Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)

Part 20

Chapter 204,081 wordsPublic domain

»Aunque creo que tenéis noticia del estado en que se encuentran sus cosas actualmente, os lo quiero dar más a entender, porque sepáis que están casi desesperados, así por los infortunios y desventuras que les han sucedido antes de ahora, como por el gran apuro en que se ven al presente; de tal manera, que no confían tanto en sus fuerzas y aprestos, cuanto en la temeridad de la fortuna, determinando aventurarse a pasar por fuerza por medio de nuestra armada y escaparse por alta mar, o si no lo consiguen, desembarcar y tomar su camino por tierra, como gente desesperada que se ve en tal aprieto que por necesidad ha de escoger de dos males el menor.

»Contra esta gente aturdida y desesperada, que parece pelea ya a despecho de la adversa fortuna, nos conviene combatir cuanto podamos, como contra nuestros mortales enemigos, determinando hacer dos cosas de una vez, a saber: asegurando vuestro estado, vengaros de vuestros enemigos, que han venido a conquistaros, hartando nuestra ira y saña contra ellos y, además, lanzarlos de esta tierra, cosas ambas que siempre dan placer y contento a los hombres.

»Que sean nuestros mortales enemigos, ninguno hay de vosotros que no lo sepa y entienda, pues vinieron a nuestra tierra con ánimo determinado, si nos vencieran, de ponernos en servidumbre y usar de todo rigor y crueldad contra nosotros, maltratando a grandes y pequeños, deshonrando a las mujeres, violando los templos y destruyendo toda la ciudad. Por tanto, no debemos tener ninguna compasión de ellos, ni pensar que nos sea provechoso dejarlos partir salvos y seguros, sin exponernos a peligro alguno, porque lo mismo harían si alcanzaran la victoria, partiendo sin nuestro peligro.

»Si queremos cumplir nuestro deber, procuremos dar a estos el castigo que merecen y poner a toda Sicilia en mayor libertad que estaba antes, porque ninguna batalla nos podrá ser más gloriosa que esta, ni tendremos jamás tan buena ocasión para pelear en condiciones tales que si fuéremos vencidos podremos sufrir poco daño, y vencedores, ganar gran honra y provecho.»

Cuando Gilipo y los otros capitanes siracusanos arengaron a los suyos, mandaron embarcar a todos, sabiendo que los atenienses también habían ya embarcado los suyos.

Volvamos, pues, a Nicias, que estaba como atónito al ver el peligro en que se encontraba entonces, y conociendo los inconvenientes que suelen ocurrir en semejantes batallas grandes y sangrientas, no tenía cosa por bien segura de su parte, ni le parecía haber hecho recomendaciones bastantes a los suyos. Por eso mandó de nuevo reunir a los capitanes y maestros, nombrando a cada cual por su nombre y apellido y por los de sus padres, con mucho amor y caricias, según pensaba que a cada cual halagaría más, y rogándoles que no perdiesen su renombre y buena fama en esta jornada, ni la honra que habían ganado sus antepasados por su virtud y esfuerzo, trayéndoles a la memoria la libertad de su patria, que era la más libre que pudiese haber, sin que estuviesen sujetos a persona alguna, y otras muchas cosas que suelen decir los que se ven en tal estado, no para demostrar que les quisiese contar cosas antiguas, sino lo que le parecía ser útil y conveniente para la necesidad presente. Recordoles sus mujeres e hijos, la honra de sus templos y dioses y otras cosas semejantes que acostumbran a decir gentes de valor.

Después que les hubo amonestado con las palabras que le parecían más necesarias, se separó de ellos y llevó la infantería a la orilla del mar, disponiéndola en orden lo mejor que pudo, por animar y dar aliento a los otros que estaban en las naves.

