mirada, saludola ligeramente y añadió en tono serio:--¡No!

Viéndola un poco turbada, cambió inmediatamente de conversación, hablando de las piezas nuevas, de los museos, de los países extranjeros que había visitado, pareciendo hacerle aquellas ligeras observaciones, únicamente para tener el gusto de oír sus respuestas, y mirándola con aire grave y dulce, como para animarla a contestarle con exactitud.

¡No había duda! Sí, decididamente algo había de extraordinario. En el modo de hablarla, escucharla y mirarla, notábase una mezcla indefinible de bondad y distinción que parecía reservada únicamente para ella. ¿Cómo ella no se había apercibido antes?... ¡Qué singularidad!... Y tanto más singular era lo que sucedía, cuanto que ella no era, no, absolutamente de aquellas a quienes aprecia un hombre semejante. Pero, al fin, era una fineza de su parte, y Juana desde entonces se consagró con todo empeño e interés a la tarea de casar a aquel joven que, a pesar de sus malas compañías, conservaba todavía algunas buenas cualidades.

Pasó revista inmediatamente en su memoria a todas las jóvenes que conocía y que pudieran convenirle, pero en aquel momento no encontró ninguna.

Después de la comida, una parte de los convidados pasó a la pieza de fumar; el señor de Lerne les seguía, cuando su madre le detuvo.

--Jacobo--díjole--, toca tu último vals a la señora de Maurescamp antes que lleguen los demás convidados; no te lo ha oído, y estoy segura de que le gustará.

--Os pido que lo hagáis, señor--dijo Juana.

El señor de Lerne saludó y sentose al piano. Tocó el vals nuevo y algunas otras piezas nuevas que le pidió Juana.

Como sucede casi siempre en tales casos, los convidados, después de haber escuchado un rato, retiráronse a conversar cada uno por su lado. La señora de Maurescamp quedó sola como dilettante obstinada, cerca del piano y de Jacobo, en una de las extremidades del salón.

Cuando el joven hubo terminado una ritornela brillante y paseaba distraído sus dedos sobre el teclado, Juana creyó llegado el momento fisiológico:

--¡Qué talento tenéis!--díjole--, y a más, pintáis muy bien, según dicen.

--Borroneo un poco...

--¡Qué cosas tan curiosas hay en este mundo... cosas inexplicables!--articuló la joven como hablándose a sí misma.

--¿Soy yo, señora, quien os sugiere esa reflexión?

--Sí, tenéis todos los gustos que pueden detener a un hombre en su casa... y vivís... en el círculo...

--¡Dios, mío! ¡Vaya!--dijo el señor de Lerne.

--Señor Jacobo--replicó Juana, cuyo abanico se agitó violentamente.

--¿Señora?

--¿Os voy a parecer muy indiscreta?

--¡Soy tan indulgente!...

--Vuestra madre desea veros casado.

--Me lo figuro, señora.

--¿Y vos no lo queréis?

--No, señora, absolutamente.

--¿Tenéis alguna razón para ello?

--Una sola, y es que no conozco una sola que sea digna de mí.

--¡Ah! ¡Mi Dios!

--Es decir, perdón...--replicó Jacobo con la misma gravedad--: estáis vos... pero vos no sois libre... y por otra parte...

--Por otra parte, ¿qué?--preguntó la joven, tendiendo el arco de sus cejas.

--Por otra parte... vos, vos misma estáis a punto de caer.

--¡Pero, señor Jacobo!

--Excusadme, es mi opinión.

--¿Por qué?--continuó Juana.

--Por que elegís mal vuestros amigos.

--¿Eso quiere decir, supongo, que hago mal en no elegir al señor Jacobo de Lerne?

--No... de veras... no. Y, sin embargo, tal cual me veis, había nacido para comprender y aun para participar de los amores de los ángeles.

--¡Ah! francamente--dijo riendo la señora de Maurescamp--, si he de dar crédito a las voces que corren, os halláis muy lejos de los amores de los ángeles.

