Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)
Part 7
«Verdaderamente, varones lacedemonios, yo no puedo entender lo que quieren decir los atenienses en las muchas y largas razones que aquí han expuesto, pues no han hecho otra cosa sino alabarse y engrandecerse, y publicar sus hazañas, sin dar excusa alguna de las injurias y ultrajes que han hecho a nuestros amigos y aliados, y a toda la tierra del Peloponeso. Pues si ellos fueron algún tiempo buenos contra los medos como dicen, y ahora son malos con nosotros, dignos son de doblada pena, porque de buenos se han vuelto malos. Por lo que a nosotros toca, y también a aquellos que son como nosotros, ciertamente somos ahora como fuimos entonces, y por esto, si somos cuerdos, no debemos permitir que nuestros amigos y aliados sean los injuriados ni ultrajados, sino aumentar su número, ayudarles y socorrerles sin dilación alguna, pues tampoco la tienen los otros en hacerles mal y daño. Y si los otros tienen más dinero, más barcos, y más caballos que nosotros, nosotros tenemos buenos y esforzados amigos y compañeros, y tales que no merecen ser desamparados y dejados en manos y poder de los atenienses: ni esperemos a determinar sus causas y querellas por pleitos ni por palabras, pues han sido injuriados por obras, debiéndoles vengar pronto y con todas nuestras fuerzas. No es menester que ninguno nos enseñe lo que debemos consultar y determinar en este caso, pues nosotros somos los injuriados. Los que deben gastar tiempo en largas consultas son quienes quieren injuriar y ultrajar a los otros. Por tanto, varones lacedemonios, determinad por vuestros votos como acostumbráis, y declarad la guerra a los atenienses según conviene a la dignidad y reputación de vuestra tierra de Esparta: no dejando que los atenienses crezcan y se hagan mayores en fuerzas, ni desamparando a vuestros amigos y aliados: antes con la ayuda de los dioses tomemos las armas y vayamos contra aquellos que nos han injuriado.»
Cuando Estenelaidas acabó su discurso, propuso la votación por ser éforo al consejo de los lacedemonios, donde se acercaban los más, y había más voces, porque la costumbre de los lacedemonios es votar en alta voz. Siendo grande el clamor y vocear entre ellos por la diversidad de pareceres, dijo que no podía entender a cual parte se inclinaban las más voces y el mayor clamor. Y queriendo que más claramente mostrasen su parecer, por animarles más a la guerra, habló así:
«Los que de vosotros, lacedemonios, fueren de opinión y declararen que las confederaciones han sido rotas, y que los atenienses nos han hecho injuria, levántense, y pasen a aquella parte (mostrándoles con el dedo un lugar señalado en el Senado); y los que fueren de contraria opinión, pasen a la otra.»
Todos se levantaron y se repartieron en los dos lugares: y fueron hallados muchos más en número los que eran de parecer que las confederaciones y alianzas habían sido rotas y que debían declarar la guerra, que los otros. Esto así hecho, los lacedemonios mandaron llamar a los amigos y aliados, y dijéronles que eran de parecer que los atenienses habían hecho la injuria, pero que querían también tener el voto de todos los compañeros y aliados, para que de común acuerdo y parecer de todos se hiciese la guerra. Y acabado esto, los aliados y compañeros volvieron a sus casas para consultarlo con sus ciudades; y lo mismo hicieron los embajadores de los atenienses, después que tuvieron respuesta del Senado de aquello para que fueron enviados.
Este decreto del consejo de los lacedemonios, en que se determinó que las alianzas y confederaciones habían sido rotas, fue hecho y publicado el año catorce después de las treguas que se hicieron por treinta años, acabada la guerra de Eubea. Impulsó a los lacedemonios a hacer este decreto, no tanto el influjo de los aliados y compañeros, cuanto el temor de que los atenienses creciesen en fuerzas y poder, viendo que la mayor parte de Grecia estaba ya sujeta a ellos. Porque los atenienses acrecentaron su poder de la manera siguiente:
XI.
