Chapter 2
Sano ya, no volvió a pensar en erudiciones farsantes ni azules blusas de trabajo. Veía claro muchas cosas por la sencilla razón de haber pagado su tributo de zonceras y por tener sobre todo ocho años más. No buscaba más vocaciones, comenzando ya a sentir oscuramente la suya, que debía ser más adelante una profunda y enfermiza sinceridad consigo mismo. Pero tampoco se hallaba con ánimo para nada, y al cabo de este tiempo volvió.
Durante su estada había sostenido con las de Elizalde poca correspondencia. Recibió de Mercedes cinco o seis cartas, que él contestó con gran retardo. En los primeros cuatro años envió una sola, pues quería romper con todos sus recuerdos de América para vivir más puramente las impresiones de París. Luego, la sinceridad naciente fue borrando poco a poco todo aquello que no era suyo, y en este estado escribió a Mercedes una larga carta llena de cariño, dándole cuenta de una infinidad de cosas nimias, prueba de que se sentía más bueno y más contento. Mercedes le respondió con igual extensión. Supo así que Lola se había casado, pero que en cambio ella, a pesar de “su belleza”, corría gran riesgo de no hacerlo nunca. “Tengo ya veintiséis años y ¡usted está tan lejos! ¿Se compuso del todo de su estómago?”, etc., etc.
VIII
Ciertamente, una de las primeras visitas de Rohán al volver fue para las de Elizalde. Apenas lo entrevió Mercedes desde el comedor, gritó hacia adentro:
—¡Mamá, mamá! ¡Rohán está aquí! ¡El duque Rohán, mamá!
Y se precipitó a su encuentro.
—¡Ya no podía más, amiga! —tendió las manos Rohán—. ¡Por fin la veo!
—Y yo me moría. ¿No se encontró con papá? Se fue hace cuatro meses. ¿Cómo le fue?, cuénteme. ¿Cómo le fue?
—Divinamente. —Y tuvo que responder a las febriles preguntas de asombrosa incongruencia de la joven.
La madre había llegado. De pronto Mercedes se interrumpió:
—¿Y Eglé? ¿Eglé, mamá?…
Eglé entraba ya, y Rohán se sorprendió de reconocer perfectamente su rostro del cual no creía acordarse más. Solamente, la belleza un poco angelical de la criatura se había humanizado, más hermosa ahora por más tangible, más deseable y por estar al lado nuestro. Se dieron la mano amistosamente.
—¡Cierto, si apenas se conocen! —observó Mercedes—. ¿Te acuerdas de Rohán, Eglé?
—Me acuerdo —respondió Eglé sonriendo. Rohán se acordó también; pero la joven había apartado tranquilamente los ojos y miraba al patio.
Después de dos horas Rohán se levantó para irse.
—Se queda a comer, ¿verdad? —lo detuvo tumultuosamente Mercedes. La joven lo observaba desde hacía un momento.
—Le hallo la expresión cansada… ¿Enfermo, no? Sí, ya sé que estuvo enfermo… Pero no es eso: fatigada, no cansada… ¿Por qué no, mamá? —levantó las cejas, al ver que su madre se encogía de hombros—. Puede estar fatigada, sin… ¿Qué edad tiene? —se volvió de golpe a Rohán.
—Veintiocho años.
—Vamos a ver, dígame cómo estoy yo. —Y se paró frente a él, con la manos cruzadas atrás—. ¡Veamos! ¿Soy tan linda como antes? —agregó, nerviosa ya por la proximidad y el examen.
—Un poco más…
—¿Por qué un poco más? ¿Y por qué lo dice de ese modo?
Pero como él se contentaba con sonreír, Mercedes le hizo de soslayo un mohín con los ojos entornados, levantando la nariz.
Luego, en la mesa, la madre lo retuvo media hora, preguntándole una porción de cosas de Europa que ella sabía tan bien como él; y no obstante darse cuenta del desgano con que Rohán le respondía por eso mismo, persistía en su empeño.
