Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe

Part 14

Chapter 144,076 wordsPublic domain

--¿Quién está conmigo? murmuró. ¡Ah! ¡eres tú, la esposa del rey! ¡Wahdah, mi sobrina, la hija de Noemi, la nieta de Kelb-namir, la última mujer de la raza maldita! ¿Qué quieres de mí?

--¡Betsabé! murmuró con acento breve la sultana.

--¡Oh! ¡Sí, Betsabé! Tu historia está unida á su historia; tu destino está en sus manos; siento la muerte junto á mí y mis ojos leen en la inmensidad.

Volvió á dominar por un momento el silencio. Absalon se dejó caer de nuevo en el divan, y su voz tornó á resonar como antes en un canto lúgubre y monótono.

--Hace treinta años, dijo, era el principio de una hermosa noche de verano; la luna brillaba lanzando sobre Cairvan su diáfana luz, desde un cielo sin nubes; pero aquella noche tan serena, era para mí noche de sombras y de dolor; con la luz del dia, se habia apagado la luz de los ojos de mi esposa, de mi buena y noble Raquel; los ángeles habian llevado su espíritu al seno de Dios, y yo, triste y sin ventura, lloraba junto á su cadáver.

Sólo me acompañaban el silencio y el dolor, cuando oí una voz que me llamaba; era la voz de mi hermano; dudé, y escuché; la voz volvió á pronunciar mi nombre; aquella voz partia del terrado, y á pesar de mi terror, subí.

--¡Hermano mio! dijo Djeouar, hace mucho tiempo que no nos vemos; desde entonces un espíritu de maldicion ha volado junto á nosotros; yo he vendido mi alma á Eblis; tú has renegado de Dios; él tenga piedad de nosotros.

--¿Qué quieres de mí? le pregunté.

Djeouar me asió de la túnica y me llevó hasta la cunita de cedro. Tú, Wahdah, hermosa ya, dormias en ella.

--Cuando trascurran doce años, me dijo Djeouar, yo habré muerto, y esta niña, mujer ya, será tu esclava. Entonces la darás este amuleto.

Djeouar se inclinó sobre la cuna, y sacó de entre sus ropas una tablita de ébano cubierta de caractéres rojos, y un punzon de oro, que me entregó.

--Este amuleto la protejerá, hará inmarchitable su hermosura, y por él llegará á ser la esposa de un rey. Guárdalo, y cuando el destino te arroje junto á ella, cuando haya muerto yo, se lo entregarás.

Yo guardé el amuleto. Djeouar continuó, señalándome á Betsabé, que dormia aún.

--Hé aquí un sér condenado, me dijo: un sér sujeto al poder de un encanto, y que es necesario permanezca así hasta que el rey que ha de ser esposo de Wahdah, levante la torre sobre el abismo. ¡Ay de nosotros y ay de ellos, si el encanto de esta mujer se rompe!

--¿Y qué he de hacer?

--Que ojo humano no la vea, ni mancebos alcancen su hermosura, ni tu corazon se conmueva con sus lágrimas. Toma, añadió arrojando sobre mi túnica la mitad del oro que contenia una bolsa de cuero; eres pobre y no tienes con qué dar sepultura á tu esposa.

Djeouar arrastró fuera de la alfombra mágica á Betsabé, puso la cadena de oro que le aprisionaba en mis manos, y elevándose con la alfombra, atravesó los aires y fué á posarse en la selva cercana á Cairvan, donde hace diez y siete años ibas tú, hermosa y pura, los ardientes dias de estío, sobre las espaldas de tu caballo salvaje.

Allí dejó á tu padre entre la espesura, á tí junto á él, y envolviéndose en el alquicel mágico, tornó con tu madre á Cairvan, compró una casa, y se hizo cazador y mercader de pieles de fieras.

Entonces nos veíamos todos los dias, y me contó su historia, la de Noemi, la de Betsabé: yo me habia dedicado al comercio de joyas, y entrambos nos habiamos enriquecido.

Pero él estaba siempre entregado á una desesperacion sombría; amaba á Noemi, pero un poder superior le apartaba de ella; de ella, cuya vida se extinguia lentamente como la del árbol herido por el hacha. Sufria y callaba; ni una sola queja salió de sus labios durante doce años; ni una sola vez la infeliz preguntó por su hija ni por su esposo, á pesar de amarlos con toda su alma.