Entonces Demóstenes, Menandro y Eutidemo, que eran capitanes de la armada, navegaron con sus barcos derechamente a la vuelta del puerto cerrado, que los enemigos tenían ya tomado y ocupado, con intención de romper y desbaratar las naves de los enemigos y salir a alta mar. Mas por su parte los siracusanos y sus confederados vinieron con otras tantas naves, parte de ellas hacia la boca del puerto, y parte en torno para embestirles por los dos lados, dejando su infantería a la orilla del mar, para que les pudiesen dar socorro en cualquier lugar que sus barcos abordasen.

Eran capitanes de la armada de los siracusanos, Sicano y Agatarco, los cuales iban en dos alas, a saber: en la punta derecha y en la siniestra, y en medio iban Pitén y los corintios.

Cuando los atenienses se acercaron a la boca del puerto, al primer ímpetu lanzaron las naves de los contrarios, que estaban todas juntas para estorbarles la salida, y trabajaron con todas sus fuerzas por romper las cadenas y maromas con que estaban amarradas. Mas los siracusanos y sus aliados vinieron de todas partes a dar sobre ellos, no tan solamente por la boca del puerto, sino también por dentro de él, y así fue el combate muy cruel y peligroso, más que todos los otros precedentes. De una parte y de otra se oían las voces y gritos de los capitanes y maestros que mandaban a los marineros remar a toda furia, y cada cual por su parte se esforzaba en mostrar su arte e industria.

También la gente de guerra que estaba en los castillos de proa y cubiertas de las naves, procuraba cumplir su deber como los marineros, y guardar y defender el puesto que les fuera señalado. Mas porque el combate era en lugar angosto y estrecho y por ambas partes había poco menos de 200 barcos que combatían dentro del puerto o a la boca de él, no podían venir con gran ímpetu a embestir unos contra los otros, ni había medio de retirarse o revolver, sino que se herían unos a otros donde se encontraban, ora fuese acometiendo, ora huyendo.

Mientras una nave iba contra otra, los que llevaba dentro de los castillos y cubiertas tiraban a los otros gran multitud de dardos, y flechas y piedras, mas cuando aferraban y combatían mano a mano, procuraban los unos entrar en los barcos de los otros, y por ser lugar estrecho acaecía que algunos acometían por un lado, y eran acometidos por otro lado a las veces dos naves contra una, y en algunas partes muchas en torno de una.

Resultado de esta confusión era que los patrones y maestros se turbaban, no sabiendo si convenía defenderse antes que acometer, y si era menester hacer esto por el lado derecho o por el siniestro, y algunas veces hacían una cosa por otra, por lo cual la grita y vocerío era tan grande, que ponía gran espanto y temor a los combatientes, y no se podían bien entender los unos a los otros, aunque los maestros y cómitres de la una parte y de la otra, amonestaban a los suyos, cada cual haciendo su oficio y deber, según que el tiempo lo requería por la codicia que cada cual tenía de vencer.

Los atenienses daban voces a los suyos que rompiesen las cadenas y maromas de los navíos contrarios que les prohibían la salida del puerto, y que si en algún tiempo habían tenido ánimo y corazón lo mostrasen al presente, si querían tener cuidado de sus vidas y tornar salvos a su tierra.

Los siracusanos y sus aliados advertían a los suyos que esta era la hora en que podrían mostrar su virtud y esfuerzo para impedir que los enemigos se salvasen, y conservar y aumentar su honra y la gloria de su patria y nación.

También los generales de ambas partes cuando veían algún barco ir flojamente contra otro, o que los que iban dentro no hacían su deber, llamaban a los capitanes por sus nombres, y les denostaban, a saber, los atenienses a los suyos, diciendo que si por ventura les parecía que la tierra de Sicilia, que era la más enemiga que tenían en el mundo, les fuese más segura que la mar que podían ganar en poco rato. Los siracusanos, por el contrario, decían a los suyos, que si temían a aquellos que no combatían sino por defenderse, y estaban resueltos a huir de cualquier manera que fuese.