--¿Qué queréis? Me han desanimado--dijo el señor de Lerne riendo a su vez--. ¿Me permitís, señora, contaros una historia escandalosa?...

--Me interesará mucho... pero supongo que tendré que irme a la mitad.

--Yo no lo creo. Es una historia que os aclarará muchas... es la de mis primeros amores... en que me conduje como un miserable... Pero no anticipemos. Tenía, señora, veintiún años, y por extraño que parezca, no había amado todavía... Tenía entonces, de las mujeres y del amor, una idea extraordinariamente elevada, casi santa. Tenía en mi corazón un verdadero tesoro de abnegación, de amor y de respeto, al que no me era dado dar una mala colocación. En fin, encontré una mujer a quien amé, como ella quería ser amada, y que no amó como ella quiso amarme. Pertenecía al mundo más aristocrático. Estaba mal casada, sobre eso no hay que decir, y era muy desgraciada, no era joven ya, pero por eso mismo la amé más todavía, pues había sufrido mucho... Bella en extremo todavía, aunque rubia; y a más de una honestidad timorata que me desesperó más de una vez... Porque, en fin, aunque me era sagrada, yo tenía veinte años... Pero había que respetarla o alejarme de ella...

Nuestras entrevistas eran raras y cortas. Su marido era celoso y la vigilaba de cerca. Podíamos muy bien darnos algunas citas por los medios más vulgares. Pero todo lo que era vulgar, todo lo que hubiese podido degradar nuestro amor, nos repugnaba igualmente a ambos... Los meses se pasaron en este encantamiento y en esa contrariedad. A pesar de sus reservas, muy penosas sin duda, que su conciencia me imponía, quizá a causa de esa misma reserva, sentíame tan enamorado y tan feliz, como se puede serlo en este mundo; sentía la más grande alegría al dar a aquella criatura tan querida, toda su felicidad perdida, sin tener ningún remordimiento serio, porque lo poco que me concedía, habríaselo concedido a un hermano, y sin embargo, ese poco era para mí la más suprema voluptuosidad.

En una hermosa noche del mes de octubre, durante las cacerías--éramos vecinos en el campo--, su marido había ido a pasar veinticuatro horas a París... A fuerza de súplicas y de juramentos, pude conseguir que me concediese pasar una hora en su habitación...

--¡Perdón!...--dijo la señora de Maurescamp, levantándose de su asiento--, ¿si me fuese?

--No, no, no temáis nada.

--La habitación estaba en el primer piso y se abría sobre el parque. Penetré allí hacia media noche por una ventana un poco alta y de un acceso bastante difícil a cuyo alrededor había, lo recuerdo, algunos bejucos y jazmines y clemátides que esparcían por la noche un olor exquisito, no sé si fue aquel olor un poco capitoso, o la impresión nueva para mí de aquella habitación personal... pero debo confesaros que aquella noche estaba menos resignado que nunca a los, escrúpulos inhumanos que se me oponían... Aquélla fue una escena dolorosa que no recuerdo sin avergonzarme...

La pobre mujer acabó por arrojarse a mis pies, con las manos juntas, suplicándome que fuese honrado y preguntándome con lágrimas en los ojos, si no era feliz, si podría serlo jamás tanto, si podría serlo a expensas de su reposo, de su honor y aun de su vida... porque ella no sobreviviría a su deshonra... En fin, ella venció. Yo cedí en parte a sus lágrimas, en parte a mis propios sentimientos que me decían que no podía haber más allá de aquella amistad apasionada e inocente... Ella me lo agradeció besándome como loca las manos y yo salí por donde había entrado.

Apenas había puesto el pie en la arena del camino cuando me volví para enviarle un último beso, murmurando: ¡hasta mañana! Vila a la claridad de la luna parada e inmóvil dentro del marco de la ventana, los brazos cruzados sobre el pecho, el busto un poco echado hacia atrás. Al envío del beso, contestó con un ligero movimiento de hombros; en seguida con su bella voz de contralto que tanto adoraba, dejó caer lentamente estas palabras: ¡Adiós... imbécil!

