Historia de un amor turbio

Chapter 3

Chapter 34,110 wordsPublic domain (Wikisource)

Caminaban uno al lado del otro, muy ocupados en observar atentamente cada carruaje del corso. Pronto pasaron el límite de éste. Eglé, seria miraba obstinadamente la calle, los ojos agrandados en una expresión de inquieta espera.

—Poca animación —dijo de pronto Rohán. Sabía bien que no la iba a engañar con esa frase indiferente y que ambos se conocían turbados; pero no se le ocurrió nada mejor. Eglé se lo agradeció en su interior.

—Sí, muy poca —repuso—. Y con la tarde tan linda…

Callaron de nuevo.

—¿Le agrada que haya venido? —dijo de pronto Rohán, con la voz un poco baja y ronca de cariño.

Eglé arrugó la frente, tardando un momento en contestar.

—¿Por qué? —preguntó al fin.

—¡Por lo pronto —respondió él secamente— porque creía que eso le iba a agradar! —Tiró el cigarro y se abotonó el saco con los dedos nerviosos.

—¡Francamente —agregó— es usted admirable! Si no temiera disgustarla más de lo que le disgustan mis ridiculeces, le diría el nombre justo de lo que está haciendo.

La joven se rebeló.

—¿Qué hago yo?

Rohán la miró con toda la rabia que despertaba en él ese vil coqueteo.

—¡Lástima que no pueda decirle nada! —concluyó amargamente, volviendo los ojos a la calle.

Prosiguieron, mudos. Detuviéronse debajo de un farol, una cuadra antes de llegar a Temperley, mirando ambos obstinadamente a Mercedes y la madre, que avanzaban lentamente hacia ellos, bajo el umbroso cenador de los paraísos.

Eglé se volvió a él.

—¿He hecho mal? —le preguntó con la voz sumisa.

—¡Claro! —respondió él violentamente sin volverse. Y continuó mirando a lo lejos, el ceño contraído y dolorido hasta el fondo del alma.

Volvieron, —Rohán esta vez con Mercedes, pero presa de un seco mutismo. Cuando llegaron a la quinta detuviéronse agrupados en el portón, y la familia entera saludó a sus vecinas, también en la verja, Rohán se hallaba de espaldas a la calle.

—¡Pero Rohán, salude a las de enfrente! —le dijo Mercedes rápidamente y en voz baja, sin dejar de inclinarse y sonreír a las vecinas.

—¡Oh, no tengo ganas! —respondió Rohán fastidiado. A pesar de las instancias de Mercedes para que se quedara a comer, marchóse en seguida a la estación. Se abrió un poco brutalmente camino entre los tercetos y cuartetos del brazo que colmaban el andén, subió en el primer tren que pasó, tiró el sombrero al lado, recostó la cabeza y cerró los ojos, hundiéndose amargamente en ese derrumbe total de su corazón, porque comprendía que después de lo que había dicho no le era ya posible recomenzar jamás.

XIII

Pasaron dos meses. Rohán y Eglé gastaban sus nervios simulando perfecta indiferencia. Cuando la conversación era general, y sobre todo cuando el grupo prestaba atención a una sola persona, observábanse fugitivamente. A veces sus miradas se encontraban, y desde ese momento ambos insistían infantilmente en dirigirse la palabra con la más clara expresión de naturalidad, para que Rohán no supiera… para que Eglé no llegara a creer…, etc.

Se llamaban a veces por el nombre de un extremo a otro del comedor, a fin de darse prueba de cabal dominio de sí. Pero ambos sabían que, a pesar de esto, no lograban engañarse uno a otro y que su amor continuaba creciendo en el fondo de esas bravatas.

