Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)

Part 15

Chapter 154,050 wordsPublic domain

Al día siguiente los atenienses cercaron con muro un cerro que está junto el arrabal de Epípolas, encima de una laguna de donde se puede ver todo el puerto grande, y extendieron el muro desde el cerro hasta el llano y desde la laguna hasta la mar. Viendo esto los siracusanos, salieron de nuevo para hacer otro fuerte de madera a la vista de los enemigos con su foso, para estorbarles que pudiesen extender su muro hasta la mar, pero los atenienses, habiendo acabado el muro del cerro, determinaron acometer otra vez a los siracusanos que trabajaban en los fosos y reparos, y para esto mandaron al general de la armada que saliese con ella de Tapso y la metiese en el puerto grande. Ellos, al despuntar el alba, bajaron de Epípolas, atravesaron el llano que está al pie y de allí la laguna por la parte más seca, lanzando en ella tablas y maderos que les pudiesen sostener los pies, pasando a la otra parte y venciendo, y dispersando a los siracusanos que allí estaban en guarda, de los cuales unos se retiraron a la ciudad y otros hacia la ribera; mas los trescientos soldados atenienses que fueron escogidos para acometerles como la vez pasada, los quisieron atajar y dieron a correr tras ellos hacia la punta de la ribera.

Viendo esto los siracusanos, porque la más era gente de a caballo, revolvieron contra los trescientos soldados con tanto ímpetu, que los pusieron en huida y después cargaron sobre los atenienses que venían en el ala derecha tan rudamente, que los que estaban en primera fila se asustaron y cobraron gran miedo. Mas Lámaco, que venía en el ala izquierda, advirtiendo el peligro en que estaban los suyos, acudió a socorrerlos con muchos flecheros y algunos soldados argivos, y habiendo pasado un foso antes que le siguiesen los suyos, fue muerto por los siracusanos, como también otros cinco o seis que habían pasado con él. Los siracusanos trabajaban para pasar estos muertos a la otra parte del río antes que llegase la demás gente de Lámaco; pero no pudieron, porque les pusieron en tanto aprieto que les fue forzoso dejarlos.

Entretanto, los siracusanos que al principio se habían retirado a la ciudad, viendo la defensa que hacían los otros, cobraron ánimo y salieron en orden de batalla para pelear con los atenienses, enviando algunos de ellos a combatir el muro que los atenienses habían hecho en torno de Epípolas por creer que estaba desprovisto de guarnición, como a la verdad lo estaba, y por eso ganaron gran parte del muro y le hubieran ocupado del todo si Nicias no acudiera pronto en socorro de los atenienses que habían quedado allí por mala disposición, y al ver que no había otro remedio para poder guardar y defender el muro por aquella parte por falta de gente, mandó a los suyos que pusiesen fuego a los pertrechos y madera que había delante del muro, y así se salvaron, porque los siracusanos no osaron pasar más adelante a causa del fuego, también porque veían venir contra ellos la banda de los atenienses que había seguido a los otros sus compañeros en el alcance, y además, porque las naves de sus contrarios que venían de Tapso entraban ya en el puerto grande. Conociendo, pues, que no eran bastantes para poder resistir a los atenienses ni estorbarles que acabaran su muro, acordaron retirarse hacia la mar, y los atenienses pusieron otra vez su trofeo en señal de victoria, porque los siracusanos la reconocían demandándoles sus muertos para enterrarlos, los cuales ellos les dieron y también recobraron los cuerpos de Lámaco y los otros sus compañeros que habían sido muertos con él.