De cómo los atenienses, después de la guerra con los medos, reedificaron su ciudad y principió su dominación en Grecia.
Después que los medos partieron de Europa, vencidos por mar y tierra por los griegos, y después que aquellos que se escaparon por mar fueron muertos y destrozados junto a Mícala, Leotíquidas, rey de los lacedemonios, que era caudillo de los griegos en aquella jornada de Mícala, volvió a su casa con los griegos del Peloponeso que iban a sus órdenes. Mas los atenienses, con los de Jonia y los del Helesponto, que ya se habían rebelado y apartado del rey, se quedaron atrás y cercaron la ciudad de Sesto, que tenían en su poder los medos, quienes la abandonaron, tomándola los atenienses e invernando en ella.
Pasado el invierno, los atenienses partieron, navegando desde el estrecho mar del Helesponto, ya que los bárbaros medos habían salido de aquella tierra, y vinieron derechamente a las ciudades, donde habían dejado sus hijos y mujeres, y bienes muebles en guarda al comienzo de la guerra, y con ellos regresaron a la ciudad de Atenas, la reedificaron y repararon los muros que estaban casi todos derribados y arruinados, y lo mismo las casas que también estaban caídas las más, excepto algunas pocas que los principales de los bárbaros persas habían dejado enteras para alojarse en ellas.
Sabido esto por los lacedemonios, determinaron enviarles sus embajadores para impedírselo, así porque sufrían mal que ellos ni otros ningunos griegos tuviesen sus villas y ciudades cercadas de muros, como a instancia y por instigación de los aliados y compañeros, que también les pesaba esto, porque temían el poder de los atenienses, viendo que tenían más número de barcos que al comienzo de la guerra de los medos, y también porque después de esta guerra habían cobrado más ánimo y osadía que antes.
Los embajadores de los lacedemonios les exigieron que no reparasen sus muros, sino que mandasen derribar todos los de las otras villas, que estaban fuera de tierra del Peloponeso, y habían quedado sanos y enteros. Mas no les declararon la causa que les movía a esta exigencia, antes les dijeron que lo hacían por temor de que si reparaban sus muros y los bárbaros volvían, tendrían estos grandes fuerzas y guardas, desde donde seguros pudiesen hacerles guerra, como les hacían al presente desde la ciudad de Tebas, que ellos tenían fortalecida. Porque el Peloponeso era una guarida y defensa bastante para todos los griegos para que desde allí pudiesen salir sin peligro contra los enemigos. Cuando los atenienses oyeron la embajada de los lacedemonios, respondiéronles que ellos enviarían en breve sus embajadores a Lacedemonia para darles satisfacción; y con esto los despidieron por consejo de Temístocles, el cual les dijo que enviasen a él delante a Lacedemonia, y tras él enviasen otros embajadores sus compañeros, los cuales se detuviesen en la ciudad hasta tanto que levantasen sus murallas tan altas que fuesen bastantes para que desde ellas pudiesen pelear y defenderse de sus enemigos caso necesario; y para esta obra hicieron trabajar a todos los del pueblo, así hombres como mujeres, grandes y pequeños, tomando la piedra, y los otros materiales de los edificios, donde la hallaban más a mano, ora fuesen públicos, ora de particulares. Y cuando les hubo enseñado esto, y aconsejado otras cosas que tenían intención de hacer allí, partió para Lacedemonia, y al llegar a la ciudad, estuvo muchos días sin presentarse al Senado, alegando excusas y achaques. Si alguno de los que tenían cargos le encontraba por la calle y le preguntaba por qué no entraba en el Senado, decíale que esperaba a los otros embajadores sus compañeros, que pensaba que debían estar ocupados en alguna cosa, y creía que vendrían pronto, maravillándose mucho de que no hubiesen llegado ya; cuantos le oían hablar así, daban crédito a Temístocles por la amistad que con él tenían. Llegaban entretanto diariamente a la ciudad de Lacedemonia algunas gentes que venían de Atenas, y decían cómo se labraban los muros de la ciudad, y que ya estaban muy altos, siendo preciso creerles. Temístocles vio que ya no podría disimularlo más, y rogoles que no creyeran las palabras que oían, sino que enviasen algunos de los suyos, hombres de fe y crédito, que lo viesen por sí mismos e hiciesen verdadera relación de lo que pasaba. Así lo hicieron.
