Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe

Part 16

Chapter 164,031 wordsPublic domain

Con estos prodigios la torre se habia hecho respetable; temblaban los soldados nazarenos, al entrar de guardia en ella, y más de un escucha fué víctima de su terror al encontrarse solo en su plataforma en las altas horas de las oscuras noches de invierno.

III.

El mismo dia en que finaban quince años despues del de la conquista, á la hora en que las campanas tañian la azalá de alajá de los cristianos, un mancebo, jinete en un caballo negro, apareció entre los árboles que rodeaban la torre.

Era el príncipe Aben-al-Malek, el que en la alborada de aquel dia que finaba habia partido, sobre el caballo de su padre, obedeciendo á su destino y á la voz del anciano morabhita Abu-Kalek.

El bruto lanzado en el espacio habia salvado como tempestad la distancia, atravesando los desiertos y surcando los mares; ave, bruto y pez, habia conducido al príncipe á la torre misteriosa donde dormia encantada la hermosa hurí Fayzuly, la doncella de las trenzas negras, la querida de su corazon.

Aben-al-Malek desmontó; ató su corcel á uno de los árboles y se aproximó á la torre; la luna menguante y opaca brillaba con débil resplandor entre grupos de espesas nubes; á su escasa luz el príncipe vió los torreones almenados; el recinto circular y el oscuro foso; un soldado cristiano, con el arcabuz al hombro y la mecha encendida, velaba en los adarves.

Aquel hombre vió acercarse al príncipe y preparó su arcabuz lanzando un medroso ¿quién va? desde las almenas.

Aben-al-Malek envió por contestacion su ligera y fuerte pica de dos hierros al adarve; oyóse un sonido estridente, como el que produce el hierro al romper el hierro, un grito de dolor, y un golpe sordo y desmazalado; el cadáver del atalaya habia vacilado sobre la almena y habia caido al foso.

El príncipe llegó hasta la puerta de hierro que conducia á los Siete Suelos y que se abrió ante él.

IV.

En aquel momento la torre osciló como al impulso de un sacudimiento subterráneo; salió de su fondo y de sus suelos un rugido sonoro, inmenso, producido por muchas voces humanas; iluminóse el oscuro antro con la diáfana luz del dia, y el príncipe entró invocando el santo nombre de Allah.

V.

Estaba en un alcázar magnífico, el silencio y la paz más profunda volvieron á dominar despues de su entrada. Delante de él y adelantando siempre revoloteaba un enorme murciélago.

* * * * *

Antes de que el príncipe entrase en la torre, en el fondo de ella tenia lugar un acontecimiento extraño.

El espíritu de Djeouar velaba en el mismo nicho donde le habia visto la sultana Wahdah, con sus piernas cruzadas, el libro forrado de seda azul sobre ellas, los codos apoyados en el libro y el rostro entre las manos.

Abajo, en el fondo del retrete, velada por su blanco sudario, ceñidos los cabellos por la corona de siemprevivas, de la cual emanaba la luz que llenaba de un ambiente diáfano aquel magnífico aposento, dormia la hurí Fayzuly; y Aben-Zohayr, el árabe vendido á Eblis y maldecido por Dios, corria aún como antes, la vista fija en la hurí, flotante el alquicel, la pica enhiesta, ensangrentado el acicate; su caballo blanco, lanzaba fuego por las anchas narices, y corria, volaba con la rapidez del rayo lanzando en su carrera el polvo que, arrancado por sus herraduras del pavimento, se elevaba formando una especie de niebla contínua, en cuyo fatídico círculo se veian pasar y volver á pasar, siempre incansables, siempre veloces, el caballero y el bruto.

Además habia otro sér en la torre; era un hermoso mancebo de quince años; el bozo no habia orlado aún su semblante; su traje era de riquísimo brocado, lucia en su toca un joyel de diamantes y ceñian sus piés unos borceguíes de grana labrados con oro y armados con acicates de caballero; sobre su pecho lucia un escudo que mostraba pintado un murciélago negro, con este mote en rojo: _Si no venzo, esta es mi suerte_; y sujeto á su cintura en una faja de la India se veia un ancho y reluciente alfanje.

