Historia de la guerra del Peloponeso (1 de 2)

Part 3

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Muéstrase claramente que esta guerra ha sido más grande que la que tuvieron los griegos contra los medos; porque aquella se acabó y feneció en dos batallas que se dieron por mar y otras dos por tierra, y esta, de que al presente escribo, duró por mucho tiempo, viniendo a causa de ella tantos males y daños a toda Grecia, cuantos nunca jamás se vieron en otro tanto tiempo, contando todos los que acontecieron así por causa de los bárbaros, como entre los mismos griegos, así de ciudades y villas, unas destruidas, otras conquistadas de nuevo y otras pobladas de extraños moradores, despobladas de los propios, como de los muchos que huyeron o murieron o fueron desterrados por causa de guerra, o por sediciones y bandos civiles. También hay otros indicios verdaderos por donde se puede juzgar haber sido esta guerra mayor que ninguna de las otras pasadas, de que al presente dura la fama y memoria: que son los prodigios y agüeros que se vieron, y tantos y tan grandes terremotos en muchos lugares de Grecia, eclipses y oscurecimientos del sol más a menudo que en ningún otro tiempo, calores excesivos, de donde se siguió grande hambre y tan mortífera epidemia que quitó la vida a millares de personas.

Todos los cuales males vinieron acompañados con esta guerra de que hablo, de la cual fueron causantes los atenienses y peloponesios, por haber roto la paz y treguas que tenían hechas por espacio de treinta años después de la toma de Eubea[10]. Y para que en ningún tiempo sea menester preguntar la causa de ello, pondré primero la ocasión que hubo para romper las treguas, y los motivos y diferencias por que se comenzó tan grande guerra entre los griegos, aunque tengo para mí que la causa más principal y más verdadera, aunque no se dice de palabra, fue el temor que los lacedemonios tuvieron de los atenienses, viéndolos tan pujantes y poderosos en tan breve tiempo. Las causas, pues, y razones que públicamente se daban de una parte y de otra, para que se hubiesen roto las treguas y empezado la guerra, fueron las siguientes:

II.

Causas y origen de la guerra entre corintios y corcirenses. Vencidos los primeros por mar, rehácense para continuar la guerra y ambos beligerantes envían embajadores a los atenienses, solicitando su alianza.

Epidamno es una ciudad que está asentada a la mano derecha de los que navegan hacia el seno del mar jonio, y junto a ella habitan los taulantios, bárbaros de Iliria. A la cual se pasaron a vivir los corcirenses pobladores llevados por Falio, hijo de Eratóclides, natural de Corinto, y descendiente de Hércules, el cual, según ley antigua, había sido enviado de la ciudad metrópoli y principal para caudillo de los nuevos pobladores corcirenses, a quienes no era lícito salir a poblar otra región sin licencia de los corintios, sus principales y metropolitanos[11]. Vinieron también a poblar esta ciudad juntamente con los corcirenses, algunos de los mismos corintios, y otros de la nación de los dorios. Andando el tiempo llegó a ser muy grande la ciudad de los epidamnios y muy poblada; pero como hubiese entre ellos muchas disensiones y discordias, según cuentan, por cierta guerra que tuvieron con los bárbaros comarcanos, cayeron del estado y poder que gozaban. Finalmente, en la postrera discordia el pueblo expulsó de la ciudad a los más principales, que huyeron y se acogieron a los bárbaros comarcanos, de donde venían a robar y hacer mal a la ciudad por mar y por tierra. Los epidamnios, viéndose tan apretados por aquellos, enviaron sus mensajeros y embajadores a los de Corcira como a su ciudad metrópoli, rogándoles que no los dejasen perecer, sino que los reconciliasen con los que habían huido, y apaciguasen aquella guerra de los bárbaros. Y los embajadores, sentados en el templo de la diosa Juno, les suplicaron esto[12]. Mas los de Corcira no quisieron admitir sus ruegos, y les despidieron sin concederles nada.

