Historia de la guerra del Peloponeso (2 de 2)
Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* También se han modernizado las transcripciones de los nombres propios y gentilicios de origen griego.
* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final del libro.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
* El original impreso de este tomo lleva el Índice general de los dos tomos de la obra, pero solo se ha incluido aquí la parte correspondiente a este segundo tomo.
HISTORIA DE LA GUERRA DEL PELOPONESO.
BIBLIOTECA CLÁSICA. TOMO CXXIII
HISTORIA DE LA GUERRA DEL PELOPONESO
ESCRITA POR TUCÍDIDES
TRADUCIDA DEL GRIEGO POR DIEGO GRACIÁN Y ENMENDADA LA TRADUCCIÓN
TOMO II
MADRID LIBRERÍA DE PERLADO, PÁEZ Y C.ª Sucesores de Hernando. Calle del Arenal, núm. 11. -- 1913
ES PROPIEDAD
MADRID. -- Imp. de los Suc. de Hernando, Quintana, 33.
GUERRA DEL PELOPONESO.
LIBRO V.
SUMARIO.
I. Los atenienses, al mando de Cleón, toman la ciudad de Torone a los peloponesios. Viaje que el ateniense Féax hace a Italia y Sicilia. -- II. Brásidas vence a Cleón y a los atenienses junto a Anfípolis, muriendo ambos caudillos en la batalla. -- III. Ajustan la paz los lacedemonios con los atenienses para sí y sus aliados, y después pactan alianza, prescindiendo de estos. -- IV. La paz entre atenienses y peloponesios no es observada. Corinto y otras ciudades del Peloponeso se alían con los argivos contra los lacedemonios. -- V. Comunicaciones que recatadamente tienen atenienses y lacedemonios. Hechos de guerra y tratados que en este verano se hicieron. -- VI. Los lacedemonios se alían con los beocios sin consentimiento de los atenienses, contra lo estipulado en el tratado de paz, y estos, al saberlo, pactan alianza con los argivos, mantineos y eolios. -- VII. Después de muchas empresas guerreras entre los aliados de los lacedemonios y de los atenienses, estos, a petición de los argivos, declararon que los lacedemonios habían quebrantado el tratado de paz y eran perjuros. -- VIII. Estando los lacedemonios y sus aliados dispuestos a combatir con los argivos y sus confederados delante de la ciudad de Argos, los jefes de ambas partes, sin consentirlo ni saberlo sus tropas, pactan treguas por cuatro meses, treguas que rompen los argivos a instancia de los atenienses, y toman la ciudad de Orcómeno. -- IX. Los lacedemonios y sus aliados libran una batalla en Mantinea contra los atenienses y argivos y sus aliados, alcanzando la victoria. -- X. Pactan primero la paz, y después la alianza, los lacedemonios y los argivos. Hechos que realizan los lacedemonios y los atenienses sin previa declaración de guerra. -- XI. Del sitio y toma de la ciudad de Melos por los atenienses, y de otros sucesos que ocurrieron aquel año.
I.
Los atenienses, al mando de Cleón, toman la ciudad de Torone a los peloponesios. -- Viaje que el ateniense Féax hace a Italia y Sicilia.
En el verano siguiente, fin del primer año de las treguas, que se cumplieron el día de las fiestas de Pitia, los atenienses echaron de la isla de Delos a los moradores, porque les pareció por alguna causa antigua que no vivían dignamente, y que no restaba por hacer más que aquello para cumplir y acabar la purificación de dicha isla, según lo antes referido, pues habiendo quitado las sepulturas y monumentos de los muertos, convenía también lanzar de allí a los vivos que hacían mala vida, para aplacar del todo la ira de los dioses.
Los echados de la isla se fueron todos a la ciudad de Adramitio, en tierra de Asia, a donde Farnaces les daba lugar para que habitasen conforme iban llegando.