Por otra parte, Temístocles envió secretamente aviso a los atenienses que detuviesen a los que enviaban los lacedemonios y no los dejasen partir hasta que él volviera. Entretanto llegaron a Lacedemonia los otros embajadores sus compañeros, que eran Abrónico, hijo de Lisicles, y Arístides, hijo de Lisímaco, los cuales le dijeron que ya las murallas de Atenas estaban bien altas, y en términos que se podían defender. Temían que cuando los lacedemonios supiesen la verdad de lo ocurrido, no les dejasen partir. Y como los atenienses detuviesen a los mensajeros enviados por los lacedemonios, según les aconsejó Temístocles, este fue derecho al Senado de los lacedemonios, y les dijo claramente que ya su ciudad estaba tan bien fortalecida de muros, que era bastante para guardar a los moradores; y que si los lacedemonios o sus aliados querían en adelante enviar embajadores a Atenas, verían a gentes que sabían y entendían lo que cumplía así a ellos como a su república; que cuando les pareciese ser mejor dejar la ciudad y entrar en las naves, mostrarían tener corazón y osadía para ello sin tomar consejo de otro. Y, por tanto, en todos los otros negocios que requiriesen consejo, no tenían necesidad de parecer ajeno. Que por ahora les convenía que su ciudad estuviese bien cercada de murallas, así por el bien de todos los ciudadanos, como por el provecho de todos los compañeros y aliados, porque era imposible que aquellos, cuya ciudad no estaba tan abastecida de fuerzas como las otras para hacer resistencia al enemigo, pudiesen igualmente consultar y determinar en las cosas del bien público. Por tanto, que era necesario, o que todas las ciudades de los compañeros y confederados estuviesen sin muros, o que los lacedemonios confesasen que las murallas de Atenas habían sido bien hechas y conforme a razón.
Cuando los lacedemonios oyeron estas razones no mostraron señal manifiesta de ira contra los atenienses, cuanto más que ellos no habían enviado sus embajadores a Atenas para estorbarles claramente que alzasen sus muros, sino para que consultasen primero sobre ello, y se adoptase el común parecer, porque los tenían por amigos, sobre todo después de la ayuda que les dieron contra los medos. Pero al fin les pesaba en secreto haber sido engañados.
Volvieron, pues, a sus casas los embajadores de ambas ciudades, sin echarse culpa alguna. Y de esta manera circundaron los atenienses su ciudad de muros en breve tiempo, los cuales bien parece haber sido hechos con gran prisa, pues los cimientos y fundamentos son de diversa clase de piedras; en algunos lugares no están sentadas igualmente, sino como acaso las hallaban, y muchas de ellas parecen traídas de sepulturas y monumentos. El circuito de la muralla es mucho mayor que la proporción de la ciudad, por lo cual tomaban materiales de todas partes. Persuadió Temístocles además a los atenienses de que acabasen la cerca del Pireo que tenían comenzada desde el año que él fuera gobernador[18] de la ciudad, diciendo que aquel lugar era muy a propósito por tener en sí tres puertos naturales; y que juntamente con esto, aprendiendo los ciudadanos la práctica de la navegación, se hacían más poderosos por mar y por tierra. Por esta causa fue el primero que osó decir que podían apoderarse de la mar, y que la debían dominar. Así lo comenzó a mandar, y por su consejo se hizo el lienzo de la muralla que cerca al Pireo, tal cual le vemos, tan fuerte y tan ancho, que pueden pasar dos carros cargados de piedra por dentro; y ni tiene cal ni arena, sino muy grandes piedras trabadas por de fuera con hierro plomado. No llegó a levantarse más que la mitad de la altura que él había ordenado, la cual era tal que, acabada, corto número de hombres, sin ser experimentados en guerras, la pudieran defender de numerosa armada; y los otros servir para entrar en las naves y combatir por mar. Sus proyectos referíanse principalmente a las cosas de mar, porque entendía a mi parecer que si los medos volvían a hacer la guerra a Grecia, vendrían más pronto y tendrían más fácil la entrada por mar que por tierra. Por tanto pensaba que era más conveniente tener fortificado el puerto del Pireo, que la ciudad alta[19] y muchas veces aconsejaba a los atenienses que si fuesen apremiados por tierra, se metiesen en este puerto, y por mar resistiesen a todos.