Los epidamnios al saber que los de Corcira no les querían hacer ningún favor, dudando qué harían por entonces, enviaron a Delfos para consultar al oráculo si sería bien que diesen su ciudad a los corintios, como a sus principales pobladores, y pedirles algún socorro. El oráculo les respondió que se la entregasen y los hiciesen sus caudillos para la guerra. Fueron los epidamnios a Corinto por el consejo del oráculo, les dieron su ciudad, contándoles, entre otras cosas, cómo el poblador de ella había sido natural de Corinto; declarándoles lo que el oráculo había respondido, y rogándoles que no los dejasen ser destruidos, sino que los amparasen y vengasen. Los corintios, por ser cosa justa, tomaron a su cargo la venganza, pensando que tan de ellos era aquella colonia como de los corcirenses, y también por el odio y malquerencia que tenían a los corcirenses que no se cuidaban de los corintios, siendo sus pobladores; pues en las fiestas y solemnidades públicas no les daban las honras debidas, ni señalaban varón de Corinto que presidiese en los sacrificios[13], como las otras colonias. Además, porque los menospreciaban los corcirenses a causa de la gran riqueza que tenían; pues entonces eran los más ricos entre todas las ciudades de Grecia y más poderosos para la guerra, confiando en sus grandes fuerzas navales, y en la fama que tenían cobrada ya los feacios, sus antecesores, que primero habitaron a Corcira, de ser diestros en el arte de navegar. Y esta gloria les impulsaba a tener siempre dispuesta una armada muy pujante, contando 120 trirremes cuando comenzaron la guerra.

Teniendo todas las quejas arriba dichas, los corintios de los corcirenses, determinaron dar de buena gana socorro a los epidamnios, y además de la fuerza de socorro, enviaron por guarnición la gente de los ambraciotes y leucadios, mandando que todos los que quisiesen pudieran ir a vivir a Epidamno. Por tierra fueron a Apolonia, pueblo de los corintios, por miedo de que los corcirenses les cortasen el paso por mar. Cuando estos supieron los moradores y gente de guarnición que iban a la ciudad de Epidamno, y que se había dado población allí a los corintios, tuvieron gran pesar, y apresuradamente navegaron para allá con veinticinco naves, y poco después con lo restante de la armada, mandando por su autoridad que los desterrados que habían sido lanzados primero, fuesen recibidos en la ciudad. Porque, según parece, los que estaban desterrados de Epidamno, cuando supieron que los corintios enviaban gente a poblarla, acudieron a los corcirenses mostrándoles sus sepulturas antiguas, alegando el deudo y parentesco que con ellos tenían, y rogándoles que hiciesen recibirles en su tierra y lanzasen a los pobladores y gente de guarnición que habían enviado los corintios. Mas los epidamnios no los quisieron recibir ni obedecer en nada; antes sacaron sus huestes contra ellos; por lo cual los corcirenses, con cuarenta naves, tomando consigo los desterrados como para restituirlos en su tierra con algunos de los ilirios, asentaron su real delante de la ciudad, y mandaron pregonar que cualquiera de los epidamnios o extranjeros que se quisiesen pasar a ellos, fuese salvo, y los que no quisiesen, fuesen tenidos por enemigos. Mas como los epidamnios no obedeciesen a esto, los corcirenses, para combatirla, pusieron cerco a la ciudad, situada en un istmo.

Los corintios, al saber por mensajeros de los de la ciudad de Epidamno, que estaban cercados, dispusieron su ejército y juntamente mandaron pregonar que daban población de sus ciudadanos para la ciudad de Epidamno, que la darían igualmente a todos los que quisiesen ir allá por entonces; y que los que no quisieran ir, sino después, pagasen cincuenta dracmas a la ciudad de Corinto y se quedasen, porque así serían también participantes de los mismos privilegios de pobladores. Fueron muchos los que navegaron a la sazón, y los que pagaron la cantidad prefijada. Además de esto, rogaron a los megarenses que los acompañasen, con sus naves por si acaso los corcirenses les quisiesen vedar el paso por mar, los cuales les dieron ocho naves bien aparejadas, y la ciudad de Pale de los cefalenios dio cuatro, y los de Epidauro, siendo rogados, les dieron cinco; los de Hermíone una, y los de Trecén dos; los leucadios diez, y los ambraciotes ocho. A los tebanos y a los fliasios pidieron dineros, y a los eleos solamente los cascos de las naves y dinero. Y de los mismos corintios fueron dispuestas treinta naves y tres mil hombres.

Cuando los corcirenses supieron estos aprestos de guerra, vinieron a Corinto con los embajadores de Lacedemonia y de Sición que tomaron consigo, y demandaron a los corintios que sacasen la guarnición y los moradores que habían metido en Epidamno, pues ellos nada tenían que ver con los epidamnios; y si no lo querían hacer, que nombrasen jueces en el Peloponeso, en aquellas ciudades que ambas partes eligiesen, y que la población fuese de aquellos que los jueces determinasen por sentencia, o que lo remitiesen al oráculo de Apolo, que estaba en Delfos, y no se permitiese guerrear unos contra otros. De lo contrario serían forzados a hacerse amigos de aquella parcialidad que más poderosa fuese, para su bien y provecho. Los corintios les respondieron que sacasen sus naves y los bárbaros de Epidamno, y que después consultarían sobre ello, porque no era razón que estando los unos cercados, los otros quisiesen llevar la cosa por tela de juicio. Los corcirenses replicaron que si los corintios sacaban primero a los que habían metido en la ciudad de Epidamno, ellos también lo harían así y que estaban dispuestos a que se apartaran unos y otros de la tierra, y ajustar treguas hasta tanto que la cuestión se resolviera en justicia.