Mientras duraba la batalla naval, los que estaban en tierra orilla de la mar sufrían muy gran angustia y cuidado, los siracusanos viendo que pretendían de aquella vez ganar mucha mayor honra que habían alcanzado antes, y los atenienses, temerosos de que les sucediera algo peor que a los que estaban sobre la mar, porque todo su bagaje lo tenían dentro de las naves y estaban expuestos a perderlo.

Mientras la batalla fue dudosa y la victoria incierta, defendían diversas opiniones, porque estaban tan cerca que podían ver claramente lo que se hacía, y cuando veían que los suyos en alguna manera llevaban lo mejor alzaban las manos al cielo y rogaban en alta voz a los dioses que quisieran otorgarles la victoria.

Por el contrario, los que veían a los suyos de vencida lloraban y daban gritos y alaridos.

Cuando el combate era dudoso, de manera que no se podía juzgar quien llevaba la peor parte, hacían gestos con las manos y señales con los cuerpos, según el deseo que tenían, como si aquello pudiera ayudar a los suyos, por el temor que tenían de perder la batalla. Y en efecto, daban tales muestras de sus corazones como si ellos mismos combatieran en persona, y tenían tan gran cuidado o más que los que peleaban, porque muchas veces se veía en aquel combate que por pequeña ocasión los unos se salvaban y otros eran vencidos y desbaratados.

El ejército de los atenienses que estaba en tierra mientras que los suyos combatían en mar, no tan solamente veía el combate, sino que por estar muy cerca oían claramente las voces y clamores, así de los vencedores como de los que eran vencidos, y todas las otras cosas semejantes que se pueden ver y oír en una cruda y áspera batalla de dos poderosos ejércitos. El mismo cuidado y trabajo tenían los que estaban en las naves.

Finalmente, después que el combate duró largo rato, los siracusanos y sus aliados pusieron a los atenienses en huida, y cuando les vieron volver las espaldas, con grandes voces y alaridos les dieron caza y persiguieron hasta tierra. Entonces aquellos de los atenienses que se pudieron lanzar en tierra con más premura se salvaron, y retiraron a su campo. Los que estaban en tierra, viendo perdida su esperanza, con grandes gritos y llantos corrían todos a una, los unos hacia las naves para salvarse, y los otros hacia los muros. La mayor parte estaban en duda de su vida, y miraban a todas partes cómo se podrían salvar, tanto era el pavor y turbación que sufrieron esta vez que jamás le tuvieron igual.

Ocurrió, pues, a los atenienses en este combate naval, lo mismo que ellos hicieron a los lacedemonios en Pilos, cuando después de vencer la armada de estos los derrotaron, y así como los lacedemonios entonces entraron en la isla, así los atenienses esta vez se retiraron a tierra, sin tener esperanza ninguna de salvarse, si no era por algún caso no pensado.

XIII.

Después de la derrota, parten los atenienses de su campamento para ir por tierra a las villas y lugares de Sicilia que seguían su partido.

Pasada esta batalla naval tan áspera y cruel, en la cual hubo gran número de barcos tomados y destrozados, y muchos muertos de ambas partes, los siracusanos y sus aliados, habida la victoria, recogieron sus despojos y los muertos, volvieron a la ciudad y levantaron trofeo en señal de triunfo.

Los atenienses estaban tan turbados de los males que habían visto y veían delante de sus ojos, que no se acordaban de pedir sus muertos ni de recoger sus despojos, sino que solamente pensaban en cómo se podrían salvar y partir aquella misma noche. Había entre ellos diversas opiniones, porque Demóstenes era de parecer que se embarcasen en los buques que les habían quedado y partiesen al rayar el alba, saliendo por el mismo puerto si pudiesen salvarse, y también porque tenían mayor número de barcos que los enemigos, pues se acercaban a sesenta, y los contrarios no contaban cincuenta.

