Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)

Part 22

Chapter 224,038 wordsPublic domain

Los lacedemonios ordenaron que entre ellos y sus aliados hicieran cien galeras, y cada uno a prorrata pagase su parte del gasto; ellos veinticinco, los beocios otras tantas, los focenses, locros y corintios, treinta; y los arcadios, peleneos, sicionios, megarenses, trecenios, epidaurios y hermioneos, veinte. En lo demás hacían provisión de todas las otras cosas con intención de comenzar la guerra al empezar el verano.

Por su parte los atenienses aquel mismo invierno, como lo habían deliberado, pusieron toda diligencia en hacer y proveerse de barcos, y los particulares, que tenían materiales a propósito para ellos, los daban sin dificultad alguna. También fortificaron con muralla su puerto de Sunio para que las naves que les trajesen vituallas pudiesen ir con seguridad, y abandonaron los parapetos y fuertes que habían hecho en Laconia cuando fueron a Sicilia.

En lo restante procuraron ahorrar gasto en todo lo que les parecía, que sin ello se podían bien pasar. Pero sobre todas las cosas ponían diligencia en evitar que sus súbditos y aliados se rebelaran.

II.

Los de Quíos, de Lesbos y del Helesponto piden a los lacedemonios que les envíen una armada para resistir a los atenienses, contra los cuales querían rebelarse. -- Orden que sobre esto fue dada.

Mientras estas cosas se hacían de una parte y de otra, apresurando lo necesario, como si la guerra hubiera de comenzar al momento, los eubeos, antes que todos los otros aliados de los atenienses, enviaron mensajeros a Agis diciéndole que querían unirse a los lacedemonios.

Agis los recibió benignamente y mandó que fuesen ante él dos de los principales hombres de Lacedemonia para enviarlos a Eubea. Estos eran Alcámenes, hijo de Estenelaidas, y Melantes, los cuales fueron, llevando consigo cuatrocientos libertos o emancipados de esclavitud.

Los lesbios, que también deseaban rebelarse, enviaron igualmente a pedir a Agis gente de guarda para ponerla en su ciudad, y Agis, a persuasión de los beocios, se la otorgó, suspendiendo entretanto la empresa de Eubea y ordenando a Alcámenes, que debía ir allá, fuese a Lesbos con veinte naves; de las cuales Agis abasteció diez y los beocios otras diez.

Todo esto lo hizo Agis sin decir cosa alguna a los lacedemonios, porque tenía el poder y autoridad de enviar gente a donde él quisiese, y de reclutarla también, y de cobrar el dinero y emplearlo según juzgase necesario todo el tiempo que estuviese en Decelia, durante cuyo tiempo todos los aliados le obedecían, en parte más que a los gobernadores de la ciudad de Lacedemonia, porque como tenía la armada a su voluntad, la mandaba ir donde él quería. Por ello se concertó con los lesbios, según se ha dicho.

Por su parte, los de Quíos y los de Eritras, que asimismo querían rebelarse contra los atenienses, hicieron un tratado con los gobernadores y consejeros de la ciudad de Lacedemonia sin saberlo Agis; con ellos fue a la misma ciudad Tisafernes, que era gobernador de la provincia inferior por el rey Darío, hijo de Artajerjes. Andaba Tisafernes solicitando a los peloponesios para que hiciesen la guerra contra los atenienses, y les prometía proveerles de dinero, de lo cual él tenía buena suma, a causa de que por mandato del rey su señor, poco tiempo antes había cobrado un tributo de su provincia, con intención de emplear el dinero del mismo contra los atenienses, a quienes tenía odio y enemistad porque no permitieron que pagaran el tributo las ciudades griegas de la provincia, y porque sabía que eran los que le habían impedido que Grecia le fuese tributaria. Parecíale a Tisafernes que más fácilmente cobraría el tributo si viesen que le quería emplear contra los atenienses, y también que de esta manera lograría la amistad entre los lacedemonios y el rey Darío. Por este camino esperaba además apoderarse de Amorges, hijo bastardo de Pisutnes, el cual, siendo por el rey gobernador de la tierra de Caria, se había rebelado contra él, y recibió orden Tisafernes de hacer lo posible para cogerle vivo o muerto. Sobre esto, Tisafernes se había concertado con los de Quíos.