Los corintios, no accediendo porque tenían sus naves a punto y los compañeros de guerra aparejados, enviaron un trompeta a los corcirenses que les denunciase la guerra: alzaron velas del puerto con setenta y cinco naves y dos mil hombres de pelea, y navegaron derechos a Epidamno. Eran capitanes de la armada de mar Aristeo, hijo de Pélico, Calícrates, hijo de Calias, y Timánor, hijo de Timantes. Y por tierra, de la gente de infantería, Arquetimo, hijo de Euritimo, e Isárquidas, hijo de Isarco. Llegados que fueron al cabo de Accio, tierra de Anactorio, donde está el templo de Apolo, en la boca del seno de Ambracia, los corcirenses les enviaron un mensaje con un barco mercante, prohibiéndoles el paso, y entretanto completaron el número de sus naves y aprestaron jarcias y aparejos para las viejas, de suerte que pudieran navegar, y poniéndolas todas a punto, esperaban la respuesta de su mensaje. Mas después que volvió el mensajero y dijo que no había esperanza de paz, como ya los corcirenses tenían sus naves aparejadas, que serían en número de ochenta, porque cuarenta de ellas estaban en el cerco de Epidamno, salieron al encuentro de los corintios, y poniendo sus naves en orden de batalla, embistieron contra la armada de los corintios, los desbarataron y vencieron, y destrozaron quince naves de ella. Acaeció el mismo día que los que estaban cercados en Epidamno concertaron que los extranjeros y advenedizos fuesen vendidos por cautivos, y los corintios guardados en prisión hasta saber la voluntad de los vencedores.

Después de esta victoria naval, los corcirenses pusieron trofeo en señal de triunfo en el campo de Leucimna, que está en el cabo de Corcira, y mandando matar a todos los cautivos que prendieron, solamente guardaron en prisión a los corintios. Acabado esto, los corintios y sus compañeros de guerra, vencidos en la mar, volvieron a sus casas; los corcirenses se hicieron dueños de la mar en todas aquellas comarcas, y navegando para Léucade, colonia de los corintios, la robaron y destruyeron; y quemaron a Cilene, donde los eleos tenían sus atarazanas, porque habían socorrido a los corintios con naves y con dinero. Mucho tiempo después de esta batalla, dominaron los corcirenses la mar, y navegando hacían todo el mal y daño que podían a los amigos y aliados de los corintios, hasta que estos, pasado el verano, les enviaron naves y ejército, de que tenían gran falta, y asentaron su campo en el cabo de Accio y cerca de Quimerio, en Tesprótide, para poder mejor guardar a Léucade y a las otras ciudades de los amigos y compañeros que estaban de su parte. Los corcirenses pusieron su campamento en Leucimna por mar y por tierra frente del campo de los enemigos, y así estuvieron quedos, sin hacerse mal los unos a los otros, todo aquel verano, hasta que, llegado el invierno, volvieron a sus casas. Todo aquel año, después de la batalla naval, y el siguiente, los corintios, por la ira y saña que tenían contra los corcirenses, determinaron renovar la guerra, y mandando rehacer sus naves, aparejaron una nueva armada, cogiendo hombres de guerra y marineros a sueldo del Peloponeso, y de otras tierras de Grecia. Sabido esto por los corcirenses tuvieron gran temor por no estar aliados con ninguno de los pueblos de Grecia ni inscritos en las confederaciones de los atenienses ni de los lacedemonios, por lo cual les pareció que sería bueno ir a Atenas, ofrecer su alianza para la guerra, y tentar si hallarían allí algún socorro. Al saberlo los corintios, enviaron también sus embajadores a Atenas para que estorbasen que la armada de los atenienses se uniera a la de los corcirenses, porque esto les impediría hacer la guerra con ventaja. Llamados en asamblea unos y otros expusieron sus razones, y primeramente los corcirenses hablaron de esta manera:

III.

Discurso de los embajadores corcirenses al Senado de Atenas, para pedirle ayuda y socorro.