Llegó un dia en que no pudo dejar el lecho; la palidez de la muerte habia cubierto su frente, y se habian amortiguado sus ojos, alrededor de los cuales el sufrimiento habia señalado un círculo cárdeno. Entonces me llamó, hízome sentar junto á su lecho, y me nombró por la primera vez á su esposo y á su hija.

Yo no me atreví á negarme á este último y santo deseo de tu madre; todo se lo revelé. Tu padre al despertar del letargo, en la selva de Cairvan, se encontró solo contigo: creyóse aún en Dembea y llamó á sus esclavos; sólo contestó á su voz el grito del chacal hambriento; al fin comprendió que estaba léjos de los suyos, en una tierra extranjera abandonado á su destino. El odio con que te habia mirado por tu extraña semejanza con Djeouar, acreció con su desesperacion. El pensamiento de exterminarte surgió de su alma; pero no pudo dominar la repugnancia que le inspiraba tan horrible crímen. Te tomó en sus brazos, y resuelto á separarte de sí, se dirigió al castillo, y se presentó al anciano y justo walí de Cairvan.

--Esta muchacha, le dijo, es mi hija, y promete ser muy hermosa. ¿Cuánto me darás por ella?

--¿Qué quieres? respondió el walí.

--Dame un caballo.

El caballo fué entregado á Aben-Sal-Chem, que partió aquel mismo dia en direccion á Tunez, y desesperado murió en batalla, sirviendo á la tribu de los Zeyanes contra los Almohades, el primer dia de la luna de Dilhagia del año seiscientos cuarenta de la Egira[33].

[33] 1242 de Jesucristo.

Esta funesta nueva acabó de postrar á tu madre, que murió entre mis brazos. Lo demás lo sabes; un dia encontraste á Djeouar en el bosque perseguido por una pantera, y le amaste porque así estaba escrito. Tu amor le mató y te hizo mi esclava; tu destino te llevó junto al rey Aben-Al-Hhamar, y eres sultana.

Pero entre tí y el rey se ha levantado Betsabé; Betsabé, que es la muerte; Betsabé, que es la condenacion.

--¡Oh! no, no será, exclamó Wahdah, mirando con ansiedad al judío.

--Lo que está escrito se cumplirá, murmuró Absalon, cuya voz era cada vez más débil. Si la hada condenada fascina al rey, la torre no se levantará, y tú y los tuyos caereis bajo el poder de Eblis.

--¡No será! repitió Wahdah, porque yo diré al rey la historia de esa mujer.

--Has perdido tu talisman, murmuró con acento casi imperceptible el judío; el fuego lo ha devorado, y has perdido con él el amor de Al-Hhamar.

--¿Y no hay esperanza? gritó desesperada la sultana, asiéndose de la hopalanda del judío.

--Sí, murmuró este trabajosamente, ve á la Colina Roja, baja á la sima; en ella vela el espíritu de Djeouar.

Absalon enmudeció, su cabeza cayó sobre el divan y sus ojos mates rodaron en sus órbitas. Wahdah le contempló con terror. El judío era un cadáver.

XI.

En medio del silencio que siguió á este espantoso suceso, se levantó al léjos una voz sonora, aquella voz decia:

--¡Creyentes, venid á la oracion! acercaos al Dios santo, al Dios fuerte, al Dios justo; ¡venid á la oracion!

Era el muecin de la mezquita cercana, que llamaba á los fieles desde el alminar á la oracion de adohar.

Y tras aquel clamor solitario y piadoso, se alzó otro clamor, inmenso, terrible, que partia del coso de la fiesta; oyéronse gritos, choques de armas, y sonidos de clarines y atabales; era un estruendo de batalla, pero de una batalla encarnizada á muerte.

Muy pronto aquel estruendo se extendió; abriéronse puertas y ajimeces, y desde el del retrete de la casa de Absalon vió la sultana á los guardas del palacio y del castillo de Hinznarroman, correr desnudando sus espadas en direccion á Bib-Rambla.

Y el estruendo crecia; la lucha se prolongaba; algunas saetas perdidas pasaban silbando por cima del ajimez donde está Wahdah temblorosa.

Era un contraste terrible; fuera, la muerte, ruidosa, armada, imponente; dentro, silenciosa, fria, macilenta; allá el combate; en el retrete el cadáver del judío.