En estas circunstancias, Calígito de Mégara, hijo de Laofonte, y Timágoras de Cícico, hijo de Atenágoras, ambos desterrados de sus ciudades, fueron a Lacedemonia de parte de Farnabazo, hijo de Farnaces, que los envió de su tierra con objeto de demandar a los lacedemonios barcos y llevarlos al Helesponto, ofreciéndoles hacer todo lo posible para ganar las ciudades de su provincia, que estaban por los atenienses, y deseando también por esta vía hacer amistad entre el rey Darío, su señor, y ellos.

Al saberse estas demandas y ofrecimientos de Farnabazo y Tisafernes en Lacedemonia, sin que los que hacían la una supiesen nada de la otra, hubo discordia entre los lacedemonios, porque unos eran de opinión que primeramente se debían enviar los barcos a Jonia y Quíos, y otros opinaban que se enviasen al Helesponto. Finalmente, el mayor número fue de opinión que se debía primero aceptar el partido de Quíos y de Tisafernes, en especial por la persuasión de Alcibíades, el cual habitaba a la sazón en la casa de Endio, que aquel año era éforo, y su padre también había habitado allí, por razón de lo cual se llamaba Endio, y también por sobrenombre Alcibíades[18].

Pero antes de que los lacedemonios enviasen sus barcos a Quíos, ordenaron a uno que era vecino de aquella ciudad, nombrado Frinis, que fuese a espiar y ver si tenían tan gran número de naves como daban a entender, y también si su ciudad era tan rica y tan poderosa como decía la fama. Volvió Frinis, y dándoles cuenta de que todo era conforme a lo que la fama pública aseguraba, hicieron en seguida alianza y confederación con los quiotas y eritreos, y ordenaron enviar cuarenta trirremes para reunirlos con otros sesenta que los quiotas decían tener, de los cuales habían de enviar al principio cuarenta, y después otros diez con Meláncridas, su capitán de mar, y en vez de este eligieron después a Calcideo, porque Meláncridas murió. De diez naves que había de llevar Calcideo, no llevó más que cinco.

Mientras esto pasaba se acabó el invierno, que fue el decimonono año de la guerra que Tucídides escribió.

Al comienzo de la primavera los de Quíos pidieron a los lacedemonios que les enviasen los barcos que les habían prometido, porque temían mucho que los atenienses fuesen avisados de los tratos que tenían con ellos, y de los cuales ninguna cosa habían sabido hasta entonces. Por esta causa enviaron tres ciudadanos a los de Corinto para avisarles que debían pasar por el Istmo todos los barcos, así los que Agis había dispuesto para enviar a Lesbos, como los otros de la mar a donde ellos estaban, y encaminarlos a Quíos, cuyos barcos eran cuarenta y nueve. Pero porque Calígito y Timágoras no quisieron ir en aquel viaje, los embajadores de Farnabazo tampoco quisieron dar el dinero que les había enviado para pagar la armada, que montaba a veinticinco talentos[19], deliberando hacer con aquel dinero otra armada y con ella ir a donde tenían determinado.

Cuando Agis supo que los lacedemonios habían deliberado enviar primero los barcos a Quíos, no quiso ir contra su determinación, y los aliados, habiendo celebrado consejo en Corinto, opinaron también que Calcideo fuera primero a Quíos, el cual había armado cinco trirremes en Laconia y tres Alcámenes, a quien Agis había escogido por capitán para ir a Lesbos, y finalmente, que Clearco, hijo de Ranfias, fuese al Helesponto. Mas ante todas cosas ordenaron que la mitad de sus buques pasaran con toda diligencia el Istmo antes que los atenienses lo supiesen, temiéndose que estos diesen sobre ellos y sobre los otros que pasasen después. En la otra mar, los trirremes de los peloponesios irían descubiertamente sin ningún temor de los atenienses, porque no veían ni sabían que tuviesen ninguna armada en parte alguna que fuese bastante para combatirles.

III.