Terminadas las treguas, Cleón partió para Tracia con treinta navíos, en los cuales había mil doscientos infantes atenienses, todos muy bien armados, y trescientos de a caballo, con otro gran número de aliados que llevaba consigo por consentimiento de los atenienses, a quienes Cleón había inducido para esto. Al llegar delante de Escíone, que estaba todavía cercada, Cleón tomó alguna gente de la guarnición del cerco y se fue con ella al puerto Cofo, que no está muy lejos de la ciudad de Torone, donde entendiendo por relación de algunos fugitivos que Brásidas no estaba allí, y que la gente de guerra que había dejado en guarda no era bastante para resistir a sus fuerzas y poder, salió de sus naves y fue por tierra con su ejército hacia la ciudad, habiendo primeramente dejado diez barcos para que cerrasen y tomasen la entrada del puerto. Dirigiose contra los muros y reparos nuevos que Brásidas había hecho por meter los arrabales dentro de la ciudad, y para que fuese todo un fuerte, había derribado los muros viejos que estaban entre la ciudad, y los arrabales. Llegaron los atenienses de pronto a combatir aquellos muros, donde Pasitélidas, que había quedado por capitán para guarda y defensa de la ciudad, resistió lo mejor que pudo con la poca gente que tenía; mas viendo que no era bastante para poder defenderse, y temiendo que la gente que quedaba en las naves alrededor del puerto entrase en la ciudad por la parte de mar, que estaba desprovista de tropas, y le atacase por la espalda, se retiró con la mayor diligencia que pudo al burgo viejo de la ciudad. La gente de las naves que había saltado a tierra en el puerto ganó la entrada de la ciudad por aquella parte, y los que combatían los muros nuevos, viendo esto, les siguieron a todo empuje y entraron todos mezclados unos tras otros dentro del burgo viejo por algunos portillos de la muralla vieja que había sido derribada, matando en aquella entrada gran número de lacedemonios, y de los ciudadanos que les salían al encuentro defendiéndose. Algunos cayeron prisioneros, entre ellos Pasitélidas, su capitán.
Sabedor Brásidas de la llegada de los atenienses, venía a socorrer a los de Torone a toda prisa; mas como en el camino tuviese nueva de la toma de la ciudad, se volvió, faltándole solo para llegar a tiempo caminar unos cuarenta estadios.
Los atenienses, después de tomar la plaza, levantaron dos trofeos en señal de victoria, uno en el puerto y otro en la ciudad, y tomaron cautivos las mujeres, niños y hombres, así lacedemonios como ciudadanos, y otros de tierra de Calcídica, enviándolos todos a Atenas. Serían unos setecientos, de los cuales los lacedemonios fueron después libertados por concierto de las treguas, y los otros dados a los olintios en canje por otros tantos atenienses que estaban prisioneros.
Durante este tiempo los beocios tomaron por traición el muro de Panacto, que está en los confines de Atenas. Cleón, habiendo dejado buena guarnición dentro de Torone, partió por mar a la villa de Atos, cercana de la ciudad de Anfípolis, y Féax, hijo de Erasístrato, elegido por embajador de los atenienses con otros dos acompañantes, salió para Italia y Sicilia con dos naves solamente. La causa de enviarle fue esta:
Después que los atenienses salieron de Sicilia por la concordia y unión que los sicilianos habían hecho entre sí, los leontinos habían metido en su ciudad gran número de gente por ciudadanos, a causa de lo cual, viéndose el pueblo muy crecido y aumentado de gente, determinó repartir las tierras de la ciudad por cabezas, lo cual, visto por los principales y más ricos, expulsaron la mayor parte de los del pueblo fuera de la ciudad. Estos expulsados fueron a unas partes y a otras, y dejaron la ciudad casi sola y desierta. Poco después se acogieron a los siracusanos, que los recibieron en su ciudad como a ciudadanos; mas posteriormente algunos de ellos, a quienes pesaba estar allí, determinaron volver a su tierra, y al llegar a ella tomaron por asalto una parte de la ciudad llamada Foceas, y otro lugar fuera, en término de ella, nombrado Bricinias, que era bien fuerte, a donde muchos de aquellos desterrados acudieron para juntarse con ellos, defendiéndose dentro de los muros de aquel lugar lo mejor que podían contra los de la ciudad.