Nicias estaba de acuerdo con Demóstenes; mas cuando determinaron realizar el proyecto, los marineros no quisieron entrar en las naves por el pavor que tenían del combate pasado en que fueron vencidos, pareciéndoles que de ninguna manera podían ser vencedores en adelante, por lo que les fue necesario mudar de propósito, y todos de un acuerdo determinaron salvarse por tierra.

El siracusano Hermócrates, teniendo sospecha, y pensando que sería muy gran daño para los suyos que un ejército tan numeroso fuese por tierra y se rehiciese en algún lugar de Sicilia, desde donde después renovase la guerra, fue derecho a los gobernadores de la ciudad y les dijo que parasen mientes aquella noche en la partida de los atenienses, representándoles por muchas razones los daños y peligros que les podían ocurrir en adelante si les dejaban irse.

Opinaba Hermócrates que toda la gente que había en la ciudad para tomar las armas, así de los de la tierra como de los aliados, fuese a tomar los pasos por donde los atenienses se podían salvar.

Todos aprobaban este consejo de Hermócrates, pareciéndoles que decía verdad, mas consideraban que la gente estaba muy cansada del combate del día anterior, y quería descansar, por lo cual con gran trabajo obedecerían lo que les fuese mandado por sus capitanes.

Además, al día siguiente se celebraba una fiesta a Hércules, en la cual tenían dispuestos grandes sacrificios para darle gracias por la victoria pasada, y muchos querían festejar y regocijar aquel día comiendo y bebiendo, por lo que nada sería más difícil que persuadirles se pusiesen en armas. Por esta razón no estuvieron de acuerdo con el parecer de Hermócrates.

Viendo Hermócrates que en manera alguna lograba convencerles, y considerando que los enemigos podían aquella noche, reparándose, tomar los pasos de los montes que eran muy fuertes, ideó esta astucia. Envió algunos de a caballo con orden de que marchasen hasta llegar cerca de los alojamientos de los atenienses, de suerte que les pudiesen oír, y fingiendo ser algunos de la ciudad que seguían el partido de los atenienses, porque había muchos de estos que avisaban a Nicias de la situación de las cosas de los siracusanos, llamaran a algunos de los de Nicias y les dijeran que aconsejaran a este no moviese aquella noche el campamento si quería hacer bien sus cosas, porque los siracusanos tenían tomados los pasos, de manera que correría peligro si saliese de noche, porque no podría llevar su gente en orden, pero que al amanecer le será fácil ir en orden de batalla con su gente para apoderarse de los pasos más a su salvo.

Estas palabras las comunicaron los que las habían oído a los capitanes y jefes del ejército, quienes pensando que no había engaño ninguno determinaron pasar allí aquella noche y también el día siguiente.

Ordenaron pues al ejército que todos se apercibiesen para partir de allí dentro de dos días, sin llevar consigo cosa alguna, sino solo aquello que les fuese necesario para el uso de sus personas.

Entretanto Gilipo y los siracusanos enviaron a tomar los sitios por donde creían que los atenienses habían de pasar, y principalmente los de los ríos, y pusieron en ellos su gente de guarda.

Por otra parte los de la ciudad salieron al puerto, tomaron las naves de los atenienses y quemaron algunas, lo cual los mismos atenienses habían determinado hacer, y las que les parecieron de provecho se las llevaron reuniéndolas a las suyas, sin hallar persona que se lo pudiese impedir.

Pasado esto, Nicias y Demóstenes dispusieron las cosas necesarias como mejor les pareció, y partieron el cuarto día después de la batalla, que fue una partida muy triste para todos, no solamente porque habían perdido sus barcos y con ellos una tan grande esperanza como tenían al principio de sujetar toda aquella tierra, encontrándose en tanto peligro para ellos y para su ciudad, sino también porque les era doloroso a cada uno ver y sentir que dejaban su campo y bagaje, lastimando sus corazones el pensar en los muertos que quedaban tendidos en el campo y sin sepultura. Cuando encontraban algún deudo o amigo experimentaban gran dolor y miedo, y mayor compasión tenían de los heridos y enfermos que dejaban, por considerarles más desventurados que a los muertos; y los enfermos y heridos tristes y miserables, viendo partir a los otros lloraban y plañían, y llamando a los suyos por sus nombres les rogaban que los llevasen consigo.