Al fin tuvo lástima de Rohán y lo dejó ir a la sala, con la majestuosa y protectora tolerancia que las madres acuerdan a los hombres para que pasen a la sala donde están sus hijas. Mercedes tocaba el piano a vuelo tendido.
—¿Le dejó ya mamá? ¡Que horror! Sea bueno, siéntese aquí, cerquita de mi. ¿Cómo le fue de amores?
—Muy mal. Usted sabe bien…
—¡No, no, en serio! ¿Cómo le fue?
—Mal.
—¿De veras? —le preguntó con cariño—. De veras.
La joven lo miró pensativa.
—Es raro…
—¿Por qué?
—No sé, me parece…
Rohán se rió.
—No obstante, usted, amiga, nunca se enamoró de mí.
—¡Oh! Yo soy diferente… Eso es distinto. Fuera de que —agregó después de un instante—, a pesar de mis vestidos y de lo que el duque de Rohán me atribuye amablemente, él tampoco se ha enamorado de mí.
Se miraron sonriendo.
—¿Quién sabe? —rompió él.
—¿Quién sabe? —repitió ella—. ¿Qué más? —continuó, comenzando a turbarse.
—¿Cómo, qué más?
—Sí, diga otra cosa.
—¡Pero no sé nada!
—¡Dígame cualquier cosa, pronto! —concluyó la joven, ya alterada.
Era un crimen abusar de ella, y Rohán suspendió el juego.
—¡Esos nervios, amiga!
—¿Qué nervios?
—Los suyos.
—¿Qué tienen mis nervios?
Estaba lanzada de nuevo. Pero concluyó por encogerse desdeñosamente de hombros.
—¡Qué aburrido que está usted hoy, Rohán! ¡Eglé! —se volvió a ésta que, de pie, delante del piano, recordaba un vals con un dedo—. Siéntate aquí. Ahora Rohán nos va a contar una cosa nueva.
Eglé se sentó, y las dos hermanas, atentas, esperaron.
Él las miró sorprendido; pasó un momento, y la situación se hizo tan francamente ridícula, que se echaron a reir, levantándose.
IX
Rohán continuó visitando con frecuencia a las de Elizalde. A pesar de los años transcurridos, el carácter especial de su amistad con Mercedes no cambió, aunque tal vez ahora las constantes provocaciones de la joven habían cobrado una forma más lánguida, más retorcida, más segura, en que se sentía ahora a la mujer formada.
Así, en una de estas ocasiones, Mercedes se obstinó en que Rohán le contara algún amor suyo. Cansado ya de rehusarse, aquél empezó de golpe:
—Había una vez una madre que tenía dos hijas, con la mayor de las cuales…
Mercedes escuchaba, inmovilizada en una de esas profundas atenciones que hacen sospechar en seguida que se está pensando en otra cosa. Muy pronto lo interrumpió:
—¿La quiso mucho?
—Mucho.
La joven quedó callada y satisfecha.
—Dígame —añadió—, ¿usted cree que a mí me hubiera podido querer así?
—Creo que no.
—¿Por qué?
—Porque usted no me hubiera querido como ella, primero; después…
Mercedes se echó a reir.
—¡Imposible! Dice muy bien. Hubiera sido preciso… ¿verdad? Sí, sin duda… ¿Y si yo lo hubiera querido? —le preguntó con los ojos y la sonrisa entera mareados.
Rohán acercó a ella el taburete hasta tocarle las rodillas.
—Veamos —dijo—. Adivine lo que tengo ganas de hacer en este momento.
—Diga.
—Suponga.
—¡No, diga!
—¡No, suponga!
Se sonrieron un largo momento, mirándose; y Rohán pudo seguir línea por línea el cambio del semblante de la joven, que con los ojos siempre entornados se iba poniendo gradualmente seria, como cuando ya comienza la emoción.