Advertidos los atenienses de esto, enviaron a Féax, como arriba dijimos, con encargo de que tratase con sus aliados y confederados y los otros de la tierra, persuadirles, si fuese posible, de que se unieran para contrastar el poder de los siracusanos, cada día mayor, y socorrer y ayudar a los leontinos.
Al llegar Féax a Sicilia, con sus buenas razones ganó la voluntad de los de Camarina y Acragas; mas cuando se presentó a los de Gela, hallando las cosas en contraria disposición de lo que pensaba, no pasó más adelante, conociendo que no hacían nada por él, y se volvió navegando a lo largo de la isla de Sicilia, hablando de pasada con los de Catana y de Bricinias para amonestarles que siempre estuviesen firmes y constantes en la amistad a los atenienses.
Al ir, como al volver, trató con algunas ciudades de Italia para que no se confederasen e hiciesen alianza con los atenienses. Pasando por la costa de Sicilia, a la vuelta a su tierra, encontró en la mar algunos ciudadanos de Locros procedentes de Mesena, de donde fueron lanzados por los mesenios después de vivir algún tiempo en la ciudad. A causa de una sedición y revuelta que hubo en ella, poco tiempo después de la concordia hecha entre los sicilianos, el bando que se vio más débil, y con menos fuerzas llamó a los locros en su ayuda. Estos enviaron gran número de sus ciudadanos, y por este medio se hicieron señores de Mesena por algún tiempo con la ayuda de los que les habían llamado. Mas al fin fueron echados de la ciudad, y volvían a sus casas cuando Féax les encontró, el cual no les molestó, aunque pudiera, porque de pasada había hecho alianza con los de la ciudad de Locros en nombre de los atenienses, y a pesar de que en la concordia hecha entre los sicilianos, estos locros habían rehusado la alianza de los atenienses. Aun entonces no la aceptaran si no fuera por la guerra que a la sazón tenían contra los hiponios y medmeos, sus vecinos y comarcanos.
Pasado esto, a los pocos días Féax llegó a Atenas.
II.
Brásidas vence a Cleón y a los atenienses junto a Anfípolis, muriendo ambos caudillos en la batalla.
Partió Cleón de Torone, y dirigiose contra la ciudad de Anfípolis. De pasada, al salir del puerto de Eyón, tomó por asalto la villa de Estagira, en tierra de Andros[1], intentando además tomar a Galepso, en tierra de Tasos; mas no lo pudo conseguir, y volvió a Eyón.
Estando allí, envió a decir a Pérdicas que, conforme a la alianza que había hecho nuevamente con los atenienses, viniese luego hacia él con todo su poder, y asimismo avisó a Poles, rey de los odomantos, que tenía un grueso ejército de soldados en Tracia, para que viniesen en su ayuda, esperando la llegada de estos reyes en aquel lugar de Eyón.
Al saber todo esto Brásidas, partió con su ejército y se alojó junto a la villa de Cerdilio, que está en un lugar alto y fuerte, en tierra de los argilios, de la otra parte del río, no muy lejos de Anfípolis, porque de este lugar se podía muy bien ver lo que hacían sus enemigos, y ellos también lo que él hacía.
Cleón, como Brásidas lo había pensado, caminó con todo su campo derechamente hacia la ciudad de Anfípolis, haciendo muy poco caso de Brásidas, porque no tenía más de 1500 soldados tracios, y juntamente con ellos los edonios, todos muy bien armados, y algunos de a caballo, entre mircinios y calcídeos, sin los 1000 que había enviado dentro de Anfípolis, que podían ser en todos hasta 2000 hombres de a pie y 300 de a caballo, de los cuales tomó 1500, y con ellos subió a Cerdilio; los otros los envió dentro de Anfípolis para socorro de Cleáridas.