De esta manera los atenienses fortificaron su ciudad y su puerto con nuevos muros después de la partida de los medos.
Poco tiempo después el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, y capitán de los griegos, partió del Peloponeso con grandes barcos, y con él fueron otras treinta naves de los atenienses, sin contar otras muchas de los compañeros y aliados, y todos juntos entraron por tierra de Chipre, donde tomaron muchas villas y ciudades. Desde allí se dirigieron a Bizancio, ciudad que poseían aún los medos, y la cercaron y tomaron por fuerza, llevando por capitán al mismo Pausanias. Mas porque este se mostraba altivo y áspero para con los compañeros y aliados, todos los otros griegos, y principalmente los jonios y aquellos que nuevamente habían sido libertados del poder de los medos, les pesaba en gran manera ir con él, y no le podían sufrir. Rogaron a los atenienses que fuesen sus caudillos, pues eran sus deudos, y no permitiesen que Pausanias les maltratase. Los atenienses escucharon estas razones de buen grado, y aguardaban ocasión y oportunidad para poderlo hacer más a salvo.
En esto los lacedemonios mandaron llamar a Pausanias para que diese razón de lo que le acusaban: porque todos los griegos que venían se quejaban de su injusticia, diciendo que se mostraba más bien tirano que caudillo. Llamado Pausanias, los otros griegos, confederados, por el odio que le tenían, se sometieron a los atenienses, para que los dirigiesen, excepto los del Peloponeso. Llegó Pausanias a Lacedemonia, fue corregido y convencido de algunos delitos contra particulares; pero al fin le absolvieron de los públicos y más grandes crímenes, porque le acusaban de haber tenido tratos con los medos, y esto se lo probaron manifiestamente, por lo cual no le devolvieron el mando, sino que en su lugar enviaron a Dorcis y algunos otros capitanes con pequeño ejército, que al llegar al campamento y ver la gente de guerra que Dorcis no les mandaba a su gusto, se fueron y le dejaron. Los lacedemonios no quisieron enviarles más capitanes, temiendo que fuesen peores que los primeros, según lo habían experimentado en Pausanias. Además deseaban verse libres de aquella guerra contra los medos, y dejar el cargo a los atenienses, que les parecían bastantes para ser sus caudillos y amigos en aquel tiempo.
Al tomar los atenienses el mando de los griegos, con voluntad de los compañeros y aliados, por el odio que tenían a Pausanias, impusieron a cada una de las ciudades confederadas cierto tributo de barcos y dinero para la guerra, so color de los gastos que habían hecho en ella. Entonces crearon por vez primera tesoreros y receptores para cobrar y recibir el dinero. Este fue el primer tributo pedido a Grecia que sumó cuatrocientos sesenta talentos.[20]
La guarda del tesoro estaba en la isla de Delos, en el templo, donde hacían sus sínodos y asambleas los confederados y aliados. Allí elegían al principio sus caudillos y capitanes que obedecían sus leyes y eran llamados y consultados en los negocios de guerra.