Aquel retrete tan rico, tan sonoro, tan alegre antes, con sus pebeteros de oro, el canto de sus pájaros y la ténue luz de sus lámparas; aquel divan embellecido con la hermosura de Betsabé, se habian tornado en un sepulcro sombrío y en un lecho mortuorio.

Volaba allí un espíritu maldito; faltaba aire y vida: aquellas paredes mataban.

Wahdah tomó de nuevo la lámpara de oro que aún ardia, se lanzó al pasaje subterráneo, llegó á su retrete en el alcázar, abrió la puerta que algunas horas antes habia cerrado, y llamó colérica á su servidumbre.

--¡Mi palafren, mi arco y mi azagaya! gritó al ver el primer esclavo que se acercaba.

La voluntad de la sultana fué instantáneamente satisfecha: ciñóse la cabeza con un bonete de acero, cabalgó de un salto en un valiente caballo negro, se hizo seguir por el escaso número de ginetes que habian quedado guardando la _Casa del Gallo_, y gritó:

--¡A Bib-Rambla!

La cabalgata partió; Wahdah aguijó su caballo, se deslizó á lo largo de las murallas del castillo, atravesó á rienda suelta algunas calles y se lanzó en el Zacatin.

XII.

Hermosa estaba en su furor Wahdah, como el sol, á través de las nubes de una tormenta de estío; era la misma mujer que en otro tiempo en los bosques de Cairvan, habia muerto á la pantera, que sin ella hubiera devorado al hombre de su primer amor; era la amante que corria al lado de Al-Hhamar, su amado para poner su pecho ante él, era la valiente africana de sangre ardiente y corazon varonil.

Muy pronto se encontró envuelta entre los Zenetes que se defendian en un ángulo del coso contra los parciales de los rebeldes walíes.

La plaza ofrecia un espectáculo imponente; cuando al llegar la hora de adohar, las gentes de los walíes, que obedeciendo las órdenes trasmitidas á ellos por Maksan, habian penetrado en la ciudad forzando las puertas de Bib-Lachar, Bib-ataubin y Bib-Al-bolut, entraron en la plaza forzando las guardias de las puertas, las damas huyeron de los estrados y las galerías, y los hombres se lanzaron al coso á rechazar aquella gente advenediza, que gritaba revolviendo sus caballos:

--¡Muerte á Al-Hhamar y al príncipe Mohamet!

Entonces, cuando el combate se hacia forzoso, cuando todos los buenos muslimes se habian agrupado en torno de Al-Hhamar, que cabalgaba tras de su bandera como en un dia de batalla, se vió con extrañeza que el caballero del verde atavío, declarado vencedor en los toros, las sortijas, las cañas, y las justas de las fiestas; que aquel paladin tan bizarro, que habia arrancado de la silla á los botes de su lanza á los caballeros de más pujanza del reino, permaneciese impasible presenciando un combate, sobre el estrado real á las plantas de Betsabé.

Además, ésta, acompañada de las otras tres princesas extranjeras, y rodeada de las comitivas ostentosas con que se habian presentado en las fiestas, permanecia impasible en un campo de sangre en que volaba más de un venablo, y en que más de una lanza, arrojada por un brazo membrudo, habia venido á clavarse rechinando en la gradería sobre que posaba su pié.

Ni habia en ella piedad ni terror; sus ojos brilladores, fijos y sombríos, lanzaban una mirada intensa, contínua, fatídica, en Al-Hhamar, siguiéndole do quiera se encontraba, ora al frente de los suyos; ora con la espada en alto, revolviendo su corcel entre sus enemigos.

Nunca habia estado menos feliz Al-Hhamar; lidiaba al frente de los mismos con quienes habia vencido batallas en campo abierto, y sin embargo aquel dia no adelantaba tan sólo el trecho de una pica; sentíase, sí, empujar, arrastrar, perder terreno; caian á centenares los suyos; su hijo Mohamet habia perdido el caballo, y su valiente pendon, arrancado cien veces por manos leales de manos moribundas, cejaba como impelido por un poder superior. Crecia el tumulto; sobre el estruendo de las armas surgia el grito de los combatientes, y al par que unos clamaban _¡muerte á Al-Hhamar!_ oíase atronador como el rugido de un leon furioso, el grito de guerra de los soldados del rey: _¡Al-Hhamar le galib!_

Y entonces, cuando la lucha se acercaba á su término, cuando Al-Hhamar y los suyos habian sido rechazados hasta el estrado real, cuando Betsabé mostraba en sus ojos la alegría del triunfo; fué cuando Wahdah precipitó su caballo en la plaza, y envuelta con los Zenetes, lanzó una mirada á Betsabé, vió á sus piés al caballero de lo verde, dió un grito y tendió á él los brazos suplicantes; porque desde la aparicion de aquel caballero en las fiestas habia creido reconocer en él á su hijo: porque su corazon le arrastraba con una fuerza misteriosa al valiente incógnito.

