Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)

Part 18

Chapter 184,086 wordsPublic domain

Entonces el corintio Aristón, que era el mejor piloto que había en toda la armada de los siracusanos, persuadió a los otros capitanes de las naves que enviasen a toda prisa alguna parte de su gente dentro de la ciudad y que él haría lo mismo para ordenar que todos los que tuviesen vituallas dispuestas las trajesen a vender a la orilla del mar a fin de que en seguida comiesen los suyos, volvieran a embarcarse inmediatamente y fuesen a dar sobre los enemigos que estaban desapercibidos.

Hecho así en poco rato, trajeron gran abundancia a la orilla de la mar, y todos a paso quedo se retiraron a comer.

Viendo esto los atenienses, y creyendo que se retiraban como vencidos, ellos también se retiraron y saltaron en tierra, unos para comer y otros para otras ocupaciones, sin pensamiento que aquel día hubiese nuevo combate por mar. Pero al poco rato vinieron los siracusanos, que ya habían comido, a dar sobre ellos de repente, cosa que perturbó mucho a los atenienses y trabajaron por reembarcarse lo más pronto que pudieron con bullicio y desorden, muchos de ellos antes de probar bocado, saliendo frente a los enemigos.

Cuando estuvieron a la vista y bien cerca unos de otros, se pararon los de una parte y de la otra, meditando cómo podrían cada cual acometer al enemigo con ventaja. Mas los atenienses, teniendo por deshonra que los enemigos los sobrepujasen en labor y trabajo, dieron los primeros señal de batalla y embistieron a los enemigos, que los recibieron con las puntas de sus proas que estaban bien armadas y reforzadas, según tenían determinado, de tal manera, que destrozaron gran parte, rompiéndoles las puntas de sus remos, y desde las gavias herían con piedras y otros tiros a muchos de los enemigos que estaban dentro de sus naves.

Pero mucho mayor daño les hacían los barcos ligeros de los siracusanos, que los acometían por todas partes con golpes y tiros, de suerte que los atenienses fueron forzados a huir, y con ayuda de sus barcos se retiraron a su estancia, porque los siracusanos no se atrevieron a seguirles más adelante de los buques colocados según antes se dijo, a causa de tener estos las entenas levantadas muy altas con los delfines[15] de plomo que pendían de ellas, de suerte que sus trirremes no los podían abordar sin peligro de ser destrozados, según sucedió a dos de ellos que se atrevieron a embestir a estos barcos, uno de los cuales fue cogido con todos los que iban dentro.

Finalmente, siete naves de los atenienses fueron echadas a fondo, otras muchas destrozadas, y gran número de los suyos muertos o prisioneros, por razón de cuya victoria los siracusanos levantaron trofeo en señal de triunfo, teniendo para sí que en adelante serían más fuertes que los atenienses por mar y que vencerían al ejército, por lo cual se prepararon para acometerles otra vez.

VIII.

Llegan Demóstenes y Eurimedonte al campamento de los atenienses. -- Atacan de noche los parapetos de los siracusanos junto a Epípolas y son rechazados con grandes pérdidas.

Mientras esto acontecía, Demóstenes y Eurimedonte llegaron al campamento de los atenienses con setenta y tres naves de las suyas y de las de sus aliados, y en las cuales traían cerca de cinco mil combatientes, parte de los de sus pueblos y parte de sus aliados, y con ellos venían otros muchos de los bárbaros tiradores y flecheros, así griegos como extranjeros.

Mucho alarmó esto a los siracusanos, porque no veían medio de poder rechazar tan gran ejército, considerando que si los atenienses, cercados en Decelia, poseían medios para enviar socorro tan grande como el primer ejército, no les podrían resistir en adelante. Tenían además en cuenta que el ejército ateniense, maltratado por ellos, cobraba fuerzas con la venida del nuevo socorro.

