Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe

Part 12

Chapter 124,072 wordsPublic domain

Eran los esclavos de este que le buscaban; el valiente cazador llevó la bocina á sus labios, la hizo sonar tres veces, y sus gentes vinieron á él.

Entre tanto el emir bajó á la plataforma; la leona habia caido sobre el árabe, que aún permanecia sin sentido: el emir le puso la mano sobre el corazon; aún latia; la hora suprema no habia llegado aún para Aben-Sal-Chem.

--¡Loado sea Dios! exclamó el emir, á tiempo que cuatro de los suyos ponian á sus piés cuatro leoncillos que habian encontrado en el antro: ¡loado sea Dios! no sólo adquiero cuatro animales de la mejor raza para mi leonera, sino que he encontrado un valiente cazador de leones.

Poco despues aquella tropa, siguiendo á su señor, entraba al galope de sus caballos en Dembea, y algo más tarde Aben-Sal-Chem, conducido en un palanquin, tornaba en sí en un lecho junto al cual estaba sentado el emir.

El árabe debia su vida á Abu-Djeouar, y sin embargo, aún despues de haber tornado á sus fuerzas, no expresó su agradecimiento á su bienhechor, que le honró con las mayores distinciones, y le hizo jefe de sus cazadores.

V.

Atribuyó el noble emir á causas extrañas la taciturnidad y el desabrimiento del árabe; jamás este tocó manjar alguno en el alcázar, ni durmió bajo su techo, ni acudió á él sino cuando el emir le llamaba para ordenarle le siguiese á la caza.

Entonces perseguia con ardor al leon ó la pantera, corria todo un dia como un perro por los breñales, delante del caballo del emir, y terminada la cacería, iba á ocultarse en la misma cabaña donde estamos; en el otro extremo habia un pequeño y rústico mirab, y en él, abstraido del trato del mundo, vivia un anciano morabhita.

El mirab ha desaparecido, y sólo queda la cabaña arruinada.

Un dia el emir llamó á su cazador, este se presentó, como siempre, ceñudo, taciturno, bravío.

--Quiero dar un espectáculo de caza á mis mujeres, le dijo el emir; mañana al amanecer estarás con mis cazadores en la parte oriental del lago. Haré que conduzcan allí dos de los leones más feroces que tengo, y espero que Dios nos dará un buen dia.

El árabe se inclinó segun costumbre, y partió; pero en vez de encaminarse á su albergue, se dirigió por la márgen izquierda del Bahr-el-Azrak, hasta llegar á un pequeño aduar plantado en torno de una palmera en la confluencia de aquel rio con el Nilo.

Algunos caballos pacian junto á las tiendas, y algunos feroces árabes se ocupaban en afilar las puntas de sus lanzas como preparándose á una expedicion.

Aben-Sal-Chem pasó entre ellos sin dirigirles ni una palabra, ni un ademan amistoso, y entró en una tienda colocada en el centro del aduar.

En ella, tendido sobre una estera de palma, estaba Muza Kelb-namir; su edad llegaria á treinta años; su semblante era feroz; junto á él estaban sus armas, y más allá los arneses de sus caballos; su meditacion era profunda y no reparó en Aben-Sal-Chem.

--Héme aquí, dijo el árabe. Ha llegado el dia. Mañana al amanecer cabalga con los tuyos en direccion á las montañas por la parte oriental del lago Dembea.

--Al amanecer cabalgaré.

--Y tiempo es, añadió el árabe, de que yo reciba mi recompensa.

--¿Y qué quieres?

--Escucha, soy hijo de un pescador; mi vida ha pasado triste y afanosa entre el trabajo y la servidumbre; á los doce años arrojé las redes y el remo, y empuñé este yatagan; te he servido en la guerra y en la caza, y quiero, si recobras tu poder, que eleves contigo al hombre á quien lo debes. Quiero riquezas, mujeres y esclavos; quiero pasar por el hijo de tu hermano; quiero ser poderoso.

--Lo serás.

--No basta eso; es preciso que delante de tus árabes me beses en la mejilla, y me declares tu pariente; el triunfo embriaga, y despues de él podrias ser olvidadizo.

Kelb-namir se levantó, tocó una bocina, á cuyo sonido se agruparon en torno de la tienda más de cien árabes.

--¡Creyentes! les dijo Kelb-namir; Aben-Sal-Chem, este que veis á mi diestra, es hijo de mi hermano; yo le adopto por hijo, y quiero que por tal le tengais.