Una mañana, después de ocho días de ausencia de Lomas, Rohán se encontró con la familia en el centro y tuvo que acompañarla a la estación. Dos o tres choques picantes con Mercedes lo distrajeron felizmente de la inmediación excesiva de Eglé, sentada a su frente. En el andén logró aislarse con Mercedes en un ambiguo y mareante tête à tête, forzando a tal punto la libertad de historias que ella le concedía, que la joven tuvo que advertirle dos o tres veces que era absolutamente imposible seguir oyéndolo.

Llegaron caminando hasta la locomotora, y el crudo resplandor del día les hizo volver en seguida adentro, a la sedante luz tamizada en que los ojos descansaban. Sobre el portland luciente sus pasos resonaban claros a contratiempo. Una carcajada que Mercedes no pudo contener se propagó nítida hasta el portón de entrada.

Al sonar la campana, Rohán subió con ellas un momento, sentándose al lado de la madre, Eglé se colocó junto a la ventanilla, mirando hacia el portón. Mercedes, el busto erguido, cruzó la sombrilla bajo las rodillas, como si fuera en auto sentada en el medio. Tenía la mirada febril y se mordía sin cesar los labios por dentro. Rohán miró el reloj.

—¡Cuándo va a vernos, Rohán! —quejóse la madre, aunque en verdad la queja era por el calor que hervía dentro de su enorme corsé—. Hace quince días que ha desaparecido, ¿está enfermo otra vez?

—No, señora, iré pronto…

—¿De veras?

—Sí, mamá, mañana —afirmó brevemente Mercedes.

—¿Lo esperamos uno de estos días? —continuó la madre, sin hacer caso de su hija.

—¡Mamá, te digo!… —sacudió Mercedes la cabeza impacientada.

—Muy bien; iré mañana, señora. Como su señorita hija tiene especial empeño en que vaya.

—¡Ah, no! —lo detuvo la joven—. ¡Ah, no! Yo no deseo absolutamente nada; ¡muchas gracias! Solamente —añadió mirando fastidiada a otra parte— que de Rohán se muere por ir.

Rohán vio claramente a dónde iba, y la desafió.

—¿Por ir, nada más?

—¡Y por Eglé! —acentuó claramente Mercedes.

Eglé volvió la cabeza y lanzó a Rohán una disgustada y fría mirada. La madre levantó la vista a su hija mayor, con perfecta incomprensión de madre que no quiere comprender.

—¡Nada, mamá! —respondió Mercedes a esa muda interrogación—. Hablo con Rohán.

Rohán, por su parte, mortificado, no hallaba qué decir.

—¡Qué penetración! —se le ocurrió al fin, consciente mientras se le ocurría, lo decía y acababa de decirlo, de que aquello era una vulgaridad. La joven lo comprendió también y su boca se entreabrió en una cruel sonrisa.

—Hubiera creído que los hombres son más inte… ocurrentes —se corrigió.

—¡Mercedes! —clamó la madre.

—¡Bueno, inteligentes!. ¡In-te-li-gen-tes! ¡Así! ¡Yo no tengo la culpa si Rohán dice pavadas!

Continuaba desafiante, la sombrilla perfectamente equilibrada entre las manos. La madre miró a Rohán, y Eglé volvióse de perfil a su hermana; pero como ésta seguía vibrante, cambió con Rohán una sonrisa forzada, riéndose en seguida con la madre. Cruzóse de piernas y se arrellanó en su rincón, seria de nuevo. El tren partía. Rohán cruzó un rápido saludo de manos con la madre y Eglé; y tuvo que detenerse allí, porque Mercedes, por toda respuesta a su mano extendida, se había contentado con encogerse de hombros.

XIV

Pasaron quince días después de este encuentro antes que Rohán fuera a Lomas. Pero soportó alegremente los duros reproches de ingratitud por su ausencia, a pesar de que el saludo de Mercedes no había sido de lo más cordial.

—¡Qué alegre está hoy! —observó al fin Mercedes, volviendo a medias la cabeza a él.

—Sí, hoy estoy bien —respondió Rohán, Y acercándose a ella, muy cordial—: Sólo me hace falta su cariño.