Algunos barcos de los peloponesios son lanzados del puerto del Pireo por los atenienses. -- Las ciudades de Quíos, Eritras, Mileto y otras muchas se rebelan contra los atenienses, pasándose a los peloponesios. -- Primera alianza entre el rey Darío y los lacedemonios.

Conforme a esta determinación, los que lo tenían a cargo transportaron veintiún trirremes por el istmo de Corinto, y aunque hicieron grande instancia a los corintios para que pasasen con ellos, no lo quisieron hacer porque la fiesta que ellos llaman Ístmica se acercaba y querían celebrarla antes de su partida. Agis consintió en que no quebrantaran el juramento que habían hecho de treguas con los atenienses hasta después de pasada aquella fiesta, ofreciéndoles tomar bajo su responsabilidad y nombre la expedición; mas ellos no quisieron acceder, y entretanto que debatían sobre esto, advertidos los atenienses de los conciertos que hacían los quiotas con sus contrarios, enviaron uno de sus ministros, llamado Aristócrates, para darles a entender que obraban mal. Porque ellos negaban el hecho, les mandó que enviasen sus naves a Atenas, según estaban obligados por virtud del tratado de alianza, lo cual no osaron rehusar y mandaron allá siete trirremes. De esto fueron autores algunos que nada sabían del otro tratado, y los que lo sabían temían les sobreviniera daño si lo declaraban al pueblo hasta tanto que tuviesen poder y fuerzas para resistir a los atenienses si quisieran rebelarse contra ellos, no teniendo ya esperanza en que los peloponesios fueran a ayudarles puesto que tanto tardaban.

Entretanto, acabaron los juegos y solemnidades de la fiesta Ístmica, en la cual se hallaron los atenienses, porque tenían salvoconducto para ir a ella, y allí, más claramente, entendieron cómo los quiotas trataban de rebelarse contra ellos.

Por causa de estas noticias, cuando volvieron a Atenas aparejaron sus trirremes para guardar la mar de los enemigos y que no pudiesen partir de Céncreas sin que ellos lo supiesen.

Después de la fiesta enviaron allá veintiún barcos para que se encontrasen con los otros veintiuno que Alcámenes había llevado de los peloponesios, y cuando estuvieron a la vista, procuraron traer a los contrarios mar adentro, fingiendo que se retiraban, pero los peloponesios, después de seguirles un poco al alcance, se volvieron atrás, viendo lo cual los atenienses también se retiraron, porque no se fiaban nada de los siete buques que llevaban de Quíos en compañía de los veintiún trirremes. Mas como después recibieron otra ayuda de treinta y siete trirremes, siguieron a los enemigos hasta un puerto desierto y desechado que está en los extremos y fin de la tierra de los epidaurios, que ellos llaman Espireo, dentro de cuyo puerto se habían refugiado todos los barcos peloponesios, salvo uno que se perdió en alta mar.

En este puerto fueron los atenienses a darles caza por mar, y también pusieron en tierra una parte de sus gentes, de manera que les hicieron gran daño, les destrozaron bastantes trirremes y mataron muchos tripulantes, entre ellos a Alcámenes. También ellos sufrieron algunas pérdidas.

Los atenienses se retiraron, y por dejar cercados a los enemigos, dejaron el número de gente que les pareció en una isla pequeña cerca de allí, donde acamparon y enviaron a toda prisa un barco mercante a los atenienses para que les enviasen socorro.

Al día siguiente acudieron en ayuda de los peloponesios los barcos de los corintios, y tras ellos los de los otros aliados y confederados, los cuales, viendo que les sería muy difícil defenderse en aquel desierto lugar, estaban en gran confusión, y trataron primero de quemar sus naves, mas después resolvieron sacarlas a tierra y que desembarcaran sus gentes para guardarlas hasta que viesen oportunidad de salvarlas. Advertido de esto Agis, les envió un ciudadano de Esparta llamado Termón.