Cuando veían algunos de sus parientes y amigos seguían en pos de ellos, deteniéndoles cuanto podían, y cuando les faltaban las fuerzas para seguir más trecho se ponían a llorar, blasfemaban de ellos y les maldecían porque los dejaban. Todo el campo estaba lleno de lágrimas y llanto y por ello la partida se retardaba más, aunque considerando los males que habían sufrido, y los que temían pudieran ocurrirles en adelante, estaban en gran apuro y cuidado, mucho más que mostraban en los semblantes.

Además de estar todos tristes y turbados se culpaban y reprendían unos a otros, no de otra manera que gente que huyese de una ciudad muy grande tomada por fuerza de armas. Porque es cierto que la multitud de los que partían llegaba a cerca de cuarenta mil, y cada uno de estos llevaba consigo las cosas necesarias que podía para su provisión.

La gente de guerra, así de a pie como de a caballo, llevaba cada uno sus vituallas debajo de sus armas, cosa en ellos desacostumbrada, los unos por no fiarse, y los otros por falta de mozos y criados: porque muchos de estos se habían pasado a los enemigos, algunos antes de la batalla, y la mayor parte después.

Los mantenimientos que tenían no eran bastantes ni suficientes para la necesidad presente, porque se habían gastado casi todos en el campamento.

Aunque en otro tiempo y lugar, semejantes derrotas son tolerables en cierta manera por ser iguales así a los unos como a los otros, cuando no van acompañadas de otras desventuras, empero a estos les era tanto más grave y dura cuanto más consideraban la gloria y honra que habían tenido antes, y la miseria y desventura en que habían caído.

Esta novedad tan grande ocurrió entonces al ejército de los griegos, forzado a partir por temor de ser vencido y sujetado por aquellos a quien habían ido a sojuzgar.

Partieron los atenienses de sus tierras con cantos y plegarias y ahora partían con voces muy contrarias, convertidos en soldados de a pie los que antes eran marineros, entendiendo al presente de las cosas necesarias para la guerra por tierra en vez de las de mar. Por el gran peligro en que se veían soportaban todas estas cosas.

Entonces Nicias, viendo a los del ejército desmayados, como quien bien lo entendía, les alentaba y consolaba con estas razones:

«Varones atenienses, y vosotros nuestros aliados y compañeros de guerra, conviene tener buen ánimo y esperanza en el estado que nos vemos, considerando que otros muchos se han salvado y escapado de mayores males y peligros.

»No hay por qué quejarse demasiado de vosotros mismos ni por la adversidad y desventura pasadas, ni por la vergüenza y afrenta que, sin merecerlo, habéis padecido, pues si miráis a mí, no me veréis mejor librado que cualquiera de vosotros, ni en las fuerzas del cuerpo, por estar como me veis flaco y enfermo de mi dolencia, ni en bienes y recursos, pues hasta aquí estaba muy bien provisto de todas las cosas necesarias para la vida, y al presente me veo tan falto de medios como el más insignificante de todo el ejército.

»Y verdaderamente yo he hecho todos los sacrificios legítimos y debidos a los dioses y usado de toda justicia y bondad con los hombres, que solo esto me da esfuerzo y osadía para tener buena esperanza en las cosas venideras.

»Pero os veo muy turbados y miedosos, más de lo que conviene a la dignidad de vuestras honras y personas, por las desventuras y males presentes, los cuales acaso se podrán aliviar y disminuir en adelante, porque nuestros enemigos han gozado de muchas venturas y prosperidades, y si por odio o ira de algún dios vinimos aquí a hacer la guerra, ya hemos sufrido pena bastante para aplacarle.