--¡A mí! ¡á mí! príncipe Juzef Abd'allah, gritó Wahdah tendiendo hácia él los brazos; ¡mata, hiende, atropella! ¡A mí, príncipe Juzef!

El caballero de lo verde no podia oir entre el estruendo los gritos de Wahdah, pero comprendió su ademan y se lanzó en el coso.

El semblante de Betsabé se nubló; el caballero habia saltado en un caballo que halló sin dueño, y se batia como un leopardo, pretendiendo abrirse paso hasta Wahdah; pero sus esfuerzos eran inútiles; acosábanle las gentes de los walíes, su lanza habia saltado en astillas y su espada obedecia mal á su cansado brazo; no era el mismo caballero vencedor poco antes de tamañas pruebas; era un sér débil; hubiérasele podido creer una mujer cubierta con un arnés de guerra.

Betsabé le observaba con ansiedad; le vió próximo á sucumbir y palideció; entonces sus labios se agitaron murmurando palabras misteriosas, y brilló en sus manos el anillo mágico. El caballero de lo verde se trasformó; irguióse, aplicó los acicates á su caballo, y embistió espada en alto á los que le acosaban; ni el vendabal que abate los cedros, ni el torrente que desquicia las rocas, ni el rayo que desploma las torres, hubieran sido bastantes á igualar la rapidez con que el desconocido hirió, derribó y dió muerte á los mismos entre los cuales un momento antes estaba próximo á sucumbir. Betsabé temblaba de furor, Al-Hhamar ganaba terreno, el desconocido estaba en fin en los brazos de Wahdah, que le arrancó la visera.

Era el príncipe Juzef A'bd-allah.

Los walíes habian sido vencidos; y aquellos de los suyos que no pudieron salvarse, fuéron exterminados por los leales servidores de Al-Hhamar.

Sangre, cadáveres, arneses y armas rotas; hé aquí lo que quedaba de la hazaña de los walíes; el rey habia vuelto á subir al estrado, y abrazaba estrechamente al príncipe Juzef, á quien en aquel aciago dia era deudor de la vida y la corona.

--¡Ah, mi valiente leoncillo! decia el rey fijando una mirada llena de orgullo en su hijo; ¿qué quieres de cuanto en mi reino hay, ó de cuanto poseen los nazarenos y los de luengas tierras?

Juzef A'bd-allah no queria más que el amor de Betsabé, y la mostró á su padre.

--En buen hora, contestó el rey. ¿Quiere la garza de la India, añadió dirigiéndose á Betsabé, dar su amor al alcon de Occidente?

Betsabé sonrió graciosamente al rey, y se arrojó en los brazos del príncipe. Wahdah pretendió interponerse, pero la detuvo el rey y la dijo con acento severo.

--¡Sultana! ¡Tus esclavas te esperan! ¡Tu alhamí está solitario! ¡Ve, y aguarda en él al señor!

Wahdah, herida en el corazon, bajó la gradería, saltó en el caballo, y seguida de algunos guardias, llegó á la _Casa del Gallo_.

Poco tiempo despues, Al-Hhamar, los príncipes Mohamet y Juzef, Betsabé y sus tres hermanas, seguidos de una comitiva cuyas galas iban cubiertas de polvo y sangre, entraron en el alcázar.

Aquella noche hubo zambra, y Betsabé fué esposa del príncipe Juzef A'bd-allah.

V.

La segunda vision de Al-Hhamar.

I.

Por segunda vez, profundas sombras pasaron ante la vista del rey Al-Hhamar; su corazon no se habia estremecido al contemplar aquellos terribles prodigios, y sereno, valiente siempre, deseó saber hasta el fin su destino; el genio del porvenir tocó con su vara mágica el negro humo, y apareció otra vision.

Era la boca de una sima profunda; la luna iluminaba los bordes erizados de maleza, y horribles aves nocturnas revolaban sobre ella: á través de su negra grieta, surgia un ruido contínuo, sordo, pujante, semejante á veces á la carrera de un caballo, otras al rodar de un trueno lejano, ó al estruendo de una roca que desquiciada por el rayo, rueda por la vertiente de una montaña.