Mercedes echó la cabeza atrás, entornando los ojos.

—¿No se va a morir, Rohán?

Rohán fue y se detuvo francamente ante ella:

—Hagamos las paces —le dijo con lealtad. Pero tan cerca de ella estaba, que sintió el perfume de su carne distendiéndole los nervios en una ola de profunda languidez. Recorrió una por una sus facciones y se detuvo en la boca entreabierta de la joven. Mercedes hizo a su vez el mismo examen de facciones, deteniéndose también por fin en la boca de él Pero tuvieron que apartarse un muchachote pecoso pasó por la vereda en bicicleta, volvió la cabeza sobre el hombro y miró fijamente a Mercedes. Eglé y la madre, muy separadas, retornaban lentamente del breve paseo a la esquina.

Comenzaba a anochecer. Rohán, que en las dos o tres veces que fuera a Lomas los domingos de tarde, había tenido la dicha de hallar a las de Elizalde sin deseos de pasear en el corso, tuvo entonces que resignarse a entrar con ellas, oprimidos en la estrecha caja del “breack”, saludando, cubriéndose de polvo, sin más diversión para Rohán que ver las eternas e insistentes miradas masculinas a Eglé.

El enojo de Mercedes con su amigo no cesaba. Más tarde, en la mesa, se refería siempre a de Rohán con incisiva negligencia.

—¿Te fijaste, mamá, en las de Santa Coloma? Ya no saben cómo mirarnos. La menor nos devoraba con los ojos. A menos que mirara a de Rohán —añadió, haciendo correr dos dedos su copa sobre el mantel.

Pero Rohán habíase dispuesto a responder con obstinada buena fe.

—¿Cree?… —dijo—. No es muy posible, porque no me conocen… No me fijé.

—Es una dicha —sonrió la joven compasiva. Continuaba mortificándolo, no obstante el visible cansancio de Rohán por esa agresión sin fin. La madre intervino inútilmente dos o tres veces. Los sarcasmos de Mercedes, exasperados por la porfiada mansedumbre de Rohán, llegaban ya a un grado intolerable, cuando de pronto la joven levantó el mantel y miró bajo la mesa:

—No se estire tanto, Rohán, que me va a tocar los pies.

Rohán se volvió sorprendido, y en ese instante sintió su propio pie estrechado, entre dos zapatos de charol. Mercedes, inmóvil, lo miraba con una turbia expresión de provocación y mareo.

Antes que Rohán hubiera tenido tiempo de hacer el menor movimiento, Mercedes había retirado sus pies sin hacer ruido.

—No alcanzo, Mercedes… —respondió Rohán. Aunque quiso hablar ligeramente, su voz a él mismo le sonó a falso. Eglé miró a su hermana con atención. La madre, fastidiada al fin, dijo que esas no eran las bromas más adecuadas en una niña… aunque se tratase de Rohán. Este se echó a reir.

—¿Soy tan poco peligroso?

La madre miró a todos.

—¿Quién ha dicho eso? ¡Oh, por favor, Rohán! Quiero decir que aún para usted, que es de la casa y juega con ella misma, esas bromas son demasiado fuertes. ¡Sobre todo en una niña! —insistió severa, señalando a su hija con el mentón.

—¡Bueno, mamá! ¡Bueno, mamá! Me arrepiento de todo. Quiero ser juiciosísima, más juiciosa que Eglé. Perdón, mamá; perdón, Rohán…

La madre miró a Rohán con lástima por la ligera cabeza de su hija, aunque también con visible orgullo. Evidentemente tenía debilidad por Mercedes.