Seguramente Rohán no era más el muchacho de antes, y la joven sentía que ahora no dominaba ella la situación. Sin embargo y con todo, se atrevió.
—¿… un beso?…
Rohán sintió el fustazo de la provocación, y los dedos se le crisparon. Resopló profundamente y optó por levantarse, poniendo, al hacerlo, una mano en las rodillas de la joven.
Mercedes siguió con los ojos su paseo, y al rato insistió aún, arrastrando la sílaba:
—… sí?
—¡Pero es idiota lo que está haciendo! —se volvió bruscamente Rohán a ella con la voz dura—. Usted bien sabe que no quiero, ¿verdad? ¿A qué esas zonceras? Y sobre todo, terrible amiga, le juro que no estoy absolutamente enamorado de usted.
Mercedes lo miraba siempre, pero evidentemente sin estar ya en la situación, con esa peculiaridad femenina de apartarse de la emoción del momento, por honda que sea, para imaginar las posibles consecuencias de un cambio de situación: si ella hubiera respondido otra cosa, si él la hubiera besado, etc, etc.
Pero Eglé llegaba felizmente, y todo pasó. Cuando Rohán se fue, Mercedes le tendió sus manos en el vestíbulo, muy tranquila y alegre.
—¿Hasta mañana, no? Es decir, hasta el lunes. ¿Pero por qué no viene mañana? No lo comeremos… ¿Usted me hace el amor, Rohán?
—De ninguna manera. En cambio, es muy posible lo contrario.
La joven lo miró un instante asombrada. Llevóse las manos a las faldas y le hizo una profunda reverencia, tarareando:
—Matantiru-liru-liru…
—Adiós —se rió Rohán, Pero como ella se mantenía humildísima, él le hizo a su vez una grave reverencia.
X
Su amistad con Eglé, en cambio, era bastante fría. Trató de serle agradable por vanidad, al principio, luego sinceramente, al encarnar en la espléndida mujer de ahora a la criatura que le había llorado su amor hacía ocho años. Aunque estaba seguro de que todo lo anterior fuera una enfermiza ternura de la pequeña porque su grande amigo se iba a ir muy lejos, la indiferencia de ahora —tan justa, sin embargo— le parecía excesiva.
Una noche, observándola en silencio, deploró hasta el fondo del alma no volver a ocho años atrás. La veía de perfil, apoyada de brazos sobre la cola del piano, el busto fuertemente coloreado por la pantalla punzó. Hojeaba las músicas, completamente entregada a sus ojos, en su serena y firme soledad de cuerpo deseable que tiene la perfecta seguridad de que no lo podemos tocar.
—Usted ha cambiado mucho, Eglé —rompió él después de un largo silencio.
—¡Yo! —se volvió la joven, sorprendida.
—Sí, usted; usted era más alegre antes… Verdad es que hablo de muchos años atrás.
—Es posible… Pero ahora soy tan alegre como antes —añadió con una sonrisa.
Rohán no insistió, y callaron. En el fondo, él no quería hablar; pero se sentía a su pesar arrastrado a hacerlo.
—Lo que noto —agregó al rato— es que usted era más expansiva.
Eglé se puso seria, sin responder.
—Por lo menos me quería más —concluyó Rohán, que aunque se esforzaba en ser natural, sentía él mismo su voz tomada.
Esta vez la joven volvió la cara a él, levantando las cejas de extrañeza.
—¿Más?…
—Me parece que sí —sonrió él con esfuerzo.
—Aún creo que recuerdo la fecha…
Eglé hizo un ligero gesto de desagrado y dejó el piano, sentándose. Hubo un largo silencio.
—¿Cómo se acuerda de eso? —preguntó la joven al rato.
—No sé; me he acordado. Pero le ruego —agregó él fastidiado por el disgusto frío de los ojos de Eglé, y, sobre todo, por su fracaso— que no vea más allá de lo que he dicho. Me acordé no sé por qué, un recuerdo, ¡qué sé yo! Supongo que no creerá que hablé de eso como un reproche… ¡Lo que lamento —concluyó alterado— es haberme acordado estúpidamente de eso!