«Justa cosa es, varones atenienses, que los que sin haber hecho algún gran beneficio ni tenido alianza ni amistad provechosa, acuden a sus vecinos para pedirles ayuda, como nosotros ahora venimos, primeramente muestren y den a entender que su demanda es muy útil y provechosa para aquellos mismos a quien la piden, o a lo menos no dañosa; y tras esto que tengan siempre que agradecerles la merced que se les hiciere. Y si ninguna cosa de estas no mostraren, manifiéstase a las claras que no hay por qué se deban ensañar si no alcanzan lo que desean.

»Creyendo los corcirenses que podían firmemente mostraros y probaros todo esto, nos enviaron a requerir vuestra amistad y compañía, sin desconocer que nuestra errónea conducta anterior, viene ahora a ser tan provechosa para vosotros cuanto para nosotros dañosa: porque no habiendo querido hasta aquí ser amigos ni compañeros en guerra de ningún otro pueblo, venimos ahora a rogaros por hallarnos solos y desamparados en esta guerra contra los corintios. De donde se infiere que si antes nos parecía prudencia y esfuerzo no querernos exponer a peligro en compañía de otros, ahora nos parezca imprudencia y flaqueza. Nosotros solos por mar vencimos la armada de los corintios; mas después que con mayor copia de gente de guerra, que sacaron del Peloponeso y de las otras tierras de Grecia, se mueven contra nosotros; viéndonos poco poderosos para poderles resistir con solas nuestras fuerzas, y el gran peligro que corremos si nos sometemos a ellos, de necesidad hemos de demandar vuestra ayuda y la de todos los otros, siendo dignos de perdón si al presente aprobamos lo contrario de aquello que antes dejamos de hacer, no por malicia, sino por error. Pero si queréis escucharnos con atención, esta amistad y alianza que por necesidad os demandamos vendrá a seros muy provechosa por muchas razones. Lo primero, porque dais ayuda a los que son injuriados y no a los que hacen injuria. Lo segundo, porque socorriendo a los que están en gran peligro, empleáis vuestras buenas obras, donde nunca jamás serán olvidadas. Además, teniendo nosotros la mayor armada, después de la vuestra, que en este tiempo se halla, considerad cuán tarde os podrá venir otra ocasión tan buena como la que ahora tenéis entre manos para acabar vuestras empresas próspera y dichosamente; y cuán tarde se os ofrecerá otra más triste y desventurada para vuestros enemigos: que aquel poder nuestro que en otro tiempo compraríais con mucho dinero y ruegos, al presente se os da de grado sin costa ni peligro; juntamente con esto os trae honra y gloria para con todos, os gana la amistad de aquellos que favorecéis y defendéis, y aumenta vuestras fuerzas y poder. Lo cual todo juntamente a pocos sucede en nuestros tiempos, y pocas veces se ha visto que aquellos que vienen a pedir ayuda y socorro a otros ofrezcan tanto de su parte como tienen para poderles dar aquellos a quien la piden. Y si alguno piensa que no tendréis otra guerra más que esta, por lo cual nosotros os podríamos traer poco provecho, este tal se engaña, pues no es dudoso que los lacedemonios por el miedo que os tienen os moverán guerra; y los corintios, que pueden mucho con ellos en amistad, y son vuestros enemigos, se anticiparán a ganarnos por amigos para poder después mejor acometeros, y para que por el odio que les tenemos, también como vosotros, no nos podamos ayudar a veces, y ellos no yerren en una de dos cosas: o en haceros mal a vosotros, o en fortalecerse a sí mismos; por lo cual os conviene adelantaros, y recibiéndonos por amigos y compañeros, pues por tales nos damos, prevenir sus asechanzas y traiciones antes que ellos las prevengan. Y si por ventura alegan no ser justo, que vosotros recibáis en amistad sus colonos y pobladores, sepan que cualquier colonia es obligada a honrar y obedecer a su metrópoli y principal, de quien ha recibido bien y honra; y si ha recibido injuria, entonces apartarse y enajenarse de ella. Porque no se sacan los vecinos a poblar de las ciudades metropolitanas a otras para que sean siervos y esclavos de ellas, sino para que sean semejantes e iguales a los que quedan. Que estos nos hayan injuriado, está claro y manifiesto; pues siendo citados por nosotros a juicio sobre la ciudad de Epidamno, quisieron antes tomar las armas que contender por derecho y por justicia. Gran sospecha será para no dejaros engañar ver lo que hacen contra nosotros sus deudos y parientes, para que de mejor gana os apartéis de ellos, y os aliéis a nosotros como os lo rogamos; porque el que no concede a sus enemigos cosa alguna de que se pueda arrepentir después, vive seguro.