Un murmullo de asentimiento fué la contestacion de los árabes.

--Jurad que reconocereis en mí, dijo Aben-Sal-Chem, al heredero de Kelb-namir, que muerto él le elevareis á su dignidad.

Los árabes guardaron un silencio estúpido.

--Juradlo, exclamó con imperio Kelb-namir.

Los árabes juraron por el profeta; y como Kelb-namir y Aben-Sal-Chem se retirasen al interior de la tienda, se dispersaron y tornaron en silencio á aguzar sus lanzas y á afilar sus yataganes.

Aben-Sal-Chem salió de la tienda y se perdió á lo largo de la márgen del rio. Una hora más tarde, diez árabes partian á toda la carrera de sus veloces caballos en distintas direcciones.

Al amanecer del dia siguiente el aduar se habia aumentado de una manera prodijiosa; las tiendas llenaban la llanura; los árabes enjaezaban sus caballos, y Kelb-namir recorria en todas direcciones el campamento, y ordenaba su hueste, cuyo número ascendia á diez mil hombres.

VI.

Cuando el sol se levantó en el horizonte, aquella tropa cabalgaba corriente arriba, por la márgen izquierda del Bahr-el-Azrak. A la hora de adohar dieron vista al lago Dembea, y escucharon el son de las bocinas de caza, y el rugido de los leones acosados por los árabes y por los perros. Kelb-namir se adelantó solo á través de las quebraduras, y desembocó en un extenso valle. Su vista de águila vió al fondo de él una tienda colocada sobre una roca, y en ella una mujer rodeada de esclavas.

Era Sayaradur.

Una tropa de esclavos etíopes defendia las avenidas, y más abajo, en el fondo del valle, el emir Abu-Djeouar seguido de Aben-Sal-Chem y sus cazadores, acababa de rendir á un formidable leon.

El rostro de Kelb-namir se nubló con una expresion de odio; contempló al emir un momento, y murmuró con voz lúgubre:

--Ha terminado tu cacería, emir; pero la mia empieza ahora.

Y acercó á sus labios la bocina, que lanzó por tres veces su vibrante sonido en las concavidades de las rocas.

Por la garganta donde estaba Kelb-namir, se lanzaron tras él sobre el valle los diez mil árabes, agitando sus alquiceles y blandiendo sus lanzas.

En el primer momento, el emir creyó amiga aquella tropa, que bajaba con la rapidez y el ruido de un torrente por la falda de la montaña; pero cuando vió la bandera roja de su enemigo, cuando le reconoció cabalgando al frente de los suyos, lanzó un rugido semejante á los del leon que habia vencido, y llamó junto á sí al escaso número de cazadores que le acompañaban.

Pero estos estaban sobornados por Aben-Sal-Chem, y le rodearon pretendiendo desarmarle.

El emir sólo contaba veinte años; era fuerte y valiente como un tigre, y los primeros que se acercaron á él cayeron bajo los golpes de su espada.

--¡Ah! ¡eres tú tambien, traidor! exclamó viendo á Aben-Sal-Chem que le acometia.

--Mientes, gritó el árabe, yo no soy traidor; nunca he dormido bajo tu techo por mi voluntad, ni he tocado tu mano, ni he comido tu pan ni tu sal.

Entonces llegaba Kelb-namir, seguido en tropel por su hueste; el polvo producido por los caballos oscurecia el ambiente: los gritos se levantaban en un zumbido inmenso y rugiente como el semoum; Abu-Djeouar se vió perdido, tornó su caballo á la roca donde estaba Sayaradur, y se abrió paso á cuchilladas entre los cazadores que le rodeaban.

Los esclavos etíopes se habian puesto en salvo con Sayaradur, los hijos del emir y las mujeres de su harem. El caballo de Abu-Djeouar, estimulado con los gritos de la gente de Kelb-namir, corria con una velocidad increible; salvó las gargantas, atravesó los valles, llegó á las márgenes del lago, y alcanzó á los etíopes que habian huido antes que el emir.

Este puso sobre la grupa de su caballo á Sayaradur, tomó en sus brazos á sus hijos, y siguió corriendo, en tanto que en las revueltas de la montaña aparecia ya Kelb-namir aguijando á su caballo que corria á rienda suelta, seguido por Aben-Sal-Chem y los diez mil árabes.