Volviendo a Cleón, digo que estuvo quieto, sin osar emprender ningún hecho, hasta tanto que fue forzado a salir por las mañas que después Brásidas tuvo. A los de Cleón no les gustaba estar allí esperando tanto tiempo sin pelear, teniendo a Cleón por hombre negligente y cobarde, y que sabía muy poco de las cosas de guerra en comparación de Brásidas, que le estimaban por hombre osado y buen capitán. Añadíase que los más de los atenienses habían ido con Cleón a esta empresa de mala gana y contra su voluntad, por todo lo cual, oyendo este la murmuración de los suyos, y porque no se enojasen perdiendo más tiempo allí, determinó sacarlos de aquel lugar, donde estaban todos puestos en un escuadrón, como habían estado en Pilos, esperando que les sucedería la cosa tan bien como allí; porque no podía pensar que los enemigos osarían venir a combatir contra él; antes decía que quería salir de su campo y subir a reconocer el lugar donde estaban aquellos.
También quiso aguardar mayor socorro, no tanto por la esperanza de la victoria si se veía forzado a combatir, como por cercar la ciudad y tomarla. Al llegar con todo su ejército, que era muy pujante, bien cerca de Anfípolis, se alojó sobre un cerro, de donde podía ver la tierra en derredor; y mirando el asiento de la ciudad muy atento, mayormente por la parte de Tracia, donde el río Estrimón se estrecha, halló que le venía muy a propósito este lugar, por parecerle que se podría retirar cuando quisiese sin combate.
Por otra parte, no veía persona alguna dentro de la ciudad, ni que entrase o saliese por las puertas, las cuales estaban todas cerradas, y pesábale en gran manera, no haber traído consigo todos sus aparatos y pertrechos de guerra para batir los muros, pareciéndole que, de tenerlos allí, la hubiera tomado fácilmente.
Cuando Brásidas entendió que los atenienses habían levantado su campo, también desalojó a Cerdilio y entró con toda su gente dentro de Anfípolis, sin hacer alarde alguno de querer salir ni combatir con los atenienses, porque no se hallaba tan poderoso como los enemigos para hacerlo, no tanto por el número de gente (porque en esto casi eran iguales) cuanto por los otros aprestos de guerra, en que era inferior a sus contrarios, y aun por la calidad de las tropas, porque en el campo de los atenienses estaba la flor de su gente de guerra y todas las fuerzas de los lemnios y de los imbrios. Determinó, pues, usar de arte y maña para acometerles; porque presentar a los enemigos su ejército, aunque fuese en número bastante y bien armado, le parecía no serle provechoso, y que antes serviría para dar ánimo a los enemigos y para que los despreciasen y tuviesen en poco. Así, pues, dejando para guarda y defensa de la ciudad con 150 soldados a Cleáridas, él, con lo demás de su ejército, determinó acometer a los atenienses antes que partiesen de allí, pensando que serían más fáciles de desbaratar estando faltos del socorro que esperaban por momentos, que aguardar a que este llegara. Antes de poner en ejecución su empresa quiso declarárselo a sus soldados, y amonestarles que hiciesen todos su deber. Mandó, pues, reunirlos y les dirigió la siguiente arenga:
«Varones peloponesios: Porque venimos de una tierra de donde los naturales por su ánimo generoso siempre han vivido en libertad, y por la costumbre que aquellos de vosotros que sois dorios de nación tenéis de combatir contra los jonios de origen, a quienes siempre habéis estimado por inferiores, y para menos que vosotros, no es menester que os haga largo razonamiento, sino solo que os declare la manera que tengo pensada para salir y acometer a mis enemigos: porque viendo que quiero probar mi fortuna con poco número de gente sin llevar todo nuestro poder, no tengáis menos corazón, pensando que por esto sois más débiles y flacos. Según puedo conjeturar estos nuestros enemigos que ahora nos tienen en poco, pensando que no osaremos salir a combatir contra ellos, se han puesto en lo alto para reconocer la tierra, y allí están muy seguros sin ningún orden ni concierto.