Se había levantado, paseándose con las manos en los bolsillos. Pero los dedos le cosquilleaban demasiado para tenerlos inmóviles. Cada vez que pasaba frente a la vitrina, se detenía un momento, hacía girar dos o tres chucherías, para recomenzar a la vuelta siguiente con los mismos muñecos.
—¡Usted no creerá que lo odio! —rompió de pronto Eglé con una sonrisa forzada.
—¡No, no es eso; bien lo sabe!
En ese momento Mercedes entró de la calle.
—¡Rohán, lo que he visto! ¿Y mamá? ¡Pronto, el té! ¡Me muero de hambre; de hambre, Rohán!
Voló adentro, volvió sin sombrero y se sentó frente a su amigo.
—Rohán… mi amigo Rohán… Verá —le dijo tocándole apenas la mano—. ¿Sabe a quién vi hoy? A Olmos, el gordísimo Olmos. ¿Por qué no viene un día con él?
Pero se interrumpió, observando a Rohán con atención.
—¿Qué tiene usted hoy? —le dijo.
Rohán se encogió ligeramente de hombros.
—¿Qué tiene? —prosiguió la joven—. ¡Qué horror, dígame algo! ¿Lola se encontró esta mañana con usted? Yo lo quiero mucho, Rohán…
Pero éste estaba lleno de rabia con toda la casa, no hablaba una palabra, de modo que Mercedes tuvo que declarar, apretándose la cabeza, que su amigo estaba completamente imposible.
Rohán se fue casi en seguida y Eglé, más próxima a él, lo acompañó hasta el vestíbulo. Al despedirse, Eglé lo miró.
—¿Está enojado? —le dijo.
—¡Absolutamente! —repuso Rohán—. Pero le juro que jamás volveré a acordarme de nada.
Se fue, rabioso ahora consigo mismo por su respuesta que lo alejaba para siempre de Eglé. —Soy un imbécil, —se decía.
Lloviznaba, y la garúa desmenuzada que irisaba su traje iba oscureciendo poco a poco el asfalto.
Caminó sin fijarse por dónde, y al llegar a la esquina de su casa se detuvo un momento; pero se decidió a continuar, vagando. No tenía sueño, y sí demasiado mal humor para acostarse a reconstruir escenas de tormento. Por fin, a las dos, entró en su casa, y con el portado que dio pareció haber hallado un escape al hondo disgusto de sí mismo.
—¡Mejor! ¡Así se acabó todo!
Eglé…
XI
Rohán pasó una semana sin ir a lo de Elizalde. Lo que continuaba mortificándolo no era tanto la frialdad de Eglé como lo que él llamaba su torpeza de hombre de veintiocho años. “Me he entregado en diez minutos; ni siquiera he podido sostener la voz”. Fueron siete días de vanidad herida; y en el fondo, sin que él se diera cuenta, de creciente amor a Eglé. A todo lo cual se agregó su estómago.
Rohán había adquirido, tras su extraordinaria cura en Europa, la convicción de que nunca más su estómago volvería a inquietarlo porque él no quería. Cuando de repente constató, casi con más fastidio por el fracaso de su razonamiento que por su malestar mismo, que, a pesar de todo, las cosas retornaban.
Comenzó a despertarse con dolor en la cintura y el cuerpo molido, no obstante un sueño masivo de nueve horas. El apetito, imposible. Sin embargo, no quiso rendirse. Penetrábase con toda clara voluntad, de su aforismo de antes: “No tengo absolutamente nada en el estómago”. No quería caer en la antigua tortura del estudio incisivo de cada síntoma. Su estómago, no enfermo, debía entrar en seguida en la norma que le imponía su claro diagnóstico.
Pero no hubo psicologías posibles. A los diez días una nueva crisis, si bien pasajera, reinstalábase con su angustioso séquito, y Rohán se resignó humanamente a sufrirla. Pidió licencia de un mes en el ministerio, donde había vuelto a ingresar, esta vez como subjefe de división.