Los esclavos etíopes quisieron proteger la huida de su señor, y se lanzaron con las lanzas tendidas y las adargas al pecho sobre los árabes, que aún no habian avanzado de la garganta de la montaña.

Aquel espectáculo era horrible. En el centro del valle las esclavas del harem, abandonadas por los etíopes, huian á ocultarse en la selva vecina, lanzando agudos gritos; por la parte oriental del lago se veia corriendo sin rienda un valiente caballo negro, cubierto el cuerpo de espumoso sudor, y los ijares de sangre. Sobre él llevaba sus dos hijos el emir, rugiente y sombrío, á cuya cintura se asia Sayaradur, desmelenada, pálida, fijando una mirada colérica en la parte occidental, donde con el valor de la desesperacion se batian los leales etíopes con las gentes de Kelb-namir; y sobre todo esto un sol abrasador, una atmósfera inflamada, y en ella una banda de buitres, cerniéndose sobre el combate, llamados por el olor de la sangre que ya regaba el suelo.

Pero de en medio de los que lidiaban se adelantó un jinete, seguido por algunos más, y atravesó el valle á toda carrera: el caballo del emir habia caido muerto de fatiga, y él con sus hijos y Sayaradur habia entrado en el terreno que rodea el vallado que guarda esta cabaña; imposible era pasar adelante; por una parte estaba el lago, por otra la cortadura de la montaña, y la que restaba era el camino del valle por donde avanzaba Aben-Sal-Chem.

El mirab estaba cerrado; el emir llamó á su puerta, y nadie contestó; entonces entró en la cabaña sin sospechar que aquel era el asilo del hombre que le habia vendido á su enemigo.

Desde allí vió á Dembea; en las almenas se veian algunas atalayas mirando al lugar del combate; sus huestes salian de la ciudad en su socorro, y tornó su valor con su esperanza. Una hora bastaba á su ejército para llegar á él; un momento á Aben-Sal-Chem para dar cima á su traicion.

Un grito feroz del emir indicó á Sayaradur que la lucha tocaba á su término; el emir se batia cuerpo á cuerpo con Aben-Sal-Chem y los árabes que le habian seguido; rota su espada, herido y fatigado, se retiró á la cabaña, siempre dando frente á los asesinos; Aben-Sal-Chem fué el primero que entró.

Sayaradur se colocó entre él y el emir; los dos niños lloraban sin comprender nada de lo que sucedia.

--Eres un cobarde: dijo Aben-Sal-Chem á Abu-Djeouar; has huido.

--He huido por ellos, contestó con dignidad el emir, señalando á su esposa y á sus hijos; y se lanzó sobre el árabe traidor, á tiempo que una saeta disparada por los que entraban arrojó por tierra sin vida al valiente emir.

VII.

Djeouar se detuvo para observar la impresion que producia en Noemi el relato de aquella historia: estaba pálida, aterrada; sus ojos arrojaban una mirada medrosa en los del juglar, dos lágrimas surcaban sus blancas mejillas.

Djeouar continuó:

--Sayaradur habia caido sin sentido, al ver correr la sangre del emir, y cuando tornó en sí se encontró en el alcázar de Dembea sobre su mismo lecho, y creyó que todo lo que habia visto era un sueño horroroso. Pero pronto la realidad se presentó ante ella. Kelb-namir entró y con él Aben-Sal-Chem. Su esposo habia muerto; sus hijos habian sido abandonados, y sus enemigos se habian apoderado de Dembea. Sayaradur tornaba á ser esclava.

--¿Y mi padre?... preguntó Noemi.

--¡Tu padre!... murmuró con espanto Djeouar.

--El emir... ¿qué fué del emir? repuso Noemi.

--Hace treinta años que murió Abu-Djeouar, contestó con acento solemne el juglar, y tú sólo cuentas doce.

--¡Oh! es verdad, exclamó Noemi; el emir no pudo ser mi padre; á no ser que...

Una idea supersticiosa cruzó por la mente de la niña. Djeouar leyó en su pensamiento.

--No, la dijo; el mismo dia en que el valle y la cabaña se habian teñido de sangre, el morabhita que habitaba el mirab, volvió de la montaña, donde habia ido á buscar sus frugales provisiones; vió la tierra cubierta de cadáveres, mientras que algunos buitres volaban hácia la cabaña y el mirab; llegó á la primera y encontró en ella el cadáver del emir y sus hijos, el uno de dos años y el otro de uno, que lloraban desamparados; sepultó el cadáver; tomó los niños, los entregó á una nodriza á quien contó su historia para que se la refiriese más adelante, y se tornó á su mirab... Tu padre, Noemi... es Muza Kelb-namir.