Los antebrazos volvieron tranquilos al mantel. A pesar de la paz, la noche pesaba un poco sobre los nervios de Mercedes. Quería estar seria, y de pronto rompía en una carcajada timpánica, bruscamente cortada. Un rato después no pudo más, y durante dos minutos se rió con el ritmo en cascada y contagioso de las chicas histéricas. Mientras nadie hablaba, las carcajadas decrecían hasta perderse y la joven quedaba inmóvil, como abismada. Pero en cuanto se decía cualquier cosa, la risa volvía a jugar convulsiva en sus hombros. Por fin sus nervios se aplacaron, si bien la joven tuvo que evitar por largo rato mirar a nadie.

Habían concluido de cenar, entretanto. Eglé, la cara apoyada en la mano, hacía vibrar un bol. El lamento del cristal surgía temblando del agua irisada y ondulaba en el aire con una pureza de diapasón.

—Mi hija, deja eso —habíale dicho la madre, cuidadosa de la corrección. Pero Eglé, pensativa, no suspendió su juego.

—¿Y si fuéramos a la estación? —rompió Mercedes, serenada ya—. ¿Vamos, Rohán? ¿Mamá? ¿Eglé?…

No era aquélla una solución extraordinaria, pero Rohán la aceptó de buen grado. La madre fue un momento a arreglarse, seguida de Eglé.

—¡Venga, Rohán! —exclamó Mercedes, componiéndose rápidamente la falda—. Vamos a esperarlos en la puerta. Déme el brazo, para probarme que no está enojado conmigo.

Antes de llegar a la verja, Rohán se detuvo ante la joven, cogióla de las manos y la miró en plenos ojos. Ella intentó débilmente echarse atrás; pero como él no se movía, respondió a la mirada de su amigo con una esforzada sonrisa.

—¡Qué lástima! —murmuró Rohán balanceándola ligeramente. La recogió de la cintura y aproximó su cara. Mercedes no intentó desprender su boca, ni devolvió el beso. Sintió un largo instante sus labios oprimidos, gustando así, inmóvil, el mismo fuego que Rohán, abrasándose en su boca.

Cuando éste desprendió la suya, Mercedes se desprendió también de sus brazos, y siguió lentamente hacia la verja. Apoyóse de espaldas en un paraíso y miró la luna sin pestañear. Rohán, frente a ella, se sentó en el banco de piedra, sin ánimo para dirigirle una sola palabra.

—¡Qué hermosa noche! —murmuró Mercedes. Rohán no respondió. Al rato la joven, con la mirada fija siempre en la luna, añadió lenta:

—¿Usted sabe que Eglé lo quiere?

Rohán sintió una instantánea y profunda ternura por Mercedes; le pareció que había equivocado su amor hasta ese momento; que era a ella, a Mercedes, a quien quería.

—¿Tiene celos de usted? —murmuró.

Por toda respuesta, la joven se encogió ligeramente de hombros. La luna de plata agrandaba sus ojos fijos. Pasó un nuevo rato de completa inmovilidad.

—Tengo ganas de llorar —dijo Mercedes suavemente.

Rohán se levantó. Su cariño llegaba ahora a la compasión, a esa profunda compasión hecha de un verdadero río de ternura que brota del corazón masculino tocado en ciertas fibras; esa misma compasión que nos hace decir, sin motivo alguno para ello, acariciando a la mujer amada: “¡Pobrecita! ¡Pobre, mi amor!”…

A tiempo de levantarse, se contuvo: la madre y Eglé, llegaban, ésta con distinto peinado. Rohán la miró con la impresión de haber dejado de verla por varios meses, y sobre todo como si hubiera perdido el recuerdo de su hermosura. La observó encantado, y con una honda inspiración a la sola idea de poder llegar un día a besarla.

XV

La estación desbordaba de gente. Habiendo entrado por el pasadizo norte, tuvieron que detenerse allí, en la más absoluta imposibilidad de dar otro paso. No quedó a las de Elizalde otra acción que medir a las paseantes de una ojeada, y cambiar a su respecto breves palabras. Rohán, por su parte, admiraba la paciencia con que las chicas soportaban el examen. De lejos sabían aquéllas que al llegar allí iban a ser desmenuzadas; y sin embargo las pobres muchachas, incontestablemente mal vestidas, avanzaban sin la menor turbación hacia las de Elizalde, erectas e impasibles en la seguridad de su vestir intachable. Rohán, en disposición de ternezas esa noche, sentía gran simpatía por las pobres chicas.