Más allá se dejaba notar otro rumor ténue, lejano, perdido, semejante al zumbido de una colmena; era el hálito que se desprendia de Granada; la union del ruido de sus zambras, de sus cantares, de sus riñas por amor, y del grito de alerta de sus atalayas.

Hacia mucho tiempo que los muezzines habian llamado á los fieles á la oracion de alajá: era ya muy entrada la noche, y ni en torno, ni léjos de la sima, en cuanto podia abarcar la vista, se veia ni un sér, ni una bestia, ni un ave, más que las nocturnas que volaban sobre el abismo oscuro y rugiente.

Era aquella la parte oriental de la _Colina Roja_, lugar temido, señalado como maldito por terribles consejas, y por el cual nadie se atrevia á transitar, sino en medio del dia, apresurando el paso é invocando el santo nombre de Allah.

Y á pesar de esto y de lo avanzado de la hora, apareció en la cumbre de la Colina una sombra blanca acompañada de otras que llevaban antorchas encendidas; la primera sombra tomó una de ellas, avanzó sola, llegó á los bordes de la sima, y descendió.

La bajada era una ancha espiral cortada en la roca, que se torcia pendiente y escabrosa en torno de la sima; cada vuelta terminaba en una plataforma; cada plataforma daba entrada á una gruta.

La sombra describió descendiendo siete vueltas, y se deslizó ligeramente como una gacela junto á seis grutas; en la sétima terminaba la senda; la sombra entró en ella.

La luz de la antorcha, reducida á un estrecho espacio, aumentó su brillantez; una ráfaga de viento emanado del fondo de la gruta, arrebató el velo de la sombra y dejó ver su semblante: era Wahdah.

Una segunda ráfaga, más fuerte que la primera, apagó la antorcha.

La sultana habia llegado hasta allí, dominando el terror que le inspiraba el extraño y medroso ruido emanado del fondo de la sima; ruido incomprensible, raudo, potente; entonces le oia de una manera inequívoca; le producia la carrera de un caballo sobre un pavimento sonoro; retemblaba la gruta, sentia Wahdah pasar y repasar aquella carrera debajo de sus piés.

El terror, dominado hasta entonces, se reveló inmenso, mortal: Wahdah quiso huir, invocó á Allah, y se volvió á la entrada de la gruta; pero su túnica se enredó en los espinos y la detuvo: creyóse asida por una mano invisible, y se desmayó.

Pero fuese que tornase del letargo, fuese una vision que él producia en su espíritu, abrió los ojos, y una luz más brillante que la del sol y la que pudieran lanzar todas las estrellas juntas, la deslumbró: lentamente su vista fué haciéndose superior á la influencia de aquella luz intensa, y vió, apoyada en la balaustrada de un ajimez festonado, sustentado por columnas de nácar, un magnífico aposento circular, cubierto por una cúpula estrellada y sustentado por delgadas columnas labradas con piedras preciosas; el pavimento era de una piedra de una sola pieza, roja y trasparente como el rubí y dura como el diamante; en el centro de él, dormida sobre almohadones de púrpura y rodeada por perfumeros de oro, en los que ardian la mirra y el aloe, se veia una mujer de maravillosa hermosura, envuelta en un largo sudario, blanco como su tersa y purísima frente, cuya hermosura realzaban los largos y ondulantes rizos de su negra cabellera, ceñida por una corona de siemprevivas, que por su frescura parecian recientemente cortadas de sus humildes tallos.

De aquella corona emanaba la luz diáfana y brillante que iluminaba el aposento, alrededor del cual, un segundo sér, jinete en un caballo blanco, corria á rienda suelta, pretendiendo en vano estrechar el círculo invisible y misterioso que le separaba de la mujer dormida.

Aquel hombre era un árabe de piel tostada y mirada salvaje; ceñia su frente una toca blanca; cubríale un caftan de lana, dejando desnudos sus brazos y sus piernas; un alquicel anchísimo flotaba sujeto á sus hombros, á impulsos de la veloz carrera del bruto, y en su diestra agitaba una larga y fuertísima lanza.