Cuando Demóstenes llegó al campamento, comenzó a dar orden para poner en ejecución su empresa y probar sus fuerzas lo más pronto que pudiese por no caer en el mismo error en que antes había caído Nicias, el cual, aunque al principio llegó con tanta estima y reputación, que puso temor y espanto a todos los de Sicilia, por no dirigirse inmediatamente contra Siracusa y gastar mucho tiempo en detenerse en Catana, perdió toda su fama, y Gilipo, a causa de esta tardanza, tuvo tiempo para llevar del Peloponeso el socorro que condujo a Siracusa antes que el otro llegase; socorro que ni aun los mismos siracusanos hubieran demandado si Nicias les sitiara inmediatamente que llegó, pues creían que eran harto bastantes y poderosos para defender su ciudad contra las fuerzas solas de este caudillo.

Considerando todo esto Demóstenes, y también que los enemigos cobrarían temor y espanto por su venida, quiso el mismo día que llegó mostrar sus bríos a los contrarios.

Viendo que el muro fuerte que los siracusanos habían hecho al través del otro de los atenienses para estorbarles que lo acabaran, era flaco y sencillo, y tal que fácilmente le podría derrocar el que ganase a Epípolas, y que en los parapetos que allí habían hecho no tenían mucha gente de defensa que pudiese resistir a sus fuerzas, se apresuró a acometerles, esperando que en breve tiempo vería el fin de aquella guerra, porque tenía propósito o de tomar a Siracusa por fuerza de armas o volver con toda aquella armada a su tierra sin más trabajo para los atenienses, así los que allí estaban en el sitio como los que habían quedado en la ciudad.

Con esta intención los atenienses entraron en las tierras de los siracusanos. Primeramente recorrieron los campos de Anapo y robaron los lugares por tierra con la infantería, y por la mar con la armada, según habían hecho al principio y porque no osaban acudir contra ellos los siracusanos por mar ni por tierra, excepto los de a caballo y algunos tiradores y flecheros que salían del Olimpieo.

Después pareció a Demóstenes buen consejo atacar los fuertes y parapetos de los enemigos con sus pertrechos y máquinas de guerra. Mas cuando estaban ya las máquinas cerca de los parapetos, los siracusanos pusieron fuego y todos los que acometían fueron rechazados, por lo cual Demóstenes mandó retirar su gente, no pareciéndole acertado perder allí más tiempo en balde, sino antes ir a acometer a Epípolas, de lo que persuadió fácilmente a Nicias y a los otros capitanes sus compañeros, mas esto no se podía hacer de día sin que fuesen vistos por los enemigos.

Para realizar esta empresa ordenó que cada soldado hiciese provisión de vituallas para cinco días, y además hizo llamar a todos los canteros y carpinteros que había en el campo y otros muchos obreros y oficiales para que tuviesen piedra y otros materiales necesarios para construir fuertes y parapetos, y con esto gran copia de dardos y demás armas arrojadizas, con intención de hacer un fuerte junto a Epípolas para combatir desde allí, y tomar este si pudiese.

Hecho así, al empezar la noche, Demóstenes, Eurimedonte y Menandro, caminaron con la mayor parte del ejército hacia Epípolas, dejando la guarda de los muros a Nicias, y cuando llegaron a la roca que está junto al lugar llamado Euríelo, antes que las centinelas de los siracusanos que estaban en el primer muro lo sintiesen, tomaron este muro a los enemigos y mataron algunos de aquellos que estaban de guardia; de los demás, la mayor parte se salvaron y avisaron la llegada de los enemigos a la tercera guardia que allí estaba, que era de los siracusanos, de los otros sicilianos y de los aliados. Principalmente los seiscientos siracusanos que guardaban aquella parte de Epípolas, se defendieron valientemente, siendo lanzados por Demóstenes y los atenienses que los siguieron hasta las otras guardias para que no tuvieran tiempo de rehacerse ni a los otros de defenderse, con tanta presteza y diligencia que tomaron los parapetos y baluartes y seguidamente comenzaron a derrocarlos desde lo alto.