Reunida ya la armada de los atenienses y todo su ejército, cercaron por dos partes la ciudad por mar y por tierra, comenzando desde Epípolas hasta la mar, y estando allí sobre el cerco les traían muchos abastecimientos y vituallas de todas partes de Italia, y muchos de los aliados de los siracusanos que al principio habían rehusado aliarse con los atenienses, fueron entonces a rendirse a ellos. De la parte de la costa de Tirrenia[12] recibieron tres pentacóntoros de socorro. De manera que las cosas de los atenienses iban tan prósperas que tenían por cierta la victoria, mayormente entendiendo que los siracusanos habían perdido la esperanza de poder resistir a las fuerzas de los atenienses, porque no tenían nuevas de que de los lacedemonios les enviaran socorro alguno. Por ello tuvieron entre sí muchas discusiones para capitular, y también con Nicias, que después de la muerte de Lámaco había quedado por único caudillo de los atenienses, para hacer algún tratado de paz o treguas, mas no se concluyó cosa alguna, aunque de una parte y de la otra tuvieron muchos debates, como sucede entre hombres que están dudosos y que se ven cercados y apremiados más y más cada día.

Advirtiendo los siracusanos la necesidad en que estaban, desconfiaban unos de otros, de manera que destituyeron a los capitanes que primero habían elegido, so color de que las pérdidas y derrotas sufridas fueron por culpa de ellos o por su mala dicha, y en su lugar nombraron otros tres, que fueron Heráclides, Eucles y Telias.

Mientras esto ocurría, el lacedemonio Gilipo había ya llegado a Léucade con las naves de los corintios, y con determinación de acudir con toda premura a socorrer a los siracusanos. Mas teniendo nuevas de que la ciudad estaba cercada por todas partes, por muchos mensajeros que llegaban, todos conformes en la noticia, aunque no era verdad, perdió la esperanza de poder remediar las cosas de Sicilia, y para defender a Italia, partió con dos trirremes de los lacedemonios. Con él iban el corintio Pitén, con otros dos barcos de Corinto, y a toda prisa llegaron a Tarento. Tras ellos navegaban otras diez naves, dos de Léucade y tres de los ambraciotes.

Al llegar Gilipo al puerto de Tarento, dirigiose a la ciudad de Turios en nombre de los lacedemonios, y como embajador para procurar atraer a los habitantes a su devoción y alianza. Al efecto les recordaba los beneficios de su padre que en tiempos pasados había sido gobernador de su estado. Mas viendo que no querían acceder a su demanda regresó a la costa de Italia hacia arriba, y cuando llegó al golfo de Terina, le sorprendió un huracán de mediodía que reinaba mucho en aquel golfo, de manera que le fue forzoso volver al puerto de Tarento, donde reparó sus naves destrozadas por el huracán.

Entretanto avisaron a Nicias de la llegada de Gilipo, mas como supo las pocas naves que traía, no hizo gran caso de él, como no lo hicieron los de Turios, pareciéndoles que Gilipo venía antes como corsario para robar en la mar que para socorrer a los siracusanos.

En este mismo verano los lacedemonios con sus aliados comenzaron la guerra contra los argivos, y robaron y talaron gran parte de su tierra, hasta que los atenienses les enviaron treinta barcos de socorro, rompiendo así claramente el tratado de paz con los lacedemonios, lo cual no hicieron hasta entonces, porque las entradas y robos realizados antes de una parte y de otra eran más bien actos de latrocinio que de guerra, y hasta aquel momento no quisieron unirse con los argivos y mantineos contra los lacedemonios, aunque muchas veces los argivos lo solicitaran para entrar por tierra de lacedemonios y tomar parte en el botín regresando después sin peligro.

Pero entonces los atenienses después de nombrar tres capitanes para su ejército, que eran Pitodoro, Lespodias y Demárato, entraron como enemigos en tierra de Epidauro Limera, y tomaron y destruyeron Prasias y algunas villas pequeñas de aquella provincia, por lo cual los lacedemonios tuvieron después más justa causa para declararse sus enemigos.

Después de volver los atenienses de la costa de Argos y los lacedemonios con su ejército de tierra, los argivos entraron en tierra de Fliunte, y habiendo robado y talado mucha parte de ella y matado a muchos de los contrarios, regresaron a la suya.

FIN DEL LIBRO SEXTO.

LIBRO VII.

SUMARIO.