Este mancebo dormia sobre el pavimento, y por acaso tal vez reclinaba su cabeza sobre el seno de la hurí: los dos eran hermosos; hubiéraseles podido tomar por dos amantes guardados por un demonio, y por un ángel caido, sufriendo el poder de un encanto; los dos soñaban sin duda, porque en la animada expresion de sus semblantes dormidos, se traslucia el pensamiento abierto á la luz del mundo de los sueños.

El de ella debia ser tranquilo, lleno de encantos y placeres; porque en sus labios lucia una sonrisa inefable; el de él, terrible, apenador, sombrío, porque su semblante estaba cubierto de frio sudor, y la expresion de un dolor agudo contraia la pureza de las hermosas formas de su boca.

La torre estaba tranquila; no se oia otra cosa que el son monótono, seco y contínuo de la carrera del caballo; la hurí y el jóven dormian, Djeouar meditaba, y el árabe corria.

De repente, se alteró aquello que podia llamarse paz en la torre: oyéronse siete voces que partian de fuera del retrete, bramadoras, disonantes; voces infernales que clamaban á grito herido; el árabe entonó un atronador canto de guerra; y el caballo, apresurando su carrera, unió su relincho extridente y poderoso á aquellas voces malditas: Djeouar se levantó sobre el nicho, teniendo el libro azul entre las manos, y dominando con su voz fuerte y sonora aquel estruendo infernal, gritó:

--Despierta, príncipe Juzef A'bd-Allah; despierta; ha llegado la hora; despierta y escúchame.

El mancebo que dormia junto á la hurí, despertó y se puso de pié.

--¿Quién me llama? dijo con una voz timbrada por el dolor y la tristeza, ¿ha sonado ya la trompeta del arcángel?

--Príncipe, continuó Djeouar; tú vertiste tósigo de muerte en el agua de ablucion de tu padre el rey Al-Hhamar el vencedor y el magnífico, á quien Dios perpetúe la gloria, y dejaste caer sobre él la losa del sepulcro.

El príncipe se prosternó.

--Pero tu sér estaba fascinado por los espíritus infernales, continuó Djeouar; pudiste haberlos alejado de tí, purificando tu espíritu con la oracion; pero eras irreligioso é impío, te mofabas de Allah, y Allah te ha hecho expiar tu culpa.

El príncipe seguia prosternado.

--Levántate, Juzef, prosiguió Djeouar.

El mancebo se alzó del pavimento y escuchó á Djeouar.

--Sin los ruegos de tu padre, varon justo, que te perdonó al morir, el puente Sirat se hubiera roto bajo tu planta, y hubieras caido en el fuego eterno, como Aben-Zohayr el árabe condenado. Pero aún no está terminada tu prueba; tú padecerás conmigo hasta que un príncipe bendecido por Dios, rompa los siete encantos á que están sujetos los Siete Suelos de esta torre, hasta que venza á Betsabé, Djeidah, Zahra y Obeidah, y á los walíes de Málaga, Guadix y Comares, que transformados en murciélagos, guardan cada uno de los Siete Suelos.

--¿Y qué he de hacer? contestó el príncipe.

Djeouar fijó su mirada en la resplandeciente cúpula del retrete.

--Veo el sol, dijo, trasmontando las cumbres de los montes de Loja; la noche se levanta más allá del mar en las regiones de África, y pronto tenderá su manto sobre la cumbre de la sierra de la Helada; cuando la luna brille sola en el espacio en las primeras horas de la noche, el príncipe Aben-al-Malek entrará en la torre de los Siete Suelos.

El príncipe encontrará ante sí la tentacion: la hermosura de Betsabé y de sus tres malditas hermanas, le ofrecerá todos sus encantos.

Pero el príncipe ha nacido con buenas hadas, es fuerte, valiente y fiel, y lo protege la invencible mano del omnipotente Allah.

Y el príncipe Aben-al-Malek, como vencerá con la fuerza de su corazon los encantos de las cuatro hadas malditas, é irá encontrando vueltas por un momento á su forma humana y embellecidas por su maravillosa hermosura y la espléndida riqueza de sus galas, á medida que descienda del uno al otro suelo de la torre, vencerá sucesivamente á los tres formidables walíes de Málaga, Guadix y Comares, que habrán dejado por un momento de ser murciélagos, para ser lo que eran antes de su condenacion: tres lobos furiosos nunca hartos de sangre y de exterminio.