XII.
Guerras que los atenienses tuvieron desde la de con los medos hasta la presente, así contra los bárbaros como contra los griegos, acrecentando con ellas su imperio y señorío.
Este grado de mando y autoridad sobre los griegos lograron los atenienses con ocasión de la guerra de los medos, y por el deseo que tenían de emprender cosas grandes. Mas después de aquella guerra hasta la presente, realizaron famosos hechos, así contra los bárbaros, como contra aquellos aliados y confederados que querían hacer novedades, y contra los peloponesios, que les contradecían y estorbaban a cada paso.
Refiero todo esto saliendo fuera de mi propósito, porque todos los historiadores que antes de mí escribieron, han dejado de contarlo, haciendo solamente mención de las cosas que pasaron antes de la guerra de los medos, o en ella. Helánico dice algo en su historia de Atenas, brevemente, sin distinguir los tiempos por su orden. Así, pues, pareciome cosa conveniente poner aquí este relato y por él se podrá saber y entender de qué manera fue fundado y establecido el imperio y señorío de los atenienses.
Primeramente, siendo su capitán Cimón, hijo de Milcíades, tomaron y saquearon la ciudad de Eyón, que está asentada en la ribera del Estrimón, y que poseían los medos. Después tomaron y sometieron la isla de Esciros, en el mar Egeo, de donde expulsaron a los dólopes que la poseían y la poblaron con gente suya. Después hicieron guerra a los caristios, y a otros de la isla Eubea, que andando el tiempo se la dieron por tratos; y tras estos a los naxios que se les habían rebelado y que, conquistados por fuerza, fueron los primeros de las ciudades confederadas que los atenienses redujeron a servidumbre contra el tenor y forma de la alianza. Lo semejante hicieron después con otras ciudades que también se rebelaron. A esto dieron causa muchas de aquellas gentes por no entregar algunas veces el número de navíos que les pedían o no pagar el tributo que les habían impuesto, o ausentarse de la armada sin licencia, y por esto los atenienses los obligaban a ello y los castigaban muy rigurosamente, agraviándose ellos en gran manera, por no estar acostumbrados a esta sujeción, y también porque veían que los atenienses se hacían más señores, y usaban de más autoridad que habían acostumbrado, no haciéndose la guerra por igual de ambas partes, porque los atenienses tenían el mando y poder para obligar y compeler a aquellos que faltasen en algo. Los mismos obligados tenían la culpa de ello, pues por pereza de ir a la guerra o por no dejar sus casas algunos concertaban dar dinero en lugar de los navíos que debían dar, y así el poder de los atenienses se aumentaba por mar, y ellos quedaban totalmente faltos y despojados de navíos, de suerte que cuando después se querían rebelar, se hallaban desprovistos de todas cosas y no podían resistir.
Después de esto, los atenienses y sus confederados hicieron la guerra contra los medos, y en un día alcanzaron dos victorias, una por tierra junto a la ribera de Eurimedonte, que está en la región de Panfilia, y otra por mar allí cerca, llevando por su capitán a Cimón. En la cual batalla naval fueron, o tomadas o desbaratadas, todas las naves y galeras de los fenicios en número de doscientas. Poco tiempo después, los tasios se rebelaron contra los atenienses porque los tasios hacían la feria de sus mercaderías, y principalmente del metal, en tierra de Tracia, que estaba de la otra parte del mar, frente a la suya. Los atenienses enviaron contra ellos su armada, que desbarató la de los tasios, y después salieron a tierra y cercaron la ciudad. En este mismo tiempo enviaron los atenienses diez mil moradores, así de sus ciudadanos como de los aliados y confederados, a tierra del Estrimón para poblar de su gente la villa que entonces era llamada Nueve Caminos, y al presente se nombra Anfípolis, lanzando de ella a los edonios que la poseían. Mas después de entrar los atenienses más adelante por tierra en la región de Tracia, fueron muertos y desbaratados junto a Drabesco por los tracios, moradores de la tierra, en venganza de que la ciudad de Nueve Caminos fuese tomada y maltratada. Entretanto los tasios, que fueron vencidos por mar y estaban cercados de los atenienses, según he dicho, enviaron a pedir ayuda a los lacedemonios, rogándoles que entrasen en tierra de los atenienses para obligarles a levantar el cerco, e ir a socorrerla. Lo prometieron los lacedemonios y de hecho lo hubieran cumplido, a no ser por un terremoto que sobrevino en su tierra, no osando por ello emprender aquella guerra.