I. Entra Gilipo en Siracusa con el socorro de las otras ciudades de Sicilia partidarias de los siracusanos. Pierde una batalla y gana otra contra los atenienses. Los siracusanos y los corintios envían una embajada a Lacedemonia pidiendo nuevo socorro y Nicias escribe a los atenienses demandándoles refuerzos. -- II. Lo que decía la carta de Nicias a los atenienses y lo que proveyeron estos en vista de ella. -- III. Los peloponesios entran en tierra de Atenas y cercan la villa de Decelia. Socorros que envían a Sicilia, así los atenienses como los peloponesios. -- IV. Siracusanos y atenienses libran una batalla por mar en el puerto, y por tierra, pretendiendo ambos haber alcanzado la victoria. Encuentros que tuvieron después durante el sitio. -- V. Necesidades que sufría Atenas por la guerra. Algunos tracios que fueron a servir a los atenienses, y se volvieron por falta de paga, al regresar destruyen la ciudad de Micaleso, y después son casi todos dispersados. -- VI. Lo que hicieron los capitanes atenienses Demóstenes y Eurimedonte en el camino cuando iban en socorro los sitiadores de Siracusa. Auxilio que reciben los sitiados. Batalla naval entre atenienses y peloponesios junto a Naupacto. -- VII. Mientras Demóstenes y Eurimedonte están en camino para reforzar a los atenienses que sitian Siracusa, los siracusanos libran una batalla naval contra los atenienses. -- VIII. Llegan Demóstenes y Eurimedonte al campamento de los atenienses. Atacan de noche los parapetos de los siracusanos junto a Epípolas y son rechazados con grandes pérdidas. -- IX. Después de celebrar muchos consejos, deciden los atenienses levantar el sitio de Siracusa, y al fin no lo hacen por una superstición. -- X. Logran los siracusanos nueva victoria naval contra los atenienses y procuran encerrarlos en el puerto donde estaban. -- XI. Ciudades y pueblos que intervienen en la guerra de Sicilia, así de una parte como de otra. -- XII. Los siracusanos y sus aliados vencen de nuevo en combate naval a los atenienses, de tal modo que no pueden estos salvarse por mar. -- XIII. Después de la derrota parten los atenienses de su campamento para ir por tierra a las villas y lugares de Sicilia que seguían su partido. -- XIV. Los siracusanos y sus aliados persiguen a los atenienses en su retirada y los vencen y derrotan completamente.

I.

Entra Gilipo en Siracusa con el socorro de las otras ciudades de Sicilia partidarias de los siracusanos. Pierde una batalla y gana otra contra los atenienses. Los siracusanos y los corintios envían una embajada a Lacedemonia pidiendo nuevo socorro y Nicias escribe a los atenienses demandándoles refuerzos.

Después que Gilipo y Pitén repararon sus naves en Tarento, partieron para ir a Locros Epicefirios, hacia el poniente, y avisados de que la ciudad de Siracusa no estaba aún cercada por todas partes y de que podían entrar por Epípolas, dudaron si dirigir el rumbo a la derecha de Sicilia, intentando entrar en la ciudad, o si, encaminándose a la izquierda, irían primeramente a abordar en Hímera, reuniendo allí toda la gente que pudiesen, así de los de la ciudad como de los otros sicilianos, y yendo después por tierra a socorrer a los siracusanos. Decidieron por fin ir a Hímera, por ser advertidos que las cuatro naves atenienses enviadas por Nicias, no habían aún aportado a Regio. Nicias las envió allí por creer que los de Gilipo estaban aún detenidos en Locros.

Pasaron, pues, Gilipo y Pitén con su armada al estrecho antes que los barcos de los atenienses hubiesen aportado a Regio, y después, navegando al largo de la mar de Mesena, fueron derechamente a abordar en Hímera. Estando en este lugar indujeron a los himereos a ajustar con ellos alianza, y a que les proveyesen de barcos y de armas para su gente, de que tenían falta. Tras esto ordenaron a los selinuntios que se hallasen con todo su poder en cierto lugar que les señalaron, prometiéndoles enviar con ellos alguna de su gente de guerra.