Después de dos semanas de decaimiento, náuseas y chuchos, no quiso dejar pasar más tiempo sin ir a lo de Elizalde. Recibiéronle con un mar de reproches por su ingratitud.
—¡Cómo ha cambiado en pocos días! —decíale la madre—. ¿Su estómago, otra vez? Es horrible, yo sé. ¡Lo único, lo único es un régimen!
—¿No le hace mal el cigarro? —le preguntó Eglé.
Rohán volvió los ojos a ella y se asombró de la naturalidad con que Eglé lo miraba.
—No, muy poco…
—¿Por qué no se va, Rohán? —exclamó bruscamente Mercedes, que se había mantenido alejada en la sombra.
—¡Mercedes! —exclamó la madre severamente.
—¿Qué, mamá? —contestó tranquila la joven, afrontándola. Y de nuevo, más cortante aún:
—¿Por qué no se va, Rohán?
La madre, suspiró levantándose pesadamente del sofá.
—El día que usted le haga caso a esta chica —explicó a Rohán— está perdido, Y al pasar al lado de su hija extendió la mano para calmar esa cabeza loca; pero la joven apartó la cara, como si temiera ser quemada. Eglé siguió a su madre. Pasado un momento, Rohán fue a sentarse al lado de Mercedes.
—¿Por qué quiere que me vaya? —le preguntó. La joven, sombría, lo miraba con los ojos entrecerrados.
—¡Vayase!
—De ningún modo, si no me dice por qué.
—¡Vayase!
Rohán la miró detenidamente.
—Cuidado —le dijo en voz baja— porque va a llorar.
Mercedes se encogió de hombros. Luego agregó desdeñosamente:
—Porque lo quiero demasiado, ¿verdad?
Y casi sin transición, volviéndose a Rohán, de frente:
—¡Veamos!, sea franco.
—Veamos —asintió él, acercándose más.
—¿Usted es franco?
—Franco.
—¿No va a mentir?
—No voy a mentir.
Mercedes lo miró hasta el fondo sin que ni uno ni otro perdieran su gravedad.
—¿Usted cree que lo quiero? —dijo ella por fin.
Rohán le contestó seriamente:
—No.
—¿Verdad?
—Verdad.
La joven lo observaba sin verlo, como en la vez anterior, pensando en lo que habría sucedido si él hubiese respondido…
Rohán acababa de ponerse de pie, cuando Mercedes le tendió las manos.
—Levánteme —le dijo.
Rohán notó claro el cambio de su voz. Prestó oído: Eglé tocaba el piano en la sala. La levantó entonces, y aprovechando el mismo impulso, cruzó sus manos detrás de la cintura de la joven y la besó en la boca. Ella lo rechazó bruscamente, Rohán se compuso mauinalmente la corbata y entró en la sala.
Cuando después de media hora Mercedes fue a su vez a la sala, la madre defendía a Europa de Rohán, que mostraba una agresión extremada, si bien riéndose.
—¡Pero vamos a ver! —objetaba la madre—. ¿Por qué dice eso? Usted ha estado ocho años, es inteligente, sabe francés… Sí, sí, no te rías, Eglé; podría haber vivido mucho allá y no saberlo, ¿verdad? ¿Y por qué no le gusta? ¡Qué hombre!
—Sí, me gusta…
—¡Pero hace un momento decía lo contrario!
—No, señora; me refería a las mujeres.
—¡Salga! ¡Si usted mismo no cree lo que está diciendo!
—Le juro que sí.
—¡Sobre todo lo que decía hoy!
—Eso más que nada. Figúrese que una vez…
Aunque un poco espantada, se reía de los disparates de Rohán. En un instante de silencio, Mercedes levantó la voz:
—Rohán, que es tan inteligente, debe saberlo.