Entonces los siracusanos y Gilipo, viendo la osadía de los atenienses, que habían ido a acometer su fuerte de noche, salieron de sus estancias donde estaban de guardia y cargaron sobre ellos, mas al principio fueron rechazados.

Quisieron después los atenienses marchar adelante y sin orden, como gente que ya tenía alcanzada la victoria, y también porque sospechaban que si no se apresuraban a ejecutar su empresa y a derrocar los muros y parapetos, los enemigos tendrían tiempo para volverse a juntar. Trabajaban, pues, lo más que podían en romper y derrocar los muros, mas antes de rechazar a todos los enemigos resistiéronles primeramente los tebanos que sostuvieron su ímpetu, y después los otros, de tal manera, que fueron dispersados y puestos en huida, en cuya derrota hubo gran desorden y pérdida, y muchos males y dificultades que no se podían ver por ser de noche, porque aun de las cosas que se hacen de día no se puede tener certidumbre de la verdad por los que en la pelea se hallan, que apenas puede contar cada uno lo que se ha hecho donde él está o cerca de él, por lo cual querer saber detalladamente todo lo que sucede en un encuentro de noche entre dos grandes ejércitos, es cosa imposible, y aunque había luna clara aquella noche, empero la claridad no era tan grande que se pudiese bien conocer uno a otro aunque se viesen las personas, ni juzgar cuál era amigo o enemigo, cuanto más reuniéndose gran número en poco trecho, así de una parte como de la otra.

Rechazados los atenienses por una parte y separados de los otros que seguían su primera victoria, unos subían sobre los fuertes y reparos de los siracusanos, y otros iban en socorro de los suyos sin saber dónde habían de ir, porque estando los primeros de huida y siendo el ruido grande, no podían entenderse unos a otros ni comprender lo que habían de hacer.

Los siracusanos por la parte que iban victoriosos daban grandes voces, mandando los capitanes lo que habían de hacer, porque de otro modo no se podían entender a causa de la oscuridad de la noche, y asimismo cuando lanzaban a los enemigos que encontraban, prorrumpían en muchos y grandes gritos.

De la otra parte los atenienses buscaban a los suyos, y porque iban de huida sospechaban que todos los que encontraban eran enemigos, no teniendo otro medio para reconocerse sino el apellido, de manera que preguntándose unos a otros hacían mucho ruido, produciendo gran perturbación y dándose a conocer con sus voces a los enemigos, los cuales, porque alcanzaban la victoria y no estaban turbados como los atenienses, se conocían mejor.

Además, si algunos de los siracusanos se hallaban en poco número entre muchos atenienses, nombraban los apellidos de estos y por tal medio se escapaban, lo cual no podían hacer los atenienses, porque sus enemigos no respondían al apellido, y donde quiera que se hallaban más flacos de fuerza eran muertos o perdidos.

Había también otra cosa que les turbaba en gran manera, y era el son de las bocinas y las canciones que cantaban para dar la señal, porque así los enemigos como los que estaban de parte de los atenienses, es decir, los argivos y corcirenses y todos los otros dorios, tocaban y cantaban de una misma manera, por lo cual todas cuantas veces esto se hacía, los atenienses no sabían de qué parte venía el son ni a qué propósito.

Tan grande llegó a ser el desorden, que cuando se encontraban unos a otros se herían amigos con amigos, ciudadanos con ciudadanos, antes que se pudiesen conocer, y los que iban huyendo no sabían qué camino tomar, ocurriendo que muchos se despeñaron de sitios altos, donde morían a manos de los enemigos, a causa de que el lugar de Epípolas está muy alto y tiene pocos senderos y caminos, y estos muy estrechos, de manera que era cosa muy difícil seguirlos, mayormente yendo de huida, aunque algunos de ellos se escapaban y salían a lo llano, y estos eran los que habían estado al principio del cerco, porque conocían la localidad y así se salvaban y volvían a su campo; pero los recién venidos que, en su mayor número, no sabían los caminos, salieron errantes, y viéndoles u oyéndoles por el campo, la gente de a caballo de los enemigos, fueron todos muertos.