Ocurrió también que los de Gela, y algunos otros sicilianos, mostráronse más propicios a entrar en esta alianza con los peloponesios que lo habían estado antes, a causa de que Arcónides, que señoreaba algunos de los sicilianos, había muerto pocos días antes, y en vida tuvo gran amistad e inteligencia con los atenienses. También influyó en esta decisión el rumor de que Gilipo acudía con diligencia y con muchas fuerzas él y los suyos en favor de los siracusanos.

Gilipo, con setecientos hombres de guerra que tomó de los suyos entre soldados y marineros armados, mil himereos armados de todas armas y a la ligera, ciento de a caballo, algunos de los selinuntios y otros hombres de armas de los de Gela, y con muchos soldados sicilianos hasta el número de mil, fue derechamente a Siracusa.

Por su parte, los corintios partieron de Léucade para acudir a toda prisa a aquellas partes con todos sus barcos. Góngilo, que era su capitán, llegó el primero de todos cerca de Siracusa, aunque había partido el último.

Tras él arribó Gilipo, quien al saber que los siracusanos estaban resueltos a hacer tratos con los atenienses, lo estorbó, avisándoles el socorro que les llegaba, con lo cual los siracusanos mostráronse muy alegres y consolados.

Con estas noticias cobraron ánimo y salieron con todas sus fuerzas fuera de la ciudad a recibir a Gilipo, por tener entendido que ya estaba en camino, el cual habiendo tomado por fuerza de armas la villa de Ietas, dirigiose con toda su gente puesta en orden de batalla hacia Epípolas.

Llegó allí por la parte de Euríelo, por donde los atenienses habían subido la primera vez, se unió a los siracusanos y todos juntos marcharon hacia el muro de los atenienses, que ya entonces tenía de largo hasta siete u ocho estadios desde el campamento de los atenienses hasta la mar, y era doble por todas partes, excepto por un extremo, hacia la mar, donde estaban construyéndolo, y de la otra parte, hacia Trógilo, habían traído gran cantidad de piedras y otros materiales. En algunos lugares estaba ya acabada la obra, en otros a medias, y finalmente en otros no habían comenzado a causa de que por aquella parte se extendía muy a la larga. En este peligro estaban los siracusanos cuando les llegó el socorro.

Al ver los atenienses a Gilipo y los siracusanos ir de pronto contra ellos, quedaron muy turbados al principio, aunque después se aseguraron y pusieron a punto de batalla para salir contra sus enemigos.

Antes de que se acercasen las huestes de Gilipo, les envió a decir por medio de un trompeta, que si querían partir de Sicilia dentro de cinco días con su bagaje, y todas sus cosas en salvo, de buen grado harían con ellos tratado de paz. De esta demanda no hicieron caso los atenienses, regresando el trompeta sin ninguna respuesta. Así se prepararon ambas partes para dar la batalla.

Viendo Gilipo que los siracusanos estaban desordenados, y que apenas los podía poner en orden, pareciole que sería mejor hacerlos retirar, y reunir en algún lugar más espacioso.

De igual manera, Nicias no quiso que marchase su gente adelante, sino que los hizo a todos detener puestos a punto de batalla junto a los muros y parapetos.

Observando esto Gilipo, mandó retirar los suyos a un collado allí cerca llamado Temenitis, donde alojó todo su ejército.

Al día siguiente sacó la mayor parte de sus tropas en orden de batalla hasta cerca del fuerte de los atenienses, para estorbarles que pudiesen socorrerse unos a otros. Por otra parte, envió una banda de su gente a un castillo que tenían los atenienses llamado Lábdalo, al cual tomaron por asalto y mataron a todos los que hallaron dentro, sin que los otros atenienses lo pudiesen ver ni oír.

Este mismo día los siracusanos tomaron un trirreme de los atenienses cuando iba a entrar dentro del gran puerto.

Después comenzaron a hacer un muro que llegaba desde la ciudad hasta encima de Epípolas, y labraron otro al través contra el muro de los atenienses para impedir, si se lo dejaban acabar, que los atenienses cercaran la ciudad completamente.