Los lacedemonios sabían ya la partida de los buques desde el Istmo, porque los éforos ordenaron a Alcámenes que les avisase cuando partiera; por esto enviaron con toda diligencia otros cinco trirremes con el capitán Calcideo, al que acompañaba Alcibíades. Pero al saber después que su gente y sus barcos habían huido, se asustaron y perdieron ánimo, porque la primera empresa de guerra que intentaban en el mar de Jonia tuviera tan mala fortuna. Determinaron, pues, no enviar de su tierra más armada, y mandar retirarse la que primero habían enviado.

Alcibíades persuadió otra vez a Endio para que no abandonasen los lacedemonios la empresa de enviar aquella armada a Quíos, porque podría arribar allí antes que los griegos fuesen avisados del mal éxito de los otros barcos, y asegurando que si él mismo iba a Jonia, lograría fácilmente hacer rebelar y amotinar las ciudades que tenían el partido de los atenienses, dándoles a entender la flaqueza y abatimiento de estos y el poder y fuerzas de los lacedemonios en lo que habían emprendido. Y a la verdad, Alcibíades tenía gran crédito con ellos.

Además de esto, Alcibíades daba a entender, a Endio particularmente, que sería glorioso para ellos y honroso para él ser causa de que la tierra de Jonia se rebelase contra los atenienses y en favor de los lacedemonios, y que por esta razón llegaría Endio a ser igual a Agis, rey de los lacedemonios, porque habría hecho esto sin ayuda ni consejo de Agis, al cual Endio era contrario. Y de tal manera persuadió Alcibíades a Endio y a los otros éforos, que le dieron el mando de cinco trirremes, juntamente con el lacedemonio Calcideo, para ir a aquella parte de Quíos, cosa que en breve tiempo hicieron.

Aconteció que al mismo tiempo, volviendo Gilipo después de la victoria de Sicilia a Grecia con diez y seis trirremes peloponesios, encontró cerca de Léucade veintisiete de los atenienses, de los cuales era capitán Hipocles, hijo de Menipo, que allí había sido enviado para encontrar y destrozar los navíos que venían de Sicilia, el cual les infundió gran temor y miedo. Mas al fin se le escaparon todos, salvo uno, y fueron a salir a Corinto.

Entretanto Calcideo y Alcibíades, siguiendo su empresa, tomaban todos los buques que encontraban de cualquier clase que fueran para que de su viaje no dieran aviso, y después los dejaban ir antes de llegar al lugar de Córico, que está en tierra firme. Y habiendo comunicado con algunos de los de Quíos que estaban en la conspiración, les avisaron que no hablasen a persona alguna, lo cual hicieron, y secretamente arribaron a la ciudad de Quíos, antes que ninguno lo supiese.

Muy maravillados y asustados los ciudadanos por aquella llegada, fueron por algunos persuadidos de que se reuniesen en consejo en la ciudad para dar audiencia a los que allí habían arribado, y oír lo que les querían decir. Así lo hicieron, y Calcideo y Alcibíades les declararon que tras ellos iba gran número de naves peloponesios, sin hacerles mención de las que estaban cercadas en Espireo.

Sabido esto por los de Quíos, hicieron alianza con los lacedemonios, y apartáronse de la de los atenienses, y lo mismo aconsejaron hacer después de esto a los eritreos, y también a los clazomenios, los cuales, todos sin dilación, pasaron a tierra firme y fundaron allí una pequeña villa para que, si iban a atacarles en la isla, tener algún lugar para retirarse.

En efecto, todos los que se habían rebelado procuraban fortificar sus murallas y abastecerse de todas las cosas para resistir a los atenienses si iban a acometerles.

Cuando los atenienses supieron la rebelión de los de Quíos tuvieron gran temor de que los otros confederados, viendo aquella tan grande y poderosa ciudad rebelada, no hiciesen lo mismo. Por esta causa, no obstante haber depositado mil talentos para los cien trirremes de que arriba hablamos, y hecho un decreto para que ninguno pudiese hablar ni proponer bajo graves penas cosa alguna para que a ellos se tocase en todo el tiempo que durase la guerra, por el temor que les inspiró aquel suceso, revocaron su decreto y mandaron que se tomase gran suma de aquel dinero, con la cual aparejaron gran número de barcos, y de los que estaban en Espireo mandaron partir ocho al mando de Estrombíquides, hijo de Diotimo, para seguir a los que Calcideo y Alcibíades llevaban, y no los pudieron alcanzar porque estaban ya de vuelta.