»Sucede muchas veces, que el que entiende y para mientes con atención en los yerros y faltas de sus enemigos, y se determina de acometerles con ánimo y osadía, no solamente en batalla campal, sino también en encuentro cuando quiera que vea la suya, llega al cabo con su empresa para su honra y provecho. Porque las empresas y hazañas que se hacen en guerra con astucia para dañar a los enemigos y hacer bien y provecho a sus amigos, dan gran honra y gloria a los capitanes que las emprenden. Por tanto, mientras están así desordenados y sin sospechar mal alguno, antes que levanten su campo del lugar donde están, pues me parece que tienen más voluntad de desalojarle que de esperar allí, he determinado dar sobre ellos con la gente que tengo, mientras dudan de lo que harán y antes que puedan resolverlo, entrando, si pudiere, hasta en medio de su campo.
»Tú, Cleáridas, cuando vieres que yo estoy sobre ellos, y entendieses que los he puesto temor y espanto, abrirás la puerta de la ciudad, y saldrás súbitamente de la otra parte con la gente que tienes, así ciudadanos como extranjeros, y vendrás con la mayor diligencia que pudieras a meterte en medio, porque me parece que, haciendo esto, los pondrás en gran alboroto y turbación, pues ya sabes que los que sobrevienen de nuevo en un encuentro ponen más temor a los contrarios que aquellos con quienes están peleando.
»Muéstrate, pues, Cleáridas, hombre de valor y verdaderamente espartano, y vosotros nuestros aliados, seguidle animosamente, y pensad que el pelear bien consiste solo en tener buen corazón, vergüenza y honra, y obedecer a sus capitanes, que el día de hoy, si os mostráis valientes y esforzados, adquiriréis libertad para siempre y seréis en adelante con más razón llamados compañeros y aliados de los lacedemonios. Obrando de otro modo, si os podéis escapar de ser todos muertos, y vuestra ciudad destruida, a bien librar quedaréis en más dura servidumbre que estábais antes, y seréis causa de estorbar a los otros griegos el conseguir su libertad.
»Sabiendo, pues, cuánto nos importa esta batalla, procurad señalaros en ella por buenos y esforzados, que en lo demás que a mí toca, yo mostraré por la obra que sé pelear de cerca tan bien como amonestar a los otros de lejos.»
Después que Brásidas hubo animado a los suyos con este razonamiento, puso en orden los que habían de salir con él, y asimismo los que después habían de salir con Cleáridas por la puerta de Tracia según queda dicho. Mas por haber sido visto de los enemigos a la bajada de Cerdilio, y también después, estando dentro de la ciudad, sobre todo cuando estaba haciendo sacrificios en el templo de la diosa Palas, situado fuera de la ciudad y cerca de la muralla, dieron aviso a Cleón que había salido a reconocer la tierra en torno de la ciudad. Fácil les era averiguar lo que pasaba, así porque veían claramente a los de dentro de la ciudad que se ponían en armas, como también que salía por las puertas tropel de gente de a caballo y de a pie, lo cual espantó mucho a Cleón, que apresuradamente bajó del lugar donde se encontraba para saber si eran ciertas sus sospechas.
Cuando conoció la verdad, habiendo determinado no combatir hasta que llegara el socorro que esperaba, y considerando que si se retiraba por la parte que primero había pensado le verían claramente, hizo señal para retirarse por otro lado, y mandó a los suyos que comenzasen la marcha primero por la izquierda, porque por otra parte no era posible, dirigiéndose hacia la villa de Eyón, mas viendo que los del ala izquierda caminaban muy despacio, hizo volver a los de la derecha hacia aquella parte, dejando por esta vía el escuadrón de en medio descubierto, y él mismo iba animando a los suyos para retirarse a toda prisa.
Entonces Brásidas conoció que ya era tiempo de salir, y viendo que se marchaban los enemigos, dijo a los suyos: «Esta gente no nos aguardará, porque bien veo cómo sus lanzas y celadas se menean, y nunca jamás hicieron esto hombres que tuviesen gana de combatir, por tanto, abrid las puertas, y salgamos todos con buen ánimo a dar sobre ellos con toda diligencia.»