--¡El asesino del esposo de mi madre!

--Sí; pero tu madre no fué culpable. Año tras año pasaron diez y ocho, sin que un solo dia Kelb-namir dejase de arrastrar su amor á las plantas de Sayaradur; diez y ocho años dia por dia, la encontró inexorable y más hermosa, y á medida que pasaban añadian más fuerza al fuego del amor del árabe, más y más odio al corazon de la esclava.

Una noche Kelb-namir velaba y se entregaba á toda la desesperacion hija de su amor insensato. Terribles pensamientos le dominaban, la rabia devoraba su corazon.

La lámpara se habia apagado; por los abiertos ajimeces penetraba frio y ruidoso el viento de la tempestad; Kelb-namir se revolvia sobre la piel de tigre de su lecho.

En medio de su insomnio creyó oir el ruido de un vuelo pausado á poca distancia de su cabeza; el vuelo se cruzaba en todas direcciones; pasaba, volvia á pasar, se perdia y se agitaba por intervalos cada vez más cercano. Al fin sintió unas alas sutiles y frias que azotaban su rostro, y oyó una voz dulcísima que murmuró en su oído:

--Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.

Kelb-namir saltó del lecho despavorido al escuchar aquella voz sobrenatural, y se lanzó al ajimez á respirar el aire de la tormenta. La noche estaba oscurísima; por delante de sus ojos veia pasar en aquel cielo encapotado, cuatro sombras informes que se cernian en los aires, y pasaban y volvian á pasar, y se alejaban y tornaban á acercarse.

Eran cuatro murciélagos enormes; cuatro vampiros.

Y allí tambien, perdida en la oscuridad, arrastrada entre las ráfagas de la tormenta, tornó á resonar la voz misteriosa; otra vez oyó Kelb-namir las incitantes y terribles palabras:

--Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.

--¡Luces! ¡luces! gritó Kelb-namir, retrocediendo helado de espanto hasta el centro de su retrete.

Y despertó á sus esclavos, y llamó á sus guardas, que llegaron en tropel junto á Kelb-namir, con las picas en ristre, cual si los enemigos hubiesen penetrado en Dembea.

Kelb-namir recorrió su retrete, su alhamí, su alcázar, desde los alminares hasta los jardines. Las puertas estaban cerradas y los atalayas despiertos; ninguno habia visto la mujer que buscaba su señor.

Tal vez habia sido el sueño apenador de una tormentosa noche de estío.

Kelb-namir alejó á sus guardas y á sus esclavos, volvió á su retrete, cerró las puertas y los ajimeces, y calenturiento, desvelado, buscó el libro de sus poemas, se acercó á la lámpara y leyó.

Pero en vano quiso alejar de sí aquella medrosa vision; en lo más alto de la cúpula resonó de nuevo el vuelo de los vampiros que descendieron en una larga espiral, batieron las alas en derredor de la lámpara hasta apagarla, y otra vez dijo en el oído de Kelb-namir, la voz lánguida é incitante:

--Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.

No era sueño, era una realidad aterradora; los espíritus invisibles volaban en torno de Kelb-namir, á quien lo intenso de su terror dió fuerzas.

--¿Quién eres tú, dijo, que entre las tinieblas llegas á incitarme? ¡Espíritu ó materia, arcángel ó demonio, déjate ver ante mí!

Apenas pronunciada aquella imprecacion, una luz cárdena inundó el retrete; en el centro de él se alzó una sombra confusa, que tomó formas, y dejó ver á Kelb-namir una mujer.

Pero una mujer hermosa, como no es posible hallar otra sobre la tierra. Envuelta en una ancha y flotante túnica de finísimo lino, majestuosa y severa, con sus largos y brillantes cabellos, sus ojos de mirada límpida y penetrante, y su esbelto talle, fascinó á Kelb-namir con el mágico y poderoso prestigio que la rodeaba. Tres vampiros giraban rápidamente en torno de su cabeza describiendo una negra y fatídica aureola, y un perfume suavísimo, emanado de aquel extraño conjunto, llenaba el retrete, y enlanguidecia los sentidos de Kelb-namir, que cayó de rodillas, y unió su rostro al pavimento.