Cuando Wahdah, despues de haber contemplado el aposento, la mujer y el jinete, que estaban á sus piés, miró en torno suyo, vió otro hombre además, sentado en un nicho calado y abierto en el muro junto al ajimez, con las piernas cruzadas, sosteniendo sobre ellas un gran libro con forro azul, y apoyando en él sus brazos, mientras abarcaba con sus manos su cabeza hermosa, meditabunda y melancólica.

Aquel hombre posaba una mirada intensa en Wahdah, que tenia fija en él la suya, fascinada, pálida, temblorosa; quiso hablar, y las palabras espiraron en sus labios; quiso llegar hasta él, y le tendió los brazos.

--¿Qué me quiere la hija de mi hermana? dijo aquel hombre, cuya voz era lenta, dulce y grave: ¿por qué baja al infierno del árabe maldito?

--¡Djeouar! gritó haciendo un esfuerzo Wahdah.

--Sí, yo soy Djeouar, contestó aquel hombre, yo soy el que libertaste de la muerte y el que murió por tu amor. Yo soy el que ha inspirado á Absalon mi hermano, la historia de tu familia; yo soy el que te llevó hasta él y el que te ha traido aquí.

--¿Y qué haces aquí, Djeouar? preguntó con terror Wahdah.

--Escucha: aquella mujer que ves allí dormida, es una hurí. Esa hurí está encantada por ese árabe que corre en torno suyo, sin poder jamás llegar hasta ella. Mira cuál está ensangrentado el ijar del corcel; mira cuál el jinete bate sobre él el acicate. Corre, vuela como el semoum; sus herraduras no se han gastado á pesar de haber abierto sobre el pavimento un surco polvoroso; corre, vuela empujado por una mano invisible. Así, como ahora, ha corrido durante seiscientos setenta y dos años; así como ahora corre, correrá eternamente, porque ese hombre está condenado.

Yo he sido lanzado por el Señor fuerte, por el que llena la inmensidad de los cielos y da lumbre á las estrellas, y aves al aire, y peces al mar, y brutos á la tierra, para esperar aquí mi salvacion ó mi condenacion. Si antes de que muera tu esposo el rey Al-Hhamar, se levanta sobre este infierno una _Torre de Siete Suelos_, tú y tu hijo y yo, serémos en presencia de Allah cuando hayan trascurrido doscientos treinta y ocho años.

--¿Y qué he de hacer?

--Busca en tu alcázar, dijo el espíritu, en el sitio en que guardabas el talisman que has perdido, y encontrarás una tela de seda azul, en la que están escritos caractéres mágicos; es la alfombra del trono del alto Salomon (¡Allah sea con él!), el más poderoso de sus talismanes, el que puede evocar á los muertos y á los espíritus; envuélvete en él y evoca á Betsabé; cuando haya aparecido, pídela la sortija que posee con el sello de Salomon.

--¿Y despues?

--Despues esperarás la llegada de la noche, y cuando la luna toque á la mitad de su carrera, subirás al alminar del alcázar, despues de haber purificado tu espíritu con la oracion; tomarás entre tus manos la sortija, y volverás el sello al Oriente. Entonces... recuerda bien lo que te voy á decir, pronunciarás estas palabras: «Genios, esclavos del anillo y del sello; en nombre del alto y poderoso Salomon á quien Allah perpetúe la gloria, edificad la Alhambra (Al Qars-Al-hhamrra, _Castillo Rojo_).» Ve antes de que Betsabé pueda apercibirse de que la alfombra mágica está en tu retrete, porque si se apoderase de ella ¡ay de nosotros! ¡ay de tu hijo!

Wahdah se separó del ajimez, salió del alhamí donde estaba abierto, á un recinto oscuro; era la gruta donde se habia desmayado. La luna encumbrada en lo alto del firmamento, iluminaba con sus pálidos rayos hasta el fondo de la sima, y Wahdah salió de ella, llegó hasta el punto de la colina donde le esperaba su comitiva, y se hizo conducir en un palanquin á la _Casa del Gallo_. Cuando entró en su retrete, alejó á sus esclavas, cerró la puerta, y se dirigió al alhamí abierto en el muro, levantó el mármol de su pavimento, bajo el cual en otra ocasion habia encontrado un talisman, y pálida de impaciencia, cuidadosa, arrojó una mirada en la cavidad; en ella habia un pequeño cofre de sándalo. Sacóle, le abrió y dió un grito de insensata alegría. Dentro de él, cuidadosamente plegada, estaba la alfombra del trono de Salomon.

II.