Después no he vuelto a verla. Desde aquel momento me cerró su puerta, su ventana y su corazón.

La señora de Maurescamp habíale escuchado con extremada atención. Cuando hubo concluido, mirole fijamente:

--¿Y qué consecuencia sacáis de eso?--díjole.

--He sacado por consecuencia que las mujeres honestas eran demasiado fuertes para mí.

--A la verdad, señor, que si para justificar vuestro desprecio por nuestro afecto no tenéis más motivos que ese recuerdo de vuestra juventud...

--¡Oh, tengo otros!--dijo el señor de Lerne.

Pronunció esas palabras con un tono tan singular que Juana lo miró, y sorprendida quedó de la expresión casi dolorosa que repentinamente había contraído su frente y sus labios.

--¡Tengo recuerdos atroces!--añadió el joven insistiendo.

Después, con un acento conmovido, añadió:

--Sois una joven llena de bondad y delicadeza, a quien estimo en extremo, pero esos motivos no puedo decirlos, ni a vos misma.

Levantose Juana algo turbada y alzando su tapado:

--Creo que me comprometo--dijo risueña.

El señor de Lerne se levantó también inmediatamente diciendo:

--Perdón por haberos detenido tanto tiempo.

--¡Pero yo no renuncio!--dijo ella graciosamente al alejarse.

Él se inclinó sin contestar.

La larga conversación de la señora de Maurescamp y Jacobo, no había dejado de despertar la curiosidad más o menos benévola de los invitados de la señora de Lerne. Juana se apercibió de ello, y para destruir el carácter sospechoso que pudiese tener aquella entrevista, dijo en voz alta a la condesa, que pasaba por su lado:

--¡Ninguna esperanza, señora! ¡He perdido mi tiempo!

La madre de Jacobo, que había observado desde lejos con vivo interés la fisonomía de los dos interlocutores, no era de la opinión de Juana. Juzgó, por el contrario, que la joven no había perdido su tiempo y que todavía había que esperar.

VI

Se sabe cómo empieza el amor. No se sabe absolutamente de dónde nace la simpatía. Es casi imposible darse cuenta de esos lazos delicados y complejos que ligan repentinamente dos corazones y dos inteligencias en ese sentimiento caprichoso. Aunque el atractivo femenino no sea un obstáculo, no es sin embargo indispensable, puesto que la simpatía se encuentra con frecuencia entre personas del mismo sexo y que no asusta a los cabellos blancos.

El acuerdo súbito que se establece entre dos seres hasta entonces desconocidos uno de otro, esa vivacidad de impresiones recíprocas, esa buena inteligencia mutua de las miradas, esa facilidad de expansión y necesidad de confidencia, ¿en qué secreta relación de ideas, y gustos, cualidades o defectos debemos buscar la causa sutil? Ignorámoslo; pero ese sentimiento indefinible, ya se habrá comprendido que Juana y Jacobo, después de su conversación confidencial, no tardarían en experimentarlo. Aunque separados en apariencia por abismos, aquel libertino cansado y aquella joven sin mancha se comprendían perfectamente. A pesar de ser tan diferentes, sentían que había en el fondo de sus almas algo que les disponía a las mismas impresiones, a las mismas apreciaciones de las cosas, a las mismas pruebas en la vida, a los mismos goces y a los mismos dolores.

Todos encuentran seres simpáticos, son las buenas fortunas de la vida mundana; en la movilidad y extensión de las relaciones parisienses, no duran con frecuencia más que el espacio de una comida, u otra reunión. Gustan uno de otro, llegan a exaltarse, confíanse sus secretos, llegan casi hasta a amarse, y no vuelven a verse hasta el año siguiente.

Hay que empezar de nuevo. Pero entre la señora de Maurescamp y Jacobo de Lerne no sucedería lo mismo; pertenecían a la misma sociedad y a las mismas relaciones, y necesariamente tenían que volver en breve tiempo a su conversación suspendida.