También sucedió en este tiempo que todos los esclavos de los lacedemonios que estaban en tierra de Turia y de Etea, huyeron a Ítome. Estos esclavos descendían por la mayor parte de los antiguos mesenios, llevados en cautividad, y por esto a todos se les llamaba mesenios. Los lacedemonios comenzaron la guerra contra los de Ítome, y esta les impidió socorrer a los tasios, que después de haber estado mucho tiempo cercados, al cabo de tres años se entregaron a merced de los atenienses, quienes les derrocaron las cercas y murallas de su ciudad, les quitaron todos sus navíos, y les hicieron pagar cuanto pudieron sacarles por entonces, imponiéndoles para lo venidero grandes tributos. A este precio les dejaron su tierra y las minas de metales que tenían en sus montañas. Durante este tiempo los lacedemonios viendo que la guerra que habían comenzado contra los de Ítome iba muy a la larga, pidieron a todos sus amigos y aliados ayuda, y entre otros a los atenienses, porque les parecían más expertos que otros en combatir muros y fuerzas, y que con su ayuda podrían tomar la villa que tanto tiempo habían tenido cercada, como a la verdad hubieran hecho, porque los atenienses les enviaron ejército, y por capitán a Cimón, si no fuera porque los lacedemonios sospecharon de ellos, sospecha que ocasionó después la discordia y diferencia manifiesta entre ellos. Viendo los lacedemonios que la villa no se tomaba por fuerza, comenzaron a recelar de los atenienses y de su afición a emprender cosas nuevas. Dijéronles, temiendo que los de la villa tuviesen algunos tratos o inteligencias con ellos, que ya por entonces no tenían más necesidad de su ayuda, y los despidieron reteniendo consigo los otros aliados y confederados. Los atenienses conociendo evidentemente que no habían sido despedidos por la razón alegada, sino por sospecha, tomaron esta licencia a mal, considerándola ultraje, porque sabían muy bien que no se lo habían merecido. Por ello, cuando volvieron a Atenas y relataron en el Senado lo que pasaba, se apartaron de la amistad y alianza que habían hecho con los lacedemonios para la guerra contra los medos, y se volvieron a aliar y confederar con los argivos, que eran conocidos enemigos de los lacedemonios, y unos y otros juntamente hicieron amistad y alianza con los tesalios.
Los que estaban dentro de Ítome viendo que no podían resistir más al poder de los lacedemonios, y que ya estaban cansados del largo cerco que duraba más de diez años, capitularon con condición de que saliesen de la villa los defensores y de toda tierra del Peloponeso sin poder volver jamás a ella, y si alguno volvía, que fuese esclavo de aquel que le cogiera. Este concierto hicieron los lacedemonios impulsados por una respuesta que les dio durante la guerra el oráculo de Apolo, que era así:
_Si en Ítome algún varón_ _Ante el Júpiter divino_ _Se humilla y pide perdón,_ _Suéltenle de la prisión,_ _Vaya libre su camino._
Echados los itomenses de su tierra con sus mujeres y familias, se dirigieron hacia los atenienses, los cuales por el odio que habían concebido contra los lacedemonios, los recibieron de buena gana, y los enviaron a habitar en la isla de Naupacto, que acababan de conquistar lanzando de ella a los locros ozolos.