El príncipe Aben-al-Malek llegará aquí vencedor de la hermosura y de la fuerza; pero cansado, combatida el alma y enlanguidecido el cuerpo.

Aquí le espera su más terrible combate.

Mi libro azul ha terminado (y Djeouar cerró el libro): su poder mágico no existe; su última página ha concluido.

Cuando llegue la media noche; cuando la luna brille en lo más alto del cielo; cuando todo esté sumido en el sueño y el silencio, el príncipe Aben-al-Malek habrá penetrado en este recinto.

Y entonces yo no podré sumergir en un sueño profundo á Aben-Zohayr, el árabe condenado por los amores de Fayzuly, la más hermosa de las huríes del Señor, que duerme encantada junto á nosotros, que espera el amor de su alma con el príncipe Aben-al-Malek, con el esposo que le ha destinado la misericordia de Allah.

--¿Y qué he de hacer yo? exclamó con la voz sonora y vibrante el príncipe Aben-Abdallah.

--Si tú encontrares en tu corazon el valor de tu padre, de tu noble y magnánimo padre asesinado por tí, dijo con voz ronca Djeouar, haciendo estremecer desde el cabello á la planta, el sér entero del príncipe Ab-da-lá; si tú ayudares al bravo príncipe Aben-al-Malek, el árabe maldito te abrirá con la muerte la sombría puerta del Alcázar de la eternidad, en el cual encontrarás el perdon y las delicias del Paraíso.

--¡Oh! la muerte con su eterno descanso, exclamó con acento de profundo dolor y de ardiente esperanza el príncipe Aben-Abdallah; el sueño de la muerte con su eterna sombra, con su eterno reposo, con su eterna insensibilidad antes que este sueño de condenacion, de dolor, de espanto, en que veo sin cesar fija en mis ojos la mirada expirante de mi padre asesinado por mí. ¡Oh! yo lucharé como el hambriento leon del desierto, si en esa lucha he de encontrar la paz de la tumba aunque no se abra para mi alma la puerta del Paraíso.

--El espíritu del hombre es inmortal, dijo Djeouar con acento inspirado; el espíritu del hombre no puede perecer y ser envuelto por la tierra como los fragmentos de una vil vasija; el espíritu del hombre es inmortal como el espíritu de Dios que lo ha creado y la eternidad de su destino, ya entre los horribles tormentos del fuego eterno, ya entre las desconocidas bienaventuranzas con que Dios premia la creencia, el martirio y la fe de los justos, allí donde todo es luz, todo hermosura, todo placer, todo felicidad. Levanta tu corazon á Dios, ora con toda la fe que encuentres en tu alma, y espera. Se acerca el momento de tu perdon ó de tu condenacion. Si cuando el príncipe Aben-al-Malek llegare junto á nosotros, si cuando se revuelva terrible sobre él Aben-Zohayr, tú no te interpusieres, y dominado por el terror abandonares al príncipe Aben-al-Malek cansado y combatido, tu cobardía te habrá condenado, príncipe Aben-Abdallah.

--Las amargas hondas de la fuente del arrepentimiento han lavado y purificado mi alma, dijo con voz dulce y triste el príncipe: yo siento arder suavemente en ella el fuego de la caridad; yo gozo el inefable consuelo de la fe; mis ojos se anegan en la radiante luz de la esperanza. Yo siento engrandecido y fortalecido mi sér por la proteccion del Dios único é invencible, valor de todo valor, fuerza de toda fuerza, que sólo es, que sólo vive, y para quien nada hay incontrastable. El luchará conmigo, él me dará fuerzas para que por mí se cumpla lo que está escrito. Pero dime tú si lo supieres, si yo he de perecer en la pelea ¿qué será de ese príncipe á quien aguardas, cuando mis ojos se hayan cerrado á la luz de la vida, y mi alma vea la eterna luz de Dios?

--Aben-Zohayr, corre, corre, incansable, terrible, sujeto á su encanto; corre en torno de Fayzuly, procurando en vano estrechar el círculo que le separa de ella. Cada noche, en el momento en que la campana de los nazarenos lanza de sí su sonora vibracion doce veces repetida, el encanto de Aben-Zohayr cesa. El terrible círculo que recorre durante su encanto deja de sujetarle, puede aproximarse á Fayzuly, saciar su rabiosa sed de amor; pero yo le contenia continuando la lectura de mi libro mágico: apenas vibraba la primera campanada, la lectura sepultaba al árabe en un sueño profundo, y él y su caballo salvaje permanecian inmóviles como una estátua; yo seguia leyendo mientras sonaban lentas una tras otra las doce campanadas de la media noche.