»Hemos visto antes de ahora algunas gentes que iban a hacer guerra a los otros en su tierra, y cumpliendo enteramente su deber, según la manera y costumbre de los hombres, no por eso han dejado de sufrir y padecer males intolerables. Por esto es de creer que de aquí en adelante los mismos dioses nos serán más benignos y favorables, pues a la verdad, somos más dignos y merecedores de alcanzar de ellos misericordia y piedad que no odio y venganza.

»Así, pues, en adelante, parad mientes en vuestras fuerzas, en como vais armados, cuán gran número sois y cuán bien puestos en orden, y no tengáis miedo ni temor, pues donde quiera que llegarais sois bastantes para llenar una ciudad tal y tan buena, que ninguna otra de Sicilia dejará de recibiros fácilmente por fuerza o de grado, y una vez recibidos, no os podrán lanzar fácilmente.

»Guardad y procurad hacer vuestro camino seguro con el mejor orden que pudiereis y a toda diligencia, sin pensar en otra cosa sino en que en cualquier parte o lugar donde fuereis obligados a pelear, si alcanzarais la victoria, allí será vuestra patria y ciudad y vuestros muros.

»Nos será forzoso caminar de noche y de día sin parar, por la falta que tenemos de provisiones, y cuando lleguemos a algún lugar de Sicilia de los que tenían nuestro partido, estaremos seguros, porque estos, por temor a los siracusanos, necesariamente habrán de permanecer en nuestra amistad y alianza, cuanto más que ya les hemos enviado mensaje para que nos salgan delante con vituallas y provisiones.

»Finalmente, tened entendido, amigos y compañeros, que os es necesario mostraros buenos y esforzados, porque de otra manera no hallaréis lugar ninguno en toda esta tierra donde os podáis salvar siendo viles y cobardes. Y si esta vez os podéis escapar de los enemigos, los que de vosotros no son atenienses, volveréis muy pronto a ver las cosas que vosotros tanto deseabais, y los que sois atenienses de nación, levantaréis la honra y dignidad de vuestra ciudad por muy caída que esté, porque los hombres son la ciudad y no los muros, ni menos las naves sin hombres.»

Cuando Nicias animó con estas razones a los suyos, iba por el ejército de una parte a otra, y si acaso veía alguno fuera de las filas, le metía en ellas. Lo mismo hacía Demóstenes el otro capitán con los suyos, y marchaban todos en orden en un escuadrón cuadrado, a saber: Nicias, con los suyos, delante, de vanguardia, y Demóstenes, con los suyos, en la retaguardia, y en medio el bagaje y la otra gente que en gran número no era de pelea.

XIV.

Los siracusanos y sus aliados persiguen a los atenienses en su retirada, y los vencen y derrotan completamente.

De esta manera caminaron en orden los atenienses y sus aliados hasta la orilla del río Anapo, donde hallaron a los siracusanos y sus aliados que les estaban esperando puestos en orden de batalla; mas los atenienses los batieron y dispersaron y pasaron mal de su grado adelante, aunque la gente de a caballo de los siracusanos y los otros flecheros y tiradores que venían armados a la ligera, los seguían a la vista y les hacían mucho daño, hasta tanto que llegaron aquel día a un cerro muy alto, a cuarenta estadios de Siracusa, donde plantaron su campo aquella noche.

Al día siguiente de mañana, partieron al despuntar el alba, y habiendo caminado cerca de veinte estadios, descendieron a un llano, allí reposaron aquel día, así por adquirir algunas vituallas en los caseríos que había, porque era lugar poblado, como también por tomar agua fresca para llevar consigo, pues en todo el camino andado no la encontraron.

En este tiempo los siracusanos se apresuraron a ocupar otro sitio por donde forzosamente habían de pasar los atenienses, que era un cerro muy alto y ariscado, a cuya cumbre no se podía subir por dos lados, y se llamaba Roca de Acras.