Pasado esto enviaron para aquel mismo efecto otros doce buques al mando de Trasicles, los cuales también se habían apartado de los que estaban en Espireo, porque cuando supieron la rebelión de los de Quíos se apoderaron de los siete barcos que tenían suyos en Espireo, y a los esclavos que estaban en ellos les dieron libertad, y los ciudadanos que los tripulaban quedaron prisioneros. En lugar de los que habían desamparado el cerco fueron enviados otros, abastecidos de todo lo necesario, y tenían acordado armar otros treinta buques además de estos. En lo cual pusieron gran diligencia, porque les parecía que ninguna cosa era bastante para recobrar a Quíos.

Estrombíquides con los ocho barcos se fue a Samos, donde tomando otro que allí halló, se dirigió a Teos, y rogó a los ciudadanos que fuesen constantes y firmes, y no hiciesen novedad alguna. Pero a este mismo lugar acudió Calcideo, yendo de Quíos con veinte y tres naves y gran número de gente de a pie que traía, así de Eritras como de Clazómenas. Al saberlo Estrombíquides partió de Teos, y habiendo entrado en alta mar, al ver tan gran número de trirremes se retiró a Samos, donde se salvó, aunque los otros le dieron caza.

Viendo esto los de Teos, aunque al comienzo rehusaron tener guarnición en su ciudad, la recibieron después de que Estrombíquides huyera, y pusieron gentes de a pie de guarnición, eritreos y clazomenios, los cuales, habiendo sabido algunos días antes la vuelta de Calcideo que había seguido a Estrombíquides, y viendo que este no volvía, derribaron los muros de la villa que los atenienses habían hecho por la parte de tierra firme, destruyéndolo con ayuda y a persuasión de algunos bárbaros que, durante esto, allí fueron al mando de Estages, lugarteniente de Tisafernes.

En este tiempo Calcideo y Alcibíades, habiendo dado caza a Estrombíquides hasta el puerto de Samos, regresaron a Quíos, y allí dejaron sus marineros y guarnición, a los cuales armaron como soldados, y pusieron en lugar de ellos dentro de las naves gentes de aquella tierra. También armaron otros veinte buques y se fueron a Mileto, pensando hacer rebelar la ciudad, porque Alcibíades, que tenía grande amistad con muchos de los principales ciudadanos de ella, quería hacer esto antes que los barcos de los peloponesios que allá se enviaban para este efecto llegasen, y ganar esta honra tanto para sí como para Calcideo, y los de Quíos que en su compañía iban; y aun también para Endio que había sido el autor de su viaje. Deseaba, pues, que por su causa se rebelasen y amotinasen muchas ciudades del partido de los atenienses.

Navegando muy de prisa y lo más secretamente que pudieron, arribaron a Mileto poco antes que Estrombíquides y Trasicles, que allí habían sido enviados por los atenienses con doce trirremes, y apresuradamente hicieron que la ciudad siguiese su partido.

Poco después arribaron diez y nueve buques de los atenienses que seguían tras aquellos, los cuales, no siendo recibidos por los milesios, se retiraron a una isla allí cercana, llamada Lade.

Después de la rebelión de Mileto fue hecha por Tisafernes y Calcideo la primera alianza entre el rey Darío y los lacedemonios y sus aliados en esta forma:

«Que las ciudades, tierras, reinos y señoríos que los atenienses tenían se tomasen para el rey y para los lacedemonios juntamente, cuidando que ninguna cosa de ellas quedara en provecho de los atenienses.

»Que el rey y los lacedemonios con sus aliados hiciesen la guerra comúnmente contra los atenienses, y que el uno no pudiese hacer la paz con ellos sin el otro.

»Y que si algunos de los súbditos del rey se rebelasen, los lacedemonios y sus aliados los tuviesen por enemigos, y de igual modo si los súbditos de los lacedemonios o sus aliados se rebelasen y amotinasen, los tuviese el rey por enemigos.»

Y esta fue la forma de la alianza entre ellos.