--Levántate, muslim, dijo la vision con una voz sonora, semejante á la que habia resonado tres veces en los oídos del árabe; levántate y escucha:

Kelb-namir se levantó.

--Yo soy Betsabé, la hada de los amores impuros, añadió con un acento dulce é incitante la aparicion. Yo soy la que, encerrada en la forma de un vampiro, halago el sueño de los amores insensatos, y protejo á los que arden en su fuego. Yo soy poderosa: ¿qué quieres de mí?

Kelb-namir tembló.

--Yo soy muy hermosa, prosiguió el hada, te amo y te daré el amor de Sayaradur, si me das tu eternidad.

Era la cuarta vez que el árabe oia esta terrible propuesta; su corazon se abrasaba, su sangre corria con rapidez, todo su sér sufria la influencia de aquel medroso prodigio; y, á pesar de todo, sus ojos devoraban la radiante hermosura de la hada, y tras ella veia á Sayaradur, hermosa tambien con todo el prestigio de un amor combatido durante diez y ocho años; su espíritu se nubló, envolviéronle visiones tentadoras, la hada se acercaba lentamente; su hermosura crecia, el perfume que emanaba de ella le embriagaba. Al fin los brazos de la mujer aparecida rodearon el cuello de Kelb-namir, y su boca se clavó en su boca quemándola en un largo y ardiente beso.

--Una noche con Sayaradur, y tu eternidad conmigo, tornó á decir la voz dulcísima en el oído del árabe.

--Sí, murmuró este, cayendo fascinado sobre el seno de la hada.

Era aquello un letargo tranquilo, rico de sensaciones, profundo como la muerte. Aquella mujer extraña estrechó con su brazo siniestro el cuerpo inerte de Kelb-namir, y sacando de entre sus ropas un agudo puñal de oro, le hirió en el cuello, aplicó sus labios á la herida, y devoró la sangre del árabe. El pacto estaba terminado, y Kelb-namir despertó.

Era otro hombre, sentíase con una actividad y una fuerza extremas; su inteligencia se habia desarrollado maravillosamente; su amor á Sayaradur habia crecido; su alma se quemaba en él.

--Una noche con Sayaradur, murmuró, volviéndose á la hada.

Esta le asió de una mano y le condujo hasta la puerta del retrete de la esclava, levantó el tapiz, y lanzó dentro á Kelb-namir que adelantó lentamente.

Sayaradur dormia y soñaba; creia ver á su esposo como veinte años antes el dia que habia entrado triunfante en Dembea; sentia sobre sus frescas mejillas coloradas por el rubor, el roce ardiente de los labios del emir; sentia sus manos apoyándose en sus hombros desnudos, y despertó; sus ojos se abrieron; no soñaba, y sin embargo tenia ante sí el semblante de su esposo; sus manos se apoyaban en sus hombros, su boca, trémula de amor, se posaba en su boca.

No era un sueño, no. Sayaradur estaba en los brazos de su esposo; dió un grito de alegría, inclinó la cabeza sobre el pecho de aquella hermosa aparicion y se desmayó.

Entonces la hada volvió á tomar las formas de vampiro, entró en el retrete, revoloteó alrededor de la lámpara y la apagó.

Sayaradur dormia entre los brazos de Kelb-namir, á quien el poder de la hada habia revestido con las formas del emir Abu-Djeouar.

VIII.

El sol penetró al dia siguiente á través de las gasas que cubrian los ajimeces, y Sayaradur despertó sonriendo de amor y de felicidad. Pero al arrojar una mirada al hombre que juzgaba su esposo, su corazon se heló, y lanzó un grito desgarrador. Kelb-namir, vuelto á su propia figura, dormia junto á ella.

Todo su odio, toda su repugnancia, se revelaron contra el árabe, comprendió que habia sido engañada por una fascinacion mágica, y en su furor arrancó su puñal á Kelb-namir, y le hirió tres veces en el pecho. El árabe se estremeció en las convulsiones de la agonía, abrió un momento sus ojos á la luz, y los cerró para siempre, sin que de ninguna de las tres heridas manase una sola gota de sangre.

Sayaradur le contempló aterrada; comprendió que la muerte era el porvenir que la esperaba despues de haber asesinado á su señor; tuvo miedo, le cubrió con las ropas del lecho, y huyó del retrete.