Al día siguiente, los siracusanos levantaron dos trofeos en señal de victoria, uno a la entrada de Epípolas, y otro en el lugar donde los tebanos habían hecho la primera resistencia, y los atenienses, otorgándoles la victoria, les demandaron los muertos para enterrarlos, que fueron muchos. Pero se hallaron más número de arneses que de cuerpos muertos, porque aquellos que huían de noche por las rocas y peñas, siendo forzados a saltar de lo alto a lo bajo, en muchas partes arrojaban las armas por poder huir más fácilmente, y de esta manera se salvaron muchos.

IX.

Después de celebrar muchos consejos, deciden los atenienses levantar el sitio de Siracusa, y al fin no lo hacen por una superstición.

Esta victoria no esperada hizo cobrar ánimo y osadía a los siracusanos como antes, por lo cual, entendiendo que los acragantinos estaban entre sí discordes, enviaron a Sicano con quince galeras para intentar atraerles a su amistad y alianza.

Por otra parte, Gilipo fue por tierra a las ciudades de Sicilia para demandarles socorro de gente, con esperanza de que con este y por la victoria que habían alcanzado los siracusanos en Epípolas, tomarían por fuerza los muros de los atenienses.

Entretanto los capitanes del ejército ateniense estaban con mucho cuidado, considerando la derrota pasada y las dificultades que había en su campo y en la armada, uno y otra con tantas necesidades, que todos en general estaban cansados y trabajados de aquel cerco, mayormente a causa de que en el campamento había muchas enfermedades, por dos razones, una la estación del año, que por entonces era la más sujeta a enfermedad, y otra por el lugar donde tenían asentado el campamento, en sitios pantanosos y bajos, muy incómodos para estar allí de asiento.

Por estas causas, Demóstenes era de opinión que no debiesen esperar más allí, y pues le había resultado mal la empresa de Epípolas, le parecía mejor consejo partir que quedar, porque la mar estaba a la sazón buena de pasar, y con los demás barcos que habían traído consigo, eran más fuertes en mar que los enemigos.

Por otra parte, le parecía cosa más conveniente y necesaria ir a pelear en su propia tierra, donde los enemigos se habían hecho fuertes y habían formado una plaza, que no estar allí gastando tiempo y dinero sobre una villa en tierras lejanas, sin esperanza de tomarla. Este era el parecer de Demóstenes.

Nicias, aunque tenía conocidas todas estas dificultades, no lo quería confesar públicamente en presencia de todos, ni acordar que levantasen el cerco, temiendo que esto llegara a noticia de los enemigos. Además tenía alguna esperanza, porque sabía mejor la situación en que estaban las cosas de la ciudad que ninguno de sus compañeros, y consideraba que el largo cerco resultaba en más daño de los siracusanos y más ventaja suya, porque los enemigos gastarían sus haberes con la gran armada que tenían sobre la mar.

También Nicias tenía sus inteligencias con algunos de la ciudad, que le avisaban en secreto no levantase el cerco.

Por todas estas causas entretenía la cosa, y era contrario al parecer de todos aquellos que querían levantar el sitio, esperando lo que pudiera ocurrir, y decía públicamente que no se había de levantar el cerco ni lo consentiría por su parte, y que sabía de cierto que si esto hacían sin licencia del Senado de Atenas, se lo tomarían a mal. Añadía que los que hubiesen de juzgar en Atenas si lo habían hecho bien o mal, no serían del número de los que estaban en el campamento, y visto los trabajos y necesidades del ejército, sino otros extraños, que no darían fe ni crédito a lo que dijesen los soldados, sino antes a los que les acusasen y les hiciesen cargos con hábiles argumentos, mayormente teniendo en cuenta que los más de los soldados que allí se hallaban y eran de opinión de partir, cuando se viesen en Atenas lo negarían, es decir, que asegurarían no haber sido de tal parecer, sino que los capitanes se dejaron corromper por dinero. Por tanto, aseguraba que el que conociese la naturaleza y condiciones de los atenienses, no querría exponerse al seguro peligro de ser condenado por vil y cobarde, y tendría por mejor sufrir cualquier trabajo y pelear contra los enemigos si fuese menester.