A más de eso, el señor de Lerne, después de haber cavilado dos o tres días, acabó por decirse que él debía una visita a la señora de Maurescamp. ¿Por qué quería ella casarlo? ¿Qué misterio era aquél? En todo caso, era una muestra de interés por su persona que lo obligaba a una demostración de agradecimiento. Por consiguiente, fue una tarde a su casa al azar, a eso de las cinco. Encontrose allí con Monthélin, acomodado cerca del fuego. El señor de Monthélin, que tenía ya demasiado con la presencia de _Toby_, se exasperó tanto al ver a de Lerne que perdió su sangre fría ordinaria; persistió contra todas las conveniencias en prolongar indefinidamente su visita, a tal extremo, que de Lerne tuvo que tomar el partido de retirarse el primero, aunque hubiese llegado el último. El señor de Monthélin no ganó gran cosa, y la excesiva frialdad de Juana, después de la partida de Jacobo, le hizo ver que había cometido una imprudencia, y para repararla, se apresuró como es casi seguro, a cometer otra.

--¿Parecéis disgustada conmigo--dijo sonriendo--, porque no he cedido el lugar al señor de Lerne?

--Naturalmente--contestó la joven--, habíais llegado antes que él, y quedaros cuando él se va es daros unos aires de dueño de casa a los que nada os ha autorizado, según creo.

--Es cierto--contestó--, os pido mil perdones; pero ya sabéis que el sentimiento no razona.

--Hacéis mal. Después de esto, vuestra posición respecto del señor de Lerne después de vuestro duelo, os impone ciertas atenciones particulares.

--Es justo; pero, ¿cómo tener valor para alejarme?

--A propósito--interrumpió la señora de Maurescamp--. ¿Cuál ha sido el motivo de este duelo? ¿Puede saberse?

--¡Oh! nada, habladurías.

--¿Habladurías? ¿Qué habladurías?

--Una palabra hiriente que me refirieron.

--¡Ah! ¿Qué palabra? ¿No queréis decírmela? ¿Preferís que yo la adivine?

--¿Entonces lo sabéis?--dijo Monthélin.

--Sí, la sé--contestó.

--Qué torpeza, ¿eh?

--Pero no... no tanto.

--¿Supongo que no será él quien os la ha dicho, al menos?

--Es demasiado caballero para hacerlo--contestó Juana.

Viendo el señor de Monthélin que el torneo de palabras no era en ventaja suya, volvió a pedir disculpas y se retiró.

En virtud del proverbio persa: «No te prodigues y te amarán», las visitas del conde de Lerne eran en general consideradas por las damas como pequeñas fiestas por aquéllas que eran favorecidas. La gracia de su persona, su talento, sus habilidades, y aun el tinte un poco vivo de sus costumbres, hacíanlo un personaje particularmente interesante. Fue, pues, para la señora de Maurescamp una verdadera contrariedad que en su primera visita hallase en su casa tan poco atractivo, y sobre todo, que se encontrase con Monthélin instalado bajo un pie de intimidad casi comprometedor.

Sin darse cuenta de cómo podría explicarse con el señor de Lerne sobre un asunto tan delicado, esperó, sin embargo, impaciente el miércoles siguiente, esperando encontrarle en la recepción de su madre. Pero al llegar a casa de la condesa tuvo el desagrado de saber que Jacobo tenía un fuerte dolor de cabeza que le retenía en la cama. Con razón o sin ella, creyó ver en esta circunstancia un acto de desdén, o cuando menos de mal humor para con ella. El aprecio de aquel joven de una vida tan poco ejemplar había llegado a serle repentinamente tan necesario, que la idea de dejarle por un tiempo indeterminado bajo una mala impresión, le era insoportable. En circunstancias excepcionales era mujer de resolución; reunió todo su valor, y tomando aparte a la condesa, le dijo:

--Pues bien, querida señora, creo que verdaderamente, he desesperado demasiado pronto de poder convencer a vuestro hijo... Anteayer vino a mi casa, y como no es muy visitador, creo que tenía algo serio que decirme... que quería hablarme del gran asunto del matrimonio. Desgraciadamente, yo no estaba sola... Lo siento mucho, sobre todo, si un buen pensamiento le hubiese llevado.