IV.

Los de Quíos, después de rebelarse contra los atenienses, hacen rebelar a Mitilene y a toda la isla de Lesbos. -- Recóbranla los atenienses y también otras ciudades rebeladas. -- Vencen a los de Quíos en tres batallas, y roban y talan toda su tierra.

Los de Quíos armaron otros diez navíos, con los cuales se pusieron en camino para ir a la ciudad de Anea, así para saber lo que había hecho la ciudad de Mileto como para inducir a las otras ciudades que eran del partido de los atenienses a que lo dejasen. Pero siendo advertidos por Calcideo de que Amorges iba contra su ciudad con gran ejército por tierra, regresaron hasta el templo de Júpiter, desde el cual vieron ir diez y seis trirremes atenienses que Diomedonte llevaba; quien había sido enviado de Atenas después que Trasicles, y conociendo que eran buques atenienses, una parte de los quiotas se fueron a Éfeso y los otros a Teos.

De estos diez buques los atenienses tomaron cuatro, pero después de que los que estaban dentro hubieran saltado a tierra, los otros se salvaron en el puerto de Teos.

Los atenienses fueron a Samos, mas no por eso los de Quíos, habiendo reunido los otros barcos que escaparon, y también cierto número de gente de a pie, dejaron de inducir a la ciudad de Lébedos a que dejase el partido de los atenienses, y después a la de Heras. Hecho esto se retiraron con sus naves y gente de a pie a sus casas.

Los diez y seis trirremes de los peloponesios que estaban cercados por otros tantos atenienses en Espireo, salieron súbitamente sobre estos y los desbarataron y vencieron, de tal manera, que capturaron cuatro de ellos.

Después se fueron al puerto de Céncreas, a donde proveyeron sus barcos para desde allí ir a Quíos y a Jonia, a las órdenes de Astíoco, que los lacedemonios les enviaron, al cual habían dado el mando de toda la armada.

Cuando la gente de a pie que estaban en Teos partió, llegó Tisafernes, y haciendo derribar lo que quedaba de los muros de los atenienses, se fue.

Poco después llegó allí Diomedonte con veinte trirremes atenienses, e hizo tanto con los de la ciudad que se avinieron a recibirle, mas ningún día se detuvo allí, yendo a Heras con propósito de tomarla por fuerza, lo que no pudo hacer, y por esto se volvió.

Entretanto el pueblo y la comunidad de Samos se puso en armas contra los principales, teniendo consigo en ayuda a los atenienses que habían ido a tomar puerto con tres barcos: mataron doscientos de los más principales, y a otros doscientos los desterraron, confiscando los bienes, así de los muertos como de los desterrados, los cuales repartieron entre sí. Con consentimiento de los atenienses, después que les prometieron perseverar en su amistad, se pusieron en libertad, y ellos mismos se gobernaban sin dar a los desterrados, cuyos bienes tenían, cosa alguna para su alimento, antes y expresamente prohibieron que ninguno pudiese tomar ninguna tierra ni casa de ellos en arrendamiento, ni tampoco dársela.

Mientras esto pasaba, los de Quíos, que habían determinado declararse contra los atenienses, por cuantos medios podían, no cesaban con todas sus fuerzas, sin ayuda de los peloponesios, de solicitar y tener negociaciones con las otras ciudades del partido de los atenienses para apartarlas de él. Lo cual hacían por muchas causas, y la principal para atraer más gente a participar del mismo peligro en que ellos estaban. Con este propósito armaron trece naves, con las cuales fueron contra Lesbos, siguiendo la orden que los lacedemonios habían dado, conforme a la cual se había dicho que la segunda navegación y guerra naval se haría en Lesbos, y la tercera en el Helesponto; pero la gente de a pie que allí había ido, así peloponesios como otros a ellos cercanos, fueron a Clazómenas y a Cime, capitaneándola el espartano Evalas. Diníadas tenía el mando de los buques. Y con esta armada fueron los de Quíos primeramente a Metimna y la hicieron rebelar. Y dejando allí cuatro buques se dirigieron a Mitilene con los otros que les quedaban, consiguiendo también que se rebelara.