A estas razones añadía la de que los enemigos estaban en mucho peor estado que ellos, porque hacían considerables gastos, pagando hombres mercenarios, cogidos a sueldo, y también manteniendo tan numerosa armada, la cual habían ya entretenido por un año entero para guardar las villas y tierras de sus aliados. Además sufrían grandísima escasez de vituallas y de todas las otras cosas necesarias, de tal manera, que les sería casi imposible sostener por más tiempo aquel gasto.

Aseguraba saber por verdad que habían ya gastado más de dos mil talentos[16], y estaban adeudados en muchos más, y si cesaban de pagar a los soldados mercenarios perderían su crédito, porque la mayor parte de sus fuerzas constaba de estos soldados y extranjeros, antes que de los suyos propios y naturales, lo cual era muy al revés en los atenienses. En estas razones se fundaba para opinar que debían continuar el cerco y no partir de allí, como si ellos tuviesen más necesidad de dinero que los enemigos, estando, por el contrario, mejor provistos que ellos.

Tal fue la opinión de Nicias, teniendo por muy cierta y sabida la necesidad en que estaban los enemigos, principalmente de dinero, y también fundó su parecer en lo que le enviaban a decir aquellos con quien tenía inteligencias secretas en la ciudad, a saber: que de ninguna manera debiera partir, confiando en la armada que tenía por entonces mucho más poderosa que cuando fue vencido antes que le llegase el socorro.

Demóstenes perseveraba en su opinión, que era levantar el cerco y partir para Grecia, y si fuese menester no partir de allí sin licencia de los atenienses, debían retirarse a Tapso o a Catana, desde cuyos lugares podrían recorrer y robar la tierra de los enemigos, y de esta manera mantenerse y ser señores de la mar para poder ir y venir y pelear a su salvo cuando fuese menester, y no estar allí encerrados así por mar como por tierra.

En conclusión, no le parecía en manera alguna que debiesen estar más allí, sino partir inmediatamente sin esperar más.

Eurimedonte era de su mismo parecer; mas por la contradicción de Nicias la cosa se dilataba, tanto más, porque pensaban que Nicias, por tener más conocimiento de las cosas que otro ninguno, no se decidía a esto sin gran razón, y por tales causas la armada se quedó allí por entonces.

Gilipo y Sicano volvieron a Siracusa. Sicano sin poder acabar cosa alguna con los acragantinos, por causa de que aun estando él en la villa de Gela, los que seguían el partido de los siracusanos, habían sido lanzados por los del bando contrario. Mas Gilipo, de su viaje por las ciudades de Sicilia, trajo consigo gran número de gente de guerra de aquella tierra, y con ellos los soldados que los peloponesios habían enviado desde el comienzo de la primavera en las naves de carga y que habían desembarcado en Selinunte, viniendo de las partes de Libia, donde habían aportado en aquel viaje al partir de Grecia. Ayudados y socorridos por los de Cirene con dos galeras y marineros, fueron en socorro de los evesperitas contra los libios, que les hacían guerra, y después de vencer a los libios desembarcaron en Cartago, desde donde hay muy corto trecho hasta Sicilia, de tal manera, que en dos días y una noche habían venido desde allí a Selinunte.

Llegado allí aquel socorro, los siracusanos se apercibieron para acometer de nuevo a los enemigos así por mar como por tierra.

Por otra parte, los atenienses, viendo el socorro que habían recibido los de la ciudad, y que sus cosas iban empeorando de día en día por las enfermedades que aumentaban en el campo, estaban muy arrepentidos de no haber antes levantado el cerco.