Un riente saludo de sus amigas hacia el andén opuesto, lo distrajo.

—Crucemos —dijo la madre—. Son las de Olivar; vamos a charlar un momento.

Sobre todo, era más distinguido pasear por allá. Abriéronse paso como les fue posible y los dos grupos se unieron. No obstante poder caminar ahora en paz, el runrruneo de enfrente atraía sus ojos, y entre la conversación general, los comentarios proseguían, esta vez con saña doble por tratarse de las familias comm'il faut.

Desde allí parecía a Rohán más espantoso el rodeo ovino de los paseantes. Iban de un lado a otro, dándose vuelta infaliblemente en cada extremo del andén, como si allí concluyera el mundo. Hacíanlo con lentitud solemne, las caras enrojecidas y sudorosas. Ese lento y obstinado vaivén, visto tras el enrejado de alambre, daba a Rohán una impresión de maniobra porfiada e irracional que ya nos ha acongojado en pesadilla. Y a través de todo esto, los rápidos ululando a toda velocidad, con su cola de viento que montaba los papeles de la vía sobre el andén y hundía los vestidos entre los muslos.

Por fin se retiraron. Eglé y Rohán marchaban adelante, sin cruzar una palabra. También la joven regresaba pensativa.

—¿Se divirtió? —rompió Rohán.

—No mucho —respondió Eglé, llevándose las manos a las sienes.

—¿Le duele la cabeza?…

—No, me pesa un poco. ¡Qué aburrimiento! No sé cómo a Mercedes le gusta eso…

—Ella tiene otro modo de ser… A mí tampoco me divierte.

—Yo creía que sí…

—Absolutamente.

Se callaron. Al cabo de un rato, Rohán observó:

—Curioso que tengamos el mismo gusto…

Porque a pesar del silencio de Eglé, habíale parecido a Rohán notar en el “break”, primero; luego en la mesa, y un momento antes en la estación, ciertas miradas de fugitiva y honda fijeza, y que la joven había tenido la precaución de disimular todo lo posible. —Esta noche me quiere —se dijo. Y el demonio de la impulsividad que nos ha hecho perder tantas ocasiones por no contemporizar, le subió incontenible desde el corazón.

—¿Oyó lo que le dije?

—¡Eglé! —llamó la madre de atrás en ese instante. La joven se volvió.

—¿Qué?

—No caminen tan ligero…

—Oí —respondió despacio Eglé, mirando al mismo tiempo a su madre, mientras agregaba en alta voz—: Bueno, ya vamos a llegar…

Rohán vio por tercera vez el camino abierto, pero recordó también los desencantos anteriores. —Apenas le diga algo concreto, —se dijo—, se va a cerrar de nuevo. Sentíase rabioso ahora—: Si piensa que le voy a dar ese gusto, ¡estúpida!…

Como siempre, en estos casos, forzaba la expresión, para afianzarse así en un estado de odio ficticio que se creaba él mismo para resistir mejor.

Llegaron a la quinta, mudos de nuevo. Fueron todos a la sala, donde Mercedes tocó el piano con mucha más apacibilidad de la que hacían presentir sus nervios de esa tarde. Momentos después Eglé reemplazaba a su hermana, y Rohán quedaba solo con ella en el salón. La joven prosiguió tocando; pero poco a poco sus piezas no alcanzaron ni a la mitad, concretándose luego a ligar acordes. Hasta que al fin se volvió a Rohán:

—¿Qué quiere que toque?