El sarcasmo de la voz fue tan visible que todos se volvieron a ella.
—¿Otra vez, mi hija? —prorrumpió la madre sorprendida. La joven, sin dignarse responderle, no apartaba los ojos de Rohán.
—Se supone todo lo contrario, ¿no? —sonrióse éste, inseguro.
—¿Y cómo quiere que se lo diga? —clamó Mercedes con rabia.
Rohán se encontró violento, a pesar de su confianza con la familia.
—¿Qué le ha hecho? —le preguntó inquieta la madre.
—Nada, absolutamente nada… —respondió él, temiendo horriblemente en su interior una escapada de nervios de su amiga. Y como ésta no apartaba de él sus ojos de sombrío combate, apresuróse a reanudar la discusión.
Al conciliado final de ella, Rohán se volvió a Eglé, que había tenido los ojos fijos en él mientras hablaba.
—Y a usted, ¿le gusta Europa?
—¡Sí, mucho! —le contestó ella sonriendo.
Tras sus ataques paradójicos —pero ataques siempre— Rohán había temido que Eglé quisiera halagarlo, poniéndose servilmente de su parte. Sintióse orgulloso de ella.
—¡Ah! nos olvidábamos de decirle —detuvo la madre a Rohán, al despedirse—. El martes nos vamos a la quinta. Hace mucho calor aquí, y mi corazón… ¿Irá pronto a vernos? ¿Sigue un régimen, no? Cuídese mucho; yo sé lo que es el estómago. Lola, el primer año de casada, sufrió también horriblemente. Ahora lo hallo mucho mejor —concluyó observándolo.
—Sí, señora, de noche; pero mañana recomienza la fiesta. En fin, hasta pronto.
Mercedes se había acostado ya, de pésimo humor. Eglé lo acompañó otra vez.
—¿Irá pronto? —le dijo al darle la mano.
Rohán la miró y vio sus ojos azules turbados, a pesar de la tranquilidad de la voz. Los párpados le temblaban imperceptiblemente. Él detuvo la mano en la suya.
—¿De veras? —le dijo en voz baja.
Eglé la desprendió con una sonrisa.
—De veras.
Rohán salió caminando apresuradamente, loco de contento. No veía otra cosa que su último momento con Eglé, su Eglé, su pequeña Eglé, desahogando su bullente felicidad en acelerada marcha y apretones de puño dentro de los bolsillos hasta reírse él mismo de su entusiasmo.
XII
Al día siguiente, ya a las dos, estaba en lo de Elizalde. Pero no pudo ver ni a Mercedes ni a Eglé, pues ambas habían ido después de almorzar a la quinta a arreglar un poco aquello. Tuvo así que resignarse a perder un cuarto de hora con la madre.
—¡Qué horror, Rohán! ¡Tiene un semblante atroz! ¿Pasó mala noche, no? ¿Pero es posible que tenga frío con este día? —añadió fijándose en el sobretodo de aquél—. ¡Bájese el cuello, por lo menos! —concluyó riendo.
Pero Rohán tenía demasiada experiencia de sus fríos para condescender con la maternal solicitud; ni aún sacó la muño de los bolsillos. Tuvo que irse, fastidiado de su fracaso.
Pasaron luego ocho días malos. Al fin, repuesto, fue a Constitución, y veinticinco minutos de viaje pareciéronle abrumadoramente largos. Dos o tres veces miró inquieto el sol, temiendo llegar demasiado tarde. Quería verla en plena luz, ver bien sus ojos, con el ligero fruncimiento de cejas que le era habitual cuando miraba con atento cariño. Llegó a Lomas, transpuso el puente sin apresurarse —ahora que iba a verla—, como si se debiera ese sacrificio de amor. Desde la primer curva de la avenida Meeks distinguió el blanco grupo en la vereda —la madre y Eglé sentadas en el banco de piedra, Mercedes recostada con las manos a la espalda en un paraíso. Al cruzar la calle lo conocieron. Mercedes avanzó a su encuentro afectando no verlo, para evitar la ridicula y cariñosa situación de dos amigos que reconociéndose de lejos no pueden dejar de reírse.