También Nicias no lo contradecía tanto como al principio, sino solamente decía que se debía tener la cosa secreta. Por su parecer se dio orden reservada por todo el campo para que se apercibiesen y estuviesen a punto de levantar el campamento al oír la señal de la trompeta. Pero mientras se disponía la partida ocurrió un eclipse de luna estando llena, lo cual muchos de los atenienses tuvieron por mal agüero, y aconsejaron por esto no partir, principalmente Nicias, que daba gran crédito a semejantes agüeros y cosas, y decía que de ninguna manera debían marcharse hasta pasados tres novenarios[17], porque tal era el consejo y parecer de los astrólogos y adivinos, y por este motivo continuaron en aquel sitio.

X.

Logran los siracusanos nueva victoria naval contra los atenienses y procuran encerrarlos en el puerto donde estaban.

Habiendo los siracusanos sabido el consejo y deliberación de los atenienses, y que querían levantar el cerco, estaban más animosos y dispuestos a combatirles, porque si deseaban emprender la retirada ocultamente, bien daban a entender que se sentían más flacos de fuerzas por mar y por tierra.

No querían además dar lugar a que, partidos de allí, fuesen a parar a algún lugar de Sicilia de donde les pudiesen hacer más daño que no donde estaban. Por esta causa determinaron obligarles a pelear por mar tan pronto como viesen que les podía ser ventajoso, mandaron embarcar toda su gente y estuvieron quietos por algunos días.

Cuando llegó el tiempo que les pareció oportuno, enviaron primero una parte de la gente de guerra hacia los fuertes y muros de los atenienses, contra los cuales salieron al encuentro por varios portillos algunos atenienses de a pie y de a caballo, aunque eran pocos en número, por lo cual fácilmente les rechazaron y cogieron algunos hombres de a pie y cerca de setenta de a caballo atenienses, como también algunos de los aliados, y hecho esto se retiraron los siracusanos.

Al día siguiente acudieron a dar sobre ellos por mar con setenta y siete naves, y por tierra atacaron también los muros y fuertes.

Los atenienses salieron al mar con ochenta y seis barcos puestos en orden de batalla, cuya extrema derecha tenía Eurimedonte, el cual, empeñado el combate, procuró cercar las naves de los enemigos, y para esto se extendió hacia tierra, con lo cual los siracusanos tuvieron más espacio para embestir a las otras naves atenienses, que quedaron en medio desamparadas de la ayuda y socorro de Eurimedonte, y les dieron caza y pusieron en huida. Después se revolvieron sobre la nave de Eurimedonte que estaba encerrada en lo más hondo del seno del puerto y la echaron a fondo con el mismo Eurimedonte y todos los otros que estaban dentro. Hecho esto dieron caza a las otras naves y las siguieron hasta tierra.

Viendo esto Gilipo y que los barcos de los enemigos habían ya pasado la empalizada que tenían hecha en el mar, y también el lugar donde él tenía su ejército a orilla de la mar para batir a los que bajasen a tierra, y para que los siracusanos pudiesen más a su salvo detener las naves de los atenienses, y observando que los suyos tenían ganada la parte de tierra, fue con algunas de sus tropas a la boca del puerto para ayudar a los siracusanos, mas los tirrenos, que por acaso les cupo la guarda de aquella estancia por los atenienses, les salieron al encuentro, y al principio los rechazaron y pusieron en huida y les dieron caza hasta el lago llamado Lisimelia, mas poco después acudió una banda de los siracusanos y de sus aliados para socorrerles.

Por la otra parte los atenienses salieron de su campamento muy apresurados, así para ayudar a los suyos como para salvar sus naves, y allí hubo un gran combate, en el cual finalmente los atenienses alcanzaron la victoria, mataron gran número de los contrarios y salvaron muchos de sus barcos, aunque todavía quedaron diez y ocho en poder de los enemigos, y los que estaban dentro de ellos todos muertos.