—Lo que usted quiera…

Al oír la nueva pieza, Rohán se sorprendió. Era una cosa vieja, no oída hacía mucho tiempo, y a cuya época volvió de golpe, recorriendo en un segundo todos los cambios sobrevenidos. Cuando concluyó:

—Qué tiempo que no oía esto… ¿Creo que se lo he oído tocar a ustedes antes? —la interrogó.

—Cierto, es verdad —asintió Eglé, Y sin apartar los ojos de la partitura:

—Mercedes lo tocaba la noche en que usted se fue.

La evocación era demasiado viva para que no lo tornara fosco de golpe. Desde el sofá —la cabeza echada atrás— la veía de perfil. Sus ojos, que bajaban fugazmente al teclado, estaban contraídos por la luz de frente y el esfuerzo de la lectura. Ahora que la atención de su trabajo la hacía olvidarse de su fisonomía, sus rasgos se acentuaban con un gesto un poco duro que debía de ser indudablemente su expresión natural a solas.

Rohán recorría detalle a detalle su cuerpo. El más nimio tenía para él en ese instante una sugestión incisiva; y como notara un alfiler salido a medias del cuello del vestido, eso solo inundó su pecho con una profunda ola de viril ternura. Sentía deseos locos de abrazarla, de protegerla, y la misma bizarra compasión de antes le traía a la boca: —“¡Pobre!, ¡pobre!”.

Se lanzó en la sima que se abría ante él:

—¿Qué edad tenía usted cuando yo me fui?

El pretexto para recomenzar era infantil; pero la efusión de su amor lo entregaba como un niño.

—Ocho años. Era muy chica… —agregó Eglé.

—¡Sí, ya sé! —replicó él secamente,— No he querido decir nada.

Eglé detuvo su mirada en la de él un segundo, pero el tiempo suficiente para que Rohán, por cuarta vez en el día, percibiera la intensa expresión ya aludida.

—Lo he dicho sin intención —se excusó Eglé.

—Creo —murmuró Rohán.

Pero siempre sin apartar los ojos del mismo punto de la música, la joven agregó:

—¿Porque lo quería mucho, verdad?

—Sí —afirmó él. Y acentuó con doloroso sarcasmo—: Me quería mucho…

Pero a pesar suyo, la verdad de su gran cariño lo entregó en otro tumultuoso impulso:

—¿Se acuerda del balcón?

—Me acuerdo… —murmuró Eglé, aproximando más la cabeza a la difícil música.

Rohán, con el cielo abierto de golpe, se levantó, fue a su lado y puso torpemente su mano sobre la de Eglé.

—¿Me quiere siempre? —le preguntó con la voz tomadísima de emoción. Eglé alzó la cabeza y lo miró sonriente y turbada de felicidad:

—Siempre…

Rohán se inclinó entonces sobre ella, levantóle la cara del mentón y unió su boca a la suya. El beso fue tan largo, tan apretado, que Eglé salió de él fatigada, rendida por ese amor que entregaba al fin en un beso.

Después de media hora se levantaron y salieron al balcón, No sabían qué decirse de alegría; se miraban riendo.

En la noche clara, la luna brillaba, luminosa sobre su inmensa dicha. El jardín, húmedo al fin de rocío, elevaba al cielo su serena esperanza. Mercedes, desde la verja, los vio.

—¿Por qué no bajan, Eglé? Está fresco aquí…

—No podemos —contestó Rohán.

—No podemos —repitió Eglé.

Mercedes, después de observarlos un momento, habló con la madre en voz baja y subieron juntas.