Abiertas las puertas por la parte que Brásidas había ordenado, así las de la ciudad como las de los reparos, y las del muro largo, salió con su gente a buen trote por la senda estrecha donde ahora se ve un trofeo puesto, y dio en medio del escuadrón de los enemigos, que halló confusos por el desorden que tenían, y espantados por la osadía de sus enemigos; inmediatamente volvieron las espaldas y se pusieron en fuga.
Al poco rato salió Cleáridas por la puerta de Tracia, como le habían mandado, y vino por la otra parte a dar sobre los enemigos. Los atenienses, viéndose acometer súbitamente por donde no pensaban, y atajados de todas partes, se asustaron más que antes, de tal manera, que los de la ala izquierda que habían tomado el camino de Eyón diéronse a huir en desorden.
En este medio Brásidas, que había entrado por el ala derecha de los enemigos, fue gravemente herido, cayendo a tierra, mas antes que los atenienses lo advirtiesen fue levantado por los suyos que estaban cerca, y aunque los soldados de la ala derecha de los atenienses se afirmaron más que los otros en su plaza, Cleón viendo que no era tiempo de esperar más, dio a huir, y cuando iba huyendo le encontró un soldado mircinio que lo mató. Mas no por eso los que con él estaban dejaron de defenderse contra Cleáridas a la subida del cerro, y allí pelearon muy valientemente hasta tanto que los de a caballo y los de a pie armados a la ligera, así mircinios como calcídeos, sobrevinieron, y a fuerza de venablos obligaron a que abandonaran su puesto, y se pusiesen en huida.
De esta suerte todo el ejército de los atenienses fue desbaratado, huyendo unos por una parte y los otros por otra, cada cual como podía hacia la montaña, y los que de ellos se pudieron salvar acogiéronse a Eyón.
Después que Brásidas fue llevado herido a la ciudad, antes de perder la vida supo que había alcanzado la victoria, y al poco rato falleció. Cleáridas siguió al alcance de los enemigos cuanto pudo con lo restante del ejército, y después se volvió al lugar donde había sido la batalla.
Cuando hubo despojado los muertos, levantó un trofeo en el mismo lugar en señal de victoria.
Pasado esto, todos acompañaron al cuerpo de Brásidas armados, y le sepultaron dentro de la ciudad delante del actual mercado, donde los de Anfípolis le hicieron sepulcro muy suntuoso, y un templo como a héroe, dedicándole sacrificios y otras fiestas, y honras anuales, dándole el título y nombre de fundador y poblador de la ciudad, y todas las memorias que se hallaron en escrito, pintura o talla de Hagnón, su primer fundador, las quitaron y rayaron, teniendo y reputando a Brásidas por fundador y autor de su libertad. Hacían esto por agradar más a los lacedemonios por el temor que tenían a los atenienses, y también porque les parecía más provechoso para ellos hacer a Brásidas aquellas honras que no a Hagnón, a causa de la enemistad que naturalmente tenían con los atenienses, a los cuales, no obstante esto, les dieron sus muertos, que se hallaron hasta 600, aunque de la parte de los lacedemonios no hubo más de siete, porque esta no había sido primeramente batalla, sino un encuentro o batida donde no hubo mucha resistencia.
Recobrados los muertos, los atenienses volvieron por mar a Atenas, y Cleáridas con su gente se quedó en la ciudad de Anfípolis para ordenar el gobierno de ella.
Esta derrota fue en el fin del verano, a tiempo que los lacedemonios Ranfias y Autocáridas iban con un refuerzo de novecientos hombres de guerra a tierra de Tracia para rehacer el ejército de los peloponesios. Cuando llegaron a la ciudad de Heraclea, en tierra de Traquinia, estando allí ordenando las cosas necesarias para aquella ciudad, tuvieron noticia de lo ocurrido.
III.
Ajustan la paz los lacedemonios con los atenienses para sí y sus aliados, y después pactan alianza, prescindiendo de estos.