El libro ha terminado: cuando llegue la media noche, nada podrá contener al árabe maldito, y si el príncipe Aben-al-Malek despues de haber vencido las tentaciones que le opondrán en cada uno de los Siete Suelos los siete espíritus condenados, convertidos en murciélagos por la justicia de Allah, entra aquí fatigado, luchando aún con el recuerdo de la tentacion, y Aben-Zohayr el maldito le mata, encantados permanecerémos con Fayzuly, en el fondo de esta torre, y condenados por toda una eternidad.

Pero si tú ayudares al príncipe Aben-al-Malek combatiendo con el árabe maldito, si el príncipe Aben-al-Malek lograre sacar fuera de la torre á la amada de su alma Fayzuly y ponerla sobre su caballo mágico, perdonados serémos; nuestras almas irán á morir en el Paraíso entre delicias eternas, y sólo quedarán condenados en el fondo de esta torre Aben-Zohayr el réprobo, y los siete murciélagos malditos.

Levanta tu corazon al Dios altísimo, único y misericordioso, príncipe Juzef-Abdalah; invoca su invencible poder, y está pronto para el combate y para el martirio.

El príncipe Juzef-Abdalah se prosternó y oró.

Djeouar se sentó de nuevo en el nicho, cerró su inútil libro azul, le puso sobre sus rodillas, apoyó en él los codos, con las manos en la cabeza, y esperó inmóvil.

La hurí Fayzuly continuó durmiendo.

El árabe maldito siguió corriendo con la velocidad del huracan en torno de Fayzuly, procurando en vano acercarse á ella.

VII.

Los siete encantos de los siete suelos.

I.

El príncipe Aben-al-Malek al entrar en la torre, habia visto, como ya se ha relatado, no la desnuda, oscura y severa galería semicircular con huecos y saeteras para las escuchas que ahora se ve en el primero y segundo suelo de la torre, que son los únicos que permanecen hoy descegados.

En el primer suelo, donde habia entrado el príncipe, descendiendo por una estrecha escalera, habia visto una galería circular, pero enriquecida con columnas, artesonados de preciosas labores, cúpulas maravillosas, pavimento de brillante alicatado: ornadas las paredes con ricas atauxías y ajaracas, y motes incitadores que representaban el amor y la voluptuosidad en vez del nombre de Dios y las santas suras del Koran, en hermosos caractéres africanos de oro y azul, todo resplandeciente, todo enlanguidecedor, todo sensual, iluminado por una luz blanda, ténue, dulce, que hacia sentir un sopor delicioso.

Blandos divanes que convidaban al reposo, se veian en el fondo de calados alhamíes; odoríferos perfumes que exhalaban humo trasparente y azulado sobre braserillos de oro.

Una música armoniosa llenaba con sus dulces ecos aquel espacio encantado.

Todo allí era embriagador.

II.

El príncipe Aben-al-Malek se sintió acometido por una languidez deliciosa.

Un negro murciélago, un murciélago gigantesco revolaba en torno de una de las cúpulas, descendia estrechando el círculo de su vuelo, rodeaba la cabeza del príncipe, y le halagaba, arrojando sobre él un leve y suavísimo perfume con sus alas de crespon.

El príncipe lanzó de sí aquella tentacion invocando el nombre de Dios, se quitó de sobre su espalda su arco, le entezó, armó en él una saeta que sacó de su aljaba, y cuando el murciélago se elevó, disparó sobre él y le clavó con su saeta en el artesonado de la cúpula.

Cayó delante del príncipe sobre el pavimento la sangre del murciélago en un negro chorro.

De aquella sangre se elevó un vapor rojizo é inflamado que fué condensándose hasta que tomó las formas de una hermosísima doncella, lánguida como aquel alcázar, como la ténue y blanca luz que le iluminaba, como el perfume que se elevaba de los braserillos, como la música que llenaba aquel espacio de armonía.

III.