Pero las puertas y los muros del alcázar estaban guardados; do quiera encontraba un etíope feroz ó un silencioso eunuco; triste y aterrada volvió á su retrete y se encerró en él.

Por un impulso involuntario de temor y de odio, levantó las ropas de su lecho; Kelb-namir habia desaparecido; ni una señal, ni un rastro quedaban del asesinato del árabe.

Oyéronse entonces en el alcázar gritos de dolor; Aben-Sal-Chem, al frente de la guardia etíope, entraba en el retrete de Kelb-namir, donde sus esclavos le habian encontrado muerto; ni una herida, ni un golpe hallaron en su cuerpo; el veneno no habia dejado tampoco en él señales de su paso.

Como heredero de Kelb-namir, Aben-Sal-Chem ocupó su lugar en Dembea. Aquella tarde, al ponerse el sol, el árabe fué sepultado junto al lago, á la sombra de una acacia, con el rostro vuelto al Oriente.

Tendió la noche su sombra en el espacio, y la tormenta se cernió sobre Dembea. Entonces, á la luz de los relámpagos, aparecieron cuatro vampiros sobre la sepultura de Kelb-namir, le sacaron de ella, y asiéndole por los extremos de la túnica, se hundieron con él en el lago.

La hada, despues de haber dado una noche de amor al árabe, le arrastraba consigo á la eternidad.

IX.

Entre tanto, Sayaradur lloraba retirada en el alcázar. Pasaron dias tras dias, y conoció con terror que era madre: la vergüenza y el dolor minaron su existencia; y á pesar del respeto con que la trataba Aben-Sal-Chem, que, satisfecha su ambicion, por la cual habia arrostrado el crímen, era justo y bueno, la desdichada murió nueve meses despues, al dar á luz una hermosa niña.

--La niña eras tú, añadió Djeouar, cortando su relacion y dirigiéndose á la jóven, que le escuchaba fascinada.

El juglar continuó:

--Aben-Sal-Chem lloró sinceramente sobre los restos de tu madre; la mandó conducir á esta cabaña, y sus restos fuéron sepultados junto á los del emir. Despues Aben-Sal-Chem te tomó en sus brazos, te besó en la frente y te llamó Noemi (_la hermosa_).

Contaba entonces treinta y tres años, y á pesar de que la fortuna le habia hecho rico, respetado y poderoso, quedaba en su corazon un lugar vacío, que sólo podia llenarse con el amor de la mujer. Habia comprado esclavas en los bazares de Oriente; las habia robado de los alcázares de sus enemigos; princesas de Arabia y de la India habian inclinado su frente orgullosa encerradas en su harem; habia alcanzado la hermosura en la mujer; pero no habia hallado la pureza, la dulzura, el amor; habia conquistado y robado esclavas, pero no habia tenido aún una amante.

Por eso, cuando te vió en sus brazos, pura, hermosa, huérfana, hija del misterio, sonrió á su porvenir. «Yo la encerraré, dijo, en mi mirab, como la prenda sagrada de mi felicidad; viviré por ella; la guardaré como una flor preciosa, que tomaré para mí cuando el cáliz de su amor se dilate; ella me amará, porque á nadie conocerá sobre la tierra más que á mí, y embellecerá el otoño de mi vida, para hacerme olvidar los remordimientos de su primavera, y los insomnios apenadores de su estío.»

Y así lo hizo como lo habia pensado: retiróse en gran manera del mundo; dejóse ver sólo para hacer justicia y gobernar á su pueblo; adquirió fama de santo, y en vez de orar á Dios en el mirab, se dedicó á tí sólo, como el avaro que emplea su vida en la alquimia, siempre pensando en el oro que ambiciona.

Tú entre tanto crecias; el Altísimo te daba con cada alborada una gracia, con cada noche un sueño de pureza. Tú lo sabes, Noemi; no conociendo á Dios, porque el impío no te habia dicho su nombre, le adorabas en el firmamento azul, en las aguas del lago, en el mugido de la tormenta y en la luz del relámpago. Sentias sin comprender, y orabas sin palabras; eras pura y santa, y no debias hacer la felicidad de un réprobo.

Hace un año, Aben-Sal-Chem te engalanó, te sacó de tu retiro y te hizo conocer su alcázar; un faki se encargó de explicarte los misterios del libro de Dios, y los mundos de la vida y de la inteligencia se abrieron ante tí.