Acabado el muro que querían hacer desde su campo hasta la mar, los atenienses se retiraron a su fuerte en lo más alto de él. Y porque una parte del muro estaba baja, Gilipo fue de noche con su gente hacia él, pensando tomarlo, mas sentido por los que hacían la guardia, les salieron a su encuentro y fuele forzoso retirarse muy despacio sin hacer ruido alguno. Después los atenienses alzaron más el muro y dejaron en guarda algunos soldados de los de su propia tierra. Por las otras partes pusieron otros de la gente de sus aliados.

También pareció a Nicias que era necesario cercar de muro el lugar llamado Plemirio, que es una roca o cerro frente a la ciudad que penetra en la mar y llega hasta la entrada del gran puerto, siendo cierto que si le tenía fortificado, las vituallas y otras provisiones necesarias que entraban por mar podrían desembarcar más fácilmente teniendo gente de guarnición cerca del puerto, a donde antes no podían llegar, quedando muy lejos, por lo cual los barcos que llegasen no podían darles socorro de pronto. Hizo esto con propósito de ayudarse de la armada y del ejército de tierra cuando Gilipo llegara, para lo cual mandó embarcar una parte de su gente y la llevó hasta aquel lugar de Plemirio, haciéndolo cercar y fortificar con tres muros y fuertes, y metiendo allí una parte del bagaje. Junto a Plemirio podían guarecerse sus naves grandes y pequeñas.

Por esta causa murieron muchos de sus marineros por falta de agua fresca, que necesitaban buscarla bien lejos de allí, sin perjuicio de que cuando salían a tierra para traer leña y provisiones, la gente de a caballo de los siracusanos que estaba en el campo los hería y mataba, y lo mismo hacía la gente de guarnición que tenían en una villa situada junto al Olimpieo, y que los siracusanos habían puesto allí para impedir que los atenienses que estaban en Plemirio pudiesen hacerles mal alguno.

Avisado Nicias de que llegaban las galeras de los corintios, envió para salirles al encuentro hasta veinte de las suyas, y ordenó al capitán de esta armada que las esperase entre Locros y Regio, y les acometiese en el estrecho de Sicilia.

Durante este tiempo Gilipo trabajó también para acabar el muro que tenía comenzado entre la ciudad y Epípolas, y aprovechando la piedra y materiales que los atenienses habían juntado allí para su labor. Hecho esto salía muchas veces fuera de la ciudad con su gente y la de los siracusanos en orden de batalla, y los atenienses por su parte hacían lo mismo.

Cuando pareció a Gilipo tiempo oportuno de acometer a los enemigos, fue a dar en ellos con toda furia, mas a causa de que el combate se hacía entre los fuertes y parapetos de una parte y de otra, en lugar mal dispuesto para poder pelear los de a caballo, de que los siracusanos tenían gran número, fueron vencidos estos y los peloponesios, y quedaron los atenienses victoriosos, devolviendo los muertos a sus contrarios y levantando un trofeo en señal de triunfo.

Después de esta batalla, Gilipo mandó reunir a todos los suyos y les habló de pasada, diciéndoles que no desmayasen, pues aquella pérdida no había ocurrido por falta de ellos, sino solo por culpa suya, que les mandó pelear en lugar estrecho, donde no se podían ayudar de la gente de a caballo, y menos de los tiros de dardos y piedras, por lo cual había determinado hacerles salir de nuevo a pelear en otro lugar más a propósito para la batalla. Por tanto, que se acordasen de que eran dorios y peloponesios, y que sería gran afrenta dejarse vencer por jonios de nación e isleños, y otros advenedizos, siendo tantos en número como ellos.

Dicho esto, cuando le pareció que era tiempo, los sacó otra vez al campo en orden de batalla, y también Nicias había determinado, si no salían a pelear los enemigos, presentarles la batalla, para estorbarles que acabasen los muros y parapetos que tenían comenzados junto a los suyos, que ya estaban muy altos, y le parecía que si pasaban adelante, los mismos atenienses estarían antes cercados por los siracusanos que no los siracusanos por ellos, y en peligro de ser vencidos. Por esto determinó salir a la batalla.