--Nada más probable, hija mía, pero, gracias a Dios, eso no es irreparable, si queréis, ¿cuándo podrá encontraros, si llega a desear visitaros nuevamente?

--Si llega a desearlo...--replicó la señora de Maurescamp arrugando su frente en signo de reflexionar...--Pues bien, veamos... mañana a la tarde... después de comer... Justamente... mañana a la tarde no salgo...

--Yo lo informaré, y estad segura de que os adora.

La señora de Maurescamp pasó la mañana del día siguiente arrepentida amargamente del paso que había dado; su alma delicada y solitaria le reprochaba su avance. Si el señor de Lerne no venía, ¡qué mortificación! Si venía, ¿no tendría derecho para creer en una cita? ¿No llegaría a figurarse que la cuestión del casamiento no era más que un pretexto para encubrir una provocación audaz?

La tarde llegó; después de comer, el señor de Maurescamp jugaba un rato con su hijo Roberto en el pequeño salón botón de oro, de su mujer, y en seguida iba, como era su costumbre, a fumar un cigarro al _boulevard_.

Juana continuó ejecutando febrilmente en el piano, una serie de valses y mazurcas, mientras que su hijo, vestido de blanco y con cinturón punzó, daba saltos con su aya inglesa y _Toby_. Oyendo abrir la puerta, dejó repentinamente de tocar; era un sirviente.

--¿Recibe la señora condesa?

--Sí, ¿quién está ahí?

--El señor conde de Lerne, señora.

--Hacedle entrar.

Alzó a su hijo y le dio un beso, en seguida, sentose gravemente en un sillón teniéndolo en sus brazos como las madonas tienen a su _bambino_.

Jacobo de Lerne, al entrar, contempló aquel cuadro de santidad, que hubiera podido hacerle creer, al menos así se lo figuraba Juana, que las circunstancias eran más serias e importantes que lo que podría haberse imaginado. Sin embargo, pareció que no se había sorprendido, ni mostrose contrariado; púsose a acariciar a Roberto, cual si no lo hubiese llevado otro objeto. Después de algunos minutos, la señora de Maurescamp tomó el partido de mandarlo a acostar, puesto que no servía para otra cosa.

El niño acababa de salir, cuando una fuerte ráfaga de viento sacudió las persianas del salón.

--¡Ah! ¡Dios mío!--exclamó Juana--, ¿oís? es una verdadera tempestad y nieva también, ¿verdad?

--¡Nieva mucho!--dijo Lerne--. Es muy agradable estar al lado de vuestro fuego, con un tiempo semejante...

--Cuando os digo--replicó Juana riendo--que sois un hombre casero.

--¡Ah! ¡en eso estamos! Pero, señora, decidme al fin, ¿por qué deseáis tanto que me case? Tan, original idea no, puede ser vuestra... Si he comprendido bien el otro día, es mi madre quien os la ha sugerido.

--Sí, ciertamente.

--¡Ah!--dijo--, es mi madre.

Quedose pensativo, después de un instante:

--Siento--añadió--no poder hacer lo que mi madre y vos deseáis, pues ya lo he dicho, no quiero casarme.

--¿Porque no hay en el mundo ninguna mujer digna de vos? Ya es sabido.

--¡Por Dios, señora, permitidme explicaros...! Vos sabéis que en materia de religión las gentes que menos la practican son las más exigentes y más austeras. Con nada están satisfechas. Yo, os dicen ellas, si yo creyese, ya lo veríais... haría esto y lo otro... en fin, la perfección... Pues bien, yo soy lo mismo en materia de casamiento... Lo comprendo de tal manera, que creo que nadie es capaz de comprenderlo como yo... Esta es la razón por que no me caso.

--¿Cómo lo comprendéis? Veamos--dijo la joven en un tono de una ligera ironía.

--Os reiríais de mí, si os lo dijese.

--Creo que no. Ensayad.