XVI

A la mañana siguiente Mercedes se levantó más temprano que de costumbre. Eglé, con la sábana a los pies, dormía aún. Se desayunó desganada y bajó al jardín. La mañana, fresca y llena de sol, le hizo entornar los ojos, todavía no bien despiertos. Caminó un rato distraída de aquí para allá, sin resolución precisa ni vaga de hacer nada. Al fin se detuvo, suspiró profundamente oprimiéndose la cintura con las manos y miró a todos lados, aburrida. No sabía qué hacer. Pensó un momento en tocar el piano, pero sentíase llena de pereza de hacer ruido ella misma. Concluyó por subir a su cuarto y volvió con un libro. Sentóse en un banco y releyó atentamente el título cuatro o cinco veces con la mente vaga. Vio así una hormiga que cruzaba el sendero y la siguió con los ojos hasta que se perdió en el césped. Luego levantó la cabeza y el sol le hizo cerrar los ojos. Trató de afrontarlo, usando su mano de pantalla, y por mucho que se esforzó, aún cerrando del todo un ojo y abriendo el otro apenas, la luz la deslumbraba. Resignóse y se sentó de costado, la cabeza en la mano. Entretúvose largo rato con las conchillas, que desparramaba en semicírculo. Su zapato provocó en seguida su atención y extendió ambos pies cuanto le fue posible. Quedóse un momento mirándolos, pensativa. Luego, más pensativa aún, subió lentamente las faldas hasta media pierna. De pronto las dejó caer con un movimiento brusco, mirando inquieta alrededor.

Volvió al libro, abriólo al azar y no entendió una palabra. Lo dejó a un lado desganada, abrazóse las rodillas cruzadas y tornó a suspirar, mirando a todos lados. ¿Qué hacer? Decidióse al fin a ir a despertar a su hermana, ocupación siempre grata para otra hermana aburrida. Subió de nuevo, abrió la ventana de par en par y sacudió a Eglé del hombro.

—¡Son las diez, Eglé!

Eglé murmuró sin abrir los ojos, tratando de volverse a la pared:

—Tengo sueño… —Pero su hermana cerró el tibio camino con el brazo.

—¡No, levántate! ¡Si vieras!… Estoy más aburrida…

Eglé entregóse sin hacer más resistencia. Se vistió en silencio con prolijo esmero, mirándose larga y pensativamente en el espejo, como si no recordara ya su cara. Ya peinada salió al balcón, pasando el brazo por la cintura de su hermana.

El sol, más fuerte ya, blanqueaba la avenida caliente y desierta. En la esquina, un “break” cruzó la bocacalle, tronó un momento sobre los adoquines y enmudeció de nuevo en el polvo del callejón. Las hermanas tendieron el busto afuera, pero no pudieron conocer a los viajeros.

—Tengo sueño todavía… —murmuró Eglé—. Si me hubieras dejado dormir…

Mercedes se animó de pronto:

—¿Vamos al centro?

—Mamá no va a querer.

—No importa; vamos a pedirle —y arrastró a su hermana abajo. En efecto, la madre se opuso resueltamente; el día anterior habían vuelto a las dos de la tarde y era bastante.

—¡Pero Lola! —se quejó Mercedes—. ¡No sabemos qué hacer!

Desde pequeña, en los momentos de ternura, Mercedes llamaba a su madre por el nombre.

Perdida, pues, la única esperanza de distracción, las jóvenes se miraron desconsoladas. Pero cuando hubieron subido de nuevo:

—¿Y si lo llamáramos a Rohán? —propuso Mercedes como un hallazgo.

—No —repuso brevemente Eglé—. Va a venir esta noche…

—¡Cierto! No me acordaba… Señora de Rohán… Queda muy bien. ¿Cuándo te casas?

Su voz había cambiado un poco. Eglé no respondió.

—¿Sí?… —continuó su hermana—. ¡Pues yo lo llamo por teléfono!

—¡Mamá! —levantó Eglé la voz—; Dile a Mercedes que no haga eso.

—¿Qué cosa? —respondió la madre.

—Quiere llamar a Rohán para que venga…

—¡Mercedes! —clamó la señora desde abajo.

—¿Por qué, mamá? ¿Acaso porque sea novio de Eglé, va a dejar de ser amigo nuestro?

—No; pero no está bien.

—¿Pero por qué?

—¡Porque sí, mi hija! ¡No seas ridicula!