»Ni tampoco romperéis las confederaciones con los lacedemonios por recibirnos en amistad, pues ni somos compañeros de los unos ni de los otros, y en ellas se dice esto: _Si alguna de las ciudades de Grecia no es de las compañeras y aliadas, le será lícito pasarse a la parte que quisiere._ Ciertamente es cosa grave y fuera de razón que los corintios puedan armar sus naves con vuestros amigos y confederados, no solamente de las otras tierras de Grecia, pero también de vuestros súbditos y vasallos, y vedaros la amistad y compañía que se os ofrece, y el provecho que con ella recibiréis, y que os culpen, si nos otorgáis lo que os demandamos, y os quieran impedir la amistad que se os ofrece de grado, y buscar vuestro provecho donde quisiereis y pudiereis. Gran motivo de queja tendríamos contra vosotros, si viéndonos ahora en peligro y siendo vosotros amigos nos desdeñaseis; y a estos que son vuestros enemigos, y os acometen, no los rechazaseis ni se os diese nada que os tomen las fuerzas de vuestras tierras y señoríos, lo cual no deberíais consentir, antes prohibir que ninguno de vuestros súbditos llevase sus soldados, y enviarnos el socorro y ayuda que os pareciese, como también recibirnos públicamente por amigos y aliados, lo cual, como dijimos al principio, os proporcionará mucho provecho, y el mayor de todos es que estos son vuestros enemigos (como está claro y manifiesto) no débiles ni flacos, sino bastantes para hacer mal y daño a los que se les rebelaren, y sabéis muy bien la diferencia que hay de la amistad y alianza que de nuestra parte se os ofrece por ser hombres expertos en la mar, como somos, a la de los contrarios que son de tierra firme y llana, y nunca experimentados en aquella. Ofreciéndoos nuestra armada, no como la de Epiro, sino tal que no hay otra semejante, podéis, si os conviene, no permitir que otro alguno tenga naves de guerra, y si no, a lo menos, tomar por amigos y compañeros aquellos que son más fuertes y poderosos.

»Parecerale a alguno que nuestro consejo es útil y provechoso, pero temerá y sospechará, que si lo sigue romperá la paz y confederación con los amigos, este tal sepa, que vale más, para poner temor a los contrarios, no confiarse mucho en la confederación y alianza de otros, antes procurar el aumento de su poder, que no confiados de aquella, dejarnos de recibir por compañeros y aliados, y quedar por esta vía más flacos y débiles contra vuestros enemigos, que fuertes y poderosos. Los corintios, si nos vencen, quedarán seguros, y os tendrán menos temor y miedo que antes. No se trata, pues, solamente del bien y provecho de los de Corcira, sino también de los de Atenas, considerando que esta guerra es prefacio de la que para el tiempo venidero se prepara. Por ello no debéis de dudar de recibirnos en vuestra amistad, pues veis lo que os importa tener esta nuestra ciudad por amiga o enemiga, considerando la situación de Corcira, de tanta importancia, por estar situada entre Italia y Sicilia, de suerte, que ni desde Italia, si quieren, pueden dejar venir armada al Peloponeso, ni del Peloponeso para Italia, ni para otra parte. Y desde ella pueden seguramente pasar a un cabo y a otro según quieran, además de otros muchos bienes y provechos, que os pueden producir nuestra amistad. Finalmente, por abreviar nuestro discurso, y concluir, para que sepáis que no debéis rehusar nuestra compañía, debéis considerar que hay tres armadas aparejadas muy poderosas; la una es nuestra; la otra vuestra; y la otra de los de Corinto. Pues si menospreciáis y tenéis en poco cualquiera de estas tres, si las dos armadas se juntan en una, y los corintios nos toman por amigos, forzosamente habréis de tener guerra contra dos partes, a saber: contra los corcirenses y los peloponesios. Pero si nos recibís en vuestra compañía, tendréis más naves con las nuestras para poder pelear contra vuestros enemigos.»

Esto fue lo que dijeron los corcirenses. Y luego tras ellos los corintios hicieron el razonamiento siguiente:

IV.

Discurso y respuesta de los corintios al de los corcirenses pidiendo al Senado de Atenas que prefieran su amistad y alianza a la de los de Corcira.

«Varones atenienses, pues los corcirenses han hablado, no solamente de sí mismos, persuadiéndoos que los recibáis en vuestra amistad, sino también de nosotros, diciendo que injustamente, y sin causa comenzamos la guerra: será necesario que ante todas cosas hagamos mención de lo uno y de lo otro: y de esta manera vengamos a lo demás de nuestro razonamiento, para que mejor entendáis nuestra demanda, y con razón rehuséis los provechos que os ofrecen.