El príncipe retrocedió á la vista de Djeidah, una de las tres malditas hermanas de Betsabé que habia aparecido delante de él, é invocó con toda la fe de su alma el nombre de Dios.

Djeidah le miraba con sus grandes ojos garzos adormecidos, sonriéndole lánguidamente, sueltos los luengos cabellos rizados, rubios y brillantes como el oro; desnudo el seno de alabastro; mal cubierta la hermosura de su cuerpo por una sutil túnica de gasa de plata y azul.

Se inclinaba, balanceaba muellemente su esbelto talle, y decia al príncipe con una voz tan dulce como el murmullo del aliento de Dios en las espesuras de los eternos bosquecillos del jardin de Hiram.

--El cansancio te abruma, amado mio, mi vida, alma de mi alma; ven, reposa entre mis brazos en mi encantado alcázar; yo te adormeceré en un sueño delicioso, durante el que gozarás las delicias del Paraíso.

--Hermosa eres, hada del sueño y del reposo, exclamó el príncipe Aben-al-Malek; bello es tu alcázar; pero tú eres maldita, y maldito lo que te rodea, y maldito el pensamiento de tu alma; para el árabe temeroso de Dios no se han hecho las alkatifas de seda y oro, los grandes divanes, los perfumes de Oriente, la música regalada y la ramera indolente é impura: apártate de mi paso; yo voy á buscar á la amada de mi alma, á la hurí Fayzuly que duerme encantada en este maldito palacio y me espera.

--Yo soy Fayzuly, exclamó Djeidah estrechando entre sus brazos y contra su seno al príncipe, haciéndole aspirar su aliento envenenado, inundando su mirada con la mirada indolente de sus ojos soñolientos; yo soy Fayzuly que te esperaba enamorada, amado mio, y que se aduerme al fin entre tus brazos, contemplando tu hermosura, bebiendo el aliento de tu boca y el fuego de tus ojos.

IV.

Y la maldita Djeidah sonreia, porque el príncipe vacilaba y temblaba y se adormecia.

--¡Ah! yo soy Fayzuly, exclamaba Djeidah estrechando más y más al príncipe entre sus brazos.

Aben-al-Malek, fuerte por su creencia, por su virtud y por su amor, siguió adelante empujando á Djeidah, llevándola consigo, abrazado por ella, sintiéndola, aspirando la languidez, los encantos de su maldito sér.

Y avanzaba lentamente, á cada momento más envuelto por la mágia que rodeaba á Djeidah.

Al fin, despues de una larga lucha, el príncipe llegó, impulsando siempre á Djeidah, al otro extremo del primer suelo, y delante de una puerta dorada.

A medida que habia ido avanzando, la belleza de aquel alcázar habia crecido, habian crecido la hermosura de Djeidah, y el brillo de sus ojos, y lo delicioso de los perfumes, y la armonía de la música, y la dulce languidez de la luz.

Y todo en vano.

Su fe y su amor habian salvado al príncipe, que habia llegado á la brillante puerta de oro, en la cual se veia en inscripciones cúficas, el nombre de Dios cien veces repetido y ensalzado.

V.

Djeidah luchó entonces con toda la fuerza de sus encantos para impedir que el príncipe tocase la puerta.

Pero Aben-al-Malek arrolló á la hada maldita, lanzándola de sí y haciéndola chocar contra la puerta de oro.

Y Djeidah la condenada, al tocar la puerta, se desvaneció en vapor como una gota de agua que cae sobre un hierro candente.

VI.

Y la puerta de oro abrió en silencio sus dos hojas, y apareció un sencillo y pequeño mirab[36] alumbrado por una lámpara de alabastro que pendia de su cúpula estrellada.

[36] Oratorio.

El libro de la Ley estaba abierto sobre el adoratorio por la santa página en que está escrita la profesion de fe inspirada por Dios á su enviado Sydi Mohhammed-ben-Abd'Allah-el Coraixi[37].

[37] Mahoma (la misericordia y la gloria de Dios sean con él).

El príncipe se prosternó y oró, y la oracion le reanimó fortaleciéndole y dándole valor para continuar su prueba.

VII.

Y á través de la puerta del mirab, se veia una oscuridad densa, y entre aquella oscuridad se oia un ruido semejante al de las alas de un murciélago que estuviese clavado á una pared, y se oia una voz doliente y lánguida, pero desesperada.