La joven lo recibió como si no recordara más su última noche.
—¿Sanó ya? ¡Qué felicidad! ¡Qué aburrimiento, Rohán! ¿Se queda a comer, verdad? ¿Sí? ¿Se quedará?
Como la insistencia estaba llena de la más cordial buena fe, y su intención, por otro lado, no era otra, respondió que sí. En cambio, notó desde la primer mirada que Eglé no quería acordarse de nada. Saludó a Rohán rápidamente, volviéndose en seguida a comentar con su madre un grupo que pasaba por la vereda de enfrente. La indiferencia era excesiva para ser sincera; pero aún así Rohán sufrió un golpe doloroso. Prosiguió charlando con Mercedes, sin dejar ver en lo más mínimo su desengaño. Al revés de lo que le acontecía cuando estaba solo, en que todas sus emociones transparentábanse en el semblante, en presencia de gente disimulaba aquéllas perfectamente.
—¡Qué tarde divina! —suspiró al rato la madre mirando al cielo—. No sé por qué no vivimos aquí siempre… ¿Caminemos, le parece?
Se pusieron en marcha, siguiendo la Avenida hacia Temperley. A cada instante tenían que apartarse ante el ciclismo titubeante de chicas con capota blanca caída atrás, cuyas ayas prestaban el hombro dormido al incipiente equilibrio. No siendo posible marchar sosegadamente, tomaron una avenida transversal, al oeste.
Caminaban despacio; Mercedes y Eglé iban adelante, dejando jugar los brazos pendientes alrededor de las caderas. Cantaban en voz baja. De pronto Mercedes se quejó:
—¡Eglé, por favor!
Eglé tenía muy poca voz y aún afinaba mal. Acostumbrada a las protestas musicales de su hermana, sonrióse sin interrumpirse. Rohán miró a Eglé con profunda ternura.
—¡Qué tarde! —tornó a repetir la madre, como si jamás hubiera visto una tarde igual. Todos se detuvieron, sin embargo, volviéndose hacia el camino recorrido.
El crepúsculo era realmente apacible en su frescura húmeda de quinta. La calle adoquinada, limpia por el aguacero del mediodía, albeaba todavía en el centro de la calzada, entre la doble fila de paraísos y álamos, cuyo follaje sombrío oscurecía ya las veredas. No hacía viento; todos los molinos estaban inmóviles. Las voces, cortadas, se oían claras y distintas en las quintas vecinas —las voces de mujer sobre todo. A pesar del olor a carbón que enviaba la vía, llegaba hasta ellos de vez en cuando, en vahos purísimos, el fresco olor de los eucaliptos de Temperley, cuya masa pizarrosa se confundía al sur-oeste con el cielo. Una tenue neblina esfumaba las frondas quietas, adormecía el paisaje, dando al atardecer moroso y sin viento una tranquilidad edénica.
Volvieron lentamente, y era ya de noche cuando llegaron a la quinta. Después de comer repitióse el paseo; esta vez Rohán al lado de Eglé, dirigiendo juntos la marcha hacia Temperley.
—¡Cuidado, Rohán! —alzó Mercedes la voz tras ellos. Ambos volvieron el rostro. Mercedes, que avanzaba con la cabeza al aire, articulaba lentamente:
—“Había una vez un joven pobre que amaba”…
La insinuación era demasiado directa para que los jóvenes no se sonrieran; pero continuaron serios, embargados por esa precipitación fuera de tiempo.
Rohán tenía locos deseos de aclarar su situación —quererse francamente. Pero temía con horror dar otro paso en falso. Después de la primera noche en que habló con Eglé, al recordarle el cariño que ella le había tenido, sentía siempre la vergüenza de que Eglé creyera que él había evocado fatuamente su apasionamiento de criatura para exigirle su amor de mujer.