Había Gilipo puesto en orden la gente de a caballo y tiradores más lejos de los muros que no la vez pasada, en un lugar espacioso, donde los muros y parapetos de ambas partes estaban muy apartados, y cuando la batalla fue comenzada, los suyos atacaron la extrema izquierda de los atenienses con tanto ímpetu, que les hicieron volver las espaldas y les pusieron en huida, con lo cual los siracusanos y peloponesios consiguieron la victoria esta vez, porque todos los contrarios, viendo huir a los atenienses, hicieron lo mismo y se retiraron a sus fuertes.

En la noche siguiente, los siracusanos levantaron su muro a igual del de los enemigos, y aún más, de manera que los contrarios no podían impedirles continuar su muro tan adelante como quisiesen, y aunque fuesen vencidos en batalla, no podían ya cercarlos con muralla.

Tras esto llegaron las naves de los corintios, leucadios y ambraciotes, que serían en número de doce, al mando del corintio Erasínides, el cual había engañado a las naves de los atenienses que les salieron al encuentro, pues hurtándoles el viento, pasaron adelante.

Desde su llegada, ayudaron a los siracusanos a acabar el muro que tenían comenzado hasta juntarlo con el otro que venía al través.

Hecho esto, y viendo Gilipo que la ciudad estaba segura, partió hacia los otros lugares de Sicilia para tener negociaciones y tratos con ellos, a fin de que aceptaran su alianza y amistad contra los atenienses aquellos que estaban dudosos y no inclinados a la guerra.

Los siracusanos y los corintios que habían venido en su ayuda, enviaron embajadores a Lacedemonia y a Corinto, pidiendo nuevo socorro, de cualquier manera que pudiesen dárselo, en barcos de cualquier clase, con tal que les trajesen gente de guerra.

Por su parte los siracusanos, suponiendo que los atenienses enviarían también socorro a los de su campo, dispusieron sus buques para combatirlos por mar, e hicieron todos los otros aprestos necesarios para la guerra.

Viendo esto Nicias, que las fuerzas de los enemigos crecían más cada día, y que las suyas disminuían y se apocaban, determinó enviar mensaje a Atenas para hacerles saber el estado en que se encontraban las cosas de su campo, que era tal, que se tenían por perdidos y desbaratados si no se retiraban o les enviaban nuevo y suficiente socorro. Sospechando que los que enviaba con el mensaje no tuvieran condiciones para decir lo que les encargaba, o se olvidasen de alguna parte, o temiesen decirlo por descontentar al pueblo, determinó escribir largamente lo que ocurría, suponiendo que cuando el pueblo supiese la verdad de lo que pasaba, adoptaría inmediatamente determinación, según requería el caso.

Partieron los mensajeros con su carta e instrucciones a Atenas, y Nicias se quedó en el campo con más cuidado de guardar su ejército que de salir a acometer a los enemigos.

En este mismo verano, Evetión, capitán de los atenienses con el rey Pérdicas, y otros muchos tracios, fueron a cercar la ciudad de Anfípolis; mas como viesen que no la podían tomar por tierra, hicieron subir muchas barcas por el río Estrimón, que corre por la parte de Himereo, y en esto pasó aquel verano.

Al comienzo del invierno, los mensajeros que Nicias había despachado, llegaron a Atenas e hicieron relación en el Senado del encargo que traían, respondiendo a cuanto les preguntaron, mas ante todas cosas presentaron la carta de Nicias, que era del tenor siguiente:

II.

Lo que decía la carta de Nicias a los atenienses y lo que proveyeron estos en vista de ella.

«Varones atenienses, por otras mis cartas antes de estas habréis sabido lo que acá se ha hecho, al presente es menester que sepáis la situación en que estamos para que proveáis sobre ello lo necesario.