--Amado mio Abu-Ishac, walí de Comares, prepárate á combatir con la virtud del príncipe Aben-al-Malek que ha vencido mis encantos; que no pase de la segunda bóveda, amado mio; libértame, condenándole, de la horrible saeta con que me ha clavado á la bóveda; padezco horriblemente; deslumbra con tus tesoros al maldito Aben-al-Malek; mira que si no le vences, quedarás sujeto á los tormentos á que él me ha sujetado; véncele y seré tuya, y te llamaré luz de mis ojos y te envolveré en mi hermosura.

VIII.

Y la voz doliente y lánguida de Djeidah, continuó quejándose y excitando de una manera indolente al condenado walí de Comares Abu-Ishac.

Y el príncipe lo oia, y fortalecia su espíritu con la oracion, preparándose á una nueva prueba.

Al fin salió del mirab, recorrió de nuevo entre la oscuridad el primer suelo, y al pasar por debajo del sitio donde convertida otra vez en murciélago, estaba clavada á la bóveda por su saeta y aleteando Djeidah, oyó que esta decia con su voz amortiguada y siempre soñolienta.

--Maldito, maldito, maldito seas tú, príncipe Aben-al-Malek, que no has querido mi amor.

IX.

El príncipe buscó entre la pavorosa oscuridad, tocando el áspero muro, la entrada de la escalera que conducia á la segunda bóveda.

La encontró, bajó por ella, y en el momento, un vivísimo resplandor le deslumbró.

Tenia ante sí un inmenso tesoro de cuantas piedras preciosas de vivos destellos y trasparentes colores Dios crió, y perlas, y corales, y jarrones, y ánforas, y fuentes de plata y oro cincelados, y arneses, y armas de un valor maravilloso, y espejos bruñidos, y lámparas de gran precio, y el pavimento cubierto de monedas de oro, en las cuales se hundian los piés del príncipe, que adelantaba con trabajo, viéndose obligado á apartar de su paso objetos preciosos y pesados de un valor inmenso.

Todo resplandecia de una manera deslumbrante; la bóveda, los muros, el pavimento y todas aquellas alhajas y aquellas ánforas, y aquellos arneses, y aquellas armas, y aquellos espejos, y otro número infinito de preciosidades, estaban agrupados y armonizados, y contrastados de tal manera, que formaban cúpulas y arcos y pilastras, produciendo la perspectiva de un alcázar incomparable por lo hermoso de la forma y lo resplandeciente de la luz.

X.

Y un enorme murciélago revolaba en torno de la cabeza del príncipe, elevándose desde ella á las altas cúpulas y describiendo anchos círculos.

Y la voz ronca del murciélago decia:

--Eres el califa más poderoso de la tierra; todo lo que ves es tuyo; no hay placer semejante al de la contemplacion de estas preciosidades y de estas riquezas: los hombres te reverenciaran como á un Dios; las más hermosas mujeres del mundo te sonreirán enamoradas, y podrás cubrir de naves el mar, y de soldados la tierra; porque el oro es el sultan del mundo; al que todas las criaturas rinden un homenaje idólatra; todo esto es tuyo, príncipe Aben-al-Malek; ¡quién como tú!

Y el príncipe, armando una saeta en su arco, contestó:

--La muerte no detendrá su segur sobre mi cabeza cuando llegue el plazo prefijado á mi vida por el Altísimo, aunque yo ofreciese á la muerte un tesoro mil y mil y mil veces mayor que este tesoro; todas las riquezas del universo no abrirán las puertas de diamante del Paraíso como las abren el buen corazon y la buena obra.

Y el príncipe disparó sobre el murciélago, que lanzó un chillido horrible al sentirse herido y sujeto por la saeta entre las deslumbrantes alhajas que pendian de la cúpula y producian un ruido sonoro, movidas por el aleteo del murciélago.

La sangre de este cayó en una gigantesca ánfora de oro colocada bajo el centro de la cúpula.

Instantáneamente se vió salir por la boca del ánfora un humo denso y negro que se desvaneció, y luego, dentro del ánfora, se oyó el ruido causado por una persona que pretendia salir en vano del ánfora que la encerraba.

El príncipe soltó una carcajada.